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Escribir sobre comics: cerebro y corazón en movimiento (Manuel Barrero)

Artículo para la página en Red de Óscar Camarero Alejandro.
Recuperación del elaborado para Los mejores autores Conan /Roy Thomas 02. Manuel Barrero, junio de 2000.

            
           
Cuando el Director Editorial Antonio Martín decidió poner colofón a la colección de libros de comics Los Mejores Autores Conan con el tomo “Roy Thomas/2”, me encargó la confección de un prólogo para aquel libro, tal y como había venido haciéndolo desde el comienzo de esta colección asesorada por mí. Y así procedí. Mas, llegada la fecha límite en que el conjunto de elementos de edición debían conjuntarse para ir a imprenta, Martín creyó más acertado que el libro fuese prologado por el autor a quien estaba dedicado: el propio Roy Thomas, y, por imperativos de espacio, mi texto no vería finalmente la luz.  
            Aquel trabajo, por lo tanto, es editado aquí por vez primera y he creído que contenía los elementos suficientes para satisfacer la propuesta que me hizo el webmaster de la presente página, quien me sugirió que escribiese alguna suerte de instrucción sobre cómo hemos de elaborar un texto teórico sobre comics. Lo cual no implica que sea un texto ejemplar, ni éste que escribo ahora una buena exposición docente (no soy yo quién para juzgarlos) pero sí considero que constituyen algo por lo que comenzar.  
            Vamos allá, entonces.
            Bien, lo primero que hay que pensar es en plantearse la naturaleza de lo que se va a hacer. ¿Es un correo de los lectores, un artículo promocional, un texto neutro y divulgativo, uno totalmente friki? Es fundamental saber qué es lo que se quiere decir, si es que uno es capaz de hacerlo, claro, porque ciertos escritores sólo alcanzan a lo friqui, y otros no son capaces de escapar de la neutralidad gris. Cada uno debe ser consciente de sus propios límites, para o cual es necesaria la opinión ajena.  
            Una vez meditado y asumido lo anterior, hemos de centrar el tema. De qué voy a tratar, qué enfoque le quiero dar, con qué elementos de juicio cuento, de cuánta documentación dispongo (¡a buscarla!) Un buen modo de ir definiendo esas premisas puede ser releer los tebeos de los cuales se va a hablar, algo que no siempre es conveniente porque puede romper el encanto de la nostalgia si queremos que el artículo tome cierto cariz poético, pero suele ser interesante si queremos resultar un tanto más objetivos. En el caso concreto que me ocupaba a mí, debía de construir un artículo en el que engrandeciese a Roy Thomas y para ello contaba con el respaldo de cuatro excepcionales historietas, algo que estaba fuera de toda duda. Como de Thomas ya había dicho casi todo y de Conan lo había dicho todo al menos cuatro veces, ¿qué decir? Bah, siempre hay una salida para un tipo con recursos: hablaría del momento en que esa calidad afloró, algo que pocos teóricos suelen hacer con cierto rigor y algo que me parece de interés documental e histórico.  
            Al lío.
   
        Primer paso: La elección del título del escrito. Con él hay que capturar al lector del mismo modo que se atrapa una presa; el título es, en ocasiones, el motor de la imaginación (no es la primera vez que construyo así un texto, a remolque de un buen título). Bien, yo quería que aquí fuese musical y contundente, escapando un poco del habitual recurso de la rememoración arcaica tipo “De escribas y dragones...” Tampoco me apetecía echar mano de los juegos de palabras, que es un buen sistema por llamar bastante la atención si eres agudo. Yo, aquí, opté por la contundencia del titular sintético y definitorio, sin dejar de ser un pelín poético:

            ROY THOMAS: AMO DE LA EMOCIÓN.  

             ¡Toma!  
            Ey, hay que pensar en el futuro, y este tipo de titulares lucen mucho más en tu bibliografía personal que, por ejemplo... humm... “Roy, lo thomas o lo dejas”, que es graciosillo pero para ser consultado por otros estudiosos... ¡ja, hay un mundo de diferencia! 
            El primer párrafo del escrito suele constituir una suerte de presentación, de proemio con el cual explicamos la intencionalidad o fundamento del sucesivo discurso. Es interesante que esta entradilla retenga al lector, porque éste puede fácilmente abandonar la lectura si las primeras líneas de texto que lee por encima le disgustan o le parecen carentes de contenido e intención; y, repito, es fundamental aferrar al lector. Existen muchos “trucos” para ello: Uno, comentar sucintamente los objetivos del prólogo (como es el presente caso, que se trata de un prólogo de cierto peso específico y no es cuestión de mostrarse ligero de cascos). Dos, establecer una hipótesis asombrosa de partida del tipo “Thomas es un guionista con 323.567 páginas a sus espaldas...”, por ejemplo. Tres, crear una confusión que se resuelve con el transcurso de la lectura (“Thomas es odioso (...) por ser un hombre tan prolífico e imaginativo...”). Cuatro, plantar ahí una tesis irrebatible y aceptada por el común de los lectores...  
            He aquí mi proemio:

            “Es Thomas, sin duda, el Mejor Autor Conan.” Así concluía el prólogo al primer volumen de esta colección Los Mejores Autores Conan dedicado a Roy Thomas, conclusión a la que se llegaba a través de la evidencia: con la salvedad de una historieta, escrita por Michael Fleisher, el resto de los comics que integran esta colección de lo mejorcito del cimmerio en viñetas son propiedad intelectual de Thomas. Y, si había que escoger un nombre como colofón de esta colección de tomos, ese nombre era el suyo.  

            Quiero hacer un alto aquí para comentar que algunos autores son muy dados a utilizar en exceso el “yo” como argumento de partida, o sea que dejan a las claras al lector su absoluta falta de objetividad y eso, si bien no incumple las normas de la reseña, la recensión, la reflexión y la opinión crítica, sí que vulnera las formas de escribir ensayos, tesis, investigaciones, prólogos y artículos de fondo con objetivos concluyentes. Por supuesto, este es un modo de ver las cosas y en este prólogo precisamente se manifiesta mi ego como opinante y como consejero, pero no es el “yo” el que preside el texto aunque sea el motor de toda opinión. Seguid mi recomendación. 
           
O.K. Tras el proemio, me parece interesante generar un párrafo de introducción con mayor empaque que refuerce el interés del primer mensaje y que lo consolide. No es necesario, pero es útil:  

            En aquel prólogo ya me extendía suficientemente en la loa a la imaginación y a la capacidad de trabajo del cerebro de Missouri. En éste no lo haré, aquí hablaré tan sólo de la guinda en el pastel que viene a ser el material escogido para este libro. Porque, si bien es verdad que por esta serie de volúmenes encuadernados en cartoné han desfilado artistas de la talla de Neal Adams, Gil Kane, Eufronio R. Cruz, Ernie Chan, Alfredo Alcalá, Tony de Zúñiga y, casi, Rafael Kayanan (se decidió en última instancia publicar su material en el volumen independiente Conan el aventurero), para la mayoría del público el mejor autor Conan, en la inventiva, es Robert E. Howard, en los lápices, John Buscema, en las tintas, Alfredo Alcalá, y, en los guiones, Thomas, naturalmente. Ambos los cuatro elevaron a Conan a la categoría de mito con su trabajo, allá por mediados de los años setenta, laborando con avasalladora pasión, metódicamente pero de un modo sobrenatural. ¡Caray, estamos hablando de producir cerca de 50 páginas de historieta al mes!       

            Se entra en materia en el tercer párrafo, por fin, que no es menester que el lector se aburra de tanto circunloquio introductorio sin llegar a nada concreto. Yo lo hago con ánimo de arenga. Tras la frase admirada con la que terminaba el anterior párrafo, consideré que había que mantener algo más la tensión y por eso inicié el siguiente párrafo con admiraciones de nuevo. Procedo así porque en este bloque de texto paso a contextualizar al autor y su obra en el momento en que aquellos comics fueron producidos, y como quiera que la contextualización de algo suele tener un grado de aridez más elevado y el lector agradece un empujoncito. Ni que decir tiene que la contextualización de cualquier elemento histórico y hemerográfico exige trabajo previo, normalmente en proporción de cinco a uno sobre lo que se ve publicado (es decir: de cada 10 datos que se comunican al lector, otros 40 han quedado silenciados en los archivos). Una vez que hemos acumulado los datos, si sabemos barajarlos convenientemente podemos engarzarlos para generar casi cualquier tipo de soporte lo suficientemente contundente para respaldar nuestras tesis, a la vez que si se saben descubrir para el lector el verdadero interés que esos datos tienen entonces habremos reforzado su deseo de proseguir leyendo el texto, que es lo que perseguimos.  
           
Yo demuestro una leve erudición y haber barajado cierta cantidad de información, y para brindarlo al lector utilizo un lenguaje tajantemente informativo, sin exceso de adjetivación. Solo me permito un comentario, a mitad del párrafo, una referencia a los directores cinematográficos Tarantino y Smith, con intención de crear empatía, de ser cómplice con el lector; con ello evito que se “canse” en la lectura de tanto dato seguido. Que esto funcione o no ya es otro cantar, claro está...

            ¡Y qué historietas! Situémonos a caballo de los años 1976 y 1977. Es un momento mágico para el comic-book USA. Los Estados Unidos de América habían logrado obtener la primacía económica del mundo tras la expansión que sucediera a la posguerra y que los analistas consideran culminó en 1973, con una renta per capita de casi 8000 dólares. Un dato significativo y que explica por qué el público aceptó gratamente que los comics subiesen su precio de 15 centavos a 30 centavos en pocos años. Además, los comic-books eran ahora leídos por niños, pero también por un sector importante de universitarios y adultos que, tras incorporarse a la contracultura, estimaron que los comics podían ofrecer mayor dosis de imaginación que la Televisión y localizaron en ellos a algunos superhéroes que tomaron como símbolos, como alegorías de una nación de poder omnipotente pero mermada por la culpabilidad y la duda (Silver Surfer fue emblema de una generación; que le pregunten a Quentin Tarantino o a Kevin Smith). Pasada la etapa contestataria del “underground”, los comic-books se habían legitimado como genuino arte americano, al igual que ocurrió con el jazz, saliendo en programas televisivos (como el famoso entonces Good Morning America), siendo objeto de tesis doctorales, dando lugar a sesudos tratados (de esta fecha data The World Encyclopedia of Comics, editada y dirigida por Maurice Horn), siendo incluidos en programas escolares de enseñanza, deviniendo muy comercial (el merchandising comenzó a adquirir ahora cotas imposibles de imaginar pocos años atrás) y perfectamente exportable.  

            En el siguiente párrafo alargo el nudo argumentativo de la contextualización, pero ahora ciñéndome al tema Robert E. Howard, Conan y la fantasía heroica; el fin es el mismo que el del párrafo anterior pero nos hallamos en el “nudo” del escrito. ¿Debiera haber colocado todo el conjunto temático en un mismo párrafo? Sí, quizá debiera haber habido. Pero me interesa dar un corte, hacer un kit-kat, un punto y aparte en el discurso. Cosas mías. Las reglas están para romperlas un poco ¿no?  

            Howard había adquirido una presencia notoria en América desde 1975. Su nombre se había ido infiltrando en otras áreas del entretenimiento: libros ilustrados por historietistas, como el Grey God Passes ilustrado por Walter Simonson, discos de vinilo conteniendo narraciones de Conan, como los distribuidos por Moondance Productions... En 1976, el relato howardiano “The Valley of the Worm” fue el germen de un producto de culto para los lectores contrarios al mainstream, Bloodstar, al haber sido dibujado por Richard Corben. El mismo año, fue publicada la gruesa biografía de REH escrita por Donald M. Grant y titulada The Last Celt. Las series de comics de Conan seguían vendiéndose estupendamente, Conan the Barbarian, Marvel Feature Presents with Red Sonja, Giant Size Conan, King Size Annual, Kull vuelve a la palestra en Kull the Destroyer... De otro lado, The Savage Sword of Conan fue casi el único magazine que resistió en el quiosco tras la pasajera moda de las revistas de todo género en blanco y negro. Y eso no fue todo, ahora, tan sólo un lustro después de su aparición ¡los primeros números de Savage Tales se cotizan en el mercado de segunda mano a 40 dólares!  

            Prosigue el desarrollo argumentativo en el siguiente párrafo, ahora con la diferencia de que obtengo ya por fin conclusiones con pretensiones de resultar certeras para el lector y establezco tesis ya ahí. Estamos camino del “desenlace” del prólogo y esta parte constituye el cimiento que va fraguando para servir de base a la parte más específica del prólogo, la que se centra en las historietas a comentar, las que va a leer el lector. Aquí está permitido extenderse todo lo que uno pueda, pero sin pasarse ¿eh? 

            Conan estaba en la cima. La razón era Moda. Pero, también era Calidad. La calidad de una conjunción portentosa, la formada por los mejores autores Conan: Howard, Thomas, Buscema, Alcalá, los cuatro hombres que a juicio del público mayoritario que leía los comics del cimmerio de entonces habían definido el llamado “Canon Conan”. Es cierto que esos cuatro ases contribuyeron a instalarse entre el gusto del público, pero por encima de todos ellos, sobresaliendo como el as en la manga, estaba Thomas, meditando el próximo paso, reflexionando sobre lo que convenía al público, escogiendo textos, encargando ilustraciones, vigilando las viñetas que pasaban por sus manos antes de dirigirlas al entintador filipino, deteniéndose en los diálogos, escribiendo enfebrecido por la emoción, inmerso en la saga del personaje de la Era Hyboria, seleccionando los materiales para construir las revistas... Era un dragón de siete cabezas que proyectaba, pensaba, imaginaba, escribía, vigilaba y editaba.

            Por fin, ataco a muerte al material objeto del prólogo. Con todo el caldo de cultivo previo, el lector ya sabe a qué atenerse. Aquí, entre la tormenta de nombres y datos, transmito al lector lo que quiere leer (bueno, lo que el autor del prólogo cree que quiere leer el lector, claro). Le animo, le contagio, le subrayo lo bueno y eludo en lo posible –si lo hubiere- lo negativo; el eufemisno es un arma útil en estos casos, y el lector con una pizca de inteligencia podrá detectarlo fácilmente en casi todas las reseñas que lea. 

            Para muestra, un botón: escojamos cinco números seguidos de The Savage Sword of Conan, del 15 al 20, por ejemplo, y analicémoslos. En portada, en el n.º 15, sigue estando el peruano Boris Vallejo, un monstruo. Lamentablemente, esta sería la última ilustración de cubiertas de magazine que hiciera, totalmente entregado a ilustrar libros. Thomas probó con otros autores variopintos para los siguientes números: Dan Adkins, Kenneth Morris, Ernie Chan... y Earl Norem, un pintor que transmitía una rudeza especial con sus óleos y que sería el portadista “oficial” en lo sucesivo. Los ilustradores elegidos por Thomas para aderezar el interior de las cinco revistas escogidas nos da una idea de la categoría del personaje: Tim A. Conrad, Mike Zeck, Frank Giacoia, Gene Day, John Buscema, J. Allison, Virgil Finlay, Richard Corben, Roy G. Krenkel, Pat Broderick, Alfredo Alcalá, Michael Wm. Kaluta..., uf, vaya desfile. Y tampoco es manco el elenco de articulistas (Fred Blosser, Robert Weinberg, el propio Thomas) y el de los autores de las historietas de complemento: Barry Windsor-Smith y Tim Conrad con Bran Mak Morn en “Worms of the Earth”, Walter Simonson con “The Hyborian Age”, Howard Chaykin, Alan Kupperberg, Sonny Trinidad, Néstor Redondo y Rudy Nebres con varias historietas de Solomon Kane... No podía ser mejor. Se respiraba verdadera emoción creativa al abrir aquellos tebeos.  

            Una pausa dramática nunca viene mal. A eso responde el párrafo que pergeñé a continuación:  

            He aquí la clave: la emoción. De ahí la grandeza de las historietas de este tiempo. De ahí la grandeza de las tres aventuras contenidas en este libro.

            Es una herramienta muy habitual en el periodismo yanqui, con sus bloques sólidos separados por rupturas secas, o breaks, que consigue sumar intensidad al texto. En España se está extendiendo mucho y los textos editorialistas suelen hacer uso de ello. La verdad es que gusta a los lectores; y a veces lo que más gusta es lo más minimal, romper con una sola palabra. Yo podría haberlo hecho reduciendo el párrafo a “He aquí la clave: la emoción”. Pero me pareció demasiado desnudo. Otro hubiera puesto “Emoción...”, por ejemplo. En fin, cada maestrillo, con su librillo...  
            Tras el descanso, prosigo extendiéndome sobre cada historieta a comentar. Esto responde a que debía elaborar un prólogo de determinado número de espacios, un número amplio; caso de que me hubieran exigido menor extensión, tendría que haber planeado sobre el conjunto de aventuras sin llegar a aterrizar en todas ellas.

            La primera de las tres aventuras que el lector hallará es “Devil in iron”, la correspondiente al Savage Sword n.º 15, historieta que adapta un relato de los más genuinos de Robert E. Howard al cual Thomas se adhirió considerablemente en su translación a viñetas, retocando solamente algunos pasajes breves (como el de la huida de Octavia) con él único fin de dotar de mayor trepidancia al relato. Lo único que los lectores pudieron reprochar de esta magnífica aventura llena de acción y de momentos escalofriantes fue el hecho de que las mujeres apareciesen demasiado exuberantes, a lo cual Thomas respondió de un modo muy inteligente: solicitando fotos de lectoras, o de esposas o amigas de lectores, para incorporar a las futuras chicas que apareciesen en la revista. Fue un subterfugio, claro está; no porque Thomas quisiese con ello paliar algún impulso de erotómano, ¡Crom nos libre de pensar eso!, sino porque Buscema siempre dibujaba a la misma mujer, dejando a los entintadores la responsabilidad de conferirles algún rasgo diferenciador (y, con todo, muy pocos lo consiguieron). Además, lo de utilizar fotos ya lo había pensado Thomas antes, visto el afloramiento de fan-girls desde 1974, seguidoras de Red Sonja sobre todo; muchas lindas jovencitas disfrazadas de “bárbaras” que pasearon su palmito por convenciones y fiestas a las que Thomas acudía terminaron por convencerle de inspirarse en ellas. Una bailarina que le cayó en gracia a Roy, Maureen Wise, fue elegida para “interpretar” a la deví de Vendhya, Yasmina, co-protagonista de la saga de Conan ofrecida en los números 16 a 19 de Savage Sword of Conan y recogida en el presente libro también: “The People of the Black Circle”. Esa labor de identificación con una persona real la llevó a cabo Alfredo Alcalá, embelleciendo los lápices básicos de un John Buscema, siempre potente, siempre seguro, que luego declararía que jamás le gustó la densa tinta del filipino.  

            Hago un retroceso en el elogio ahora interesado en argumentar con un tono ligeramente negativo, usando metáforas y símiles para ello, y luego prosigo con un párrafo no muy logrado –tengo que reconocerlo-. He querido dejar constancia aquí de todo para demostrar que uno se da cuenta muy tarde de que ha escrito un párrafo chungamente, demasiado tarde: cuando lo lee impreso. Es un mal rollo y duele, pero ¡nadie es perfecto! No he querido corregirlo para que tengáis un ejemplo de mala redacción:

            Bah, detalles. Las historietas funcionaban, los dibujos te sumían en el ambiente. La acción no se detenía pese al barroco terminado. Y eso gustaba a los lectores, que encontraban en el espesor apretado, casi anóxico, de estos dibujos obra del tándem Buscema/Alcalá, un verdadero reflejo de las aventuras literarias de Howard en que se inspiraban (por entonces se había vuelto a reeditar toda la saga literaria de REH, debido al éxito reciente que los libros en rústica habían disfrutado en el Reino Unido).
           
Con el número 19 de Savage Sword of Conan el magazine comenzó a tener cadencia mensual (llevó fecha de junio de 1977, o sea que se puso a la venta en marzo de ese mismo año), otro signo del éxito de la publicación. Y en su interior no tendría que haber aparecido la conclusión de la adaptación de la aventura de Conan en Vendhya, destinada al n.º 18 pero dividida en dos partes por causa de lo ocupado que se hallaba Alcalá en aquel momento: dibujando también en Kull the Destroyer y en otro magazine de la editorial, The Rampaging Hulk. Así, sería en el n.º 20 donde apareciese una historieta inolvidable, también original de Howard y obra del mismo equipo creativo, que llevó el título original “The Slithering Shadow”. Es necesario aclarar al lector que esta última aventura, que comienza con Conan huyendo de una batalla perdida de la mano de una bella mujer llamada Natala, debe ubicarse cronológicamente hablando entre la que abre este volumen y la larga saga del Pueblo del Círculo Negro.  

            Sigh...  
          Lo que viene a continuación constituye una síntesis de las conclusiones y una reafirmación necesaria y que es fundamental colocar al final de cada prólogo o de cada texto. Y lo que le sigue es una coletilla dirigida a crear un efecto “eco” en la mente del lector; la idea consiste en jugar con el mismo sistema de ruptura que comentaba antes. La coletilla ha de ser musical pero firme, graciosa pero sólida. Hay que escribirla con cuidado y ¡por favor, rehuid los párrafos finales que comienzan con fórmulas socorridas tipo “En resumen...” “En resumidas cuentas...” “O sea,/ Es decir, se trata de un material...” No, por favor, construid vuestras propias fórmulas. Sed creativos.

             Aparte de las pequeñas diferencias que imponen los detalles anecdóticos comentados, todas las historietas compiladas en este volumen son de una calidad a prueba de fuego, son howardianas, tienen la fuerza característica de Buscema y la solidez de las tintas de Alcalá. Es decir: son de lo mejor de Conan. 
           
Pero, sobre todo, lo son gracias a Roy Thomas. Y siempre lo serán.  Manuel Barrero.

            Ah, y un consejo final: ni se os ocurra darle la puntilla con "Excelsior!”

            ;-)     

            Manuel Barrero.          


[He aquí el texto al completo.-]

PRÓLOGO

            ROY THOMAS: AMO DE LA EMOCIÓN.

            “Es Thomas, sin duda, el Mejor Autor Conan.” Así concluía el prólogo al primer volumen de esta colección Los Mejores Autores Conan dedicado a Roy Thomas, conclusión a la que se llegaba a través de la evidencia: con la salvedad de una historieta, escrita por Michael Fleisher, el resto de los comics que integran esta colección de lo mejorcito del cimmerio en viñetas son propiedad intelectual de Thomas. Y, si había que escoger un nombre como colofón de esta colección de tomos, ese nombre era el suyo.  
            En aquel prólogo ya me extendía suficientemente en la loa a la imaginación y a la capacidad de trabajo del cerebro de Missouri. En éste no lo haré, aquí hablaré tan sólo de la guinda en el pastel que viene a ser el material escogido para este libro. Porque, si bien es verdad que por esta serie de volúmenes encuadernados en cartoné han desfilado artistas de la talla de Neal Adams, Gil Kane, Eufronio R. Cruz, Ernie Chan, Alfredo Alcalá, Tony de Zúñiga y, casi, Rafael Kayanan (se decidió en última instancia publicar su material en el volumen independiente Conan el aventurero), para la mayoría del público el mejor autor Conan, en la inventiva, es Robert E. Howard, en los lápices, John Buscema, en las tintas, Alfredo Alcalá, y, en los guiones, Thomas, naturalmente. Ambos los cuatro elevaron a Conan a la categoría de mito con su trabajo, allá por mediados de los años setenta, laborando con avasalladora pasión, metódicamente pero de un modo sobrenatural. ¡Caray, estamos hablando de producir cerca de 50 páginas de historieta al mes!  
            ¡Y qué historietas! Situémonos a caballo de los años 1976 y 1977. Es un momento mágico para el comic-book USA. Los Estados Unidos de América habían logrado obtener la primacía económica del mundo tras la expansión que sucediera a la posguerra y que los analistas consideran culminó en 1973, con una renta per capita de casi 8000 dólares. Un dato significativo y que explica por qué el público aceptó gratamente que los comics subiesen su precio de 15 centavos a 30 centavos en pocos años. Además, los comic-books eran ahora leídos por niños, pero también por un sector importante de universitarios y adultos que, tras incorporarse a la contracultura, estimaron que los comics podían ofrecer mayor dosis de imaginación que la Televisión y localizaron en ellos a algunos superhéroes que tomaron como símbolos, como alegorías de una nación de poder omnipotente pero mermada por la culpabilidad y la duda (Silver Surfer fue emblema de una generación; que le pregunten a Quentin Tarantino o a Kevin Smith). Pasada la etapa contestataria del “underground”, los comic-books se habían legitimado como genuino arte americano, al igual que ocurrió con el jazz, saliendo en programas televisivos (como el famoso entonces Good Morning America), siendo objeto de tesis doctorales, dando lugar a sesudos tratados (de esta fecha data The World Encyclopedia of Comics, editada y dirigida por Maurice Horn), siendo incluidos en programas escolares de enseñanza, deviniendo muy comercial (el merchandising comenzó a adquirir ahora cotas imposibles de imaginar pocos años atrás) y perfectamente exportable.  
            Howard había adquirido una presencia notoria en América desde 1975. Su nombre se había ido infiltrando en otras áreas del entretenimiento: libros ilustrados por historietistas, como el Grey God Passes ilustrado por Walter Simonson, discos de vinilo conteniendo narraciones de Conan, como los distribuidos por Moondance Productions... En 1976, el relato howardiano “The Valley of the Worm” fue el germen de un producto de culto para los lectores contrarios al mainstream, Bloodstar, al haber sido dibujado por Richard Corben. El mismo año, fue publicada la gruesa biografía de REH escrita por Donald M. Grant y titulada The Last Celt. Las series de comics de Conan seguían vendiéndose estupendamente, Conan the Barbarian, Marvel Feature Presents with Red Sonja, Giant Size Conan, King Size Annual, Kull vuelve a la palestra en Kull the Destroyer... De otro lado, The Savage Sword of Conan fue casi el único magazine que resistió en el quiosco tras la pasajera moda de las revistas de todo género en blanco y negro. Y eso no fue todo, ahora, tan sólo un lustro después de su aparición ¡los primeros números de Savage Tales se cotizan en el mercado de segunda mano a 40 dólares!  
            Conan estaba en la cima. La razón era Moda. Pero, también era Calidad. La calidad de una conjunción portentosa, la formada por los mejores autores Conan: Howard, Thomas, Buscema, Alcalá, los cuatro hombres que a juicio del público mayoritario que leía los comics del cimmerio de entonces habían definido el llamado “Canon Conan”. Es cierto que esos cuatro ases contribuyeron a instalarse entre el gusto del público, pero por encima de todos ellos, sobresaliendo como el as en la manga, estaba Thomas, meditando el próximo paso, reflexionando sobre lo que convenía al público, escogiendo textos, encargando ilustraciones, vigilando las viñetas que pasaban por sus manos antes de dirigirlas al entintador filipino, deteniéndose en los diálogos, escribiendo enfebrecido por la emoción, inmerso en la saga del personaje de la Era Hyboria, seleccionando los materiales para construir las revistas... Era un dragón de siete cabezas que proyectaba, pensaba, imaginaba, escribía, vigilaba y editaba.  
            Para muestra, un botón: escojamos cinco números seguidos de The Savage Sword of Conan, del 15 al 20, por ejemplo, y analicémoslos. En portada, en el n.º 15, sigue estando el peruano Boris Vallejo, un monstruo. Lamentablemente, esta sería la última ilustración de cubiertas de magazine que hiciera, totalmente entregado a ilustrar libros. Thomas probó con otros autores variopintos para los siguientes números: Dan Adkins, Kenneth Morris, Ernie Chan... y Earl Norem, un pintor que transmitía una rudeza especial con sus óleos y que sería el portadista “oficial” en lo sucesivo. Los ilustradores elegidos por Thomas para aderezar el interior de las cinco revistas escogidas nos da una idea de la categoría del personaje: Tim A. Conrad, Mike Zeck, Frank Giacoia, Gene Day, John Buscema, J. Allison, Virgil Finlay, Richard Corben, Roy G. Krenkel, Pat Broderick, Alfredo Alcalá, Michael Wm. Kaluta..., uf, vaya desfile. Y tampoco es manco el elenco de articulistas (Fred Blosser, Robert Weinberg, el propio Thomas) y el de los autores de las historietas de complemento: Barry Windsor-Smith y Tim Conrad con Bran Mak Morn en “Worms of the Earth”, Walter Simonson con “The Hyborian Age”, Howard Chaykin, Alan Kupperberg, Sonny Trinidad, Néstor Redondo y Rudy Nebres con varias historietas de Solomon Kane... No podía ser mejor. Se respiraba verdadera emoción creativa al abrir aquellos tebeos.  
            He aquí la clave: la emoción. De ahí la grandeza de las historietas de este tiempo. De ahí la grandeza de las tres aventuras contenidas en este libro.  
            La primera de las tres aventuras que el lector hallará es “Devil in iron”, la correspondiente al Savage Sword n.º 15, historieta que adapta un relato de los más genuinos de Robert E. Howard al cual Thomas se adhirió considerablemente en su translación a viñetas, retocando solamente algunos pasajes breves (como el de la huida de Octavia) con él único fin de dotar de mayor trepidancia al relato. Lo único que los lectores pudieron reprochar de esta magnífica aventura llena de acción y de momentos escalofriantes fue el hecho de que las mujeres apareciesen demasiado exuberantes, a lo cual Thomas respondió de un modo muy inteligente: solicitando fotos de lectoras, o de esposas o amigas de lectores, para incorporar a las futuras chicas que apareciesen en la revista. Fue un subterfugio, claro está; no porque Thomas quisiese con ello paliar algún impulso de erotómano, ¡Crom nos libre de pensar eso!, sino porque Buscema siempre dibujaba a la misma mujer, dejando a los entintadores la responsabilidad de conferirles algún rasgo diferenciador (y, con todo, muy pocos lo consiguieron). Además, lo de utilizar fotos ya lo había pensado Thomas antes, visto el afloramiento de fan-girls desde 1974, seguidoras de Red Sonja sobre todo; muchas lindas jovencitas disfrazadas de “bárbaras” que pasearon su palmito por convenciones y fiestas a las que Thomas acudía terminaron por convencerle de inspirarse en ellas. Una bailarina que le cayó en gracia a Roy, Maureen Wise, fue elegida para “interpretar” a la deví de Vendhya, Yasmina, co-protagonista de la saga de Conan ofrecida en los números 16 a 19 de Savage Sword of Conan y recogida en el presente libro también: “The People of the Black Circle”. Esa labor de identificación con una persona real la llevó a cabo Alfredo Alcalá, embelleciendo los lápices básicos de un John Buscema, siempre potente, siempre seguro, que luego declararía que jamás le gustó la densa tinta del filipino.  
            Bah, detalles. Las historietas funcionaban, los dibujos te sumían en el ambiente. La acción no se detenía pese al barroco terminado. Y eso gustaba a los lectores, que encontraban en el espesor apretado, casi anóxico, de estos dibujos obra del tándem Buscema/Alcalá, un verdadero reflejo de las aventuras literarias de Howard en que se inspiraban (por entonces se había vuelto a reeditar toda la saga literaria de REH, debido al éxito reciente que los libros en rústica habían disfrutado en el Reino Unido).  
            Con el número 19 de Savage Sword of Conan el magazine comenzó a tener cadencia mensual (llevó fecha de junio de 1977, o sea que se puso a la venta en marzo de ese mismo año), otro signo del éxito de la publicación. Y en su interior no tendría que haber aparecido la conclusión de la adaptación de la aventura de Conan en Vendhya, destinada al n.º 18 pero dividida en dos partes por causa de lo ocupado que se hallaba Alcalá en aquel momento: dibujando también en Kull the Destroyer y en otro magazine de la editorial, The Rampaging Hulk. Así, sería en el n.º 20 donde apareciese una historieta inolvidable, también original de Howard y obra del mismo equipo creativo, que llevó el título original “The Slithering Shadow”. Es necesario aclarar al lector que esta última aventura, que comienza con Conan huyendo de una batalla perdida de la mano de una bella mujer llamada Natala, debe ubicarse cronológicamente hablando entre la que abre este volumen y la larga saga del Pueblo del Círculo Negro.  
            Aparte de las pequeñas diferencias que imponen los detalles anecdóticos comentados, todas las historietas compiladas en este volumen son de una calidad a prueba de fuego, son howardianas, tienen la fuerza característica de Buscema y la solidez de las tintas de Alcalá. Es decir: son de lo mejor de Conan.  
            Pero, sobre todo, lo son gracias a Roy Thomas. Y siempre lo serán. / Manuel Barrero.