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         La roca de la encina
 

            No podían comprenderlo, avanzaban de manera impasible, con los orgullosos estandartes erguidos hacia el cielo. Cuantos más mataban más acudían. Sus tropas eran numerosamente aplastantes respecto a las de ellos. 
            Muchos cántabros habían caído bajo las sandalias romanas, pero esto no impedía que siguieran defendiendo con atroz ferocidad aquello que consideraban lo más preciado de todo: su santa tierra, la Roca de la Encina. Un menhir sagrado a la sombra de una vetusta encina que le abrazaba con retorcida pasión. Ya estaba allí cuando ellos llegaron, núcleo de mitos, amores y odios. Ojo ciclópeo que los había observado crecer y madurar en una ardua tierra, no apta para hombres débiles. Donde se habían hermanado con el oso, el lobo y la rapaz, donde habían plantado la semilla de la vida y  la habían acompañado en su crecimiento, donde las aguas cantaban para ellos y la esmeraldina hierba los mecía en su profundo sueño de libertad. Y, ahora, todo esto caía bajo el paso del titán conquistador. Mas sólo una palabra cabía en la mente de estos bárbaros guerreros: resistir. Resistir hasta el último hombre o mujer que pudiera empuñar un arma con la que vencer a este nuevo enemigo, del que nada sabían, ni costumbres, ni habla... ni siquiera de dónde venían.

            Ya sólo quedaba un corpúsculo del gran grupo que se había formado en un principio. Llevaban más de cuatro días frenando, en el altozano de la cumbre, las sucesivas oleadas de las disciplinadas cohortes romanas. Un cerro de escarpada superficie que hacía de sí mismo un castro natural ofrecido por los propios dioses de las montañas.  No habría ya más de cincuenta guerreros allí, cincuenta que valían por muchos más; hombres cuya mirada había perdido toda esperanza de supervivencia y sólo pensaban en matar y glorificar a la montaña con la sangre del enemigo. La Roca de la Encina no merecía menos.
            Entre estos valientes se encontraba Rueco, íbero de las tierras del sur que no había aceptado las imposiciones del estandarte romano, blandiendo su férrica falcata, impregnada en las vísceras de cien legionarios caídos, con el peto de cuero rasgado por los golpes de las pilum y las gladius romanas, con los pies agrietados por la pérdida de las sandalias y con su corazón a punto de estallar por el fragor de la batalla. Se había unido a ellos huyendo del sur, quizás buscando la respuesta a una pregunta no formulada, y por un tiempo creyó encontrarla, hasta que de nuevo aparecieron los hijos de la loba.

            Estaba anocheciendo, el gran ojo de la diosa Luna, en toda su plenitud y belleza, los observaba con orgullo y con una melancolía que rayaba la ternura. A Rueco le pareció fascinante e incluso lujuriosa... podría ser la última vez que la admirase, así, en toda su magnificencia. Por unos momentos se sorprendió así mismo riéndose de satisfacción, la satisfacción de haber llamado la atención de semejante belleza divina. ¡Por los dioses, merecía la pena luchar por momentos como ese!
            Entrada ya la noche los guerreros fueron durmiendo por turnos, a pesar de la plateada luz los romanos, probablemente, no atacarían en esas horas.
   
         Rueco fue saludando a sus compañeros hasta que encontró a su amigo Gurta. Éste le había recibido y hospedado en su casa cuando Rueco llegó a su poblado hace ya unos años. Desde ese momento, entre ellos, se forjó una amistad casi tan fuerte como el yunque de un enano del subsuelo. Rueco, en silencio, se sentó a su lado, con la espalda apoyada en un bloque calizo. Pasaron así, sin decirse una palabra, un buen rato. Ambos apreciaban la quietud de esos momentos.
            ¿Has contemplado la Luna, Gurta? Su belleza es casi insultante, ¿no te parece?
            Gurta esbozó una débil sonrisa.
            Si, la Luna... -respondió con melancolía. Mira allí arriba, ¡cómo se funde con la Roca de la Encina! Hacen el amor para insuflarnos fuerzas para mañana, para que podamos vencer a nuestros enemigos.
            Sus claros ojos se dirigieron hacia los de Rueco. Los dos tenían horribles heridas por su cuerpo. El brazo izquierdo de Rueco había sido abierto de un tajo desde las primeras horas de la mañana. Había perdido mucha sangre. Gurta, semidesnudo por sólo un taparrabos, tenía la cara casi desfigurada por los golpes recibidos, parte de su cuero cabelludo habíase cortado por un temible ataque de un legionario que le había destrozado un ojo. La sangre, suya y ajena, le cubría por entero.
            Deberías comer algo dijo Rueco ofreciéndole unas raíces. Hoy todos hemos luchado con valentía pero muchos han caído... ¿qué es lo que esperan de nosotros los dioses?
            No hubo respuesta por parte de ninguno.
            Duerme, mañana será un gran día propuso su camarada con una débil mueca de dolor.
            Se estrecharon la mano con fuerza, sintiendo las invisibles energías que unen a los hermanos de guerra, e intentaron descansar como pudieron.

Al despertar Rueco notó el frío contacto de la nebulosa niebla, lo cubría todo, sin dejar ver el valle donde se expandía la legión. Todos se temían lo peor. Incorporándose cerraron los puños alrededor de sus armas y escudriñaron a través del gris tapiz, levantado con seguridad por algún vengativo espíritu del bosque. Hubo momentos de silencio, eternos momentos casi tan largos como la vida misma, hasta que las primeras pilum chocaron contra la primigenia caliza que resguardaba a los salvajes guerreros. Tras ellas llegaron los primeros legionarios, que avanzaban prácticamente sin saber bien lo que se iban a encontrar y donde su corta carrera militar terminaría en la hoja del hacha, la punta de la lanza o el filo de la falcata de Rueco. Los gritos de guerra de los Cántabros llegaron, una vez más, a las paredes rocosas de las montañas circundantes, haciéndoles parecer aún más temibles. No eran guerreros los que allí había, sino tormentosos gigantes. Con asesina sed empezaron a hendir cráneos, mutilar extremidades y a bañar de rojo la piedra y la hierba indomable.
            La falcata de Rueco pinchó la garganta del legionario hasta el pomo, al sacarla una cascada carmesí bautizó nuevamente a la legendaria roca. El soldado imperial cayó de rodillas intentado desesperadamente taparse la herida. Entornó los ojos hacia arriba, como pidiendo clemencia de su enemigo, pero sólo encontró la afilada hoja ibérica descendiendo con endiablada furia sobre su cabeza. Rueco levantó la vista y miró en su derredor. Casi todo el combate se concentraba en un solo punto de la escarpada ladera. Allí, en posición ventajosa, los cántabros mantenían la defensa con uñas y dientes. La caprichosa morfología del terreno era un regalo divino que obligaba a los legionarios a subir por ese punto, si no querían despeñarse, en pequeñas oleadas. Los bárbaros cantábricos arrojaban lanzas, hachas, piedras que aplastaban hombres enteros e incluso los cuerpos de sus enemigos muertos. La vanguardia era una bestial locura de sangre, gritos de guerra y dolor y furia en su estado más puro. Los invasores llevaban mucho tiempo pensando que no luchaban contra hombres sino contra los mismos dioses de esa endiablada tierra a la que los habían mandado a morir.
   
         Rueco se volvió a unir a sus compañeros de batalla saltando de roca en roca, rugiendo cual bestia de siglos pretéritos. Aprovechando el impulso desenfrenado que llevaba golpeó temiblemente en la clavícula de un joven legionario. La falcata quebró huesos y cortó carne hasta los riñones. Allí quedó su corta vida.
   
         Debido al ímpetu del ataque Rueco trastabilló y cayó al suelo. Mientras rodaba sobre sí mismo observó que un romano de talla considerable y numerosas cicatrices en su rostro se acercaba con ojos desorbitados; seguramente un veterano de la cohorte que atacaba en ese momento. No le daría tiempo a defenderse del inminente ataque y sintió rabia y vergüenza de morir de aquella forma. Ya veía la espada corta clavada en su frente cuando surgió, rápido como el rayo, un escudo de vivos colores de su lateral izquierdo. Era Gurta. No perdió el tiempo en agradecimientos, Rueco lanzó, aún en el suelo, una estocada hacia delante que se clavó en el muslo del veterano. Éste se echó hacia atrás, aguantando el dolor con gallardía espartana. Se le unieron dos legionarios más. Uno de ellos lanzó su jabalina o pilum hacia Rueco, que pudo esquivarla volteándose sobre las mismas rocas. Gurta se encaró con los dos nuevos aullando cual frenético lobisome.
   
         ¡Muerte a los enemigos de la diosa! el desgarrador grito de Gurta se alzó por encima de los estruendosos ruidos de la batalla, llegando más allá de los cerros donde tenía lugar. Todos lo escucharon y todos repitieron al unísono:
            ¡¡MUERTE A LOS ENEMIGOS DE LA DIOSA!!
            Muchos legionarios cayeron en esos momentos, espíritus del bosque se habían apoderado de los cuerpos de muchos cántabros, insuflándoles una hercúlea fuerza que destrozaba y cortaba las mallas romanas como si se tratasen de simples vestiduras.
            En un lugar del enfrentamiento un centurión apuntó con su espada hacia donde se encontraba Gurta.   
            Rueco, limitándose a parar los continuos tajos que le dirigía el veterano legionario, también se aprovechó de tal estado de frenesí colectivo y golpeó de revés con la rodela, abriendo un amplio arco que llegó a dar en la mandíbula inferior de su contrincante, astillándola en mil partes. En el siguiente ataque le cortó el antebrazo derecho y seguidamente le atravesó el pecho repetidas veces. La sangre le hervía como nunca lo había hecho en sus venas, se sentía inmenso, poderoso, invencible, pero un vacío se produjo en su abdomen cuando, de soslayo, contempló cómo unas seis pilum se clavaban en el cuerpo de su camarada hermano. Nadie podría resistir tal herida. Riéndose, lleno de fuerza y gloria, Gurta alzó los brazos hacia el cielo. No paraba de reír. Los seis portadores de las jabalinas llegaron hasta él y lo destrozaron a cuchilladas. Sin previo aviso una avalancha endiablada de cántabros los arrasó literalmente. Rueco se encontraba entre ellos, llorando, pero no por el dolor de su amigo sino por envidia de su alegría antes de morir. Gurta sería recordado gloriosamente en el futuro.

A pesar de la ferocidad bárbara los romanos eran demasiados. Se vieron obligados a retirarse hacia atrás, una y otra vez. Eran fieras acorraladas que atacaban y se retiraban como podían. Ya nada importaba, la cuestión era a cuántos podrían matar antes de caer. En cada retirada alguno caía atravesado bajo el hierro romano, pero ninguno de ellos perdía un ápice de valentía y sed de sangre.

Con el sol ya bajo los pocos que quedaban se encontraron alrededor de la Roca de la Encina. En lo más alto de la cima rocosa, esperando la llegada en estricta formación de la legión romana por todos los puntos cardinales. No tuvieron que esperar mucho, al momento allí estaban, dos centurias se acercaban a ellos con espléndida formación en cuadrado o tortuga, formando un muro de rectos escudos atravesados con las pilum hacia delante y hacia arriba. Una formidable armadura humana. Avanzaban sin parar, no habría piedad ni cuartel.
            Aún sabiendo que ese era su final, ninguno de los allí reunidos titubeó. Todos se exhortaban recordando las hazañas de los camaradas caídos.
            Rueco, con Gurta en su recuerdo, levantó la falcata por encima de su cabeza y desgarró su garganta con un salvaje rugido al que acompañaron todos los demás. Algunos de los cántabros, sin dejar de gritar, se abalanzaron hacia las primeras filas como auténticas fieras, abriendo esporádicas brechas. A pesar de ser atravesados por las lanzas seguían luchando, sembrando la muerte a su alrededor. Ya no eran hombres, habían recobrado el salvajismo primigenio que en un tiempo los había igualado con las demás fieras del bosque y la montaña. Allí Rueco vio la respuesta que tanto había buscado durante años, la vuelta a los orígenes de lo salvaje y lo primitivo, donde el fluir del cosmos no iba en una sola dirección y la naturaleza era un orden perfecto dentro del caos. ¡Riendo se abalanzó hacia el combate! Golpeando y golpeando, creyendo ser lo que realmente era: un antiguo dios olvidado por la conciencia de los demás hombres. Un verdadero ser humano.


por Jesús Chacón Rodríguez