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         El ardid
 

            Esta historia narra los hechos que dicen que así ocurrieron. De cómo la paz del norte de Antik´va se vio alterada por la codicia del heredero al trono de Shedir, que mediante argucias y ardides, pretendía adueñarse de todo el norte.

            Quedaba poco tiempo para que acabara el otoño. Bermudo, rey de Adhara, leía con los codos apoyados en la mesa un viejo libro. Al acabar la página se levantó; echó unas gotas de esencia de romero en el calderín de agua caliente que tenía sobre la chimenea y se acercó a la ventana.
            Fuera hacía frío, el invierno vendría duro. La gente caminaba rápida por las calles yendo y viniendo la mayoría a la plaza mayor, al mercado.

            Cuando entró en la habitación, Laínez notó el penetrante aroma del romero, cerró los ojos y aspiró, luego se dirigió a Bermudo.
            —Tenemos asuntos urgentes que tratar.
            Bermudo giró la cabeza y miró unos instantes a su amigo y senescal, luego siguió mirando por la ventana.
            —¿De qué se trata?
            —Las torres fronterizas. Hace dos días, por la noche, alguien entró en una de ellas y mató a los guardias que estaban allí.
            —¿Como? —Bermudo se giró bruscamente hacia Laínez con el rostro ensombrecido—. Cuéntame los detalles.
            El rey había vuelto a sentarse y con las manos entrelazadas y los pulgares apoyados en los labios, escuchaba a su chambelán.
            —Los guardias de la mañana encontraron la poterna abierta y al entrar allí, vieron a sus compañeros muertos en el patio. En el suelo encontraron ésta bolsa de monedas con cuño de Fomalhaut.
            Cuando éste puso la bolsa delante de él, extrajo las monedas que había dentro y  las observó reflexivo. Esta acción ponía en peligro las relaciones con el reino vecino.
            Bermudo levantó el rostro y se dirigió a Laínez.
            —¿Está Diego de Pedrosa en condiciones de romper una alianza que apenas tiene un año? Y si es así, ¿por qué razón lo haría?
            —Ignoro si está en condiciones y cuales serían sus motivos, lo cierto es que él era uno de los más interesados en sellar dicha alianza y se le veía muy contento cuando por fin se hizo.
            —Manda mensajeros a los Señores de Adhara. Infórmales de lo sucedido, si es que no lo están ya. Diles que nos reuniremos dentro de cuatro días aquí, en el castillo.
            —Así se hará de inmediato.
            Laínez salió de la habitación con pasos rápidos, era consciente de la situación y sabía que la acción no admitía demora.
             Momentos después de que la puerta se hubiera cerrado, Bermudo, sin moverse de su mesa, hacía girar entre sus dedos una de las monedas. Lo hacía mecánicamente, con la mirada perdida, con la mente agitada por la incertidumbre.

            Hacia el invierno pasado se habían reunido en el castillo de Diego de Pedrosa, rey de Fomalhaut, con sus consejeros, Bermudo y los cuatro Señores de Adhara. Entre todos los representantes de los dos reinos habían llegado a un acuerdo para evitar cualquier tipo de enfrentamiento bélico y fomentar la creación de una ruta comercial al estilo de las grandes ciudades-estado del sur. Todos coincidieron en que este proyecto beneficiaría económicamente a ambas coronas. Por eso a Bermudo le costaba creer que el Señor de Fomalhaut hubiese echado por tierra la alianza.
            Durante los cuatro días hasta la reunión, Bermudo dejó de lado todos los asuntos pendientes y se centró en el problema de las torres fronterizas.
            Junto a Laínez examinaron los informes del jefe del puerto y del jefe de mercaderías para ver si la alianza estaba saliendo rentable al reino vecino. La conclusión fue que desde la firma, el comercio entre las dos capitales, Adhara y Cerriyuela, había aumentado.
            —Todo esto es muy raro. —Bermudo y Laínez caminaban por el exterior del castillo—. Sería como echar piedras sobre su propio tejado. A no ser que dentro de su corte haya alguien a quien no le interese que entre los dos reinos haya paz y prosperidad —dijo el senescal.
            Hacia el mediodía llegó Ramírez Señor de la zona este. Era el que más cerca tenía su casa—torre del castillo de Bermudo ya que éste se encontraba en los lindes de su señorío. Por la tarde estaba previsto que llegaran los otros tres Señores.
            Cenarían pronto, algo ligero, y se reunirían en el salón principal.
            Bermudo echaba de menos la presencia de su hermana Jimena, que desde su enlace con el heredero al trono de Mizar, residía allí. Su forma de analizar las cosas como mujer le había servido de mucha ayuda en otras ocasiones y ésta era realmente importante.
            Hacia las cinco de la tarde llegó Gonzalo, Señor de la zona norte y media hora después, juntos, lo hicieron Martín, Señor de la zona sur y Nuño, Señor de la zona oeste.
            Al encontrarse todos se abrazaron mutuamente sin ocultar la preocupación por lo ocurrido, y  mientras los sirvientes llevaban el poco bagaje que habían traído a las estancias, y los mozos atendían a los caballos, ellos se dirigieron a uno de los salones del castillo para refrescar la garganta con un buen vino especiado traído de Mizar y comieron unos trocitos de queso de oveja y unas lonjas de cecina.
            —Ahora, después de este tentempié podéis ir a vuestras habitaciones, ya sabéis cuales son, y quitaros las ropas de viaje. A las siete estará lista la cena que estoy seguro será de vuestro agrado. Después tenemos muchas cosas de las que hablar. Ahora voy a asegurarme que vuestras comitivas estén bien acomodadas.
            Bermudo salió del salón mordisqueando un trozo de cecina acompañado de Laínez y se dirigió hacia los establos y al edificio donde normalmente se albergaba a las tropas que venían a reforzar la guarnición en tiempos de guerra.
            —Laínez ¿te importa ir a la cocina y ver si todo marcha bien? Yo voy a la torre a preparar un poco la reunión de después de la cena.
            El senescal le dijo que dejara en sus manos el asunto de la cena. 
            Cuando los Señores de Adhara entraron en el comedor, el Rey y Laínez les estaban esperando. Se sentaron en la mesa y a una orden de Bermudo los sirvientes empezaron a servir la cena. Les sirvieron crema de verduras con trozos de pan tostado, varios tipos de pescado a la brasa y cordero asado el que quiso. Todo ello regado con vinos blancos y tintos. Al final terminaron con unos dulces de la región costera, frutas y una jarrita de vino caliente especiado con un poco de canela.
            Se concedieron un breve descanso, encendieron sus pipas y pronto el aroma del tabaco se extendió por toda la estancia mientras se establecía una charla entre todos.
            Cuando fueron al salón principal, cada Señor tomó asiento en la silla que siempre utilizaba cuando había concilio.
            El primero en hablar fue el Señor de Adhara.
            —Bien. En estos cuatro días, Laínez y yo hemos recogido algo de información. Los datos y las cifras dicen que desde la firma de la alianza, los dos reinos han salido beneficiados, lo cual demuestra que no es muy lógico romperla de esta manera. Por otro lado también existe la posibilidad de que alguien contrario a Diego de Pedrosa quiera boicotearle y ponernos en su contra: de esta manera le allanaríamos el camino. Y por fin se nos ocurre que ha podido ser cualquier persona puesto que cualquiera que viaje un poco puede conseguir monedas de los reinos por los que pase o visite.
            Martín y Nuño se miraron un breve instante.
            Todos habían escuchado atentamente las palabras de Bermudo que hizo una pausa como esperando que los Señores dieran su opinión. Después continuó.
             —No creo que haga falta entrar en detalles sobre lo ocurrido, si no más bien qué medidas se van a tomar al respecto. Aunque tu, Ramírez, serás el que más información tengas sobre lo ocurrido y nos gustaría saber cómo está tu gente. Por favor, antes de profundizar en la reunión, cuéntanos cómo se vivió allí, en tu Señorío.
            —La gente está bastante enfurecida, sobre todo los familiares. La hermana de uno de ellos, una joven de dieciocho años casi enloqueció, luego más serena, desempolvó las armas de su padre muerto hace años y se pertrechó. Se dice que anda por los pueblos buscando hombres de armas para iniciar una guerra particular. Si no la encontramos y la detenemos, podría ocasionar situaciones nefastas para todos —hizo una pausa y bebió un sorbo de vino de la copa que se había traído del comedor—. El jefe de la guardia que encontró los cuerpos me dio este objeto que halló entre los dedos de uno de sus compañeros yacentes. —Metió la mano en un bolsillo exterior del coleto y lo depositó en la mesa.
            Bermudo se incorporó en su silla y recogió una cadenita de la que colgaba un círculo en cuyo centro había una figura tallada. La observó y la movió entre sus dedos mientras se perdía en pensamientos sombríos.
            —Es una cadenita que cuelga de algunas dagas. La imagen que lleva tallada dentro del círculo es un dragón.
            Al decirlo pareció que se evadía otra vez. Sólo reaccionó cuando los Señores le preguntaron qué significaba ese dragón.
            —Creí que ya nadie adoraba al dragón en Antik´va pero veo que estaba equivocado. La religión que adora al dragón surgió hace mucho tiempo, se cree que en los primeros años de la formación del continente. Eran mujeres quien la formaban. Por lo visto, los dirigentes de un pueblo montañés del este quisieron sacrificar una mujer para calmar la ira de un dragón que mataba al ganado. Esta mujer se liberó y desapareció. El ganado seguía apareciendo muerto y siguieron ofreciendo jóvenes, pero la primera mujer las fue rescatando.
            —Pero las gentes del pueblo ¿no se daban cuenta que allí no quedaban restos? —preguntó Ramírez.
            —No quiero profundizar en los pormenores de cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda. Lo que sí parece cierto es que en la profundidad de aquellas montañas vivía una comunidad de mujeres que todos los cambios de estación pagaba a un hombre robusto para que, bajo la dirección de una sacerdotisa y con un encantamiento, fecundara a unas cuantas mujeres. Según parece, de esta forma todas las criaturas nacían hembras. Luego algunas de las que formaban esa comunidad dejaron las montañas y se integraron en la vida diaria de tabernas, castillos, prostíbulos, etc...
            —Las mujeres que pertenecían a este grupo —intervino Laínez (Bermudo giró la cabeza hacia él con una sonrisa nostálgica, pues sabía que al hablar de las Hijas del Dragón a su amigo se le abrían viejas heridas)— se rasuraban la axila izquierda,  se tatuaban con gena una cabeza de dragón y luego volvían a dejarse crecer el vello.
            —Más tarde —retomó el rey— surgieron otros adoradores del dragón más fanáticos y violentos que se extendieron por todo el mundo. Pero hacía muchos años, como he dicho antes, que no se sabía de ellos. Lo que sí sé a ciencia cierta es que Diego de Pedrosa no es un adorador del dragón.
            De improviso llamaron a la puerta y un sirviente entró algo apresurado.
            —Mi Señor Bermudo, acaba de llegar un mensajero del castillo del Señor Ramírez. —Éste, al oír al sirviente, se puso en pie como si le hubieran pinchado en el muslo.
            Se miraron todos entre sí.
            —Hazlo pasar.
            El mensajero entró al poco rato, inclinó la cabeza en señal de saludo y sin esperar a que le preguntaran comenzó a hablar.
            —Hace tres noches, en la torre fronteriza alguien entró y mató a los guardias. Por la mañana uno aún vivía y le dijo al jefe de la guardia que los asaltantes habían hablado de volver a Fomalhaut. He venido tan rápido como he podido mi Señor —dijo dirigiéndose a Ramírez.
            —Lo sé —afirmó el Señor de la zona este y acto seguido miró a Bermudo.
            —No hay tiempo que perder en charlas. Hay que reaccionar. —Cerró los ojos y meditó unos segundos. El silencio llenó la estancia—. Laínez, prepara un grupo de medio centenar de hombres bajo el mando del mejor capitán. Prepararé un escrito y se lo llevarán en persona a Diego de Pedrosa. Por otro lado, Ramírez, quiero que regreses a tu señorío para que estés con tu gente y te encargues de buscar a esa joven y evitar que cometa una locura.
            El Rey salió del salón seguido de su senescal. El Señor de la zona este se despidió de los otros Señores y también abandonó la estancia.
            Martín, Nuño y Gonzalo se quedaron en silencio, pensativos, a la espera

            Cuatro días más tarde, la compañía que viajaba hacia Cerriyuela fue interceptada por un numeroso grupo de hombres del monarca de Fomalhaut pertenecientes al castillo próximo a la frontera.
            Durante esos cuatro días no hubo ataques. Durante esos cuatro días nadie observó las palomas que al anochecer sobrevolaron Adhara.

            El capitán al mando de la embajada le entregó al Rey el mensaje de Bermudo.
            Diego de Pedrosa despegó el lacre, desenrolló el pergamino y leyó con detenimiento.

“De Bermudo Rey de Adhara a Diego de Pedrosa
con todos los respetos que la alianza merece.
Con motivo de los últimos incidentes ocurridos en mi 
reino y ante
la extrañeza que me produce el hecho de que 
vos estéis detrás
de todo esto, os envío este mensaje 
para que aclaréis la situación.”

             El Rey de Fomalhaut miró al capitán de Adhara y preguntó.
            —¿De qué incidentes habla tu rey?
            El guerrero relató al soberano lo ocurrido en los últimos días. Diego de Pedrosa parpadeó incrédulo y miró al capitán de su guardia. Este se encogió de hombros.
            —Un grupo de hombres te acompañará hasta donde está tu Rey y le dirás que quiero reunirme con él. Tus hombres se quedarán aquí retenidos mientras tanto.
            —¿Por qué, Señor? —preguntó el hombre de Bermudo.
            —También en mi reino han ocurrido incidentes. Gentes fieles a mí han muerto y han aparecido colgantes con inscripciones en tu lengua. Luego aparecéis en mi territorio armados hasta los dientes. ¿Qué quieres que piense?
            —Veníamos tan armados porque no sabíamos qué podíamos encontrarnos. Os pido que dejéis marchar también a mis hombres.
            —Se hará como he dicho —espetó el rey—. Y partiréis cuanto antes.
            Dicho esto se giró y abandonó el amplio salón donde se encontraban.

            No habían transcurrido ocho días cuando los dos monarcas se saludaban en una de las estancias privadas del castillo al que Diego de Pedrosa se había trasladado a la vista de lo acontecido.
            —¿Qué está pasando Diego?
            —Creo que alguien juega a confundirnos Bermudo.
            Estuvieron hablando largo rato, buscando soluciones, dando palos de ciego, y al final, acordaron reforzar las guardias y las fronteras y estar en contacto permanente.
            Cuando se despidieron lo hicieron con la intención de hacer todo lo posible por mantener la alianza en la que habían puesto tanta ilusión.

            Durante esos días hubo gentes que se movieron en las sombras de la noche, con intriga y cautela, reuniéndose y comprando favores.
            Ya en tierras de Adhara, la comitiva real vio como se les acercaba un hombre a galope. Era un mensajero de la zona este que al llegar frente a ellos descabalgó y se inclinó ante su Rey.
            —Mi Señor, traigo un mensaje del Señor Ramírez, requiere vuestra presencia para intentar calmar a las gentes, pues aunque en estos últimos días no ha habido asaltos, él no ha conseguido apaciguar esa rabia que amenaza con desatarse.
            Bermudo le pidió a Laínez que fuera él en su nombre ya que tenía importantes cosas que hacer en la capital y mucho por organizar después de la conversación mantenida con Diego de Pedrosa. Así que el mensajero y el senescal partieron de inmediato hacia la casa torre del Señor del este.
            Dos días después y mientras la comitiva cabalgaba bordeando unas tierras de labranza, los campesinos dejaron sus aperos de labranza y cogieron arcos y ballestas.
            Asaetearon a todos y se aseguraron de que ninguno, especialmente el Rey Bermudo, quedara con vida.
            Los pastores que hallaron los cuerpos corrieron a la capital del reino a dar la noticia. Noticia que se extendió como un viento huracanado a todo lo largo y ancho de Adhara.
            Cuando Laínez se enteró, se sintió caer en un pozo de infinita profundidad y densa oscuridad, pero, aún así, cabalgó hasta Adhara pues era allí donde realmente debía estar.
            Era el séptimo día del primer mes de invierno. Un Rey había sido asesinado y nadie entendía nada.

            Los hechos que de esta forma ocurrieron marcaron un antes y un después en el devenir de los reinos de  Antik´va . Los reyes se removieron inquietos en sus tronos ante la muerte de uno de ellos. Aunque quizá lo que más les intranquilizó fue el rumor que se extendió de este a oeste y de sur a norte: la llegada al continente de Jimeno, a quien apodaban La Bestia. Posiblemente a quien no le afectó esta llegada fue al envidioso heredero Villahermosa.

            Pero cómo influyó la aparición de este personaje y los sucesos que vivió Adhara a partir de ese momento, es sin duda parte de otra historia.


por Hugo Larrazabal