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        Prisionero de la antigüedad  
    


           
La brisa de la tarde, suave y mágica, bañaba con su dulce movimiento la planicie del país de Abhli. El aire olía a tomillo y jazmín, el Sol descansaba entre las nubes, esparciendo una luz alegre sobre los lagos y los pequeños bosquecillos de matojos. Una barrera de montañas chatas y rojizas se imponía sobre el fondo intensamente azulado, alzándose grave y majestuosamente por el Sur.

            El caminante se detuvo durante breves instantes. Su espíritu se abrió a la serena hermosura con que la Naturaleza había bendecido aquellas tierras.

            No parecía un nativo, pues era alto y de complexión robusta. Vestía una túnica sencilla de color pardusco, ajada por el polvo y el viento, de una sola pieza, larga hasta sus pantorrillas. Una simple cuerda la ceñía a su cadera. Calzaba sandalias de esparto, dignas de cualquier místico mas interesado en las elucubraciones abstractas que en la comodidad terrenal. Sostenía un cayado de madera, sin ornamento alguno. Aunque lo plantaba en la tierra con cada paso, no se apoyaba en él, pues su cuerpo fuerte. Sin embargo, su postura y andares delataban síntomas de una dolencia de origen espiritual.

            Llevaba alzada la capucha, medio encubriendo un rostro sereno, impregnado de tristeza, de piel clara y norteña, aunque bronceada por el Sol, rasgos finos y duros y ojos profundamente verdes.

            Su mirada acarició el bello panorama y después ascendió hacia el cielo. Aún quedaban aproximadamente cinco horas de luz antes de que la noche se extendiera por el mundo y la bestia surgiera desde su interior.

            Porque él era Burkran, El Licántropo, El Maldito, quien por el día tenía aspecto humano y durante la noche se transformaba en una criatura salvaje y vengativa, enemiga de todo lo vivo, poderosa y sedienta de sangre.

            Hacía ya seis años que aquel hombre cargaba con la losa de su maldición, desde que peleara contra un lobo-humano en las sombras de su natal Noctumbria. Burkran mató a dicha bestia, pero el ánima demoníaca no descendió a los Avernos de los cuales procedía, sino que se vengó entrando en el asesino, dominando su consciencia y su cuerpo cuando las sombras gobernaban.

            Desde entonces, Burkran había matado, bajo su forma bestial, a amigos y enemigos, amantes y familiares. Por ello rehuía el contacto humano, aunque la soledad constantemente pareciera a punto de aplastar su maltrecho corazón. Valiente cuando se trataba de empuñar una espada, se sabía no obstante demasiado cobarde como para dar fin a la maldición mediante el suicidio.

            Burkran se detuvo durante varios latidos. Decidió que iría hacia las montañas, hacía la oscuridad de la piedra, donde su parte bestial sólo pudiera masacrar lagartijas y ratones.

            Al cabo de varias horas de camino, descubrió una tienda en la llanura, entre las moles de roca y él. Confiando en dejar lejos aquel resquicio humano antes de llegar la noche, andó hacia el diminuto campamento.

            Según se acercaba a la tienda, Burkran observo que era de colores blancuzcos, formada por duras y resistentes telas. Parecía amplia, su punta se alzaba más de dos pies y medio sobre el suelo. Sus paredes ondulaban suavemente bajo la brisa. No había camellos o mercancías en los alrededores.

            Burkran quedó en pie ante la entrada. Utilizó sus mediocres conocimientos del abhlio para recitar en voz alta la bendición para con el  Profeta Paisharem y Sus creyentes, y esperó la respuesta.

            -Pasa, hermano-en-el-desierto -era idioma abhlio. La voz sonó anciana, firme aunque bondadosa.

            Burkran, dio las gracias, se quitó las sandalias y entró descalzo en la tienda.

            Dentro, descubrió a un viejecillo de rostro arrugado y sonriente, cuyos ojos oscuros mostraban una placentera serenidad. Su piel intensamente cetrina, su nariz ganchuda y voluminosa, los labios gordezuelos, los pómulos salientes y la típica barba de los ascetas y sacerdotes, con una pequeña punta muy cuidado bajo la barbilla, le denotaban como un auténtico hijo de Abhli, fiel mantenedor de las tradiciones y la religión de Dios y Su Profeta. Estaba solo, sentado sobre un rústico cojín, con las piernas cruzadas. Vestía túnica de color crema, sandalias toscas y un simple turbante en tono pardo. Su atuendo era sencillo, sin adorno alguno, y su morada parecía tan frugal como él mismo: únicamente dos almohadas más y un ajado paño, en el que había depositados un puñado de dátiles secos y una tetera de latón, en cuya cabeza reposaban, uno sobre otro, tres cuencos de negruzco metal. Un cuarto, medio lleno de la aromática y dorada infusión, reposaba ante las piernas del anciano.

            Aquel hombrecillo invitó a Burkran a sentarse, esbozando una sincera sonrisa. Burkran ya conocía a los nómadas del centro y Sur de Abhli, quizá las personas más hospitalarias del mundo... Aunque uno debía siempre guardar rigurosamente ciertas normas en su presencia.

            -Toma dátiles y té caliente, hermano-en-el-desierto -invitó el hombre.

Burkran agradeció con una suave declinación de cabeza, se aposentó sobre la lona y dejó que el anfitrión le sirviera un cazo metálico. Ambos bendijeron los alimentos, sorbieron la bebida y comieron varios de aquellos dulcísimos frutos. Aunque Burkran no tenía hambre, habría sido una imperdonable descortesía rechazar las viandas. Eructó sonoramente, su anfitrión también, y, una vez terminado el refrigerio, el anciano puso los cuencos sobre la tetera.

            -Gracias por tu hospitalidad, hermano-en-el-desierto -dijo el forastero-. Mi nombre es Burkran, vengo del Norte y viajo hacia el Sur, siempre buscando la soledad, pues a ella estoy condenado.

            Al anciano le gustó aquella forma de expresarse, tan propia de los ascetas y los estudiosos de la religión.

-Yo soy Af-Zan-Anr, hermano-en-el-desierto. Como tú, tam­bién huyo de las aldeas y las ciudades. Pero disfruto de mi soledad, pues me permite alcanzar determinados estados de conciencia que me serían imposibles en medio de las multitudes. Tu soledad es una condena, la mía una bendición.

-No todos los hombres son iguales -repuso Burkran, con una sonrisa.

-Cierto, cierto... ¿Y qué es lo que te aflige, hermano-en-el-desierto?

La tristeza surcó los ojos de Burkran. Normalmente, le resultaba exponer sus emociones y pensamientos en voz alta, pero la serenidad de aquel ambiente y la amigable compañía le infundieron un gran deseo de soltar las penas que cargaba:

-Dentro de mí hay un ser terrible, Af-Zan-Anr. Surge en la noche y asesina y aniquila todo ser vivo que encuentra. Es maligno y disfruta destruyendo. Yo quiero la paz, él sólo la guerra. Yo deseo volver a escuchar la palabra de un amigo o sentir el beso de una mujer, pero la bestia los destrozaría durante la oscuridad y yo no podría soportarlo. Por éso  he de huír de los humanos, aunque anhele su compañía. Estoy condenado y no puedo arriesgarme a que ellos sufran también por culpa de mi mal.

El anciano entrecerró sus ojos, como meditando. Al fin habló, con seriedad:

-Eres amable y generoso, Burkran. Más que la mayoría de los hombres. No hay luz sin oscuridad. En tu interior hay un mal que pugna por surgir en todo momento. Yo mismo lo noto.

Burkran, al mirar a aquel asceta, experimentó un rayo de esperanza. Una intuición le decía que tal vez el viejecillo pudiera ayudarle a resolver su problema.

-Tú pareces un hombre sabio, Af-Zan-Anr. Dime cómo puedo acabar con mi maldición. Explícame el modo de matar a esa bestia para que yo pueda ser libre de nuevo.

-No debes matarlo, ni expulsarlo -contestó el viejecillo-. Has de unirte a él y buscar el equilibrio. No luches contra él, fúndete con él. Sólo entonces tendrás la paz que buscas.

Burkran abrió mucho sus ojos y la faz se le contrajo a causa de la ira.

-¡No puedo! -exclamó- ¡Y tampoco lo quiero! ¡Lo odio! ¡Lo odio porque me ha robado todo! ¡Su presencia me repugna, me asquea y haré todo lo que esté en mi mano para extirparlo de mí! ¡Nunca podría unirme a él, como es imposible que se mezclen el agua y el aceite!

El viejo suspiró, como cansado.

-Y sin embargo, lo imposible sucede con reiterada frecuencia.

Hubo una tensa pausa. Burkran recobró el dominio de sí mismo y se avergonzó de su conducta.

-Perdóname Af-Zan-Anr. Soy indigno de tu hospitalidad. No debería haberte gritado en esta tu morada.

El viejecillo sonrió, comprensivo.

-Tus disculpas están de más. Eres joven y los jóvenes han de gritar, saltar y correr.

El asceta lo miró, bondadoso.

 -Quédate esta noche en mi morada, Burkran. Tendrás un cojín y una manta, y dátiles en abundancia. Las lonas de mi tienda te protegerán del frío nocturno. Soy pobre y no puedo ofrecerte mucho más.

Burkran admiró a aquel hombrecillo, que ofrecía lo poco que tenía a un extraño, aún a sabiendas de que éste pudiera albergar un gran peligro en su interior.

            -Te lo agradezco profundamente, noble Af-Zan-Anr, pero no puedo aceptar tu oferta. He de seguir mi camino hacia el Sur, hacia las rojas montañas de la lejanía.

Genuina angustia brilló en los ojos del asceta.

-No vayas allá -advirtió, con voz teñida por algo cer­cano al miedo-. En tales lugares hay una ciudad que aloja en su seno un Mal profundo, anterior a los hombres, al que las criaturas de un remoto pasado sirvieron y por el cual fueron exterminadas.

-Dudo que ese mal sea peor que el mío -replicó Burkran, esbozando una sonrisa irónica-. ¿Está vacía esa ciudad?           

Los ojos del anciano brillaron, espantados.

-Sí. Yerta de carne y de sangre. Abandonada por las personas y los animales. Pero llena de espectros, espíritus y demonios, ansiosos de atrapar al viajero incauto, desgarrar su alma y destrozar su cordura.

-Muy bien -concedió el invitado-. Seguiré tus instrucciones y evitaré esa ciudad. ¿Qué camino he de tomar, pues?

-Ante todo, aléjate de la única montaña picuda en la cordillera. Y no oses penetrar la garganta de paredes azuladas. Si, aun a pesar de mis palabras, divisaras la ciudad, vete de allí, y mas rápido aún cuando el chacal aúlle tres veces. Entonces... ¡corre, escapa! ¡Lo mas veloz, lo más lejos posible, si no quieres perder el alma!

Burkran reprimió una mueca de compasión hacia aquel anciano supersticioso. Sin embargo, tal vez él juzgara a su invitado tan loco como éste a su anfitrión.

-Seguiré tus consejos –afirmó.

-Lo celebro -suspiró el asceta, más tranquilo-. Me libras de un gran peso.

-Ahora, he de irme. Gracias por tu hospitalidad, Af-Zan-Anr.

-No insistiré, porque se que no te quedarás.

Recitaron la Bendición del Profeta y Burkran, apenado por dejar a un amigo con quien podría charlar cómodamente durante horas, salió de la tienda, se calzó sus sandalias, y echó a caminar de nuevo sobre la llanura.

Pasó la tarde. Burkran caminaba deprisa, siempre hacia el Sur. Pronto se supo lo suficientemente lejos de la tienda de Af-Zan-Anr como para que la bestia pudiera oler la presencia del anciano, cuando llegara la noche.

Al ocaso, las montañas romas se alzaban ante él como una sombra ominosa y gigantesca. Burkran comenzó a sentir las punzadas, suaves al principio, apremiantes después. Llevaba mucho tiempo experimentando los dolorosos síntomas del cambio, mas nunca podría acostumbrarse a ello. La bestia llegaba, alzándose lentamente desde su cueva en las profundidades el alma.

Entonces se detuvo. Sintió un escalofrío. Le faltaba algo. Su cayado. Lo había dejado olvidado en la tienda de Af-Zan-Anr. Como alertado por un sexto sentido, volvió la mirada hacia el Norte y descubrió, lejana, la figura del amigable viejecillo. Le saludaba con le zurda, pues en la diestra portaba el rudo bastón de Burkran. Aquel asceta era tan bondadoso que le había seguido durante toda la tarde, achacoso mas obstinado, sólo para devolverle el cayado.

-¡No! -gritó Burkran. Experimentó horror- ¡Vete! ¡Aléjate, por favor! ¡Corre! ¡Él viene!

Una violenta punzada le cruzó el estómago y se dobló en dos, exhalando roncas arcadas. Miró hacia el Norte. Af-Zan-Anr, alarmado al verle caer, se le aproximaba con mayor rapidez, para asistirle.

Burkran lloraba con tremenda amargura. ¿Por qué el destino había de ser tan cruel? Las lágrimas surcaban sus mejillas, un nudo de rabia le atenazó la garganta.

El dolor se tornó cegador. Burkran alzó su cabeza al cielo oscuro y estrellado y vociferó con voz salvaje, un titánico rugido que espantó a las bestias en una o dos millas a la redonda y detuvo en seco el anciano Af-Zan-Anr.

Burkran vomitó sobre su pecho y sus piernas. Sus ojos estallaron y nacieron de entre la sangre y los fluidos dos nuevos globos oculares, malignos, de un violento escarlata, sin pupila. Los poros de la piel se abrieron y exudaron un vello gris y espeso que cubrió todo el cuerno. Los músculos se expandieron y fortalecieron, dotándole de una apariencia poderosa. Las articulaciones engrosaron, los huesos se rompieron y volvieron a soldar, dibujando nuevas geometrías. Las dos piernas devinieron patas lobunas. Los dedos de las manos surgieron hacia el frente, las uñas se afilaron hasta transformarse en zarpas cortantes. Las orejas se aguzaron, la nariz surgió hacía el frente, destrozando el pellejo y la carne, hasta formar un húmedo, arrugado y furioso hocico. Los dientes abrieron las encías, que sangraron profusamente. Ahora eran afilados y ansiosos colmillos. Los labios tomaron un color negro y brillante, expandiéndose como negros y espumeantes belfos. Todo el cuerpo de la nueva criatura estaba húmedo de sangre, como el de un recién nacido, y manchado con los últimos restos de carne superficial y la sangre manchaba al ser desde la coronilla a las pezuñas.

El licántropo se alzó bajo la luz de las estrellas.

Era un ser horrendamente majestuoso, mitad lobo y mitad hombre, tan alto como dos guerreros del más distante Norte. Presentaba un aspecto fabuloso, todo músculo y tendones libres de grasa, ancho de espaldas y hombros, esbelto en la cintura, con brazos y muslos gruesos como columnas. El espeso pelaje gris brillaba bajo la luz estelar.

Abrió las fauces y gruñó roncamente, hasta que el sonido explotó en un rugir como sólo las bestias sin freno pueden dar a luz.

Af-Zan-Anr, a sólo veinte pasos de él, había quedado inmóvil, sin poder hacer otra cosa que mirar. El monstruo clavó su mirada escarlata en él y su futura víctima musitó una plegaría a su dios con labios temblorosos.

Los belfos de Burkran se curvaron en un espantoso y fascinante remedo de sonrisa humana, y de pronto echó a correr hacia Af-Zan-Anr, a cuatro patas. Odiaba todo lo vivo, pero especialmente aborrecía a la raza humana, de la que era implacable rival.

Ensartó las garras en el estómago del anciano, demasiado espantado como para poder defenderse, y lo alzó sobre su cabeza. La sangre que chorreaba de la rajadura mojó su cabeza y el licántropo la bebió con fruición. Af-Zan-Anr gritó débilmente antes de morir. Burkran le arrancó la columna vertebral y después los miembros, que partió en mil trozos. Volvió el pellejo del revés, esparciendo los órganos internos en diez pasos a la redonda. Por último, y como acto de cruel humor, ensartó la cabeza en el cayado que el viejo trajera, hundiéndolo acto seguido en la tierra.

Burkran rugió triunfalmente, corrió y saltó por los alrededores, escarbando en la tierra hasta encontrar las madrigueras de los conejos y devorar las crías. Destruyó los bosquecillos de matojos y rompió las rocas, alzando en todo momento su terrible grito de guerra contra todo lo vivo.

Mas la llanura estaba vacía, no había otras víctimas en ella que los insectos y unas pocas bestezuelas de sangre caliente. Burkran maldijo de nuevo la bondad de su otro yo, el yo humano, que lo había llevado a un desierto sin enemigos a los que aplastar.

Aún así, trotó durante toda la noche, experimentando gozosamente la plena potencia de sus músculos de hierro, sintiéndose el exterminador más poderoso de toda la Creación.

Al aproximarse el alba, el monstruo volvió al lugar donde había asesinado a Af-Zan-Anr y esperó la luz del Sol, rumiando entre sonrientes jadeos la venganza contra su yo humano.

Cuando las primeras luces bañaron su cuerpo los músculos menguaron y los colmillos, el hocico, los belfos y las orejas se replegaron y hundieron en la cabeza. Entre gritos de dolor, exudando pellejo y sangre, Burkran volvió a ser hombre.

Quedó en el suelo, tirado sobre los pegajosos frutos de su transformación, jadeante y exhausto. Durmió, inquieto, durante horas.

Al despertar, lo primero que descubrieron sus ojos fue la cabeza de Af-Zan-Anr, clavada en su propio cayado. Las vísceras e intestinos del anciano estaban indignamente esparcidas alrededor del bastón, como en un dibujo macabro y carente de sentido.

Burkran sollozó agónicamente, durante más de una hora. El Sol, el cansancio y la rabia se conjugaron y cuando se levantó y echó a andar lo hizo tambaleándose, al borde de la locura. Rió sin alegría y lloró sin lágrimas. Musitaba palabras incoherentes. Se negó a descansar, comer o beber. Caminaba siempre hacia el Sur, hacia las montañas ya tan cercanas.

El anciano le había advertido contra aquélla en forma de pico, mas Burkran fue directamente hacia ella en cuanto la descubrió. También se le dijo que no penetrara en el cañón de paredes azuladas. Burkran lo atravesó durante el día y gran parte de la tarde, buscando obsesivamente la muerte.

La sombra azulada de aquella desierta barranca, de paredes blancas y veteadas por una extraña roca verdosa que rayaba con el celeste, se tornaba ominosa y espesa, y cuanto mayor era la sensación de peligro, más brío ponía él en su avance. La oscuridad de los huecos y cuevas parecía removerse inquieta y caprichosamente a su paso.

Entonces, escuchó la voz del chacal, que aullaba en la lejanía.

Recordó que el anciano le aconsejara huír antes del tercer grito, y Burkran esperó hasta oír las siguientes dos voces de la bestia. Se postró de rodillas y, el cuerpo arqueado hacia atrás, exhaló varias y demenciales carcajadas. Al límite de su resistencia física, pero movido por una frío y desesperado vigor, se levantó y siguió caminando por el paso azulado. Ya comenzaba a anochecer y la luz estaba tomando un tinte li­geramente rosáceo.

Tras una eternidad de pasos y sombras, agotado, sediento y febril, descubrió la ciudad.

El cañón desembocaba en un gigantesco anfiteatro natural. Sobre su centro había una vasta y ruinosa urbe. No estaba fortificada. Las casas eran de piedra blanca, de uno o dos pisos en altura. Aunque el paso del tiempo y sus inclemencias las había erosionado, las líneas arquitectónicas seguían conservando cierta elegancia, el reflejo de una hermosura, ambigua y fascinante. En el centro, surgían por encima de las pequeñas viviendas cuatro grandes edificios coronados por cúpulas finamente redondeadas y sostenidos por titánicas columnas.

Burkran se introdujo en las calles desiertas. Sobre ellas caían la difusa y rojiza claridad del ocaso. El suelo firme y plano, adornado con mosaicos, y las curvas de las fachadas, denotaban un gusto por lo retorcido e hipnótico. Aquellas moradas eran en su mayoría villas dotadas de jardines y piscinas, éstas vacías y aquéllos secos y terrosos. En las paredes contempló enormes murales y jeroglíficos. Los bajorrelieves, carcomidos por el tiempo, se alargaban sobre los muros. Burkran los examinó y experimentó disgusto ante las morbosas y crue­les escenas que representaban los dibujos: sacrificios, asesinatos, matanzas y escenas orgiásticas en las que los hombres se mezclaban con las bestias y hasta se confundían con ellas.

En prácticamente todas las casas había ornamentos con los mismos motivos, y su espanto creció al descubrir, en numerosos patios, altares de piedra con sospechosos canales que iban desde la superficie del ara a rotas tinajas que el tiempo no había logrado borrar. ¿Acaso aquellas gentes practicaban sacrificios en sus propias moradas, preocupándose de no perder ni una sola gota de la sangre que se vertía en ellos?

No encontró casas humildes. Al parecer, la ciudad estuvo habitada por ricos morbosamente hedonistas.

Continuó atravesando aquellas calles cada vez más tenebrosas, buscando y temiendo a sus habitantes, o sus últimos descendientes. Pero la soledad pervivió.

Al fin, llegó al centro de la urbe, una plaza gigantesca en la que se alzaban cuatro lúgubres y espectaculares templos de piedra negra. Como ya viera antes de entrar en la ciudad, el cuerpo de cada edificio aparecía rodeado por un círculo de gruesas columnas, construidas en el mismo material. Estaban coronados por cúpulas adornadas con estatuas de gárgolas y dragones que expresaban una alegría y una furia infernales.

Los cuatro templos de color negro habían sido dispuestos de manera extraña, pero regular: tres de ellos eran los vértices de un triángulo de imaginarios lados iguales en longitud, y en el centro de la figura permanecía el cuarto, de aspecto parecido a sus congéneres, pero mayor en altura.

A Burkran le sorprendió la vastedad de aquella plaza: cientos de pasos separaban entre sí a los cuatro templos. En el espacio entre ellos había restos de caprichosos jardines, piscinas, fuentes y esculturas titánicas y horrendas. Ahora tales muestras de arte guardaban un aspecto muerto y polvoriento. Pero Burkran imaginó en aquel lugar un pueblo fuerte, cruel y orgulloso, sin duda servido por una multitud de humillados sirvientes.

Un aura pesada se expandía desde los templos, avanzando a través de las sombras del ocaso como un zumbido en el fondo de la mente o un mal recuerdo que se desea olvidar.

Burkran, desatendiendo aún más los consejos del malhadado Af-Zan-Anr, se introdujo en la vasta plaza.

Cuando sus pies desnudos tocaron las losas negras, experimentó un escalofrío. Imaginó, sin poder evitarlo, que era un insecto atrapado en una red, construida por cuatro arañas. La más grande, dispuesta a engullirle, se trataba sin duda del gran templo central.

Burkran sufrió los primeros dolores del cambio. Una insana alegría invadió su ser: quizá el Mal de los templos fuese capaz de acabar con el mal que anidaba dentro de él. Empleando fuego para combatir el fuego. Rió y echó a correr hacia el enorme edificio entre los otros tres. Observa venir las grandes columnas y escuchaba voces silbantes y cruelmente infantiles en sus oídos, incitándole a acercarse más y más.

Encorvado por las punzadas, jadeando, riendo y gritando, subió la escalinata de cincuenta escalones y accedió a un patio interior cuyo techo estaba sostenido por setenta columnas negras, adornadas con temibles relieves. Tras ellas, descubrió un pasillo cuyas orillas quedaban marcadas por estatuas, veinticinco a cada lado. Conducía a la entrada en forma de herradura, un pedazo de oscuridad más espesa que la tiniebla general.

Burkran, mientras ponía todo su empeño en no dejar de andar, miró las estatuas sobre él. Representaban a reyes y grandes guerreros. Poseían un aire cruel e implacable, incluso cuando sonreían. Algunas mostraban un cuerpo antropomorfo, pero coronado por una cabeza de chacal, lobo, león o gorila, lo que hizo sospechar a Burkran acerca de la raza que habitara en aquella ciudad.

El ocaso alargaba las sombras de las estatuas. Burkran. sudaba, las punzadas en su estómago eran cada vez más cortantes y dolorosas. Sentía sobre él cien miradas malignas. Escuchaba, mezclado con el susurro de la brisa, el airado susurro de voces inhumanas.

Se desplomó de rodillas, encogido sobre sí mismo, y el cambio se produjo: de hombre pasó a ser bestia.

La sangre y la piel desechadas cayeron sobre las losas negras, mientras las figuras de piedra contemplaban la transmutación del llegado y sonreían satisfactoriamente. El licántropo alzó su húmedo hocico y rugió salvajemente. Se levantó sobre sus dos patas, jadeando metálicamente. Miró a su alrededor y descubrió dónde se hallaba. Sintió el Mal que le rodeaba, la hostilidad flotando en el aire como un humor pegajoso. Aquella presión le comprimió el cráneo, amenazando con romper su cabeza. Gruñó, dolorido y rabioso. Agitó la testa, intentando sacarse de encima aquel espanto, y apretó sus garras contra las sienes. La agonía zumbaba, aquel poder tenía su origen en los ojos de las estatuas.

Mas ya era el licántropo. Ninguna cadena podía atar su furia. Llegó hasta la figura pétrea de un rey o general victorioso y la atacó con saña: la empujó hasta hacerla tambalearse, los poderosos músculos de sus patas y espalda hinchados a causa del esfuerzo, bufando y gruñendo, su voz aumentada y repetida por el eco de la gran construcción. Al fin,  la gran efigie cayó al suelo, haciéndose añicos.

Burkran escuchó dentro de su mente un grito de dolor, ajeno a su mente. Sonrió, salvajemente alegre. Llevó su labor de destrucción a tres estatuas más, y  el Mal se alejó de él, aleteando como una mariposa inquieta.

El monstruo era libre de nuevo. Miró el portal del templo con odio. Ahora tenía un objetivo: destruír la fuente de ese Mal que había osado atacarlo. Encontrar un enemigo sobre el que descargar toda su rabia y su poder le llenó de goce.

Atravesó a la carrera, sobre las cuatro patas, el pasillo de estatuas, que ahora lo miraban coléricas y temerosas. Duendecillos inmateriales y espectros de sucia luz pasaban a su través, provocándole escalofríos. Mas él los traspasaba con sus garras sin producirles daño alguno. Eran seres inmateriales, crueles y burlones, y cuando dejó de hacerles caso se marcharon.

Al fin, entró en el templo.

Vio otro gigantesco patio, bañado por un chorro de claridad estelar, pues la cúpula aparecía abierta en su centro, como un gran círculo de cielo nocturno. El gran rayo plateado bañaba un enorme altar de roca negra, en el centro de la enorme sala. El ara quedaba rodeado por una superficie con un radio de aproximadamente quince pasos. A su vez, la circunvalaba una escalinata de cuarenta escalones marmóreos. En torno a la escalinata había tres piscinas o fosos circulares, formando los vértices del triángulo cuyo centro era el altar. De nuevo se repetía aquella concepción geométrica.

Burkran contempló el altar. Sintió un frío espectral que le atravesó el enorme pecho. Ante sus ojos, una segunda realidad se fundía a con la que hasta ahora conocía, como si bizqueara y el mundo apareciera por partida doble. Sin embargo, las imágenes resultaban iguales y al mismo tiempo diferentes. En una el templo se hallaba vacío, mas en la segunda éste estaba lleno de figuras altas, encapuchadas, de aspecto humano y rostros en sombras, que rezaban un cántico ominoso y obsceno en el que se mezclaban los tonos graves con los gemidos placenteros. Rodeaban la escalinata y el altar, y eran más de ochenta.

 Burkran rugió y golpeó a varios encapuchados. Pero sus garras pasaron a través de los monjes. Éstos no notaban su presencia, aunque el licántropo les increpaba con sus furiosos gruñidos. Eran fantasmas. Sin embargo, el monstruo podía oler el perfume dulzón de los hornillos y hasta escuchar con plena nitidez el suave roce de las túnicas.

Se produjo un tumulto cuando más de aquellos encapuchados penetraron en la vasta estancia. Traían, a golpe de látigo, patadas y empujones, a unas cien personas, hombres, mujeres, niños y ancianos, todos ellos desnudos y sujetos por cadenas y grilletes, que lloraban y suplicaban clemencia. Aquellos humanos poseían una tez morena y brillante, rasgos hermosos y cuerpos esbeltos.

Sus captores los dividieron en tres grupos de igual número y los arrojaron sin miramientos a las enormes y hondas piscinas vacías. Sobre el griterío asustado de los presos se elevó el denso tono de los cánticos de los oradores. Su letanía rozaba ya el paroxismo.

Una joven y hermosísima hembra humana fue separada del rebaño y conducida al altar por un monje más alto que los demás. Éste vestía túnica y guantes de color escarlata en lugar del habitual negro. La luz lunar iluminó los pliegues de su atuendo y las lágrimas de la bella víctima, a quien subió al altar y puso de rodillas. La temblorosa muchacha quedó tan quieta, vencida por el pánico más absoluto, como el ratón ante la serpiente. El cántico de los monjes ascendió hasta niveles fastuosos, titánicos. Incluso Burkran se serenó, vencido por la intensidad de la escena.

El sacerdote escarlata cortó con sus brazos el aire y el rezo cesó, quedando todo el lugar sumido en el silencio. Ni siquiera se escuchaban los gemidos de los presos, arracimados en el fondo de las tres piscinas, ahora tan horrorizados que casi ni osaban respirar.

El monje escarlata retiró su capucha y se quitó los guantes. Bajo la luz estelar aparecieron su testa y sus garras, cubiertas de pelo marrón. Porque él también era un hombre-bestia como Burkran, un híbrido entre humano y animal. Tenía cabeza de chacal, dotada de un alargado hocico, arrugado a causa de la cólera. Sus ojos guardaban el color de la sangre recién derramada y los colmillos sobresalían de los negros belfos como afiladas y blancuzcas piedras.

El sacerdote no emitió sonido alguno. En el silencio sólo se escuchaba su respiración jadeante.

Los monjes del templo le imitaron: bajaron las capuchas, descubriéndose como licántropos de rasgos bestiales, no exentos de una fascinadora y terrible belleza. Los había machos y hembras. Formaban un culto, un pueblo entero de seres como Burkran, quien los observaba con infinito asombro, incapaz de elevar siquiera un torpe gañido.

La congregación permanecía en silencio. Sólo se oían los sollozos aterrados de la joven en el altar. El Sumo Sacerdote le dirigió una mirada inteligente y maligna. La chica le contemplaba con ojos desorbitados, loca de miedo. El monstruo le agarró las manos y alzó sus brazos, estirándole el cuerpo. Ella no trató de resistirse. Su captor golpeó con la garra derecha, traspasando la fina piel de la espalda. La sujetó por el pecho con el otro brazo, mientras la joven se encorvaba y lanzaba un alarido, mientras las uñas bestiales rompían huesos y órganos internos y hurgaban entre la carne. El sacerdote extrajo con un fuerte tirón el músculo vital de la muchacha y ésta cayó muerta sobre el ara, sobre un charco de su propia sangre.

Bajo la luz lunar, el sacerdote alzó el corazón humano por encima de su cabeza y el líquido que chorreaba manchó su hocico. De un solo bocado lo engulló.

Alzó sus peludas manos, enfermo de placer, y gritó roncamente, orgulloso de ser el líder de aquella manada.

Su rugido fue la señal: la turba de sacerdotes corrieron y se lanzaron a los tres fosos, en cuyo fondo se acurrucaban los débiles humanos. Los hombres-lobo y hombres-chacal los desgarraran, rajaban y mutilaban. Estalló una cacofonía enloquecedora compuesta por los gritos dolor y pánico de las víctimas y el rugir fervoroso de sus verdugos.

Burkran, dichoso por hallarse entre los suyos, fue hasta a una piscina cercana. Pasó entre los espectros, que seguían sin verle. Quiso destripar él también a los humanos, pero ellos eran igualmente espectros inmateriales.

Airado, salió del agujero. El líquido vital salpicaba ya el patio del templo, mientras las bestias portaban en el hocico los pedazos de sus víctimas. Los machos y las hembras, aún manchados, cayeron presas del frenesí, danzando enloquecidos o copulando unos con otros orgiásticamente. El lugar vibraba con oleadas de sucia y arrasadora energía.

En el ara el hombre-chacal contemplaba con agrado y orgullo su obra, y en su mirada chispeaba el poder.

Entonces, se volvió en una determinada dirección y pareció reparar, al fin, en Burkran. A diferencia de sus acólitos, él sí podía verle.

Los dos se contemplaron. Gruñeron hostilmente, reconociéndose al instante como  enemigos mortales.

Burkran corrió hacia el altar. Subió la escalinata a grandes trancos, dispuestas las garras para abrir el cuerpo de su rival. El sacerdote también se preparó para el combate. Aparte de su fuerza física, que era mucha, el poder de lo oculto chispeaba en sus ojos de color escarlata.

Las garras de Burkran lo atravesaron sin consecuencias, al igual que ocurriera con  los otros. Éste era también un espectro. Debido al impulso, rodó por escaleras abajo, hasta el suelo.

Se levantó de un salto y miró en derredor. El lugar volvía a estar desierto y polvoriento. Los fantasmas habían desaparecido y de sus víctimas sólo quedaban las manchas de sangre que el tiempo no podría borrar.

La luz del Sol penetraba por el agujero en la cúpula: las horas habían transcurrido con inusitada rapidez en aquel santuario, como si también se plegaran a los caprichos de la esencia sobrenatural.

Burkran estaba rabioso, comenzaba a experimentar los dolores del cambio. Anheló enfrentarse de nuevo con aquél su contrario, el de la cabeza de chacal y túnica escarlata.

El pelaje y el pellejo debajo suyo cayeron, los músculos disminuyeron entre chorros de sangro, el hocico devino nariz, las garras fueron simples uñas, los ojos tomaron un tinte blanco, verde y negro y la racionalidad sustituyó a la pasión y el instinto.

Burkran, ya hombre, trató de levantarse del suelo. Pero, además de la extenuación que sentía tras cada cambio, no había comido ni  bebido en más de veinticuatro horas. Simplemente, fue incapaz de moverse.

Quedó tirado en el suelo de losas negras, deseando sin embargo alejarse de aquel templo impío. Aunque no recordaba lo ocurrido en la noche, comprendía que el Mal allí era demasiado poderoso como para continuar tentándolo.

De pronto, sintió que había alguien más en la vasta estancia. Se volvió en una determinada dirección y el vello de la nuca se le erizó, al tiempo que sus fatigados ojos se desorbitaban.

Había un ser increíble, unos cinco pasos a su derecha. Tenía cuerpo de león, dos enormes alas de suaves plumas emergiendo del lomo y cabeza de mujer. Aquel rostro era bellísimo, de líneas delicadas y suaves, piel aterciopelada y morena y ojos negros,  brillantes, embriagadores. La melena oscura le caía en rizados bucles sobre el lomo felino y la inserción de las alas.

Aquella criatura abrió sus carnosos labios, mostrando dos hileras de colmillos afilados. Ciertamente, era fascinante y hermosa, pero en su belleza flotaba la perversidad.

Un segundo ser, de iguales características que el primero, aunque con el rostro algo más delgado y ojos de color miel, apareció por la izquierda.

Otra criatura similar a las dos anteriores llegaba por el Sur, a la espalda de Bur­kran.

Las tres hermosas fieras dieron vueltas alrededor del hombre, emitiendo leves rugidos. Parecían hambrientas, dispuestas a devorarlo. Burkran, aún en su asombro y terror, se preguntó por las razo­nes que demoraban el ataque.

Las criaturas hablaban entre ellas, en un lenguaje susurrante y animal, desconocido para él. Sus ojos estaban encandilando al hombre, quien se sentía caer, a su pesar, en un suave y estremecedor hechizo.

Entonces notó que la carne de las fieras vibraba levemente y a veces se tornaba translúcida, como si fueran espejismos del desierto. De pronto, comprendió que sólo se trataba de espectros sin forma sólida, los fantasmas de aquella ciudad prohibida.

Escuchó un leve murmullo, un zumbido sordo e inquietante. La fuente de tal vibración se hallaba ocho metros pasos a la izquierda de Burkran, entre la escalinata del altar y él.

Allá, el aire se estaba espesaba y cambiaba de color, girando en vertiginosos remolinos. De pronto, la nada tomó forma, dio a luz una figura humana, un hombre alto y fuerte, vestido con una larga túnica roja, de amplias mangas y faldones que rozaban el suelo. Sandalias doradas calzaban sus grandes pies. El capuchón estaba bajado, dejando ver una cabeza rasurada de formas agradables. Su piel poseía un tono aceitunado, los rasgos eran delicados y finos. Los labios gordezuelos se curvaban en una sonrisa cruel. Los ojos negros miraban con sorpresa y encanto a Burkran. Poseían aquel brillo maligno y arrebatador, semejante al de las tres criaturas aladas. Sin embargo, en los del hombre flotaba la inteligencia.

También se trataba de un espectro, ora opaco, ora translúcido.

Los monstruos miraban a Burkran con fiereza, y luego al hombre de la túnica, como pidiendo permiso. Este, de pronto, les gritó en un idioma que Burkran desconocía, con tono autoritario y cortante, y los seres, como enormes gatos regañados, se removieron con la cabeza gacha y el rabo entre las patas, siseando maldiciones. Tomaron asiento lánguidamente sobre los cuartos traseros, varios pasos a la espalda de su amo, y mi­raron a Burkran con hambre y deseo.

El de la túnica roja contemplaba al forastero pensativamente.

-Eres uno de los nuestros -dijo al fin, en una lengua que Burkran entendía, pero que jamás había escuchado con anterioridad-. Perteneces al pueblo Wagirr.

Burkran, al fin, atinó a hablar, en abhlio:

-No te entiendo... no sé quién o qué eres, o si sólo eres un sueño y pronto despertaré.

El desconocido sonrió.

-Sí... Perteneces a la Raza. Por ello las esfinges no han devorado tu mente, como hicieran con cuantos exploradores y ladrones de tumbas osaron pasar por aquí -Burkran comprendió que se refería a las criaturas aladas, quienes entendieron las palabras de su amo y ronronearon, satisfechas-. Aquellos desgraciados eran simples humanos, pero tú no. Conciernes a nuestro pueblo.

-¿Dónde estoy? -preguntó Burkran- ¿Quién eres tú?

El extraño saludó gravemente, inclinando la cabeza.

-Permíteme que me presente: me llamo Ahknath, de la familia Tbrrah-Zynn. Estás en el Templo Central del Triángulo, en la Sagrada Shinxx, capital del Imperio Wagirr. Los otros tres templos son las moradas de las esfinges, protectoras de la ciudad. En ellos se desarrollaron, antaño, las misas y liturgias menos importantes. Yo, Ahknath Tbrrah-Zynn, tengo el honor de ser Guardián del Culto a Borgoth, El Tenebroso.

-No he oído hablar nunca de una ciudad llamada... Shinxx, ni de esa raza que mencionas...-contestó Burkran.

Ahknath sonrió, con aquella mueca despreciativa que le era imposible borrar.

-Eso es lógico. Nosotros, actualmente, estamos prácticamente extinguidos. Pero los wagirr gobernamos casi toda la mitad Sur del mundo hace ocho milenios. En aquella época, los hombres servían sólo para nuestra diversión y alimento.

-¿Acaso tú no eres un hombre?

Ahknath se encolerizo.

-¡No me insultes! ¡No lo soy! ¡Y tú tampoco! -tras unos latidos de tenso silencio, pareció calmarse-. Creo que debes recibir una lección de Historia:

“Hace treinta mil años, cuando los hombres eran apenas monos sin pelo, los Dioses acabaron con la civilización de los Grandes Saurios y crearon a las Razas Superiores. Éstas eran seis: los Wombat, formados a partir del simio y el hombre. Los Wagirr -nuestra raza-, a partir del hombre y el lobo, el coyote y el chacal. Los Gwhiaiarhi, El Pueblo Volador, a partir del hombre y el ave. Los Gshlak, mezcla de pez y hombre. Los Shiarshann, los hombres-reptil. Y los Ghrralt, los felinos-humanos.

“Las Razas crecieron en esplendor y fuerza y a cada una se le otorgó un determinado sector del mundo. Mil años después de su nacimiento, Seis Imperios brillaban sobre la faz de la tierra y las profundidades oceánicas.

“Los hombres existían sólo para el uso de las Grandes Razas. Aquí, por ejemplo, en Shinxx, se celebraban ritos en honor a nuestro dios, Borgoth El de la Dura Mirada, y en ellos cientos de humanos eran sacrificados como se pudiera destruir a un puñado de hormigas. De semejante manera ocurría en las montañosas ciudades de los alados Gwhiaiarhi, en las selváticas urbes de los simiescos Wombat, en el desértico y terroso Este de los ofidios Shiarshann, en las simas marinas y las islas de los acuáticos Gshlak y en las grandes sabanas y praderas de los felinos Ghrralt. Los humanos se postraban ante el capricho de sus amos y señores y obedecían sin vacilar cualquiera de sus mandatos.

Burkran se sintió horrorizado ante el relato de Ahknath, pero la curiosidad venció al estupor:

-¿Por qué no se rebelaron los humanos? Tú mismo tienes aspecto humano; ¿no te sientes solidario con los sueños y esperanzas de los hombres?

Ahknath sonrió, despreciativo.

-Sí, los animales humanos intentaron rebelarse en contadas ocasiones, pero tales aspiraciones fueron tan brutalmente reprimidas por las Razas Altas que la idea de liberación no volvió a pasar por sus débiles mentes. Puedo decirte que en muchas ciudades había auténticos lagos y estanques artificiales, en los que en lugar de agua se remansaba la sangre de los miles de esclavos torturados y asesinados como escarmiento.

“Vuelves a ofenderme en tu ignorancia, comparándome a un sucio animal humano, pues yo pertenezco al pueblo wagirr, la Raza Lupina. Y tú también, aunque aún no lo sepas. 

“En principio, nuestro aspecto resultaba terrible y magnífico, pero con el tiempo, y por razones que no conozco, quizá por la dejadez en nuestros deberes para con Borgoth, fuimos revirtiendo al estado humano durante el día. Mas por la noche recuperábamos nuestra presencia original. Como también te ocurre a ti.

“Sin embargo, y al contrario que tú, nosotros no renegábamos del porte poderoso que adoptábamos al ponerse el Sol.

-Pero vuestro pueblo se extinguió –infirió Burkran, tratando de mantener la coherencia de sus pensamientos-, y por ende también el resto de las Grandes Razas.

Ahknath suspiró, entristecido.

- Así fue. Todo se debió a la Gran Guerra...

“Dicha contienda la comenzaron los shiarshann, El Pueblo Ofidio. Aún recordaban con vano orgullo los días en que sus antepasados, los Grandes Saurios, dominaron el mundo, y se aliaron con los acuáticos gshlak. Lanzaron la invasión desde el Este. Los wagirr nos unimos a los wombat y los ghrralt contra la potencia conquistadora, y los orgullosos gwhiaiarhi, El Pueblo Alado, decidieron luchar en solitario, planeando aplastar a los supervivientes del combate y abarcar después el orbe entero.

“Doscientos años duró tal guerra, y cada Raza, aparte de sus propios guerreros, empleaba también mesnadas de esclavos luchadores. Incluso se utilizó la magia, El Saber Antiguo, capaz de arrasar lo sólido y maldecir el alma. Mares de sangre se derramaron, los cadáveres cubrieron la planicies y el pico, la tierra fue abierta y las montañas derrumbadas. Las Razas lidiaban unas contra otras y se odiaban con fuerza. Y aún ese odio pervive en el fondo de las mentes animales de sus descendientes.

“Los Dioses miraban con desagrado tal disputa, y decidieron finalizarla exterminando a las seis Grandes Razas. Los integrantes de cada una se extinguieron entre tormentas y diluvios, terremotos, erupciones volcánicas, incendios titánicos, torbellinos de gas nocivo, pestes e infecciones incurables. Las civilizaciones cayeron y sus templos y ciudades quedaron convertidas en polvo bajo el peso de las Eras. Sólo se conservaron en pie algunas pocas urbes, las más poderosas, como Shinxx, ésta en que nos hallamos, orgullosas y malditas por siempre.

“Al desaparecer las Razas Altas, la Rueda de la Historia finalizó una nueva rotación y dio comienzo a otra. Los humanos y las bestezuelas supervivientes continuaron sufriendo durante siglos la ira de los Dioses, y tras mil años de penalidades sólo sobrevivieron los más aptos y fuertes. Comenzó entonces el periodo que conocéis. El recuerdo de las Altas Razas quedó sumergido en el más profundo inconsciente, dando pie a mitos y leyendas.

“Unos pocos individuos de las Razas Altas, o sus ánimas, han sobrevivido a la debacle y llevan una existencia maldita. Los humanos, que no pueden deshacerse de su memoria racial, los califican de monstruos y los persiguen sin compasión. Por ello nuestros descendientes deben vivir en la sombra y el secreto, como ocurre a ti, quien te consideras humano, pero no eres más que la carcasa para el espectro de un poderoso pero ignorante guerrero wagirr.

Los ojos de Ahknath se abrieron desmesuradamente y señaló a Burkran con un índice acusador.

-¡Deberías mostrar orgullo! -exclamó- ¡En la noche tienes el poder y la fuerza, el dominio sobre los demás, sobre el mundo en­tero! ¡Es una herejía renegar de tu propia herencia!

Burkran se hallaba demasiado confuso y cansado como para responder al ataque. En lugar de ello, miró a Ahknath con ojos entrecerrados.

-¿Qué eres? -preguntó- ¿Un sueño de mi mente febril, un hombre, un licántropo o un espectro?

Ahknath enarcó una ceja.

-Soy todo éso y mucho más. Soy el Guardián del Templo Sagrado de Shinxx. Veinte mil años atrás, entregué mi alma a Borgoth, el Dios de mi Raza. Tras la muerte terrenal, ancló mi espíritu aquí, para que yo cuidara en los tiempos venideros del Lugar Sagrado. Soy un pedazo de energía y pensamiento, un alma descarnada. Pero tengo poder, mucho poder...

Las últimas palabras sonaron amenazadoras.

Burkran, aunque aturdido, pudo levantarse y comenzó a andar hacia la salida del templo.

-De cualquier manera, Ahknath, he de irme. No quiero tener nada que ver con tus asuntos, por maravillosos y fascinantes que te puedan parecer.

Las esfinges dieron vueltas, inquietas, alrededor de Ahknath. El sacerdote endureció sus facciones y alzó una mano, con la palma enfrentada a Burkran.

-No... -susurró, hostil- No te marcharás aún.

De pronto, Burkran se sintió arrojado hacia atrás. Una fuerza terrible llevaba su cuerpo por los aires como el viento transporta la hoja caída. Gritó, pero su voz murió cuando chocó contra uno de los muros del templo, quedando su espalda pegada a la dura pared. Sintió los huesos crujir, mas no romperse. Aquella presión le aplastaba contra el muro, varios pies por encima del suelo, y amenazaba con hacer de él pulpa sanguinolenta. Ni siquiera podía mover la cabeza.

Ahknath sonreía malignamente, aún a puntándole con la palma de la mano. La. fuerza que aplastaba a Burkran provenía de él. Podía sentirla como ondas de ardiente frío contra su piel. Las esfinges jugueteaban alegremente alrededor del sacerdote.

-No escaparás -dijo Ahknath, sonriendo despectivamente-. Te necesito. Tú serás el que reúna a los últimos de mi raza, dispersos por el mundo, llenos de rabia y temor. Tú les llevarás el mensaje y los traerás aquí, a Shinxx, La Ciudad Sagrada. Debemos reproducirnos y extendernos de nuevo. Llevará siglos, pero se puede lograr. Y lo lograremos.

Burkran le miraba con terror. La fuerza se debilitó en torno a su boca y pudo hablar:

-¡No! -gritó- Aunque pudieras tenerme en tu poder durante el día, mi parte bestial no se plegaría a tus órdenes, es libre y destrozará a quien desee imponerle la más mínima obligación.

Ahknath esbozó una mueca burlona.

-Yo no seré quien convenza a tu más fuerte mitad. Será Borgoth, El Dios Oscuro. quien tomará tu alma y la destruirá. Después, conquistará igualmente la del wagirr que anida en tu pecho. Esta noche Borgoth enviará un emisario, un paladín. Luchará contra ti, ya transformado en wagirr, y lo destruirá.

-¿Por qué no envía tu dios ese emisario a su sagrada misión, en lugar de utilizarme a mí?

-Éste es el centro de Su poder. Fuera de esta ciudad, el campeón no tendría las fuerzas que aquí posee. Pero el wagirr escondido en ti sí puede hacerlo. Más antes, debe matarse la carne, en un duelo a muerte, dentro de este centro de poder, para que el espíritu vuele hasta las manos de Borgoth y le ilumine con el conocimiento de su misión. Después, el Dios Oscuro buscará un cuerpo más acorde con el sagrado cometido. Entonces, un ser de la Alta Raza, orgulloso de serlo, buscará sin descanso a sus hermanos descarriados y los atraerá aquí, para unirlos en un nuevo y preparado Pueblo Wagirr.

-Das por sentado que mi parte bestial será vencida en el combate... ¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Porque se enfrentará a mí –contestó el Sumo Sacerdote, apretando las mandíbulas-. Yo seré el Campeón que mi Dios envíe. 

Burkran envaró su cuerpo a causa del horror, mas la presión invisible le apretó con mayor fuerza contra la dura pared. Dijo, con voz temblorosa:

-Has hablado sólo del espectro del monstruo, que vive en mi interior; pero... ¿y yo? ¿Qué ocurrirá con mi alma una vez que muera el cuerpo?

Ahknath contrajo los hombros, como si aquello no tuviera importancia.

-Tu ánima inmortal será engullida por Borgoth, que necesita de muchas para alimentarse y cobrar poder. Serás Su esclavo en el mundo inmaterial. No te molestes en luchar o intentar rebelarte. Ya estás condenado.

Burkran se sintió desfallecer. Los ojos se le desorbitaron. De pronto, se relajó, mientras contra su mente pulsaba una fuerte y sorda locura. El horror había dado paso a una sucia desidia. ¿Qué podía hacer él cuando una vez tras otra era manejado por fuerzas que le superaban?

-Moriré antes de la noche -musitó, débilmente-. Llevo mucho tiempo sin comer ni beber, mi cuerpo no aguantará más de unas horas. Es más, deseo la venida de La Parca. Al menos, me librará de tanto sufrimiento y podré descansar, libre de tu Dios.

-Yo me asegurará de que no mueras -replicó Ahknath-. Invocaré a Borgoth y él te alimentará y te mantendrá con vida. No tendrás la suerte de fallecer.

Ahknath bajó su mano hasta el costado y Burkran cayó al suelo, casi rompiéndose los tobillos a causa del impacto. Quedó así tirado tan débil que era incapaz de moverse.

Ahknath alzó sus brazos y rostro hacia la cúpula. Su voz se tornó grave y ominosa:

-¡Oh, Señor Borgoth, Tu servidor te llama en la hora de la necesidad! ¡Ayuda a Tu Raza, la que te procuró tanta sangre y tantas almas! ¡Ven a Tus hijos, Señor Implacable, Dios de las Tinieblas!

Burkran observó aturdido cómo una espesa oscuridad ascendía desde el suelo. Surgía por entre las losas, llenando la sala tal que líquido humo, hundiendo en la opacidad toda la vasta estancia y escapando hacia el exterior. Se miró las manos y las vio brillantes, blancuzcas. También aparecían grisáceas y pálidas las figuras de Ahknath y las tres esfinges, que daban se movían de acá para allá, bajando la cabeza y pegando el vientre al suelo, maullando y bufando como gatos nerviosos y amedrentados.

Burkran asistió a la fantástica desaparición de toda solidez. Flotaba en la negrura infinita. De pronto, un par de ojos rojos e iracundos le observaban. Tenían un tamaño gigantesco y continuaban expandiéndose, lejanos y cercanos a un tiempo. No se podía huír de ellos, ocupaban el Universo entero. Resultaba insoportable su mirar y la sombra que era Burkran sollozaba, víctima del pánico. Era la Mirada de Borgoth, El Dios Oscuro.

Se escuchó su voz profunda, grave y metálica, quebrando el pesado silencio. Pero Burkran notó que no eran palabras lo que entendía, sino pensamientos que penetraban en su mente y que la desgarraban con su significado:

 

SOY EL QUE DESTRUYE LAS ALMAS, EL QUE DISFRUTA CON TU DOLOR Y SE ALIMENTA DE TU DESESPERACIÓN. EL QUE CONQUISTA TU CORAZÓN Y DESPUÉS LO ARROJA AL ABISMO DEL MIEDO Y LA LOCURA. SOY QUIEN AUMENTA TU CONFUSIÓN, EL QUE MIENTE TANTO QUE HACE DE LO FALSO Y LO AUTÉNTICO UNA MISMA SUSTANCIA. EL QUE NO CONOCE LA PIEDAD Y JAMÁS LA CONOCERÁ. EL QUE SONRÍE CUANDO SUFRES LA AGONÍA DEL ESPÍRITU.

SOY BORGOTH, Y SOY PODEROSO. PERO MI SEÑOR ES MÁS FUERTE, Y EL SUYO MÁS TERRIBLE AÚN.

SOY EL QUE DECRETA TU PERVIVENCIA, QUIEN NO TE PERMITE MORIR NI DESCANSAR AUNQUE LO ANHELES CON TODO TU SER.

            SOY EL QUE TE ALIMENTA Y TE ALEJA DE LA MUERTE. SOY TU AMO Y SEÑOR. ESCLAVO: ¡VIVE! ¡VIVE PORQUE YO LO ORDENO!

 

Zarcillos de niebla blancuzca nacieron desde la mismísima oscuridad y envolvieron a Burkran, infundiéndole una sucia energía que fortaleció su cuerpo y mató su debilidad. Burkran deseó resistirse pero no pudo, porque, a su pesar, aquella sensación le producía un intenso placer.

Los Ojos del Dios desaparecieron, y con ellos la oscuridad y la neblina blanca.

Burkran volvía a hallarse en el suelo del templo, apoyada su espalda contra la pared. Sentía náuseas que nunca culminarían en forma de vómito. Ya no experimentaba hambre ni  sed. Ya no estaba en peligro de muerte.

Ahknath continuaba mirándole y sonriendo sin alegría.

-Ya conoces el Toque de mi Señor. No cabe más posibilidad que someterse a Su voluntad. Y, como yo, llegarás a sentirte orgulloso y feliz siendo Su sirviente de mente y de espíritu. Adiós, escoria humana que albergas a uno de mi Raza.

Ahknath y las esfinges se volvieron translúcidos y se difuminaron completamente, hasta desvanecerse en el seco y caliente aire.

Burkran permaneció inmóvil durante horas. Con la mente helada e incoherente, vencido por la tristeza y la desesperación. Sin embargo, recuperó una onza de decisión y quiso levantarse, tratar de escapar de aquel templo y aquella ciudad malditos. Pero sus miembros, aunque pletóricos de una fuerza y energía que le eran ajenas, se negaban a obedecerle. Experimentaba una sensación parecida la de quien ha bebido vino hasta la saciedad y aún se halla lo suficientemente consciente como para darse cuenta de la inutilidad de sus miembros.

El sopor invadió su mente y al, fin, cayó en brazos de un sueño agitado.

Cuando despertó, la claridad rojiza del anochecer caía sobre el altar. Con el ocaso, llegaban las primeras punzadas en su estómago.

-No... -musitó, tristemente, maldiciendo su doloroso destino- No, por favor...

Pero los hados fueron implacables y Burkran se encogió, aplastado por la agonía.

Todo su ser cambió, una vez más, y cuando el Sol se marchó definitivamente, permitiendo a las sombras invadir el mundo, se levantó como hombre-lobo, gruñendo hostilmente al Universo entero, los ojos iracundos y la espuma derramándose desde los belfos.

Intuía lo que se avecinaba. No era inteligente, pero una segunda consciencia, más allá de las confusas ideas de animal, le informaba entre neblinas de lo ocurrido en aquel lugar y lo que pronto iba a suceder. Recordó las escenas espectrales que contemplara durante la noche anterior, en aquella misma sala, y gruñó hostilmente al rememorar la figura del hombre-chacal que sacrificara a la muchacha sobre el altar. 

Ahora, la sala estaba desierta y bañada en polvo. Y sin embargo...

En la plataforma circular sobre la que se alzaba el ara comenzó a formarse una figura. Primero su carne fue neblinosa, después translúcida y, al fin, consistente, sólida. Se trataba, precisamente, de aquel sacerdote escarlata de la ceremonia orgiástica a que asistiera la noche anterior. Su cabeza aún era la de un chacal salvaje, los ojos despedían ambición y maldad. Sin embargo, ya no vestía la túnica roja, sino otra distinta, en tono cremoso, más corta y cómoda, que dejaba los miembros libres, propia de un guerrero. El cuerpo musculoso jadeaba, anhelante, presto para combatir hasta la muerte.

Burkran lanzó una bestial carcajada, echó a correr hacia las escalinatas y las subió a grandes saltos.

Ahknath sonrió mientras llegaba, alzando los belfos y mostrando sus fuertes colmillos. Cerró el puño con fuerza. Un pedazo de carne estalló en el costado derecho de Burkran, haciendo saltar llovizna de sangre y tiras de músculo. Burkran se retorció y aulló, traspasado por el dolor. Resbaló sobre su propia sangre y a punto estuvo de rodar escalones abajo. En aquel combate no había leyes y cada uno echaría mano de todas sus armas, incluso las sobrenaturales.

            Burkran se levantó, sangrando por el boquete en su costado, no más pequeño que su propia garra cerrada. Corrió de nuevo hacia su enemigo, en sus ojos brillaba una luz suicida. Ahknath alzó otra vez su mano y una tira de pellejo del licántropo fue arrancada por fuerzas invisibles y voló por los aires. El herido aulló y rugió, y logro no caer. Pero, aún, cojeando, trepó explosivamente y se abalanzó sobre el enemigo, quien, lejos de apartarse, ladró de placer guerrero.

Cayeron rodando uno sobre el otro, rodando y botando escaleras abajo, como perros salvajes enzarzados en mortal lid: se mordían, desgarraban y pateaban, sus rugidos y ladridos hubieran roto los tímpanos de cualquier humano. Llegaron al suelo de losas. Ya la túnica estaba desgarrada por completo, y Ahknath mostraba jirones también sobre la velluda piel. Burkran la mordía y rajaba, sufriendo igualmente el ataque de los colmillos enemigos.

Burkran hundió sus dientes en el cuello de Ahknath, apretando los tendones y buscando la yugular. El sacerdote le golpeó con los puños cerrados en las sienes y Burkran abrió las fauces, vencido por un espantoso y zumbante dolor en la cabeza. Ahknath se revolvió, quedando bajo él, apoyó las patas en su pecho y lo lanzó varios pasos lejos de sí.

Mas Burkran aterrizó de pie y, sin dar ni pedir tregua, brincó fabulosamente. El sacerdote, sangrando por más de doce rajaduras a lo largo del cuerpo, alzó la garra derecha y Burkran se estrelló contra un muro inmaterial. Al instante, una brutal energía lo estrelló contra el muro a su espalda. Sintió huesos romperse, pero peleó rabiosa, desesperadamente contra el poder, empleando hasta la última onza de su titánica voluntad, gruñendo cavernosamente, aullando, soltando escalofriantes rugidos. Sin saber cómo, se liberó. Cojo y sangrante, echó a correr sobre tres patas hacia el sacerdote. Ahknath también se le acercaba veloz y de nuevo entraron en el cuerpo a cuerpo.

Ambos eran fuertes, y si bien Burkran aventajaba a su rival en salvajismo, el sacerdote conocía el arte de la lucha. Agarró a Burkran por un brazo y lo arrojó contra el altar. El licántropo rebotó en la escalinata de piedra y se clavó uno de los cuatro picos del ara en la espalda baja. Sus vértebras retumbaron, el dolor le envaró. Aquella agonía fue insoportable durante un latido, pero se transformó en una explosión de rabia vesánica, como si el cuerpo se le hubiera llenado de llamas que encrespaban todos y cada uno de sus nervios. Tomó el altar y, aunque sus músculos gritaron agónicamente, hinchados de manera fantástica, separó del firme las losas que lo sustentaban y lo alzó sobre su cabeza.

Durante milenios, aquel altar había sido el centro de poder del templo y de la religión que allí se cultivara. Que un wagirr lo arrancara y levantara de tal manera le pareció al Sacerdote Supremo del Culto a Borgoth tal herejía, tal profanación, que durante unos instantes la estupefacción venció a la ira y se detuvo, incapaz de moverse.

Burkran aprovechó tal indecisión y le arrojó el ara con todas sus fuerzas. El altar aplastó contra los escalones la parte inferior del cuerpo enemigo. La bestia se deslizó hasta el suelo y quedó atrapada bajo el enorme peso.

Mas, rugiendo de manera escalofriante, soltando espumarajos sanguinolentos, enloquecido por la rabia y la agonía, la criatura consiguió quitarse de encima el altar. Sus piernas y cadera estaban literalmente destrozadas, pero estrelló las palmas de sus garras contra el firme y avanzó sobre el abdomen, soltando un cavernoso gruñido nacido en el fondo de su negra alma. Continuaría peleando, aunque hubiera de hacerlo a rastras.

            Burkran no sabía lo que era el perdón o la compasión; lo único que el inválido rival podía suscitar en su primitiva mente era odio, puro y espeso odio. Saltó sobre tres patas y levantó sus garras, sacando las largas uñas, dispuestas a clavarlas en la espalda enemiga, y abrió las fauces para morder su cuello y romper tendones y arterias. Ahknath rugió hostil y también levantó el brazo, con la palma hacia el enemigo. Pero antes de poder lanzar sus ondas de fuerza, capaces de convertir el músculo y el hueso en pulpa irreconocible, Burkran rajó la faz de Ahknath de un fulgurante garrazo, sacándole un ojo y abriéndole la carne desde la frente hasta los belfos. Ahknath se revolvió, aullando de rabia y sufrimiento. Burkran saltó sobre su espalda, metió las zarpas bajo la quijada del sacerdote y tiró de su cabeza hacia arriba mientras hundía una rodilla entre los gruesos y peludos hombros. Gruñendo por el esfuerzo y sonriendo a causa de la satisfacción, continuó empujando la testa enemiga, que no cesaba de chillar, enloquecida por el pánico y la agonía. Ahknath alzaba sus brazos y le arañaba las manos y el pecho, pero Burkran tenía su roja mirada fija en él y parecía ajeno al sufrimiento. Una mueca de alegría infernal brillaba en sus grises y fuertes facciones. Sonó un violento crujir de huesos y chasquear de tendones rotos y la testa de Ahknath retrocedió imposiblemente, con las vértebras rotas, la coronilla tocando los omoplatos. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y un instante después perdieron el brillo de la vida.

Burkran pisó con su pata derecha el cadáver, se levantó, con los puños cerrados, alzó la cabeza y exhaló un vendaval de rugientes carcajadas.

Borgoth, El Dios Oscuro, apareció de pronto ante Burkran, como dos focos de color escarlata, antiguos y malignos. También brillaron, como sombras difusas, las dos esfinges. Pero el miedo hacia Borgoth las tornaba débiles y huidizas. El licántropo dejó de reír y también miró al dios, tragándose el pánico que correteaba por su cerebro, gruñendo hostilmente. Estaba dispuesto a luchar otra vez. Por su cuerpo, por su alma, por su libertad. 

Pero no fue de Burkran de quien se ocupara El Tenebroso, sino de Ahknath. Más que ver, el licántropo presintió que algo surgía del cadáver y se deslizaba como un pedazo de jirón inmaterial, absorbido por el dios. El espectro de Ahknath volvía con su Señor, probablemente para recibir un largo, duro y amargo por su fracaso. Los ojos del dios vencido comenzaron a difuminarse, entre sangrientas neblinas, y terminaron por desaparecer. Le acompañaron las esfinges, que se despidieron del licántropo con salvajes e iracundos bufidos.

Burkran pateó la cabeza del cadáver enemigo. Alzó la cabeza y soltó una nueva risotada hacia las estrellas.

Después, salió del templo, cojeando, balanceándose todo su corpachón a causa del tremendo castigo físico a que había sido sometido.

Se alejó de los tres templos y de la ciudad, caminando sin descanso durante horas, siempre hacia el Sur. Atravesó cañones y bordeó simas y precipicios.

Al fin, emergió del seno de las Montañas Rojas. Ningún hombre podría imaginar nítidamente qué extraños y caóticas sensaciones pensamientos poblaban su mente.

            Se desplomó Sobre el cálido y agradable suelo terroso del desierto, dejando descansar su cuerpo, permitiendo que la pálida luz lunar cerrara sobrenaturalmente sus heridas y uniera los huesos rotos. Aún quedaban horas antes del amanecer. Durmió satisfecho, feliz a su manera, sin preocuparse de lo que pudiera depa­rar el tiempo por venir. Había luchado y sufrido por su libertad. Ahora la disfrutaba relajadamente, en silencio, bañado por la luz de la Luna y las estrellas, cubierto por las sombras que él amaba. De nuevo, había triunfado.


por Andrés Díaz Sánchez