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        Sangre en la arena  
                  

            Prólogo:

            << Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades, y los años de aparición de los de hijos de Aryas, hubo una edad no soñada en la que brillantes reinos ocupaban la tierra como el manto azul entre las estrellas: Nemedia, Ophir, Brythunia, Hyperbórea, Zamora, con sus mujeres de cabellos negros y sus torres de terrorífico misterio; Zingara, con sus caballeros; Koth, que hace frontera con las tierras de pastos de Shem; Estigia, con sus tumbas guardadas por sombras; Hyrkania, cuyos jinetes llevan acero, seda y oro. Pero el más orgulloso reino del mundo es Aquilonia, que reina suprema en el dormido occidente. 
            Y allí llegó Conan, el Cimnerio, cabello negro, adustos ojos, espada en mano, ladrón, asaltante, asesino, de grandes tristezas y grandes alegrías, preparado para pisotear con sus pies calzados con sandalias los enjoyados tronos de la Tierra. >>

                                                                                  Las crónicas Nemedias.

 

            Creado por Robert E. Howard, Conan el bárbaro es el héroe máximo del cómic, la literatura y el cine de fantasía heróica... Protagonista de mil aventuras, la figura de Conan se agiganta hasta llenar con su fuerza un universo que se debate entre la espada y la brujería.
            Como guerrero mercenario, pirata, jefe de tribus bárbaras, general de los ejércitos de reyes y, por fín, rey él mismo... Conan ha vivido todas las aventuras y prodigios que el mundo antiguo ofrecía... Ha hecho frente a los más pavorosos seres engendrados por la magia, y un millar de enemigos ha probado el amargo beso de la muerte por el filo de su espada...

 

            

            La mirada iluminada del ambicioso Othur resplandecía brillante ante la visión del botín encontrado. Oro, joyas y finas sedas resbalaban entre sus lánguidos dedos para caer sobre un barroco cofre de madera policromada que se encontraba repleto de riquezas de singular valor. En ese momento de vana gloria Othur escuchó pisadas que provenían de una habitación contigua. Se apresuró a desenganchar de la tapa del cofre, la gélida mano de un cadáver que aún lo agarraba con fuerza.
            Se puso apresuradamente en pié con el tesoro, dejando al descubierto su maquiavélico semblante. A primera vista podía parecer un guerrero como otro cualquiera, pero ante una observación detenida el espectador podía averiguar que, en el uniforme de soldado que vestía se ausentaban las comunes manchas de sangre de los enemigos derrotados y el polvo del camino recorrido y del trabajo en el campamento. Su lugar era ocupado por brillantes joyas de los más variados colores. Su espada era tan brillante que parecía que jamás se hubiera utilizado. En su postura encorbada emanaba el aura de una avariciosa serpiente que mete su lengua bífida en los oídos de los más ingenuos, haciendo cosquillas en sus ambiciosas mentes, para manipularlas a voluntad. 
            De un sórdido golpe la puerta se abrió y la luz que provenía del pasillo iluminó la oscura estancia mientras proyectaba sobre el suelo la fornida sombra de un soldado. Othur escudriñó en tensión a la figura envuelta en oscuridad hasta reconocer en ella a su viejo camarada Conan el Cimnerio. Othur dibujó sobre su rostro una enorme sonrisa y se apresuró a enseñarle a su compañero el fruto del saqueo: 
            - Mira todo esto norteño, ya te dije que esta guerra nos sería provechosa.
            - No te falta razón- Dijo Conan- A pesar de tu falta de pericia en el arte de la guerra, Crom ha sabido recompensarte con la ambición y la astucia del menos escrupuloso mercader Aquilonio.
            - Estas no son más que sortijas comparadas con las riquezas que nos esperan en la productiva ciudad de Imhotep. Tengo noticias de que se inicia una revolución, y después de la batalla puedes jurar por tus rizados cabellos que habrá saqueo.
            - En ese caso, démonos prisa. Los ejércitos Nemedios deben haber hallado nuestro rastro hasta esta ciudad en guerra. Me habría gustado ver la cara de Auraldia, la cariñosa gobernante del Imperio Nemedio, al despertar encerrada en la jaula de sus bestias después de una ebria noche de lujuria.
            - ¡Y sin sus tres mil coronas de oro!
            Ambos rieron amistosamente mientras salían del edificio. Fuera ya había salido el Sol, y la ciudad mostraba, resentida, las consecuencias de la batalla recién librada. Hileras de prisioneros eran conducidas a golpe de látigo hacia jaulas construidas con gruesos troncos unidos entre sí, que serían su hogar hasta ser vendidos como esclavos, pequeñas hogueras manchaban el cielo con columnas de humo negro, algunos cuerpos atravesados por flechas descansaban en las más extravagantes posturas sobre el suelo, y los líderes del ejército derrotado se mostraban empalados en las murallas de la ciudad en actitud pordiosera. Los hombres corrían por toda la ciudad cargados con todo tipo de utensilios robados a los muertos. Ante tal revuelo a Conan y a Othur no les resultó complicado agenciarse unas buenas cabalgaduras y salir del poblado en dirección a Imhotep, hacia el Este.
             Llevaban varias jornadas cabalgando hacia el lejano horizonte por las despiadadas llanuras de Shem. El sol pegaba furioso, con sus centelleantes rayos, a la basta extensión de terreno árido poblado por hierbajos secos y árboles sin vida, incapaces de proyectar sombra alguna sobre el ardiente suelo. Parecía que el mismo aire que los rodeaba fueran llamas invisibles que les golpeaban hasta extirparles las fuerzas.
            El tiempo parecía ralentizarse mientras los viajeros, sin energía, eran zarandeados de un lado a otro por sus extasiadas monturas. Othur, sofocado por el calor, bebía agua cada muy pocos intervalos de tiempo. Se roció el contenido de la cantimplora sobre la cabeza, haciendo que el liquido fluyera empapando su cuerpo y rociando su arrugado rostro, dejándole chorreando. Después no se secó, sino que esperó a que una leve brisa le refrescara, pero el agua se evaporó rápidamente sobre su piel y apenas pudo paladear una corta sensación de frescor.
            La falta  de líquido comenzó a hacerse patente y decidieron racionarlo en espera de cruzarse con alguna caravana comercial que les suministrase agua y alimentos necesarios. A pesar de la precariedad de la situación, Othur daba pequeños sorbos de agua a escondidas. Conan detectaba cuando esto ocurría y lo ignoraba, estaba dispuesto a hacer un sacrificio sobrehumano para evitar que su compañero experimentara los tormentos de la sed. Y por no humillarle, callaba.
            Después de tres días las provisiones ya habían sido consumidas en su totalidad, no ocurría lo mismo con el abrasador calor del astro rey, que estaba todavía muy lejos de dar un respiro a los sedientos vagabundos del desierto. Othur, en un intento de alentarse a sí mismo, interrumpió el hirviente silencio:
            - Te juro amigo mío, que antes de lo que crees encontraremos algún mercader Shemita,  siempre recorren estas tierras en busca de hombres al borde de la muerte para venderlos como esclavos a los negreros del sur.
            - Pero ¿si nos capturan a nosotros?- Preguntó el Cimnerio sin disimular su pavor.
            - Llevamos riquezas más que suficientes para comprar nuestra propia libertad. No tenemos nada por lo que temer, excepto a la sed que nos acibara.
            Varias horas después de este coloquio. El caballo de Othur comenzó a respirar con dificultad, el aire que entraba por la boca, completamente abierta, provocaba un desagradable sonido que delataba la agonía de la asfixia. Sin dejar tiempo para reaccionar al jinete, la noble bestia se detuvo y aspiró su última bocanada de aire. Sus párpados se abrieron hasta el límite mostrando unos ojos que reflejaban el dolor y la angustia de la muerte. El cuerpo sin vida del caballo se desplomó hacia un lado tirando a tierra jinete y carga. Su caída final levantó una espesa nube de polvo que se disipó entre el carrasposo sonido de la tos seca de Othur.
             - ¡Por Mitra!. Mi caballo ha muerto de cansancio. Si no hubiera finado le fustigaría con todas mis fuerzas por el daño que me ha causado.- Amenazó Othur a la montura, en un desvaído de furia.
            - ¡No descargues tu ira contra el animal!- Ordenó Conan súbitamente. – Esa sucia bestia ha muerto en pié, y eso es difícil de ver incluso entre los hombres más resistentes.
            Othur se resignó y recogió del suelo las riquezas que transportaba mientras refunfuñaba frases ilegibles. Mientras su compañero se dedicaba a esta tarea, Conan observó pensativo el cadáver del caballo y las pesadas bolsas repletas de metales preciosos que Othur se afanaba por recuperar del suelo arenoso. Una vez recogido todo, Othur cargó el caballo del bárbaro con el macuto repleto de tesoros e intentó subirse a la grupa, despertando a Conan de sus pensamientos.
            - No cargues a mi caballo con esos objetos inútiles.- habló Conan con grave severidad.
           - No sé a qué te refieres
          - Al tesoro. El oro y las piedras preciosas no nos servirán de nada si no sobrevivimos al desierto. Ocúltalo y volveremos a buscarlo después de nuestro viaje a Imhotep.
          - Pero Conan... - Intentó replicar Othur.
            Antes de que pudiera decir nada, el norteño desenvainó su acero produciendo un sonido metálico muy característico, y le amenazó con su espada. Othur bajó al instante de la montura y se alejó con el botín para ocultarlo en la tierra. Lo enterró a muy poca profundidad y marcó el lugar con una rama seca, la única vegetación que se divisaba en derredor. Volvió a subir al caballo sin mencionar una sola palabra y ambos prosiguieron el viaje.
             Pasaba el tiempo, y los días transcurrían uno tras otro sin diferenciarse entre ellos. Las gargantas de los viajeros estaban tan secas que la sola acción de respirar les causaba un terrible dolor. La cabeza les ardía tanto, como sus posibilidades de supervivencia, que eran incineradas bajo el aire inamovible del desierto de Shem.  La apatía que les embriagaba les despojaba de toda energía. Ya ni siquiera guardaban esperanzas de hallar una salvación. No pensaban, solo resistían. Hasta que finalmente cayeron de su cabalgadura, dibujando la silueta de sus cuerpos en la arena. Conan, en un alarde de fuerza de voluntad, abrió los ojos por última vez y vio como el caballo se alejaba caminando dificultosamente mientras dejaba tras de sí las huellas de los cascos en las ardientes arenas. Tras este esfuerzo, se le cerraron los párpados y perdió el conocimiento.
            Imágenes deformadas surgieron en la mente del bárbaro. Mientras sentía que flotaba en el aire le asaltaron recuerdos de los momentos culminantes de sus aventuras, hombres codiciosos, criaturas sobrenaturales, dioses, diablos, mujeres y Red Sonja. La visión de Red Sonja resplandecía más que ninguna y perduraba en su memoria con toda claridad; Su atlético cuerpo femenino, su cara redondeada, pero de rasgos firmes, adornada por sus ardientes labios carnosos, sus profundísimos ojos almendrados que miran con tanta ternura como furia interior. Su piel tostada por las caricias del sol otoñal que no puede evitar palpar tal hermosura. Sus brazos fuertes y tiernos con los que muestra la muerte a sus enemigos o abraza maternalmente a un niño de corazón puro. Esos generosos pechos que la convierten en una figura de ardiente voluptuosidad y le dotan de una sensualidad divina. Sus caderas femeninas que describen esas curvas repletas de erotismo sobre su contrastada silueta. Sus largas y perfectas piernas revelan los andares más elásticos, comienzan con unos muslos firmes y palpitantes, las puertas de su sensualidad más íntima, y llegan a su fin en sus delicados pies, adornados por tobillos ágiles y diminutos dedos que se asoman desde las sandalias, que se muestran orgullosas de abrazar con sus brazos de cuero a ese par de milagros de la naturaleza. Pero lo que dotaba a su cuerpo de esa magia resplandeciente que irradia en lo oscuro y en lo claro, en lo oculto y en lo descubierto, eran sus explosivos cabellos rojos, ondeados por el viento corren libres y juguetean entre sí como las llamas, y como llamas, enciende el corazón a los hombres que saben admirar sus encantos más profundos, calentándolos en el frío y alentándolos en la soledad.
            Unos continuos y repentinos golpes y una voz agudísima borraron de su mente la maravillosa imagen de Red Sonja. Se trataba de un hombre de complexión risueña, sucio y desaliñado. Lucía en el cuello una pequeña insignia metálica  que reflejaba la claridad de la luz solar. Este pequeño personaje golpeaba a Conan con un fino bastón de madera desde el exterior de la jaula en la que ahora se encontraba mientras le gritaba impaciente.
            - ¡Venga! ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Despierta! ¡Arriiiiba!. Oh que buena noticia: ¡Estás vivo!. Y estás vivo porque te mueves ¿O es al revés? ¡Je Je!- Decía sin parar de revolotear alrededor de la jaula.
            - Silénciate viejo loco- Le ordenó Conan mientras trataba de recordar lo ocurrido llevándose lentamente las manos a la cabeza.
            - ¿Vas a ser descortés conmigo? Debe ser sumiso el buen esclavo, pero nunca descortés ¿No es así? ¡Claro que sí! Además yo he sido bueno contigo, contigo y con tu amigo. Os he dado de comer... de beber... y os estaba llevando en mi carromato, disculpar lo de los barrotes pero es para que los esclavos no os escapéis. Y os estaba llevando porque ya no os llevo ¡Ala! ¡Je Je! Es una broma. Lo que pasa es que se ha roto un eje y necesito un fuerte, un hombre fuerte quiero decir ¡Je Je! Para que levante el carro mientras yo lo arreglo. Levanta que te voy a dejar salir. Salir, no sacar ¡Je Je Je! Pero por si malvadas intenciones asaltan a tu cabecilla; tu líder nooo: tu cabeza; mira esto.- Dijo misteriosamente mientras mostraba el medallón que pendía de su cuello- Este es mi...¡Salvoconducto Real! ¡Ja Ja Ja! Si algo me ocurriera el rey de Shem lo sabría, sí sí sí sí. Y eso no le agradaría, no no no no. Y no pararía ante nada de nada hasta verte degollado como un cerdo en día de pitanza. ¡Je Je!
            Mientras el siniestro mercader soltaba una carcajada maníaca abrió la puerta de la celda. La robustez del bárbaro parecía agigantarse al verse de pié, en toda su estatura, junto al diminuto mercader. La sombra del cimnerio ascendía por todo su cuerpo hasta cubrirle por completo mientras no paraba de reír. De improviso recibió una ruidosa bofetada proveniente de la enorme mano de Conan y calló en redondo.
            Al poco tiempo Othur y Conan, sobre sus monturas robadas galopaban a toda velocidad hacia el amanecer proclamando gritos de júbilo. Se sentían alegres ya no por las riquezas que les esperaban en Imhotep o por sentir sus cuerpos alimentados y rezumantes de energía sino por  la belleza de vivir y sentirse libres. Mientras, el viejo mercader yacía sonriente en su  propia prisión.
            Tras alejarse de la escena del delito ralentizaron la marcha con el fin de no agotar demasiado pronto a los caballos. Conan preguntó sonriente a su compañero:
            - Dime amigo mío. Tú que has estudiado: ¿Qué sabes acerca de Imhotep?
            - Sé que es una de las capitales más grande del este, y que alberga el Templo de Mitra... Dicen que los huesos de Zoragallus, el profeta de Mitra, descansan debajo de las losas de la ciudad.
            - De modo que los Imhotepios son un pueblo religioso y sensible.
            - Si quieres decir que son vanos, beatos y aburridos, la respuesta es sí. Pero es una ciudad muy prospera gracias al cobre de sus minas, también es el principal enclave comercial en el desierto, todo el que quiera cruzarlo debe pasar por Imhotep. Pero últimamente por sus calles fluyen aires de revolución.
            - ¿Cómo puede surgir el descontento en una ciudad tan rica como Imhotep?
            - Poseen riquezas, si. Pero tan solo la minoría de las clases adineradas urbanas, que se han apropiado de las minas. Explotan a las clases populares para que extraigan el metal a cambio de salarios injustos.
            - No me extraña que la revolución sea inminente, es difícil convivir con la opresión y la tiranía.
            - Supongo que es el precio que se debe pagar por el progreso. Pero no te inquietes viejo amigo, porque pronto saquearemos las casas de los ricachones hombro con hombro junto a esos infelices.
             Tras dos jornadas en camino, los viajeros avistaron la ciudad y percibieron sus sonidos y bullicios cotidianos. La esplendorosa catedral y las pulidas mansiones, palacios y edificios administrativos que la rodean con las majestuosas decoraciones de sus fachadas de un blanco pulcrísimo contrastan con las sencillas casas de ladrillo teñidas de cobre por la arena que transporta el viento del desierto. Y fuera de las murallas de la ciudad se encontraban las casuchas pertenecientes a los pobres, fabricadas con adobe y barro, el techo que debía protegerles de la intemperie no era más que un montón de paja que caía continuamente al interior de la vivienda, compuesta de una sola habitación. Todas las puertas de la ciudad se encontraban abiertas, aunque solo era utilizada, de manera perceptible, la puerta este, que llevaba directamente al bullicioso mercado de la ciudad. Era transitada en ambas direcciones por caravanas de diversas bestias de carga que transportaban todo tipo de mercancías.  Por fin habían arribado a Imhotep, la más grande de las ciudades estado amuralladas de Shem, un centro comercial y minero en perpetuo desarrollo, ha crecido mucho en los últimos años; su población se salió de sus murallas y se desparramó por la llanura que lo rodea.
            Conan y Othur se decidieron a entrar por la puerta oeste, ya que era la más cercana desde su posición. Para llegar a ella debían atravesar el barrio de los pobres y los desheredados de punta a punta.
            La podredumbre y la inmundicia dominaban el lugar por medio de la suciedad reinante. La zona se encontraba bañada por la pestilencia, que rezumaba con amplificada fuerza en los pequeños estercoleros que se formaban en cada rincón. Aquí la luz del sol no existía, pero si se sentía con intensidad su calor agobiante. A pesar de que el día llevaba varias horas despierto la oscuridad era la auténtica dueña de la vecindad. El sentimiento de opresión y furia era contagiado por cada elemento del paisaje, desde las ratas que cruzaban las calles en grandes grupos, interpretando chillidos agudísimos, hasta los charcos de barro repartidos por las calles descalzadas.
            El ambiente del lugar era opresivo y asfixiante, pero no por la pobreza ambiental a la que ambos estaban acostumbrados, sino por el irregular silbido de la brisa del desierto, el único sonido perceptible. La ausencia de los ruidos populares en una zona habitada era algo antinatural. Tras largo rato analizando las sensaciones que le producía ese lugar, el bárbaro dio con la respuesta:
            - El silencio – Habló el Cimnerio – Hay demasiado ¿Es eso corriente?
            - Pues... – Dudó Othur durante un instante- ¡Pues sí! Claro, hoy es domingo y se está celebrando el mercado de la ciudad. Es la única oportunidad que tiene esta gente de conseguir comida para el resto de la semana.
            - Aún así me parece muy extraño. Mantén los ojos bien abiertos y la espada afilada.
            Conan advirtió con el rabillo del ojo una sombra fugaz, éste giró la cabeza hacia ella pero se desvaneció al instante. Se escuchó el cacareo de un gallo que fue repentinamente interrumpido por un golpe sordo y dos susurros nerviosos. Un cuenco de arcilla calló desde una pequeña ventana que se encontraba a sus espaldas haciéndose añicos, el norteño desenvainó su mandoble mientras alertaba a su compañero:
            - ¡Emboscada! Los nemedios han llegado antes que nosotros, nos estaban esperando.- Demasiado tarde, un regimiento de arqueros, salidos de los lugares más inesperados les apuntaban con sus proyectiles de muerte.
            Un hombre de una robustez sobresaliente salió de un estrecho callejón, con pasos pesados y firmes se interpuso en el camino de los sorprendidos viajeros junto con una pequeña escolta de hombres armados, que se situó detrás de él. Era un hombre de complexión atlética brutal, de aspecto salvaje y resuelta musculatura. Tenía la cabeza completamente rasurada excepto una imponente cola de caballo oscura, sujeta por una tosca cinta de tela que caía sin vida sobre sus hombros. Sus ojos, siempre coléricos, miraban con desprecio todo lo que no podían comprender. Desde la boca se arrojaba al abismo de su elaborado cuerpo, una espesa gota de saliva brillante. Vestía una coraza negra decorada con relieves de dragones enroscados unos a otros, que dejaba sus bravísimos brazos desnudos. En su pecho lucía brillantemente el escudo del Imperio Nemedio. El robusto personaje dijo con las manos en la cintura y una atronadora voz quebrada:
            - De modo que eres el famoso bárbaro, Conan el cimnerio... ¡Puaj! Ahora veo que no eres digno de la fama que sustentas.
            - Desenvaina tu espada y comprobarás cuan grande es mi fama.- Rugió Conan
            - Con mucho gusto acabaría contigo aquí mismo, norteño. Arrancándote la vida heredaría tu leyenda. Pero mi señora Auraldia La Hermosa, Emperatriz del orgulloso estado de Nemedia, me ha dado órdenes estrictas de llevarte vivo hasta su corte, para ser torturado por tu osadía.
            - ¡No hay nada peor que un mujer despechada! – Dijo Othur a su acompañante mientras reía socarronamente.
            - No es momento de locuras, insensato. ¿No te das cuenta de que corremos peligro de muerte?
            - En eso te equivocas Conan, tú eres el que corre peligro.- Tras decir esto, Othur espoleó a su caballo, mientras se dirigía al líder del destacamento nemedio. Habló:
            - ¿Por qué crees que te esperaban en Imhotep? Exacto, les dije que te conduciría hasta aquí. Ahí lo tenéis, es vuestro.- Dijo ahora al soldado nemedio.
            Después de que el traidor de Othur se hubiera ubicado junto al líder de los nemedios se dio la orden de ataque. Incontables soldados se lanzan con fiereza contra Conan, sus armas desnudas se disponen para la contienda, mientras una hondonada de flechas atraviesan el aire silbando hasta alcanzar con sus colmillos de acero al desprotegido caballo del cimnerio, su jinete rodó por los suelos mientras una horda de guerreros se echaban sobre él. Durante el forcejeo se podían escuchar los gritos de furia de Conan, clamando venganza por la traición sufrida. Othur, observando el desenlace de la batalla y haciendo caso omiso de las amenazas que promulgaban contra él, le dice al brutal guerrero nemedio:
            - Conan ya es tuyo, ¿Qué pasa con mis honorarios?
            - Aquí está tu recompensa. Te la mereces amigo... cuatro monedas por el norteño capturado... vale más muerto que vivo, ¿Eh?.
            Othur, con la mirada enfervorizada por el brillo del vil metal, recogió avariciosamente el dinero y lo contó allí mismo, al instante lo escondió entre sus ropas y se despidió con amigable falsedad del capitán. Cuando dispuso marcharse pasó junto a Conan, fuertemente enjaulado y ligeramente herido, dedicándole unas palabras:
            - Dale recuerdos a la emperatriz Auraldia, suplicarás volver a sentir sus pasiones mientras los verdugos te torturan sin tregua.
            Conan respondió con un ruidoso escupitajo que se estrelló contra la faz de Othur.
            El sol acaba de morir en el horizonte. El pequeño ejército nemedio se dirige a su patria con Conan como prisionero. Muchos pensarán que es una locura enviar un ejército al completo a capturar un solo hombre, efectivamente es una locura, pero cuando son órdenes de la Emperatriz Auraldia La Hermosa, la locura es ley. La fila de soldados serpenteaba por los caminos del reino de Shem, hasta llegar a un desfiladero que transcurría entre dos escarpados acantilados. En su interior se encontraron con dos hombres: un orgulloso caballero, noblemente vestido y mejor armado, y un hombrecillo panzudo, se trataba del risueño mercader de esclavos que anteriormente salvó la vida de Conan en el desierto. Al ver al bárbaro encerrado y viajando con el ejército nemedio, el pequeño mercader comenzó a hacer aspavientos:
            - Mire mi señor, ese es. El que llevan en la jaula y tiene cara de mono. ¡Je Je! Que caiga sobre él todo el pesado peso de la ley más pesada de Shem. Que se sepa que aquí los bandidos son castigados, de cascas.- El noble caballero que lo acompaña detiene a la compañía extranjera y exige hablar con el líder del ejército. En poco tiempo el capitán de los nemedios sale a su encuentro:
            - ¡Por Mitra! Quién osa detener mi hueste de recios soldados.
            - Mi nombre es Parsifal de Ulm, caballero de la sagrada orden del culto a los hombres murciélago y vasallo de mi señor Adrián El Centauro del Desierto, a quién fielmente sirvo. Y en su nombre exijo que me sea entregado el hombre que transportáis para que sea juzgado por el horrible crimen de robar y agredir a un protegido del Rey.
            - No puedo permitir que os llevéis a nuestro prisionero – Contestó el nemedio- Mi Emperatriz Auraldia La Hermosa ha dado órdenes precisas de dejar a Conan el Cimnerio bajo su tutela. Solo consiguiereis al norteño arrancándolo de nuestros dedos fríos y muertos.
            - Puesto que aqueste es su deseo, habrá batalla.- Sentenció el noble caballero, acto seguido hizo una señal para avisar a sus tropas, que surgieron de entre las rocas del acantilado, acosando al pequeño ejército nemedio desde todos los flancos.
            Entre el bullicio y el ajetreo de la batalla los guardianes del prisionero dejaron sus puestos y se unieron al combate, a Conan no le resultó difícil destrozar la frágil jaula de ramas en la que se encontraba y alejarse hasta un lugar seguro abatiendo a los guerreros de ambos ejércitos al grito de:
            - ¡Crom, Cuenta los muertos! ¡Esta Noche tendrás muchos invitados en tu montaña!
            La luz de la luna hace brillar la sangre derramada, que emite claros reflejos desde el cielo. Los soldados caen como el trigo ante la guadaña ante ambas fuerzas. La noche da paso al alba, el ruido de la batalla se desvanece. Los vencedores se hallan de pie sobre los cadáveres de la guarnición enemiga. El olor de la sangre y el sudor inunda sus fosas nasales. El grito de los hombres moribundos llenan sus oídos, pero todos los sentidos quedan olvidados en presencia de...
            - ¡Botín! ¡Mirad!
            - ¡Oro a Montones! ¡Plata a raudales!
            Mientras tanto, a gran distancia del lugar, Conan con los brazos en alto, realiza ante sus dioses un sagrado juramento:
            - ¡Othur! ¡te buscaré por todo el mundo hasta que te encuentre! ¡Te buscaré en todos los oasis y caravanas! ¡Te encontraré te escondas donde te escondas, Othur! Y ese día, desearás el abrazo de la muerte.
            El viento del desierto se lleva el eco del grito.


por Jose J. del Río