Para leer más cómodamente  este texto imprímelo



        Destino  
                          

"Es el mismo camino, que lleva a dos distintos finales. Lo que importa es el sentido..."

            El fuego de la hoguera se eleva hacia el cielo, recortando las figuras de los bailarines contra el horizonte. A su alrededor, danzan, saltan, giran, se agachan, todo en una actividad frenética. Los hombres baten palmas, o tocan sus violines esta noche. Las mujeres, giran sobre sí mismas, haciendo flotar sus largas faldas de brillantes colores, hacen tintinear las cadenas que penden de sus cuellos, caderas y brazos. La música es alegre y hermosa, e inunda toda la llanura.  
            A lo lejos, la luna llena acapara el cielo, plena de misterio y poder, primer plenilunio del año, de connotaciones mágicas. La mullida alfombra de hierba acalla el rumor de las pisadas de su caballo, y si no fuese porque en su visión se iba haciendo más grande la colina, hubiera dicho que su montura galopaba sobre el mismo sitio, sin desplazarse. Ya se acerca al lugar de celebración, y por fin podrá entregar su mensaje, y disfrutar de la fiesta.
   
         La celebración ritual de alabanza a la luna es uno de los más bellos ritos que jamás halla contemplado. Adoraba los cuerpos cimbreantes de las doncellas, que danzaban cubiertas de sudor frente al fuego, con vaporosas telas cubriendo sus formas, dejando apenas entreverlas al contraluz. Cada año esperaba con ansiedad que se volviese a repetir, y cada año se emocionaba tanto como el anterior. Se dejaba invadir por la magia de la ceremonia, por el olor dulzón de las especias que ardían, y sobre todo, agradecía el frescor del alba junto a una de las bailarinas... Pero esta noche, no. Un mensajero a caballo llegaba desde la llanura, y portaba un mensaje. El embrujo desapareció de súbito, y se incorporó, buscando con la mirada a sus hombres, que participaban de la fiesta. Un solo ademán, y ya estaban todos allí, molestos, pero preparados.
   
         - Di, mensajero, ¿Qué nuevas nos traes?- Contempló al mensajero, un soldado de tez pálida, joven, seguramente ya nacido en esas tierras, lejos del lugar de nacimiento de su padre.
   
          - Un mensaje del Obispo, mi señor. Desconozco el contenido.
   
         - Veamos.- Con un gesto rápido, tomó el sobre lacrado, y lo abrió despacio, cuidándose de no romper el sello. 
            La fiesta acabó repentinamente para sus hombres, lo cual no le importaba demasiado. Pero también para él, y eso le irritaba sobremanera. Con gesto adusto, les indicó las órdenes a seguir. Dirigió una mirada lasciva en dirección a las bailarinas, sabiendo que tendría que esperar a otro festival, pues ya no era joven, no lo suficiente como para competir con los chicos de la tierra. Sacudiendo su cabeza, con la esperanza de tenerla despejada cuando la necesitase, se alejó junto a sus soldados del cerro, partiendo en busca del Obispo.

          
- ¡Alvar! - El camino hasta la ciudad era largo, y le corroía la curiosidad. No acertaba a comprender el motivo de tan urgente mensaje.
   
         - ¿Sí, señor?.- Desde el final de la columna de hombres, se acercó el soldado que le había llevado el mensaje.
   
         - ¿Te dijo algo el Obispo antes de partir?- Le miró fijamente. A pesar de su nombre castellano, quedaba patente que era un mestizo, producto quizá de una noche de desenfreno, quizá en uno de aquellos rituales de principios de año. Le observó aún más detenidamente. Tenía algo en la mirada que creía reconocer, quizá su propia sangre. No, se dijo. Eso no es posible. Ella murió.
   
         - En absoluto, señor, tan sólo me recomendó prudencia.
   
         Con un ademán, copiado sin duda de alguno de los caballeros, se recolocó en la silla de montar mientras se echaba la capa hacia atrás. El Capitán vio entonces, por primera vez, los símbolos en la piel del muchacho que indicaban que había sido iniciado por los druidas de su pueblo... No pudo evitar un escalofrío al recordar todas las penalidades por las que había que pasar para ser admitido. El chico engañaba a primera vista...
   
         - Está bien, puedes volver a tu sitio.- Giró de nuevo la cabeza, mirando de nuevo al frente, ignorando al muchacho. Poco después, respiró aliviado cuando éste hubo ocupado de nuevo su lugar, al final de la columna.
   
         Capitaneaba a sus hombres desde hacía veintiún años, desde que partieran de su reino castellano en misión exploradora. Aún recordaba el terrible viaje hacia el este, las penalidades que sufrieron, los compañeros que se quedaron por el camino. Sacudió la cabeza. No era hora de sentimentalismos, pues aquello por lo que habían esperado todo ese tiempo estaba a punto de acontecer. El momento se aproximaba, después de que casi llegara a olvidarlo. Veinte años son muchos. Quizá esa era la razón por la que le martilleaba la cabeza, porque no recordaba haber bebido mucho, dos copas de vino si acaso. Nada para un soldado curtido.
   
         Proseguían la marcha hasta el lugar en el que les citaba el Obispo de Nápoles. Y mientras cabalgaban, no podía dejar de evocar en su mente los últimos recuerdos que tenía del Obispo, un hombre flemático, nervudo, tan tranquilo que podría afrontar la muerte cara a cara sin inmutarse. No salía mucho de su residencia palaciega, así que la razón de este desplazamiento debía ser realmente importante. ¿Sería por fin la misión que les encomendara el Rey de Castilla? Rezó porque así fuera, pues añoraba Castilla, a su esposa y a sus hijos y nietos. Suspiró. Ya se aproximaban.
   
         A pesar de todo, no podía dejar de admirar al Obispo por su habilidad para mantenerse igual de joven que hacía veinte años. Ni una sola cana en su cabello delataba su edad, quizás unos sesenta años. Pero eso lo menos importante. Su vitalidad era mayor a cada año que transcurría. Se preguntó cuál sería su secreto, pero se quedó sin respuesta, pues les condujeron al interior de una mansión de mármol blanco, construida según los patrones romanos. Lujo en medio de la miseria...
   
         - Buenos días, excelencia. Cabalgamos toda la noche para reunirnos con vos.- Mientras hablaba, besó el anillo, que sintió anormalmente frío.
   
         - Habéis tardado menos de lo esperado, Capitán. ¿Acaso sospecháis el motivo de esta comparecencia?- El Obispo sonrió burlonamente.
   
         - En absoluto, excelencia.- Mintió, sonriendo a su vez.
   
         - Lleváis mucho tiempo en estas tierras...
   
         - Veinte años.
   
         El Obispo prosiguió, obviando la interrupción.
   
         - Sé de buena tinta que en ese tiempo habéis adoptado algunas costumbres de estos paganos.
   
         - ¿Perdón?
   
         - La Santa Madre Iglesia todo lo sabe...
   
         Por una puerta escondida tras unas cortinas, apareció un sirviente del Obispo, acompañando a Alvar, uno de sus hombres.
   
         - Pero no os he hecho venir por eso. Tenéis una misión que cumplir, buen Capitán.
   
         La estancia era muy amplia y estaba muy ventilada, pero aún así, no pudo evitar la sensación de que las paredes se le venían encima. Durante un segundo, le faltó aire para respirar. El Obispo se colocó de forma que ambos hombres, capitán y soldado, parecían empequeñecidos ante su figura. Recreándose en la angustia del Capitán, comenzó a hablar.
   
         - Como sabéis esta región ha sido siempre parte del Imperio Astro-Húngaro, Alemana. Pero ocurre aquí como en la Península con los Astur Vascones. Jamás han cedido su terreno montañoso a ningún invasor. Los Cárpatos siguen siendo el refugio de culturas precristianas con sus propios ritos paganos, que, me consta, conocéis a la perfección.
   
         Ante el intento de protesta del Capitán, el obispo sacudió una mano haciéndole callar.
   
         - Pues bien. Hace veinte años, uno de los jefes religiosos más importantes de esta región llegó, acompañado por el santo Oficio, a Castilla, donde nos narró todas las leyendas de su pueblo, transmitidas de generación en generación, oralmente, sin variaciones en muchos miles de años. Por aquel entonces, el Rey, era muy aficionado al esoterismo, que intentaba acoplar a la religión cristiana, para su mayor gloria. Y aquí entráis vos. Bajo el pretexto de una grave ofensa, sois aparentemente desterrado para evitar sospechas. Pero vuestro fin último no os fue revelado. Desde entonces, el rey se arrepintió de lo que había hecho, y trató de olvidarlo, pero últimamente, sus sueños están atormentados por lo que le contó el druida...
   
         - Perdone, pero, ¿qué tiene eso que ver con la misión?
   
         - Vos, impertinente Capitán, sois el encargado de averiguar la veracidad de cuanto se contó aquella noche de hace veinte años. Y aquí, vuestro soldado Alvar, el único mestizo que ha sido educado en la religión de los druidas, será quién os guíe.
   
         Alvar se revolvió en su sitio. No podía rebelar sus secretos. Era cuestión de principios. Derramó su sangre. Empeñó su palabra. Decididamente, no lo haría...
   
         - Vuestro soldado está ahora reticente, pero colaborará. Lo dice la leyenda.
   
         Sin más, el Obispo se marcha por la puerta secreta por la que entrara Alvar, dejando al Capitán desconcertado. Miró de hito en hito a su soldado, preguntándose cuanto sabría. Sin dirigirse una palabra, ambos salieron de nuevo a la luz de la mañana. Nubosa y desapacible.
   
         - ¿Dónde hemos de ir?
   
         - Mi señor, os ruego que no me obliguéis a deciros que no. No me pidáis que traicione a mis ancestros.
   
         - ¿A cuales de ellos, Soldado?- Esta vez hizo especial énfasis en la última palabra, recordándole cual era su puesto entre su única familia.- Porque me consta que eres mestizo. Pues ninguno de los primeros españoles tenía los ojos de ese azul violáceo, y ningún nativo tiene la piel tan oscura.
   
         Mientras argumentaba su Capitán, los demás soldados miraban con una especie de resquemor a su compañero Alvar. No sabían exactamente a qué se referían, aunque los más veteranos sí tenían una idea bastante precisa.
   
         - Está bien, mi Capitán. Así sea. Pero yo tan sólo os acompañaré un trecho. Más allá de las primeras estribaciones, os adentrareis bajo vuestra responsabilidad. Tan sólo deseo, señor, advertir a vuestros soldados...
   
         - De acuerdo. Así se hará.
   
         Alvar se alejó un tanto de su superior, y fue rápidamente rodeado por los demás caballeros, ansiosos por escuchar aquello que tenía que decirles.
   
         - Sois mis compañeros, mis hermanos. Por eso os prevengo de seguir al Capitán allá donde se dirige.
   
         - ¿Y donde es eso?- La pregunta fue recogida por un murmullo de aprobación.
   
         - Se dirige al Monte Prohibido, donde se encuentran las Piedras de la Profecía. Cuenta la leyenda que tienen forma de cruz, y que son capaces de predecir la muerte de aquellos que las visitan.
   
         Entre risas, los soldados comenzaron a realizar comentarios groseros sobre las tradiciones de un pueblo bárbaro tan alejado de la civilización. A gritos, todos ellos juraban seguir al Capitán hasta el mismo infierno, si era preciso. El Capitán sonrió, orgulloso de sus hombres, y dirigió una mirada a Alvar. Se le heló la sonrisa.


"En su cuerpo, en su disfraz, acechando siempre está. El Destino te aguarda..."

  Llevaban horas cabalgando en silencio, montaña arriba. Delante de ellos marcha Alvar El Mestizo, como todos han comenzado a llamarle. El capitán permanece detrás de él, siempre a dos pasos, preocupado por el fuego que viera en su mirada. Pero cuando parpadeó, había desaparecido, así que no sabía si había sido efecto del cansancio.
   
         De pronto, el terreno se hizo casi impracticable. Abruptos barrancos se abrían a uno y otro lado, flanqueados por una fina cornisa, de piedra cubierta de musgo, y por lo tanto húmeda. Alvar detuvo su caballo, asiendo con fuerza las riendas. Se dio la vuelta sobre su montura, y habló.
   
         - Ya hemos llegado. Más allá, - señaló con un dedo la cornisa, que giraba en un recodo a la izquierda, perdiéndose de vista.- cuenta la leyenda que se encuentran las piedras, en un bello jardín de rosas y cipreses. Son todo vuestros.
   
         Los hombres comenzaron a mirarse los unos a los otros, mientras Alvar se apeaba del caballo y se sentaba en una roca.
   
         - Vamos, tenemos que cumplir una misión: No olvidéis qué nos trajo a esta parte del mundo...
   
          Sin detenerse a comprobar si sus hombres le seguían, el Capitán se bajó del caballo y echó a andar por la cornisa. Reticentes, sus hombres comenzaron a seguirle por ella, cautelosos.
   
          El paisaje era hermoso desde las alturas. Frondosos valles se abrían de pronto ante ellos, obligándoles a tomar un desvío. Riachuelos corrían desbocados por las cañadas, con un suave cantar que elevaría el espíritu, o lo habría hecho de no haber estado ellos tan asustados. Tan sólo el Capitán permanecía imperturbable. Los demás habían comenzado a tropezar, con piedras o entre ellos, casi cayendo al fondo de alguno de los valles. Si alzaban la vista al cielo, podían ver cómo más rápidamente de lo que jamás hubiesen visto, se iban formando las nubes de tormenta.
   
          Desde donde se encontraba, Alvar no podía dejar de ver las nubes, que tan sólo se concentraban más allá del camino. Sobre el Monte Prohibido. Eran rojizas, bañadas por el fulgor del anochecer. Meneó la cabeza. Él sabía que presagiaban la muerte de uno de sus compañeros, y en el silencio de su soledad, lloró por él.
   
          Había comenzado a llover copiosamente, de forma que la marcha se había ralentizado. Ninguno de ellos deseaba despeñarse. Avanzaban despacio, agazapados, agarrándose con las manos al suelo, en busca de estabilidad. De pronto, un relámpago iluminó el cielo ante ellos, y entre sombras adivinaron las siluetas de cientos de cruces, enmarcadas por los altos y espigados cipreses. Un estremecimiento los recorrió a todos. Un sudor helado poseyó a la mayoría, y los más débiles de espíritu, enloquecieron. Estos últimos se irguieron, desafiando a la tormenta, y aquellos que no contaron con la suerte de un buen amigo que les agarrase, como el pobre Fernando Villena, fueron empujados hacia atrás. De ellos, sólo Fernando tuvo además la mala suerte de tropezar con un pequeño cascote, que le hizo perder el equilibrio, precipitándose a una caída eterna, angustiosa. Los demás, que habían tenido la suerte de permanecer en sus sitios, pudieron oír el crujido de sus huesos al golpear el fondo, como traído por un viento que se regocijaba con ello, con el terror que les infundía... Rogando a Dios, dándole gracias, llegaron los demás al Monte Prohibido. Asombrados algunos, asustados todos, enmudecieron un instante sus corazones. Allí estaban, desde el principio de los tiempos, las Piedras de la Profecía. Con paso tambaleante, el Capitán se acercó hasta la primera, y apenas pudo evitar el acceso de náuseas... Porque allí estaba Fernando, como si hubiese sido allá donde hubiese caído y no en ningún otro lugar. Yacía boca arriba, con una mueca de horror en la cara, como la del hombre que sabe que se está enfrentando a su muerte, y no puede hacer nada para evitarla. En la Cruz, se podía leer:
           
Fernando Villena, muerto un Martes, 10 de Enero, en el año del Señor 1295.
   
         Un soldado, menos fuerte de corazón que su Capitán, cayó desplomado junto a Fernando.


"Así fue advertido: No penetres el Santuario, pues es mejor vivir en la ignorancia..."

  Bajo un manto de lluvia, el Capitán avanzaba sombrío, rodeando las cruces, pues no eran otra cosa. Sus hombres estaban perdiendo la razón. Muchos estaban llorando, vencidos sus cerebros por la presión producida por lo que vieron. Y es que a veces es mejor permanecer en la ignorancia...
   
          Desolador. Al Capitán no se le ocurría otra palabra. Ya había comprendido el funcionamiento de la Profecía, y alguno de sus hombres antes que él. Cada cruz parecía tener una fecha escrita, aunque sólo debía verla aquel a quien iba destinada. En silencio, sus hombres deambularon por el cementerio, a la luz de los relámpagos... La mayoría ya había hallado sus tumbas. Como loco, el Capitán comenzó a correr de un lado a otro. No encontraba la que suponía su cruz. ¿Porqué?
   
         La pequeña meseta donde se ubica el cementerio está llegando a su fin. Ya apenas quedan un par de cruces. Su corazón late apresurado, empujado por el temor a reconocer la muerte, aterrorizado por la posibilidad de no llegar a verla. Y por fin, llegó a la última cruz. Pero tampoco era la suya. Con lágrimas en los ojos, miró al infinito. Y allí, se le apareció un brillo metálico, apenas a un metro del borde del barranco. Se acercó casi corriendo, y cuando llegó se arrojó de rodillas. Resbaló, contento. Y leyó su epitafio.
   
         Murió joven, el 22 de Enero del Año del Señor 1295. Por su culpa y por mano de su hijo.
   
         Parpadeó sorprendido. ¿Hijo? El no tenía hijos... A no ser... A no ser que en alguno de los festivales de la luna... Se estremeció. Profirió un grito desesperado. Rápidamente, sus hombres se agruparon, y partieron de regreso.
   
          El regreso fue mucho más penoso que la ida. El ánimo pesaba en sus almas, y sus almas pesaban en sus piernas. Numerosos tropiezos, a causa de lo que sabían. Ninguno de ellos había proferido una sola palabra sobre lo acontecido. Todos callaron la fecha de su muerte, nadie dijo nada sobre sus epitafios...


"No culpes a quién te avisó, padre..."

 Por la cornisa, con semblantes serios, apagados, con el terror pintado en sus caras, aparecieron los compañeros de Alvar. Al verlos, se disiparon todas sus dudas. La leyenda era cierta, y no había nada que les salvara.
   
          Nadie estaba de humor, todos habían estado bajo una gran presión. Ninguno de ellos estaba contento por conocer la fecha de su muerte. A todos, aunque no lo supieran, les iba a llegar demasiado pronto, y de una forma solapada, o de forma descarada, todos le echaban la culpa al Mestizo que marchaba entre ellos, con una mirada de desprecio en su mirada. Habían menospreciado sus leyendas, sus creencias, y tres hombres habían muerto ya. Apenas quedaban unos cien con vida. Y muchos menos quedarían para ver el final de la semana...
            
 - Es extraño. Cada uno de ellos se ha enfrentado a la muerte en numerosas ocasiones. Y se enfrentarían a ella muchas más... Si no supiesen la fecha en la que iba a suceder. Pero basta que crean saber con certeza que van a morir para que no sean más valientes que una damisela...- Así pensaba, en voz apagada, Alvar. Se culpaba a sí mismo por no haber sabido evitarlo. Pero había ocurrido, y ya nada se podía hacer...
   
         El regreso a la residencia temporal del Obispo fue mucho menos animado que la ida, incluso funesto. El buen tiempo había dejado paso a la tormentosa llovizna que les perseguía desde las montañas, como una pesadilla hecha realidad...
   
         El viento azotaba la maleza alrededor del camino, los arbustos parecían alargar sus ramas para arañar los rostros de los caballeros. El paso de las monturas era cansino, los rostros de sus amos pálidos y demacrados. La oscuridad les rodeaba era tan espesa que ninguno veía más allá del camino. La niebla les precedía... Así llegaron a ver al Obispo.
   
          - Esperen unos momentos, Capitán. En seguida estará con vos y vuestro acompañante.- El sirviente tenía una mirada desafiante, pero el Capitán pareció no darse cuenta. Miró a Alvar. Nada había de reprochable en su comportamiento. Pero entonces, ¿porqué dentro de él sentía esa maldad y predisposición a odiarle... y temerle?
   
         En seguida fueron invitados a adentrarse en la misma sala que visitaran la primera vez...
   
         - Hola, Capitán. Veo que no se ha cumplido la profecía, pues sigue con vida. ¿Está listo?
   
         Una mueca de sorpresa cruzó el rostro de los visitantes.
   
         - ¿Listo? ¿Para qué?
   
         - Para viajar a España, por supuesto. ¿No lo sabía?- Sonrió, seguramente divertido.
   
         - No.
   
         - Verá. Es parte del trato... Vuestra muerte, a cambio de la vida de vuestro Rey.
   
         Sin salir de su asombro, pronto el Capitán se dio cuenta de que ya no estaba con el Obispo... Se encontraba fuera con Alvar, a un centenar de pasos del resto de sus hombres... Parpadeó. Entonces, un olor penetrante, llegó hasta su olfato, haciendo que el estómago le diera un vuelco... Alvar se le adelantó.
   
         - ¡Azufre!
   
         El Capitán le miró horrorizado, mientras sus hombres se acercaban. Y de pronto, a pesar de que no articuló palabra alguna, supo lo que quería decir Alvar con su mirada...
   
         - No culpes a quien ya te avisó, padre.
   
         Cuando llegaron sus hombres, hallaron a su Capitán en brazos de Alvar, desmayado...              


"El Destino es ciego. Muchas veces, por evitarlo, hacemos que nos encuentre"

La discusión comenzó a tomar carácter épico muy pronto. Los aceros salieron a relucir inmediatamente, y ya habían sido tomadas varias vidas en vano... El Capitán intervino. Alvar permanecía apartado del resto, expectante.
   
          - ¡He dicho basta!- Sus hombres parecieron recobrar la cordura de pronto. Se horrorizaron ante sus actos, y temblaron de miedo al darse cuenta de que los cuerpos de sus camaradas muertos se habían desvanecido...
   
         - Es hora de tomar una decisión. ¿Volvemos a España?
   
         - ¡NO!- Una voz, la de Pedro Mariscal, se alzó entre las demás.- Ese Obispo era el mismo demonio. Vos mismo pudisteis oler el azufre. Si volvemos, pereceremos.
   
         - ¡Quizá debiéramos quedarnos aquí! ¡Quizá así la Profecía no se cumpla!
   
         Al oír mencionar la Profecía, de pronto todas las voces se acallaron. Tras unos momentos de tenso silencio, habló el Capitán.
   
         - La Profecía no es cierta. Nada lo es. Tan sólo han sido trucos... ¡Del Demonio!
   
         Sus hombres, tan desesperados por creer en algo como él, le vitorean, corean sus gritos y esperanzas, y cuanto más escucha Alvar del discurso de su padre, mayor es su decepción, mayor es su desesperanza... Nada le queda por hacer. La responsabilidad no cae ya sobres sus hombros...
   
         - ¡Volveremos a Nápoles, y destruiremos al Demonio, a ese Obispo!
   
         Todos ellos comienzan a moverse como un solo hombre, volviendo al galope sobre sus pasos, desafiando a los elementos para tratar de eludir la muerte... 
   
         ... Y es entonces cuando ocurre... De pronto, al bordear una colina, se encuentran de frente y por sorpresa un grupo de bandidos. Cogidos de improviso, los bandidos, más habituados a situaciones de esa índole, cargan sus arcos mucho antes de que los caballeros lleguen siquiera a desenvainar las espadas... Una nube de flechas atraviesa el poco espacio que aún les separa... Numerosas bajas tienen lugar. Y pronto se establece una extraña lucha, pues la mayoría de los guerreros españoles temen el enfrentamiento directo, pues saben que hoy es el día de su muerte... Y son ellos, precisamente, los primeros en caer, abatidos por la espalda, como animales indefensos... Y los demás equilibran la balanza, diciéndose a sí mismos que no han de morir aún. Y en ese preciso instante, tras una hora de lucha, resuenan los redobles, traídos por el viento, de la campana de alguna iglesia cercana. Esa pequeña chispa es precisamente la que provoca la llamarada de pánico. Sólo un caballero español escapa a la masacre... Se trata del Capitán, que abandona el campo de batalla ileso, pero dolido. Es entonces, cuando se encuentra frente por frente a su hijo, Alvar...
   
          - Todo esto es culpa tuya.
   
         - No. No lo es. Vosotros elegisteis violar el santuario, vosotros decidisteis volver a Nápoles. Habéis provocado vuestro destino tratando de evitarlo, padre.
   
         - ¡No me llames así!
   
         - ¿Porqué no? ¿Acaso no lo eres? 
   
         Por la mente del Capitán se cruzan pensamientos dispares, pero siempre vuelven, una y otra vez a una misma imagen, la de una lápida recortada en la noche, iluminada por la luz de un rayo... Y loco a causa de la visión, sabiendo que aún restan semanas para su muerte, carga contra su hijo. 
   
         El encuentro es descomunal, y Alvar cae de su montura, dislocándose un hombro. Dando una vuelta por el suelo, se incorpora haciendo frente a su padre, que vuelve a la carga. Con un ágil movimiento, desenvaina su espada, observando cómo se acerca su Capitán. Y justo en el instante en que éste le va a golpear, Alvar le finta, logrando descargar un golpe en la lanza de su ahora adversario, haciéndole caer a plomo. La mala fortuna hace que el Capitán quede aturdido unos segundos, pocos, pero suficientes para que su caballo, compañero de mil batallas, le cocee.
   
         Alvar se acerca al moribundo cuerpo de su padre, y observa que aún vive. Con el rostro contrito por el dolor, lo toma en brazos, y parte al galope.              Es duro cabalgar con un peso prácticamente inerte, el de un moribundo, y más si donde te diriges es al Monte Prohibido, pero al final, Alvar lo consigue... Con paso decidido, se adentra en el umbral de la noche. Con tranquilidad, afronta su destino, y porta a su padre en sus brazos, y lo lleva hasta su tumba. A lo lejos, ha visto como se iba formando una cruz. Sonríe, mientras su padre expira. Y se da media vuelta, porque sólo él ha comprendido cual es el verdadero maleficio. El conocimiento, a veces, nos hace cometer imprudencias que de otra forma jamás habríamos cometido...


por Enrique González García