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 Por unas cuantas monedas  


             El viento traía consigo el fuerte aroma del cervatillo que ardía en el campamento samnita en el fondo del valle. La patrulla romana se acercó sigilosamente al borde del empinado risco desde donde pudo distinguir claramente las hogueras que empezaban a brillar en el centro del campamento rebelde.
El tribuno Cayo Aquilino miró a sus hombres y decidió esperar el amparo de la noche para cruzar las líneas enemigas. Varios pares de ojos examinaban en silencio cada uno de sus movimientos en espera de sus órdenes.
            —Cruzaremos al anochecer —dijo en tono firme y sereno tras reconocer la incertidumbre reflejada detrás de los rostros de sus legionarios.
            No había nada más que hacer que sentarse a esperar. Flavio Craso se envolvió en su sagum de lana maloliente, y abrazando su pilum, centró toda su atención en las primeras estrellas que empezaban a asomar tímidamente por el poniente. A medida que el frío comenzó a embotar sus sentidos se fue sumergiendo poco a poco en un profundo sueño. Se encontraba nadando en medio del Tiber en una refrescante tarde de primavera, con la hermosa Cecilia Tercia a su lado, cuando un brusco movimiento le despertó violentamente. Se trataba del corpulento Lucio Ajacio, Centurión Primus pilus de su cohorte, indicándole que se pusiera de pie, con cara de pocos amigos.
            —¡Por Júpiter! —maldijo entre dientes, mientras la figura del inmenso soldado se perdía entre las sombras.
            Con sus extremidades engarrotadas, el legionario se estiró con dificultad mientras ajustaba su gladius con firmeza al cinto, y sacaba la hoja de su vaina para revisar que no tuviera señales de oxidación. En ese momento dio gracias a todos los dioses por haber cargado consigo los dos pares de calcetines de lana que tenía puestos. Observó el cielo y pudo ver la luna entre la espesa niebla que empezaba a cubrir la colina como una mortaja helada.
            Aspiró profundamente y sintió cómo el aire frío le quemaba los pulmones y alertaba sus sentidos, preparándole para la arriesgada labor que tenía por delante. Vio un grupo de sombras que se arremolinaban cerca de la pendiente y reconoció el casco ático de su comandante entre ellos.
            —Vamos a cruzar el campamento enemigo de dos en dos, así evitaremos ser detectados por los centinelas. —dijo el tribuno recorriendo los rostros de sus hombres con la dura mirada de sus ojos ambarinos—. De nosotros depende llevar este mensaje a las legiones del Cónsul al otro lado del río —añadió señalando una tenue franja plateada iluminada por la luna a unos cuantos metros de la empalizada samnita. Guardó silencio por un instante para enfatizar la gravedad del asunto y prosiguió en tono firme y severo, tratando de ocultar la desesperación que lo carcomía por dentro—. Todos han sido elegidos para esta misión por ser hombres sagaces y valientes bendecidos por la fortuna. Roguemos a Belona y a Júpiter que los acontecimientos nos sean favorables, de lo contrario, el futuro de la República estará comprometido.
            Los duros rostros de los legionarios permanecieron imperturbables, incapaces de reflejar emoción alguna. Todos ellos conocían la gravedad de la situación y las pocas probabilidades de éxito que tenía su misión. Sin embargo, los ocho soldados habían memorizado el mensaje en caso de que alguno de ellos logrará cruzar las líneas samnitas y pudiera alcanzar el campamento del Cónsul con la urgente misiva.
            El tribuno miró hacía el trémulo brillo de las hogueras en el fondo del oscuro valle, y volvió su atención hacía los ocho hombres que esperaban sus órdenes en silencio.
            —Buena suerte y que la diosa Fortuna los acompañe —musitó con una triste sonrisa antes de perderse por el traicionero sendero que conducía al fondo del valle.
            El gigantesco Lucio Ajacio organizó las parejas que se internarían en el campamento enemigo, antes de perderse por el tenebroso sendero en busca de su comandante. Flavio Craso se ajustó sus sandalias y se libró de todo aquello que pudiera brillar en la oscuridad antes de enfilar hacia el valle, seguido de cerca por Marco Pomponio, su compañero de fuga.
            Ambos soldados bajaron cautelosamente por la pendiente, ocultos por una pesada niebla y sufriendo numerosos cortes y laceraciones a causa de la agreste topografía del lugar. No obstante, el intenso frío que mantenía engarrotados sus cuerpos no permitía que el dolor aflorará de sus heridas.
            Húmedos y sudorosos, alcanzaron por fin la superficie del Valle; de pronto, Pomponio resbaló y sus manos se toparon con un cuerpo tibio oculto entre la maleza. Alarmados, movieron la masa inerte y descubrieron el cuerpo sin vida de uno de sus compañeros con una espeluznante expresión plasmada en su rostro.
            —¡Quinto! —exclamó Flavio consternado.
            —Se debió romper el cuello al rodar por la colina —replicó Pomponio, mirando hacía arriba.
           —No lo creó —aseguró Flavio con su rostro enfurecido y la mano manchada de sangre—. Le han apuñalado por la espalda. –dijo señalando una herida casi imperceptible a la altura de la nuca, de la cual brotaba un delgado hilo carmesí.
            —¡Los samnitas! —farfulló Pomponio aterrado, echando mano a su gladius.
           —No, los samnitas lo hubieran atravesado con una lanza o con una espada; además, ya estaríamos muertos si ellos estuvieran aquí —afirmó Flavio, produciendo un vaho de vapor al hablar debido al intenso frío—. Esto es obra de un asesino, he visto este tipo de trabajo en las callejuelas de Roma; tal vez un espía samnita oculto entre nuestras filas —añadió, alarmado por la gravedad de su afirmación.
            El rostro de Pomponio se petrifico al escuchar estas palabras.
            —Pero... es imposible, todos nos conocemos desde que empezó la rebelión de los itálicos — replicó sin quitar los ojos del cuerpo inerte de su compañero.
            —Eso es lo que realmente me asusta; hemos convivido con un traidor desde el comienzo; sabe muy bien cómo somos, y por lo tanto cuales son nuestras debilidades. —comentó Flavio, ardiendo de ira por dentro. No podía creer que sus vidas hubieran estado en peligro durante tanto tiempo.
            —¿Ahora qué haremos? —preguntó Marco Pomponio, estupefacto y visiblemente confundido.
            Los ojos grises de Flavio, inyectados de sangre, despedían un brillo aterrador que dejó perplejo a su compañero.
            —Marco, debes alcanzar la empalizada y tratar de encontrar a Lucio Ajacio para contarle lo que ha sucedido aquí —exclamó con firmeza el legionario.
            —¿Y tú qué harás, Flavio Craso? —inquirió Marco aún más confundido.
            —Yo me encargaré del traidor —dijo con tono grave—. Estoy seguro de que se dirige hacía la parte más custodiada del campo para dar la alarma; pero yo le cortaré el paso a través del pantano.
            —Por Júpiter, esto es una locura Flavio; no permitiré que vayas solo —repuso Marco envalentonado.
            —Lo siento amigo mío, pero sólo me retrasarías; además, sabes muy bien que soy el corredor más rápido de la legión.— aseguró posando la mano sobre el hombro de su compañero con una sonrisa.
            — Lo entiendo —dijo Marco Pomponio resignado—. Que los dioses te acompañen Flavio Craso.
            El legionario enfiló hacía el sur del campamento, corriendo con todas sus fuerzas, mientras el viento frío castigaba su rostro y quemaba sus pulmones con cada aspiración. Debía desviarse en dirección al pantano para poder alcanzar la entrada principal del campamento samnita antes que el traidor hiciera lo mismo.
            Una furia inconmensurable comenzaba a apoderarse de su ser al intentar descubrir quién había asesinado a Quinto, pero recordó que en ese momento todo estaba demasiado oscuro para poder reconocer quién había sido elegido como pareja del desaparecido legionario en medio de la espesa neblina que envolvía la colina. Se estremeció al pensar que sólo la fortuna había evitado que no fuera su cuerpo el que estuviera oculto entre la maleza en aquellos momentos. Su corazón parecía querer salir de su pecho cuando por fin alcanzó la ribera del pantano, respirando con dificultad y con un ligero dolor en su costado izquierdo; ahora sólo tenía que cruzar al otro lado para quedar a menos de doscientos metros de la empalizada enemiga. Envolvió su gladius y su daga en una funda de cuero para evitar que se mojaran en el pantano, y acto seguido se sumergió hasta la cintura en la oscuridad de las marismas apoyado en su pilum. Todo su cuerpo se estremeció al contacto con las gélidas aguas estancadas. Tiritando y a punto de congelarse, Flavio apeló a todas sus fuerzas para avanzar a través del nudo de juncos y aristas afiladas que se atravesaban en su camino, acompañado tan sólo por el melancólico canto de las ranas y los grillos a su alrededor.
            Cuando por fin alcanzó el otro lado del pantano desde donde se observaba ya la puerta de madera del improvisado campamento enemigo, su cuerpo ardía por dentro debido al horrendo frío que le envolvía como un sudario.
            Intentó frotarse las manos, pero sus dedos entumecidos se negaban a responder; en ese preciso instante, unos pasos en la maleza le hicieron olvidar toda su miseria, obligándole a centrar toda su atención en la masa oscura que avanzaba hacía él.
            Extrajo el gladius de la envoltura de cuero, tratando de no producir el menor sonido, y se aprestó a enfrentar a cualquiera que apareciera detrás de los juncos; pero por ventura de los dioses, los pasos se alejaban en otra dirección.
            Por fortuna, el breve instante de tensión había conseguido calentar su sangre con la excitación del combate, y ahora podía sentir como sus engarrotados miembros comenzaban a recuperar la flexibilidad.
            Sin perder tiempo, Flavio tomó su pilum y corrió bordeando la muralla de juncos, oculto en la espesa niebla, hacia el lugar en que pensaba que el asesino de Quinto aparecería de un momento a otro. Había avanzado unos cien metros en medio de la oscuridad cuando su cuerpo chocó violentamente contra algo caliente; se puso de pie con agilidad felina, y se encontró frente a frente con un desconcertado samnita que le miraba sorprendido con la boca abierta, sin poder dar crédito a lo que estaba sucediendo; de repente, sus ojos oscuros destellaron con una expresión de terror al descubrir que se hallaba frente a un legionario romano. Intentó echar mano a un cuerno de plata que colgaba de su cinto, pero antes de que pudiera hacerlo, Flavio se le echó encima hundiendo la filosa hoja de su gladius por su costado, atravesando los pulmones y rajando su corazón. Cuando llegaron al suelo húmedo el centinela ya era un cuerpo sin vida. Flavio pudo ver cómo se apagaba el brillo de los ojos oscuros de su víctima antes de sacar la hoja de su cuerpo. Era tan sólo un muchacho, descubrió con amargura mientras limpiaba la sangre caliente de su espada. Elevó una plegaria a Júpiter y se alejó del lugar.
            No tardó mucho en descubrir el rastro que andaba buscando entre algunas rocas, pero se estremeció al notar que se alejaba en dirección al campamento.
            Se maldijo a sí mismo, y volvió sus pasos nuevamente hacía la custodiada puerta principal, pero esta vez lo hizo bordeando la empalizada de madera.
            Desesperado por lo que podría ocurrir con su sitiada legión si fallaba en su misión, extrajo fuerzas de su interior para apurar el paso. El desgaste de varios días de marcha y lucha estaban comenzando a minar su potente físico; sin embargo, aún le restaban fuerzas suficientes para completar la misión y salvar a sus compañeros o morir en el intento.
            En medio de la oscuridad pudo escuchar voces a unos cuantos pasos de su posición, aunque no podía ver nada debido a la densa muralla de niebla, aminoró el paso y se arrastró por la hierba húmeda en dirección al lugar desde donde provenía el sonido.
            De pronto, se paró en seco al ver cuatro figuras borrosas cerca de la empalizada. Tres de ellas apuntaban sus lanzas hacía la cuarta figura que permanecía de espaldas a él. Apretó los dientes a sabiendas de que aquel hombre era el traidor que había asesinado a Quinto.
            Ahora parecía que el hombre intentaba convencer a los guardias de que se trataba de uno de ellos, no obstante, los samnitas no parecían estar muy convencidos de ello.
            Por un largo rato los guardias parecían no saber qué hacer. Finalmente un hombre que parecía ser uno de sus centuriones, salió del campamento y después de intercambiar algunas palabras con el prisionero lo llevo al interior de la empalizada.
            Flavio sabía que no tenía tiempo que perder, si el traidor lograba hablar con el comandante enemigo, las legiones del Cónsul estarían totalmente perdidas. Había llegado el momento de jugarse el todo por el todo. Retrocedió algunos metros y luego de elegir un lado oscuro del muro, lanzó un garfio unido a una gruesa cuerda de cuero, hacia las afiladas puntas de los troncos que conformaban la empalizada.
            Se estremeció al pensar que el golpe producido por el garfio iba a despertar a toda la legión samnita, y aguantó el aliento mientras esperaba oír cientos de pasos y gritos a su alrededor en cualquier momento; no obstante, el único sonido que escuchó fue el lóbrego canto de las ranas del pantano.
            Aliviado al notar que no había sido descubierto, se impulsó hacía arriba lastimándose las rodillas con los ásperos troncos de abeto de la empalizada. Observó la disposición del campamento y descubrió alborozado que estaba organizado de igual manera que el suyo. Alzó la vista y descubrió la tienda del comandante de la legión en medio del campo. Allí era donde debía dirigirse con prontitud si quería cerrar el paso a los dos hombres que caminaban desde la puerta principal. Flavio miró hacía el otro lado de la empalizada antes de saltar, y por un instante le pareció que se metía en la boca del lobo; sin embargo sabía muy bien que no le quedaba otra opción.
            Sin hacer ruido se deslizó por los ásperos troncos, que esta vez laceraron sus brazos y codos antes de que alcanzara al suelo. Ahora, desde el interior, la distancia hasta la tienda del general samnita parecía haberse triplicado. Sin dejarse arrastrar por el pánico, el legionario examinó los alrededores y pudo descubrir una pequeña depresión por la cual se podría desplazar hasta el centro del campo sin cruzar a través de las apretadas filas de tiendas blancas en las que descansaban los soldados enemigos.
            Flavio tomó una profunda bocanada de aire y se encomendó a todos los dioses conocidos antes de lanzarse de manera temeraria hacia el centro del campo. Era una verdadera locura, pero él sabía que los dioses favorecían a los que habían perdido la cabeza; y mientras corría al encuentro de dos hombres en el centro de un campamento enemigo, dudaba mucho que aún estuviera en sus cabales. Al fin, después de alcanzar la vía principal del campo samnita, se agazapó detrás de unas rocas en espera del enemigo.
            Su corazón latía con fuerza y el hambre de venganza calentaba su cuerpo castigado por el frío, al tiempo que sus extremidades temblaban de excitación con sólo pensar que tendría al traidor en sus manos de un momento a otro. De pronto, su cuerpo se puso rígido como una roca al escuchar unos susurros acompañados del inconfundible sonido producido por las sandalias tachonadas con hierro de los soldados.
            Se agazapó como una serpiente al acecho de su víctima, mientras esperaba que las sombras oscuras de ambos hombres aparecieran frente a él en cualquier instante. No paso mucho tiempo antes de que una tea rompiera la oscuridad con su trémulo resplandor. Aunque aún no podía distinguir los rostros, sí pudo reconocer la figura menuda y gruesa del centurión samnita.
            Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar por la ira que ardía en su pecho al recordar la expresión reflejada en el cuerpo sin vida de Quinto. Sabía que no podía dejarse arrastrar por sus emociones o echaría todo a perder. Apretó con fuerza su pilum hasta que sus nudillos se tornaron blancos...
            Ahora estaban sobre él.
            El centurión samnita alcanzó a percibir una sombra a su derecha antes de sentir como el frío del pilum mordía su carne y atravesaba sus pulmones; intentó gritar pero lo único que pudo sentir fue el sabor metálico de la sangre caliente saliendo a borbotones por su boca mientras ahogaba su respiración.
            El otro hombre apenas alcanzó a echarse a un lado para evitar ser alcanzado por un certero mandoble que cortó el aire frío y por poco le cercena el brazo izquierdo.
            Los ojos de ambos guerreros se encontraron por fin, y Flavio Craso no pudo disimular su sorpresa al ver al hombre que había traicionado a sus compañeros. Lucio Ajacio, el centurión Primus pilus de su cohorte, lo miraba fijamente con una expresión de burla en su rostro marcado por la guerra.
            —La fortuna me sonríe nuevamente —dijo dejando ver un destello oscuro e inquietante a través de sus hundidos ojos negros—. Eres el último que me faltaba por eliminar. —añadió con sorna.
            Un súbito escalofrío recorrió la espina dorsal del legionario que aún no salía de su estupor.
           —¿De qué demonios estás hablando? —vociferó tratando de ocultar su sorpresa, pero temiendo confirmar lo que su intuición ya sospechaba.
            —Todos están muertos; Cayo Aquilino y el resto de tus compañeros —se ufanó el siniestro centurión con una horrenda sonrisa que dejo ver sus dientes amarillentos—. Por ese motivo bajé por la pendiente detrás de nuestro comandante; les corté el cuello a todos como si se tratara de cerdos cebados. Después de decir estas palabras su horrenda mirada se clavó sobre el joven legionario con furia homicida.
            —No es cierto —replicó Flavio erizado, tratando de negar lo que ya sabía de antemano—. Marco Pomponio debe estar cruzando el río en estos momentos —aseguró temblando de ira.
            Lucio Ajacio se encogió de hombros y Flavio contempló con horror cómo el traidor extraía un pesado alfanje africano, manchado de sangre, de un largo tahalí colgado de su espalda.
            —Con esta hermosura le corté el cuello a tu amigo Pomponio antes de llegar hasta aquí; sin embargo, te fue fiel hasta el final —dijo plasmando una tenebrosa mueca en su ajado rostro—. Me dijo que te habías roto el cuello al rodar por la colina; ese es el único motivo por el cual continúas con vida. Un pequeño error que corregiré de inmediato. –señaló lanzando un sorpresivo tajo hacía Flavio que por poco le arranca la cabeza.
Flavio empuñó su gladius y se alejo unos pasos del pesado centurión y su temible alfanje.
            —¿Por qué lo hiciste? —preguntó sin ocultar su amargura, temblando de indignación—. Hemos peleado codo a codo por dos años —añadió despidiendo un furioso destello de sus iracundos ojos grises.
            —De la gloria no vive el hombre —exclamó Lucio Ajacio, después de lanzar otro golpe con su pesado alfanje que Flavio evadió ágilmente. El centurión hizo una sórdida mueca sin quitarle los ojos de encima a su adversario—. Además, a mi edad, el dulce sonido de los sestercios de oro hace más eco en mis oídos que cualquier honor militar.
            Herido al escuchar esto, Flavio arremetió con furia contra el sorprendido Lucio Ajacio que no esperaba el repentino ataque; por unos centímetros logró evitar que el filo del gladius cercenara su garganta.
            —Eres un maldito bastardo; que los dioses te envíen al averno por haber vendido las vidas de tus compañeros por unas cuantas monedas. —ladró Flavio enloquecido de dolor, pero controlando sus emociones para no terminar desollado como un puerco bajo el filo del arma del traidor.
            —Vamos muchacho, no seas tan dramático; mataría a mi propia madre por la fortuna que me han ofrecido los rebeldes —aseguró con una cínica sonrisa que cruzaba su deteriorado semblante, al tiempo que sus ojos enloquecidos despedían un brillo mortal y oscuro, bailando en sus profundas órbitas. –Es una pena que no pueda explicártelo muchacho; pero es hora de enviarte al reino de Hades.
            Al decir esto, Lucio Ajacio arremetió con fuerza contra el legionario, reventando la hoja del gladius con su poderoso alfanje; Flavius rodó hacía la izquierda, evitando así un segundo golpe que levanto chispas al golpear con fuerza contra el suelo.
            Sin perder tiempo, y con agilidad felina, el legionario saltó hacía adelante evadiendo un tercer golpe que rasgó el aire a sus espaldas; alcanzó el cuerpo sin vida del centurión samnita atravesado por su pilum, y extrajo la afilada hoja de su cinto, la cual resplandeció como un diamante bajo la fría luz de la luna.
            En ese instante, percibió la sombra del pesado traidor a su derecha, y con un rápido giro lanzó un golpe que rasgó el muslo izquierdo de Lucio Ajacio a la altura de la rodilla, sintiendo el tibio liquido carmesí chocando contra su antebrazo.
            Se puso en pie de un salto y pudo ver cómo el traidor se alejaba hacía atrás, apretando su pierna con la mano izquierda y dibujando una expresión demencial en su ajado rostro, como si se tratara de una bestia acorralada. Con la ira aflorando por todo sus poros, Flavio se aprestó a liquidar al centurión con su espada, cuando de repente percibió con el rabillo del ojo el resplandor de una antorcha a sus espaldas; reaccionando de manera automática, se echó hacía un lado en el preciso instante en que un afilado pilum rozaba su costado con un silbido.
            Cinco samnitas corrían hacía ellos desenvainando sus gladius y señalando el cuerpo sin vida del centurión abatido. Flavio decidió enfrentarlos en el pequeño claro iluminado por la luna en el centro del campamento, antes que arriesgarse a ser atravesado por la espalda con una lanza enemiga.
            Si iba a morir lo haría como un legionario romano y no como un campesino atemorizado; este pensamiento no hizo más que enardecer su espíritu e insuflar su corazón con una energía que nunca antes había experimentado; sintió como si la fuerza de Júpiter hubiera envuelto su ser con un halo de invulnerabilidad y valor que no lograba comprender.
            Flavio arremetió contra tres de sus agresores tomándoles por sorpresa, y con un potente mandoble que fue a parar en el hombro de uno de los samnitas, cruzó en medio de los sorprendidos soldados, los cuales retrocedieron de manera inconsciente ante el escalofriante gritó de dolor proferido por su compañero herido. Mientras tanto, el legionario pudo ver como otros dos soldados se internaban en la oscuridad en persecución de Lucio Ajacio.
            —Pagarás caro tu atrevimiento, puerco romano —dijo uno de los dos samnitas que le hacían frente, con su rostro ceniciento y un fulgor homicida reflejado en sus ojos—. Te destripare como a un cerdo, y utilizaré tu cráneo como copa de vino —añadió con una sonrisa inquietante mientras hacía bailar su gladius de un lado a otro.
            Flavio permanecía impávido sin apartar su mirada del segundo hombre que empezaba a moverse lentamente hacía su lado izquierdo; frente a él yacía el samnita moribundo debatiéndose en horrendos estertores, mientras la vida abandonaba su cuerpo. En ese instante la ira que hendía su pecho se transformó en una emoción fría y calculadora que agudizó sus cinco sentidos y lo mantuvo alerta ante el menor movimiento de sus rivales.
            Un grito a lo lejos le confirmó que uno de los samnitas había sido alcanzado por el alfanje de Lucio Ajacio. En ese instante, el segundo hombre arremetió contra él, y por unas cuantas pulgadas no le arrancó la cabeza con el violento movimiento que rozó su casco e hizo cimbrar su cabeza. Sorprendido por el ataque, el romano se echó hacia atrás aturdido por el golpe. Aprovechando la situación, el samnita de rostro ceniciento se abalanzó sobre él con un gritó aterrador; no obstante, no contó con la habilidad del legionario para evadir su ataque y devolver un violento golpe que rasgó su coraza de cuero y lamió su espalda de arriba abajo con el filo de su hoja. El hombre cayó de rodillas, doblado en un rictus de dolor en medio de un grito de agonía.
            Flavio saltó como un lince y le destrozó el cráneo con un fuerte mandoble que salpicó de líquido escarlata todo su cuerpo. En ese momento, todo rastro de humanidad había desaparecido del rostro del legionario; sus ojos inyectados de sangre despedían un fulgor sobrenatural y aterrador, al tiempo que su cuerpo se debatía en furiosos temblores debido a la excitación producida por el calor del combate. El tercer samnita retrocedió aterrado ante la visión que se alzaba ante sus ojos, y corriendo en dirección contraría, gritó a todo pulmón como si el mismo Hades hubiera salido de sus dominios para acabar con él.
            La oscuridad del campamento se fue llenando de pequeños puntos amarillos a medida que los sorprendidos soldados comenzaban a salir de su letargo, advertidos por los gritos de los guardias que comenzaban a dar la alarma.
            Flavio Craso aspiró profundamente mientras sentía como retomaba el control de la bestia iracunda que había desencadenado en la batalla. Miró hacía las tiendas del campamento y descubrió cientos de sombras, iluminadas por el tenue fulgor de las antorchas, corriendo de un lado a otro sin saber qué hacer.
            En ese momento, y a pesar del agotamiento que ya empezaba a hacer mella en su cuerpo, enfiló en busca del traidor que había dado muerte a sus compañeros; estaba decidido a acabar con él sin importar el precio.
            No tuvo que recorrer mucho trecho para encontrar las huellas macabras dejadas por Lucio Ajacio; tirado en medio del camino, el cuerpo destripado de uno de los samnitas daba cuenta de la horrenda lucha acaecida momentos antes. Flavio respiró con fuerza tratando de dominar su ira e indignación al recordar que sus compañeros yacían de igual manera a lo largo de la ribera del río. Nuevos bríos animaron su carne maltratada y le dieron la fuerza necesaria para seguir adelante; el dulce sabor de la venganza aligeraba sus pies y alejaba todo vestigio de agotamiento de su ser, dotándole de una energía sobrenatural.
            A lo lejos podía escuchar los gritos de los centuriones y tribunos samnitas ladrando órdenes por todo el campamento; sin embargo, esto le tenía sin cuidado, lo único que le importaba era acabar con Lucio Ajacio.
            Se internó por un pequeño declive que daba a la empalizada exterior y descubrió dos sombras luchando desesperadamente a la luz de la luna; se estremeció al ver cómo el acero despedía chispas al chocar violentamente una y otra vez. De repente, la danza macabra culminó de improviso acompañada por un grito de agonía. En medio del frío brillo de la luna, Flavio fue testigo de cómo Lucio Ajacio destrozaba el cuerpo indefenso del samnita, descargando sin piedad su pesado alfanje sobre la masa de carne que una vez había sido un ser humano.
            Invadido nuevamente por el demonio de la guerra, el legionario arremetió en contra del traidor con un pavoroso gritó de batalla que desgarró su garganta. Lucio Ajacio, poseído por una furia homicida en ese momento, cargó contra la figura que avanzaba hacia él devolviendo el grito. Los aceros restallaron como dos gemas heladas bajo el brillo pálido de la reina de la noche. Con sus brazos resentidos debido al impacto, Flavio se lanzó hacía abajo y evitó un tajo del arma de su adversario; éste, con sus ojos desorbitados y los dientes apretados, arremetió nuevamente en medio de una carcajada demencial. Sólo la rapidez de Flavio pudo evitar que fuera partido en dos por el poderoso golpe del gigantesco centurión.
            —Te tengo en mis manos, maldita alimaña —ladró Lucio Ajacio despidiendo espuma por la boca.
            Flavio sabía que no tendría otra oportunidad en contra de la temible arma del traidor y arremetió contra él tomándole por sorpresa; el centurión no esperaba el choque y se limitó a bloquear la hoja de su rival antes de que se clavara en su costado. Los aceros chocaron nuevamente y Flavio pudo sentir como el frío filo del alfanje mordía su brazo con avidez. Se echó hacía atrás soltando su gladius y experimentó un calor húmedo bajando por su antebrazo. Intentó mover su extremidad pero un intenso dolor le indicó que se encontraba seriamente herido.
La inmensa sombra de Lucio Ajacio cubrió la luz de la luna, acompañada de una escalofriante carcajada.
            —Prepárate para reunirte con tus patéticos compañeros —vociferó despidiendo un horroroso brillo de sus ojos asesinos.
            En ese instante, Flavio pudo ver un ligero destello en la masa informe que alguna vez había sido un soldado samnita, y recurriendo a sus últimas fuerzas se arrojó hacía un lado, evadiendo nuevamente el golpe de Lucio Ajacio.
            Embrutecido por la ira, el centurión profirió un aterrador alarido antes de lanzarse en contra de la figura de su adversario. Sin embargo, no pudo reaccionar a tiempo al ver un pequeño destello que salía de las manos del legionario.
            La hoja de la daga penetró por su garganta y cercenó las cuerdas vocales. En medio de un violento espasmo, Lucio Ajacio cayó de bruces intentando respirar con dificultad, mientras sus manos apretaban su garganta en un fútil intento de detener la sangre caliente que emanaba de su boca.
            En medio de su desesperación, no pudo emitir ningún sonido al ver con horror cómo su adversario apelaba a todas sus fuerzas para levantar el pesado alfanje que había cobrado la vida de amigos y enemigos.
            Flavio Craso levantó el arma del asesino de sus compañeros, y vislumbró una expresión de verdadero terror plasmada en los ojos vidriosos del hombre que yacía a sus pies en medio de un charco carmesí.
            —¡Por unas cuantas monedas ¡ —exclamó con ironía antes de soltar el mortal tajo sobre el cuello del moribundo.

                                                                             *****

            El cielo se teñía de rojo y dorado cuando un hombre herido y mojado alcanzaba la entrada principal del campamento romano al otro lado del río.
            Los centinelas se apresuraron a abrir la puerta para auxiliar al legionario herido, cuando descubrieron con horror que una cabeza pendía de su cinto.
            —¡Por Júpiter! ¿De qué se trata todo esto? —preguntó horrorizado el centurión a cargo.
            Flavio Craso dejo escapar una leve sonrisa de su maltrecho semblante y exclamó:
            — El precio de la traición.

 


Glosario

Centurión primus pilus: Oficial regular profesional de las legiones de ciudadanos romanos y de infantería auxiliar. El centurión primus pilus era el de mayor categoría y sólo tenía que rendir cuentas ante el comandante de la legión.
Cohorte: Unidad táctica de la legión romana formada por seis centurias; en circunstancias normales, una legión contaba con diez cohortes.
Legionario: Soldado corriente (miles gregarius) perteneciente a una legión romana.
Gladius: Espada corta romana.
Pilum: El venablo de la infantería romana. Tenía un punta muy pequeña e incisiva de hierro con un asta también de hierro de unos tres pies( un metro), unido a un palo de madera conformado para asirlo cómodamente.
Sagum: La capa de invierno de la tropa. Estaba hecha con lana grasienta para hacerla lo más impermeable posible; era circular, con una abertura en el centro para meter la cabeza, y llegaba hasta los pies para que abrigase bien.
Samnitas: Pueblo de lengua osca que ocupaba el territorio situado entre el Lacio, Campania , Apulia y Picenum. Durante toda su historia, los samnitas fueron encarnizados enemigos de Roma y varias veces durante la primera y segunda época republicana infligieron aplastantes derrotas a los ejércitos romanos, pero no tenían contingentes ni recursos económicos para sacudirse definitivamente el yugo romano.
Sestercios ( Sestertius):La moneda romana más corriente. Su nombre deriva de semis tertius o dos ases y medio. En latín se representaba con la abreviatura HS y era una pequeña moneda de plata equivalente a un cuarto de denario.
Tribuno: Oficial de rango medio en la cadena de mando del ejército romano.
 

por José Luis Castaño Restrepo