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         NOTA: Hace un tiempo Gaizka Fernández Soldevilla me mandó un relato titulado "La sangre de los elfos". Con el paso del tiempo su experiencia le dijo que podría haber sacado más de aquel texto que compuso tiempo ha. Así, se puso delante del teclado y reescribió completamente el texto, mirando de pulir su estilo y añadiendo más material literario al relato. El resultado es este texto que tenéis ante vuestros ojos: un soberbio trabajo. Tomemos ejemplo de nuestro amigo Gaizka y recordemos que la revisión de los textos es elemento indispensable si queremos escribir un buen relato o novela. Disfrutad de la lectura y no olvidéis que la creación literaria es "un 1 % de inspiración, y un 99% de transpiración".
           
NOTA II:
Que sepáis que un relato de este autor titulado "La lucha" fue digno de mención en el Premio ESPIRAL de Ciencia Ficción del 2001. Para más información pulsa aquí.

 

          La sangre de los elfos II

           
            Todavía no había logrado que las siniestras palabras de su hermano Wardern desapareciesen de su mente: “Nuestro tiempo ha acabado”. Siguió corriendo sin rumbo fijo entre los viejos robles de su bosque natal. Hubo un tiempo en el que el ejercicio físico le hacía olvidar todos los problemas. Por aquel entonces, suspiró melancólicamente, una simple carrera se convertía en toda una liberación. Pero de eso hacía ya mucho, recordó el joven elfo, y ahora nada podía lograr que esa frase se esfumase como si nunca hubiese estado allí antes. La oía repetirse en silencio una y otra vez, y seguía pareciéndole tan aterradora como al principio. No era una promesa, ni un augurio, sino la afirmación de un hecho consumado: “Nuestro tiempo ha acabado”.
            Wardern era uno de los hechiceros más poderosos que conocía. Había renunciado a convertirse en el príncipe heredero del clan, como le correspondía por derecho, para poder dedicarse por completo al estudio de las artes arcanas. Lashibé siempre le había admirado, y no sólo porque fuese su hermano mayor. Durante muchos años mantuvo la secreta esperanza de que cuando él se ciñera la corona de bayas, una vez que su padre, Gatye, dejase este mundo, Wardern estaría a su lado para aconsejarle. Paró en seco su carrera. Había llegado a un limpio arroyo en un claro donde corría una suave brisa. Sumergió la cabeza en el agua helada que bajaba de las Montañas de los enanos, y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo. “Nuestro tiempo ha acabado”. Su hermano nunca le ayudaría a asumir la difícil tarea de liderar al Clan de los Elfos Verdes.
           
Porque estaba muerto.
            Quizá todo había comenzado el día en que llegaron los primeros rumores, se dijo mientras daba la vuelta y volvía sobre sus pasos, andando despacio por el agotamiento. Algunos decían que el Clan de los Elfos Azules había sido aniquilado; otros que era el de los Elfos Blancos; e incluso alguien llegó a afirmar que todos los clanes del Este habían desaparecido en un gigantesco genocidio. Pero nadie hizo demasiado caso al principio, excepto Wardern y el Círculo de Hechiceros. Algo cambió en su mirada ese lejano día, cuando una parte del brillo marrón de sus ojos dejo de iluminarlos. Y así, con el tiempo, fue perdiendo el apetito, las ganas de bailar y cantar en las fiestas, el apego a la vida... Incluso por primera vez en muchos años dejó de practicar la magia. Una extraña tensión invadía el ambiente cuando Wardern o cualquier otro hechicero aparecía. A pesar de todo no dijo nada hasta el final. Parecía esconder un secreto demasiado oscuro y pesado para su alma, y a pesar de ello no le contó nada a él, a su propio hermano.
            Siguió marchando pausadamente. Al menos aparentemente la vida en el Clan continuaba igual, como durante siglos atrás. Los árboles crecían y los pájaros seguían cantando al sol cada amanecer. Pero  mientras avanzaba la Primavera aumentó la evidencia de que algo anormal ocurría. Y lo único que podían decir con certeza es que se trataba de algo malo.
            Por aquel tiempo llegaron los primeros refugiados del Este, recordó, muchos menos de los que no habían podido escapar del Hombre. Hablaron del fuego y las explosiones, de sangre, de asesinatos y de violaciones. El culpable era un fanático ejército de humanos aparentemente obstinados en el exterminio de toda la raza élfica. En el Clan todos dejaron de creer que los rumores eran mentira. Dio una patada a una rama caída. “Los días de paz están contados” sentenció un día su padre, el rey, después de escuchar asombrado el relato de las atrocidades que había visto un testigo mutilado. Hacía dos semanas que enviaron una embajada a la Ciudad de la Luz en busca de auxilio, y ya habían comenzado a armarse y prepararse para la guerra.
   
          Fue justo entonces cuando el Círculo renunció a la vida. Lo hicieron todos a la vez, siguiendo un tácito acuerdo cuando su padre les pidió ayuda mágica para la lucha. Y siguieron en silencio, sin comer, sin beber, sin sentir, hasta que fueron muriendo uno a uno. Sólo su hermano dijo algo, exhausto y moribundo, mientras le miraba con unos ojos infinitamente tristes: “Nuestro tiempo ha acabado”. Eso fue todo.
            “Nuestro tiempo ha acabado”.
            ¿Por qué el Círculo había abandonado al clan cuando éste más le necesitaba? ¿Por qué Wardern le había abandonado a él? Se paró en seco y gritó al cielo apenas visible por la espesura hasta quedarse ronco:
            -¡¿Por qué?!     


            Llevaba varias horas dormido en el bosque cuando Huielges, el Consejero, le encontró. Tenía una fea herida en la cabeza, y portaba un objeto oculto entre sus ropas.
            -Mi rey, por fin os he encontrado... -dijo aliviado entre toses.
            Lashibé le miró extrañado.
            -¿Cómo que “mi rey”?
            El Consejero agachó la cabeza sin atreverse a afrontar la inquisitiva mirada del joven.
            -Mi rey, yo... -el anciano elfo no fue capaz de continuar hablando y comenzó a llorar. Enseñó a Lashibé lo que había mantenido oculto hasta entonces. El otro también enmudeció cuando vio la corona de su padre.
            Estaba cubierta de sangre.
            Una pesadilla.
            Se trataba de una simple pesadilla, y cuando volviese a abrir los ojos, que mantenía firmemente apretados, todo su mundo volvería a ser como antes, como lo recordaba. Los abrió. Las humeantes ruinas de A´Khan no habían desaparecido. Los cadáveres apilados desordenadamente en las tristes y solitarias calles que días antes habían bullido de vida y alegría continuaban quietos, formando monstruosas esculturas. Su familia no salía a recibirle. Su hermano no le reprendía por la suciedad evidente de sus ropas. Nadie hablaba, nadie cantaba, nadie...
            “Mi rey”.
            No, no era un mal sueño. Miró al sol, que también parecía brillar con menos fuerza, como si la terrible desgracia de la que había sido testigo hubiera apagado el espíritu del astro rey. A´Khan había visto millares de amaneceres, pero él sabía que no volvería a ver ni uno más. Ni la ciudad ni el Clan de los Elfos Verdes. Apenas unos pocos cientos de sus súbditos habían sobrevivido. No eran un Clan, no eran nada. Quizá resultase adecuado renunciar a la vida, porque en estos momentos ya nada le ataba a esa  odiosa compañera que no se molestaba más que en traerle desgracias.
            Empezó a caminar hacía los restos de lo que había sido el Palacio de su padre y dejó caer la corona de bayas que había pasado por su familia de generación en generación desde que el Primero de Todos los Elfos llegó a estas tierras.
            “Mi rey”.
            Se sentó en el sitio exacto en que su hermano había realizado esa operación antes que él. Relajó sus músculos y empezó a cantar suavemente una compleja canción de pesar e incomprensión ante el Destino: su propio canto fúnebre.
            -Mi rey.
            Otra vez esa voz dentro de su cabeza. Todo eso para él quedaba infinitamente lejano, él no quería ser nada, deseaba olvidar y que le olvidaran, necesitaba dejar de sufrir.  Morir.
           
-¡Mi rey!- la voz se hizo mucho más acuciante, y vino acompañada de un ligero toque en el hombro. Se equivocaba, no venía de su interior, sino que pertenecía a otro ser vivo. ¿El rey de qué?
            No ser. El descanso eterno...
           -¡No podéis hacerlo! ¡No debéis! Vuestro pueblo os necesita, majestad.- ahora reconoció la molesta voz. Era Huielges, el Consejero. ¿Por qué no le dejaba en paz?
            Subió el volumen de su canto, intentando ahogar las llamadas del anciano elfo, pero no lo consiguió. El otro comenzó a zarandearle, al principio de una manera suave, con respeto y quizá comprensión, pero una vez que se dio cuenta de que no surtía efecto, empleó unos bríos que parecían impropios de alguien de su edad.
            -¡Todos hemos sufrido, mi señor! ¡Todos!- sus gritos atronaban los oídos de Lashibé.- Pero no podernos rendirnos ahora. Debemos luchar por los vivos...- comenzó a llorar.- Ellos violaron y mataron a mi Dera´fe. A ella que había compartido conmigo siglos de tristezas y alegrías, a ella que nunca concibió ningún pensamiento dañino hacía nadie...
            Huielges tuvo que dejar momentáneamente su diatriba para enjuagarse las lágrimas que invadían su rostro.
            Por favor, dejadme morir...
            -¡Debéis vivir! Esa salida es demasiado cómoda. Os necesitamos para guiarnos. Hacedlo por vuestro pueblo, por vos... ¡Pero hacedlo!
            No...
            -¿Ni siquiera deseáis vengar a vuestra familia?
            ¿Venganza?
            Venganza...
            Lashibé se levantó de un salto, asustando al pobre Consejero, que no esperaba esa reacción del joven monarca. Huielges acunaba la corona de bayas con los brazos, como si se tratase de un niño. El nuevo rey le miró con cierta ternura mientras la cogía y se la colocaba solemnemente en la sien.
            -Manda quemar los cuerpos de nuestra gente conforme al rito- fueron sus primeras y súbitas órdenes.- Que arda también todo lo que quede en pie de A´Khan,  y así ningún asesino mortal dormirá entre las paredes que cobijaron a nuestros Antepasados. El Clan de los Elfos Verdes ha muerto con mi padre y su ciudad. Ahora somos elfos errantes, y nadie construirá un hogar hasta que nuestros enemigos hayan sido exterminados. ¡Que a partir de hoy de la boca de mi pueblo sólo broten canciones de guerra!
            Venganza.          


            Cuando la caravana de exiliados partió de A´Khan al día siguiente nada hacía prever un pronto ajuste de cuentas con el ejército de los humanos. Los elfos supervivientes, muchos de ellos heridos, caminaban cabizbajos siguiendo a Lashibé por la antigua Vía Imperial, y muy pocos parecían tener en mente la venganza. Y, aunque la hubieran tenido, poca cosa hubieran podido lograr con las docenas escasas de guerreros que habían quedado.
           
El nuevo rey había aceptado por fin la situación y la gran responsabilidad que recaía sobre sus hombros. En consecuencia dejó para más adelante sus proyectos de guerra, ya que por ahora, se había dado cuenta, eran totalmente irrealizables. Su pueblo estaba totalmente desmoralizado. Necesitaban esperanzas y aliados para el futuro, pero todavía era demasiado pronto para exigirles nuevos derramamientos de sangre. Era por eso por lo que había decidido poner rumbo a la Ciudad de la Luz.
            Antaño fue la capital de un Imperio que se extendía por toda la tierra cubierta por bosques a lo largo de tres continentes, pero ahora sólo era la urbe que albergaba al Clan de los Elfos Amarillos. A pesar de todo, en determinadas fechas, como los solsticios, los diferentes Clanes solían reunirse y celebrar fiestas recordando que hubo un tiempo en el que eran un solo pueblo. También a veces se convocaba una De´Thing, o Asamblea de Notables, cuando algún asunto era tan grave que requería de la discusión entre los diferentes reyes elfos y sus círculos. Pero, que Lashibé supiera, la última De´Thing se había realizado dos siglos antes, y había sido por una cuestión de disputas de tierras. Ahora era muy diferente. Toda la raza élfica debía prepararse para la defensa.
            -Majestad, vuestro primo se muere- las palabras de Huielges le sacaron de sus pensamientos. Otra vez, se dijo con una mueca. – Requiere vuestra presencia.
            Asiend siempre había sido uno de sus primos favoritos. Era uno de los mejores guerreros del Clan, y unos cuantos años mayor que él. Pero a pesar de su posición y de su juventud siempre le había tratado con gran familiaridad. Lashibé acudió a la llamada rápidamente, y contempló a su familiar postrado en una improvisada camilla. Le habían comentado que las heridas recibidas en la batalla eran muy graves, y que el hecho de que hubiera sobrevivido hasta entonces ya podía tomarse como un pequeño milagro.
            -Me muero, Lashibé. Perdón- una ataque de tos cortó sus palabras.- Perdón, majestad...
            -No digas tonterías, primo. Saldrás de ésta.
            Pero Lashibé se dio cuenta de que ni a él mismo le sonaba convincente esa frase. El otro le miró con una resignada sonrisa y negó con la cabeza.
            -Quiero que cojas mi arco y mis flechas, y quiero que algún día todos y cada uno de estos proyectiles descansen clavados en el pecho de uno de esos malditos perros mortales- y mientras hablaba señaló las armas que el rey recogió con sumo cuidado. Se trataba de un sencillo y usado arco de tejo y un carcaj con seis flechas.-Ya sé que no es mucho, pero lo construí con mis propias manos, y necesito saber que una vez que ya no este aquí aún podré hacer algo por mi pueblo, ya que... -volvió el ataque de tos.- Ya que no pude defenderlos ese día. ¡No pude! –le miró a los ojos.- Júramelo, Lashibé.
            El otro elfo le acarició los cabellos mientras una solitaria lágrima exploraba su rostro.
            -Lo juro.


-Debe tratarse de una pequeña patrulla que nos sigue, majestad.
            -¿Cuántos?- preguntó interesado Lashibé.
            -No más de diez, mi rey, pero ya conoce a los humanos- respondió el explorador-, hacen tanto ruido que parecen todo un ejército en campaña.
            -Bien, no se lo digas a nadie más. Esta noche me acompañarás a su campamento, Seah.
            Las horas pasaron lentamente, y Lashibé recordó la ceremonia fúnebre de Asiend una semana atrás. Ya faltaba muy poco para llegar a la Ciudad de la Luz, pero su pueblo seguía perdiendo ánimos. Bueno, se corrigió, su creciente pueblo, porque por el camino se les habían unido multitud de otros elfos huidos, restos de otros tantos Clanes masacrados.  Entre ellos se desarrolló una extraña solidaridad en la tristeza y el dolor compartidos que difícilmente hubiera aflorado en tiempos más benignos. Empezaban a denominarse a sí mismos el Clan de los Errantes, algo que él había terminando por aceptar, así como el liderazgo de esos nuevos súbditos. El rey Lashibé parecía una sombra melancólica, pero todos se daban cuenta de que no era sino la encarnación viva de los sentimientos de sus propios pechos. Además se preocupaba de que nada fallase y de que no hubiera nadie sin atención o comida.
            La luz había desaparecido. Era el momento, así que salió de su tienda a buscar al explorador. Éste le guió sigilosamente hasta un claro no muy lejano donde los humanos descansaban bebiendo y cantando a grandes voces. Lashibé no entendía tanta insensatez. Se encontraban en territorio hostil cerca de la caravana de los elfos y sólo eran siete, ¿por qué se arriesgaban tanto a llamar la atención?
            Mandó al explorador que le esperase a cierta distancia y que no interviniese escuchase lo que escuchase. Después contó sus flechas: seis para siete. Así que uno de ellos iba a probar su espada. Despacio, muy despacio, apuntó con el arco de su primo al más beodo de los guerreros humanos. El hombre dejó de cantar de repente cuando se dio cuenta de que un proyectil sobresalía de su abultado estómago, y comenzó a lanzar alaridos de dolor. Sus compañeros lo tomaron como una broma, y todos estallaron en carcajadas.
            Una nueva flecha surcó la noche con un sonoro silbido haciendo blanco perfecto en la cabeza de otro humano. Las risas cesaron y los soldados se levantaron alarmados empuñando sus armas e intentando descubrir el origen de los disparos. Un tercero cayó al suelo sujetándose el pecho.
            -¿Quién anda ahí?- gritó uno de ellos.- ¡Sal, maldito demonio, y pelea como un hombre!
            En unos segundos el que había hablado también estaba muerto.
            -¡Yo soy Lashibé na´Gatye na´Desban, rey del Clan de los Elfos Errantes! Vosotros habéis matado a los míos e invadido mis tierras. Yo exijo vuestra sangre con el arma que me dio Asiend na´Syrene na´Desban - susurró una extraña voz de marcado acento élfico.- Sabed que vais a morir.
            Y, uno a uno, todos murieron esa noche.


 Cuando entraron en la Ciudad de la Luz algo había cambiado en las caras de los elfos errantes. La historia de la muerte de los siete soldados humanos a manos de su solitario rey circuló rápidamente, exagerada muchas veces con los adornos del rumor. Lashibé no se lo había contado a nadie, a pesar de que trajo las cabezas de los mortales como trofeo al campamento elfo, pero el explorador no pudo contenerse por mucho tiempo. ¡Lashibé era un gran guerrero, y podía guiarlos a todos a la lucha! Por eso los cantos marciales comenzaron a oírse con cierta asiduidad en la caravana. Muchos recobraron la esperanza y los ánimos renacieron como por arte de magia, mucho más cuando pudieron volver a contemplar los majestuosos edificios de la Ciudad de la Luz.
            Lashibé, en cambio no pudo recobrar la sonrisa. El haber matado a esos hombres no había mitigado para nada el dolor ni el vacío que le habían dejado sus seres queridos. Quizá se había equivocado, sospechó al principio, pero al final dedujo que esa pequeña venganza no era suficiente. ¡La sangre debía correr a raudales para borrar los horribles crímenes cometidos por los invasores! Se sentía infinitamente solo. El paso a la madurez había sido demasiado rápido y traumático, de “Lashibé” se había convertido en “majestad”, y él estaba harto. Con mucho gusto hubiera renunciado al título, si no tuviera una clara misión que cumplir. Y una deuda de sangre que cobrar, claro está.
            A las puertas de la Ciudad salió a recibirles un sorprendido rey de los Amarillos rodeado por su decadente corte de aduladores. Lashibé recordó entonces que ese Clan se creía heredero legítimo del antiguo imperio, aunque a lo sumo eran herederos de la decadencia que marcó el fin del Imperio, se corrigió.
            -Oh, ¿qué tenemos aquí? ¿Una embajada del Clan de los Verdes?- y mostró una enorme y falsa sonrisa que hizo que al rey de los errantes se le resolviesen las tripas.
            -No- se apresuró a responder Huilges, temiendo una reacción airada de su señor.- Lo que queda de él.
            -¿Por qué no se le enviaron tropas de apoyo a mi padre cuando las solicitó?
          
  Lashibé hacía esfuerzos evidentes para contener su rabia, pero el Consejero temía que no iban a ser suficientes. El rey de los Amarillos le había tratado con fría cortesía, mas parecía no preocuparse para nada de la desgracia de su propia raza. A él le había conducido al amplio Salón del Trono y le habían ofrecido comida y bebida. Luego, se dijo, podría ocuparse de la instalación de su pueblo.
           
-¿Tropas? Ah, sí, creemos haber recibido alguna petición así de nuestro hermano Gatye hace cierto tiempo, pero no le dimos importancia. ¿Para qué podéis necesitar tropas?
           
-¿Para qué?- Lashibé se levantó del cómodo sillón en el que estaba sentado derramando una jarra de vino especiado. -¡Para la guerra!
            -Ah, la guerra... - el rey de los Amarillos paseó su mirada irónica por sus sonrientes cortesanos, e hizo una seña a uno de ellos. Éste buscó algo en un cofre y luego se lo presentó a su soberano. Lashibé lo reconoció. Era el Martillo de Kanuk.- Sí, supongo que ya sabéis su historia, ¿verdad? Por este precioso martillo de oro y joyas estalló la más sangrienta guerra de todos los tiempos. Enanos y elfos, que hasta entonces habíamos vivido en paz olvidamos nuestra amistad  por la avaricia causada por más bello objeto salido de las forjas del Maestro Kanuk. Al final nosotros nos lo quedamos, pero el precio fue demasiado alto. El Imperio empezó a declinar desde entonces... Y lo más gracioso de todo, querido jovencito, es que los enanos tenían razón- soltó una horrible risotada coreada por los que le rodeaban.- ¡El Martillo de Kanuk era suyo por derecho! No, no empezaremos ninguna nueva guerra por motivos estúpidos.
            -Mi Clan ha sido diezmado, y como él todos los del Este. ¡No es ningún motivo estúpido! ¡Exijo la convocatoria de una De´Thing!- gritó Lashibé fuera de sí.
           
-Estáis en vuestro derecho, muchacho- respondió sonriendo el otro rey.- Pero os aseguro que no vais a conseguir nada.


            La De´Thing fue convocada, y comenzaron a llegar poco a poco los elfos de los diferentes Clanes. De los doce sólo la mitad no habían sufrido aún los ataques del ejército humano. Pero incluso los supervivientes de tantas masacres lograron resguardarse bajo los protectores muros de la Ciudad de la Luz, y bajo el pendón del Rey de los Errantes, claro. Su pueblo aumentaba día a día, hasta haberse llegado a convertir en el mayor. La leyenda de Lashibé, el líder elfo que había acabado con la ayuda de un simple arco con siete –aunque últimos rumores hablaban de cincuenta o incluso cien- de los aparentemente invencibles enemigos estaba en boca de todos. Él los guiaría hacía un nuevo Amanecer, gritaban los jóvenes deseosos de batallas y gloria. Él cuidaría de los débiles, susurraban los heridos y ancianos cansados de la tristeza.
            Él, Lashibé na´Gatye na´Desban.
            Sus palabras eran escuchadas con respeto y sus miradas llenas de odio y melancolía hacían callar a sus rivales, que le tomaban por un alocado jovenzuelo. Pero nadie dudaba de su incuestionable derecho a la venganza. Nadie, se corrigió el propio Lashibé, excepto esos orondos y acomodados monarcas. En la De´Thing se reunían siete reyes. De ellos sólo el de los Rojos –siempre belicoso- apoyaba ciegamente sus pretensiones, y la idea que desde hacía cierto tiempo venía obsesionándole: la raza élfica no tenía ninguna posibilidad de resistir a no ser que todos los Clanes volvieran a unirse de nuevo bajo un mando único para la guerra. Por separado serían aniquilados uno a uno. Pero los ancianos reyes se negaban rotundamente a renunciar a un ápice de su poder. Pretendían establecer acuerdos con el ejecito invasor. ¡Comprar sus vidas, como si fueran ganado! Nadie podrá pagar por la vida de los suyos nunca, se decía él, excepto quizá con otras vidas.
            También acudían los restantes círculos de Hechiceros. Restantes porque en la mayor parte de los Clanes había ocurrido lo mismo que con su hermano y sus compañeros. Todos habían renunciado a la vida antes de que las fuerzas del hombre supusieran una amenaza real. ¿Podían estar relacionados estos dos hechos? Tres de los Magos Azules, los Superiores de la Orden, se recordó Lashibé, se sentaban siempre en un rincón susurrando entre ellos un tanto desconcertados. Además había una solitaria hechicera Blanca y el Círculo de los Rojos que había llegado completo y obedeciendo cada indicación de su rey, sin hacer caso alguno de las airadas órdenes que les dirigían los Azules. Todavía no habían explicado nada, pero prometieron que cuando el último refugiado pasase las puertas de la Ciudad el misterio quedaría resuelto. Lashibé estaba harto de esperar, porque sabía perfectamente que  no tenían tiempo que perder. Cada segundo pasaba era una posibilidad menos de victoria.
            Y él necesitaba la victoria, necesitaba vengarse.


            Ocurrió un día de repente, mientras paseaba por los hermosos Jardines de la Arboleda a las afueras de la vieja urbe. Una mano le cogió por la espalda y le quitó la capucha que llevaba puesta. Lashibé se  giró desenvainado impetuosamente. ¿Quién se atrevía a atacar así al rey de los Errantes?
            Le respondió una fresca risa.
           Pero hubo de reconocer que era el sonido  más maravilloso que nunca hubiera escuchado.
           
-¿No te basta con matar a cien hombres tú solito en una noche, que ahora pretendes asesinar a una pobre dama indefensa?- se trataba de la Maga Blanca, la que se burlaba de él sonriendo de esa manera... ¡Era preciosa!
            -Yo, eh, per... perdón, no pretendía asustar...
           -¿Asustarme? ¿Crees acaso que por enseñar una espada he de asustarme?- su cristalina risa volvió a inundar unos oídos que habían olvidado lo que eso significaba.– Yo soy Nayalë, última hechicera del Clan de los Blancos. Después de ver morir a mi gente no hay nada que pueda asustarme ya- su expresión se entristeció por unos instantes, pero luego volvió a sonreír y cogió del brazo a un desconcertado Lashibé.- Y ahora, majestad, vas a explicarme por qué en esa bonita cara siempre se afea con esa mueca de odio y desprecio por todo.
            -No es verdad- respondió picado el rey.
            -¿No?- dijo la otra y le acarició el rostro con dulzura.- Paseemos.
            Mientras los dos iban caminado entre los arbustos un extraño gesto comenzó a formarse en la cara de Lashibé. Tardó unos momentos en darse cuenta de que estaba sonriendo.
            Y le gustaba...


            Al fin llegó el esperado día en el que los Hechiceros Azules anunciaron que iban a romper su desconcertante silencio, y por eso la gigantesca Sala de la De´Thing apareció abarrotada por centenares de elfos que saludaban a Lashibé y a su –desde pocos días atrás- inseparable compañera Nayalë. El Supremo Derag, el más anciano de todos los magos que quedaban tomó la palabra:
            -Hermanos, es seguro que os preguntáis por qué hemos permanecido callados teniendo, como tenemos, que explicaros tantas cosas. La razón es que parte de los nuestros nos han desobedecido, y han puesto en un grave peligro a nuestra sagrada Misión. Pero eso ya da igual, supongo- e hizo una pausa paseando la mirada por un atento auditorio.- Ahora debéis saber la Verdad...
            Y entonces Derag, el Supremo Hechicero, contó al reunido pueblo elfo una historia que, según él, era tan antigua como la misma Tierra y los dioses. Empezaba con su creación por parte de Kiunesás-Heud, La Que Da Forma. En ese momento, narró el anciano, la diosa ya comunicó con lágrimas en los ojos al primer elfo el cruel destino que esperaba a su raza: algún día serían exterminados por el odio irracional de los mortales. Desde entonces ese secreto se mantuvo a salvo dentro de los Círculos de Hechiceros, pasando de maestros a aprendices, y esperando siglo tras siglo que el momento final llegará.  Al fin había llegado, y la más bella creación de Kiunesás-Heud debía desaparecer del mundo.
            “Nuestro tiempo ha acabado”, recordó Lashibé con rabia. Ahora
comprendía.
            -¡Pero con vuestra ayuda podemos vencerles!- gritó fuera de sí el rey de los Rojos.- ¡No esperes que me quede sentado mientras los humanos asesinan a mi pueblo!
            -De eso se trata precisamente- respondió Derag con un sonoro suspiro causando el alboroto entre el público.- Los Hechiceros no podemos ayudaros en esta lucha sin sentido, porque de utilizar todo nuestro potencial mágico para intentar salvar a una raza ya condenada podríamos llegar a causar la destrucción del Mundo. Y ese peligro es demasiado grave como para planteárnoslo siquiera. Os recomiendo a todos que renunciéis a la vida y acortéis lo más posible esta dolorosa espera. Es lo único que podemos hacer ya...
            El auditorio estalló en lamentos y gritos de odio.
            -No- dijo Nayalë levantándose.- No lo hagáis. Esa fue la orden que recorrió a los Círculos en cuanto se supo del avance del ejército humano, y por eso hoy contamos con tan pocos magos para la guerra. No podemos rendirnos sin tan siquiera empezar a luchar. La vida merece la pena, y ni siquiera estamos seguros de la validez de una vieja leyenda que desde que empezamos a estudiar magia nos hacen creer como dogma intocable. Yo deseo vivir, y poder pasear de nuevo entre los robles del Este en Primavera. ¿Vosotros vais a rendiros sin luchar?
            Se escucharon algunos vítores y aplausos aislados, pero la gente dudaba. Lashibé se dio cuenta de que todos le observaban esperando que hablara, que dijera algo que pudiera darles una solución. Pero después de lo que acababa de oír se preguntaba si realmente tenía algún significado la resistencia. “Nuestro tiempo ha acabado”.
            Nayalë le cogió de la mano y se la apretó con fuerza. Ambos se miraron a los ojos...
            Habló.
            Y toda la De´Thing le aclamó como nuevo emperador.


             A partir de entonces su actividad fue frenética. Jamás el pueblo elfo se había preparado para una guerra como la que había de llegar, y todos sabían que de su resultado dependía mucho más que la posesión de riquezas o de un trozo de tierra. De ella dependía, como desde entonces siempre repetía Lashibé, que la próxima Primavera pudieran pasear de nuevo entre los robles del Este...
            Las viejas fraguas resucitaron con los golpes de los martillos, mientras volvían a parir las más bellas armas de todo el continente. Pronto todo el pueblo estuvo armado. A todas horas se escuchaban los disparos de entrenamiento de los jóvenes guerreros, mientras los más ancianos se dedicaban a repasar en los libros todos aquellos conocimientos de tácticas y magia que se habían ido perdiendo con el tiempo.
            Un día Lashibé llamó a Huielges aparte y le entregó un pesado paquete. El anciano consejero salió esa misma noche con una reducida escolta y sin rumbo conocido. El emperador no dijo nada a nadie sobre su misión, ni siquiera a Nayalë, su esposa. Se habían casado en una sencilla ceremonia días atrás y él no quería turbar la eterna sonrisa de su bello rostro, porque sabía que esa sonrisa era lo que le daba fuerzas para continuar con su tarea. ¡Oh, dioses, y que tarea!
           Así pasó el tiempo de la espera.
            Y llegó el día.


           El ejército humano era muchísimo mayor que cualquier cálculo aproximado que hubieran podido haber hecho hasta entonces. Incluso al rey de los Rojos, siempre optimista, le costó disimular su desesperación al escuchar a los exploradores que Lashibé había enviado para espiar su avance. A nadie se le escapaba que la superioridad numérica del enemigo era tan aplastante que poco podrían cambiar la balanza los escasos hechiceros que aún vivían. Aún así el emperador parecía creer firmemente en la victoria, nombrando una y otra vez una misteriosa ayuda que, a pesar de lo apretado del tiempo todavía no se había materializado.
            Huielges llegó al Palacio pocas horas antes del ataque, y al parecer traía buenas noticias, porque Lashibé le abrazó sonriente cuando el anciano elfo terminó de contarle el resultado de su embajada y le entregó un cuerno de batalla de plata. A la vez ciertos oscuros rumores circularon por la Ciudad, hablando de extraños ruidos en una parte del bosque a donde la nueva Guardia Imperial impedía el paso. Nadie sabía nada, pero comprendían que había algo importante que se les mantenía oculto. 
           
Cientos de sigilosos arqueros elfos se escondían agazapados entre las copas de las viejas hayas observando el lento avance de la vanguardia de los enemigos. Lashibé se sorprendió ante la inconsciencia con la que los hombres pasaban debajo de una trampa mortal sin darse cuenta. Eran muchos, se dijo, quizá demasiados incluso teniendo en cuenta sus planes. Pero pronto desechó esas ideas. Debían vencer. No tenían derecho a fallar a su pueblo, ni al hijo que Nayalë le había prometido darle algún día. Él también debía poder pasear en Primavera entre los robles del Este. Y ella.
            Era el momento.
           Se ajustó el yelmo, y sobre él la corona imperial que había recuperado del viejo tesoro del rey de los Amarillos, a pesar de la resistencia de éste. Apoyó la mano en el hombro de su esposa y ella le respondió con un guiño y un tímido “te quiero”.  Nayalë se dio la vuelta y recitó un sortilegio mientras apuntaba con una varilla de metal hacía arriba. Del palito surgió de repente un proyectil de deslumbrante luminiscencia azul que recorrió todo el cielo anunciando a los soldados que comenzaba el ataque.
            A ése respondió una lluvia de dardos que cayó entre las desprevenidas filas de los guerreros humanos, rompiendo su formación. Ni siquiera se daban cuenta de dónde provenía esa muerte silbante que incesantemente caía sobre sus cabezas. Algunos momentos más tarde sus oficiales gritaban que se retirasen en orden, pero nadie les hacía caso, porque se había provocado una  caótica estampida general.
            Por el flanco izquierdo los Hechiceros Rojos lanzaban espantosas bolas de fuego que, si bien no eran demasiado efectivas ante tal cantidad de guerreros enemigos, aumentaron con mucho su desconcierto. Y eso era lo que Lashibé había estado esperando. Volvió a tocar a Nayalë, y ella hizo volar un proyectil amarillo mientras el emperador sacaba suavemente su espada de la vaina y se colgaba el plateado cuerno del hombro.
            El grueso del ejército elfo salió gritando de la espesura y le siguió a la carga contra las primeras filas de asustados humanos, que cayeron con facilidad bajo sus golpes. En esos primeros momentos la ventaja era suya, pero debían aprovecharla al máximo antes de que sus enemigos se recuperasen, cosa que ocurrió poco a poco.
            -¡Son demasiados!- chilló el orondo rey de los Amarillos a su lado.- ¡Nos has conducido hacía una muerte segura, maldito loco!
            Lashibé, sin inmutarse ante las palabras del otro monarca, cogió el cuerno de plata y se lo llevó a los labios soplando con fuerza. El potente sonido llenó todo el campo de batalla. Casi inmediatamente un gran griterío se comenzó a escuchar en el flanco derecho de la tropa humana. Todos, elfos y hombres, observaron asombrados su origen.
            Porque después de siglos de ausencia un poderoso ejército enano acudía al Bosque de los Elfos... ¡y como aliados! Los fieros guerreros de las Montañas se abrían violentamente paso entre los enemigos de los elfos dejando un reguero de sangre y muerte a su paso. A la cabeza de todos se distinguía la dorada armadura de su rey que manejaba con ambas manos un enorme martillo con el que aplastaba escudos y cabezas como un antiguo dios de la guerra recién salido de un cantar épico. El monarca de los Amarillos le señaló gritando fuera de sí:
            -¡Tiene el Martillo de Kanuk!
            -Claro que sí - respondió Lashibé deshaciéndose con una estocada de un enemigo -, yo se lo dí.
            -¡Pero es mío, es mío!- se limitó a sollozar el otro.
            El emperador soltó una sonora carcajada y volvió a centrarse en el combate. Las huestes de los humanos, atrapadas en una estudiada trampa entre los dos ejércitos aliados comenzaban a retirarse diezmadas y asustadas del combate. Pero no podían arriesgarse a que volvieran otra vez a atacarlos, se dijo Lashibé. Debían resolver esa cuestión ese mismo día y para siempre, porque no podía soportar la idea de salvar a su pueblo para condenarlo a un constante temor ante otra nueva invasión humana. A su alrededor la mayor parte de los enemigos ya habían huido. Entonces utilizó sus manos como bocina y gritó con todas sus fuerzas:
            -¡Yo soy Lashibé na´Gatye na´Desban, emperador de este Bosque! ¡Persigamos a los humanos hasta sus propias casas si es preciso, pero que ni uno de ellos quede vivo para contar que el pueblo elfo dejó sin cobrar una deuda de sangre!
            Sus soldados fueron repitiendo sus palabras a los que estaban demasiado lejos para escucharlo. Uno a uno repitieron al viento sus propios nombres y juraron acabar con la amenaza de los invasores. Después echaron a correr tras los humanos que huían ya despavoridos y que nunca hubieran esperado encontrar una resistencia tan enconada de los que siempre habían considerado como demonios.

 Muchos humanos escaparon de la justa venganza de su pueblo, pero Lashibé sabía que las  fabulosas historias que iban a contar sobre los guerreros elfos disuadirían cualquier idea de nuevos ataques al bosque. Habían ganado la paz, y el derecho a seguir viviendo. Además, recordó sonriendo mientras observaba a los alegres enanos congregados en la celebración de la victoria, de recuperar viejos amigos perdidos por causas estúpidas. Su rey parecía encontrarse en un estado de felicidad superior incluso a los demás. Según le había comentado: ”No hay nada mejor que una buena batalla, una jarra de cerveza y el Martillo de Kanuk en mi mano”. Muy cerca, rodeado de sus cortesanos, un escandalizado líder de los Amarillos soportaba a duras penas la visión del grupo de ebrios enanos bailando y jugando en su delicado Salón del Trono.
            Una suave mano le acarició el rostro.
            -Lashibé, esposo mío, ¿bailas?
            Sonrió a Nayalë.
           -Bailaremos. Hoy, y mañana, en Primavera y en Verano, hasta que nuestros cuerpos no aguanten más el ritmo- la besó y la cogió de la cintura. Ella se apretó contra su pecho. – Porque, amor mío, nuestro tiempo no terminará si nosotros no queremos que lo haga. Es más, ¡tenemos todo el tiempo del mundo!
            Y rió con fuerza. Todos se volvieron al escucharle, y estallaron también en carcajadas, porque, a pesar de no saber el sentido profundo de su broma, también eran felices.
            Y sabían que su tiempo no había acabado...  


por Gaizka Fernández Soldevilla