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         NOTA: Cuando hace un tiempo recibí el relato "Hilo de Oro" puse una nota como ésta que podéis leer si abrís ese relato. En ella dije que no era un relato de fantasía heroica  pero que la fantasía acababa de ganar un nuevo autor. Ahora debo  decir lo mismo, porque lo que tenéis a continuación es un cuento con un duende como protagonista. ¿Cómo, que el tema no te parece interesante? ¿Que no es lo que has venido a buscar a este webzine? Pues tu mism@, pero luego no te quejes de no haberlo leído. Yo sólo puedo recomendártelo, el resto es decisión tuya.
          

         
Puf
                                                            Para Olga, el hada de mi corazón.
  Por supuesto que los duendes existen, 
¿quién si no extravía las llaves de encima de la mesa?
Un duende.  
         

            Puf se revolvió soñoliento. El tren de las seis menos cuarto sonaba ahora ruidoso a lo lejos. ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo allí? Sin lugar a dudas el suficiente para haberse acostumbrado al traqueteo y al ruido nocturno.
            Despuntaba un nuevo día, aunque allí, en aquella oscura vía, nada diferenciaba las noches de los días. Nada salvo el ajetreo de arriba, aquel continuo movimiento de pies bajo el suelo que le servía de techo.
   
         Mientras se frotaba los ojos con los nudillos para volver a la realidad recordó los tiempos antiguos. Hacía tanto que le costaba recordar los rostros que le eran tan familiares, Dhirdrú, “el hada del cascabel”, casi se había borrado de su memoria. ¿Cómo era posible?, parecía mentira que hubiera habido un tiempo en el que correteaba libre y se escondía en los graneros.  
            Tratando de evitar las lágrimas que asomaban a sus azules ojos se irguió. Su figura menuda poseía una aureola violácea que envolvía la oscuridad. Anduvo un rato en las tinieblas, iluminado por la luminiscencia de su propio cuerpo.  
            Mientras avanzaba escuchaba el monótono chisporrotear de la corriente a su derecha, en los raíles. Aquello siempre le había producido esa extraña sensación de fascinación y repulsa que provoca el peligro constante.   

            De repente apareció la luz cegadora de un tren al otro lado del recodo. Puf quedó confundido, aunque tuvo tiempo de echarse al suelo y apagar los fulgores de su piel. Por muchos trenes que encarara nunca podía evitar ese miedo súbito e irracional de sentirse descubierto.  
            Tras el estrépito y el viento que le azotó la cara volvió la calma, ahora la oscuridad lo sumía completamente. Se incorporó, chascó los dedos y de nuevo el tono de su piel adquirió aquella luz purpúrea, como los pétalos de los amarantos.   

            Inició de nuevo su vagabundear junto al adoquín de la vía. Más adelante se encontraba una parada atestada de gente y habría montones de comida tiradas por el suelo.  
            Mientras buscaba el triste desayuno recordaba cuando antaño, los granjeros para evitar sus correrías, le ponían platitos con galletas a la puerta del establo. ¡Qué tiempos aquellos!  
            Realmente había sido un estúpido por quedarse entre los humanos.  
            ¡Oh, una hoja de periódico!  
            En el suelo había una hoja pisada y  arrugada. Las letras, aquello sí que había sido el gran invento de los humanos, lástima que sólo las usaran para reflejar malas noticias. Cada vez que podía, en las horas de menos actividad, recogía los periódicos tirados al suelo. Era un ser introvertido, pero le gustaba estar informado. Además una vez leídas usaba las hojas a modo de sábanas, las noches son frías.  
            Recogió la hoja, era la portada. Odiaba las portadas, normalmente los periódicos están llenos de asesinatos y muertes, pero las portadas están atestadas. No comprendía aquella manía de colocar las cosas agradables en páginas interiores y recuadros pequeños. Como intentando ignorarlas.  
            Su lectura lo dejó con un resquemor en el estómago. ¿Cómo era posible que los humanos fueran tan viles y tan maravillosos al mismo tiempo? Aunque esto último empezaba a dudarlo. Todos los que veía ahora iban deprisa de un lado para otro, sin fijarse en los demás.  
   
         Anduvo otro poco, hacia la luz mortecina al fondo del túnel. Conforme avanzaba la claridad se hacía más intensa, tanto que tuvo que frotarse los ojos para intentar acostumbrarlos al cambio. La electricidad había sido un gran avance, aunque recordaba con añoranza la luz mágica de las velas. ¡Extraviar agujas y dedales era tan divertido!  Ahora ya no era posible, aquella iluminación artificial no dejaba lugar a la infiltración entre las penumbras.  
            Apoyado contra la pared de comienzo del túnel observó la estación. Había gente por todos lados, andando de un sitio para otro, sin mirarse. Autómatas humanos. En una de las vías estaba parado un vagón de metro que se llenaba a borbotones. La escena era dantesca, comparada con la placidez del valle. ¡Si no fuera tan difícil encontrar un lugar donde pasar inadvertido de buena gana iba a estar viviendo en las vías del metro!
   
         Escrutó el panorama. Nada a la izquierda... ¡sí!. A la derecha de su posición se encontraba un hombre regordete sentado en un banco. Estaba leyendo el periódico y mordisqueando un donut que a intervalos regulares depositaba en el banco para pasar de hoja. Era perfecto. Le encantaban los donuts, especialmente por la mañana y bañados en chocolate, como aquel.  
            Había mucha gente por los alrededores, demasiada como para arriesgarse a dar un paseo bajo aquella luz, pero los humanos parecían haberse vuelto ciegos. No se darían cuenta de su presencia ni aunque se pusiera a hacer carantoñas frente a sus narices. Realmente las cosas habían cambiado.  
            Con un rápido movimiento se deslizó hasta la papelera más cercana, a solo un par de metros de su posición. Desde allí volvió a mirar su objetivo.
            -¡Oh no!, ese gordinflón acaba de darle otro bocado, ¡me va a quedar sin nada! - balbuceó para sí.  
            Sólo quedaban unos metros, así que raudo corrió debajo del banco. Nadie se ha dado cuenta, bien. Miró de nuevo al gordo, leía. Estiró la manita, asió la rosquilla de chocolate y con una habilidad sorprendente la deslizó bajo el banco. ¡Ummnn, qué buena pinta! La cogió con las dos manos para evitar que se cayera y en un santiamén estaba en la papelera y desde allí al fondo del túnel.  
            Una vez a salvo miró al hombre. Le encantaba este momento de desconcierto.  
            -Esa cara, - je, je - esa cara de incredulidad no ha cambiado a lo largo de los años – Pensó.  
            Apoyado contra el borde de su caja de zapatos recubierta de periódicos Puf degustó el maravilloso desayuno de esta mañana, contemplando el paso intermitente de los trenes.  

            El día era muy aburrido. Odiaba los domingos. Antes, cuando vivía en el campo, las muchachas se ponían guapas con sus ropas de fiesta y los chicos las galanteaban. Le encantaba ver aquella actitud de los humanos. ¡Ponen una cara de tontos!
   
         Dhirdrú se quedaba embelesada, encima de su árbol, observándolos y suspirando. Puf no sabía que había de especial en ojos de cordero, besos y arrumacos. ¡Puah, que asco!
   
         La de cosas interesantes que ofrecía el mundo y los humanos sólo pensaban en permanecer extasiados frente a frente en un banco del merendero, junto a la granja. 
   
         Más de una vez había extraviado objetos diversos en esos momentos de distracción amorosa. Aunque no merecía la pena, con tal ensimismamiento ni se daban cuenta de la ausencia. Además Dhirdrú se enfadaba enormemente y pasaba días enteros sin dirigirle la palabra después de alguna correría contra enamorados. ¡Hadas! ¿Quién las entiende?
   
         Ahora sólo había silencio y quietud. Los viajeros en domingo son escasos, y el metro se convierte en la antítesis de los días anteriores, un refugio de paz.
   
         Acababa de estar en la estación y no había nadie para importunar. Tampoco había comida. Odiaba a los encargados de la limpieza.
   
         Así que acompañado por su resplandor violeta continúo su vagabundear por las vías, junto al chisporrotear de la corriente.
   
         De repente lo vio. Era negro y enorme, con unos colmillos exageradamente grandes y un brillo maligno en los ojos. Un gato, y parecía hambriento. Puf se asustó. No le apetecía volverse ciego en esos momentos, con el peligro acechando a su alrededor. Miró hacia detrás, imposible correr, no era tan veloz como para despistar a un gato. Hacerle frente... ¿Cómo siendo tan pequeño? Además estaba claro que él lo había visto, se acercaba relamiéndose y dispuesto a abalanzarse sobre su exiguo cuerpo de un momento a otro. No había otra opción. Puf cerró los ojos y - ¡plaf! - al momento desapareció. El gato se paró desconcertado. ¿Dónde había ido su jugosa presa? Movió la cabeza de un lado a otro, estiró  las orejas para oír mejor, olfateó el aíre, pero nada, ni rastro.    
   
         Puf andaba a tientas apoyado contra la pared del túnel, sin hacer ruido, en sentido opuesto a la situación del gato.
   
         Era una suerte que los duendes no emitieran olor, eso, unido a la invisibilidad y a su facultad de andar sin emitir ruido, los hacía muy difíciles de detectar y cazar. A pesar de todo su cuerpecito temblaba como un flan de huevo. ¡Flan!, no podía pensar en flanes, ¡le entraba tanta hambre!
   
         Puf se quedó parado y en silencio después de andar un buen trecho, sin atreverse a eliminar aún el conjuro de invisibilidad. En su mente imaginaba que al aparecer y abrir los ojos él estaría allí, para despedazarlo de un zarpazo.
   
         Al fin, luego de un buen rato, reunió el valor suficiente y observó a su alrededor. El felino se había cansado de buscar fantasmas.  
   
         No le gustaba la invisibilidad. Es muy práctica, pero lleva asociada la ceguera temporal. Sin la reflexión de la luz en el ojo no se puede ver nada.
   
         Aún recordaba aquella ocasión en que decidió no hacerse invisible del todo. El hijo del granjero entraba en el granero para recoger unas alpacas de paja, pero él quería observarle, ajeno al peligro de ser capturado y exhibido como una atracción de feria. No le gustaba ser un cobarde que a la mínima se escabulle entre hechizos y sortilegios, aguardando en un rincón hasta que el peligro pasa. Por eso hizo desaparecer todo su cuerpo excepto sus ojos, confiando en que al ser pequeños pasarían desapercibidos.
   
         Un escalofrío recorría su espalda rememorando los ojos desorbitados y los gritos del muchacho al percatarse de los diminutos globos oculares sin dueño aparente. Puf quedó tan turbado que no sabía si aparecer entero, desaparecer completamente o ponerse a gritar. Al fin se ocultó totalmente y corrió invidente hacia una esquina. No pudo ver la carrera desbocada del muchacho saliendo del granero. Posiblemente nadie le creyó, pero era la única vez que le habían descubierto y su recuerdo aún le hacía sonrojar de vergüenza. Nunca se atrevió a contárselo a Dhirdrú. ¿Cuánto hubiera reído haciendo titilar sus hermosas alas de polvos de estrellas encima de la gran haya de la entrada? Seguramente más de lo que su ego pudiera soportar.
   
         Sumido en estos pensamientos y aún con la respiración agitada se dirigió hacia su refugio, la pequeña caja de zapatos entre las sombras de las vías del metro. Anduvo en la oscuridad, orientándose gracias a la costumbre, era peligroso utilizar su luz purpúrea con un gato hambriento acechando por ahí.
   
         Al llegar se introdujo entre las hojas de periódico y subió una un poco para cubrir su cuello. Antes de que pudiera darse cuenta se quedó dormido debido al cansancio y las emociones.
   
         A la mañana siguiente, después del desagradable incidente con el gato, Puf estaba ligeramente nervioso. Intentó tranquilizarse recordando los años felices cuando él y los de su especie aún tenían un papel destacable en el mundo de los humanos. Nada de aquello quedaba ya, incluso a veces le asaltaba la terrible idea de ser él el ultimo duende sobre la faz de la tierra. ¿Si desaparecía quién sería el depositario de la fantasía en un mundo cada vez más gris? Pensó de nuevo en Dhirdrú, su amiga en la granja, su única amiga.
   
         Desde el momento en que nació de un pequeño capullo de rosa azul (no una rosa cualquiera, la quinta rosa del quinto rosal en el mes de mayo, el día cinco para más inri) siempre ella había estado a su lado. Al principio le orientó en las funciones de los duendes en la vida de los hombres, pero pronto llegó a enfadarse por sus bromas y sus pillajes. Decía que un duende de buen corazón debía incomodar levemente, pero nunca llegar a incordiar y resultar odioso. Puf al principio le hizo caso, pero después comprobó lo divertido que podían ser ciertas acciones...
   
         Un buen día ella le confesó que su nombre, en el secreto lenguaje de las hadas, significa “el hada del cascabel”, debido al suave tintineo que emitían sus alas transparentes hechas por hilos de plata, y que para él había elegido el nombre de Puf, pues necesitaba uno para el día de mañana, que en tal lenguaje significa “molestia”. Puf se puso de pésimo humor, le gustaba gastar bromas, eso era todo, pero de ahí a que lo llamaran “molestia” había un gran paso.  Dhirdrú lo convenció haciéndole ver que a todos los duendes a los que había conocido, no pocos, les hubiera encantado un nombre tan gracioso como aquel. Él aceptó a regañadientes, aunque desgraciadamente nunca  pudo saber la opinión de otro duende acerca de su nombre.
   
         Dhirdrú le contó muchas historias antiguas, de gigantes y de dragones, de silfos, elfos y fuegos fatuos que infatuaban a la gente. Pero también le contó su origen, no era en realidad un hada, sino una dríada, es decir, un hada de los árboles, y vivía unida a la gran haya de la entrada desde que ésta era un brote que no levantaba dos palmos del suelo. Esto quería decir que era muy mayor, aunque al observar su pequeña cara graciosamente iluminada esto pareciera una idea inverosímil, y que había vivido allí desde antes de que existiera la granja y de que los hombres llegaran a vivir en aquella tierra. De hecho era tan mayor que a menudo le costaba recordar los nombres de los seres a los que había conocido, y contaba los mismos relatos con distintos personajes.
   
         Ahora lograba ver su preciosa sonrisa frente a él. Es curioso, pero cuando se intenta recordar la cara de alguien ésta se nos muestra borrosa, y cuando recordamos las situaciones que hemos compartido junto a otro ser su rostro se nos muestra claro, como si lo viéramos reflejado en un espejo. Esto le ocurría ahora a Puf.
   
         Siempre que veía a Dhirdrú en su mente no podía evitar aquel sentimiento de vacío y de profunda cobardía. Había sido su culpa, su falta de valor lo que había hecho que “el hada del cascabel” desapareciera. Él sabía lo que debía de hacer. De haberlo hecho seguramente la gran haya de la entrada permanecería en su lugar y Dhirdrú, con su inmensa sabiduría, no hubiera desaparecido y, por supuesto, él no tendría que haber abandonado la granja y mudarse a aquel espantoso lugar. Aquello estaba en su cabeza sin necesidad de que nadie se lo explicara, había estado allí desde el principio, como el conocimiento de la luz violácea de pétalos de amarantos o la facultad de hacerse invisible, era como una especie de manual de instrucciones. Sin embargo no hizo nada para evitarlo.
   
         Cada vez que la tristeza lo abatía de tal forma que los ojos se le hinchaban y la voz se le quebraba debido a los sollozos, se consolaba con las monedas. Diariamente recogía las monedas que se iba encontrando tiradas por ahí, por todos lados. Parecía que en los nuevos tiempos la gente tirara el dinero o todos los bolsillos se hubieran roto de repente.
   
         Comenzó a hacerlo la primera vez que vio a un mendigo entre unas cajas de cartones, como él, arriba, intentándose refugiarse del frío en la estación. Pudo ver la tristeza en sus ojos y el desamparo en todo él, y supo que podía hacer algo por ellos. Aquellos trozos de metal gobernaban el mundo, lo había leído en las páginas de los periódicos de economía que señores trajeados tiraban a las papeleras después de hojearlos. Por muchos artículos que leyera de mercados y competencias, de inflaciones y de rendimientos, de balanzas y otras cosas que no sabía ni que significaban, aún no entendía como había gente que tuviera tanto y otros tan poco habiendo suficiente para todos. ¡Humanos!, son más difíciles de entender aún que las hadas.  
   
         Esperó a que llegara la noche masticando un poco de chicle. La primera vez que descubrió la goma de mascar le enfadó mucho la dificultad para ser tragada de aquella comida, ahora constituía un agradable pasatiempo que impedía que le entrara hambre.
   
         Contó de nuevo las monedas que había reunido en esos días, no eran muchas, unas diez grandes y un montoncito de pequeñas. Las metió en una bolsa, se las echó al hombro y comenzó a andar junto a la vía. Por un momento dudó en utilizar su luz, el gato podía estar cerca, aunque lo más probable es que se encontrara en cualquier otro lugar de aquel inmenso laberinto. Se oyó un ligero chasquido y un resplandor púrpura iluminó el túnel del metro junto a la parada 55A.
   
         Arriba, entre cartones, había varias personas protegiéndose del frío. Era invierno, en esta época del año las estaciones de metro, y cualquier sitio techado, se convierten en improvisados refugios para los pobres de la ciudad.
   
         -Ese de ahí parece especialmente triste. – Pensó Puf.
   
       Era cierto, un señor medio calvo, con espesa barba negra enmarañada, que vestía un largo abrigo hasta las rodillas hecho jirones por mil y un sitios parecía más abatido que los demás. Tenía una expresión honda de tristeza en aquellos ojos apagados, que en otro tiempo hubieron de tener cierta belleza. Su mirada perdida e indiferente no se fijaba en nada en particular, parecía cautiva en el abismo sublime de la tristeza.
   
         Puf esperó pacientemente a que el mendigo se tumbara en su lecho de cartones, observándolo y contagiándose de aquella aflicción que se unía a la suya propia. Al cabo de un rato de escuchar el silencio, solo roto por el vago ruido de los coches en la avenida, decidió que había llegado el momento. Con su sigilo habitual se deslizó entre la tenue claridad de la estación y llego al lado del anciano, que dormitaba con respiración acompasada. Sin perder tiempo se introdujo bajo el abrigo y depositó la bolsita al lado de su pecho, allí donde el corazón trabaja rítmica e incansablemente.
   
         Tras salir y recorrer de nuevo la estación se paró jadeante en la entrada del túnel. Antes de perderse en la oscuridad volvió la vista al anciano, una sonrisa iluminó su rostro. Ninguna de sus correrías habituales podía compararse con la satisfacción de imaginar una pequeña llama en aquellos ojos apagados. Por eso reservaba el uso de las monedas que se encontraba a lo largo de los días para los momentos especialmente duros, esos en que la tristeza desbordaba su pequeño cuerpo y necesita el consuelo proporcionado por la felicidad de las personas, aunque fuera la leve y fugaz de unas inesperadas monedas bajo el abrigo.
   
         Dhirdrú siempre había tenido razón, Puf escondía bajo su manto de travesuras un corazón mayor de lo que él ni nadie pudiera imaginar. Su nombre en realidad no significa “molestia”, no al menos la misma clase de molestia que para los humanos. En el lenguaje de las hadas hay muchas palabras para designar una sola cosa, dependiendo de la intensidad y el tipo de idea que se quiera expresar, de ahí que “Puf” sea una molestia agradable, una molestia que más que enfadar invita a la risa y al buen humor, un fastidio que en realidad es una bendición, como la lluvia fría en el tórrido verano.
   
         El tren de las seis menos cuarto lo volvió a despertar. Cada día se le hacía más dura la rutina diaria, cada día deseaba un poquito más escapar de aquella prisión de hierro y cemento y corretear libre por el bosque. Podía salir, vivir de nuevo en una granja, o en un pueblecito de casas antiguas, o incluso en un bosque de pinos o de cedros, pero allí los recuerdos y los sollozos terminarían por ahogarlo. No podría mirar de nuevo un árbol y no pensar en Dhirdrú, no llorar a Dhirdrú en cada hoja y cada rama.
   
         Apretó los nudillos hasta que sus manitas azuladas se le pusieron blancas. ¿Por qué había sido tan egoísta? ¿Qué valor podía tener su vida si no tenía nadie para compartirla? Ninguno, pero en aquella fría mañana de marzo no tuvo esto en cuenta.
   
         Al oír a los hombres, armados con sierras mecánicas, dialogar acerca de la gran haya lo supo. Por alguna razón que se le escapaba iban a cortar el inmenso árbol de la entrada, y junto a él segarían también a Dhirdrú, su dríada. Puf se puso a temblar. ¿Qué podía hacer siendo tan solo un duende? Siendo un duende sin dudas nada, pero si fuera un humano podría hablar con ellos, disuadirlos de la atrocidad que iban a cometer, impedírselos si era necesario. Conocía sus habilidades, una de sus facultades es la de poder convertirse en mortal en un momento determinado, aunque por desgracia no haya vuelta atrás, y solo se puede disfrutar de la nueva forma un día, hasta que el sol vuelva a aparecer en el horizonte. Sabiendo esto no hizo nada. Debía sacrificarse por “el hada del cascabel”, ella sin duda importaba más que un duende travieso y juguetón, sin embargo se quedó temblando en un rincón, escuchando a lo lejos como el ruido de las sierras terminaban con la magia, la fantasía y la sabiduría de Dhirdrú.
   
         Después de aquello era impensable continuar viviendo en la granja como si tal cosa, tenía que escapar, huir como un delincuente y refugiarse, esconderse donde nadie lo encontrara, lejos, en el más oscuro laberinto que existiera.
   
         Por ese motivo erraba vagabundo, solitario, triste y desamparado junto a las chisporroteantes  vías del metro. Su caminar no lo conducía, como de costumbre, a la estación para buscar algo de comida, hoy no, hoy le apetecía pasear donde sus pies lo llevaran, acompañado por su inseparable resplandor violado.
   
         No llevaba mucho tiempo caminando en la incesante oscuridad cuando un sollozo lo asaltó. No era un lloro corriente y continuado, más bien era como las olas del mar, a veces sonaba alto y estruendoso, apagándose después en un leve murmullo. Puf se quedo parado, escuchando, apoyándose con una mano en la pared interna del túnel. No había duda de que era un llanto, ningún otro ruido, ni siquiera el viento entre las tejas del granero, sonaba tan desgarrador. A puf se le hubieran erizado los pelos de los brazos de haberlos tenido.
   
         Sin despegar la mano de la pared, y habiendo apagado su luz, se fue acercando poco a poco, intrigado, pero a la misma vez terriblemente asustado.
   
         Cuando estaba a unos diez metros del origen de los sollozos se detuvo. Ahora sabía que eran de niño, no había nada tan inconsolable como el llanto de un niño. Puf deseaba ponerles fin, se le estremecía el alma con cada nuevo gemido, pero no sabía cómo. Había algo en su interior que deseaba encender su cuerpo con la luz violácea y decir:
   
         -Tranquilo, no tienes nada que temer ¿Qué te ocurre?
   
         Pero otra parte, su ego de duende, se lo impedía. Aquello iba en contra de los principios de todo duende. ¿Qué pensarían de él sus parientes si aparecía de repente frente a un humano,  así como si tal cosa?
   
         Luego de un ratito de estar en silencio su ego se desmoronó, ¡aquello era insoportable! No podía quedar impasible ante ese lloro incesante, con sus altibajos estridentes y llenos de pucheritos al final. Si seguía escuchando indiferente se volvería loco, o lo que es peor, insensible.
   
         Así que se armó de valor y chascó los dedos, al momento la estancia tomó un suave color púrpura, cálido y acogedor. Bajo las lágrimas, que cesaron de repente, aparecieron unos ojos verdes enormes, como esmeraldas vidriadas. Pertenecían a una niña. Tenía el cabello rubio como el trigo y recogido en dos coletas, las mejillas coloradas debido a la quemazón de las lágrimas y la sonrisa mellada. Tendría unos seis años. Vestía ropas de invierno, tan abrigadas que le daban un aspecto gracioso, como una pelotita sentada y recogida sobre sí misma.
   
         Puf fue incapaz de decir nada y se quedó mirándola, con sus preciosos ojos azules abiertos como platos.   
   
         Hubo un momentáneo silencio, roto al fin por la vocecita de campanilla de cristal de la niña.
   
         -¿Quién eres?
   
         Puf estaba ensimismado. Antes había sabido que decir, ahora no le salían las palabras. 
   
         -Me llamo Puf – dijo Puf al fin - ¿Y tú?
   
         -Yo soy Clara – contestó la niña, sonriendo al ver al personajillo azul con resplandor violado frente a ella.
   
         Y Clara era como una mañana, radiante, con aquella sonrisa mellada que iluminaba el alma. Puf así lo sintió, al igual que sintió que aquellos ojos vidriados con reflejos de plata los había visto antes, quizás en lo alto de una gran haya.
   
         -¿Qué te ha ocurrido? – preguntó Puf con su voz de grillo.
   
         La sonrisa mellada se desdibujó de aquellos ojos de esmeraldas y un velo de tristeza los cubrió.
   
         -Me he perdido.
   
         Puf asintió levemente.
   
         -¿Dónde está tu madre o tu padre?
   
         -Allí en la estación. – Clara señaló con su manita una dirección, la contraria de dónde había venido Puf.
   
         -Bien, vamos. – Una sonrisa amistosa y despreocupada se formó en los labios de Puf mientras tendía la mano menuda hacia Clara.
   
         -No puedo, me duele mucho el tobillo. Antes me he asustado por un gato y me he hecho daño – Se agarró el tobillo, que estaba sensiblemente hinchado.
   
         -Maldito gato. – pensó Puf - ¡Sólo causa problemas!
   
         -¿Qué eres? – preguntó Clara con un brillo verde de inteligencia en la mirada.
   
         -Soy un duende – Puf contestó con naturalidad, como si se hubiera presentado de aquella forma cientos y cientos de veces, cuando, lógicamente, era la primera.
   
          -Nunca he visto un duende.
   
         -Me alegra mucho ser el primero – dijo Puf con una suave reverencia.
   
          Clara esbozó otra de aquellas formidables sonrisas ante el gesto de Puf.
   
         La situación no tenía visos de tener una solución sencilla. Clara estaba allí, con el tobillo hinchado – quizás un esguince – junto al peligro de las vías cargadas de corriente. Puf pensaba en ello mientras descartaba la idea de avisar a alguien. ¿Qué harían los humanos si tuvieran la prueba definitiva de la existencia de los duendes? Seguramente lo encerrarían en una jaula y le harían todo tipo de pruebas anatómicas y biológicas, con toda probabilidad lanzarían montones de descabelladas hipótesis para desvelar los misterios de su magia, sin dudas sería el fin de la ilusión y la fantasía.
   
         Puf no tenía ganas de devanarse los sesos, no de momento, así que continúo con la conversación:
   
         -¿Cómo te has perdido?
   
         De nuevo Clara borró la alegría de su rostro.
   
         -Yo no quiero irme de aquí, aquí están mis amigos, pero papá y mamá dicen que nos tenemos que cambiar de ciudad, así que me he escapado.
   
         Puf asintió de nuevo, para él también había sido un gran trauma cambiarse de lugar de residencia.
   
         -Clara, en tu nueva ciudad encontrarás pronto amigos, y no puedes escaparte, tus padres estarán preocupados.
   
         Clara bajó su cabecita y de nuevo las lágrimas rodaron por sus mejillas.
   
         -Quiero volver con mamá. – dijo entre sollozos.
   
         A puf se le encogió el corazón al ver las gotitas de mar saliendo de las dulces esmeraldas vidriadas de Clara. Imaginaba las lágrimas de Dhirdrú en su haya, mientras las sierras acababan con ella. Había sido un cobarde una vez, todos los días se arrepentía de ello, ahora reuniría el valor suficiente. No cometería de nuevo su error.
   
         -Espérame aquí Clara, voy a buscar ayuda – dijo Puf mientras se alejaba.
   
        Clara quiso detenerlo, estaba muy asustada, pero solo vio al duendecillo alejarse en la oscuridad.
   
         Puf miró sus manitas azuladas antes de cerrar los ojos. Al abrirlos eran enormes y de un color entre rosa pálido y marrón claro. Eran manos de humano. No pudo ver el resto de su cuerpo, de haberlo hecho sabría que su pelo azul enmarañado era ahora rubio y liso, a la altura de los hombros, pero que sus ojos conservaban el fulgor azulado de antes. Ahora estaba a oscuras, su cuerpo no emitía ya la purpúrea luz, pero anduvo hacia Clara.
   
         Al llegar la tranquilizó y la cogió con sus fuertes brazos, apoyándola contra su pecho.
   
         -¿Dónde esta Puf? – preguntó Clara.
   
        -¿Quién es Puf? – dijo el desconocido, mientras caminaba en dirección a la estación.
   
         Al salir a la luz, procedentes de la espesa oscuridad, Clara y el nuevo Puf entrecerraron los ojos. Así observaron como dos policías se les acercaban acompañados por un hombre y una mujer que se deshacía en lágrimas. Cuando llegaron Puf acercó a Clara a la mujer, la cual la cubrió de besos, mientras el hombre le daba un fuerte apretón de manos. Todo había pasado.
   
         ¿Cuánto tiempo llevaba sin ver el sol? Sin lugar a dudas demasiado, pues había olvidado su suave calor a pesar del frío reinante. La tenue luz de las últimas horas de la tarde también vagaba en sus recuerdos ahora despiertos. Había echado de menos durante todo este tiempo el aire libre, ahora lo sintió, helado pero revitalizante, en la cara.
   
         Se apoyó en la barandilla de un puente sobre el río, mirando las oscuras aguas. Pensó en Clara, para ella el personajillo azul sólo sería algo sin explicación en la oscuridad de un túnel que quería olvidar. Era lo más natural. Pensó en Dhirdrú, ahora se reuniría con ella allí arriba, a partir de ahora existiría una estrella más en el firmamento gris plomizo sobre las luces de la ciudad.
   
         Una sonrisa se dibujó en su rostro de hombre, mientras la luna avanzaba silenciosa a través de la noche.


por Rafael Matito Matito