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        Sargus, la suerte
 


            El Sol rojizo comenzaba a iluminar un nuevo día desde el este, asomando sus cobrizos destellos entre las aún nevadas cumbres del macizo central. El día se iniciaba despejado, pero con el frío típico del principio de la primavera en las montañas.
            Un bulto se agitaba bajo una raída manta, junto a los rescoldos de una hoguera marchita. A pesar de la helada temperatura, gotas de sudor corrían por el rostro contraído del solitario viajero. Un espasmo y sus ojos se abrieron de improviso. Conteniendo un grito, la figura se incorporó. Desde unos matorrales cercanos, una forma agazapada le vigilaba silenciosa. Sargus, sentado en el suelo, aun a medio camino entre el mundo real y el de los sueños, se percató de que estaba siendo vigilado. No en vano había sobrevivido, en su ya larga vida, a un sinfín de peligros. Sus agudos y entrenados sentidos detectaban un peligro aun sin definir. Se fue incorporando muy despacio, mientras acercaba su mano al arco que yacía junto a él. Mientras, su caballo resoplaba temeroso, tratando de soltarse del lugar donde estaba amarrado.
            Un sonoro gruñido, y la sombra salió de los matorrales. Sargus, de rodillas y sin haber podido coger su arco, sacó el largo cuchillo que llevada en la bota. Un enorme lobo de ojos penetrantes le miraba fijamente, mientras mostraba sus enormes colmillos amarillentos rebosantes de baba. Sargus terminó de incorporarse despacio, mientras el animal se le acercaba con cautela. Sus miradas se encontraban sumidas en un duelo de dominación que no tenía un vencedor claro. Sin dejar de sostenerse las miradas, bailaron una lenta danza de desafío, girando en círculos, a una distancia prudencial. Ambos se mostraban respeto, la fiera por el afilado acero que esgrimía Sargus, el hombre por la poderosa musculatura del animal, que debía pesar más de cien kilos. Sólo un instante y las poderosas patas traseras del animal impulsaron su gigantesca mole contra Sargus que no pudo hacer nada por guardar el equilibrio y se encontró debajo del cuerpo del animal, que le había hecho perder el cuchillo en la embestida. Sus manos sujetaban con fuerza el hocico del lobo mientras rodaban por el claro del bosque en un abrazo mortal.
            De forma súbita una carcajada, salio de la boca de Sargus.
            – Lobo, viejo amigo – Gritó entre risas y jadeos – Veo que los años no han pasado tan deprisa para ti. Sargus no era alto ni corpulento en exceso, pero sus fibrosos músculos se notaban entrenados. El pelo moreno y corto, estaba ahora revuelto y lleno de hierbajos. A pesar de la baja temperatura, unas gotas de sudor recorrían su faz blanquecina.
            Se sentó en el suelo. Se atusó sus oscuros ropajes, que estaban cubiertos de polvo debido a la pelea. Una gruesa camisa de lana, sobre la que se colocaba una pieza de cuero curtido y flexible, cómo el de los pantalones que llevaba. Mientras, acariciaba la gigantesca cabeza del lobo, y recuperándose del esfuerzo, murmuró.
            – Tenía razón el viejo loco, debes ser un verdadero espíritu, casi no has cambiado después de tantos años. ¿Cómo  me has encontrado? – Preguntó Sargus sin esperar respuesta.
            Una mirada de inteligencia brilló en los ojos de la bestia, ahora no tan terrible. Entre ambos, parecía haber un cierto entendimiento.
            – Es fantástico volver a encontrarte después de tanto tiempo – Dijo Sargus mientras recogía sus escasas pertenencias. Tan solo un largo cuchillo, que volvió a introducir en su bota, una espada que ya se había ajustado en el cinturón, un largo arco de madera de tejo y un carcaj con flechas, que se coloco a la espalda, encima de la capa con capucha que le servía también de manta. Ató el macuto cargado con los enseres necesarios para su expedición a la silla de su caballo, al que ya había conseguido tranquilizar.
            – ¿Volveremos a ir juntos de cacería? Preguntó al lobo, que correteaba junto a él, mientras se alejaba hacia la espesura.
            Un empellón a la altura del pecho, le sirvió al animal cómo afirmación, y juntos hombre y bestia, se dirigieron hacia el Oeste, más allá del bosquecillo de pinos que había conquistado la parte alta de la sierra.
            El caballo se mostraba nervioso, pero Sargus, que hace muchos años, durante su estancia en la casa del viejo ermitaño adquirió conocimientos sobre la mística de la naturaleza, consiguió que fuese tolerando la presencia del lobo poco a poco. Esta mística, que comprendía casi todos los aspectos de la naturaleza, era confundida con la magia y perseguida  por los seguidores de la religión del Uno, entre los cuales se encontraba el mismísimo rey, y tras él, la mayor parte del reino. Sargus era tan solo un iniciado. Nunca tuvo intención de adentrarse de manera más profunda en los misterios de la antigua religión. Bastante tenía con sobrevivir.
            El sol llegaba a su cenit mientras Sargus observaba desde un saliente en lo alto del barranco que delimitaba el desfiladero. A su derecha vio cómo se acercaba lenta y perezosamente la caravana que estaba esperando. Varios hombres montados y un pesado carruaje seguían el camino trazado a la vereda de un arroyo ahora seco. Los sauces bordeaban el camino por un lado, mientras una escarpada pared ascendía casi en vertical, marcando el otro. Una sonrisa malévola apareció en su cara mientras la señalaba.
            – Esa es nuestra presa. Si consigo apoderarme del tesoro que transporta, podré retirarme por algún tiempo y vivir sin muchas preocupaciones. – Dijo mientras acariciaba la enorme cabeza del animal. No esperaba que le entendiera, pero a veces es más placentero hablar con un animal que con una persona.
            Más abajo, el capitán que lideraba la expedición maldecía en una voz tan alta que resonaba por todo el desfiladero.
            – ¡Maldita sea! ¡Que mala suerte! Seco, el arroyo esta seco. Ya debería fluir hace tiempo el agua de los deshielos. – Su voz ronca, denotaba la afición que le tenía al licor fuerte. Era un veterano, con la piel de la cara curtida en la que destacaban los mechones canos de una barba incipiente. El abultado estomago, que deformaba la cota de mallas, le daba cierto aire de oso.
             Eran veinticinco hombres en total, incluyendo al líder y al conductor. Todos montados y con el armamento listo para ser usado. Los jinetes portaban armás reglamentarias, de una calidad aceptable, pero sin lujos. La mayor parte de ellos cargaban largas lanzas, aptas tanto para ahuyentar enemigos a pie, cómo para enfrentarse con otros jinetes. El resto tenía arcos cortos, muy útiles para usar desde el caballo en distancias cortas, y un carcaj repleto atado al arzón de la silla. De la cintura de cada uno colgaba una recta espada bastarda. Excepto el capitán, que solo llevaba la espada. El emblema del conde de Tollum se veía en sus uniformes y en el carro. La tensión se notaba en los rostros, bien curtido el de los más veteranos, bien juvenil el de los cuatro novatos del grupo. Hasta esta mañana, el camino había sido sencillo. Desde Tollum hasta Maddar, el viaje transcurría por una carretera bien pavimentada, por un terreno llano en el que la posibilidad de una emboscada era mínima. Pero desde que abandonaron Maddar la pasada madrugada en dirección Norte, todos estaba preocupados por estos pasos de montaña. Las montañas del Macizo Central separaban Maddar de la meseta septentrional y para atravesarlas, se necesitaba unos cinco días de marcha, que transcurría por valles y pasos profundos.
            Continuaron su lento avance hasta que el día comenzaba su declive, y el sol se escondía tras las abruptas y escarpadas paredes del paso. El camino en sí no era muy ancho, pero se podía circular por él con cierta facilidad. En una zona un poco más amplia, decidieron montar el campamento para pasar la noche. El cauce, ahora seco, estaba en uno de los laterales del paso y allí debía haber formado una especie de charca, puesto que aparte de sauces, había muchos juncos. El terreno era del todo liso aunque sembrado de grandes piedras, que dejaban entrever la amenaza de desprendimientos. Dejaron el carromato junto a una de las paredes del cañón con dos hombres apostados junto a él. Otros dos centinelas cubrían cada lado del campamento. La mayor parte acampó cerca del antiguo curso del río, buscando la protección de la distancia con respecto a las abruptas paredes que les rodeaban. La Luna ya brillaba en lo alto de un cielo plagado de estrellas, cuando se establecieron los turnos de guardia y se fueron a dormir.
            Unos  kilómetros más allá, Sargus jadeaba por el esfuerzo, y mientras trataba de recuperar la respiración, miraba cómo  el agua represada hacía una semana se deslizaba impetuosa por el curso de arroyo, arrastrando consigo piedras, árboles y los troncos que había usado para construir la presa. Sonrió al lobo y montó en el caballo, azuzándole para llegar a ver los efectos de su trampa.
            No llegó a tiempo para ver cómo  la usualmente pequeña corriente de agua,  ahora convertida en riada, se abalanzaba violenta sobre los soldados acampados más cerca del curso natural del riachuelo. La crecida les alcanzó con fuerza, destrozando todo lo que se encontraba a su paso. Los troncos que arrastraba aplastaron huesos y reventaron cráneos, haciendo desaparecer los despojos a la misma velocidad con que se presentó ante ellos.
            El jefe de la tropa no era capaz de disimular su frustración.
            – ¡Mierda, menuda mala suerte! ¡Una riada en esta época del año! – Gritaba fuera de sí, sin dirigirse a nadie en particular – Tú, mira a ver si encuentras alguno de esos necios con vida – Ordenó a uno de los soldados, que aún trataba de recuperarse del susto.
            Mientras examinaba los daños e intentaba reestablecer el orden entre sus hombres, encontró el cuerpo casi inerte de uno de los novatos. Al acercarse observó cómo  aún latía la vida en él, pero su columna estaba rota. Jamás volvería a caminar. Observó a su alrededor para verificar que nadie le estaba vigilando y sacó apresurado su cuchillo. Segó el cuello del infeliz, mientras veía cómo  una lágrima descendía por el ojo del semiinconsciente muchacho. Sin perder un instante, ocultó el cadáver con unos rastrojos que había por allí.
            – No está tan mal, pero podríamos haber conseguido algo mejor – Pensaba Sargus, mientras miraba cómo el capitán reorganizaba el campamento. Con enormes aspavientos envió algunos hombres por leña seca para alimentar las fogatas, y a otros a buscar a los heridos. – Ya veremos los resultados con la luz de la mañana. – Murmuró al lobo, al mismo tiempo que se alejaba de su mirador, para buscar algún sitio resguardado para pasar la noche. Aún no había recuperado del todo las fuerzas y necesitaba un sueño reparador. Quizás esa noche pudiera dormir.
            El día siguiente amaneció igual de claro que el anterior, y Sargus se despertó cómo casi todos los días desde hace ya tanto tiempo que no podía ni recordar, sobresaltado por las pesadillas que le acosaban cada noche. Esta falta de sueño era la que le producía sus perennes ojeras, que bordeaban sus ojos cómo un antifaz, dándole ese aspecto reservado y peligroso por el que era conocido en las tabernas de Maddar. Sus noches estaban pobladas de imágenes de una preciosa muchachita de grandes ojos negros y labios generosos que junto a Pelner, el príncipe heredero, se burlaban de él. Su familia degollada clamaba venganza, mientras ellos dos se mofaban de un Sargus aún adolescente. Nunca había podido superar eso, ni escapando de Maddar. Tampoco sabía con seguridad si Aliane, su antigua prometida, y Pelner habían tenido algo que ver en el suceso, pero la sospecha lo atormentaba desde hacía años.
            Habían acampado cerca del ahora ya calmado río, unos cuantos kilómetros por delante de la expedición. Se quitó la escarcha de encima y desayunó con avidez carne seca. Había evitado encender fuego durante la noche, e incluso ahora no se sentía seguro, por lo que prefería no correr riesgos inútiles. Se lavó en el agua, que poco a poco volvía a quedar cristalina. Advirtió con desagrado que las canas empezaban a poblar su barba. Aseguró sus pertrechos a la silla de montar y se encaminó junto a los dos animales a una senda, que ascendía semioculta  a lo alto del acantilado que bordeaba el paso.
            La mañana no se presentaba tan plácida para la tropa del Conde de Tollum y el pesimismo de su capitán iba cundiendo en todos los hombres. No se molestaron mucho en disimular los restos, puesto que estaban deseando avanzar lo más rápido posible. Un poco más adelante el paso resultaba menos abrupto. Toda precaución era poca, habían elegido ese camino para pasar desapercibidos, puesto que estaba lejos de la carretera que habitualmente usaría una caravana cómo la suya. Transportaban un presente del Conde de Tollum al poderoso Duque de Cantonia, buscando sellar una preciosa alianza con algún noble del extrarradio del reino, donde la influencia del rey se dejaba notar con menos fuerza.
            Sargus estuvo toda la mañana siguiendo la caravana desde lo alto del risco, calculando su velocidad para estar atento y así tender la siguiente emboscada. No era un gran amante de la vida en el campo, pero le gustaba sentir los cálidos rayos del sol de primavera, cuando el aire aún es fresco. Su piel, que hasta hace unos días era de un color blanco amarillento, fruto de la vida nocturna que llevaba en Maddar, estaba bronceándose poco a poco. Llegó a la conclusión de que a media tarde llegarían donde les tenía preparada la trampa. Así que picó espuelas, y se dirigió allí lo más rápido posible. Una vez llegado al lugar empezó a trabajar.
            No le gustaba usar sus conocimientos místicos, no por causas morales, si no porque esta práctica le dejaba exhausto. Hacía poco tiempo que los había usado para liberar la presa y no se encontraba en plenitud de energías. Pero la ocasión lo merecía. En el interior de toda materia late algo de vida, algún entendimiento. La materia se transforma, evoluciona, se mueve. Desde antiguo se vienen adorando los bosques, las montañas, los ríos y lagos, el cielo y todo cuanto en él brilla. Desde el principio de la humanidad, los más sabios han tratado de comunicarse con su entorno, de dominarlo. Algunos lo consiguieron, y  nacieron las religiones. Con el tiempo se deformaron hacia simple dominación del semejante por medio del miedo, hasta el casi completo olvido de la mística original. Pero este conocimiento siguió pasando de generación en generación. Sus practicantes pasaron de ser consejeros de los caudillos, a ser perseguidos por herejía y tener que esconderse en lugares remotos para no ser aniquilados. El maestro de Sargus, el viejo loco, aquel que un día le acogió en su casa cuando vagaba sin sentido por el bosque, era uno de ellos. Con abnegada paciencia restableció el cuerpo de Sargus, y para sanar su mente, trató de enseñarle su doctrina milenaria. Pero todo acabó de repente y la muerte volvió a segar en los jardines de Sargus. Nuca puso verdadera intensidad en los estudios, pero al menos logró dominar ciertos rudimentos de la mística de la naturaleza. Era capaz de comunicarse con los elementos simples. Para dominarlos, hay que convencerlos, y esto requiere un enorme esfuerzo mental y físico. Para la materia inerte es, en muchos de los casos, imposible realizar ciertas acciones, por lo que es necesario penetrar en la mente de su entorno. Los seres vivos son aún más complicados, solo mediante profundos estudios se puede llegar a la mente de los animales, y casi imposible a la de los seres humanos. Esto estaba fuera del alcance de Sargus.
            El ruido resultó ensordecedor. La avalancha que formó la enorme roca al dejarse caer terraplén abajo, sonó cómo una horda de furiosos trolls sedientos de sangre. Los sorprendidos soldados miraron con ojos atónitos cómo las enormes piedras se acercaban a ellos implacables. A duras penas tuvieron tiempo para acelerar la marcha. Solo algunos lo consiguieron. El resto pereció aplastado por la ingente masa pétrea desplazada. Algunos miembros sobresalían debajo de alguna de las piedras, cómo si de los de uno payaso de trapo se tratasen.
            Sargus no pudo observar la escena, puesto que se encontraba inmensamente fatigado, tumbado boca arriba trataba de recuperar el aliento y la cordura. Siempre se prometía que era la última vez. Trató de concentrarse en lo que haría cuando tuviese la fortuna en sus manos, toda la cerveza, el licor, las mujeres. Todos los manjares y delicias. Una vida sin más preocupación que dónde despertarse la tarde siguiente, hasta que el oro se agotase. Y esta vez parece que iba a ser tarde, dado el tamaño del carruaje.
            El carruaje era un tanto singular para ser de transporte, ya que tenía unas extrañas ballestas en las cuatro ruedas para amortiguar el traqueteo del viaje. Y sobre la barqueta de madera había una lona con las armas de Tollum, que se alzaba en forma de nave gracias a unos nervios metálicos. Una de las ruedas se había salido en la carrera, y todo el grupo se afanaba en su reparación.
            – ¡Por las barbas del Uno! ¡Ojala alguno de esos bastardos que ha quedado atrapado ahí debajo sea el gafe que nos trae esta mala suerte! – Clamaba el capitán voz en grito.
            Estaba ya cerca el anochecer cuando Sargus y el lobo bajaron a examinar los restos de su trampa y tratar de averiguar cuántos soldados quedaban. Cómo parecía imposible contar los cuerpos atrapados bajo las rocas, siguieron las huellas tratando de contarlas.
            – El carro, y parece que doce jinetes. – Pensaba Sargus, mientras avanzaba lentamente sobre su caballo– ¿Tú qué crees lobo? – le dijo al animal que correteaba junto a su montura y olisqueaba todo lo que se encontraba a su paso, cómo si fuera un gigantesco perro de caza, digno de los grandes señores de las leyendas de su pueblo. Este le miró con ojos alegres y lanzó un pequeño aullido de aprobación.
            El eco de un juramento sonó en la lejanía. Sargus se sonrió pensando que el capitán era uno de los supervivientes. Sus maldiciones eran inconfundibles. Siguió avanzado con lentitud, puesto que la luz era escasa. Al cabo de un rato el lobo descubrió dos cadáveres semiocultos entre unos matorrales espinosos que crecían en una hondonada a un lado del camino. Ambos tenían los ojos desorbitados, la lengua azulada e hinchada, los brazos y las piernas retorcidos cómo si hubieran sufrido grandes espasmos de dolor antes de perecer. La picadura de las víboras de montaña producía una muerte cruel y dolorosa, que ni siquiera dejaba gritar a la victima debido a la hinchazón de la lengua y la garganta. Lo mejor que se puede hacer por un afectado, es rebanarle el cuello para evitarle sufrimiento, cosa que el capitán no había hecho. Había preferido gastar su tiempo en maldecir su mala suerte.
            Esta no se la tenía preparada, pero bienvenida sea – exclamó Sargus al ver los cadáveres –. Pero aún quedan once, viejo amigo – dijo mirando al lobo –. Creo que al final vas a tener ayudarme.
            Sargus jamás llegó a saber cuanto le comprendía ese lobo. Su nivel de iniciación en la mística de la naturaleza, sólo le permitía comunicar cosas simples a objetos sencillos. Los animales, aunque tenía buena mano con ellos, eran para él totalmente ajenos, excepto ese lobo. Le conoció hace muchos años, en la cabaña del anciano ermitaño que le acogió cuando totalmente ido, se fugó de Maddar al encontrar a su familia asesinada de manera atroz, y a su prometida en los brazos del entonces príncipe del reino. Su espíritu se quebró y un solo deseo se le mostraba. Quería huir. En realidad fue el lobo quien le condujo hasta el viejo, según supo después. Pasaba largas temporadas en la cabaña, mirándolo todo y jugueteando con él. Cada vez que le hablaba, parecía entenderlo todo. Su mirada era tan expresiva cómo la de un actor de teatro, pero sus colmillos y sus garras eran armas mortales. Casi siempre que andaba por estas montañas se lo encontraba y acompañándole por un tiempo, por eso no dudó en preparar su ataque en esta zona que tan bien conocía. Ahora todo era distinto, ya no quería huir, tan solo vivir. Pero en su mente atormentada por las pesadillas nacía un nuevo anhelo, el de la venganza. Una venganza que le permitiera poner fin a su tortura. Una venganza que enterrara por fin los fantasmas que asaltaban su mente.
            El lobo lo había dejado solo. Sargus se encontraba agazapado, escondido detrás de una roca en un saliente de la escarpadura. Había dejado el caballo en la cima, ya que no podía hacerle bajar hasta la caravana, a la que había adelantado. El punto de vigilancia había sido elegido con toda intención, ya que estaba cerca de uno de los pocos lugares propicios para la acampada a lo largo del valle, que ya en breve empezaría a abrirse a los cielos. Este era el motivo por el que Sargus se estaba impacientando: una vez atravesadas las montañas, sus posibilidades de victoria eran muy pocas. Él, un hombre de mediana estatura, sin ser más fuerte o rápido que un hombre común, contra los once soldados era una victima segura.
            En estos pensamientos andaba cuando vio la columna. Pasó bajo él, lenta y pesada. Efectivamente aún quedaban nueve guerreros, el conductor del carro y el capitán. Una vez que le hubieron superado, bajó con sigilo hasta la ribera y siguió a pié el trote cansino de la carreta. Así continuó hasta el ocaso, cuando fatigado se ocultó fuera de la luz de las hogueras. Estaba desesperado, el tiempo se le acababa, y sus trampas no habían funcionado tan bien cómo había esperado. El sueño se estaba apoderando de él, cuando un ruido le dio un susto de muerte. Uno de los guardias había salido del campamento, y se acercaba en su dirección. No alcanzaba a comprender qué buscaba ese hombre, ya que no parecía uno de los vigías.
            Una sonrisa irónica le llenó la cara mientras apuntaba con su arco de tejo. Debía ser el más pudoroso del grupo y eso le costó la vida. Una muerte estúpida, morir con una braza de madera atravesada en el cuerpo, las calzas bajadas y tus propios excrementos rebozando tu cadáver.
            – A este no vendrán a buscarle esta noche – pensó Sargus – Y ya sólo quedan diez enemigos.
            La noche avanzaba y la luna estaba llegando a su cenit. El cielo estaba despejado y una maraña de estrellas iluminaba el cielo cómo un enjambre de distantes luciérnagas cósmicas. De pronto, un potente y largo aullido resonó contra las paredes del desfiladero, y justo después, otra miríada de ellos sesgaron el frío aire de las montañas. El tenebroso sonido arrancó a Sargus del letargo en el que estaba sumido y despertó sobresaltados a los integrantes de la expedición, que miraban a su alrededor encogidos por el pánico. Los que estaban acostados, se levantaron e intentaron avivar el fuego para atisbar de donde procedían los infernales aullidos. A pesar del frío, y de no haberse vestido del todo, gotas de sudor reflejaban el amarillo sulfuroso de la hoguera, mientras se deslizaban por sus rostros desencajados por el miedo.
            El miedo podía ser olido por el lobo, que bajaba en una desenfrenada carrera en dirección al fuego. El fuego le asustaba, y aún más a la docena de animales que le acompañaba, pero sabía bien lo que tenía que hacer, sabía lo que se esperaba de él. Sus ojos amarillentos podían distinguir en la oscuridad a sus camaradas, delgados por el escaso alimento del invierno, de menor tamaño que él, pero de fuertes fauces y peligrosos colmillos. No eran del todo fiables, pero su promesa de sangre y carne, el respeto que le tenían y el olor a miedo, les estaban haciendo cargar con toda su furia contra esos seres que se protegían con fuego y cuyos miembros cortaban cómo enormes garras. Traspasó el umbral de luz y sus pupilas se contrajeron, aun dos zancadas más y saltó sobre el primer hombre. Arrojándole al suelo con su enorme peso, le arrancó la garganta del primer mordisco y la cálida sangre le inundó la boca. Había sido fácil, el factor sorpresa era fundamental. Se hubiese quedado lamiendo ese exquisito manjar, pero aún tenía cosas que hacer. A su alrededor todo era confusión, gritos, aullidos. Ruidos de metal y de zarpas arañando el suelo. Los caballos estaban enloquecidos y trataban de escapar tirando de sus correas, que estaban clavadas con picas al suelo.
            Se revolvió buscando otra victima desprevenida, y la encontró en un soldado que tenía su espada aún clavada en el cuerpo de uno de los asaltantes. Le desgarró la cara de un zarpazo, y el desdichado murió mirando aterrorizado con el ojo que le quedaba. El olor, el olor a miedo infunde valor al atacante, pero una vez que te acostumbras dejas de sentirlo y has de buscar el valor en otra cosa. Así vio cómo sus camaradas supervivientes lo estaban encontrando en el hambre y atacaban a los caballos, para tratar de arrancarles pedazos de carne, estando aún vivos. Esta situación fue aprovechada por los soldados restantes, que en formación cerrada atacaron a los lobos por la espalda.
            – Esto se acabó – debió pensar el gigantesco depredador, ya que huyó para perderse en la noche.
            Nubes blancas y grises avanzaban veloces por el cielo matutino y la luz del Sol naciente las hacía parecer sanguinolentas. Este panorama concordaba con los restos del campamento. Una orgía de cuerpos mutilados tirados por doquier. Hombres, caballos y lobos habían derramado su sangre y donado sus cuerpos a la terrible diosa de la supervivencia. Los cuatro soldados que aún conservaban la vida estaban agrupados en semicírculo en uno de los laterales del carruaje.
            – ¡No se puede tener más mala suerte! – se quejaba el capitán, que tampoco había muerto y se encontraba protegido por sus cuatro hombres. Era un hombre sin escrúpulos, quejica y protestón, pero su experiencia había salvado a aquellos que le rodeaban. Él fue quien ordenó a gritos el reagrupamiento, y eso salvó a los pocos que pudieron acudir a su llamada. – Si apuramos el paso esta noche podremos dormir bajo techo – Animaba a sus hombres, o tal vez a sí mismo.
            Pero era difícil marchar rápido. Los restos de su compañía estaban en un estado lamentable. Tan solo tenían dos caballos de monta, y el caballo de tiro avanzaba cojeando. El resto de sus animales habían caído abatidos por las fieras o habían escapado. Algunos incluso habían muerto, bien de miedo, bien por haberse roto el cuello al tratar de soltarse de sus correas. No se molestaron mucho en reconocerlos, ni siquiera en rematar un pobre bruto que tenía dos patas rotas. Dejaron todo allí, hasta los cadáveres de sus compañeros, a disposición de los carroñeros. Tenían tanta prisa, que ni siquiera les despojaron de sus pertenencias.
            La triste partida fue observada por Sargus, que no podía ocultar su satisfacción, a pesar de que el hambre le hacía rugir el estomago. La barba de varios días empezaba a picarle y el polvo que tenía pegado al sudor reseco le molestaba. Aún así trepó cansino hasta la cima, con la esperanza de encontrar su caballo. Había intentado atrapar uno de los caballos en fuga, pero fue le imposible debido a su extenuación. Silbó cómo un desesperado hasta que por fin su montura apreció de entre un bosquecillo. Había elegido bien ese caballo. Un pequeño animal, no muy veloz pero resistente y fiel. Se abalanzó sobre la escasa comida que aún le quedaba para reponer energías. Montó y se lanzó al galope para alcanzar a su presa.
            El angosto desfiladero giraba de manera súbita hacia el oeste siguiendo el curso del riachuelo. Había una salida al Norte, que poco a poco se iba suavizando y convirtiéndose en un valle de suaves pendientes. Las nubes se habían cerrado y una ligera lluvia caía sobre el penoso avance de la caravana. Ya estaban cerca de la primera parada segura – pensó el veterano capitán –, cuando en la distancia divisó a duras penas la oscura silueta de un jinete, que les observaba desde lo alto de una loma. Ordenó el alto y vio espantado cómo se lanzaba al galope con un pequeño escudo y el acero desenfundado.
            La fina lluvia azotaba su rostro cuando decidió lanzarse por fin al ataque. Era su última oportunidad. Sargus quería ese tesoro y haría todo lo posible por conseguirlo. No tenía lanza, tan solo una espada larga y un pequeño escudo, pero confiaba en su agilidad para salir airoso del combate. Puso el caballo a correr, sin saber aún cómo se defendería de sus contrarios. Tenía una extraordinaria capacidad de improvisación, y confiaba en su agilidad. Uno de los guardias cargó contra él, era uno de los dos jinetes, el otro era el capitán que se quedó mirando la escena. El jinete apuntó con su lanza y salió a galope tendido en dirección a Sargus. Este contaba con la ventaja de ir cuesta abajo y que su caballo aunque fuese más pequeño, estaba más fresco. Sargus se mostró cómo blanco fácil por el flanco izquierdo de su adversario, tapando su pecho con la pequeña rodela y levantado bien la espada. Tan pronto pudo observar de cerca los ojos llenos de furia de su oponente, cambió la dirección de su ágil montura hacia el otro lado, dejando casi al descubierto las defensas del guardia. Lanzó un terrible tajo de través al cuello del sorprendido guardia, al que arrancó la cabeza de cuajo. Pero este, antes de morir pudo apuntar su lanza, que resbaló sobre el escudo de Sargus, clavándose en el cuello de su montura.
            Cayó rodando por el suelo, con la fortuna de no quedar atrapado bajo su caballo. Algo aturdido, contempló cómo el caballo de su anterior oponente trotaba arrastrando al muerto, cómo si fuera un odre de vino que dejaba su rastro rojizo por el suelo. Se volvió de cara al resto de sus enemigos espada en mano, para ver cómo el capitán se bajaba de su montura y ordenaba apremiante a uno de sus soldados que saliera a por él. Sargus afianzó con firmeza los pies en el suelo y flexionando las rodillas esperó el ataque.
            El guardia avanzaba a galope tendido apuntando con su lanza en dirección a Sargus. El cansancio iba haciendo mella en todos los contendientes, y Sargus estuvo tentado de usar algún poder místico para lanzar piedras contra su oponente, pero la empresa se antojaba muy arriesgada, ya que de fallar sería una blanco fácil, al quedar tan exhausto. Sargus esperó la carga y justo en el momento en que el guardia se las prometía muy felices, burló su cuerpo hacia la derecha, evitando así ser ensartado cómo un pollo en un espetón.  El guardia refrenó su caballo y embistió de nuevo velozmente. Sargus volvió a esquivarlo aprovechándose de su extraordinaria velocidad, no obstante no podría estar así mucho más tiempo.
            La furia asomaba a los frustrados ojos del jinete. Esta vez decidió atacar más despacio, para que le diera tiempo a apuntar de nuevo. Sargus, algo cubierto de barro, esperaba de nuevo la carga jadeando y limpiándose el agua de los ojos, que mezclada con el sudor hacía que estos le escociesen. Adivinó la treta de su oponente y viéndole llegar realizó una finta hacia su derecha, para en el último momento dar un paso lateral hacia su izquierda y asestar un terrible mandoble en la parte inferior del cuello del caballo de su atacante, lo que hizo que cayera fulminado al suelo dejando malherido a su jinete. Con una corta carrera, Sargus se acercó a él para rematarlo. No quería sorpresas.
            Un poco más lejos, el capitán ordenaba con gestos histéricos al conductor de la carreta ir por Sargus, que con la capa y la barba cubiertas de barro, parecía un monstruo surgido del lodo primigenio. Pero este, asustado, en vez de correr en dirección a Sargus, salió huyendo ante la mirada atónita de su jefe. Este posó su mirada en Sargus, al que vio acercarse con paso lento y espada en mano. Con la capucha hacia atrás y la luz triste de los días de lluvia, Sargus presentaba un aspecto pavoroso. El pelo moreno, corto y sucio igual que la barba. Los ojos enrojecidos por el cansancio y la recta nariz con restos de sangre coagulada. Pero eran sus ojeras las que hacían que sus ojos pareciesen profundos pozos y a los iris habitantes del inframundo.
            – Por fin será mío este tesoro – dijo Sargus mientras lanzaba un fuerte espadazo contra la cabeza del capitán, el cual defendió con su propio acero.– Os habéis librado de todas mis trampas– continuó diciendo Sargus, mientras el duelo se decantaba cada vez más en su favor.
            Sargus golpeaba con saña al capitán, que se defendía con mucho oficio, a pesar de los veloces golpes de Sargus. No era momento para la esgrima, no había fuerzas y la frescura mental iba desapareciendo. Los brazos de ambos contendientes se estaban agarrotando. Los jadeos del regordete militar hacían pensar que ya no tenía muchos recursos, así que Sargus redobló esfuerzos.
            – ¡Ya sabía yo que no podíamos tener tan mala suerte! – respondió zaherido el último de los defensores de la carreta, dando otro paso atrás y viéndose cada vez      con menos posibilidades de seguir con vida.
            – La suerte no existe, maldito necio – Dijo Sargus al supersticioso capitán, mientras le trababa su acero con la espada, le desarmaba y mientras giraba el cuerpo de su oponente, le metía su daga por la axila hasta reventarle el corazón.
            Ambos cayeron al suelo, uno muerto y el otro agotado. Sargus se incorporó jadeando. Arrojó al suelo su inservible capa, lo que provocó que el aire frío le hiciese estremecer cuando sopló sobre su húmeda ropa. La lluvia perdía intensidad, pero continuaba cayendo incesante. Aún no habían llegado los buitres o sus predecesores, los cuervos. La calma era casi total a su alrededor, solo rota por un relincho. El caballo de su primer oponente rondaba cerca una vez que se había librado de su macabra carga. Sargus no quiso desperdiciar la ocasión y fue a recuperarlo sin pérdida de tiempo.
            Una vez montado, se aproximó a la lona trasera del extraño carruaje y corriéndola con la punta de su espada, se quedó mudo de asombro al descubrir lo que había en su interior.
            Un agudo grito de mujer le sacó de su aturdimiento. Él esperaba encontrar cofres repletos de oro, joyas o cualquier otra cosa, excepto eso. Una hermosa joven morena, de ardientes ojos  le amenazaba desde el fondo del carruaje con un pequeño y enjoyado estilete. Todo alrededor parecía salido de un sueño: mullidas alfombras, cálidos cojines, arcones repujados con incrustaciones de marfil. Sargus saltó al interior, en el que casi podía mantenerse en pie, caminando por el piso alfombrado se acercó a la joven, sin poder dejar de admirar las curvas de su menudo cuerpo, que pese a estar cubierto por una gruesa túnica, dejaba notar unos hermosos pechos que se mantenían firmes, a pesar de no estar sujetos por ninguna otra prenda. Su nariz respingona le daba un aire juvenil, casi inocente, pero sus labios carnosos provocaban el deseo. Se acercó a ella y le sujetó la muñeca para hacerle soltar la inútil arma.
            – ¿Dónde está el tesoro? – Preguntó Sargus cruzando miradas con la joven. Acercó su rostro al suyo con ánimo de intimidar. Pero no podía disimular la cara de sorpresa y desconcierto.
            – ¿Qué tesoro? Aquí no hay ningún tesoro – Respondió ella zafándose de la presa de Sargus y recuperando poco a poco la compostura.
            – El que custodiaban esos malditos soldados. El que el Duque de Tollum enviaba cómo presente. Dime ¿Dónde esta? – Insistió Sargus, perdiendo la paciencia – Me ha costado mucho esfuerzo acabar con todos ellos.
            Sargus revolvió con desesperación el lujoso habitáculo, sin dejar de observar a la muchacha, mitad con curiosidad, mitad con desconfianza. Los baúles estaban repletos, pero de ropa femenina. Ella, mientras tanto, observaba la escena recostada en unos cojines de terciopelo, con una mirada divertida y confiada en sus enormes pupilas.
            – No hay ningún tesoro. Yo soy el presente del Conde. – Replicó ella con una sonrisa cínica en sus generosos labios – Mi padre me mandaba cómo esposa al duque de Cantonia contra mis deseos. Yo soy el tesoro entonces – Añadió divertida.
            Sargus no sabía qué decir. Su frustración era enorme, tanta cómo su abatimiento. Pateó uno de los cofres haciéndose daño en el pie, asi que se dio media vuelta y salió cojeando. Montó en el caballo dispuesto a irse, pero la voz de la muchacha le sacó de su estupor.
            – No me dejes aquí, por favor. Podemos coger todo lo de valor e irnos juntos. Prometo no ser una carga. Mira, estas son mis joyas – dijo ella, mostrando una abultada bolsa, que había sacado debajo de los cojines – Si me dejas aquí, moriré. Haré que no te arrepientas – Añadió con un tono pícaro.
            Sargus valoró todas las posibilidades, los beneficios y las cargas, y por fin dijo con tono seco – Coge una manta y sube a la grupa – Fue incapaz de rechazar una invitación cómo esta.
            La lluvia había cesado y los rayos del Sol salían despedidos entre las nubes, cómo inmensas señales que marcaran el camino entre el cielo y la tierra. Las montañas tras ellos se alzaban imponentes atrapando las nubes en sus cumbres. Al frente, el camino serpenteaba entre cerros cubiertos de matas. Los robles, aún pelados, parecían espectros que protegían el camino.
            – Pues quizá si exista la suerte después de todo – pensaba Sargus mientras sentía unos duros pechos contra su espalda y unos brazos calidos rodeando su cintura. El aire fresco le despejo la mente, y otros instintos se le estaban despertando. Esta noche, es posible que pudiera calmar las pesadillas.
            A lo lejos, una figura peluda observaba su marcha mientras jadeaba manteniendo su hierática postura.
            Algún tiempo después Sargus remoloneaba en una cama de blancas y suaves sábanas. Mientras se desperezaba, el olor de los aromáticos inciensos le ocultaba en parte la deliciosa fragancia que despedía la mujer que estaba junto a él. Esta le acariciaba con delicadeza desde el pecho hasta la ingle.
            – Parece que sacaste mucho de esta incursión, ¿Verdad, Sargus? – Preguntó la mujer de cabellos rojizos al sentir cómo Sargus se levantaba de la cama.
            Sargus, que se dirigió a coger su ropa que se encontraba en una silla, junto a la ventana, observó la habitación decorada con finura y poco a poco fue centrando su mirada en la preciosa mujer de pelo cobrizo y cuerpo esbelto que se retorcía entre la seda con gestos felinos.
            – Bastante, sí. Resultó ser un autentico tesoro – Respondió Sargus mostrando una abultada bolsa de monedas. – Podré pagarte una larga temporada, Sobinia.
            – ¿Disfrutaste con ella? – Preguntó la prostituta haciendo un mohín
            – Naturalmente, era virgen incluso – Respondió Sargus – Pero eso duró poco. Había que enseñarla. Los Muhadaas del Sur no pagan mucho por las inexpertas, pero la muchacha aprendió bien.
            – ¿Y no tienes remordimientos por haberla vendido? – Preguntó ella clavando sus azules ojos en las sombrías cuencas de Sargus.
            Poco a poco se fue levantando y acercándose a Sargus que la miraba fijamente. Una vez junto a él acarició la bolsa del dinero, luego a él. Le besó con suavidad el cuello y le susurró al oído 
            – Hay que gastar ese oro – con picardía fue bajando sus besos hasta que descubrió el duro miembro de Sargus.
            – Ningún remordimiento, me costó mucho acabar con toda la escolta – Dijo atusando la sedosa cabellera que le acariciaba el pubis – Si hace esto tan bien cómo tú, no le irá mal en la vida, y yo merecía un premio. Hacía tiempo que no dormía tan a gusto.


por Manuel Burón