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NOTA: Que sepais que un relato de este autor titulado "La lucha" ha sido digno de mención en el Premio ESPIRAL de Ciencia Ficción del 2001. Para más información pulsa aquí.   

"Ahí viene, ahí viene, el Espíritu del Hielo con las frías ráfagas del Norte"
         ---J. G. Whittier---            
         
         El Vigía

            Llevaba ya varias horas oteando el mar, con la esperanza de ver una vela acercarse. Como cada día fue una esperanza inútil, pero seguía resistiéndose a creer que su padre se había olvidado de él. No podía aceptarlo. ¿Cómo aceptar que un rey vikingo permitiese que su hijo siguiera cautivo en un pueblo de campesinos?
   
         Mientras en la cima del acantilado la brisa marina hacía ondular su larga cabellera rubia,  cerró los ojos y recordó su tierra natal. Ahora debían estar preparando otra expedición sobre la costa del Sur. ¿Por qué no lo rescataban? Volvió a recorrer con la vista el vacío horizonte. Nada. ¿Por qué?
   
         Sin darse cuenta del tiempo, ya había anochecido. Intentar bajar al pueblo sin luz le pareció un suicidio, así que decidió pasar allí la noche. Observó cómo una gaviota volaba libre sobre él. Hundió la cabeza entre sus brazos y se echó a llorar.
   
         
            Mi drakkar. La brisa del mar. Alegría. Resuenan canciones de guerra. Corre la cerveza. Euforia. Mis amigos bailan. Afilo mi espada. Mañana atacaremos el pueblo. Gloria, botín o muerte. Pero no puede haber temor a la muerte en combate: el Valhala espera. Las Valquirias se ocuparán de nosotros, mañana. Todo sonrisas. ¡Más cerveza!
Soy el líder. Les llevaré a la victoria. Mujeres. Sí, también esclavas. Volveremos al Norte, más ricos, y más felices...
   
         
            Una mano le zarandeó suavemente. “Raldand, Raldand”. De repente se encontraba en el acantilado. Una antorcha iluminaba a la preciosa muchacha que le acababa de despertar. El sueño. Siempre el mismo sueño. Pero esta vez, al menos, no había llegado la pesadilla. Althea sí que era real, real y hermosa.  

            -Raldand, vamos, despierta.
            -Mmm- se limitó a gruñir el vikingo.
   
         -Si no bajas al pueblo vas a enfermar. Hoy hace demasiado frío -dijo ella mientras le iba cubriendo los hombros con una gruesa manta.- Estaba preocupada.
            -No tengo frío. Con está temperatura nos bañamos en los ríos del Norte.  
            -Pero recuerda que ya no estás en el Norte -una clara mirada de tristeza le hizo comprender el poco acierto de sus palabras.- Raldand, yo...
   
         -Volveré. Lo juro -en su voz se adivinaba una fría determinación.
   
         -Sí, ya lo sé. Claro que volverás -susurró, tranquilizadora, Althea.
   
         -Un día aparecerán los barcos de mi padre en mi busca. Y ese día seré libre.    
   
         -Y ellos nos devolverán a la gente que secuestraron -afirmó la chica anhelante.- A Roger, a Marie... a Duques.
            Raldand levantó la vista y le miró a los ojos- A tu prometido.
   
        -Y entonces por fin podré casarme -terminó Althea con un sonoro suspiro.
            Esa última frase causó un gran dolor al normando. Permaneció en silencio durante el resto del trayecto, aunque, de vez en cuando, posaba sus melancólicos ojos azules sobre su acompañante. Althea. Campesina, hija de campesinos. Destinada a casarse con un campesino, y a tener hijos que también lo fueran. Él era un príncipe vikingo de cuya familia decían los escaldos que descendía de Odín.  Un guerrero fuerte, altivo, valiente. Poderoso y rico en el Norte, aunque allí un mero esclavo.
   
         Althea amaba a su prometido. Raldand amaba a Althea.

            Mi drakkar...
           
Luz. El sol que nos calienta. Atacamos. Sangre. La paja arde. Comida y esclavos. Es un buen botín. Los campesinos huyen. Cobardes. Siento un gran desprecio. Sangre. Las mujeres lloran. Mis hombres gritan: “¡ Odín!” Sangre. ¿Pasos a mi espalda? Dos campesinos. Atacan. Sangre. ¡Es mi sangre!. Caigo. Oscuridad. ¿Qué ocurre? Oscuridad.

            Era  domingo. Había aprendido que el domingo era un día para dedicarlo a Dios. Sonrió recordando cómo todos se habían santiguado cuando preguntó a cuál de ellos. Sólo hay un dios, le dijeron, uno que son tres. No entendía la extraña y nueva fe que alababa lo que en su pueblo se consideraban sensiblerías: paz, amor, perdón... Estaba acostumbrado a despreciar eso como algo propio de débiles. ¿Se equivocaba?
   
         En la iglesia todos entonaban monótonamente los salmos. Estaban en latín y sólo el sacerdote los entendía. Raldand  buscó a Althea entre los feligreses, pero no la vio. Le molestaba permanecer allí sentado escuchando canciones incomprensibles, mas no tenía otro remedio. Era un “catecúmeno”, aunque tampoco sabía lo que eso significaba.
   
         El párroco hizo un gesto. Terminaron de cantar. Empezaba el sermón.
   
         -Hijos míos- paseó su inquisitiva mirada por toda la sala- me han contado que muchos de vosotros, inducidos por el pecaminoso vicio del alcohol o seguramente por el mismísimo Diablo, últimamente habéis blasfemado contra nuestro Creador –se escucharon algunos cuchicheos.- Que le culpáis a Él, al Altísimo, de ser culpable de las malas cosechas de este año  –más cuchicheos.- Y yo os pregunto ¿ Quiénes sois vosotros para cuestionar siquiera los inescrutables designios del Señor?
   
         Se hizo el silencio. Los campesinos se miraban unos a otros acusadoramente, porque todos eran en el fondo culpables de la Ira divina encarnada en el furibundo clérigo. Dios, ten piedad de nosotros, pensaban algunos.
   
         -Tenéis malas cosechas. Y las seguiréis teniendo mientras el Padre vea a sus hijos desobedientes e irreverentes. ¡Seguid blasfemando! ¡Condenaos! Dios os castigará hoy con el hambre, y mañana con el Fuego eterno. ¡Condenaos!
   
         Raldand no creía en ese dios, pero un escalofrió le recorrió el cuerpo. Pudo ver a los niños y a muchas mujeres llorando. Tuvieron que sacar a rastras de la iglesia a una anciana que sufría un ataque de histeria.
   
         Dios ten piedad de nosotros, murmuraban desconsolados todos.
   
        Pero el sacerdote tampoco quería pasar ciertos límites. No era estúpido. Si con voz tronante les hubiese ordenado en ese mismo momento sacrificar a sus hijos tal que víctimas expiatorias, como Abraham, se hubiesen apresurado a cumplir el mandato. Mas ya tenía lo que quería antes de que se levantase el puñal: una fidelidad total.
   
         -Hijos míos, Vuestro Creador puede perdonaros.
   
         El golpe de gracia.
   
         -¡Díganoslo! ¡ Diga cómo podemos salvarnos!
   
         El sacerdote sonrió. “Triunphans”.
   
        -Sé que vuestras intenciones son buenas. Y que vuestros pecados están inducidos por el Maligno. También sé que, aunque vuestros antecesores se unieron a Cristo hace tiempo, todavía permanece aquí el demoníaco símbolo de su paganismo. 
            Muchos miraron a Raldand con furia. El vikingo calculó las posibilidades de sobrevivir a un linchamiento. Ciertamente, no eran muchas. Ojalá el clérigo estuviese más cerca. Odín, ten la amabilidad de prepararme una silla en el Valhala, se dijo.
   
         -No, no se trata de nuestro bárbaro catecúmeno. Aún no se ha unido a Cristo, pero no tardará mucho en hacerlo, por su bien. ¡Recordad, hijos míos! ¿Qué símbolo pagano queda en el pueblo?
   
         -¡El ídolo del Vigía!- gritó un hombre con odio.
   
       -¡El ídolo, el ídolo!- Corearon todos mientras el cura asentía complacido.
   
         Un anciano se levantó y pidió tímidamente la palabra.
   
         –Pater, soy el hombre más viejo que aún queda. Desde que recuerdo, la antigua estatua estaba en el acantilado. Una vez, hace mucho tiempo, le pregunté a mi abuelo desde cuándo estaba aquí, y su respuesta fue “siempre”. Si a Dios le hubiese molestado su presencia nos hubiese traído hambrunas hace siglos, y no ahora.
   
         Los feligreses se silenciaron ante la lógica de sus palabras. El sacerdote clamó.
   
         -¿Acaso dudas de la palabra del Señor, tu Amo? ¡Hereje!- el viejo bajó la cabeza.- El ídolo pagano es el verdadero culpable de vuestras desgracias. Tiradlo al mar y Dios os perdonará.
   
         La gente, pletórica al tener un culpable sobre el que descargar su terror y su culpa, comenzó a gritar como poseída contra el Diablo y el ídolo del Vigía. El vikingo conocía al objeto de sus ataques, había visto estatuas como esa por todo el Norte. Tirarla al mar, eso era una insensatez. No escuchar la palabra de un anciano, eso era una auténtica locura. Tenía que intervenir, aunque su instinto de supervivencia le avisara insistentemente de lo contrario:
   
         -¡El anciano tiene razón!
  
         Todos le miraron tan asombrados que olvidaron seguir gritando. Althea se dio la vuelta  y le miró fijamente. No lo hagas, decían sus ojos, por favor no sigas. Pero él  tenía que avisarles, aunque no fuese escuchado o le ocurriese algo peor.
   
         -En mi lugar de origen hay ídolos muy parecidos a ese. Nadie, ni las valas ni los escaldos, conoce su significado. Su origen se remonta a un pasado demasiado remoto. No se sabe de ningún pueblo que se deshiciera de uno de estos ídolos. Nunca. Puede ser muy peligroso desafiar a los dioses y a las obras de los Antiguos.
   
         El sacerdote le miró indignado.
   
        -Son palabras que no debería pronunciar un catecúmeno- el cura observó a los jóvenes que murmuraban. Raldand gozaba de gran estimación entre ellos, lo que no le hacía ninguna gracia.- Recuérdalo si quieres seguir aquí – “vivo”, añadieron sus ojos.
   
         El pueblo contenido durante unos momentos volvió a estallar. “¡Tiremos el ídolo!¡ Tirémoslo al mar!”
   
         Althea le miró con lástima y temor.
   
         Ojalá el sacerdote estuviera más cerca, pensó después de observar la sonrisa triunfante del otro. Pero no, no lo estaba.
   
         Todos salieron lentamente de la iglesia. Al pasar a su lado la mayoría le miraban con resentimiento. El anciano que tan valientemente había hablado antes le dirigió una agradecida sonrisa. Althea estaba enfadada con él por haberse expuesto inútilmente a un gran peligro. El “si quieres seguir aquí” aún retumbaba en sus oídos.
   
         Jacques le cogió del brazo y le arrastró fuera del edificio.
   
         -Hay veces que creo que tienes muy poco aprecio a la vida, amigo.
   
         -Hay algunas cosas por las que merece la pena...
   
         -¿ Morir?- preguntó escéptico el joven campesino.
   
         -Luchar- sentenció Raldand.- Morir es sólo un  riesgo necesario.
   
        Jacques le miro pensativo. No comprendía del todo al vikingo. Habían nacido en sitios muy diferentes, educados para diferentes destinos, pero ahora ambos eran buenos amigos. El normando creía que el sureño hubiese sido un buen guerrero, fuerte y valiente. Pero Jacques no llevaba espada, sólo una azada. Le hubiese gustado poder ser un aventurero. Le encantaban las sagas vikingas que su camarada le recitaba las noches que estaba de buen humor. Pero era un siervo y sólo su señor, el conde, tenía el poder para decidir su futuro. No creía que hubiese en él ninguna gloriosa aventura.
   
         No dijeron nada, pero por acuerdo tácito, se dirigieron al acantilado, el lugar en el que descansaba, desde hacía decenas de siglos, el viejo ídolo, y desde donde Raldand acudía diariamente a otear el horizonte.
   
         -Jamás he comprendido por qué rechazáis así vuestro pasado. Despreciáis las sabias palabras de los ancianos, destruís los símbolos por los que lucharon vuestros antepasados – acarició las desgastadas runas que cubrían la estatua.- ¿Por qué?      
   
         -Desde que estás aquí hay veces que yo también me lo pregunto, amigo.  


            Otro día. Otra noche.
            La misma pesadilla.

            Mi drakkar...
            Luz...
            Despierto. La luz me hace daño. Los campesinos por todas partes. Hablan, no entiendo. Atado. Soy un prisionero. Una joven me cura. Ando. Labro los campos. El acantilado. El ídolo. Horas y horas buscando en el mar. Nada. Nunca. Tristeza. El sacerdote sonríe. Me mira y sonríe. ¿ Es él Loki? Ha de serlo. Se alegra de la desgracia de un descendiente de Odín. No hay Valhala para una muerte de paja. Deshonra. Tristeza. Althea. ¿Luz? ¡Althea!

            Se despertó cubierto de sudor y gritando un nombre. Althea.
            Jacques estaba ya desayunando. Raldand vivía en su casa, ya que su padre era el jefe de la aldea, el que trataba con el señor. Sonriendo le alargó un trozo de pan.  

            -Esta noche casi no me dejas dormir. Todo el rato dando vueltas en tu lecho. Y luego los murmullos en tu jerga norteña. Podrías murmurar en cristiano. Al fin y al cabo vas a convertirte dentro de poco
.

             El vikingo le dirigió una mirada envenenada.
   
        -No estés tan seguro de eso. Yo no soy como vosotros. Jamás renunciaré a las creencias de mi pueblo.
   
        -Está bien- Jacques no tenía ganas de discutir.- Pero debes aparentarlo al menos. Por cierto, hoy tenemos que ayudar a despeñar el ídolo del Vigía.
            Raldand negó impetuosamente con la cabeza.
            -No pienso colaborar en eso.
            -No digas estupideces, ya escuchaste al sacerdote. La gente de aquí te aprecia, a pesar de que nos atacaste con tus guerreros, pero no dudarán en acabar contigo si el cura se lo ordena. O de entregarte a las altas autoridades eclesiásticas. Estoy seguro que les encantaría ejecutar a un pirata vikingo que se resiste a dejar sus supersticiones paganas.  
            -¡No son supersticiones!- gritó con furia el normando.  
           -Bueno- dijo el campesino intentando calmarle.- Hoy uno de tus dioses va a acabar en el fondo del mar. Y si no lo aceptas me temo que tú vas a seguir su camino.  
            -En eso sí que te equivocas.
   
         -¿En qué?
            -No es uno de mis dioses- señaló por la ventana hacia el distante acantilado.- Es uno de los vuestros.  
            Al final Jacques consiguió convencer a Raldand, que le siguió cabizbajo hasta donde ya se había reunido el resto del pueblo. En medio de todos la enorme estatua parecía ignorarlos y seguía absorta, mirando con sus grandes y desgastados ojos el mar. El sacerdote dirigía a una docena de campesinos que por medio de palancas  la movían poco a poco. No hacía falta más ayuda, a lo cual el vikingo dio gracias. Así que se limitó a observar los lentos progresos de los hombres. Comenzaba a llover.  
            Althea se acercó a él y le cogió tiernamente del brazo intentando consolarle.  
            -Es muy bonita- le susurró al oído.- A mí siempre me ha gustado. 
            Intentó sonreír, pero no pudo.  
           Consiguieron al fin, entre caídas por el barro e imprecaciones del cura, arrastrar la pétrea figura hasta el borde mismo del acantilado. El sacerdote dio el último empujón. Mientras la enorme estatua se precipitaba desde lo alto él chillaba, poseído por una alegría más allá de la cordura:  “¡In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti!”.  
            La estatua se hundió en las oscuras aguas.  
            “Amen “.

            Mi drakkar...
            Luz...
            Despierto...
           El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo. El ídolo


            Pasaron lentamente los días, los meses, el verano: otro año más. Ya estaba completamente seguro de que no iban a venir. Era muy posible que le dieran por muerto, ya que, al fin y al cabo, cuando sus hombres huyeron nadie pudo darse cuenta de que él, ensangrentado y tendido en el suelo, sólo estaba herido. ¿Acaso fueron derrotados al creer los vikingos que su líder había  fallecido? Apartó ese triste pensamiento de su mente porque no hacía más que añadir deshonra y culpabilidad a su ya maltrecho ánimo.  
            Intentó imaginar la llegada de sus compañeros al hogar hace ya tanto tiempo. “Tu hijo descansa ahora en el Valhala”, anunciaría solemnemente a su padre el viejo Olaf. ¡Olaf! Casi había olvidado los rasgos de su camarada. Todo eso parecía demasiado lejano. Él nunca iba a descansar en el Valhala, y tampoco iba a volver a ver a Olaf, ni a sus padres, ni al resto del pueblo que debería haber gobernado por derecho. No. Él iba a acabar como un siervo, rodeado de cobardes que nunca serían capaces ni de enfrentarse a un sacerdote. ¿Eran hombres aquellos a quienes tales yugos parecían no molestarles? Creía firmemente que no.  
            Había dejado de subir todos los días al acantilado. Ahora sólo lo hacía esporádicamente, cuando prefería estar en soledad, pero la ausencia del viejo ídolo también le pesaba. Si no fuera por Althea... Una Althea que no cesaba de preguntarle por las posibilidades de que volviera su prometido. ¿Cómo decirle la verdad? No podía, prefería mentirle a verla triste. Si al menos se olvidara del cautivo en el Norte y amase al cautivo del Sur...  
            Y pesadillas. Siempre pesadillas.
      
   
        Ese día decidió volver al acantilado porque estaba especialmente desanimado. Había niebla, pero aun así subió. Allí la niebla era un fenómeno bastante habitual, pero ésta le ponía especialmente nervioso. Desde lo alto apenas podía distinguir el mar. Aunque eso ya le daba igual, casi todo le daba igual. Si no fuera por sus escrúpulos religiosos se hubiese suicidado mucho tiempo atrás. Al fin y al cabo, se dijo con una triste sonrisa, los campesinos y yo compartimos unas cadenas parecidas.  
            Althea apareció después de un par de horas. Dijo que para hacerle compañía. No comprendía que había acudido allí precisamente para no tenerla. 
            Pasaron un rato juntos, pero en silencio.  
            De repente la muchacha comenzó a gritar señalando el mar.  
            -¡Una vela! ¡Una vela! Mírala Raldand, por fin han vuelto.  
            El vikingo oteó el horizonte. Era cierto, entre la neblina se distinguía una mancha oscura que indicaba claramente una vela. Y, por tanto, un barco. Abrazó entusiasmado a Althea gritando agradecido a sus dioses.  
            Después de unos momentos Raldand consiguió calmarse. Algo parecía no encajar muy bien. ¿Qué especie de loco o inconsciente se había echado a la mar en pleno invierno? ¿Cómo, a pesar de la niebla, podía distinguir tan bien la vela?  
            Cuando la embarcación se acercó más la respuesta se tornó demasiado clara. Sintió auténtico pánico. Terror. Porque no era un drakkar, ni ningún barco en el que jamás humano alguno hubiese navegado. Se le heló la sangre. Esa nave era inmensa. Tanto como toda la flota de su padre junta.  
            De niño había escuchado muchas leyendas de gigantes, pero nunca había llegado a creer en su existencia. Eran un mito. ¡Tenían que serlo! Observó como la enorme quilla surcaba el agua hacía la costa. No, no eran un mito. En la vela había runas bordadas en azul, eran similares a las del  ídolo que antes vigilaba el mar. Una descorazonadora idea se abrió paso en su mente. Recordó un viejo cuento, “La Saga de los gigantes del Hielo”, parecía encajar. Estamos muertos, pensó.  
            -Raldand, ese barco es...- musitó consternada Althea.  
           -Sí. Debemos bajar rápidamente al pueblo- respondió pensativo el vikingo.
            -Pero es...
            Cogió a Althea de la mano y echó a correr. Estamos todos muertos, pensó, pero no pienso morir sin luchar.  


            La gente se había ido reuniendo esporádicamente en el pórtico de la iglesia. Ya formaban una pequeña multitud vociferante, de la que tan sólo el sacerdote parecía conservar la calma, cuando ellos llegaron.  
            -Hijos míos, ese barco del que habláis no puede existir. Estoy seguro de que la niebla os lo ha hecho imaginar tan grande.  
            Raldand sonrió mientras trataba de recuperar el aliento tras la carrera. Es curioso lo incrédulo que podía ser un hombre que dedicaba su vida a lo sobrenatural.  
            -Los gigantes...- consiguió murmurar entre resuellos.  
            -¿Qué? ¿Cómo dices?- preguntaron los que habían conseguido oírle. 
            -Son los gigantes de hielo.  
            -¿Qué blasfemas, sucio pagano?- exclamó asombrado el cura.  
           Los campesinos le miraron a los ojos. Era un pirata vikingo que había  intentado saquear y arrasar la aldea, pero en tres años, aun cuando le fuera perjudicial hacerlo, jamás había dicho una sola mentira. Ahora tampoco mentía.  
            -Yo le creo- dijo Jacques.  
            Un hombre llegó corriendo y gritando “¡ Un barco enorme como una montaña! ¡Huyamos!” Todo el pueblo comenzó preguntar a Raldand por los gigantes. Al clérigo no le quedaba otra opción que aceptar la existencia de la nave, pero...  
            -¿Gigantes? ¿Os habéis vuelto todos estúpidos escuchando esa mentira pagana? ¿No os dais cuenta de que es el Maligno quien habla por su sucia boca?  
            -Son gigantes. ¿Quién si no podría conducir semejante nave?  
            -Él. El Diablo y su Corte Infernal- respondió el otro.- ¡El Juicio Final ha llegado! Debemos prepararnos. Refugiémonos en la iglesia y esperemos la ayuda de Dios.  
            Sonaba muy poco convincente.  
           -Cuando tirasteis el ídolo al mar yo os advertí del peligro que corríamos, pero preferisteis escuchar las palabras fanáticas de vuestro sacerdote...  
            -¡ Maldito hereje! Morirás por lo que estás diciendo.  
            -¿ Morir? Quizá muramos todos hoy por tu culpa, pater.  
            Decenas de ojos cargados de resentimiento se clavaron en el clérigo, que se dio cuenta de que había perdido la partida, y se deslizó rápidamente hasta la puerta de la iglesia, que trancó por dentro. “¡Rezaré por vuestras almas!” fue lo último que dijo.  
            -La verdad es que no sabía de la relación real entre la estatua y algún posible peligro. Creo que de alguna forma el ídolo protegía estas costas. Quizá por eso fracasó mi ataque. Ahora los gigantes ya no tienen ningún obstáculo que les impida el paso.  
            -¡Debemos huir!- chilló una mujer.  
           Hubo murmullos de aprobación. No todos creían la idea de los gigantes, pero, fuera lo que fuera, no era humano, y preferían no saber más.
            -¡Alto!-gritó Raldand.  
            Todos se volvieron hacía él  
           -Huid si es lo que queréis. Podéis dejar que destruyan vuestros hogares y vuestros bienes. Podéis dejar que mancillen vuestro honor. ¿Qué os importa? ¿Qué os importa ser  recordados como el pueblo que dio la espalda al peligro, que huyó?  
            -Pero son gigantes, tú mismo lo has dicho...  
           -Las leyendas cuentan también que eran mortales, Robert, como nosotros. Yo soy un simple hombre, pero pienso quedarme aquí a luchar, aunque muera solo.  
            -No vas a morir solo, yo me quedo contigo, Raldand- Jacques le dio un apretón de manos. Algunos jóvenes más se les unieron.  
            -Maldita  sea, ¿Dónde está vuestro orgullo? ¡Luchemos!  
            Los hombres se miraron unos a otros indecisos.  
           -Pueblo de Lartres- dijo Jacques.- ¿Vais a dejar que un vikingo y cinco muchachos defiendan solos el pueblo? ¿Queréis que os recuerden como cobardes?  
            -¡¡¡ NO!!!- gritaron todas las gargantas.  
            La verdad es que Raldand no había confiado nunca mucho en el valor de los aldeanos. Sin embargo, ese día aprendió que estaba equivocado.

            -Locos, estáis completamente locos. ¡Somos simples campesinos, no héroes de leyenda! -exclamó gesticulando un hombre.        
            El vikingo sonrió abiertamente.  
            -Puede que hoy nos convirtamos en una leyenda, amigo.  
            Raldand, como único guerrero experimentado, tomó tácitamente el mando. Les ordenó armarse con lo que pudieran: herramientas de labranza, algunos cuchillos y unas pocas lanzas y espadas que los normandos habían dejado en el anterior ataque. Armas improvisadas para un improvisado e inexperto ejército comandado por un enemigo. Era una extraña situación, pensó, que merecería ser cantada algún día por los escaldos.  
            Recogió un enorme hacha de cortar leña. No tenía armadura, ni yelmo, ni siquiera un simple escudo, pero le daba igual. Después de tres años de cautiverio por fin era realmente feliz. Organizando la desesperada  defensa de la aldea volvía a tener una vieja sensación que parecía haber olvidado. Era el líder. Todos confiaban en él, y esta vez no iba a fracasar.  
            Pero le faltaba algo que solucionar.  
           -¿Dónde está Althea?- preguntó a un anciano que transportaba antorchas.  
            -Creo que en la casa de Eudes, con los niños- le respondió.  
           Corrió hacía allí. Dentro las mujeres y los niños se hacinaban nerviosos. Algunas, a pesar de la inicial oposición de los hombres, se habían unido a ellos para la batalla, pero la mayoría se habían escondido en el mismo pueblo, a pesar de que sabían que si la defensa fallaba ellas no tendrían esperanza alguna. No querían alejarse de sus familias.  
            Althea no estaba, porque había salido a recoger a sus primas pequeñas. Raldand esperó unos eternos minutos hasta verla aparecer con una niña en cada mano.  

   
         -Althea- le llamó.

   
         -Oh, Raldand, estás aquí. Creía que ibas a...  

            El vikingo rodeó por la cintura a la sorprendida muchacha, la atrajo hacía sí y la besó lentamente. Durante unos breves instantes todo, la aldea, la lucha, los gigantes, el ídolo... todo desapareció. Todo, excepto ella.  
            Le miró directamente a los ojos.  
            -Si muero hoy quiero que sepas que siempre te he amado.  
            Se dio la vuelta y continuó preparando a sus hombres, gritándoles para que se situaran en sus puestos. Althea, desde la puerta de la casa, le observaba pensativa.


            El frío se había hecho muy intenso cuando llegó el barco. Si no hubiesen sabido lo que transportaba hubiesen quedado admirados por la majestuosidad y el enorme tamaño del navío. Era ciertamente una creación más allá de la capacidad humana.  
            El sacerdote finalmente se había unido a los defensores. Muchos creyeron que era el remordimiento al saberse culpable del ataque lo que le impulsaba, pero él dijo que sus poderes era lo único que podía detener al Maligno. Por eso se situó, a pesar de las ordenes de Raldand, en la orilla del mar armado únicamente con un crucifijo. Era valiente, pensó el guerrero normando, y sabe morir por sus ideas aunque sea evidente que está equivocado. Hubiera sido un excelente
berseker si hubiese nacido en el Norte.  

            Cuando el primer gigante saltó a la arena todos contuvieron la respiración, porque sin duda era una leyenda hecha carne. Medía unos cuatro metros de marmórea musculatura. Estaba cubierto por una gruesa cota de mallas plateada y un yelmo astado con una corona de oro pálido y joyas lechosas. Observó al clérigo que gesticulaba señalándole con la cruz. Con un lento movimiento desenfundó una gran espada de doble puño. El sacerdote levantó el crucifijo como ingenua protección, pero el gigante le dio un tajo en el cuello arrancándole la cabeza, que salió despedida una decena de metros, hasta la primera línea de atemorizados campesinos.  
            Luego bajaron otros cuatro del barco. Eran suficientes para acabar con muchas aldeas como aquella, se dijo. El de la corona, supuestamente su rey, comenzó a hablar señalándoles con su espada tinta en  sangre. Empleaba una lengua emparentada con la normanda, pero muchísimo más antigua. Raldand consiguió entender algunas palabras sueltas: “Tiempo”, “esperanza”, “hoy”, “venganza”... El mensaje era incomprensible: jamás iban a poder saber el verdadero motivo del ataque, el por qué de su muerte.
             Pero tampoco importaba demasiado.  
           Y entonces los gigantes avanzaron, lentamente. Los primeros hombres se hallaban protegidos por una pequeña barricada, pero sus adversarios pasaron por encima y atacaron. Se inició un enorme caos en el que el vikingo sólo podía distinguir a los inhumanos guerreros destrozando a los campesinos, con sus enormes mazas alzándose una y otra vez con renovado furor para machacar huesos y cráneos. Ninguno tuvo oportunidad de huir. Su plan de batalla yacía ensangrentado en un amasijo que antes había tenido nombres y vida. Era una auténtica carnicería.  
            En esos momentos, incapaz de reaccionar ante lo que estaba viendo, se preguntó si en verdad residía algún honor en la guerra y la muerte. Conocía a los muertos, a sus mujeres y a sus hijos, sus aficiones, sus virtudes y sus pequeños defectos... Todo eso había desaparecido, simplemente y para siempre, porque él les había ordenado colocarse allí y resistir la primera oleada.  
            Quizá el honor no fuera lo que le habían enseñado. Pero estaba seguro de que defender a la aldea y a Althea era algo honorable.  
            Los campesinos observaban la dantesca escena con gran temor. El normando se dio cuenta de que habían  perdido el coraje inicial. Tenía que hacer algo pronto.  
            -¡Los carros de fuego, rápido!- gritó.  
            Tal y como lo había dispuesto, cuatro carros llenos de paja en llamas avanzaron empujados por los más jóvenes hasta estrellarse contra los gigantes, que, absortos en la matanza, no tuvieron tiempo para esquivarlos.  
            Se levantó una gran humareda. “Thor, por favor, haz que eso les detenga”. Pero Thor pareció no escucharle, y surgieron del humo, algo ennegrecidos, pero intactos.  
            El normando tomó una rápida decisión y echo a correr en dirección a su adversario lanzando el grito de guerra de su pueblo: “¡Odín!”. El otro le envió un martillazo, que Raldand pudo esquivar tirándose al suelo. Desde allí, arrodillado, le dio un certero hachazo en la rodilla. El gigante rugió de dolor, pero permaneció erguido. Raldand volvió a golpear aun con más fuerza hasta cercenarle por completo la pierna.  
            El enorme guerrero se desplomó en el suelo.  
           Raldand se subió encima a pesar de un manotazo que le dejo entumecido el brazo. Volvió a gritar y de un hachazo le decapitó. Cogió la cabeza y como si se tratase de un tributo la arrojó a los pies de sus todavía asombrados compañeros.  
            Algo cambió en ellos al ver muerto a uno de sus aparentemente invencibles enemigos. Superaron el temor que les atenazaba. Cada uno miró al frente, al resto de los enemigos, y se lanzó al combate. Por Dios, por Odín, por la familia, por la cosecha de este año... daba igual. Desde el fondo de sus corazones resurgió el espíritu largo tiempo olvidado de la lucha.        
           
Durante casi una hora Raldand pudo ver a los campesinos y a sus mujeres cayendo ensangrentados después de combatir como auténticos guerreros. Su amigo Guesdan  subió ágilmente al cuello de uno de ellos tratando de degollarle. Debajo su padre yacía con el pecho destrozado de un mazazo. Viejos y muchachos tiraban piedras desde los tejados o se agarraban a las enormes piernas de sus adversarios. Muchos morían aplastados, pero siempre había otros valientes para sustituirles.  
            Pudo ver como el suelo se cubría de cadáveres que habían dado su vida para la salvación del pueblo.  
            Pero también vio que poco a poco los gigantes, con los cuerpos cubiertos de heridas y lanzas clavadas, iban muriendo uno a uno. Hasta que solamente quedó en pie su rey. Tenía la cota de malla manchada de sangre reseca, pero no era suya. Avanzaba imperturbable abriéndose  paso con terribles estocadas que dejaban un reguero de muerte a su paso. No parecía importarle demasiado que todos sus compañeros hubieran caído, ya que estaba absorto completando lo que parecía una misión sagrada. Además, la mayor parte de los campesinos también yacían muertos o malheridos. Sólo unos pocos se mantenían capaces de continuar la agotadora contienda.  
            Jacques se dio cuenta de que el gigante se acercaba demasiado a la casa de Eudes, así que echó a correr delante de él intentando atraer su atención. El rey de hielo le persiguió en una extraña carrera que acabó cuando el joven campesino se metió en un callejón cuya única salida estaba tapada por la mole del gigante.  
            Todos se dieron cuenta de que estaba perdido. Pero él, gracias a su agilidad,  conseguía evitar los tajos que la enorme hoja segaba en el aire. De momento.  
            El vikingo estaba a unas casas de distancia, pero un niño le avisó desde el tejado de lo que ocurría. Maldiciendo entre dientes a su amigo subió con el niño y se puso a correr por la techumbre.  
            Llegó hasta la casa. Debajo de él  el rey de los gigantes se disponía a rematar a Jacques, que había tropezado. Sin pensarlo, tomó impulso y saltó con todas sus fuerzas.  
            -¡ Odín!- gritó.  
           El tiempo pareció detenerse en ese preciso instante. El gigante intentaba levantar su espada como defensa, pero ya era tarde. Raldand alzó su hacha en el aire y la descargó con furia sobre el hombro del guerrero de hielo. Se escuchó el crujido de la cota al partirse y de la carne al abrirse con el golpe. El gigante miró, sin poder creérselo, la herida y cayó al suelo envuelto en un sanguinolento sudario.  
            El vikingo observó su hacha ensangrentada  y la levantó. Volvió a gritar.  
            -¡¡¡ Victoria!!!  
            “¡ Victoria!” repitieron como una sola persona los que aun podían hacerlo.       
            “¡ Victoria! chillaron las mujeres y los más pequeños cuando salieron de sus escondites. “ Victoria” dijo Jacques asombrado de permanecer aún vivo.  
            -Me has salvado la vida, hermano.- Agradecido, le estrechó el brazo al otro.
            Raldand sonriendo le respondió- No ha si...- cuando de repente la sonrisa se le heló en la boca. Miró a su pecho, y pudo ver como poco a poco iba sobresaliendo de él la punta de una enorme espada. Se desplomó en el barro.  
            El gigante, con las últimas fuerzas de un moribundo, había logrado medio incorporarse, y con el brazo que mantenía había atravesado por la espalda el cuerpo de su rival. Pero una vez que lo hizo también  se derrumbó.  
            Raldand permanecía consciente rodeado de los campesinos. Una preciosa joven llegó corriendo y se abrió paso para recoger el maltrecho cuerpo del vikingo entre sus brazos. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas.
            -Raldand, por favor, no te mueras. ¡Escúchame! No puedes morirte... Yo te quiero. ¡ Yo también te quiero!- dijo entre sollozos.  
            El vikingo sonreía.- No llores. ¿No te das cuenta? Por fin soy libre.  
            -No, no, no...  
            -Libre...  
            Y cerró los ojos.  
            Por fin. Una valquiria me recoge. Se parece a Althea. “Victoria” me dice. Alegría. Me lleva al Valhala. Todos sonríen y agitan sus vasos espumeantes. “Bienvenido”. Es Odín. Y mis antepasados. Gracias.

   
          Por fin libre...


             El Sol volvió a salir, y la niebla y el frío desaparecieron.  
            Tuvieron que trabajar mucho para reparar los desperfectos, pero más costoso fue despedirse de los que les habían dejado en el combate. Todos recibieron cristiana sepultura, excepto el vikingo, que fue incinerado siguiendo la costumbre de su pueblo.  
            Nadie olvidó ese día jamás. El día en que habían luchado por su libertad y la habían recuperado. A partir de entonces dejaron de pagar tributos al conde, que no se atrevió a intentar nada contra ellos. Decidieron restaurar el ídolo del Vigía, pero modificándolo. La nueva estatua que construyeron tenía los rasgos de Raldand. Clavaron a su lado la espada que le había costado la vida. El nuevo sacerdote, más comprensivo, se limitó a aceptar el hecho y a bendecir el nuevo ídolo. Desde entonces el pueblo no recibió nunca a lo largo de toda su historia ni un solo ataque.  
            Mientras vivió, Althea subió todos los días al acantilado a observar el mar junto a la estatua. Allí recordaba a Raldand, y unos hechos que ya se habían convertido en leyenda...  
            Una leyenda de libertad.  


por Gaizka Fernández Soldevilla