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        Mísera compaña  
                

            Aquel sendero serpenteaba entre las rocas como un joven y espumoso riachuelo que, con la llegada de la primavera, busca un su camino hasta el mar.
            La mañana era apacible y soleada, y una fresca brisa del Norte transportaba hasta los soldados el aroma del mar. En el Este se divisaban los últimos jirones de la tormenta ya pasada, mientras que en el Oeste el cielo era azul y límpido sobre las copas de los árboles cercanos. El camino discurría entre un enorme risco situado al la derecha, y una hilera de altos e incontables árboles a la izquierda.
            Yo, Erethor, caminaba en la retaguardia de la tropa. No era mi primera batalla, quizá tampoco la última. Pero sin duda era la más inhumana, no por la valentía del rival, que era incuestionable, sino por lo que podía significar para mi. La batalla suponía dejar lo que más había querido atrás, aquello que un día me dio luz y cordura, y adentrarme en un sinuoso camino de tinieblas, en cuyo lejano final brillaba tímidamente la luz de la esperanza.
            Y ese viaje había comenzado. Llevábamos catorce jornadas de camino cuando regresaron los batidores. Las nuevas que traían habían preocupado al capitán y al resto de la tropa, y despertaron en mí un miedo como jamás lo había sentido. Pero no era temor a la muerte, sino a no volver a contemplar sus ojos, su sonrisa. El ejército rival había conseguido la ayuda de los pueblos más norteños, por lo que sus efectivos eran muy superiores a los nuestros.
            Aún estaba a tiempo de volver y esperar la muerte, no sé si pronta o tardía, tal y como la había esperado siempre. Pero ello implicaba abandonar a un pueblo que había confiado en mí, como en tantos otros, en el momento más decisivo; abandonar a esos hombres dispuestos a dar la vida a cambio de la libertad de los que aman.
            Atormentado, los días discurrieron, y los recuerdos de su amor me herían como todas las lanzas y espadas del enemigo atravesando mi pecho. El día de la última batalla se acercaba. Apenas unas jornadas más de camino y llegaríamos a la llanura donde se celebraría la contienda. Mientras pasaban los días, más añoraba sus manos, su pelo negro...
           
Entre soledades hice la guardia nocturna de la decimocuarta noche, Montaba vigilancia en la entrada del improvisado campamento. Habíamos colocado las tiendas en un pedregoso claro del bosque, junto a un pequeño manantial del que brotaba agua fresca y pura.
            Mantenía la mirada fija en el crepitar de las llamas, pero sin lograr ver las lumbres. Continuaba recordando los momentos vividos que jamás volverían a repetirse. Me quemaba la boca el dulce recuerdo del pasado, mientras que las esperanzas depositadas en la victoria, cada vez más escasas, apenas lograban redimirme del resquemor.
            Pero aún así, abrumado por mi propio vacilar, tenía todos los sentidos puestos en lo que acontecía a mi alrededor. Con un leve crujir a mi espalda, ya me había girado y empuñado la daga que llevaba atada al muslo, mientras que la otra mano alcanzaba ya la empuñadura de la espada. Entre la oscura y densa maleza logré distinguir, sin ser visto, varios cuerpos agazapados entre los arbustos y las rocas. Presto me apresuré a hacer sonar el cuerno de la guardia, lo que provoco que de entre la maleza surgiera una lluvia de flechas emplumadas en rojo.
            Dos de los restantes centinelas que acudieron a mi llamada de auxilio cayeron atravesados por las flechas, mientras que los demás guardianes, al igual que yo, nos apresuramos a ponernos a cubierto. Una nueva oleada de flechas, algunas de ellas en llamas, volaron hasta el campamento, incendiando algunas tiendas, e hiriendo de muerte a varios soldados.
            Si no actuábamos con rapidez, una pequeña avanzadilla del enemigo podría causar importantes bajas en nuestra tropa. De la tienda más grande, que ya yacía pasto de las llamas, había salido el capitán, que rápidamente daba órdenes a sus hombres. En el extremo izquierdo del campamento apostó a los dos mejores arqueros de los que disponía la, ahora, en peligro tropa, mientras que otros dos soldados los cubrían con los escudos. Los arqueros encendieron sus flechas y apuntaron a la zona de donde provenían las saetas enemigas. El objetivo no eran los cuerpos enemigos, sino el follaje de alrededor. Tan pronto empezó a arder este, visionamos a los soldados enemigos, en un total de once, que ya tensaban de nuevo sus arcos, dispuesto a hacer blanco en nuestros hombres.
            Desde mi privilegiada posición logré llamar la atención del capitán, que ordenó a cuatro jóvenes soldados que, sigilosamente, se acercaran hasta mí. El capitán había entendido mis intenciones. Debíamos desplazarnos con el mayor discreción y prudencia posible, para colocarnos en la retaguardia enemiga. Si lográbamos pasar desapercibidos, el resto sería fácil.
            Y así fue, poco después de que nuestros arqueros incendiaran el alrededor de los enemigos, estos ya yacían sin vida en el suelo.
             Aquella escaramuza costó la vida a algunos de nuestros hombres, pero había contribuido a aumentar el ánimo del pelotón, incluido el mío propio.
            No tenía miedo a morir, nunca lo había tenido. Es más, siempre pensé que encontraría mi final en la batalla. Me ganaba la vida de mercenario desde que tenía la fuerza suficiente para manejar el mandoble. Las abolladuras de mi lóriga de escamas, conservadas como un trofeo más, demostraban que había sido curtido en mil batallas. Pero esta no era una batalla más, no por sí misma, sino por lo que para mí suponía.  Era la primera vez que acudía a la guerra dejando alguien amado atrás, alguien que esperaba, sentada junto a la ventana, mi regreso. Y la simple idea de no volver a verla helaba mi sangre, atormentaba mis sentidos.
             Al día siguiente de la refriega continuamos avanzando, y mientras nos acercábamos al campo de batalla, una inmensa llanura despoblada de árboles, habíamos ido encontrando el resto de batallones que, provenientes de las distintas ciudades del reino, conformaban el grueso del ejército. Un total de tres mil hombres a pie y unos quinientos jinetes a caballo.
            En el atardecer del tercer día, divisamos en lontananza , cortando la línea del horizonte, columnas de negro humo, procedentes del campamento enemigo, que estaba muy cerca también ya del campo de batalla.
            Muchos soldados pasaron parte de la noche anterior a la gran batalla lustrando sus espadas y lanzas, ansiosos por la llegada de, en la mayoría de los casos, un trágico destino.
            Esa noche cavilé arrullado por las estrellas, esperando un designio que esclareciese mi sino, pero no veía más que negrura.
           
Por fin llegó el alba, acompañado por el trinar de los pájaros, que ajenos a toda batalla, revoloteaban entre las copas de los árboles. Caminaba junto al capitán, que portaba ahora un gran estandarte de nuestra división. Sobre un fondo verde lucía bordado en hilos de oro la cabeza de un unicornio, rodeado por doce estrellas de seis picos. El aire lo agitaba en toda su largura, lo que le otorgaba una belleza exquisita.
            Y así, al frente del ejército, comenzamos nuestro camino hacía el momento más crucial de nuestras vidas. En un instante recordé las experiencias de otras batallas, pero ninguna se podía comparar en calibre a esta. Poco antes del mediodía atravesamos un pequeño bosque y aparecimos frente al campo de batalla. A unas dos millas, en una amalgama de colores y formas, se encontraban las huestes enemigas, que rugieron al vernos aparecer de entre la maleza. Seguramente nos doblaban en número, y su maquinaría de guerra era infinitamente superior a la nuestra; las catapultas ya esperaban tensadas a lanzar sobre nuestras cabezas los tinas con aceite ardiendo. Las grandes ballestas, capaces de tumbar a un caballo sin problema alguno, apuntaban al cielo raso, en nuestra dirección.
            Paramos junto a un pequeño desnivel del terreno, y los distintos capitanes del ejército, comenzaron a discutir la táctica que se emplearía en este desequilibrado combate. El principal problema era eludir la primera línea de arqueros, para luego encontrarnos con la infantería, compuesta por auténticos hombres de armas, y por milicianos norteños, que portaban sus utensilios de labranza a modo de arma, pero con una fiereza inigualable. Tras los hombres a pie, el siguiente escollo y último era la caballería. Aquí es donde encontramos el talón de Aquiles del enemigo, pues la nuestra la doblaba en número.
            Los capitanes, una vez decidida la operación a llevar a cabo, la hicieron saber a todo los batallones.
            La principal idea era separar a la infantería de la caballería, y realizar un movimiento envolvente con nuestros jinetes.  Si lográbamos esto, podríamos tener alguna esperanza en la victoria.
            Pocos minutos después, resonaron en el cielo azul los clarines, que anunciaban el comienzo de la batalla, que fueron contestados con estruendo desde el otro lado de la llanura. La primera fila de infantería comenzó a atravesar la llanura, seguida por el grueso del ejército. Según nos acercábamos al otro lado de la explanada, las flechas enemigas comenzaron a llovernos sobre los escudos. Algunos hombres cayeron a mi lado, mientras que los demás continuábamos nuestra penosa marcha. Resguardado tras mi escudo del diluvio de saetas, imaginé en mi mente aquella sonrisa que tanto miedo me producía por no volver a verla.
            La segunda fila de la tropa tensó sus arcos y lanzó su ataque sobre la serie de arqueros enemigos, obteniendo un gran éxito. La alegría inicial por esta suerte se vio desvanecida cuando una gran tina de aceite ardiendo explotó sobre varios soldados, lo que provocó una dispersión dentro de la primera línea. Muchos de nuestros hombres quedaron desprovistos del abrigo de los escudos, por lo que pronto cayeron atravesados por los dardos. Logramos reunirnos de nuevo bajo el amparo de los escudos, tratando de eludir las bombas incendiarias procedentes de las lanzaderas. En ese momento, un gran clamor de voces estalló tras los arqueros enemigos. La infantería rival se disponía a embestir. Atravesaron a al carrera la línea de peones arqueros y con un gran estrépito se precipitaron contra nosotros.
            Desenvainé tan rápido como pude, perdiendo en el momento de la embestida toda noción del tiempo y el espacio, y logré frenar el ataque de los primeros milicianos. Algunos de estos cayeron a mis pies bañados en sangre, mientras que otros habían logrado ensartar en sus improvisadas armas a algunos de nuestros soldados. Tras la primera oleada enemiga, sobrevino una segunda  más atroz aún, compuesta por los auténticos hombres de armas. Está provocó un gran número de bajas en nuestras filas, puesto que nos doblaban en cantidad.
             La batalla continuó en el centro de la llanura, donde todos los soldados luchamos hasta el desfallecimiento. Nuestro ejército de a pie estaba mermado en número y fuerzas. Nuestra caballería aún trataba de hacer claudicar a la enemiga, pero muchos de nuestros jinetes habían caído debido a la lluvia de flechas. Si la caballería fallaba, nuestro final sería inmediato.
            En un momento de la refriega logré zafarme de un soldado rival, y clavando una rodilla en el suelo, apoyando ambas manos sobre el pomo de la espada, eché una mirada a mi alrededor. Hombres mutilados y muertos yacían por doquier; otros hacían lo imposible por no perecer. En ese instante, todo cuanto sucedía a mi alrededor quedó mudo, como inmóvil. En el subconsciente logré distinguir una tímida voz. Ajeno a la batalla, presté más atención a esa voz, y comprendí de quien eran esas palabras. Sólo me suplicaban que volviese con vida, y si no lo lograba, que la esperase en el más allá.
            Un fuerte golpe en un costado me devolvió a la cruda realidad. Sobre mí había caído un soldado enemigo, muerto por mi capitán, que se había apeado del caballo para luchar a pie. Nuestra caballería había sido destruida, y los jinetes que lograron sobrevivir luchaban ahora a pie. Nuestras esperanzas de victoria de habían reducido al mínimo. El único anhelo que nos quedaba era ser tomados como prisioneros. Y así fue. Los pocos hombres que quedábamos en pie desistimos de nuestro empeño, y entregamos las armas.
            No habíamos conseguido la victoria, pero luchamos con el valor que da la desesperanza y el deseo de libertad...
 
            Esta fue mi historia. Y así la cuento, sumido en la oscuridad de cuatro paredes, alentado tan sólo por el vago recuerdo de su rostro, anhelando ver sus ojos y oír su voz. Alimento en mis noches la esperanza del reencuentro, aún cuando sé que mi único destino se encuentra sobre las tablas de un patíbulo... 


por José María Acevedo Mesa