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          Tormenta de los Dioses        
            

          -¡¡¡Alihka!!! – gritó desesperadamente. Saltó hacia el borde del precipicio en un intento sobrehumano de agarrar su mano, pero ya era tarde. Alihka se precipitaba hacia el abismo.
   
         -¡¡¡Nooooooo!!!! ¿¿Por qué?? ¿POR QUÉ? ¡Argghhh! – El joven Gakdû golpeaba frenéticamente los peñascos con los puños, destrozándolos, mientras las lágrimas surcaban su rostro oscuro. No sentía el dolor que punzaba agudamente en sus nudillos y en sus sienes.  Con un frenesí descomunal giraba sobre sí mismo, abriendo los brazos y sesgando lo que encontraba a su paso. Chocó contra un árbol y lo derribó. Había alcanzado el Trance, su primer Trance. Con un gemido de rabia, descubrió que la muerte de Alihka no había sido en vano. Reconoció entonces, con sólo catorce años, que su entrenamiento había finalizado.

* * *

            El aliento de Ñambaza calentaba con fiereza el cráneo rapado del niño Xaw. “El dios amarillo debe estar sediento de almas hoy” pensó con determinación, “pero no se llevará la mía”. Hacía seis días que Gakdû se había marchado, dejándolo solo en el desierto. Aunque Sombra-y-Tormento-de-los-Dioses – así llamaban todos a Gakdû, los que lo conocían y los que sólo habían escuchado su leyenda – se había ido por la noche sin revelarle nada, Xaw sabía que se trataba de una nueva prueba, porque Gakdû se había llevado el agua y los víveres. Al principio pensó en emprender el viaje hacia Moctúa, el poblado más cercano, pero resolvió esperar. Las primeras reglas que Gakdû le había enseñado eran la lealtad y la confianza en el compañero, y no iba a quebrantarlas. Esperaría sin dudar a que su maestro y amigo volviera, sin dejar que el pensamiento de haber sido abandonado aflorara a su consciencia. El niño Xaw tenía diez años, pero tanto sus músculos como su mente estaban ya bastante desarrollados. Gakdû tampoco le había dejado el arco, ni el cuchillo de hueso.
   
         El primer día cazó una rata del desierto con sus propias manos, pero estuvo toda la jornada persiguiéndola. Fue lo único que comió durante los dos días siguientes. Bebió el amargo y espeso líquido que fluía por el interior de las plantas sin hojas, crecidas únicamente en lugares concretos. Gakdû le había adiestrado para encontrarlas, y le advirtió sobre el peligro de masticar sus raíces. Lo peor vino con la noche. El frío era insoportable. Xaw estaba casi desnudo y sin ningún pelaje que le abrigara. Además, con la retirada de Ñambaza – el dios protector empezó a parecer cruel a Xaw, tanto por su aparición como por su partida - acudían las peores criaturas nocturnas, todas ellas depredadoras. Tuvo que retorcerle el cuello a un gigantesco kjar que estuvo a punto de clavarle sus mortales púas en el abdomen mientras dormía.
   
         Al noveno día volvió Gakdû. Encontró a Xaw abatido en la arena, bajo la débil sombra de una de las pocas palmeras que aún resistían a morir en aquel tórrido clima. Su pequeño cuerpo exudaba por todos los poros. Su respiración era débil, pero continua. Gakdû observó sus labios y advirtió con alivio que no estaban morados. No era un veneno lo que había reducido a su cachorro a ese estado. Seguramente serían sólo unas fiebres, de las que se recuperaría pronto. El corpulento guerrero se quitó el collar de calaveras y se echó al niño al hombro. Cuando lo hubo tapado bien con una tela blanca para que el aliento del dios amarillo no cayera sobre él, emprendió la carrera por el desierto.

* * *

            Al regresar a casa vio su propia tristeza reflejada en el rostro de su madre. ¡Ella lo sabía! Sabía lo que Alihka haría y no le dijo nada. ¡Él podría, tenía que haberlo impedido! Ahora Alihka, su maestra y su amiga, estaba muerta, y él se encontraba solo. Apartó de un empujón a su madre cuando ésta intentó abrazarle.
            -¡No podía decírtelo! ¡Va contra las normas! – exclamó, con aflicción. Cierta parte de ella se alegraba, puesto que nunca había podido ser una verdadera madre. Alihka, por orden de Tahkra, el zahorí de la tribu, se había llevado a su hijo, se lo había robado, cuando solamente tenía tres años. Para su querido Gakdû, ella no era más que otra mujer del poblado.
   
         -¿Qué no podías decirme? – respondió con gran angustia - ¿Que algún día Alihka se mataría por propia voluntad? ¿O que sería hoy?
   
         -Siempre lo hacen. ¡Todos lo hacen! Los Antiguos lo decidieron. El maestro debe morir, por el bien del cachorro. Ahora ya lo sabes. Pero ningún cachorro puede enterarse jamás. ¿Me oyes? Sí se lo cuentas a alguno, alguien te hará desaparecer y nunca más se sabrá de ti.

* * *

            -¿Cómo te encuentras? – se preocupó Gakdû por Xaw. Éste estaba tumbado en un duro jergón, fabricado con esparto trenzado. Dos mujeres le atendían día y noche, velando por su recuperación.
   
         -Bueno, podría estar peor. Ya casi no me duelen las quemaduras.
   
         -Bien, bien. Dime, ¿qué aprendiste en el desierto?
   
         -En las situaciones duras debo poner mi confianza en mí mismo. Hasta los dioses pueden ser mis adversarios cuando voy en solitario.
            Con un cabeceo, Gakdû indicó a las mujeres que se marcharan. Después de un breve tiempo en silencio comenzó a hablar de nuevo, poniendo un tono de voz más grave y sereno:
   
         -Xaw, ¿alguien te ha contado alguna vez por qué eres un cachorro?
   
         -No. – Miró extrañado a su maestro. No se imaginaba siendo otra cosa.
   
         -¿Conoces la peculiaridad de nuestra raza?
   
         -Sé que un nacimiento en nuestra tribu siempre es motivo de alegría. Cuando va a haber un parto, los zahoríes de los poblados cercanos acuden a visitar a la madre.
   
         -En realidad, al que quieren observar es al recién nacido. Quieren ver si tiene alguna Marca que lo identifique como cachorro. Si la encuentran, se reúnen en consenso y deliberan sobre la magnitud de ésta. Si deciden que es poderosa, el niño será entrenado. En otros poblados no surgen marcados en varias generaciones. En nuestra raza nace uno al menos cada primavera. Por eso somos diferentes, por eso somos especiales. Somos el orgullo de los Tuk-thain.
   
         -¿Pero por qué soy yo entrenado?
   
         -Porque eres poderoso. Cuando naciste, todos coincidieron en que la energía de la  Marca de tu frente era más intensa que la de ninguna otra. El Ojo Flamígero...
   
         -¿Y por qué no hay mujeres entrenadas? ¿No pueden nacer marcadas? – Xaw se encontró de pronto con la posibilidad de responder a muchos interrogantes que, sin saberlo, ocupaban su curiosidad.
   
         -Sí, sí que pueden – replicó suspirando Gakdû, al recordar una vez más a Alihka -. Pero normalmente, las madres esconden las marcas de sus hijas. Si esto es imposible, huyen antes de que entren bajo la tutela de un maestro. Pero algunas llegan a ser entrenadas, y suelen ser todavía mejores que los hombres.
   
         -¿Cuál es tu Marca, Gakdû? ¿Es el color oscuro de tu piel?
   
         -No, no – aseveró, mientras una sonrisa asomaba a su rostro cetrino -. No es perceptible a simple vista. Es el Acíbar de Inawé, el Espíritu-que-no-Muere. Creyeron verla grabada en mi corazón, y yo sé que es cierto.
   
         -Seguro que es la más poderosa. ¡No hay quien pueda contigo! – Gakdû notó con satisfacción cómo el ánimo de Xaw iba mejorando -. Dime, si ya no eres cachorro, ¿pasas a ser maestro?
   
         -No siempre. Sólo en casos especiales. Tu padre era un gran amigo mío. Poco después de morir él naciste tú. Cuando me enteré de que eras un marcado, solicité permiso enseguida a tu madre y a Quixo kur Tahkra, nuestro zahorí, para entrenarte.
   
         -Entonces... ¿para qué soy entrenado?

* * *

            Comenzó a deambular sin rumbo fijo, consumido por la ira. Pensó en contárselo a los otros dos cachorros de la aldea, en decirles que abandonaran el entrenamiento si no querían ver morir a sus maestros. Pero también pensó en Alihka, en el sacrificio que había hecho por él. Supo que si les revelaba a los otros la verdad, no habría cachorros en mucho tiempo, y eso no sería bueno para los Tuk-thain.  El que le inmolaran a algún dios por decirlo no le importaba. Ya era un hombre, había dejado de ser un cachorro. Por eso debía comportarse como tal. Se sentó en una roca a la sombra y se serenó. La furia indomable dejó paso a una profunda melancolía.

* * *

            Gakdû meditó un momento. Ésta era la pregunta más ardua, la que todo cachorro se hacía en un momento u otro, y la que a todo maestro costaba responder, pues era dicho por los Antiguos que debían eludirla.
   
         -Bueno... eres entrenado para... – tomó aliento y prosiguió: - ¿Has oído la leyenda de los hombres-tigre?
   
         -¡Gakdû! - Quixo el zahorí irrumpió en la tienda con gran estrépito, cortando la línea de pensamiento que estaba elaborando el gigantón, pero sin conseguir hacer lo mismo con la atención de Xaw.
   
         -¡Continúa, maestro, continúa! ¡Quiero saberlo!
   
         -¡Gakdû! ¡Acude a mi llamamiento! – insistió Quixo kur Tahkra con dureza.
   
         -Mañana hablaremos... y te enseñaré grandes cosas – dijo Gakdû al niño Xaw, guiñándole un ojo. Después siguió imperturbable al zahorí, sin dejar que se notara su enojo.
            Salieron de la choza de restablecimiento de los guerreros caídos, donde esperaba la escolta de Quixo.
   
         -Sombra-y-Tormento-de-los-Dioses – lanzó, con desprecio. El zahorí sabía que a Gakdû le molestaba sobremanera ese apelativo, aunque éste pareció asimilar el golpe sin inmutarse -. He escuchado la conversación que mantenías con tu cachorro, y no me ha parecido la adecuada para un chico de su edad. ¿Acaso va a terminar ya su entrenamiento? Consentí en que tu fueras su maestro sólo porque mi padre tenía una gran confianza en tus habilidades. Lo hice por respeto a él. Pero te juro que como te descubra en otro error como el de hoy, serás destituido. ¿Queda claro? – Quixo había ido poniéndose cada vez más rojo, alzando paulatinamente la voz, hasta acabar vociferando.
   
         -Como el arroyo más calmado.
           Gakdû sabía por qué había aceptado Quixo quería que fuera el maestro de Xaw. Su tribu, a diferencia de las demás de entre los Tuk-thain, no elegía un jefe. Se solían tomar las decisiones en grupo, aunque se tenía en consideración especial a varias personas. Éstas eran el zahorí y los hombres-tigre. Quixo tenía miedo de que su poblado hiciera más caso a Gakdû – verdadero líder natural – que a él, y sabía que al nombrarlo maestro lo vería desaparecer en cuanto acabase el entrenamiento.

* * *

            Al día siguiente tomó posesión de sus nuevas pertenencias: la espada de bronce, las garras de hueso, el peto de madera forrada con cuero y las pieles rayadas en negro y amarillo – traídas desde muy lejos, del continente de los hombres pequeños - destinadas a todo hombre-tigre.  Sin vacilar, recogió el recién adquirido equipo, hizo acopio de carne seca y agua, y partió a combatir a su enemigo, al que nunca había visto, contra el que siempre había esperado batallar. Se había estado entrenando durante años, y por fin había llegado el momento.

* * *

             -Vístete, Xaw, deprisa. Hemos de marcharnos.
   
         -¡Buenos días, Gakdû! Aún no escruta Ñambaza desde el cielo... ¿adónde vamos tan pronto? ¿Me contarás esa historia sobre los hombres-tigre?
   
         -Mucho mejor que eso, cachorro. Pero apresúrate. Nadie, y en especial Quixo, debe vernos salir.
   
         Xaw advirtió el extraño aspecto que tenía su maestro. Una larga y pesada espada colgaba a su espalda, y unas desconocidas pieles cubrían su cuerpo. En sus ojos sombríos llameaba aún más decisión de la que solía caracterizar a su mirada. El niño se quedó un momento sosteniéndola, hipnotizado. Poco después aparto la vista, creyendo que sería incapaz de mantener la cordura si continuaba observando esos dos carbones encendidos. Gakdû lo notó; y notó también cómo el Tercer Ojo, que parecía tener vida propia, seguía clavando su flamígera pupila en las suyas, imperturbable.
            Llevaba a Xaw a donde nunca había estado. Llevaba a su cachorro a la Región Prohibida, al infierno, y posiblemente a su perdición. Gakdû se debatía entre mantener la decisión que había tomado y abandonarla por los riesgos que conllevaba. Pero era lo justo: Xaw debía saber. Saber lo que él, lo que cualquier otro cachorro, tiene que saber y nunca sabe hasta que es demasiado tarde. Le mostraría la verdad sobre los hombres-tigre.
   
         Juntos llegaron a un lugar que el dios amarillo no podía proteger con tanta fuerza. Era un lugar de sombras, de recovecos, de maldad patente en el aire que parecía cercar a aquel que se atreviera a adentrarse un paso más allá. Xaw sentía sus pulmones estrangulados, la sangre se le agolpaba a los pies. Creyó que la vida no tenía derecho a la existencia en aquel lugar. Y en cierto modo, tenía razón. Mareado, siguió a Gakdû, que se había parado pocos metros más adelante, conminándolo con la mirada a continuar.
   
         -Tranquilo, no desesperes. No es la Muerte lo que aguarda en este territorio. Aunque la sensación irá aumentando, deberás aprender a dominarla, pues después de hoy, si aún quieres ser cachorro, visitarás esta tierra, la Región Prohibida, en bastantes ocasiones, conmigo, y sin mí.
            Las últimas palabras terminaron de helar el corazón del niño Xaw. En su atormentado cerebro resonaron punzantes como una horrible premonición. Quizá fuera el último día que viera a su maestro y amigo. Pero no podía permitir que un simple hechizo le detuviera. Dejó que la rabia, siempre contenida, que latía en su frente fluyera despacio hacia sus tensos músculos. Con coraje comenzó a caminar hasta que alcanzó a Gakdû.
   
         -Estoy bien. Continuemos – dijo con voz grave, y el forzudo de piel oscura notó que la voz de su cachorro ya nunca sería la misma.
            Anduvieron mucho tiempo por el desierto en sombra, en silencio, sin romper la quietud sobrenatural que invadía el ambiente, aunque a Xaw le pitaran los oídos y tuviera deseos de gritar. La arena descendía poco a poco, hasta llegar a una gran hondonada. Cuando la alcanzaron, Xaw pudo observar que el paisaje cambiaba bruscamente. Junto a unas grandes cuevas crecían innumerables plantas y árboles, que él jamás había visto, con una apariencia tan lóbrega y claramente maligna que su estómago se rebeló.
   
         -¡Escucha! Debemos escondernos. Oigo sus débiles pasos. No tardarán en aparecer – dijo Gakdû, ocultándose detrás de unos grandes matorrales.
            Xaw se dio cuenta entonces de que ya había llegado la oscuridad. Era imposible, pero el Espíritu Blanco de la noche ya velaba – aunque esta vez parecía, más que velarlos, buscar ansiosamente descubrirlos – en el cielo amenazante.
   
         Tenebrosas formas de tiniebla comenzaron a salir de las cuevas. “Son hombres”, pensó Xaw. Inmediatamente después, con un escalofrío recorriendo su médula espinal, recapacitó: “Parecen hombres”. Eran doce los engendros oscuros que se habían reunido entre aquellas malditas plantas. Su piel era de un negro totalmente mate. Sus músculos estaban tan tensos y marcados, que parecía que fueran a romperse en cualquier momento. En sus rostros resplandecía la locura. Un horrendo y sucio pelaje emponzoñaba las partes más inverosímiles de su cuerpo. Comenzaron a girar en círculos, entonando un cántico de histeria y destrucción. Giraban cada vez más rápido, y entonces Xaw descubrió al hombre tumbado en el centro del círculo.
   
         -¡Gakdû! – gimió, temiéndose lo peor.
   
         -Ya lo veo. No te preocupes, y sobre todo, no te muevas de aquí – el tono de su voz fue tajante.
            El formidable guerrero se lanzó contra los doce infernales hombres, con un salvaje grito de guerra. Xaw se quedó sobrecogido de terror, incapaz de reaccionar. Ocho de los malditos cerraron el paso a Gakdû, mientras los otros se disponían a sacar el corazón de su desventurada víctima, que parecía estar inconsciente.

* * *

            Bajo una luna color sangre, las formas de sombra devoraban algo con voracidad. La imagen de Alihka inundó su mente. El Trance le llenó rápidamente, y con tal fuerza, que después fue incapaz de recordar lo que había pasado. Apareció a los tres días, derrumbado ante la linde de su poblado, cubierto enteramente de sangre envenenada.

* * *

            El recuerdo de Alihka inundaba su mente. El corazón comenzó a palpitarle con gran fuerza. El tiempo comenzó a dilatarse; sus enemigos se movían muy lentamente. El Trance ya había comenzado. Con furia indomable arremetió contra la barrera de seres oscuros, cogiendo el pomo de su espada con la izquierda, mientras las garras de hueso que llevaba en la muñeca derecha sesgaban el vientre de uno de ellos. Con un diestro mandoble separó una cabeza de su correspondiente cuerpo e hirió profundamente a otro en el costado. El resto, que no había tenido tiempo de percibir muy bien lo que había pasado, se apartó ligeramente, lo suficiente para que Gakdû embistiera contra ellos y los derribara. Con un rugido estremecedor, saltó hacia delante y cubrió el cuerpo inerte, pero todavía vivo, del hombre inconsciente. Desde donde estaba, Xaw pudo ver, e incluso escuchar, el corazón de su maestro golpeando en una cadencia sobrenatural, casi saliéndosele del pecho. Vio la Marca, el Acíbar de Inawé, y comprendió el sufrimiento de quien la poseyera. Sintió una compasión indescriptible por su maestro y amigo. El putrefacto olor de las plantas le mareó de pronto. El cielo se puso bocabajo, y se desmayó.
   
         Notó que el Trance disminuía un poco. Ahora pensaba con más claridad. No podría permanecer mucho tiempo más allí, pues los hombres-buitre acabarían con él en cuanto se debilitara. El poder que les daba la sangre de los vivos no era tan enorme como el del Trance, pero sí era más duradero. Le rodearon, y varios intentaron morderle con sus agudos caninos. Aprovechando un momento de vacilación de sus enemigos, cargó al hombro a la víctima del espantoso ritual de los hombres-buitre. Una vez más emitió un rugido descomunal y, girando sobre sí mismo, intentó cortar lo que estuviera al alcance de su espada para abrirse paso. Aunque dio resultado, se sentía cada vez más cansado. Uno le hirió en las costillas con sus largas garras. Corrió hacia donde había dejado a Xaw, pensando si sería capaz de cargar con los dos y correr fuera del alcance de los engendros. Pero Xaw se levantó, se puso a su lado, y cargó con el hombre inconsciente. El Ojo Flamígero refulgía en su frente, mientras los otros dos permanecían cerrados. Aquello no podía ser. ¿Estaba su cachorro en Trance? Dejó que Xaw llevara el peso, y juntos comenzaron a correr hacia el desierto. Fueron perseguidos, y alcanzados poco antes de salir de la Región Prohibida. Se desencadenó un nuevo combate. Gakdû estaba demasiado fatigado. Manejaba la espada con destreza extraordinaria, pero ellos eran superiores en número, y más fuertes. Xaw dejó su carga en el suelo y se dispuso a la lucha. “¡No!” gritó el maestro al cachorro, pero éste no le hizo caso. De nuevo dejó que la rabia contenida en su frente fluyera hacia sus músculos, en la cantidad justa para no acabar extenuado. Gakdû observó estupefacto al primer hombre-tigre que podía controlar el Trance a voluntad. Xaw atacó con las manos desnudas a uno de sus enemigos, y agarrándolo por detrás, lo abrazó con tal fuerza que lo ahogó. A la vez que mantenía a todos los que podía ocupados, Gakdû lanzó la garra de hueso a Xaw. Éste saltó para recogerla, y en ese mismo instante, uno de los hombres-buitre asestó con un hacha un duro golpe hacia el cachorro de hombre-tigre. Xaw intentó esquivar el ataque dirigido hacia su cabeza, pero no fue lo suficientemente rápido, y el hacha le sesgó el brazo de un solo tajo. El aullido de dolor de su cachorro fue suficiente para renovar las energías de Gakdû, que nuevamente entró en Trance. Se dirigió hacia el engendro del hacha y lo despedazó con su espada, hasta dejarlo reducido a montones irreconocibles de carne y sangre. Recogió a Xaw y al hombre, y corrió con todas sus fuerzas hacia el poblado. Los hombres-buitre decidieron abandonar su persecución, pues empezaba a amanecer y odiaban el calor del desierto.

* * *

            Xaw abrió los ojos con dificultad. La cabeza le daba vueltas. Vio junto a él a su maestro Gakdû, y comprendió que estaban a salvo.
   
         -... ¿Y... y ese hombre? – consiguió preguntar con dificultad.
   
         -No te preocupes. Le habían hecho tomar un veneno, pero se recuperó hace tres días. Llevas más de una semana entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Por suerte, este hombre resultó ser un zahorí de otra tribu, y cuidó de tus heridas con hierbas mágicas.
   
         -Vaya, parece que por lo menos te eché una mano, ¿eh? – ironizó con amargura Xaw, recordando la fatalidad del combate.
   
         -Lo siento, Xaw, no era mi intención... No debí llevarte allí... Debí hacer caso de las restricciones de los Antiguos – la pesadumbre de Gakdû se hizo claramente patente.
   
         -No te preocupes... era mi destino. ¿Qué ha dicho Quixo? ¿Qué hará con nosotros?
   
         -Wsone, el otro zahorí, le ha contado que si tú no hubieras estado allí, habríamos muerto él y yo intentando escapar, y ha usado todo su autoridad para impedir que nos ponga un dedo encima. Ahora mismo somos héroes.
   
         -Cuéntame, maestro... ¿qué era realmente todo aquello? ¿Eran esos los hombres-tigre?
   
         -No, no, mi querido cachorro. Nosotros somos los hombres-tigre. Hubo un tiempo, cuando todavía eran los Antiguos, en que había más tribus entre los Tuk-thain. Todos vivíamos en paz. Los hombres-tigre no existíamos. Pero un hombre loco, poseído por Uolé, el Espíritu de los Muertos, llevó a varias tribus a lo que ahora llamamos la Región Prohibida, y las asentó allí. Obligó a estas tribus a alimentarse de carroña, de los animales muertos que encontraban. Y entonces empezamos a llamarlos hombres-buitre. La carne muerta les daba cierto poder, y también restaba un poco de cordura a sus mentes. Pero aunque ya no los considerábamos de los Tuk-thain, seguíamos en buenas relaciones con ellos. Al fin y al cabo, habían sido nuestros hermanos. Cuando este hombre loco murió, su hijo lideró a los hombres-buitre, y Uolé, que hablaba por su boca, ordenó que había que dar un paso más. Se desenterraron los cadáveres de los hombres-buitre recién muertos y fueron comidos en un horrendo ritual. – Gakdû hizo una pausa para tomar aliento.
   
         -¡Qué atrocidad! – exclamó Xaw, muy intrigado, instándole con la mirada a continuar.
   
         -Hubo varias familias que no soportaron aquello, se arrepintieron y volvieron a vivir junto a nosotros como miembros del clan Tuk. Pero los demás continuaron realizando aquel espantoso rito que les daba una considerable fuerza y les convertía en seres insensibles. Poco a poco se fueron transformando en formas de pesadilla. Ya no atendían a las razones del corazón, y por ello dejamos de tener contacto con ellos, abandonándolos a su suerte. De nuevo murió el líder, y su hijo le sustituyó. Uolé habló una vez más, y clamó que el paso final para servirle fielmente y convertirse en los seres más poderosos del mundo de los vivos era precisamente devorar a los vivos. Nadie dudó ni hubo ninguna familia que desertara o desobedeciera el mandato, pues estaban todas tan corrompidas por el poder de la sangre que ya habían sido cortados los tenues hilos de cordura que les sujetaban a la humanidad. En aquel momento, el resto de espíritus y dioses se reunió, y dotó a los Tuk-thain de la capacidad de engendrar marcados. Y así nacimos los hombres-tigre, para combatir la malignidad de Uolé y sus hombres-buitre. La leyenda cuenta que los primeros fueron entrenados por el propio Ñambaza.
            Xaw recordó entonces la visión de la Marca de Gakdû, forjada con hielo en su corazón, y le preguntó:
   
         -¿Qué edad tienes, maestro?

* * *

            El no tan niño Xaw perforó el viento con su doloroso alarido y rompió a llorar. El Trance se manifestó en toda su magnitud. Ñambaza se oscureció. Un rayo partió el cielo, y comenzó a llover.
   
         -¡¡¡Nooooooo!!!! ¿¿Por qué?? ¿POR QUÉ? – gritaba. Su cabeza parecía querer explotar. Las llamas de su Marca clamaban al cielo, que respondía con la tormenta. Gakdû le había llamado, le había dicho que su entrenamiento había finalizado y había saltado por el acantilado. Xaw tenía entonces doce años.

* * *

            -Adiós, Xaw, Espíritu-del-Tigre. Hoy pierdes un maestro y un amigo. Los hombres-tigre somos hombres con el corazón roto.
            Gakdû continuó su camino. Odiaba hacerle aquello a su cachorro, pero era la única manera de que descubriera el verdadero potencial latente en su Trance. Estaba seguro de que el Dios-del-Tigre habitaba en Xaw. En cuanto a él, cambiaría de nombre y entrenaría a otro marcado en otro poblado, como ya había hecho otras veces. Pues el sino de Sombra-y-Tormento-de-los-Dioses, el Acíbar de Inawé, era no poder recibir jamás el sereno descanso de la muerte.


por Jose Ramón Brox López