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         El lago de Levanim
 

            La ancha espalda del guerrero se encorvaba hacia delante debido a la fatiga. Los anchos hombros estaban alicaídos y la mirada del jinete se hallaba perdida en el cuello de su montura.
   
         Hacía muchos días que caminaba perdido por aquel desierto de Tangren, e ignoraba cuanto le faltaba para alcanzar el legendario oasis de Levanim. Ni tan siquiera estaba seguro de que existiese realmente. Nadie había atravesado jamás aquel interminable desierto para contar que había de cierto en aquella leyenda. Anuk se preguntaba incluso como podía existir  algun rumor cuando nadie había sobrevivido nunca a semejante viaje para propagarlo.
   
         El viajero levantó la vista al tiempo que usaba su mano para cubrirse del violento sol que le cegaba y abrasaba su piel. Una bandada de enormes buitres revoloteaba en torno a él, esperando el momento en que las fuerza le abandonaran por completo para comenzar el festín. Por lo cerca que volaban, Anuk sintió el temor de que pudieran atacarle incluso antes de que se detuviese. Estaban impacientes e incluso parecían percibir la debilidad en su cuerpo.
            Las patas de su montura se hundían en la finísima arena, haciendo que el caballo hiciese verdaderos esfuerzos por caminar. Era evidente que aquel animal no era el adecuado para aquel viaje. Quizá si contara con un dromedario, sus esperanzas aumentarían, pero no era así.
   
         Anuk repasó mentalmente los acontecimientos que le habían llevado hasta allí. Recordó cuando se alistó como mercenario al ejercito del rey Luman para combatir con los odiados Tangires, enemigos de los Aristanos a los que Anuk servía. A su mente volvieron las imágenes de los dias pasados, cuando en un estrecho acantilado fueron sorprendidos por una horda de furibundos Tangires. Anuk había advertido al capitán Turilo de que aquel era el lugar ideal para una emboscada, pero el soberbio capitán desoyó sus palabras arrastrandolos a todos a la muerte. Únicamente Anuk había sobrevivido a aquella carnicería. Pudo huir a través del tumulto, dejando a su paso un rastro de cadáveres.
            Ni tan siquiera había recibido aún su paga. Anuk no se consideraba un desertor por haberse alejado de aquel lugar, hubiese sido un suicidio permanecer allí, pero estaba convencido de que los Aristanos le hubiesen tratado como a tal. Horribles torturas esperaban a los desertores antes de la muerte. Tampoco podía seguir hacia delante, pues para los Tangires seguía siendo un soldado Aristán.
   
         El único camino que podía alejarle de aquella guerra era el temible desierto Morisalam, cuyo nombre significaba “Muerte cierta” en un antiguo dialecto estigio.  
            Ahora Anuk se daba cuenta de que esta opción era tan mala como la que inicialmente había desechado. Incluso su voluntad de hierro flaqueaba ante las interminables llanuras que se perdían en el horizonte. Hacía un dia y medio que había bebido su último trago de agua y el sol reflejado en la arena le quemaba la vista.
   
         Recordó su alegría unas horas antes, cuando un enorme lago había aparecido ante sus ojos. Cabalgó hacia él mucho tiempo sin alcanzarlo hasta que el lago simplemente, desapareció. Su febril mente le estaba gastando horribles bromas y Anuk temió perder el juicio antes que la vida.
   
         Entonces una sombra veloz cruzó el suelo adelantándole y Anuk volvió a levantar la vista hacia el cielo. Mucho más alto que los buitres volaba un enorme ave de brillante plumaje que Anuk no conocía. Parecía un águila, pero era más grande.  
            Anuk siguió con la vista al bello animal que a gran velocidad se alejaba en dirección noroeste. El guerrero tomó la dirección que le indicaba. No estaba seguro de la clase de ave que se trataba, pero no era un buitre y por lo tanto necesitaba agua para beber. Si había alguna posibilidad de encontrar algún oasis era siguiendo la dirección de aquel animal. Pero era muy rápido. El ave podía alcanzar el ansiado lugar en horas, pero para Anuk podía estar a días o semanas de distancia. Aún así era su única posibilidad.
   
         El guerrero siguió dirección noroeste confiando en que el pájaro no hubiese variado su dirección una vez fuera de su visión.
   
         Un dia y medio después, la situación era desesperada. Anuk se encontraba recostado sobre el lomo del animal, incapaz de mantenerse erguido y su montura perdía pie cada pocos metros. Anuk hizo un esfuerzo por levantar la vista. Su rostro estaba cubierto de ampollas y le martilleaba la cabeza debido a la fiebre. Es tan buen lugar para morir como cualquier otro, pensó Anuk en pleno delirio.
            Entonces, en la lejanía, vió algo. Le costaba distinguirlo, pero parecía vegetación. Anuk entrecerró los ojos incrédulo. Sí, efectivamente ahí había algo. De pronto pareció recobrar fuerzas debido a la esperanza. Bajó del caballo, incapaz de aguantar el lento ritmo que el animal llevaba. Al poner pie en tierra, sus piernas fallaron y dio de bruces contra la arena. Con un esfuerzo titánico volvió a levantarse, y situándose delante del animal cogió las riendas y tiró de él para hacerle caminar más deprisa.
   
         A medida que se acercaban, Anuk vio como aquella mancha verdosa iba tomando la forma de un oasis. Un precioso paraje de color verde lleno de vida. Muchas aves idénticas a la que había seguido revoloteaban por encima de los árboles. Anuk repasaba mentalmente sus olvidadas oraciones a todos sus dioses, rogando que aquél no fuese otro de los espejismos que le habían martirizado hasta entonces.
   
         Las dos tambaleantes figuras alcanzaron el ansiado paraje en lo que a Anuk le pareció una eternidad. Una agradable sensación de frescor invadió su cuerpo cuando la sombra de las primeras palmeras le protegió del sol y sintió en su cuerpo el frescor que aquel húmedo paraje desprendía.
   
         Anuk ignoraba si estaba caminando por el legendario Levanim, pero no le importaba. Lo único importante es que iba a sobrevivir. En algún lugar debía haber agua, sin duda, y no había llegado hasta allí para desfallecer ahora. El simple hecho de haber dejado atrás el infierno de fuego le había hecho recuperar una parte importante de sus energias.
   
         Aquel paraje era grande. Hacia tiempo que Anuk caminaba entre la vegetación de aspecto selvático. Entonces sus ojos se agrandaron. Al final del estrecho sendero por el que caminaba, un inmenso claro se abrió ante sus ojos, y justo en medio de aquél, un enorme lago de cristalinas aguas le daba la bienvenida.
   
         Anuk soltó las riendas del animal y corrió torpemente hacia el agua. Sumergió los pies en ella y caminó unos metros hacia dentro. Allí se agachó hasta quedar completamente sumergido y comenzó a beber con un ansia que no podía controlar. Jamás había encontrado tan delicioso el sabor del agua. Bebió y bebió sin control hasta que el ansia dejó paso a la risa. Una carcajada delirante que exorcisaba la tensión y el miedo que había sentido hasta entonces. Había estado tan cerca de morir.
   
         Su caballo también había alcanzado la orilla del lago, y con las patas ligeramente sumergidas bebía del preciado elemento.
   
         Unos minutos después, una vez pasada la emoción inicial, el sentimiento de sed dejó paso a la curiosidad y Anuk miró a su alrededor. Gran cantidad de aves revoloteaban el lugar y escuchaba el sonido de las cacatúas. El azul del lago destacaba entre el verdor de aquel paraje. Sin duda era un bello y paradisíaco lugar.
   
         Con más calma, Anuk volvió a llevar sus manos al agua y las colocó a modo de cuenco para poder beber. Entonces se fijó en la trasparencia de las aguas que mostraban con toda claridad el suelo del lago. Dos piedras de simetrías perfectas llamaron la atención del guerrero mientras bebía. Las miró con atención. Eran de una redondez casi perfecta. Entonces Anuk vio la parte no esférica de ellas. Su mirada se petrificó y comenzó a caminar torpemente de espaldas hacia la orilla del lago, sin dejar de mirarlas. Lo que a él le habían parecido dos piedras redondas, eran en realidad dos calaveras cuyos rostros, casualmente le daban la espalda. Mientras retrocedía, Anuk pensó en que aquellas aguas podían estar envenenadas, o algún animal peligroso podía esconderse entre ellas.  
            Al llegar a la orilla, Anuk tropezó y quedó tendido de espaldas mientras continuaba escrutando las aguas. Entonces una voz a su espalda le sobresaltó.

            -Haces bien por temer, guerrero.

   
         Anuk se volvió con agilidad felina, al tiempo que su mano volaba hasta la empuñadura de su espada sin que ni tan siquiera él se diese cuenta. Frente a él había un anciano de larga barba blanca y cubierto de toscas pieles.  
            -No, no es a mi a quien debes temer, sino a la criatura del lago – habló el anciano con tono reposado.  

            Anuk se volvió de nuevo hacia las aguas, intentando ver entre ellas a la criatura de la que hablaba aquel viejo. Las aguas estaban tranquilas y nada se vislumbraba entre ellas.  

            -¿De que criatura me hablas, anciano? – preguntó Anuk.  
            -De Dragmanatok. La monstruosa criatura que habita el fondo del lago de Levanim. Nada que ocurra dentro del agua escapa a su oído. Pero no debes temer. Únicamente puede moverse por el agua. Fuera de ella estás a salvo. Puedes beber todo lo que quieras, pues es un animal enorme, por lo que acercarse a la orilla no le es posible.  

            De nuevo Anuk fijó sus ojos en el lago antes de volver a interrogar al anciano.

            -¿Quién eres tú? – preguntó.  
            -Me llamo Bel-Samuth y soy el guardián del oasis de Levanim. Hace muchos años, yo también era un viajero como tú. Tenía un negocio en Asulmanan. Osé atreverme a cruzar el desierto de Levanim junto con un pequeño grupo. Eramos mercaderes y transportabamos un valioso cargamento tratando de encontrar una ruta más rápida hacia Tangren. El diabólico desierto nos enloqueció y arribamos a este oasis. Nuestra reacción al llegar al lago fue la misma que la tuya, nos zambullimos en las aguas ignorantes de la amenaza que se oculta bajo ellas. Fue una carnicería de la que únicamente yo salí con vida. Fue lo más alucinante que he visto nunca. Quedé completamente solo. Me sentí incapaz de abandonar este lugar. No me atrevía a volver de nuevo al desierto. Sabía que no sebreviviría yo solo al viaje, así que decidí permanecer aquí y desde entonces me ocupo de avisar a los viajeros del peligro que oculta el lago, para que no vuelva a repetirse una tragedia como la que me sucedió a mí.  
            -Gracias entonces, anciano. Sin duda me has salvado de una muerte segura. Lo único que puedo ofrecerte como pago a tu gesto, es ayudarte a volver a tu tierra. Permaneceré unos dias aquí hasta que me recupere, pero después me internaré de nuevo en el desierto. Casualmente yo también me dirijo a la ciudad de Asulmanan, donde he oido hablar de dinero fácil para un brazo bien adiestrado. Si me acompañas puedo devolverte a tu tierra.  
            -No, gracias guerrero, pero yo soy muy anciano ya para sobrevivir a semejante viaje. Además, he hecho mi hogar de este lugar, y me resultaría muy dificil abandonarlo. De todas formas, agradezco tu oferta e intentaré que tu estancia aquí sea lo más agradable posible. Vivo solo, y siempre es agradable la conversación de un viajero.  

            Durante los dias siguientes, Anuk recobró gran parte de su energia. La caza era abundante, así como la fruta, por lo que encontrar alimento no suponía ningún problema. Bel-Samuth vivia en una pequeña cueva que le protegía de la lluvia y el frio que por las noches invadía el lugar. Sin embargo, Anuk rechazó amablemente guarecerse allí. Para él, el frio no era un inconveniente ya que los años le habían curtido lo suficiente para que no le afectara. El cielo estrellado era un inmejorable techo para él.  
            A veces, por la noche, se sentaban a la orilla del lago y Bel-Samuth le hablaba de la criatura que lo habitaba y que nunca aparecía por la superficie si no era a la captura de comida.  
            Finalmente, una semana después, cuando Anuk se hubo recuperado de sus heridas, decidió que era el momento de marchar. Una noche, mientras compartían un asado de ciervo Anuk le habló de sus intenciones.  

            -Esta será la última noche que pase aquí. Mañana partiré.  
            -No pensarás marcharte durante el día ¿no? Sería un suicidio.  
           -No, amigo – respondió Anuk – no soy tan osado. Lo haré al anochecer, así aprovecharé el frio de la noche para recorrer una parte importante del camino. ¿Estás seguro de que no quieres acompañarme?  
            -No, Anuk, gracias. Mi sitio es ahora este.
           
Aquella noche Anuk, tapado por su manta de pieles contempló por última vez antes de quedarse dormido el fascinante cielo estrellado y la esplendorosa luna llena que aquella noche contribuía a embellecer el firmamento.
            A medianoche, un sonido le despertó. Instintivamente llevó la mano a la espada que reposaba al lado de su lecho y escrutó el lago que quedaba varios metros a su derecha. Pero el sonido no provenía del lago. Había sido algo así como el aullido de un lobo. Era extraño, pues en aquel oasis no había lobos. Anuk se preguntaba que clase de animal podía emitir un sonido tan similar.
            Entonces escuchó el ruido de unos matorrales al ser zarandeados y Anuk se puso de pie de un salto portando en su mano la espada desenfundada. Algún animal se movía entre los arbustos que quedaban frente a él. Podía tratarse de un cervatillo, pero también podía ser alguna fiera salvaje.  
            Entonces Anuk lo vio. Entre los arbustos había unos ojos de intenso color rojo que lo observaban sin el más mínimo pestañeo. Los músculos del guerrero se tensaron al tiempo que su cuerpo se encorvaba en una posición de defensa. Estaba claro que aquellos ojos no eran los de un animal común. El cruce de miradas duró varios minutos, hasta que de pronto, sin previo aviso, la figura oculta en la maleza dio un salto y se abalanzó hacia él a una velocidad tal que Anuk no tuvo tiempo de utilizar su arma y tan solo pudo ver una enorme figura cubierta de pelo que en un instante había caído sobre él haciéndole soltar la espada.  
            Pasado aquel instante, Anuk pudo ver la figura que se había abalanzado sobre él y le clavaba sus garras como cuchillos en los brazos. No era un lobo, aunque tenía cierta semejanza en los rasgos, pero su cuerpo era semejante al humano, con brazos y piernas que le permitían caminar erguido. Era algo así como el lobo-hombre cuyos relatos había escuchado cuando niño sus padres habían querido asustarlo. Pero aquel animal era más temible que el de cualquier relato. Se cara estaba descompuesta en una mueca de odio y sus movimientos eran tan rápidos y tan salvajes que parecía estar poseído por algún demonio. Las uñas le laceraban la carne mientras Anuk trataba de forcejear con él intentando apartarlo. Sin embargo no fue su aspecto lo que más impresionó a Anuk.  
            Lo que le sobrecogió fue comprobar que aquel lobo-hombre estaba vestido con las pieles y ropas de Bel-Samuth.  
            Aquella enorme fiera hubiese acabado de dos zarpazos con cualquier hombre común. Pero Anuk no era un hombre común. Aún así, las heridas que aquella fiera de movimientos nerviosos y compulsos le hacían perder enormes cantidades de sangre a una gran velocidad. En pleno combate, Anuk supo que si no hacía algo rápido la fiera lo despedazaría en segundos. Con los brazos sangrantes por los zarpazos del animal, pronto pudo comprobar que esta no era su mejor arma ya que un segundo después el lobo-hombre había cerrado sus enormes fauces sobre el hombro de Anuk, clavando sus afilados colmillos a gran profundidad.  
            Un escalofriante grito de dolor del guerrero debido a la rabia y el dolor resonó en la noche. El lobo-hombre le había derribado y sobre él continuaba mordiendo el hombro de Anuk moviendo la cabeza de un lado para otro como hacen las fieras salvajes para ensanchar las heridas de la víctima. Las garras del animal habían dejado de desgarrar los brazos para herir ahora el pecho de Anuk.
            Entonces, la mirada de Anuk adquirió un brillo de locura superior a la del animal que tenía encima, y levantó los heridos brazos que habían quedado libres hasta la cara del animal, aferrada a su hombro. Al intentar separarlo de él, y ver que no podía, el guerrero colocó sus pulgares sobre los ojos del lobo-hombre y apretó bruscamente y con fuerza. Los ojos se aplastaron bajo la presión y el lobo-hombre se levantó dejando libre a Anuk. 
            Erguido sobre sus pies el animal se tapaba los ojos con sus garras y aullaba escalofriantemente de dolor.  
            Sin prisas, pues el animal estaba ciego, Anuk se levantó lentamente y fue a buscar su espada. La recogió y se volvió a mirar al lobo-hombre que se tambaleaba con sus ojos inservibles tapados sin saber a donde ir. Con rostro impasible, Anuk levantó su espada y acabó con la vida de la bestia de un solo golpe.
            Segundos después, Anuk debilitado por la pérdida de sangre perdía el conocimiento al lado del cadáver del animal.  
            Cuando despertó por la mañana, Anuk miró el cadáver, intuyendo sin saber porqué lo que iba a contemplar. En lugar del cuerpo del monstruoso lobo-hombre se encontraba el cadáver lacerado por la herida de su espada de su buen amigo Bel-Samuth.  

   
         Dias después, mientras Anuk cabalgaba nuevamente a través del desierto, cargado de agua y víveres hacia la próspera ciudad de Asulmanan, intentaba no pensar en lo sucedido días atrás, aunque no podía evitar imaginarse a su buen amigo Bel-Samuth arrastrando los cadáveres de los viajeros que él mismo había despedazado como lobo-hombre hasta el interior del lago para hacer creer a sus futuros huéspedes que había sido la inexistente criatura del lago la responsable. No era extraño entonces, que nadie hubiese salido con vida de aquel desierto. Está bien, pues yo seré el primero, pensó.


por Francisco Martín Ramírez