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          Arena roja  
 
 

“Y... osan llamarnos  bárbaros, los mismos que se
embriagan con la sangre de hombres y bestias en

medio de un festival de muerte y decadencia”


Mandubracio de Britannia


 

            La respiración  de Grunhet se paralizó con el retumbar de los muros y el calor de los vítores que hicieron eco en el lúgubre corredor que conducía a la arena. Sus ojos grises brillaron en la penumbra, mientras su corazón amenazaba con salirse del pecho al percibir las sombras fugaces que danzaban con desesperación al otro lado de las pesadas puertas de cedro, acompañadas por miles de voces enloquecidas que invocaban el poder del acero y la muerte.

            Sintió un hormigueo ascendiendo por la columna vertebral y aspiró una profunda bocanada del aire húmedo y viciado del túnel, para alejar el miedo que intentaba corroer su voluntad. Aferró la espada con fuerza y por primera vez observó a los hombres que le rodeaban. Podía percibir la tensión reflejada en sus músculos mientras el calor pegajoso producido por los cuerpos apretujados envolvía su respiración. Entre ellos reinaba un silencio sobrecogedor, interrumpido de cuando en cuando por un leve murmullo cuando el clamor enfebrecido de la multitud  anunciaba la muerte de algún gladiador. 

            ¿Cómo había llegado hasta aquel lugar despiadado y oscuro? ¿Dónde habían quedado las tierras pobladas de bosques milenarios dónde reinaban los dioses de Britannia? En ese momento divagaba por las costas frías y rocosas de lo que alguna vez llamó hogar; una tierra de dioses misteriosos e incorpóreos, totalmente distintos a las figuras vacías e inanimadas que adoraban los hombres que habían esclavizado a su pueblo.

            Se estremeció  al recordar el día en que los romanos asolaron la aldea con fuego y acero. Era tan sólo un mocoso; no obstante se lanzó en contra de aquellos invasores de grandes escudos bermejos, blandiendo la pesada espada de su padre caído, con la esperanza de encontrar la muerte en medio de aquella orgía de devastación y dolor que había consumido todo lo que conocía y amaba.

            Sin embargo... los dioses habían trazado un camino muy diferente para él.  

 

            El clamor y los vítores habían cesado y ahora el estridente sonido de los cuernos de bronce anunciaba a  los espectadores la llegada de más carne fresca para dar rienda suelta a  sus anhelos homicidas.

            Las grandes puertas de cedro se abrieron lentamente y el brillante resplandor del mediodía se filtró por las húmedas paredes del corredor espantando las sombras. El ladrido de miles de gargantas era una fuerza sobrecogedora que parecía arrastrar hacia la arena a los hombres destinados a morir por el emperador.

            Grunhet se cubrió los ojos con el dorso de la mano, y sintió cómo la extraña energía que  ascendía por las piernas y llenaba su pecho antes de cualquier combate, parecía haberse multiplicado. Era como si los lejanos dioses de Britannia estuvieran presentes en aquel momento insuflando su espíritu y corazón con la fuerza y tenacidad de mil guerreros.

            Aspiró el aire puro que penetraba por la inmensa puerta, estremeciéndose al sentir los rayos del sol  acariciando su cuerpo nervudo al iluminar el húmedo corredor. Tensó los músculos antes de salir disparado hacia la arena, hipnotizado por los frenético cánticos que retumbaban por todos los rincones del coliseo.

            El cuerpo del britano se paralizó al verse en medio del aquel fastuoso recinto dedicado a la muerte. Miles de seres se retorcían enloquecidos, vociferando incoherencias sin dejar de  moverse de un lado a otro de las graderías.

            Alzó la vista y pudo distinguir claramente el palco del emperador, engalanado de púrpura y vistosos estandartes carmesíes y dorados que parecían flotar en el aire.  

            Atravesaron la arena brillante, iluminada por el sol y formaron frente al  amo del mundo conocido.

            –¡Aquellos que van a morir te saludan! –aullaron al unísono, levantando las armas y escudos relucientes.

            De inmediato los jueces tomaron posiciones e indicaron a los gladiadores que se aprestaran para la lucha al recibir la señal del emperador.

            Grunhet miró  hacia la tribuna y pudo reconocer un rostro en medio de la multitud.

            Se trataba de su maestro, Tulio Selenio.

            El coliseo enmudeció mientras miles de almas esperaban con ansiedad la señal del emperador para que se reanudara el sangriento espectáculo. 

            De pronto, un rugido colmó la tribuna y dejó sin aliento a los hombres que  esperaban en la arena su inevitable destino. Ahora no quedaba más que entregarlo todo sin contemplaciones.

            El sonido del acero se apoderó de la arena, mientras los gritos de la multitud crecían dramáticamente, al tiempo que seis parejas de hombres  decidían su futuro en medio del restallar de armas y escudos.

            Grunhet blandió el gladius con la habilidad de un experto, manteniendo a su rival a raya y estudiando detenidamente cada movimiento.  Se trataba de un fornido númida, de piel aceitunada, armado con un tridente y una red.

            El britano comprendía que debía mantenerse alejado de la red o de lo contrario todo  terminaría para él.  Al fondo podía escuchar ya los  primeros aullidos de dolor de los hombres alcanzados y se estremeció al escuchar el clamor de la multitud pidiendo el sacrificio de los caídos.

            Pero su corazón endurecido por mil combates, había agotado toda compasión por los demás; debía ser de ese modo si quería continuar viviendo. Centró toda la atención en el oponente que tenía al frente, haciendo oídos sordos a los gritos de agonía que se multiplicaban alrededor.

            En ese momento el númida arremetió con el tridente y golpeó con fuerza el peto dorado del britano, lanzándole sobre la arena entibiada por el sol.  Con un rápido giro a la derecha, Grunhet evitó la red que hubiera sellado su destino, blandió la mortal hoja a ras de piso y por poco cercena los pies del africano que se echó hacia atrás con envidiable agilidad.

            La multitud desvariaba de emoción al ser testigos de la desesperada  lucha de vida o muerte entre los hombres que aún quedaban con vida en la arena.

            Esta vez fue Grunhet quién arremetió contra su rival, bloqueando el afilado tridente con el pequeño escudo redondo que pendía del antebrazo izquierdo y acorralando al númida contra la pared. Las furiosas miradas de ambos hombres se encontraron frente a frente. Aquellos ojos furibundos no conservaban ya ningún vestigio de humanidad, no eran más que dos bestias enloquecidas luchado por sobrevivir. El númida dejó escapar un grito desgarrador que impregnó el rostro del britano con un aliento tibio y dulzón, antes de zafarse del  mortal abrazo. Horrorizado, Grunhet cayó de bruces sobre el muro de piedra y sintió el calor de la sangre rodando por su frente. Desesperado, intentó ponerse en pie antes de que el númida pudiera reaccionar, pero ya era demasiado tarde cuando sintió cómo el filo helado del tridente mordía su muslo derecho, como si se tratara de un lobo hambriento.

            Un gritó de agonía surgió del fondo de su ser, mientras la  multitud embrutecida ladraba de emoción. Alzó los ojos y se encontró con la mirada inexpresiva de Tulio Selenio perdida en las graderías. Sintió una súbita energía afluyendo por el torrente sanguíneo, se trataba de una furia aterradora que amenazaba con hacer estallar su corazón  con indomable poder.

            Maldijo a su maestro   por haberle obligado a vivir una existencia de muerte y dolor para saciar los deseos de este pueblo despiadado.

            En ese instante, la red del númida le cubrió el cuerpo y estrelló su cara contra el suelo violentamente. El britano sintió el sabor acre de la sangre entremezclado con la arena en el fondo de la boca. Con los ojos inyectados de odio, pudo ver como el hombre de piel aceitunada  alzaba los brazos en señal de victoria, blandiendo el tridente de forma amenazante sobre su cabeza reluciente. 

            Grunhet comprendía que si no actuaba de inmediato su destino estaría sellado. Con desespero, extrajo una daga de la bota y comenzó a cortar la red con todas sus fuerzas,  al tiempo que los  gritos de la multitud advertían al númida que su rival seguía en la pelea.

            Al descubrir al britano luchando con denuedo para librarse de la trampa mortal, el númida se abalanzó sobre él  en medio de un aullido espeluznante, despidiendo fuego de sus ojos negros.

            Grunhet se hizo a un lado en el momento justo en que el temible tridente se clavaba sobre la arena a unos centímetros de su cabeza.

            Con agilidad simiesca evadió un segundo tajo, ante los gritos de admiración proferidos por la audiencia, la cual no podía dar crédito a lo que sucedía en la arena .  

            Grunhet sabía muy bien que no podría  continuar con esta danza mortal por mucho más tiempo, la profunda herida en el muslo derecho estaba sangrando profusamente  y era cuestión de minutos antes de que el temible africano acabara con él.

            Sin embargo, no iba a morir en aquel lugar impío, lejos de sus dioses; este pensamiento le calentó la sangre y despejó su mente abatida por el dolor y el agotamiento.

            En un último esfuerzo consiguió alcanzar el extremo opuesto de la arena, evadiendo otro violento  tajo que cortó el aire, arrancando vítores de admiración por parte del  público, que en esos momentos había centrado toda la atención en su desesperada lucha por sobrevivir.

            El númida arremetió con una expresión demencial reflejada en el rostro; confiaba en terminar con el britano como si se tratara de una bestia malherida. Sin embargo, con el sol reflejado en el peto del Grunhet cegando su rostro, no pudo advertir a tiempo la temible hoja que atravesó su esternón y afloró por la nuca, destrozando las vértebras superiores de su espina dorsal.  

            Un alarido espeluznante se apoderó de todo el coliseo, mientras miles de gargantas clamaban al unísono el nombre del britano.

            Bañado en la sangre tibia de su rival, Grunhet respiró profundamente mientras veía cómo la vida se apagaba en las pupilas del númida.

            En ese momento se preguntó cómo aquellas bestias sedientas de sangre se atrevían a llamarle bárbaro.     

 


 

Glosario:

Britano: Antiguo habitante de la Inglaterra actual.

Britannia: Actual Inglaterra.

Gladius: Espada corta romana.

Númida: Habitante del antiguo reino de Numidia localizado en la parte central de África del norte. Sus primitivos habitantes eran beréberes de vida seminómada.


por José Luis Castaño Restrepo