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         Condenados
 

            El último en llegar fue un noble de alta cuna sin séquito de escuderos. Montaba un espléndido corcel cubierto de corazas, de ojos como brasas, que relinchaba y se encabritaba con facilidad. 
            A simple vista se le juzgaba un importante señor. Portaba armadura completa; frisaba los cuarenta; buena estatura; rubio, sin barba ni bigote; ojos azules; hablar de hombre culto. Sin duda, con buena mano para el magnifico mandoble labrado que portaba al cinto. 
            Cierto también que el aposentado caballero causaba una impresión desagradable. Pese a su aspecto aseado, a diez pasos le precedía un inmundo hedor a podredumbre, como si llevara escondido un trozo de carne estropeada o tuviera alguna herida gangrenada.
            — ¿Quién es ese? — preguntó el rey Sigismund, mesándose la barba, escondido en la penumbra — Su cara me resulta vagamente familiar.
            — La habréis visto en algún grabado antiguo — contestó el mago Halled — Es el señor de Trevian.
            El rey se sobresalto, alterado; el plan de su mago cada vez le gustaba menos.
            — ¡Nicholas de Trevian! ¡Realmente necesitamos a este grupo de... de... — busco la palabra adecuada, pero como no existía recurrió a un símil — ... esta cohorte de malditos!
            — Si nuestros Dioses no nos ayudan, debemos hacer un pacto con los del Infierno — razonó Halled.
            Llevaba planeándolo desde que el asedio se prolongó interminablemente. Era la única opción a una retirada deshonrosa y convenció al rey Sigismund, hombre vacilante y débil de carácter, de que era la única alternativa.
            De todas formas, el rey seguía dudando: había dado el visto bueno en un momento de desesperación. Ahora que por fin estaban en su campamento, el temor le embargaba.
            — ¿Cuanto nos costará este pacto?

            — Menos de lo que creéis, Majestad. No hace falta que entréis conmigo; es mí plan y yo trataré con ellos.

            El rey asintió, visiblemente aliviado de no verse cara a cara con los invitados. En aquellos momentos ni todas las riquezas del mundo le hubieran convencido para entrar en aquella tienda. De ella emanaba una energía maligna que se extendía en círculos concéntricos como las ondas en un estanque al dejar caer una piedra. Era algo invisible que se sentía y que había provocado que la guardia abandonara sus puestos cerca de ella.

            Incluso en los establos los caballos y bestias de carga de las propias huestes no parecían a gusto con los corceles de los invitados; relinchaban inquietos, coceaban y los eludían corriendo en círculo.

            Cogiendo los presentes para sus “invitados”, Halled se dirigió a paso resuelto hacia la tienda, donde Nicholas de Trevian acababa de entrar y aguardaban el resto de aquellos malditos, como tan bien los había definido el rey Sigismund.

            El señor de Trevian apenas dirigió una breve ojeada al grupo que ocupaba la tienda, recibiendo a cambio unas cuantas miradas entre hostiles y calculadoras. Solo uno de ellos se acercó a presentarle sus respetos.

            — Nicholas de Trevian — le saludó una mujer joven que se cubría con capa y capucha — Cuanto tiempo sin veros.

            Descubrió la cabeza dejando ver un rostro blanco surcado de finas venas rojas y azules, ojos enrojecidos y cabello castaño largo; aparentaba tener dieciocho años.

            — Diantre, Cinthya de Criszia.

            Cinthya le cruzó la cara de una sonora bofetada, que apenas ocasionó una leve reacción por su parte. Ya se lo esperaba al reconocerla.

            — ¿Aún estáis dolida?

            — ¡Me engañasteis!

            Nicholas fingió recordar.

            — Creo que nuestro trato era que por una noche con vos, os daría lo que me pidierais... y cumplí mí parte. Me hicisteis una fea herida en el cuello.

            — ¡Olvidasteis mencionar que ya estabais muerto! — rugió ella, con las facciones descompuestas.

            Sus labios se replegaron para mostrar afilados colmillos que hubieran hecho dar un paso atrás a los mortales, pero Nicholas de Trevian no tenía ningún motivo para temerla.

            — Claro, la sangre de un muerto no sabe igual que la de un vivo. Pero os recuerdo que no preguntasteis nada al respecto — comentó cínicamente — ¿De que os quejáis? ¿De hacer trampas mejor que vos?

            Cinthya le propinó otra bofetada en la cara.

            — ¡Sanguijuela!

            — No, querida, quién absorbe sangre para vivir sois vos. Yo me limito a derramarla.

            Se desentendió de Cinthya y dio dos pasos rodeándola cuando otra figura le cerró el paso. Otra mujer, de cabello oscuro y ojos negros, sobre los treinta años, finas cejas y cara ancha.

            — Me alegra volver a veros, Nicholas.

            Y le pegó otra sonora bofetada que estuvo a punto de tumbarlo. Después le volvió la espalda y regresó a su diván, dejando a Nicholas frotándose la mejilla. Estar muerto no le hacía inmune al dolor, desgraciadamente.

            — ¿Es algún saludo propio de vuestra tierra de origen? ¿Debemos presentar también nuestros respetos? — preguntó un joven caballero sentado.

            Nicholas lo estudió: rondaría los veintipocos, con armadura de acero pulido, cabello oscuro corto, ojos negros, tez morena, alto y fuerte, con una fina perilla y bigote.

            — Veo que ya os han salido los primeros pelillos de la barba, pero yo me rasuro a diario. Cuando vos podáis hacer lo mismo hablaremos de igual a igual — contestó — Y a todo esto ¿Quién sois vos?

            — Disfrediel — se presentó el joven con una gran sonrisa.

            El señor de Trevian apenas ocultó su sorpresa.

            — Disfrediel — repitió — El arcángel caído. He oído hablar de vos; creía que sólo erais un cuento para que los niños se comieran la papilla de avena sin rechistar.

            — Lo mismo había oído de vos — replicó Disfrediel — Pero veo que sois real.

            En ese momento intervino un hombre mayor, casi anciano, de siete pies de altura, delgado, con barba recortada en punta, cuidado bigote, cabellos largos de color gris, ojos avellana y rostro enjuto, que tenía a su lado una gruesa vara de hierro que parecía muy pesada. Permanecía sentado muy tranquilo.

            — Por favor, somos invitados del rey. No estamos aquí para discutir quién tiene las uñas más afiladas y los colmillos más largos, y tampoco me parece que sea algo importante ahora mismo.

            Nicholas se volvió hacia él mientras pensaba. Conocía a aquel hombre, estaba seguro, un mago...

            — Markus de Kretzenberg — se presentó el mago al ver su expresión de indecisión.

            — Markus el Oscuro — recordó Nicholas — Creía que os habían quemado hacía mucho.

            — No será porqué no lo han intentado — replicó desdeñosamente Markus, sonriente — Hay que decir que el rey ha reunido un sorprendente grupo. Me preguntó que debe querer de nosotros. Nicholas de Trevian, Disfrediel, Cinthya de Criszia... — se volvió hacia la segunda mujer que había abofeteado a Nicholas — la Gran Sacerdotisa Ilea...

            Los ojos se volvieron hacia la dama impasible de vestido negro que miraba sin expresión. La Gran Sacerdotisa Oscura, Ilea de Yerienov, legendaria entre los demonios por sus poderes y su alma negra.

            — ¿De qué conocéis a Nicholas de Trevian? — inquirió Disfrediel.

            — Le conocí en vida — respondió Ilea — Después de tantos siglos no pude resistirme a rememorar viejos tiempos. Sigue igual de presuntuoso que cuando su corazón latía.

            Las cabezas se volvieron hacia el sexto miembro del grupo.

            — ¿Y vos sois?

            Era un guerrero que aparentaba los cuarenta años largos, de facciones duras, ancho de hombros y elevada estatura. Llevaba armadura completa, con casco en forma de cabeza de dragón y un gran mangual cruzado sobre las piernas.

            — Yo soy Guillom de Gorau.

            Disfrediel asintió.

            — He oído hablar también de vos. Pero hacía mucho que no dabais señales de vuestra existencia.

            Guillom dibujo una sonrisa inquietante.

            — Digamos que decidí ocultarme una temporada ¿Para que nos habrán llamado? ¿Que querrá el rey?

            — En realidad, soy yo quién os ha llamado — contestó una voz desde la entrada.

            Los rostros se volvieron hacia él; Markus le saludó:

            — Mí antiguo compañero Halled... ¿Debo alegrarme de volver a verte?

            Halled entró en la tienda con paso mesurado. El interior apestaba a azufre, sangre y carne descompuesta. No era de extrañar que la guardia se hubiera negado a continuar en sus puestos. Debía darse prisa porque en el campamento todos murmuraban sobre los invitados. Con una jarra de vino en la mano muchos alardeaban de sus devaneos con el diablo, pero el contacto directo, comprobar lo reales que eran y su poder, infundía pavor. No pasaría mucho rato antes de que empezaran las deserciones, diezmando aún más las huestes reales.

            — Bienvenidos — saludó irónicamente; a nadie se le paso por alto el tono. No eran bienvenidos, ni mucho menos — Os he congregado aquí, esta noche, para un pequeño negocio que requiere de vuestras especiales... habilidades.

            Tomó asiento en un diván, en círculo con los demás.

            — ¿A todos? — preguntó Nicholas.

            — Deseo concluir el negocio esta misma noche. Para eso os necesito a todos aquí y ahora, bajo mis condiciones — recalcó estas últimas palabras — para que realicéis el cometido, saldemos cuentas y os marchéis antes de las primeras luces.

            Sopesaron las palabras, pero fue Ilea la primera en preguntar:

            — ¿Cual es el cometido?

            — Nuestras huestes llevan once meses de asedio ante la ciudad, pero esta aún resiste y puede hacerlo aún por muchos meses más. No sólo la protegen poderosos contingentes de guerreros, si no también los hechizos de la Orden de Beel, cuyo gran templo esta en la ciudad. En cambio nuestra fuerza disminuye cada día; nuestro campamento esta lleno de enfermos, llevamos meses sin provisiones y cada día mueren o desertan al menos medio centenar de hombres sin siquiera entrar en combate. Si no invertimos rápidamente la situación, en menos de seis semanas tendremos que levantar el asedio. Algo inimaginable porque esta muestra de debilidad podría decidir a los enemigos del rey, que permanecen indecisos, a declararnos la guerra.

            — Y, por supuesto, contáis con nosotros para romper los hechizos y abrir las puertas de la ciudad — conjeturó Markus el Oscuro.

            — Exactamente, Markus. Tú e Ilea tenéis poder para romper el sello mágico que protege la ciudad. El señor de Trevian puede convertir esta hueste desmoralizada en una máquina de guerra con su sola presencia, entrar en la ciudad y conquistarla...

            En realidad, pensaba, con lo mermadas que estaban las huestes era harto imposible, incluso para alguien como Nicholas de Trevian, que conquistaran la ciudad en una sola noche. Pero nada perdía por darle esperanzas y al señor de Trevian bien podía no interesarle una victoria a medias. Si todo iba bien, al día siguiente estarían dentro de la ciudad y en condiciones de vencer sin ayuda de ninguno de aquellos engendros.

            — Cinthya puede introducirse fácilmente en el Cuerpo de Guardia y bajar el puente para permitir la entrada de las huestes en la ciudad. Guillom y Disfrediel podrán hacer frente a los sacerdotes que protegen el templo. Allí esta su poder. Una vez muertos los sacerdotes, la ciudad caerá como una fruta madura.

            El señor de Trevian fue el primero en plantear la cuestión de sus ganancias. Se levantó y plantose frente al mago Halled, confiado y con la codicia brillando en sus ojos.

            — ¿Que pensáis ofrecerme por convertir a esta chusma de nuevo en guerreros?

            El mago Halled alzó las cejas sorprendido.

            — ¿Ofreceos? Señor de Trevian ¿Acaso habéis olvidado qué sois? A vuestros lugartenientes les costó mucho entenderlo y cuando se dieron cuenta...

            — Me traicionaron.

            — ...se asustaron y os dieron muerte. Algo que deberían haber hecho al menos diez años antes. Ellos peleaban por botines y tierras; a vos en cambio os gusta demasiado la guerra y la muerte ¿Ofreceos algo por comandar las huestes en esta batalla? ¡Si se os caen las babas pensando en la carnicería y la sangre que correrá por las calles! ¡Si todavía tuvierais alma me la ofreceríais inmediatamente a cambio del puesto de comandante!

            Nicholas torció la sonrisa, despectivo, pero no insistió más y regresó a su diván. Halled levantó un fardo largo y ancho que parecía una espada, que arrojó a Disfrediel.

            — A vos os puedo dar el pago por adelantado. Pertenecía al arcángel Simenon.

            Disfrediel desenvolvió el fardo, se trataba de una espada de acero sorprendentemente pulido que al ser desenvainada prendió inmediatamente en llamas. Disfrediel la contempló con ojos brillantes de entusiasmo antes de volver a envainarla.

            — Y también a vos, Guillom. Una espada llameante para un arcángel caído y una espada maldita para un demonio expulsado de los infiernos. Es lo justo.

            Arrojó el segundo paquete a Guillom, quién lo desenvolvió y extrajo el arma de su vaina para contemplarla. Era una espada de casi un palmo de ancho y con tres hojas de cuatro pies de largo que se entrecruzaban y serpenteaban para acabar en una única punta, como tres serpientes enroscadas. Las hojas tenían una sorprendente textura rugosa y color grisáceo con un extraño fulgor azulado.

            — Es muy pesada — observó.

            — ¿Es eso un problema para vos, Guillom?

            — En absoluto; me limitaba a hacer una observación.

            — Es la espada de Ecreval, quién sólo paseándola por el campo de batalla abatía a sus enemigos. No necesitaba ni golpear con ella, ante su presencia los mortales enferman y mueren, pero los gruesos muros y el metal frenan su poder.

            Guillom volvió a envainar la espada, aunque no pudo por menos de preguntar:

            — ¿Que me impide colgar la espada al cinto y al salir de esta tienda marcharme con ella? Debo reconocer que me impresiona tanta confianza por vuestra parte.

            Halled no se mordió la lengua al responder.

            — Por que al igual que el señor de Trevian y que Disfrediel sois un engreído, vanidoso y sanguinario engendro, y no podéis resistiros al impulso de probarla ahora mismo en una batalla para matar con ella. Igual que Disfrediel, estáis impaciente por usarla. Además, sé lo bastante de vos como para saber que no daréis la espalda a una matanza.

            Markus el Oscuro aplaudió el cumplido a sus compañeros.

            — ¿Y qué me ofreces a mí, viejo amigo?

            — Tu premio esta dentro de la ciudad. El Manuscrito de Shamak.

            Markus rió de buena gana.

            — ¡Mientes para que te ayude! ¡El Manuscrito de Shamak fue destruido hace muchos siglos! ¡No puedes ofrecerme lo que no existe!

            — Cierto, el Manuscrito original fue destruido, y no hay ninguna copia. Pero en el Templo de la Orden de Beel esta el Manuscrito de Jerome, que contiene muchas referencias y menciones al de Shamak, ademas de muchos párrafos completos copiados. No es el Manuscrito original, por supuesto, pero de todas formas te dará por donde empezar... tal vez con paciencia puedas reconstruir el Manuscrito de Shamak a partir de otros Manuscritos, y el de Jerome es uno de los mejores para empezar.

            A Markus le brillaron los ojos de codicia, tener el Manuscrito de Shamak, uno de los grandes magos, era la meta de muchos. Pero los únicos Manuscritos que circulaban eran falsificaciones más o menos fantasiosas con que se embaucaba a hechiceros de segunda. Pero si no se podía conseguir todo su saber y poder, una parte del mismo era mejor que nada.

            — Yo no puedo entrar en ese templo — dijo al fin.

            — Ella si — respondió señalando a Ilea — Y dentro del templo, además de ese Manuscrito también encontraras otros escritos para invocar poderes antiguos... creó que es tu afición, Ilea. Bien mirado, saquear la Biblioteca de la Orden no es un mal premio por tus servicios.

            Ilea asintió, la Orden de Beel tenía muchos manuscritos interesantes, recopilados durante siglos: pócimas, hechizos, conjuros, invocaciones y sortilegios. Nunca venía mal acrecentar el propio poder, habida cuenta de que dependía de él para continuar existiendo.

            — Generoso de vuestra parte ¿No estáis forzando un poco vuestra moral haciendo este trato con nosotros? — preguntó Ilea.

            — Tal vez murmuren a mis espaldas, pero estrictamente hablando no hago tratos con los Infiernos — opinó Halled — Yo aún mantengo mí lealtad a mis Dioses y protectores, y este es un riguroso negocio a toma y daca sin consecuencias, hecho el pago y el servicio no nos deberemos nada.

            Asintieron, poco convencidos. La moral de los mortales era sumamente elástica y solían equiparar lo correcto con su conveniencia. No eran pocos los que invocaban los poderes oscuros para lograr poder, amoríos y riquezas en vida terrenal, para acto seguido correr al Templo y rogar por la salvación de su alma.

            No faltaban ciudades adorando a deidades infernales y demonios poderosos, rindiéndoles tributo de sangre y reclamando su protección. Incluso templos politeístas tenían salas dedicadas a los Dioses del Infierno, para que los adeptos pudieran invocarles solicitando lo que por sus propios medios eran incapaces de obtener.

            El fin justificaba los medios, si las intenciones eran honorables y por una buena causa. En este caldo de ánimas volubles, sazonado de hipocresía, doble moral, debilidades puntuales y arrepentimientos de último momento, se movían los guerreros deificos como lo fueron en su día Guillom y Disfrediel.

            Pero este punto de vista, aunque esencialmente correcto, equivalía a caminar sobre el filo de una daga. Mejor que nadie, ellos sabían que el suelo de los Infiernos contaba con una gruesa alfombra de buenas intenciones.

            — En cambio vos, Ilea, — continuó Halled — no tenéis lealtad alguna ni os respalda ningún poder superior, porque si mal no tengo entendido, salisteis por la puerta de los Infiernos con una bota marcada en las posaderas.

            Nicholas inició una risa que Ilea cortó con una mirada.

            — Por eso os he convocado a vosotros — continuó Halled, sonriente — Camináis sin Dioses ni amos, sin lealtades ni reglas. Incluso en los Infiernos tienen leyes y hasta de allí, que es vuestro sitio, os han echado porque os negáis a servir a nadie ni a respetar norma alguna. Sois renegados de este mundo y de los Infiernos, todos debéis guardaros las espaldas de vuestro antiguo amo y a algunos os persiguen arcángeles y demonios a la vez. Yo os doy un pago para asegurarme vuestro interés en mí plan, pero sé que de buena gana lo haríais a cambio de nada, por el simple placer de hacerlo.

            Cinthya se puso en pie y caminó hasta él, acercándole su boca de colmillos manchados de sangre y aliento fétido a la cara.

            — ¡Tu no me pareces mejor que nosotros, santurrón hipócrita! Y a todo esto ¿Que piensas ofrecerme a mí? ¡No tienes absolutamente nada que me interese y no pueda conseguir por mí misma!

            Para decepción del resto, Halled le aguantó la mirada sin mover la cara a pesar de que el aliento de Cinthya hubiera derribado a cualquier hombre.

            — En realidad me vas a salir muy barata. El pago por tus servicios serán unos cinco litros de sangre, puede que un poco más.

            Cinthya frunció los labios en un mohín de desprecio mientras se retiraba.

            — ¿Cinco litros? ¡Eso lo puedo conseguir en cualquier choza de mala muerte! Podría salir ahora mismo y exprimir uno tras otro a esos esqueletos que tienes como guerreros, vampirizarlos y luego desaparecer en la noche sin dejar trazas.

            Era como un juego piramidal de progresión, ella vampirizaba a uno la primera noche, en la siguiente vampirizaban a dos, en la tercera a cuatro, la cuarta a ocho, la quinta a dieciséis y la pirámide seguía duplicando la base cada noche... lo había hecho en comarcas enteras, provocando la ira de las comunidades que vivían entre los humanos, que exigían mucha más discreción y cierto equilibrio para no tener que pelear entre sí por la sangre. Al final la declararon proscrita, ofrecieron recompensa por ella y la perseguían al mismo tiempo que los humanos. Como bien la había definido Halled, era una renegada que debía guardarse las espaldas. Pero de momento allí estaba, desafiante.

            — ¿Cambiaríais de opinión si esos cinco litros fueran de Stanos? — preguntó Halled.

            Cinthya quedó paralizada un segundo y luego sus rasgos se endurecieron, afeándose mientras los músculos se contraían, los labios se retiraban de las encías, las mandíbulas se adelantaban y los colmillos surgían. Ahora su boca era mucho más grande y podía dar mordiscos más fuertes y profundos.

            — No se los demás, pero estoy a punto de arrancarte la cabeza de los hombros, viejo loco ¿Dónde está Stanos? — exigió.

            Halled mantuvo la serenidad.

            — Dentro de la ciudad, en el palacio real. Pidió refugio hará unos quince años. Ya es muy viejo y aún llora por vuestro... suceso. Repite demasiado que él no tuvo la culpa, así que supongo que al menos parte de ella debe tenerla. Pero está vivo y ahí lo tenéis. Mientras las huestes a las ordenes del señor de Trevian atacan la ciudad, podréis llegar hasta el Palacio sin mayores problemas y sin llamar la atención.

            Cinthya recuperó la compostura, aunque su mirada era inquietante, pero al menos las mandíbulas se replegaron y los labios taparon de nuevo las encías.

            — Entrar en el Cuerpo de Guardia y bajar el puente. Eso es todo lo que debo hacer.

            — No iría mal que levantarais el rastrillo — sugirió Nicholas.

            — Puesto que todos estamos de acuerdo, — concluyó Disfrediel — pongámonos en marcha. Tenemos una ciudad a destruir antes de que vuelva a amanecer.

            Halled salió el primero, seguido por aquel grupo de condenados, caballeros y damas de los infiernos. El rey Sigismund esperaba noticias, inquieto. No le gustaba el acuerdo y sospechaba de ellos, pero Halled le tranquilizó.

            — Todo en orden ¿Están listos los guerreros?

            El rey asintió, sin perder de vista a Nicholas de Trevian, de pie y sonriendo. Había oído historias espeluznantes de aquel ser, tanto cuando estaba vivo como después como espectro condenado por la eternidad. Tampoco le gustó aquella mujer tocada con vestido de capucha, negro como la noche, a quien saludó Nicholas de Trevian.

            — Seguís tan hermosa como cuando respirabais, Ilea. No habéis cambiado nada

            — Por desdicha vos tampoco. Erais un desgraciado presuntuoso en vida y seguís igual ahora que los gusanos han devorado vuestro cuerpo.

            Nicholas emitió un suspiró. Vivas, muertas o condenadas para la eternidad, las mujeres eran igual de complicadas. Disfrediel sonrió al pasar a su lado.

            — Veo que sois todo un experto tratando a las damas.

            — Querido Disfrediel, os recuerdo que yo he salido de los Infiernos y de mí propia tumba a la superficie, así que he ascendido. En cambio vos habéis caído de vuestro blanco pedestal con un buen batacazo. Ademas, dudo que de arcángel podáis presumir de experiencia con mujeres.

            — Pero aprendo rápido, señor de Trevian — Disfrediel le guiñó un ojo y continuó junto a Guillom, que reía entre dientes.

            Hacían buena pareja ambos. Tal vez porque, en el fondo, hacer el mismo trabajo y llamarse de dos formas diferentes, según el amo al que sirvieran, era simple juego de palabras. El rey le devolvió al presente:

            — Las huestes están a punto y esperando órdenes.

            Un joven escudero le trajo su caballo, que relinchaba impaciente por pisotear cráneos, y Nicholas subió a su lomo mientras desenvainaba su espada. Volvía a mandar una partida de hombres de armas, aunque fuera aquel puñado de guerreros famélicos y enfermos que lo miraban con ojos muy abiertos. Habían oído hablar de él y aguardaban temerosos, pero sabía muy bien que decirles. Todos los mortales tienen un lado oscuro como la pez y sólo es cuestión de hacerlo salir a la superficie.

            — ¡Hombres de armas, ahora acaban las privaciones, el hambre y las enfermedades! ¡Todo lo que necesitáis esta detrás de esos muros que caerán está misma noche! ¡Dentro encontraréis vino, mujeres, comida fresca y palacios repletos de riquezas que os compensarán de estos meses de sufrimiento y desesperanza! — levantó la espada sobre su cabeza, ahora sus ojos brillaban como ascuas y parecía envuelto en un aura refulgente de luz; el contingente le escuchaba, hipnotizado por su hechizo — ¡Recordadlo bien: todo lo que no este clavado en el suelo es vuestro! ¡No deis cuartel!

            Los guerreros gritaron entusiasmados mientras el atónito rey observaba inquieto como sus desmoralizados hombres cobraban nuevos bríos e ímpetu para el asalto final a Aklea. La ciudad había visto su último anochecer.

            — Vamos a hacer un hechizo — explicó Markus el Oscuro — Abriremos una puerta pequeña en sus defensas; entonces Cinthya podrá llegar al Cuerpo de Guardia, es esa ventana de allí — la señaló — Bajará el puente, levantará el rastrillo y entraréis vosotros dos rápidamente. Esto hay que hacerlo con rapidez, cuando se den cuenta de que el hechizo ya no protege sus murallas llamaran a los sacerdotes de la Orden de Beel para levantar nuevas defensas. Disfrediel les cortará el paso, Guillom acudirá al otro centro de poder: el Palacio Real. Si nos damos prisa será como cortarle la cabeza a un pollo.

            Ilea trazó un círculo con un cuchillo en el suelo, alrededor de ambos, vertió el contenido de una jarra en el surco y aplicó una tea ardiendo. El liquido prendió con llamas azules encerrándoles en el interior.

            — Empecemos — ordenó Markus.

            Ambos entonaron un salmo que recitaron una vez tras otra, en alguna lengua desconocida de tonos graves, con los ojos cerrados y la cabeza erguida, ambas palmas levantadas junto a la cabeza, suplicando a los poderes primigenios.

            Cinthya hizo un primer intento pero fue rechazada con fuerza, cayendo de espaldas a varias decenas de metros; un mortal se habría roto la columna. El segundo intento también falló, pero mejoró notablemente; la fuerza del hechizo protector se debilitaba. A la tercera logró vencer el hechizo, llegando tranquilamente junto al foso que rodeaba la ciudad. De un sólo salto lo cruzo y subió por la pared hasta la ventana del Cuerpo de Guardia, trepando como un lagarto.

            La primera cara que vio en la ventana fue la de un joven centinela desconcertado que pareció preguntarse que hacía una muchacha en el exterior de la muralla, mirando los inquietante ojos de Cinthya como un ave hipnotizada por una serpiente.

            — ¿Puedo entrar? — preguntó Cinthya con dulce voz.

            — Si, claro. Entra — respondió sin dudarlo.

            — ¿Con quién hablas? — preguntó una voz aguardentosa.

            Cinthya aprovechó la invitación y se escurrió sin problemas por el estrecho ventanal. En el interior había media docena de hombres que primero quedaron paralizados y luego reaccionaron gritando y blandiendo sus armas para intentar expulsarla, excepto el que la había invitado y permanecía bajo su influjo. Lo mató rápidamente para no perder tiempo, Stanos la estaba esperando. Luego se ocupó de los otros.

            Hubo muchos gritos de terror y luego súplicas. Uno incluso intentó abrir la puerta del Cuerpo para escapar, pero logró alcanzarlo a tiempo. Cuando acabó, el Cuerpo de Guardia estaba lleno de muebles destrozados como si hubiera pasado un elefante, con las paredes manchadas de sangre y los seis cadáveres desmembrados esparcidos por el suelo. Con el hambre que tenía, aquella visión le hubiera hecho perder de vista su objetivo, pero por Stanos se contuvo y siguió con el plan.

            Hizo caso omiso de los golpes en la puerta, mientras los guardias intentaban derribarla y de un puntapié quitó la cuña que bloqueaba el torno del puente levadizo. El estruendo del puente al golpear suelo al otro lado del foso se confundió con los gritos de horror de los centinelas, acababan de darse cuenta de que el sello mágico de las murallas estaba roto. A continuación agarró la manivela para izar el rastrillo y enérgicamente le dio vueltas, mientras proseguían los inútiles envites para derribar la gruesa puerta y subir el puente levadizo. Poco a poco, a pesar del gran esfuerzo que le exigía, el rastrillo se elevó dejando paso a las huestes del señor de Trevian. Luego Cinthya bajo por la muralla, tal y como había entrado, para recuperar su montura.

            — ¡Adelante! ¡Sin cuartel! — aulló Nicholas de Trevian — ¡A muerte!

            Los guerreros famélicos y enfermos se desparramaron por el interior de la ciudad gritando con voces roncas, cegados por las riquezas que se ponían al alcance de sus manos, dispuestos a vengarse de los meses de tormentos en el desnudo exterior. Entonces empezó la matanza, hendiendo carne y hueso a golpes de espada, borrachos en sangre y totalmente fuera de sí.

            Disfrediel entró sobre su caballo y siguió directamente hacia el Templo. Desenvainó la espada de Simenon, y a su paso dejó un rastro de casas incendiadas que prendían al simple toque de su acero. Pronto gran parte de la ciudad sería una pira llameante.

            Guillom guió su negro corcel por las estrechas callejuelas que olían a aguas estancadas y desperdicios descompuestos, mientras extraía la espada de Ecravel. A su paso los mortales se desmoronaban bajo aquel fulgor azulado, las cuencas de los ojos se hundían y la piel burbujeaba como si les echaran agua hirviendo encima. A sus espaldas, una sombra a caballo le siguió, era Cinthya, que también tenía una cita en el Palacio Real.

            Disfrediel tardó muy poco en llegar hasta el templo, donde varios guardianes intentaron cerrarle el paso. Los barrió con un simple revés de espada, dejando atrás carne hendida y cauterizada por las llamas mientras se abría paso hacía las gruesas puertas, donde un par de sacerdotes intentaban conjurar un hechizo que pudiera hacerle frente.

            — Eso no sirve conmigo — rechazó Disfrediel — No soy un demonio.

            Atravesó el estomago al primero, dejando una herida humeante, y lo apartó sin contemplaciones, mientras golpeaba al otro en la cara con el guante de hierro. Las puertas no le resistieron mucho más y entró en la Orden de Beel, donde inmediatamente comenzó la matanza de los sacerdotes, que lo exorcizaban y lanzaban sus maleficios sin el menor efecto. Fue matándolos uno tras otro, sin importar gritos, ni ruegos, ni conjuros, ni sortilegios, ni tampoco sirvió de nada que clamaran la protección de sus Dioses. Recorrió el templo, dejando un reguero de cadáveres a su paso, hasta estar seguro de que al menos la mayor parte de los sacerdotes habían muerto.

            Sólo entonces subió a la azotea del templo para contemplar como la ciudad, bajo las estrellas, se enfrentaba a su destrucción y como sus camaradas cumplían su parte del acuerdo. Satisfecho envainó la espada de Simenon. No había sido una mala matanza, pensó recordando las que había hecho en nombre de su Dios.

            Fuera de las murallas, Markus el Oscuro y la Sacerdotisa Ilea sintieron como el sello mágico de la ciudad se debilitaba; ya no era necesario seguir con el conjuro. Markus bajó las manos y señaló la ciudad con su vara al tiempo que sus monturas se aproximaban sin necesidad de llamarlas.

            — Ya es hora de ir a cobrar nuestro botín. Vamos.

            En la misma puerta tenía lugar una furiosa lucha entre los defensores que querían destruir el puente levadizo y los últimos contingentes del rey Sigismund que intentaban entrar. Markus apenas echó un vistazo a los caballeros de Aklea que luchaban como leones; se limitó a levantar la mano invocando el hechizo adecuado y luego cerró el puño, apretando con fuerza. Y los caballeros que defendían el paso se desplomaron escupiendo sangre a través de las celadas, con los órganos internos licuados.

            — ¡Son brujos! — grito uno de los supervivientes tras el rastrillo — ¡Matadlos!

            Ilea detuvo el ataque cuando ya se les echaban encima, abrió la boca y expulsó unas flemas horribles lanzadas a gran distancia, que los hombres de armas recibieron en pleno rostro. No sabían que ocurría, pero quemaba como un ácido y, dejando caer las armas, se desperdigaron por la ciudad en busca de ayuda. Ilea se limpió los labios; pronto esparcirían la peste, contagiando a quienes entraran en contacto con ellos.

            Continuaron hacia el Templo, atravesando callejuelas en llamas entre las turbas de guerreros sin control que asesinaban y saqueaban, matando hombres, mujeres, niños y ancianos, sin perdonar siquiera los animales domésticos. Pisaban cadáveres y agonizantes, inmunes e indiferentes a sus lamentos, entre cascotes, cenizas y charcos de sangre.

            El Templo era un imponente edificio de altas columnas y pórticos abovedados, cuya sola visión inmovilizó a Markus.

            — No puedo continuar adelante. Este lugar sagrado me repele — comentó amargamente.

            Ilea rió, desmontando.

            — No lo será por más tiempo.

            A ella no le costó ningún esfuerzo atravesar la tierra sagrada del recinto. Era su poder: corromper lo sacro para profanarlo. Las llanuras del este estaban llenas de templos oscuros que ella había creado sobre los antiguos camposantos.

            Markus pudo sentir como, bajo los pies de Ilea, el suelo perdía todo vestigio sagrado y se convertía en maldito, a medida que se adentraba en el edificio, cuyas paredes se resquebrajaban y los finos mármoles se cuarteaban, mientras los insectos salían de sus nidos y escapaban velozmente sobre sus cortas patas. Un monje de barba cana y malherido por Disfrediel intentó cortarle el paso.

            — ¡Atrás, bruja! ¡Esta es Tierra Sagrada!

            — Ya no — respondió Ilea — Ya no.

            Empujó al sacerdote sujetándolo por el cuello, golpeó la cabeza contra uno de los bancos de piedra. A su alrededor los cristales emplomados se agrietaban y caían a pedazos; parecía como si todo el templo se desmoronara de manera imparable hasta convertirse en una ruina. El sacerdote observó con horror como de la mano libre de Ilea manaba sangre, que goteaba por sus dedos y caía al suelo.

            — ¿Alguna vez te has preguntado que significa estar maldito? — preguntó Ilea.

            El sacerdote empezó a chillar y revolverse desaforadamente mientras Ilea apretaba el cuello, clavándole la rodilla en el vientre para inmovilizarlo. Recreándose en el momento, le dejo caer varias gotas en la boca abierta que intentaba tragar aire, asfixiado por aquella garra. Le cerró la boca con ambas manos, embadurnándole la cara de rojo, y le golpeó la cabeza contra el banco de piedra.

            — Trágate esta muestra de mí cuerpo y se bienvenido a mí fe.

            Le dejó caer a un lado, aturdido, y continuó hacia la Biblioteca, indiferente al techo que se desconchaba y desplomaba a trozos a su alrededor. Detrás de ella, Markus entraba con precaución, atento a cualquier posible signo de rechazo que percibiera. Dirigió una mirada aburrida al sacerdote que escupía y se frotaba desesperadamente la boca y siguió a Ilea.

            Dentro de un gran recinto encontraron lo que buscaban. Para ellos era tal vez un tesoro mayor que todo el oro, riquezas y propiedades del mundo. Pilas de manuscritos y pergaminos amontonados desde el suelo hasta el alto techo, celosamente guardados por los sacerdotes. Disfrediel acudió a verlos acariciando las encuadernaciones de piel y pasando las delicadas hojas con todo primor.

            — Parecéis dos niños pequeños con sus caballitos de madera.

            — Puede que sí, querido Disfrediel, pero estos manuscritos tienen más valor y poder que vuestra espada... aunque vos no sepáis interpretarlos.

            Markus levantó su báculo e invocó una plegaria para que el Manuscrito de Jerome viniera a él. Instantáneamente un libro grueso forrado de piel de becerro se separó del resto, abandonando la estantería en manos invisibles y acudió a él, que lo contemplaba con ojos brillantes.

            — Aquí está mí recompensa.

            — Y aquí está la mía — comentó Ilea, registrando los libros prohibidos de la orden — Más de lo que esperaba. No vendría mal, querido Markus, que echarais un vistazo al resto de manuscritos, tal vez os sorprendáis de lo que guardaban estos ignorantes.

            Guillom de Gorau encontró poca oposición inicial en las escalinatas del Palacio Real, donde un puñado de pajes y escuderos intentaban formar una primera línea de defensa. Se abrió paso con la espada de Ecravel y a golpes de mangual, triturando huesos y despedazando miembros con el estoicismo de un campesino segando hierba, inmune a gritos y lamentos, pisando cuerpos agonizantes y apartando a puntapiés a los heridos que estorbaban el paso.

            Fue dentro cuando encontró la primera oposición seria. Un grupo de caballeros en armadura pulida de acero y finamente ornamentada, armados de punta en blanco. Reconoció el escudo de uno de ellos. Michel de Geris, uno de los más destacados caballeros de la ciudad.

            — ¡Atrás! ¡¿Quién sois?! — le desafió Michel.

            — ¡Guillom de Gorau! — respondió.

            Michel no era caballero que se arredrara con facilidad y menos ante un nombre.

            — ¡Mentís! ¡Ese diablo no es más que un cuento para niños! ¡Acaso creéis que me asusto con tanta facilidad!

            Guillom rió burlonamente, espada en la diestra y mangual en la zurda, avanzando hacia ellos con pasos mesurados, calculando bien. Ellos eran seis y estaban a unas diez zancadas; no había prisa.

            — ¿Tal vez es por mi aspecto? — preguntó.

            Al primer paso su pie derecho se deformó horriblemente, convirtiéndose en una pezuña hendida que arrancaba chispas en el suelo de piedra; al siguiente paso, su otro pie corrió la misma suerte. Michel contempló sin creerlo como la armadura de aquel hombre parecía derretirse y mezclarse con la piel, endureciéndose como si fueran escamas de un cocodrilo.

            Los ojos de Guillom se convirtieron en rendijas ambarinas, los dientes se afilaron y aguzaron al tiempo que la nariz expiraba vapor de azufre. El casco se desfiguró convirtiéndose en parte de la cabeza, mientras dos largos y afilados cuernos se elevaron desde frente hacia atrás. Una larga cola acabada en punta apareció por la espalda al tiempo que dos alas de murciélago, con las membranas destrozadas y agujereadas, se extendían en su plenitud.

            — ¿Os gusta más este aspecto? — preguntó Guillom, burlón — Tal vez está más acorde con vuestras esperanzas.

            De un salto alcanzó con el mangual a un caballero, quién salió despedido contra la pared y cayó al suelo doblado por la mitad en forma antinatural. Michel contraatacó a golpes de mandoble acompañado del resto de sus compañeros, era victoria o muerte. Y así murió, con la espada de Ecravel clavada en sus entrañas cuando Guillom lo traspasó de una estocada.

            Cinthya se desentendió de aquella pelea. Había llegado hasta allí por un único motivo y aquel combate la traía completamente sin cuidado. Agarró por el cuello a una sirvienta que huía entre un tropel.

            — ¿Dónde está Stanos? — preguntó, mostrándole los colmillos.

            La sirvienta pataleó aterrorizada mientras respondía:

            — Dos pasillos más a la derecha. Es el último lugar donde le he visto.

            La arrojó a un lado como un desperdicio y continuó a buen paso, degollando de un zarpazo a un guardián que intentó cerrarle el paso. Dos pasillos a la derecha daban a una puerta que era la cocina real, silenciosa y sepulcral, todo en desorden, con las ollas volcadas y su contenido esparcido. Stanos estaba allí, podía olerlo. Podía oler su miedo.

            — ¡Stanos! ¡Sal de una vez!

            Solo le respondió el silencio, pero Cinthya no dudó de la presencia de Stanos.

            — De aquí no hay escapatoria, tendrás que salir en un momento u otro y enfrentarte a mí. Vamos ¿Qué es lo que temes, hermano?

            Fue un reflejo en una olla que alguien frotó hasta abrillantarla, estaba escondido debajo de uno de los fogones. Lo agarró por el pie y lo arrastró fuera de su escondite mientras Stanos chillaba que le dejara, que él no tenía ninguna culpa y suplicaba que no le mordiera. Sin hacerle caso, Cinthya sujetó por el cuello a aquel anciano de rostro arrugado y cuerpo reducido a un saco de huesos, tembloroso y sin fuerzas para pelear. Sin miramientos lo arrojó sobre la mesa de cortar carne.

            — ¡Tanto tiempo sin vernos! ¿Cuanto ha sido, Stanos? Cincuenta años... no, cincuenta y dos ¿Así es como recibes a tu hermanita pequeña?

            — ¡Cinthya, por los Dioses! — suplicó el anciano, lleno de lágrimas — ¡No fue culpa mía, siento que resbalaras...!

            A Cinthya se le desencajaron los ojos de ira.

            — ¡Yo no resbalé! ¡Lo has repetido tantas veces que has acabado por creértelo! ¡Tu me empujaste y cerraste la puerta para escapar mientras me mordía!

            Su rostro se transformó en una gran boca de aguzados colmillos manchados, con potentes músculos listos a morder y olor a la sangre de sus anteriores víctimas.

            — ¡Mira en que me he convertido!

            Stanos tenía los ojos desorbitados de terror; la saliva de Cinthya resbalaba desde los colmillos como dagas hasta su cara.

            — ¡No me muerdas! ¡No me muerdas!

            Cinthya recuperó el aspecto humano y sonrió fríamente.

            — ¿Morderte? ¡Ni se me ha ocurrido! Adiós, hermano.

            Sin dejar de sujetarlo, cogió uno de los cuchillos de cocina y cortó limpiamente. Tardó muy poco, aunque se manchó mucho de sangre, pero aquella no la iba ni a probar. Dejo el cadáver sobre la mesa, con el corazón arrancado y salió al exterior, donde encontró a un bravo guerrero con que calmar el hambre.

            Desde fuera de la ciudad, el rey Sigismund contemplaba inquieto las enormes columnas de humo ocultando las estrellas y el resplandor de los incendios que consumían Aklea. También se escuchaban los gritos de los heridos y el choque de armas, aunque cada vez se alejaban más. El señor de Trevian estaba conduciendo a sus huestes a la victoria, pero el rey no se sintió dichoso.

            — ¿Realmente hacía falta llegar a esto? — preguntó a su mago.

            — Solo el tiempo y quienes nos juzguen en la posteridad lo dirán — respondió Halled.

            En realidad empezaba a preguntárselo, inquieto. La ferocidad y violencia de la lucha le habían sorprendido y sus mensajes a los capitanes para que dieran cuartel estaban cayendo en saco roto. En palabras de los emisarios, dentro de la ciudad todos habían perdido la razón. En cuanto a Nicholas, ninguno de sus enviados le había encontrado, y sus intentos para deshacer el embrujo del señor de Trevian sobre los hombres fracasaban.

            Halled sospechaba que el control se le había ido de las manos y que había infravalorado las capacidades del señor de Trevian. Su suposición de que no lograría una victoria completa antes del amanecer se tambaleaba. Un error de cálculo con imprevisibles consecuencias. Ahora solo restaba esperar y rezar para que se salvara algo del desastre.

            Unas horas más tarde, con las primeras luces que precedían al amanecer, todo había terminado. La ciudad era una pira humeante de cadáveres y ruinas, donde las tropas del rey Sigismund se paseaban aturdidas. Incluso a los veteranos de innumerables campañas les sorprendía la carnicería y aún no entendían como se habían dejado arrastrar a aquellos desmanes sin freno.

            Disfrediel, Markus e Ilea llegaron al Palacio Real desde el Templo de Beel, estos dos últimos cargados de manuscritos y pergaminos valiosos. El señor de Trevian se reunió con ellos poco antes de que amaneciera. Llegó contento y satisfecho; en su opinión no había sido una mala noche, y contemplaba con ojos amorosos la hoja de su mandoble por la que goteaba la sangre hasta los gavilanes, la empuñadura y su propia mano.

            — Pronto será de día — anunció Markus — Debemos irnos, ahora.

            — Me parece correcto — admitió Nicholas envainando su espada sin siquiera limpiarla — Ya no queda nada que hacer y todos hemos obtenido lo que queríamos.

            Salieron del Palacio y montaron en sus corceles. Los primeros rayos de luz les alcanzaron asomando sobre el horizonte. Cinthya se ajusto la capucha para que le cubriera la cara y aseguro bien los guantes. Podía soportar la luz del sol pero, como criatura de la noche, de día su aspecto llamaba la atención.

            — Ya que estamos todos juntos ¿Por qué no continuamos así? — preguntó Disfrediel.

            Cinthya miró al frente, hacía las puertas de la ciudad, y le contestó:

            — No te soporto.

            — El sentimiento es mutuo — opinó Disfrediel — Pero los que estamos malditos sólo tenemos a los que son como nosotros.

            — Los mortales empiezan a mirarnos — advirtió Markus — Vayámonos antes de que empiecen a hacer escenas raras.

            Halled y el rey Sigismund estaban a un lado de la puerta, contemplando apenados la destrucción que reinaba en el interior de Aklea. La Biblioteca de la ciudad, llena de obras literarias antiquisimas, ardía convertida en una inmensa hoguera. Las grandes casas patricias, los bazares de finas telas, el gran Teatro, los baños termales que dieron fama a la ciudad... todo reducido a cenizas y ruinas... de todas las maravillas de la ciudad solo se habían salvado el Templo, donde Disfrediel había ahuyentado a los saqueadores con su sola presencia en la azotea y el Palacio Real, donde Guillom había hecho lo propio sentándose en las escalinatas para ver arder la ciudad.

            El precio de la victoria tampoco había sido insignificante. A lo largo de las calles, Halled distinguió los blasones de los caballeros y capitanes caídos en el asalto. Aproximadamente un tercio de sus guerreros habían hallado la muerte aquella noche. Y a medida que clareaba, contingentes de hombres regresaban a sus hogares para poner a salvo el escaso botín obtenido.

            — Tal vez sirva para que nuestros enemigos depongan su actitud — opinó el rey.

            Ignoraba que en las cenizas de Aklea estaba viendo un reflejo de su propia ruina. El saqueo de la infortunada ciudad uniría a sus enemigos en coalición contra él, temerosos de sufrir la misma suerte.

            — Tal vez — admitió Halled.

            Tenía los ojos fijos en Nicholas, que parecía sonreírle desde lejos como preguntando ¿quién manipula a quién? Sospechaba que tanta destrucción desenfrenada no había sido un arrebato y recordó la conversación de la víspera en la tienda. Si su recompensa era ver correr la sangre, estaba bien pagado. Y Halled no podía acusarle de haber roto el compromiso. La ciudad había sido conquistada, según lo acordado. Tuvo que tragarse su furia, ahora solo podía hacer frente a las consecuencias, cualesquiera que fueran estas, pero que sospechaba terribles.

             El rey observó a los seis jinetes y, pese a todo, comentó:

            — Once meses de asedio para nada, y ellos lo han logrado en una noche.

            — ¿Acaso les tenéis envidia? ¿Tal vez les admiráis? — preguntó Halled, sobreponiéndose a su ira — Ni tienen nada que envidiar ni merecen admiración ninguna.

            — Parecen tenerlo todo: fuerza, poder, inmortalidad... — objetó el monarca.

            El rey tenía el hábito de suponer en los demás las virtudes de las que él carecía. Halled sabía muy bien que las virtudes y los defectos estaban separados por una fina línea que se cruzaba sin darse cuenta.

            — Pero con un precio a pagar. Estar maldito no es ningún camino de rosas, majestad. Y para ser inmortal hay que estar vivo — le recordó Halled — Miradlos ahora y ved si querríais ser como ellos. Pueden tener lo que quieran, pero no les sirve de nada. En el fondo me dan lástima porqué siendo tan poderosos no dejan de ser unos pobres desgraciados.

            Los mortales observaban inquietos a los seis jinetes avanzando por la calle principal hacia la salida, no fueron pocos quienes se escondieron a su paso, mientras los dos soles gemelos aparecían por el horizonte y se elevaban en el firmamento.

            Los corceles y sus jinetes cambiaron rápidamente a medida que les alcanzaban los rayos de luz, destruyendo las ilusiones creadas con las sombras de la noche. Las pieles se ajaron y arrugaron, mientras músculos y tendones desaparecían para descubrir huesos, y las ropas otrora lustrosas y elegantes se convertían en harapos sucios y agujereados. Los propios caballos se convirtieron en esqueletos andantes, sacos de huesos, carne corrupta y tendones acartonados, envueltos en cuero agusanado.

            El rey Sigismund les vio pasar junto a él, intimidado por el cambio experimentado. Nicholas de Trevian, señor de la guerra envuelto en corazas oxidadas; cadáver sajado de terribles heridas, cubierto de barro, sangre y carne muerta; espectro condenado a vagar en busca de batallas en que luchar. A su lado cabalgaba Ilea de Yerienov, la Sacerdotisa Oscura, profeta de los Infiernos; con la túnica convertida en sudario, espíritu de piel apergaminada y llena de bubas, ojos hundidos y cuerpo atormentado consumido por la Peste.

            Markus de Kretzenberg le dedicó una sonrisa con su rostro sin labios, anciano marchito, vestido con harapos quemados, huesos retorcidos y deformes desprendiendo ceniza, rescoldo de la hoguera en que ardió por prácticas de magia negra. Guillom de Gorau, demonio expulsado de los Infiernos, levantó su espada en señal de agradecimiento al pasar junto al mago Halled, sujetándola con sus zarpas de afiladas uñas, sin girar siquiera la cabeza; monstruosa quimera semihumana de rasgos animales y piel escamada, ser deforme del mundo de las pesadillas.

            Disfrediel, en cambio, cruzó junto a ellos sin volver su cara abrasada y desfigurada, piel cocida desprendiéndose del cuerpo ulcerado, supurando continuamente por sus múltiples abscesos, armadura otrora reluciente, ennegrecida y ahumada; triste legado de su expulsión y caída en desgracia. Cinthya fue la última, un poco retrasada respecto a Disfrediel; siendo la más humana no hubiera pasado por un ser vivo, demonio en un cuerpo humano, envuelta en su mortaja y rostro sin vida, grisáceo y de ojos lívidos.

            Salieron sin prisas y sin rumbo, indiferentes a todo. Tenían toda la eternidad para cabalgar sin destino.


por Jose Antonio Fuentes Sanz