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         NOTA: tanto este relato como los otros pertenecientes a la saga de Nergal, pueden leerse de manera independiente, aunque si los lees seguidos podrás apreciar la evolución del personaje, el desarrollo de personajes secundarios, etc. Así que si este es el primer relato que lees de esta saga, mejor que mejor.

 

          El reto (saga de Nergal, episodio I)
     

            Hacía frío. No. Sostener esa afirmación sería no sólo estúpido sino, además, muy peligroso. La gelidez imperante se abría paso por todos los poros de su piel, hasta alcanzar el interior mismo de sus huesos, escarchándolos de modo que cada agónico paso suponía un dolor tan lacerante en sus articulaciones que la idea de convertirse en una estatua de hielo parecía por momentos de lo más atrayente. La única fuente de calor era su espesa sangre, que goteaba entre sus dedos para caer sobre el espeso manto níveo, derritiéndolo parcialmente durante escasos instantes antes de congelarse a su vez en extravagantes joyas carmesíes. De su boca entreabierta surgían a intervalos irregulares tímidas volutas vaporosas, como símbolo inequívoco de que en su interior aún habitaba un ardiente corazón que se negaba a aceptar su cruel destino.
            Así, vacilante, al borde mismo del límite de la resistencia humana, Nergal avanzaba por la tundra helada de Raajniak. En sus ojos aún brillaba la febril locura de la batalla que un par de horas antes había librado en nombre de su clan contra el poblado enemigo raajniakiri. La expedición de castigo podía considerarse un éxito aunque de su grupo sólo quedara él con vida. Sería un éxito incluso si él muriera. Justo antes de partir junto con sus cuatro compañeros habían concelebrado el ritual que los desligaba de la vida para hacerlos portadores de la muerte. Fue entonces cuando ellos habían muerto y sería entonces cuando él mismo moriría si no lograba sobrevivir al viaje de regreso. Únicamente se habían perdido cinco vidas y del poblado enemigo no quedaban sino restos humeantes, los cuales iban cubriéndose con rapidez por un impoluto sudario blanco. Paso tras paso, con la nieve alcanzando en ocasiones hasta más arriba de sus magulladas rodillas, Nergal volvía a casa.
   
         El viento arremolinaba frente a su vista los dispersos copos, que comenzaban a disminuir en cantidad pero aún constituían una cortina lo suficientemente densa como para que prácticamente tropezara con la embozada figura antes de apercibirse de su presencia. Nergal se detuvo vacilante, con sus inseguras piernas, en dura pugna con la gravedad que reclamaba posesivamente el cuerpo del guerrero, sosteniéndole apenas y un violento e incontrolable temblor asentado en su mano izquierda, la del brazo herido. La tétrica figura que había surgido a su paso era, por el contrario, el paradigma de la inmovilidad. Sentada sobre una roca recubierta por oscuros líquenes parecía haber aguardado en dicha posición desde el inicio del mismo tiempo a que él pasara por aquel paraje de regreso a su hogar.
   
         El guerrero maldijo silenciosamente su mala suerte y se aprestó a enfrentarse al nuevo enemigo que el azar ponía en su camino. Se irguió cuanto su maltrecha espalda le permitió y aferró con su mano sana la daga, que había logrado rescatar del caos de la matanza. Aguardó durante unos instantes con su feroz mirada clavada en la oscura caverna delimitada por la capucha del desconcertante personaje. Sólo el viento, apresurándose por los estrechos corredores y las sinuosas grietas de la pétrea montaña, rompía con su monótono lamento la profunda quietud del atardecer. Entonces, cuando comenzaba a imponerse una pronta acción que rompiera el preocupante bloqueo en que se encontraba, se dio cuenta de un sorprendente hecho que le embargó de gran alivio. Ningún hálito vital surgía de la sedente figura. Ni respiración ni temblor; cualquier sugerencia de animación se hallaba ausente. Nergal respiró aliviado y enfundó el puñal.
   
         El monje, como así parecía indicar el oscuro hábito que lo cubría, había sido, sin duda, sorprendido por la tormenta lejos de cualquier refugio e, imposibilitado de prender fuego por la carencia de combustible en aquel paso de montaña, se había sentado en un trono de piedra para aguardar a la muerte. Nergal consideró por unos instantes la conveniencia de registrarlo para tratar de encontrar algo útil, pero llegó a la conclusión de que nada de cuanto llevara podría aliviar en modo alguno su propia situación desesperada. Dudaba mucho que el religioso portara un arma de cualquier tipo y tampoco la comida podría contarse entre sus tesoros, si algo sabía de los monjes de aquella región. En cuanto al hábito... mejor dejar que compareciera ante su dios decorosamente ataviado. Sus extremidades se encontraban tan rígidas que, para cuando hubiera terminado de despojarlo, sólo jirones de una tela que había probado no ser de gran abrigo quedarían entre sus manos de expoliador. Sin perder ni un segundo más de su precioso tiempo se dispuso a proseguir su camino.
   
         —¿Dónde vas Nergal?
   
         La pregunta lo detuvo en seco. Sin que su mente racional interviniera en lo más mínimo extrajo el arma de su funda y, con la rapidez de un acto reflejo profundamente arraigado, describió con su brazo un arco fulgurante que acabó en el pecho del embozado personaje. La afilada hoja penetró hasta la empuñadura pero ahí acabó todo el efecto que produjo. Un golpe tan violento hubiera debido arrancar al monje de su asiento, lanzándolo hacia la nieve dos o tres metros por detrás de él, pero fue como si hubiera apuñalado un árbol centenario. El impacto casi le desencajó el hombro, por no hablar de los riachuelos de dolor que comenzaron a recorrerle todo el antebrazo desde la punta de los dedos hasta la articulación del codo. La encapuchada figura se limitó a volver su oculta cabeza, clavando su pozo de oscuridad en la crispada cara de Nergal.
            —Dime, ¿dónde vas? —repitió con una voz que no había variado lo más mínimo su entonación. Una voz profunda y en modo alguno desagradable. La voz que se asociaría con un héroe o un sabio.
   
         —Regreso a mi aldea, criatura —le respondió el guerrero expeliendo gotitas de saliva por entre sus cerrados dientes.
   
         —¿Ya no soy un pobre religioso trágicamente atrapado por la tormenta?
   
         —No. Aunque tu historia no tendrá por ello un final menos dramático.
   
         —¿Y cómo piensas reescribirla? ¿Con esto? —preguntó al tiempo que enmarcaba, con ambas manos entreabiertas, la empuñadura que surgía de su pecho. Su voz dejaba translucir una apenas contenida diversión.
   
         Nergal no respondió nada. Sopesó sus opciones y, finalmente, preguntó:
   
         —¿Quién eres?
   
         —Soy la Muerte.
   
         —En tal caso has debido apresurarte mucho para alcanzarme ya que te dejé atrás, entre las ruinas de mis enemigos.
   
         —No hay forma de huir de mí. Antes o después alcanzo a todos.
   
         —¿Qué pretendes? ¿Vas a completar el trabajo que no lograron concluir los raajniakiri?
            —Me complace mucho que no hayas dudado de la veracidad de mi identidad. No es habitual que tal cosa ocurra.
   
         —Mi puñal oscila en tu pecho al ritmo de tus palabras y hasta el mismo musgo sobre el que te asientas aparece marchito y acabado. Además, fui investido como tu emisario, estas marcas lo demuestran —aclaró Nergal al tiempo que señalaba unos extraños motivos zigzagueantes que cubrían cada centímetro de su piel descubierta.
   
         —Mi emisario no. Mi hijo —precisó la Muerte. Y esta vez el orgullo pareció dotar de una extraña cualidad vibrante a su voz.
   
         —Te lo preguntaré de nuevo. ¿Qué quieres de mí? ¿Acaso no he cumplido fielmente con lo que una madre esperaría de su hijo?
   
         —Con creces. No me muestro ante ti para recriminarte nada sino para ofrecerte un regalo. La paz con que soñabas hace unos instantes.
   
         —No has conseguido eliminarme en el poblado como a mis compañeros y has decidido hacer el trabajo en persona. ¿No es así?
   
         —Jamás me concedo a mí misma. Yo soy el premio, no el vehículo con que se gana. Asisto como espectadora a cada fallecimiento y estoy allí, en el instante postrero, para cortar las ataduras finales con el mundo de dolor que se abandona. Únicamente deseaba mostrarte mi agradecimiento. Tus hazañas han captado mi atención. Cada vez que matabas a alguien allí estaba yo para arrebatártelo, cada vez que arriesgaste tu vida allí estaba yo dispuesta a acogerte en mi seno. Tu vida ha sido inusual, me ha procurado un gran entretenimiento, por ello considero mi deber acompañarte en tu última lucha.
   
         —¿Interferirás?
   
         —En absoluto.
   
         —¡Entonces échate a un lado! —le gritó mientras asía el mango del cuchillo y empujaba con su pie para desincrustarlo—. Has hecho el viaje en vano.
   
         —Veremos —contestó la Muerte desde el suelo. Su entonación no había variado lo más mínimo. Seguía siendo calmada y razonable pero, por alguna misteriosa razón, Nergal hubiera jurado que estaba sonriendo.

             La noche se iba cerrando y el frío aumentaba. Los temblores de Nergal eran ya apenas controlables. Sabía que probablemente no llegaría a ver el nuevo día. A su lado, ofreciendo un marcado contraste, caminaba impasible la Muerte. Por si necesitaba más pruebas de la existencia sobrenatural de su acompañante el guerrero había comprobado, cuando aún guardaba fuerzas para atender a algo que no fuera el siguiente paso, que tras ellos sólo quedaba la doble hilera de sus propias huellas. Donde la Muerte posaba su pie, cubierto por los flotantes faldones del hábito, Nergal oía la nieve contraerse y hacer hueco al inhumano pie pero, cuando esa porción de terreno volvía a quedar a la vista merced a su avance, el manto helado aparecía intacto.
   
         Así fueron avanzando durante unos tres kilómetros antes de que la certeza de su próxima muerte fuera haciéndose cada vez más clara en el corazón de Nergal. Este apretó los dientes y prosiguió su avance empecinado, contra toda esperanza. La salvación apareció tan de improviso como poco antes había surgido el desaliento. A unos pocos metros, protegido por una pequeña pared rocosa, había logrado arraigar un árbol. El guerrero sintió renacer las fuerzas en su interior cuando estudió rápidamente la situación. Sin apresurarse se acercó al retorcido tronco y comenzó parsimoniosamente a cortar una de las ramas laterales más gruesas y bajas con su puñal.
   
         La Muerte se quedó a cierta distancia viéndolo trabajar, con los brazos cruzados sobre su pecho y las manos escondidas entre los repliegues de sus mangas. Al cabo de unos instantes se acercó a Nergal.
   
         —Supongo que sabes que a este ritmo te agotarás antes de haber logrado cortar suficiente leña menuda como para iniciar una fogata y suficiente gruesa como para mantenerla.
   
         Nergal no le hizo el menor caso y siguió con sus denodados esfuerzos por desgajar la rama elegida. La Muerte se mantuvo durante unos segundos más cerca de él y posteriormente volvió a asumir su papel de impasible juez, esperando el devenir de los acontecimientos.
   
         Poco después, el guerrero alcanzó su primer objetivo al verse recompensados sus esfuerzos con el crujido que indicaba que había logrado robarle esa rama al árbol. Sin la menor dilación se dispuso a seccionar el leño a, aproximadamente, tres codos de su base, justo donde comenzaba a bifurcarse. En ese punto la rama ya no era tan gruesa pero se trataba de una madera dura y le costó bastante cortarla. Finalmente tuvo en sus manos una vara de resistente madera y de la longitud adecuada para sus propósitos. Si su intención hubiera sido preparar una hoguera con tan escasos materiales sin duda hubiera fracasado, como había vaticinado la Muerte, pero no era ese su propósito. Equipado con la tranca buscó una pendiente poco abrupta y se dispuso a escalar el pequeño promontorio que se elevaba tras el árbol.
   
         Pese a sus menguadas fuerzas no le costó mucho alcanzar el punto que buscaba. Se había criado en unas montañas muy parecidas y prácticamente había aprendido a trepar antes que a caminar. Cuando se volvió para localizar a su acompañante constató que la Muerte, con su negro hábito, aguardaba pacientemente su próxima acción a pocos pasos tras él. No la había oído escalando la pendiente pero, tras lo de las inexistentes huellas sobre la nieve, ya no se asombraba demasiado de nada.
   
         —Observa —le ordenó, al tiempo que introducía el extremo más grueso de la rama en la base de una roca que mantenía un equilibrio inestable justo al borde del declive.
   
         Una vez estuvo satisfecho con el hueco encontrado arrastró con los pies otra piedra más pequeña para que le sirviera de punto de apoyo e hizo palanca con todas sus fuerzas, lo cual, en este caso, equivalía a decir que dejó caer su peso sobre el otro extremo. La masa pétrea osciló ligeramente pero no se deslizó de su emplazamiento ancestral.
   
      —Me imagino que no querrás ayudarme —dijo Nergal entrecortadamente en dirección a la Muerte.
   
         —Lo siento. No puedo —le contestó ésta encogiéndose ligeramente de hombros.
   
         —Lo suponía —añadió Nergal al tiempo que volvía a dejar caer su peso, emitiendo un gruñido, sobre la rama encajada bajo su axila derecha.
   
         En vista de que sus esfuerzos no obtenían recompensa varió de táctica y comenzó a hacer oscilar la rama, siguiendo un ritmo que fue incrementando poco a poco hasta que consideró que había llegado el momento del empujón final. Cuando la oscilación llevó a la roca a su posición más desequilibrada Nergal saltó y se dejó caer sobre el extremo de la rama. Con un violento crujido la madera se rajó despidiendo astillas en todas direcciones, pero ya no importaba. A instancias del último impulso la enorme piedra comenzó a inclinarse cada vez más y, muy lentamente al principio y con mayor rapidez después, acabó volteando sobre sí misma para descender por el desnivel acompañada de unas cuantas de sus hermanas menores, arrastradas por ella en su caída.
   
         Nergal tardó todavía unos instantes en incorporarse. Finalmente se irguió a duras penas y, con gran esfuerzo, recogió los dos trozos mayores que quedaban de su improvisada palanca. Los arrojó justo por donde había caído la roca y se dispuso a descender de nuevo hasta la plataforma donde se alzaba el árbol.
   
         El resultado de su acción no hubiera podido resultar más positivo. La gran piedra había impactado contra el árbol prácticamente en su centro, convirtiendo su tronco en un montón de astillas y separando sus ramas, algunas de las cuales habían sido quebradas por las piedras menores. Ante tal panorama no le costó mucho esfuerzo reunir suficiente leña para alimentar, no una sino incluso cinco hogueras si lo hubiera deseado, durante toda la noche. Finalmente, se conformó con dos pero muy bien alimentadas. Como beneficio adicional de su táctica, entre la pared del farallón y los restos de la improvisada avalancha había quedado un hueco, no muy grande pero adecuadamente protegido contra el viento. Se acomodó lo mejor que pudo y, al calor del fuego, se aprestó a pasar la noche.
   
         —Eres sorprendente. ¿Lo sabías? —le preguntó la Muerte en un momento dado.
   
         —Tenía una ligera idea —gruñó él—. Ahora, si no te importa, tengo que curarme este rasguño del brazo.
   
         Cuando Nergal estuvo convencido de que había hecho cuanto había podido para asegurar su supervivencia se arrebujó entre sus pieles y se dispuso a dormir.
   
         —Lo siento mucho pero sólo hay sitio para uno. Espero que lo comprendas —le dijo a la Muerte poco antes de perder la conciencia.
   
         —Perfectamente, Nergal —murmuró ésta hacia la ya inerte figura del guerrero.

             Nergal se despertó poco después de que despuntara el sol. Recordaba vagamente haberse incorporado durante la noche un par de veces, para avivar las hogueras, pero sus pensamientos no abarcaban mucho más allá. Trabajosamente se incorporó, maldiciendo quedamente por todos y cada uno de los nuevos dolores que descubría, y salió de su improvisado refugio.
   
         El sol brillaba esplendoroso, deshaciendo con su calor los últimos retazos de las brumas matinales. La tormenta parecía haber decidido abandonar, durante unas horas al menos, aquel rincón del mundo, y la naturaleza parecía empeñada en compensar a los afectados por su mal genio de la víspera. Nergal aspiró profundamente y sonrió. Se dio la vuelta para recoger todas sus cosas y reemprender su camino y la sonrisa se heló en su rostro. Sentada tranquilamente sobre los restos del árbol aguardaba impasible la Muerte.
   
         —¿Qué demonios pretendes ahora? ¿Ves aquel hueco entre las dos peñas? Allí me aguardan los vigilantes de mi aldea. Nada podrá impedirme ya que llegue hasta ellos antes del anochecer. Admítelo. Has perdido.
   
         La Muerte se limitó a permanecer inmóvil durante unos instantes. Entonces inclinó la cabeza, como si escuchara, y señaló hacia el bosque que la nueva visibilidad diurna permitía distinguir unos trescientos metros más abajo. Nergal, extrañado, siguió su ejemplo y al poco tiempo escuchó un sonido que le hizo estremecerse de pies a cabeza. El lento y lúgubre aullido de un lobo resonaba entre las montañas llamando a sus hermanos a la caza.
   
         No aguardó a un nuevo aviso. Se aseguró que aún llevaba el puñal al cinto y escogió la rama desgajada que mejor pudiera servirle de maza. Deseó haber dispuesto de tiempo y materiales para improvisar una antorcha pero no se retrasó lamentándose. Aún resonaban los ecos del aullido cuando ya se apresuraba camino hacia el valle donde le esperaban sus amigos.
   
         Se movía tan rápido como podía pero sabía que nunca alcanzaría su objetivo antes de ser alcanzado a su vez por la jauría que le perseguía. Durante la última hora había estado oyendo, cada vez más cercanos, los aullidos de los lobos que le perseguían. En los últimos minutos había empezado a discernir sombras corriendo a sus espaldas, aún demasiado lejos como para distinguirlas, pero aproximándose de forma constante. Había contado cinco animales. No eran muchos para tratarse de lobos pero, en su actual estado de indefensión, eran más que suficientes. Poco después llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era elegir el escenario más adecuado para su enfrentamiento y se detuvo, jadeante, para analizar la situación.
   
         Tras unas cuantas inspiraciones profundas se irguió un poco y examinó los alrededores. Ligeramente a su izquierda se encontraba la Muerte, tan impasible como siempre, sin mostrar el menor signo de cansancio por la carrera realizada, aguardando simplemente su próxima acción. Nergal trató de ignorarla aunque en ese momento la odiaba con todas sus fuerzas. Estaba dispuesto a derrotarla pero para ello no debía atacarla directamente, igual que ella no le atacaba a él. Tendría que frustrar sus esperanzas de atraparlo y para ello debía vencer a los lobos.
   
         A poca distancia observó como un arroyo había escarbado a través de los siglos un profundo lecho en la montaña. Sopesó los inconvenientes de quedar atrapado y las ventajas de recibir los ataques sólo por un frente y, finalmente, decidió que sería allí donde se enfrentaría a su destino.
   
         Bajó hasta el torrente, por un lugar donde las orillas no eran excesivamente escarpadas, y comenzó a encaminarse en la dirección en que éstas se hacían más abruptas. Quería ante todo eliminar vías de ataque a sus perseguidores. Así avanzó durante unos cincuenta metros, saltando entre las rocas en aquellos puntos en que la garganta se hacía tan angosta que apenas podía descender el riachuelo. Durante el deshielo aquella corriente de agua debía de convertirse en una masa rugiente y espumosa pero apenas era el inicio del invierno y por aquel camino sólo discurrían unos dos palmos de agua, alimentados quizás por algún estanque subterráneo.
   
         Comenzaba a pensar que no iba a encontrar lo que buscaba cuando súbitamente, tras una revuelta, llegó hasta un remanso helado. En este punto el agua se expandía hasta ocupar toda la superficie de la garganta, una superficie circular, de unos veinticinco codos de diámetro, flanqueada por impresionantes paredes de piedra. El frío había comenzado a congelar la superficie aunque, en aquella época de la estación, aún no debía constituir una capa muy sólida, especialmente en el centro. Con sumo cuidado se desplazó, arrastrando los pies por el borde del remanso, donde el hielo era más grueso, y alcanzó el otro extremo. Una vez allí asió con fuerza la tranca y se dispuso a esperar. A sus espaldas la Muerte, que había alcanzado tal posición de un modo que Nergal no podía precisar, se dispuso a hacer lo propio.
   
         La espera no resultó larga. No tardaron mucho en oírse los ruidos propios de la persecución: un sordo gruñido, un chapoteo, una piedra rozada... Poco a poco fueron asomando sus babeantes hocicos cuatro enormes lobos al otro lado del remanso. Se les veía escuálidos. La vida no parecía haberlos tratado bien durante los últimos días. Ya no aullaban, sólo gruñían amenazadoramente mostrando los incisivos, con el morro arrugado, las colas tiesas y el pelo erizado. En cuanto dispusieron de espacio suficiente se alinearon para atacarlo desde todos los lados. Nergal se mantuvo atento, con la rama alzada sobre su cabeza, mirando alternativamente a cada animal.
   
         El hambre que dominaba todos los pensamientos de los lobos pudo más que la precaución y, tras unos instantes en que adoptaron posturas amenazadoras, comenzaron a avanzar por el resbaladizo hielo en dirección al guerrero. Era el momento que Nergal estaba esperando. Aún no habían alcanzado la mitad de la distancia que les separaba cuando, utilizando hasta la última reserva de fuerza, golpeó la costra helada tan lejos como se atrevió a hacerlo. Se oyó un fuerte crujido y una red de finísimas grietas comenzó a expandirse desde el punto de impacto. Nergal continuó golpeando insistentemente el hielo y, cuando las grietas adquirieron inercia propia en ese punto abriéndose inconteniblemente, pasó a golpear en otro lugar, un poco a la derecha, retrocediendo unos pasos para no caer en el agujero que estaba abriendo.
   
         Los lobos reaccionaron de forma desigual. Si se hubieran lanzado a la carrera hacia Nergal quizás hubieran llegado antes de que el hielo se quebrara por completo, y si hubieran retrocedido indiscutiblemente se hubieran puesto a salvo, pero el hambre constituyó un poderoso freno al instinto de supervivencia y dudaron sobre cual sería su curso de acción. Con un crujido final particularmente fuerte una inmensa grieta recorrió longitudinalmente toda la superficie del remanso y el agua comenzó a filtrarse por ella. Los lobos, con las orejas pegadas al cráneo y el rabo entre las piernas, parecían aturdidos y perdieron el interés por su presa. Súbitamente una porción del hielo sobre la que se mantenía inseguro uno de los dos lobos que habían optado por un ataque más frontal pivotó sobre sí misma enviando al animal hacia el fondo del remanso, a no más de cuatro codos, aunque el peso del hielo hizo que no volviera a la superficie.
   
         El segundo lobo que se encontraba en el centro del círculo se lanzó a una loca carrera hacia delante. Casi había alcanzado la posición de Nergal, aunque lo ignorara por completo, cuando fue a caer sobre uno de los lugares donde éste había iniciado la rotura de la superficie helada. En este caso no hubo aviso, ni grietas extendiéndose ni porción de hielo volteando, el animal simplemente se hundió hasta casi la altura de las quijadas recibiendo un fuerte golpe en la garganta que lo dejó atontado.
   
         Los otros dos lobos habían sido más afortunados. El de la derecha asistió aturdido a la desaparición de uno de sus compañeros y a los vanos intentos del otro por alcanzar la orilla opuesta. Cuando las grietas comenzaron a extenderse en su dirección, desde donde golpeaba Nergal y desde el agujero central, se orinó y retrocedió rápidamente mientras gemía. Pronto recorrería a la carrera el camino opuesto que había seguido para alcanzar aquel lugar y algunos cientos de metros más hasta el bosque, donde se detendría temblando y exhausto. Pero Nergal no fue consciente de este hecho. El lobo que avanzaba por su izquierda, más hambriento quizás y contando con una superficie más firme, olvidó toda moderación y se lanzó como una flecha en dirección a Nergal con el único deseo de matar excitando sus nervios.
   
         Nergal apenas tuvo tiempo de voltear su arma y golpear en la cabeza al animal, que se lanzaba sobre él con las fauces abiertas, lanzando espumarajos y con los ojos inyectados en sangre. El golpe lanzó al animal contra la pared rocosa haciéndole perder un ojo al restregarlo contra una afilada arista. El tembloroso lobo intentó recuperar el equilibrio mientras sangraba copiosamente por el arruinado lado izquierdo de su cabeza. Lo hubiera conseguido de no ser por la presencia de Nergal que, cegado también por una furia asesina, prosiguió golpeándole, levantando una y otra vez la ya sanguinolenta rama y dejándola caer sin importarle donde impactara. Así hubiera proseguido, hasta mucho después de que la forma de un lobo hubiera dejado de ser reconocible como tal, de no ser por la intervención del segundo animal.
   
         Habiéndose recobrado de la caída, y tras haber logrado auparse hasta terreno firme, la fiera se lanzó sobre Nergal, que ni siquiera se apercibió de su presencia hasta que notó como sus colmillos se cerraban sobre su brazo derecho haciéndole soltar la tranca. Desequilibrado por el impacto el hombre cayó hacia atrás y, hombre y bestia, unidos en un mortal abrazo, cayeron en las gélidas aguas. El frío tuvo la virtud de tranquilizar la excitada mente de Nergal aunque apenas si logró respirar cuando sus pulmones se negaron a contraerse. Mientras trataba de erguirse, asentando sus pies sobre el ceganoso fondo del remanso, utilizaba la mano izquierda para buscar la empuñadura de su daga.
   
         El lobo parecía haber perdido toda iniciativa y su única reacción al inesperado chapuzón había sido morder con más fuerza el brazo de Nergal, aunque sin tratar de desgarrar los tejidos. Utilizando las energías que logró escamotearle a las heladas aguas el guerrero hundió al lobo bajo la superficie con su brazo derecho al tiempo que encontraba el pomo de su arma y la desenvainaba con la mano izquierda. Una vez estuvo preparado extrajo el brazo derecho del agua, sacando también al lobo que seguía haciendo presa en él. En cuanto se vio sobre la superficie el animal sólo pensó en obtener oxígeno y abrió sus mandíbulas, momento que aprovechó Nergal para incrustar su daga en el cuello del lobo. Lo acuchilló todavía tres veces más antes de que las aguas enrojecidas se cerraran sobre su cuerpo agonizante.
   
         Tiritando y con los labios amoratados Nergal se dirigió hacia una zona más firme, trepando a duras penas hasta alcanzar un terreno seco. Fueron sólo tres pasos pero necesitó de toda la fuerza de voluntad que pudo reunir para darlos. En cuanto estuvo fuera se desprendió de sus ropas mojadas y comenzó insistentemente a darse friegas tratando de recuperar la circulación en sus extremidades.
   
         —Eso ha sido muy impresionante —dijo súbitamente la Muerte, que había permanecido en un segundo plano hasta entonces.
   
         —Si...sigues ahí, maldita —logró pronunciar entrecortadamente Nergal mientras alzaba la cabeza para mirar en su dirección.
   
         Así fue como logró ver al quinto lobo, al que ya había concedido el rango de quimera de su imaginación, instantes antes de que saltara sobre él procedente del extremo contrario de la garganta. Olvidando en ese mismo instante la rigidez de sus miembros, las magulladuras, el hambre y el cansancio tomó en su mano izquierda el puñal que reposaba sobre el hielo cerca de él y, con mortífera precisión,  lo lanzó hacia su enemigo. El arma, agitando al pasar la túnica de la Muerte a quien el lobo no prestaba la menor atención, fue a clavarse justo entre los ojos del animal que apenas pudo elevarse unos centímetros en el aire antes de caer muerto sobre el hielo. Se deslizó sobre la helada superficie del arroyo hasta casi los pies de la Muerte, que asistía impasible al espectáculo.
   
         Una vez se hubo asegurado que el animal estaba verdaderamente muerto Nergal cerró los ojos y se permitió un largo suspiro mientras su corazón trataba de recuperar un ritmo más normal. Los abrió a tiempo de comprobar como la Muerte iba volviéndose traslúcida. Nergal sonrió.
   
         —Te he vencido.
   
         —Sí, por ahora —le contestó la Muerte.
   
         —No has podido llevarme contigo.
   
         —Yo no decido sobre quien ha de vivir y quien debe morir. Sólo estoy allí para cortar los lazos del finado con su anterior existencia —aclaró de nuevo la desvaneciente figura.
   
         —¿Por qué has estado entonces rondándome todo este tiempo sino para asegurarte que yo moría?
   
         —Hasta la vista, Nergal, pronto volveré a verte —comentó la Muerte eludiendo su pregunta—, ya sea para ser testigo de tu posible muerte o de la de tus enemigos.
   
         —¡Dime Muerte! —gritó Nergal a la cada vez más insustancial presencia—. ¿Habría sobrevivido si no te hubieras manifestado para retarme?
   
         Pero para entonces ya estaba hablando con el espacio vacío.
   
         Sintiéndose extremadamente cansado Nergal se incorporó, tomó sus húmedas ropas y se dispuso a buscar el camino hasta su aldea.


por Sergio Mars