Para leer más cómodamente  este texto imprímelo


         NOTA: Que sepáis que un relato de este autor titulado "La lucha" ha sido digno de mención en el Premio ESPIRAL de Ciencia Ficción del 2001. Para más información pulsa aquí.

 

          La sangre de los elfos


            Todavía no había logrado que las siniestras palabras de su hermano Wardern desapareciesen de su mente. “Nuestro tiempo ha acabado”. Siguió corriendo sin rumbo entre los viejos robles de su bosque natal. Hubo un tiempo en el que el ejercicio físico le hacía olvidar todos los problemas. Por aquel entonces, suspiró melancólicamente, una simple carrera se convertía en toda una liberación. Pero de eso hacía ya demasiado tiempo, recordó el joven elfo, y ahora nada podía lograr que esa frase se esfumase como si nunca hubiese estado allí antes. La oía repetirse en silencio una y otra vez, y seguía pareciéndole tan aterradora como al principio.  No era una promesa, ni un augurio, sino la afirmación de un hecho consumado: “Nuestro tiempo ha acabado”.
            Wardern era uno de los hechiceros más poderosos que conocía. Había renunciado a convertirse en el príncipe heredero del clan, como le correspondía por derecho, para poder dedicarse por completo al estudio de las artes arcanas. Lashibé siempre le había admirado, y no sólo porque fuese su hermano mayor. Durante muchos años mantuvo la secreta esperanza de que cuando él se ciñera la corona de bayas, una vez que su padre dejase este mundo, Wardern estaría a su lado para aconsejarle. Paró en seco su carrera. Había llegado a un limpio arroyo en un claro donde corría una suave brisa. Sumergió la cabeza en el agua helada que bajaba de las Montañas de los enanos, y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo. “Nuestro tiempo ha acabado”. Su hermano nunca le ayudaría a asumir la difícil tarea de liderar el clan.
            Porque estaba muerto.
           Quizá todo había comenzado el día en que llegaron los primeros rumores, se dijo mientras daba la vuelta, y volvía sobre sus pasos andando despacio por el agotamiento. Algunos decían que el Clan de los Elfos Azules había sido aniquilado; otros que era el de los Elfos Blancos; e incluso alguien llego a afirmar que todos los clanes del Este habían desaparecido en un gigantesco genocidio. Pero nadie hizo demasiado caso al principio, excepto Wardern y el Círculo de Hechiceros. Algo cambió en su mirada ese lejano día, cuando una parte del brillo marrón de sus ojos dejo de iluminarlos. Y así, con el tiempo, fue perdiendo el apetito, las ganas de bailar y cantar en las fiestas, el apego a la vida... Incluso por primera vez en muchos años dejó de practicar la magia. Una extraña tensión invadía el ambiente cuando su hermano o cualquier otro hechicero aparecía. A pesar de todo no dijo nada hasta el final. Parecía esconder un secreto demasiado oscuro y pesado para su alma, y a pesar de ello no le contó nada.
            Siguió marchando pausadamente. Al menos aparentemente la vida en el clan continuaba igual, como durante siglos atrás. Los árboles crecían y los pájaros seguían cantando al sol cada amanecer. Pero  mientras avanzaba la primavera aumentó la evidencia de que algo anormal ocurría. Y lo único que podían decir con certeza es que se trataba de algo malo.
            Por aquel tiempo llegaron los primeros refugiados del Este, recordó, muchos menos de los que no habían podido escapar del Hombre. Hablaron del fuego y las explosiones, de sangre, de asesinatos y de violaciones. Todo eso lo traía un fanático ejército de humanos aparentemente obstinados en el exterminio de toda la raza élfica. En el clan todos dejaron de creer que los rumores eran mentira. Dio una patada a una rama caída. “Los días de paz están contados” sentenció un día su padre, el rey, después de escuchar asombrado el relato de las atrocidades que había visto un testigo mutilado. Hacía dos semanas que enviaron una embajada a la Ciudad de la Luz en busca de auxilio, y ya habían comenzado a armarse y prepararse para la guerra.
            Fue justo entonces cuando el Círculo renunció a la vida. Lo hicieron todos a la vez, siguiendo un tácito acuerdo cuando su padre les pidió ayuda mágica para la lucha. Y siguieron en silencio, sin comer, sin beber, sin sentir, hasta que fueron muriendo uno a uno. Sólo su hermano dijo algo, exhausto y moribundo, mientras le miraba con unos ojos infinitamente tristes: “Nuestro tiempo ha acabado”. Eso fue todo.
            ¿Por qué el Círculo había abandonado al clan cuando éste más le necesitaba? ¿Por qué Wardern le había abandonado a él? Se paró en seco y gritó hasta quedarse ronco al cielo apenas visible por la espesura:
            -¿Por qué?
            Llevaba varias horas dormido en el bosque cuando Huielges, el Consejero, le encontró. Tenía una fea herida en la cabeza, y llevaba un objeto oculto entre sus ropas.
            -Mi rey, por fin os he encontrado... -dijo aliviado entre toses.
            Lashibé le miró extrañado.
            -¿Cómo que “mi rey” ?
            -Mi rey, yo... -el anciano elfo no fue capaz de continuar hablando y comenzó a llorar. Enseñó a Lashibé lo que había mantenido oculto hasta entonces. El otro también se quedó mudo cuando vio la corona de su padre.
            Estaba cubierta de sangre.
            Durante años los distintos pueblos elfos habían seguido reuniéndose el solsticio de Verano en la antigua Ciudad de la Luz, que ahora se había convertido en el hogar del clan de los Elfos Amarillos. Antaño fue la capital de un Imperio que se extendía por toda la tierra cubierta por bosques a lo largo de tres continentes, pero ya quedaba poco de su antiguo esplendor. A pesar de ello todavía se mantenían en pie algunos edificios de mármol blanco, entre los que destacaba el gigantesco Palacio del Círculo Supremo de los Hechiceros. Por primera vez en mucho tiempo éste no iba a llenarse, porque apenas habían llegado magos a la reunión anual.
   
         Había ocurrido igual en todos los clanes, le contaron a Lashibé. La mayor parte de los hechiceros renunciaron a la vida sin explicar nada. Sólo el Círculo completo del clan de los Rojos, algunos Azules, y una solitaria maga Blanca se habían reunido en conclave de urgencia con todos los reyes supervivientes en la Ciudad de la Luz. De los doce clanes élficos, sólo siete estaban representados. Seis de ellos no habían tenido aún ningún contacto con el ejército de los humanos. El séptimo era el del ahora taciturno Lashibé, que lucía a todas horas un carcaj a la espalda. Lo hacía incluso en las deliberaciones del Consejo, como queriendo dejar a entender claramente su postura en el debate. A veces algunos reyes se apartaban de él con cierto temor. Nunca sonreía, y eso, creían ellos, en un elfo era un grave síntoma de locura.
   
         Todavía recordaba la sorpresa en el rostro de sus anfitriones cuando le vieron aparecer andrajoso y triste al frente de las escasas docenas de sobrevivientes que consiguieron escapar a la matanza. “¿La delegación del clan de los Elfos Verdes, supongo?”, preguntó con su tono afable y cortés el rey de los Amarillos. “No”, fue la escueta respuesta de Lashibé. “El clan entero”. Aunque debía admitir que su pueblo estaba aumentando cada día que pasaba. Todos los refugiados, supervivientes de otras cinco masacres distintas, le adoptaron sin dudarlo como líder natural. No podía descansar ni un momento, preocupándose a todas horas de cómo estaba su nuevo clan, que se había convertido en el más numeroso de todos. Por eso su fuerza en el Consejo se encontraba plenamente respaldada. Incluso se había permitido cambiar el título. Se hacía llamar el rey de los Errantes, porque así se llamaban los fugitivos a sí mismos.
   
         La reunión que iba a dar comienzo en esos momentos era sumamente importante. Los hechiceros que aún quedaban iban a hablar por fin, después de un prolongado silencio sólo roto con miradas esquivas y enojados intercambios de susurros entre Rojos y Azules. Quizá eso decidiera de una vez al resto de los clanes para unirse y plantar guerra al invasor como él pretendía. Llevaba muchos días intentando que comprendieran que sí no lo hacían todo y todos estaban perdidos. Pero por ahora tan sólo el rey de los Elfos Rojos le apoyaba ciegamente. También había alguno un tanto indeciso, pero la mayor parte de los líderes se resistían a asumir la verdad, como antes habían hecho ellos. Confiaban en que la invasión humana no iba a continuar, y en el caso de que lo hiciese, preferían llegar a un acuerdo con los asesinos de su clan, antes de plantearse siquiera la unión para una defensa efectiva. Lashibé pensaba que vivían demasiado bien, entre lujos y comodidades, olvidando lo que debían representar.
            -Os debéis preguntar, hermanos, el por qué de nuestro mutismo, y de la renuncia a la vida de los Círculos de Hechiceros - era el Superior de los magos Azules el que hablaba. Un murmullo recorrió la sala, llena con los hechiceros vivos, los reyes, y una representación nutrida de todos los pueblos elfos.
            El Azul narró una larga historia, que él dijo era tan vieja como su raza. Les contó el secreto que los círculos habían mantenido ocultos durante milenios. La raza élfica estaba condenada por el Destino a perecer en manos de los humanos, y ellos siempre lo habían sabido. No había solución ni escape posible. Lo único que se podía hacer era rendirse a la evidencia y dejar voluntariamente este mundo. “Nuestro tiempo ha acabado” sentenció, haciendo que el rey de los Errantes apretara con fuerza la mandíbula para contener la creciente ira que le provocaba ese discurso.
            -¡Pero con la ayuda de los Hechiceros podemos vencerles!- gritó indignado el monarca de los Rojos.- No me digáis que deje que mi clan espere a la muerte sentado, ni que nos suicidemos... -Esas palabras causaron un gran escándalo entre la multitud asistente, porque el término “suicidio” era tabú para una raza que creía que toda vida es sagrada.
            -De eso se trata me temo – respondió el  Superior Azul haciendo caso omiso del insulto que suponía la promesa del rey.- El ejército humano es extremadamente poderoso, y posee armas desconocidas. Si los Hechiceros tomamos parte del conflicto quizá sería posible la victoria, pero a un precio terrible e incalculable. La utilización de ciertos sortilegios de guerra prohibidos puede llegar a destruir toda la vida en el mundo, o cuanto menos a ponerla gravemente en peli...
            Fue entonces cuando intervino por primera vez ella. Se trataba de la solitaria maga Blanca, una elfa joven y muy bella, pero con unos rasgos que evidenciaban una clara determinación y cierta dureza. Lashibé se le quedo mirando fascinado cuando ésta empezó a hablar con tonos concisos y seguros a los reyes, después de interrumpir tranquilamente al Azul, que tenía un puesto en la jerarquía muy por encima del suyo.
            -Lamento corregir a un anciano, pero lo que está diciendo es mentira. Desde los primeros años en nuestro adiestramiento nos enseñan que este Final de nuestro pueblo llegará, y que lo único que podemos hacer es renunciar a defendernos, renunciar a vivir- dirigió una fija mirada a Lashibé, y se quedo en silencio unos breves instantes como reconociéndole.- Pero no puedo aceptarlo. Yo, y mis compañeros Rojos, decidimos no escuchar las ordenes  que el Consejo Supremo nos mandó en cuanto se supo del avance humano. Se suponía que sólo la cúpula,- y señaló a los desconcertados Azules- que sólo ellos debían prorrogar su final para explicaros los motivos que nos habían impulsado a suicidarnos. Debía ser ahora, para que fuese demasiado tarde para que algún rey intentase convencer u obligar a sus hechiceros a colaborar en la defensa. Lo siento, pero no lo acepto. Juro que lucharé hasta que el último de mis hermanos viva.
            De nuevo se extendió por la sala un clamor, esta vez con los gritos del rey de los Rojos, pidiendo la guerra, claramente audibles. Los monarcas que antes estaban indecisos y el pueblo miraba a Lashibé esperando que hablara. Se había convertido en el líder más prestigioso en estos últimos tiempos, y contaba con el apoyo de todos los pueblos elfos, a pesar del temor que despertaba en muchos soberanos, celosos de su poder y situación. Él permanecía en silencio, titubeando y preguntándose, después de lo que acababa de saber, si realmente merecía la pena todo el esfuerzo.
            Entonces ella le volvió a mirar.
            Y supo que nunca podría defraudar esa mirada.
           De todos los reyes hubo dos que no quisieron reconocerle como emperador, y se marcharon en una embajada de paz al encuentro del ejército humano. El monarca de los Rojos, ahora el prefecto de su Guardia Pretoriana, les acusó de traición, pero Lashibé prefirió dejarles ir. A las dos semanas uno de ellos regresó solo, y no abrió la boca hasta que pudo jurar lealtad a su nuevo emperador. Luego habló de largas filas de esclavos elfos obligados a arrastrar unas máquinas enormes y monstruosas por un bosque previamente talado por los cautivos de su pueblo. “Talado” suspiró tres o cuatro veces.
   
         Ellos odiaban a la raza de los elfos, a la que consideraban demonios, y creían que lo que estaban haciendo era una especie de Cruzada purificadora. Más tarde les tocaría el turno a los enanos. No había ninguna posibilidad de pacto. El rey había logrado escaparse de milagro, y el resto de la embajada terminó falleciendo entre horribles torturas y las risotadas de los humanos.
   
         -¡Guerra!- gritó Lashibé levantando su arco, tomado del antiguo tesoro imperial de la Ciudad de la Luz.
   
         -¡Guerra!-respondieron todos al unísono.
            Unos cientos de arqueros elfos esperaban emboscados entre las ramas la aparición de los guerreros humanos, mientras el resto del ejército aguardaba en el suelo la señal de su emperador. Lashibé esbozó una débil sonrisa de satisfacción cuando observó que el plan de batalla que había estado perfilando toda la noche con su Estado Mayor tomaba cuerpo. En breves instantes aparecería la avanzada de los invasores, con unas fuerzas algo superiores a las suyas. Aún así no sentía ningún temor, porque estaba completamente seguro de su victoria. Sus soldados confiaban en él, y sabían que si perdían esta batalla toda su raza y cultura estaría perdida sin remisión.
   
         No tenían derecho a fracasar.
   
        Shavilya apoyó una mano en su hombro, antes de darle un rápido beso en la boca. Ella misma había insistido en permanecer a su lado como su hechicera personal. Además tras la renuncia a la vida de los magos Azules, se había convertido en la Superiora de lo que aún quedaba del Círculo. La amaba. Apenas se conocían desde hacía un mes, pero podía decirlo desde aquel día en que la vio dirigirse al Consejo Supremo y mirarle a los ojos. A partir de entonces casi no se habían separado, y ella se había convertido en un apoyo indispensable en su ardua labor.
   
         Un ruido que a sus oídos de elfo se anunció como escandaloso le indicó que el conde Grakün, enviado del reino enano, había llegado a su puesto de observación. El pequeño guerrero le saludó con una reverencia, algo que seguía haciendo a pesar de sus insistentes peticiones, y de la incipiente amistad que había nacido entre ellos. No había sido fácil superar el ancestral odio entre los dos pueblos, pero al final lo habían logrado. El rey enano accedió a la petición de ayuda de Lashibé, y le envió a toda su Guardia de la Montaña, formada por sus soldados de elite. Pronto llegarían más. El plan conjunto era derrotar al ejército invasor en el bosque, y si eso no fuera posible, batirse en retirada hacia las montañas donde las fortalezas enanas les aseguraban una protección infranqueable durante mucho tiempo.
   
         -Majestad, mis guerreros ya forman en línea de batalla – dijo el enano en lo que pretendía ser un susurro.
   
         Lashibé le sonrió y asintió con la cabeza.-Ya voy.
   
        De camino a la posición que ocupaba el grueso de su ejército un mensajero le comunicó la inminencia de la aparición de los soldados humanos. El emperador echó a correr. Como en los viejos tiempos, pensó sonriendo.
   
         Los invasores caminaban sin miedo hacía la mortal trampa que les habían preparado. Lentamente, pudo observar, pasearon sin enterarse debajo de los arqueros elfos que les apuntaban en silencio. Cualquiera de su propia raza se hubiera dado cuenta de que la innatural calma del bosque, donde no se oían ni a los pájaros, ocultaba algo amenazador. Pero los humanos ni siquiera escucharon los vagos ruidos que producía la Guardia de la Montaña. Estaba funcionando, su plan funcionaba.
   
         Cuando ya había pasado la mayor parte de los enemigos Lashibé tensó su arco y disparó una flecha que Shavilya había dotado antes de una mágica y deslumbrante luminiscencia. A la suya respondió una lluvia de dardos que cayó entre las desprevenidas filas de los guerreros humanos, rompiendo su formación. Ni siquiera se daban cuenta de dónde provenía esa muerte silbante que incesantemente caía sobre sus cabezas. Algunos momentos más tarde sus oficiales gritaban que se retirarán en orden, pero nadie les hacía caso, porque se había provocado una  caótica estampida general. Ese fue el momento en que los hechiceros Rojos crearon un espantoso espejismo de gigantescos y terroríficos dragones que cortaban la retirada a los humanos. Los más dieron la vuelta, y se pusieron otra vez a tiro de los arcos élficos, con lo que volvieron a escucharse los gritos y maldiciones de los heridos y moribundos.
   
         Entonces aparecieron las máquinas tiradas por esclavos, que se habían retrasado un tanto al resto de la expedición. Todavía no habían visto utilizarlas nunca, pero a nadie se le había escapado que debían contar con un poder destructivo enorme. Así era, comprobaron cuando de ellas empezaron a surgir chorros de una especie de fuego líquido contra los árboles donde se escondían los arqueros. El espectáculo era horroroso, y el corazón de Lashibé se encogió al ver arder a elfos y árboles, muriendo juntos, como habían vivido durante generaciones.
   
         No podía esperar más, decidió, se estaba arriesgando demasiado. Así que cogió el cuerno de batalla que llevaba colgado a la espalda y sopló en él con fuerza. Todo el ejército, compuesto por guerreros enanos y elfos, entonó su nombre como gritó de guerra, y se lanzó a la carga. Él mismo desenvainó su espada y corrió al frente de sus pretorianos al sangriento combate cuerpo a cuerpo que ya se había entablado.
   
         Tardaron horas en vencer.
   
        Lashibé sabía que ésta era sólo la primera de una larga serie de batallas, y que todavía nada estaba decidido, pero sonreía. Habían ganado el derecho de volver a luchar por la vida de su pueblo. Era maravilloso sonreír, se dijo mientras cogía de la mano a Shavilya en la fiesta del triunfo. Lucharían una y otra vez hasta que el ejército invasor desistiese o fuera destruido por completo. No necesitaban hechizos de destrucción, porque ahora contaban con nuevos amigos en los que podían confiar, se dijo mirando a los enanos que también participaban en la celebración.¿Quién iba a decirles que un odio que parecía eterno iba a desaparecer en días? También tenían un líder que les guiaba. Pero sobre todo tenían esperanza, algo que les haría invencibles.
   
         Y toda la eternidad por delante...


por Gaizka Fernández Soldevilla