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Los desesperados  
     


           
Burkran, el licántropo, alzó sus negros belfos empapados de espuma y rugió con voz metálica a la Señora Luna, La Pálida Dama que reinaba sobre los montes, el bosque y la llanura.

            Echó a correr, sus patas le permitían volar sobre la hierba húmeda, resonando sus pisadas sobre el firme como sordos martillazos. El jadeo se convertía en nubecillas de espeso vapor helado delante de su húmedo hocico y el frío, el bendito frío nocturno penetraba a cuchilladas en los inmensos pulmones. Ese viento hacía refugiarse a los hombrecillos en sus chozas y cabañas, pero Burkran adoraba sentir el aire rápido contra su rostro. La libertad en su estado más puro corría por sus venas con ansia incontenible.

            Escuchó, lejano, el escalofriante rugido de un puma de los montes. Burkran exhaló desde el fondo de sus tripas su cortante y afilado grito de batalla, sangre y muerte, y el puma calló. El licántropo lo imaginó escapando hacia su madriguera con las orejas gachas y el rabo entre las patas. La bestia se sintió el más fuerte, poderoso e invencible de los mortales. Aquella experiencia resultaba incomparable. Volvió a rugir, alegre. Sentía la plena potencia de sus músculos y tendones, el rápido fluir de la sangre en sus arterias y la agresividad de sus mandíbulas cuando mordían el aire, restallando unos contra otros los colmillos, como latigazos.

            Una racha de viento le llevó el olor de la carne débil y el sudor humanos.

            Frenó tan vertiginosamente que la tierra fue arrancada del suelo bajo sus patas. Quedó quieto, jadeante, mostrando los colmillos. Sus ojos sin pupilas, absolutamente rojos, observaban la negra noche buscando un enemigo al que descuartizar.

            Y los vio: hombres. El rebaño humano. Una hilera lejana sobre las colinas, recortándose contra el azulado firmamento estrellado. Los hombres le buscaban. Le buscaban con hachas, guadañas, palos, cuchillos, horcas y cuerdas. Los hombrecillos... Burkran había probado la carne humana y no le gustaba su sabor. Pero resultaba agradable aplastarlos, destruirlos, vencerlos y humillarlos, le gustaba el olor de su pánico.

            Muchos de aquellos hombres le señalaban con los dedos, y entonces el griterío subía en volumen. Burkran gruñó amenazadoramente, arrugando fieramente el hocico y entrecerrando los ojos color escarlata. “Sí, venid”, decía en cada gruñido, “Venid, Hijos de la Humanidad, cuantos más, mejor, venid a mis garras, dejad que la uña se abra paso en la carne y el colmillo rompa el hueso No me importa morir. Pero, si lo hago, quiero hacerlo con las fauces chorreantes de vuestra sangre.

            Burkran descubrió entonces chispazos entre el rebaño humano: los hombres traían antorchas, aquella luz que hacía daño, que corría sobre la madera y devastaba el bosque. Burkran temía el fuego de los hombres. Y lo odiaba con toda su negra alma.

            ¿Qué hacían ahora los humanos? Estaban quietos. Manejaban las llamas. Chillaban. De pronto, el fuego voló por los aires desde las filas enemigas. Burkran vio las bolas ardientes caer a su alrededor. Eran saetas de punta encendida que silbaban hirientemente antes de cla­varse en el suelo, cerca del licántropo. La bestia no temía a las flechas ni a las espadas. Podía recuperarse de las heridas que le infligían tales armas. Tan sólo retrocedía ante la plata y el fuego, sus anatemas. Y fuego era lo que en aquellos momentos le lanzaban.

            Un dardo impactó en sus costillas. Las llamas de la punta mojada en aceite inflamable hicieron arder el espeso vello gris. El fuego lamió su piel y Burkran rugió, dolorido. Con su garra derecha se arrancó la saeta. Se echó al suelo y restregó su cuerpo contra la fresca hierba, apagando así las llamas.

            Una nueva flecha incendiaria se clavó en su cuello. Las llamas quemaron tendones y parte de la oreja izquierda. Burkran aulló, se arrancó la flecha y volvió a restregarse contra el suelo hasta que las llamas desaparecieron. En segundos, su organismo sobrenatural cerró la herida y expulsó de su cuerpo la metálica punta de fle­cha. Pero las quemaduras no cauterizaban: el fuego y la plata eran los enemigos mortales del licántropo.

            Miró a los odiados humanos. Muchos de ellos reían al verle su­frir. Los dardos caían a su alrededor y Burkran se revolvía y saltaba a dos y cuatro patas, sin decidirse a atacar o correr, atra­pado entre el deseo y el miedo.

            Al fin, el instinto de supervivencia pudo más que el ansia y, llena de frustración, la criatura echó a correr como un demonio en la noche estrellada.

            Los hombres pronto salieron en su persecución, dando voces, sintiéndose ya vencedores. Ante Burkran se erguía el bosque, el reino del árbol, la maleza y las sombras, donde los seres perseguidos podían encontrar escondite y refugio.

            Mientras Burkran corría con la mirada clavada en el bosque, las quemaduras en su costado y cuello latían con vida propia, enviando pulsantes chorros de dolor hasta su cerebro. Las flechas incendiarias seguían cayendo a su alrededor y la bestia debía avanzar en zigzag, a saltos, esquivando su ágil cuerpo las andanadas de luz mortal. Dentro de su mente salvaje juraba por la oscura Naturaleza que palpitaba en su pecho que mataría a sus perseguidores. Estaba en guerra con ellos. En constante guerra.

            Escuchó también los ladridos de los perros, aquellos repug­nantes esclavos que habían vendido el alma por un techo, un bol de despojos que tragar y un suelo caliente. Miró hacia atrás y los vio: varias figuras oscuras de cuatro patas que ladraban y corrían en la noche en pos de él. ¡Ah, cómo le hubiera gustado a Burkran despedazarlos con sus garras, uno a uno! Pero el fuego continuaba lloviendo alrededor suyo y él, a su pesar, tenía que seguir en movimiento, correr y correr, escapar, huír de la muerte llameante.

            El bosque se le acercaba a pavorosa velocidad mientras el viento chillaba en sus orejas. Los esclavos continuaban ladrando detrás suyo. En cuanto penetrara en la selva, Burkran daría bue­na cuenta de ellos. La espe­sura era un muro negro frente a él. Se despidió del fulgor de la Se­ñora Luna y, merced a un tremendo salto, penetró en la oscuridad arbórea.

            Ya en el bosque, sus reflejos sin civilizar le permitieron es­quivar los troncos de los árboles, rocas, hondonadas, hoyos y masas de arbusto y zarza. Los animales huían asustados cuando él pasaba cerca, o bien se agazapaban en sus madrigueras y nidos, temblando hasta que dejaban de escuchar sus fuertes pisadas. De nue­vo era el amo, el amo absoluto a quien todos temían y envidia­ban.

            Sus patas resbalaron sobre la húmeda tierra cuando frenó su galopada. Se irguió a dos patas, como el hijo bastardo de la raza humana que era, y se escondió tras un gigantesco tronco.

            Esperó hasta escuchar a los esclavos llegar, emitiendo siempre aquella nube de histéricos ladridos. Unos segundos más, y el primero apareció por su derecha.

            Cuando el can se encontró con los ojos totalmente rojos de la bestia, gimió de puro terror, mas no llegó a cerrar la boca; la garra del licántropo le arrancó la mandíbula de la cabeza merced a un solo zarpazo. El perro escupió una lluvia de sangre, cayó sobre sus patas y removió la amorfa y rojiza testa, atontado, in­tentando emitir chillidos de dolor. Un segundo zarpazo lo levantó del suelo, alzándolo sobre la cabeza lobuna. Del perro, ensartado por el abdomen, caían chorros de sangre y vísceras. El líquido vital resbaló sobre el musculoso antebrazo del licántropo y las fauces atraparon los intestinos del moribundo animal, masticándolos ruidosamente.

            Varios perros más se acercaron al ser de la noche, ladrando atronadoramente en el silencio del bosque. Burkran les lanzó a su compañero moribundo. Los otros esquivaron el cuerpo agónico, que rebotó una vez y después quedó inmóvil. El licántropo se enfrentó a los cazadores con el rostro manchado de sangre ajena, lamiéndose los negros belfos ansiosamente y mostrando las dos filas de agudos colmillos, hasta las encías.

            Dos perros lograron morderle en los muslos. El más fiero de todo el grupo, un joven  de color negro, llegó a arrancarle de una pavorosa dentellada un trozo de carne grande como un puño.

            Mas el licántropo se los quitaba de encima con fulgurante rapidez. A uno le asestó un brutal puñetazo, aplastando su cabeza contra el suelo, otro fue pateado y voló, chillando agudamente, hasta estrellarse contra un tronco, quedando gimiente y moribundo a los pies del gran vegetal.

            Los tres perros restantes huyeron, vencidos por el terror, y Burkran salió en su persecución, casi atrapando por la cola al más rezagado. Sin embargo, los canes eran más veloces que él y los perdió de vista enseguida. El licántropo gruñó satisfecho.

            Mas sabía que los hombres pronto llegarían hasta su posición. Vendrían con fuego, y éso era lo que Burkran realmente temía.

            Así que el monstruo echó a correr, internándose en las profundidades de un bosque que iba tornándose más y más oscuro. Al mirar hacia arriba, veía que el tupido techo vegetal ocultaba la Luna y Sus hermanas pe­queñas las estrellas. Tan unidas se hallaban las hojas que parecían dibujar una piel escamosa, haciendo los troncos y las ramas las veces de los huesos de aquel titánico ser tenebroso.

            Pronto la negrura se hizo profunda, total, y Burkran sólo podía guiarse en aquella opacidad gracias a la sobrenatural visión que sus dos ojos llenos de sangre le proporcionaban. Los troncos de los árboles se espaciaban cada vez menos y tomaban un aspecto arrugado y seco, retorciéndose sus cuerpos en extrañas curvas y án­gulos, capaces de alimentar los terrores de cualquier otro mortal.

            Mas Burkran no sentía miedo de la noche ni de las criaturas que se ocultaban en ella. Se sabía un ser fuera del esquema natural y comprendía que había otros como él, criaturas que ya tuvie­ron su momento en épocas remotas y ahora arrastraban sus cuerpos por el mundo de los vivos como anacronismos de una era pretérita, peligrosa y fascinante.

            Mientras sus patas se desplazaban sobre el cieno y las raíces retorcidas y cubiertas de negros gusanos, comprendía que estaba penetrando en un lugar lleno de poder oscuro que la mayoría de los hombres y el resto de los animales sin duda evitarían. Podía sentir la maldición que infectaba el bosque, su decadencia y su corrupción. Los instintos le advertían que aquel lugar cenagoso era en realidad un santuario consagrado a la Señora Muerte. Experimentaba la extraña e hiriente melancolía que impregnaba cada corteza cada mustia hoja. Por momentos, sentía un extraño sopor; entonces, luchaba ferozmente contra la ola de desidia que arrancaba la energía de sus miembros. Rugía y gruñía, los ojos enfurecidos, porque deseaba un enemigo de carne y hueso al que destruír y machacar y no un poder inmaterial que le hundía poco a poco en la confusión y el sueño.

            El lobo-humano deambuló por aquellos entornos durante horas, preso de un nerviosismo febril, aterrorizado por el peso de la magia negra, chapoteando sus patas en el  lodo y la tierra corrupta, buscando sin éxito la salida del laberinto.

            Llegó el amanecer y este triste paraje comenzó a llenarse de una niebla azulada y espesa, una pasta incorpórea que se adhería a la piel de Burkran.

            Rugió, preso de la rabia. Sentía su lado bestial desaparecer, al marcharse la oscuridad. La mitad humana nacía con las primeras luces del nuevo Sol. Sintió deseos de abrirse las tripas con sus propias garras, de arrancarse la piel y los ojos. Quería encontrar la muerte, pero su poderoso instinto de conservación le impidió cometer un suicidio.

            Así, mientras una difusa claridad atravesaba la neblina, el cuerpo del licántropo sangró por todos sus poros un icor espeso y oscuro. Su carne se abrió, dejando caer sólidos trozos de músculo, el pelaje espeso y gris se desprendió en forma de grandes y pegajosos mechones, el hocico reculó, los colmillos mengua­ron y se tornaron romos, las orejas se pegaron al cráneo, la cola se desprendió de la rabadilla y quedó tirada en el fango, las uñas de las garras también cayeron y los ojos lloraron sangre, llenándose las cuencas de humor vítreo. El licántropo aulló por última vez, rabioso y entristecido, y cayó de rodillas al suelo.

            Burkran era de nuevo un ser humano, un hombre de piel fina y dé­bil, clara, ahora pegajosa a causa de la sangre derramada. Sus ojos profundamente verdes miraron en torno suyo, llenos de confusión. Se tocó la cabeza dolorida, palpando la frente y el corto y negro ca­bello. Estaba desnudo en el bosque fantasmal. A pesar del cuerpo musculoso y ágil, no era más que un hombre y poseía las debilidades del hombre.

            Se preguntó por lo ocurrido durante las horas de oscuri­dad. Llevaba ya meses conviviendo en el mismo cuerpo con la bestia, mas nunca sabía lo que el monstruo hacía o sufría en la noche. Quizá fuese mejor no conocerlo; estaba convencido de que el ser que vivía en su interior y se replegaba al fondo de la mente cuando llegaba el alba no obedecería mas que a las crueles leyes de la carne y la sangre.

            El hombre lloró, lloró por su humanidad vejada y perdida, desde que, tiempo atrás, y en la oscuridad de otro lejano bosque, matara a un licántropo, transmitiéndole éste su maldición antes de expirar. También se sentía desfallecido, como cada vez que salía del Sol. Tal que un niño extraviado, se levantó del suelo fangoso temblando de frío.  Hizo un tremendo esfuerzo de voluntad para acabar con sus lágrimas. Debía esconderse, huír, cazar, adaptarse. Sobrevivir.

            Mas, en aquel bosque desolado, ¿qué podía hacer, aparte de sentir miedo? La luz rojiza del amanecer teñía las sombras de escarlata. Figuras espectrales le contemplaban por entre la niebla, medio escondidas tras los cadavéricos árboles. Alcanzó a ver rostros pálidos y macilentos. Aquellos seres comenzaron a acercársele, ahora que ha­bía dejado de ser bestia.

            Las criaturas que venían hacia él parecían humanas. No estaban vivos. Tampoco estaban muertos. Se trataba de hombres y mujeres, niños y ancianos de rostro pútrido, descarnado, sobre cuya piel los gusanos incubaban sus huevos. Los ojos no tenían luz alguna, eran simples globos llenos de líquido, pupila y cristalino, ama­rillentos, tiznados de rosado a causa de frecuentes derrames internos. En ellos no lucía inteligencia alguna, sino tan sólo una torpe ansia. Las criaturas arrastraban los pies sobre el fango, lenta y torpemente, aproximándose más y más a Burkran. Sus pechos hundidos no se alzaban ni bajaban, tampoco las narices ni las bocas aspiraban o exhalaban. Algunos masticaban ruidosamente su propia lengua, otros mugían como vacas estúpidas.        

            Burkran sintió horror. También una inexplicable tristeza, una pena enorme. Se hallaba contemplando la de­cadencia de la raza humana. Estaban muertos. Y, aún así, caminaban.

            Pero el instinto de supervivencia se opuso y venció al resto de los sentimientos. Echó a correr.

            Uno de ellos, un niño de cuencas blancuzcas, pues las pupi­las se habían escondido bajo la carne arcillosa, mostró los dientes como un gato acorralado y le interrumpió el paso. Burkran gritó de furia y repugnancia y le golpeó en la sien con el puño derecho. Sus nudillos abrieron la piel pútrida y los dedos se mancharon de gelatinoso cerebro. El cadáver andante cayó al suelo musitando incoherencias, palpándose el aguiero de la teste.

            Un segundo espectro se echó encima de Burkran. Era un ancia­no de rostro carcomido cuya barba colgaba como un estropajo de taberna. Burkran le empujó y el ser cayó al suelo. Pero sus sarmentosas manos  lograron aferrar la pierna derecha del humano. Con el pie izquierdo Burkran le pateó el rostro, rompiéndoselo. No obstante, el monstruo no se despegaba de él.

            Uno más, y luego otro. Burkran les atacaba furiosamente, pero ellos volvían por más; sin brazos, ojos o piernas, andando, saltando torpemente o arrastrándose, poco a poco, los cadáveres se le fueron echando encima como las moscas sobre el pastel y Burkran sintió el frío y húmedo contacto de una piel bajo la cual la sangre se había estancado en las arterias. El miedo se convirtió en locura. El hombre chilló, peleando como un poseso, con mas de treinta seres de ultratumba encima suyo.

            El frenesí llegó al clímax y luego dio paso al aturdimiento. Y éste, a la inconsciencia.

 

 

            Olor a guiso... ¿Guiso? No, más bien algo que simplemente hervía. Hierbas. Vómito. Acidez. Meneó la cabeza, asqueado, y abrió los ojos, bebiendo con ellos cuanto le rodeaba.

            Era un lugar tenebroso, oscuro. Vio paredes de madera, pilas de libros polvorientos arracimados sin orden ni concierto sobre mesas y estanterías, redomas, botes semitransparentes que contenían pedazos de seres vivos conservados en líquidos verduzcos, cazuelas y calderos espumeantes, murciélagos, ratas, peces y cabezas humanas disecadas, Pinturas siniestras y jeroglíficos incomprensibles dibujados con tinta oscura sobre lienzos de piel seca y estirada clavados en las paredes y el techo, calaveras, raíces, hierbas.

            Estaba solo. O, al menos, éso le parecía, pues no se oía más que el ruido de las marmitas y cacerolas al fuego. Desnudo, encerrado dentro de un pentáculo cuyas puntas tocaban un círculo, las dos figuras pintadas en el suelo de madera con tinta negruzca y seca.

            Burkran estiró el brazo hacia el frente y notó en la punta de sus dedos un dolor súbito, brutal, una energía hiriente que se expandía desde las yemas hasta el cerebro. Gritó y apartó rápidamente la mano. Temblaba. No osó volver a palpar el aire, sospechando que alrededor suyo, y coincidiendo con el círculo pintado en el suelo, había una barrera innatural que al intentar rebasar producía aquel dolor chillón.

            Estaba preso. Cautivo de la magia negra. Burkran la maldijo, y maldijo a todos los hechiceros del mundo. Escupió al frente y vio el esputo chisporrotear y desintegrarse en el aire cuando topó con la invisible barrera.

            ¿Dónde se hallaba? ¿Qué lugar arcano era aquél en el que le habían encerrado? ¿Quién sería su maligno anfitrión?

            Recordó a los no-muertos del pantano. ]Imaginó que fueron ellos los que le trajeron hasta aquella tétrica morada. Tal vez trabajaban para el dueño del lugar.

            Burkran descubrió un ventanuco cerca del bajo techo, a través de cuyos sucios cristales vio varias ramas retorcidas y cadavéricas sumergidas en la espesa neblina. Así pues, aún se hallaba en el bosque donde despertara en la mañana. Durante unos instantes deseó que cayera la noche en aquel mismo momento, así podría transformarse en bestia. Aunque lo odiara con todas sus fuerzas, estaba seguro de que el monstruo te­nía la fuerza suficiente como para liberarlo de su prisión mágica. Sí había algo a lo que aquella criatura diera valor era la libertad. Tanto física como espiritual.

            Oyó un chirriar agudo, el de goznes secos y oxidados. Vio una puerta abrirse en la semipenumbra de los cirios encendidos. Una sombra en la pared, una negrura delgada que se esparcía so­bre los libros, los estantes y las mesas.

            Era el anfitrión, sin duda el dueño de la cabaña. Un hombre, un anciano, tan viejo que su rostro no parecía otra cosa que un cúmulo de arrugas. Sus pequeños y oscuros ojos brillaban con la energía propia del ambicioso y la maldad de aquél a quien no le importa sacrificar inocentes para lograr sus fines. Vestía una túnica marrón que le caía, lacia, hasta los menudos pies, enfundados en desvencijadas alpargatas. En su extremo superior la túnica finalizaba con una capucha que ocultaba la coronilla del hombre. Se apoyaba en un bastón de retorcida madera, de gordo puño y afilada punta, aferrándolo con su delgada y seca diestra. Tenía la espalda encorvada y una ligera prominencia anunciaba el comienzo de la incipiente joroba. Su cuerpo evocaba la idea de antigüedad, decrepitud, decadencia. No era más que un reflejo del bosque en el que vivía. Sin duda aquel ambiente malsano había penetrado en su carne marchita y sus frágiles huesos. Y sin embargo, había un. extraña aura de poder en torno a él: poder avaro y maligno.

            El viejo miró a Burkran y sonrió de forma artera, mostrando los po­cos dientes negruzcos y cariados que todavía conservaba. Emitió una ri­silla rasposa y acto seguido cerró la puerta por la que había penetrado en la estancia.

            Burkran sintió el odio ascender desde su interior. Aquel ancia­no le causaba una tremenda repulsión y, al dirigirse hacia él, su voz sonó dura:

            -Sácame de aquí, viejo. Sácame de este círculo o te arrepen­tirás -advirtió, con los puños firmemente cerrados.

            El aludido no pareció hacerle caso. Se acercó a un desquiciado armario y extrajo de él una túnica polvorienta.

            -Ponte esto –ordenó, con voz grave y cascada.

            Le lanzó la prenda. Ésta cruzó la barrera invisible sin sufrir daño alguno -causando la sorpresa del cautivo- y cayó en las manos de Burkran.

            El anciano sentó su cuerpo en un taburete y observó con disgusto a su prisionero. Dijo, carraspeando cada sílaba:

            -Quizá si fueses una mujer hermosa toleraría tu desnudez. Pero no lo eres, así que vístete.

            Burkran, de mala gana, se colocó la prenda, que le quedaba pe­queña, llegándole los faldones sólo hasta la mitad de las tibias. Burkran sintió apretados sus anchos hombros por la prenda. Sin embargo, prefería aquéllo a la desnudez, y en pocos segundos se acostumbró a la túnica. Evidentemente, su dueño era un hombre menos corpulento que él. Mas tampoco pertenecía al viejo, pues, aunque pequeña para Burkran, sin duda al anciano le quedaba muy grande.

            -¿Por qué la túnica ha podido cruzar la barrera que me apri­siona? -preguntó- ¿Y qué pasó con su dueño?

            El anciano lo miró con inquina, sin moverse de su taburete.

            -Una pregunta por vez, muchacho. Al fin y al cabo, los que van a... morir tienen derecho a saber.

            Burkran sintió un leve escalofrío, pero no dijo nada. Sabía que en aquellos momentos debía dejar hablar al viejo. La información era su única y posible arma.

            -El círculo y el pentáculo que te contienen -explicó el anciano-los pinté yo en el suelo con mi propia sangre. Antes, por supuesto hube de beber de la tuya. Si te miras el brazo derecho verás un ligero corte, ya cicatrizado, junto al codo...

            Burkran sintió gran repulsión al comprobar que, efectivamente, había una pequeña marca en el lugar indicado. El anciano continuó:

            -También empleé un mechón de tus cabellos, gotas de tu su­dor, unos cuantos animales sacrificados lentamente, y se consumó el hechizo que te encierra. Son operaciones mágicas que tú no entenderías, así que pasemos a lo fundamental: no puedes sobrepasar ese círculo. Si lo intentas, un dolor insoportable arderá en tu cabeza, hasta hacer estallar tu mente. Entonces, no experimentarías más que dolor, dolor sin descanso, en todo momento, como un demente, hasta que te llegara el fin por inanición o sed -el viejo sonrió con malicia-. Pero yo te alimentaría y me ocuparía de que siguieras con vida. Así que, como comprenderás, es mejor que no intentes huír. La barrera sólo funciona contigo, con tu cuerpo y sus fluidos, mas no con otros objetos materiales. Por ello la túnica la ha cruzado.

            “En cuanto a la segunda pregunta, te diré que la túnica que vistes pertenece a uno de los Desesperados que te recogieron esta mañana y te trajeron a mi morada. En el combate le destrozaste media cabeza. Si pudiera razonar o experimentar sentimientos, te guardaría rencor.

            Burkran se estremeció al recordar a aquellos seres de rostro macilento, cadáveres andantes, criaturas en la frontera entre la vida y la muerte.

            -¿Quién eres? -preguntó, mirando fijamente al viejo- ¿Y quié­nes son ellos?

            La mirada del anciano se convirtió en un cuchillo hiriente, el mal burbujeaba en sus pupilas como el magma en el océano.

            -No tengo por qué responderte -contestó-, pero hace tiempo que no hablo con ninguna persona y, aunque la raza humana en general me causa repulsión y odio, siento ganas de conversar con alguien que no emita únicamente gritos de horror o estúpidos mugidos.

            “Soy un mago. Un mago poderoso. Mis padres, malditos sean hasta el fin de los tiempos, me llamaron Morgth. En el curso de mi vida he utilizado muchos mas nombres, la mayoría arcanos y prohibidos, pero esa es la palabra con que me denominaron al nacer.

            “Desde niño sentí atracción por la magia. No la magia blanca de los druidas ni la sabiduría de los filósofos alquimistas. No. Yo no quería ayudar al prójimo, sino someterlo a mi poder. Busca­ba mediante la hechicería la consecución de todos mis más bajos deseos. Mientras los otros niños jugaban a guerreros y marineros, yo hablaba con los gusanos, los murciélagos y las ratas, buscaba los árboles pútridos del bosque y meditaba en su interior, durante horas. Conocí a las brujas y ellas me enseñaron. Hice sacrificios: empecé con mis familiares, a quienes asesiné en la noche, condenando sus almas mediante arcanas operaciones. Comprendí que el verdadero poder de la magia negra emanaba del asesinato ritual. Maté a muchos más de los de mi tierra, siempre a traición y en la sombra. Ya empezaba a experimentar el Poder.

            “Sin embargo, pronto hube de huír, pues las sospechas de mis semejantes comenzaban, lógicamente, a recaer sobre mi persona.

            “Deambulé durante toda mi vida de un lugar a otro... Establecí pactos con fuerzas oscuras, empeñé mi alma varias veces, y también las de muchos inocentes. Fui consejero de grandes señores, peleé contra los odiados magos blancos y... Malditos sean sus espíritus, fui derrotado más veces que aquéllas en que logré la victo­ria. He tenido hombres y mujeres bajo mi dominio, posesiones, dinero...

            “Pero todo ello no me bastaba. Mi ansia era inagotable. Cuando cumplí los ochenta y cinco años un grupo de fuertes magos blancos me encontró y  hube de huír para no perder la vida y quizá algo más.

            “Herido y debilitado, perseguido por mis implacables enemi­gos, llegué hasta aquí, hasta este bosque pútrido, un lugar que naturalmente acumula energías negativas, una buena madriguera donde esconderme y lamer mis heridas. Inmerso en este oasis de muerte en el desierto de la vida, di esquinazo a mis enemigos. Era viejo, y otra vez tenía que empezar de cero. Hube de fabricar esta cabaña con mis propias manos y ali­mentarme de las criaturas que hociquean en el barro y las plantas de secos y retorcidos tallos.

            “Mas pronto me dediqué a mi profundo trabajo místico. Hice volar mi voluntad lejos de aquí, para atraer humanos simples y estúpidos, a los que, una vez en mi santuario de poder, convertía en siervos encadenados por el negro y sanguinolento hechizo.

            “Durante los años sucesivos les envié lejos de aquí, para que ro­baran y mataran hasta proporcionarme una buena bibliote­ca y los instrumentos necesarios para mi trabajo...

            El mago señaló con su bastón las estanterías repletas de volúmenes mohosos y los múltiples frascos y redomas cuyo contenido no conve­nía mirar con demasiada atención.

            -Tenía los medios, pero me faltaba el Poder. Comprendí que mi anteriores errores se debieron a buscar la victoria fuera de mis dominios. Por ello me vencieron. Decidí que en el futuro no me movería de mi santuario. Además, mi edad ya pasaba de los noventa años y necesitaba esquivar a la muerte, siempre cercana

             “Tras mucho trabajo y muchas meditaciones se me reveló cuál era el secreto de la inmortalidad -los ojos del viejecillo brillaron codiciosamente-: la posesión de las almas. ¿Qué es lo que permite a un ser vivo vencer a la muerte segundo a segundo, durante toda su vida, cuando la Parca pugna por llevárselo a Su frío reino? Su alma. La pureza, la fuerza del alma. Ello le aleja al organismo vivo del final. Tenía que actuar en consecuencia con aquella realidad, debía robar las almas de mis semejantes. Así alimentarían la mía, ya vieja, débil, atraída por los dedos inmateriales de la osamenta.

            El viejo sonrió al contemplar el asombro y el horror pintados en el rostro de Burkran. A medida que Morgth había ido contando su historia, las náuseas habían sido sustituidas por un abismal vértigo, el profundo horror de quien se enfrenta cara a cara con el auténtico Mal.

            -Quizás aún no acabes de creerme -dijo el viejo. Musitó palabras ininteligibles en voz baja y chasqueó los dedos de su mano de­recha-. Ahora podrás constatar que todo lo que he contado es cierto. He llamado a uno de mis súbditos. Haré una prueba práctica con él.

            Burkran no fue capaz de hablar. Todo aquéllo le superaba y, sin embargo, sentía la negra furia, la profunda enemistad hacia el brujo, pues ambos, aunque humanos, eran seres de naturaleza radicalmente opuesta.

            La única puerta de la sala se abrió, chirriando sus goznes. Y uno de aquellos cadáveres vivientes que ya conociera Burkran en la madrugada penetró en la cabaña. Era, o fue, una mujer. Vestía un traje caro, lujoso, en otro tiempo una prenda elegante que realzara su belleza. Ahora, la falda le caía mugrosa y hecha jirones sobre las arcillosas piernas, el tejido estaba carcomido por los gusanos y las mangas se habían fundido con la escamosa piel. El rostro, antaño bonito, aparecía ahora como una máscara de piel blan­cuzca. Los pómulos resaltaban afilados y los dientes marcaban la delgada epidermis. El cabello aceitoso le caía en gruesos mechones sobre la arqueada espalda. Sin embargo, lo más horrible de contemplar eran sus ojos, unos ojos hundidos, acuosos, ojos sin vida ni luz, dos abismos a través de los cuales Burkran  su consciencia temía deslizarse de un momento a otro.

            Morgth la llamaba con su mirada hipnótica y el ser se le acercaba arrastrando los pies. Sus rodillas tropezaron con un taburete y éste cayó al suelo. La criatura ni siquiera reparó en el hecho: miraba hacia el brujo con la boca abierta, pero sin emitir sonido alguno. El hechicero alzó una mano, la palma hacia su esclavo, y éste se detuvo. El brujo miró a Burkran.

            -Ésta es una de mis mascotas, de mis alimentos -dijo-. Yo los llamo Desesperados. ¿Puedes imaginar una desesperación ma­yor que quedar atrapado entre la vida y la muerte, deseando huir, pero sin tener lugar a donde huir? Yo les arranco la vida, mas les dejo la suficiente esencia vital como para poder moverse y obede­cer mis ordenes. Deambulan por el bosque, esperando mi llamada. Y a veces dejo que salgan de la espesura para cazar algún ser humano que después me traen; por ello, los hombres de las regiones circundantes no se adentran en estos dominios. Saben que están malditos y son peligrosos aún sin conocer el porqué. Tú debes ser forastero, pues penetraste hasta el fondo del bosque, poniéndote al alcance de mis estúpidos servidores.

            Miró con desprecio al cadáver andante.

            -Ahora contemplarás cómo le quito lo poco que le queda de su alma para así alimentar la mía.

            El viejo contempló a la criatura con ojos ávidos. Burkran sintió un escalofrío agudo. Comprendió de inmediato que la negra magia flotaba sobre la sala. El no-muerto miraba fijamente a su amo. Un hilillo tenue y azulado surgió de su entrecejo y llegó, culebreando fantas­malmente en el aire, hasta el de Morgth. El brujo, al absorber aquella esencia, exhalaba aire placenteramente; se estaba alimentando. Con cada inspiración succionaba la energía del esclavo, bombeándola hasta él.

            Burkran, comprendiendo que iba a matar definitivamente a su víctima, sintió una oleada de fría furia recorriéndole de pies a cabeza.

            -¡No! -rugió- ¡No lo hagas, maldito brujo!

            Avanzó hacia él, pero al tocar la barrera invisible el dolor le traspasó el cere­bro. Aulló agónicamente y cayó al suelo, sobre el pentáculo. Tiritaba y sus dientes no cesaban de castañetear. Sentía su carne abrirse en invisibles heridas, tan dolorosas como si sobre ellas hubieran vertido litros de alcohol y puñados de sal.

            El hilo de luz desapareció de entre las dos figuras y el ser de ultratumba se estremeció violentamente. Se desplo­mó como un saco de arena o un trozo de madera: definitivamente muerto.

            Morgth suspiró, satisfecho. Cuando miró a Burkran éste descu­brió que sus ojos chispeaban.

            -Obsérvame... -decía el brujo, escupiendo las palabras- Mi cuer­po decrépito ha vivido ciento veintitrés años, pero el espíritu de mi interior es fuerte y poderoso. Me he alimentado con los últimas energías de esta criatura que yace a mis pies. Soy inmortal. Vuelo a través de las Esferas Medias. Dentro de pocos años podré desprenderme de esta carcasa de carne marchita y llenar el cuerpo de un congénere de raza, o quizás un animal. Entonces, deambularé libremente a través del mundo y llegaré hasta lo más alto... Hasta el dominio absoluto de países y continentes...

            -No... -musitó Burkran, aún en el suelo. Sollozaba tristemente- ¿Por qué lo hiciste? No debiste hacerlo... Nadie tiene ese derecho...

            La respuesta del viejo fue una burlona carcajada. Entonces, Burkran miró a Morgth y su faz tomó un tinte salva­je, asesino.

            -Juro que te mataré, que acabaré con tu vida corrupta, que te llevaré al Infierno mas bajo y mísero, allá donde debieras permanecer en estos momentos; juro que le darás a la Muerte lo que desde decenios atrás le pertenece.   

            -No jures tanto, extranjero –replicó el brujo, con aspereza-, porque tu alma será mía antes de la noche.

            Los ojos de Burkran se abrieron desmesuradamente y Morgth sonrió al reconocer el terror en su verdes pupilas.

            -Sí... -continuó- Porque yo tomaré tu alma, tu alma fuerte y salvaje. Me proporcionará mucha vitalidad. Y pasarás a ser otro más de mis desesperados.

            -No... ¡No! -Burkran se levantó, dispuesto a cruzar la barrera inmaterial o perecer en el intento. Pero Morgth se levantó y apuntó su bastón hacia él.

            -¡Duerme! -ordenó el brujo.

            Burkran sintió que una fuerza invisible golpeaba su cabeza con atronadora potencia.

 

 

            Un abismo de oscuridad... El rostro de Morgth dibujado en niebla blancuzca, frente a él. El eco de su voz atronaba en la nada infinita:

           

            TU ALMA ES MÍA... MÍA... MÍA

 

            Se sintió atrapado por garras heladas. Le robaban algo precioso, puro, algo que nadie debería tocar. Aulló agónicamente, pero su grito no era más que una nube de chispas que desaparecían en la oscuridad. El azulado rostro de Morgth reía a carcaja­das, burlón. Estaba expandiéndose en el espacio, hasta ocupar el Universo entero. Su víctima lloraba, violada, perdida su energía, su alma. El hombre de­bilitado, destruído. Desesperado.

            Pero el monstruo se revolvió, allá en el más profundo e impenetrable rincón de su mente. El hombre había sido derrotado, pero la bestia no olvidaba. Estaba llena de odio y esperaría hasta que escapar.

 

 

            No supo si era de día o de noche. La realidad parecía un man­to grisáceo a su alrededor. Árboles. Lodo. Andaba sobre el barro, arrastrando los desnudos pies. Se preguntaba el porqué, pero no conocía la respuesta.

            Intentó hablar, mas la mente se hallaba a miles de leguas de la boca. Emitió un torpe mugido. Se miró las manos. Manos fuertes. Manos en las que los nudillos y las arterias destacaban sobre la piel como un tosco bajorrelieve. ¿Qué era él? Tenía un nombre? Experimento una oleada de tristeza y sintió deseos de llo­rar. Pero ni siquiera sabía llorar. Aunque deseaba detenerse, no podía dejar de andar. Sin rumbo.

            Vio otros como él, por entre los troncos retorcidos, atravesando la niebla, perdida la voluntad. Deambulaban como autómatas, los estúpidos ojos buscando una luz que eran incapaces de hallar. Durante un breve instante comprendió que él, en otro tiempo, fue un hombre, un ser humano. Pero aquella revelación desapareció entre las brumas del olvido y, por más que intentó recuperarla, sólo logró hundirse en el océano de estupidez entre sus dos orejas.

            El mundo oscureció, a pesar de mantener los ojos abier­tos. Y en la negrura se dibujó el rostro de Morgth. El brujo clavó en él su hiriente mirada, la que robara sus energías y le convirtiera en un títere sin voluntad. Aquella visión se intensificó hasta ha­cerse insoportable.

            Gritó.

            El brujo desapareció de su cabeza y sólo quedó la negrura. Atrapó un retazo de algo salvaje, un ser terrible y brutal que aún no había sido esclavizado y espera­ba el momento de la venganza. También aquella sensación se difuminó.

            El tiempo transcurría lenta, pausadamente. El no-muerto pisaba la tierra húmeda y el fango. La neblina se colaba por sus poros. La luz del Sol se filtraba débilmente por entre las al­tas ramas. Al compás de las horas la bola de fuego el Firmamento decaía, y una parte lejana de sí temía y anhelaba el momento en que se ocultara por completo.

            La luz se tornó rojiza. Y finalmente penumbra espesa. El no-muerto experimentó escalofríos, algo parecido al miedo. Lo sentía subir, alzarse como el géiser furioso desde el centro de la tierra. La bestia estaba despertando. Temeroso, se llevó las manos a la cabeza. Otros títeres, a su alrededor, le miraban con expresión estúpida y le señalaban con el dedo.

            Llegó el cambio. Su mente se quebró en pedazos que destilaban dolor y locura. Miró sus manos y contempló el crecer de sus uñas, hasta tornarse garras. Su carne se abrió, dejando escapar la sangre de las arterias, y el vello fue expulsado a través de los poros, crespo, largo y gris. Sus huesos se ex­pandieron y estiraron, los músculos se hincharon y endurecieron, ahítos de potencia. Creció. Era más alto. La nariz sa­lió impulsada hacia el frente, formando el hocico. Los labios ennegrecieron y se estiraron, abriéndose como belfos espumosos, mostrando las dos hileras de agudos colmillos. Los ojos eran aho­ra completamente rojos. Las orejas se aguzaron, el mugido carente de sentido que fue su voz creció hasta reventar en profundo rugi­do.

            Volvía a ser Burkran, el licántropo, la bestia de la noche. El viejo había robado el alma al humano, pero no al depredador.

            Alrededor, los cadáveres andantes continuaban observándole, inquietos. En sus ojos se leía una necia hostilidad, mas no osaban ata­carle.

            Así que fue Burkran quien tomó la iniciativa: saltó sobre ellos y les golpeó con sus garras. Si el más excepcional de los humanos hubiera tenido pocas oportunidades de vencerle, aquellos seres, perdidas su agilidad y su destreza, estaban absolutamente condenados desde el principio. Burkran los masacraba sin compasión, desgarrando, cortando, abriendo y aplastando los cuerpos macilentos.

            Sin embargo, los no-muertos tenían a su favor la superioridad numérica. Más de treinta se le acercaron hasta echársele encima, aferrán­dole todos sus miembros, impidiéndole el movimiento. Además, no sufrían dolor alguno: continuaban atacando a pesar de los golpes y las heridas. El lobo humano se encontró bajo una marea de cuerpos que lo aprisionaban y asfixiaban.

            Mas la idea de ser atrapado, de perder la libertad, provo­có en Burkran una explosión de adrenalina y se revolvió frenéticamente, quitándose de encima el enjambre humano, lanzando sus enemigos como muñecos en todas direcciones.

            Una vez libre, todo su cuerpo gigantesco cubierto de sangre, Burkran abrió los brazos y rugió a la noche.

           

 

            Morgth, el brujo, dentro de su cabaña, comprendió que algo marchaba mal. Se concentró y su adiestrada mente voló le­jos del cuerpo físico, atravesando la bruma y los troncos. Descu­brió al licántropo. El ser trotaba hacia su cabaña, como una sombra de ojos y fauces brillantes. La bestia intuyó aquella presencia inmaterial y rugió brutalmente, mordiendo el denso aire una y otra vez. La mente del brujo volvió velozmente a su carcasa física.

            Por primera vez en años, Morgth estaba temblando. De nuevo se hallaba en peligro y debía prepararse para el combate.

            Deambuló por la desvencijada sala, buscando en los estantes y mesas. Tomó varias redomas y frascos que contenían líquidos pode rosos, drogas capaces de alterar el estado de conciencia. Sabía que, bajo sus efectos, accedería al Poder. Bebió largos tragos. Cerró los ojos y se concentró en el trabajo que le esperaba.

            Descendió en la oscuridad, descendió y descendió hasta descu­brir un lejano punto de luz. Continuó bajando. La luz crecía paulatinamente, hasta convertirse en una gigantesca esfera de energía azulada y palpitante. Era el Poder. Eran las almas robadas a cientos de víctimas inocentes. Atisbó jirones de niebla dentro de la esfera, rostros agónicos que se dibujaban durante un instante para desaparecer al siguiente.

            Morgth zambulló su ser inmaterial cuerpo en el Poder. Sintió correr la energía dentro de él como, un infinito enjambre de furiosos insectos. Bebió hasta saciarse, rejuveneciendo su alma, fortaleciéndola a costa de otras.

            Ascendió como un relámpago y al abrir sus ojos se encontró de nuevo en la cabaña, encerrado dentro del pequeño y arrugado cuerpo. No obstante, su conciencia se había expandido, ante él las formas y los colores se le aparecían con increíble nitidez. Los sonidos habían ganado claridad y volumen, su piel flotaba sobre la materia. Miró sus manos. La magia chisporroteaba entre los dedos. Esferas de un colorido ajeno a este mundo zumbaban sobre sus brazos Un aura que palpitaba como un gran corazón de energía rodeó su epidermis y sus pupilas despidieron diminutos fulgores amarillos.

            De nuevo estaba dispuesto para la guerra. Era un mago, y en ocasiones un mago también podía convertirse en guerrero.

            Así, cuando el lobo humano tiró abajo la puerta de la cabaña y entró en el nigromántico cubil, Morgth se levantó de la silla, altivo, y cerro sus puños, observando al enemigo.

            También Burkran lo miraba fijamente, entre jadeos. La bestia sonreía, y su sonrisa de colmillos enrojecidos era la Muerte.

            -No sé quién o qué eres, monstruo -dijo Morgth, con voz potente y serena-, pero has entrado en mi hogar y sufrirás el peor de los destinos -un destello de ambición cruzó por sus ojos-. Ahh... qué poder me proporcionaría tu alma indómita, mucho más fuerte que la suma de todas las que he tomado hasta el momento... ¡He de tenerla!

            Como respuesta, Burkran gruñó metálica y amenazadoramente.

            El licántropo volcó una mesa cercana, cayendo al suelo con gran estruendo los libros, las figuras, los animales disecados y las redomas. Morgth ni se inmutó. El brujo abrió la boca y, sin ser pronunciadas, prohibidas y enloquecedoras palabras surgieron desde el mismo estómago. La magia palpitaba en el espacio, las ondas sonoras vibra-ban devastadoramente y calentaban el aire, hasta hacerlo estallar en fugaces y azules llamaradas. El hechizo impactó en la cabeza de Burkran. El li­cántropo sintió cómo la piel se le deshacía, en su peluda mejilla derecha se abrió un agujero del tamaño de un puño. Burkran rugió y agitó la testa, como si le hubieran golpeado con una maza. Estuvo a punto de caer al suelo, pero recuperó el equilibrio en el último segundo. Abrió la boca y escupió un breve chorro de sangre.

            Morgth sudaba a causa del intenso esfuerzo mental que debía realizar, pero lanzó un segundo hechizo: acompañó las palabras con gestos hipnóticos que efectuaba con las ma­nos. La magia cruzó el aire como un cuchillo incandescente y Burkran vio llegar algo hacia él, algo que vibraba y chispeaba. El licántropo se agachó instintivamente, el hechizo pasó sobre su cabeza y atravesó una redoma de cristal llena de líquidos de una estantería cer­cana. El recipiente estalló en mil fragmentos, ca­da gota y cada esquirla de vidrio resultó a su vez desintegrada en el aire, desapareciendo entre neblinas de color morado.

            El hechizo, aunque debilitado, sabía quién era su víctima. Aleteó y giró en el aire, volando de nuevo hacia Burkran. El lobo humano se apartó, pero el hechizo fue más rápido y le al­canzó en el hombro derecho, atravesándolo por la espalda, sur­giendo por el pecho superior y desapareciendo, difuminado, entre una llovizna de sangre y pedazos de carne que salpicaron el suelo.

            Burkran rugió. Tenía un agujero del tamaño de una nuez en el hombro y la articulación había resultado daña­da. Sangraba profusamente por el rostro y ahora por esta nueva herida, y el dolor zumbaba en su cerebro como un enjambre de furiosas avispas.

            -Estás muerta, bestia inhumana -musitó Morgth. Aunque temblaba y sudaba copiosamente, mostró una cruel sonrisa-. ­No puedes vencer contra la magia.

            Alzó la diestra, como agarrando un objeto pesado del aire. La palma de su mano se iluminó y cerró el puño. Tenía la mano incendiada, rodeada de fuego rojizo y amarillento. Eran llamas sobrenaturales, distintas del fuego que creaba el relámpago de los cielos o el pedernal del hombre.

            Pero era fuego, al fin y al cabo, y Burkran lo temía. Se protegió instintivamente la cara con una garra, retrocedió un paso y gruñó hostilmente.

            Morgth sintió ganas de reír, pero se contuvo. No podía per­mitirse perder la concentración ni un solo segundo. La magia era una bestia caprichosa y letal a la que sólo se podía dominar mediante una voluntad muy fuerte. Si bajaba la guardia la misma ola que cabalgaba en ese momento podía volverse contra él al siguiente.

            Fuego Abrasador! –gritó, la mirada enloquecida- ¡Consume hasta la última partícula de aquello que toques! -ordenó el brujo- ¡Fuego Abrasador! ¡Vuela y mata! ¡Ahora!

            El fuego salió despedido de la intacta mano del brujo y atravesó la habitación en forma de bola ígnea. El licántropo agarró un pesado libro de las cercanías y lo arrojó contra la esfera llameante, que golpeó el volumen y lo devoró por completo en menos de un segundo, desintegrándolo hasta dejar del objeto tan sólo una fina lluvia de ceniza. El mágico agente, cumplido su cometido, también se esfumó.

            Morgth rabió. Había empleado mucho tiempo y esfuerzos para crear aquel arma y todo ello no había servido para nada. Sintió que perdía durante un momento el control y la magia estuvo a punto de engullirlo. Pero el brujo volvió a dominar el Poder, preparándose para moldearlo una vez más en su propio beneficio.

            Anticipándose a su contrincante, Burkran saltó hacia el brujo. Morgth alzó sus manos instintivamente y en el último segundo le­vantó una barrera de protección en torno a sí, un aura azulada que le envolvía como un gigantesco huevo.

            Burkran chocó contra la barrera. Ésta vibró peligrosamente y despidió chispazos que se desintegraban en el aire. Pero resistió el encontronazo. El monstruo rodó, se alzó y se preparó para atacar de nuevo. Morgth, con el rostro contraído a causa del esfuerzo, retrocedió tocar con la espalda una pared. La barrera aún le protegía, pero no sabía durante cuánto tiempo más podría mantenerla en pie. Había imaginado que terminaría con su enemigo en poco tiempo, pero por primera vez se preguntó si la voluntad de ganar de la bestia sería mayor que la suya. Una bocanada de miedo heló su pecho. Si moría ahora, las Fuerzas Oscuras con las que había pac­tado durante toda su vida reclamarían su alma... No, no podía pensar en la derrota. Debía vencer.

            Burkran ya estaba de nuevo sobre él. El licántropo golpeó sin compasión, mas el aura contuvo la violencia de sus embestidas. Sus garras arrancaban nubes de brillantes chispas y la barrera vibra­ba como una enorme gota de mercurio. Burkran rugió furioso y acometió con los puños cerrados. Pronto los nudillos del licán­tropo se abrieron hasta el hueso, y aún así continuó atacando. Se partió tres dedos, pero continuó golpeando. Los impactos vi­braban como latigazos en todo su cuerpo, porque la barrera pro­tectora era dura como una pared de piedra. Pero continuó golpeando. Había perdido mucha sangre, su vista se nublaba y le costaba respirar. Pero continuó golpeando.

            Morgth se había acurrucado en el suelo y gemía lastimeramen­te. Hacía ya muchos latidos que se limitaba a resistir contra su enemigo, aquella fuerza pura desencadenada sobre la faz de la tierra. No lograba atacar, concentraba sus energías en mantener la barrera en pie. Pero sabía que su terrible esfuerzo resultaría vano, el aura había tomado un color rojizo y palpitaba peligrosamente.

            -¡No! –gritó.

            Un definitivo golpe rompió la barrera: se escuchó un crujido parecido al del vidrio explotando y el aura es­talló en miles de fragmentos. Los pedazos de magia se desintegraron en el aire y el siguiente golpe de Burkran impactó en el rostro de Morgth, dañando irreversiblemente el cerebro del viejo, provocándole una muerte instantánea. La bestia continuó con sus garras, hasta que del enemigo sólo quedó un masa rojizo y confusa, tirada sobre las tablas del suelo.

            Burkran, enloquecido de ira y ebrio de triunfo, se volvió y arremetió contra el mobiliario tirando mesas, estanterías, armarios. Desgarró libros y rompió frascos y redomas. No paró hasta que la sala quedó sumida en el más absoluto caos. Después siguió con las paredes, arrancando los troncos que las formaban levantándolos sobre su cabeza y arrojándolos por los aires. Se concentró también en las tablas del suelo, las levantaba y las partía de cuajo. Echó abajo las vigas que sujetaban el techo, que empezó a crujir y vibrar peligrosamente.            

            Salió afuera y empujó y presionó y golpeó hasta que la pe­queña cabaña se desplomó por completo.

            Sólo entonces, cuando del edificio no quedaban más que ruinas, Burkran cesó su obra de destrucción. Se hallaba al borde del agotamiento, pero de nuevo había vencido, des­trozado, arrasado, aniquilado. Rugió de forma escalofriante, un grito de puro e incontrolable salvajismo.

           

 

            En la negrura, el alma de Morgth trató de llegar a la Esfera de Luz. Los Poderes de la Sombra lo buscaban, pero si alcanzaba la energía robada a las almas de sus víctimas y se alimentaba una vez más, aún tendría una última oportunidad de escapar a los Señores del Infierno.

            Ahora era débil, y las ánimas que él había encerrado en la Esfera, retenidas tan sólo por la fuerza de su terrible volun­tad, escapaban como un enjambre de relámpagos. Algunas volverían a sus cuerpos físicos, pero la gran mayoría cruzaría el Umbral de la Muerte y accedería, por fin, al Más Allá. De cualquier manera, volvían a ser libres.

            Morgth trató de atraparlos, pero el miedo le había robado la fuerza y la voluntad. Ya no poseía fe en sí mismo y la energía escapaba de él como el agua entre los dedos.

            Las almas desaparecieron. Ahora él estaba solo, hundido en la infinita negrura.

            La oscuridad se abrió y, a través del Portal, Morgth atisbó Aquello que le esperaba y que reclamaba su alma. El terror lo enloqueció. Trató de huír, pero estaba siendo irremisiblemente arrastrado hacia lo que más temía. Sus nuevos amos desconocían la compasión. Poseían una fértil y cruel imaginación y la Eternidad entera para ocuparse de él. Todo tenía su precio. Había llegado la hora de que Morgth pagara las deudas.

 

 

            Burkran, el humano, despertó. Abrió los ojos, bañados por una suave claridad. El Sol lucía más allá de las retorcidas ramas de los árboles. Seguía en el bosque. Los árboles secos y retorcidos eran los mismos, también la tierra húmeda, el barro y los arbustos.

            Pero la niebla había desaparecido. Y con ella, la tristeza que impregnaba cada piedra y cada hoja. Aquel lugar ya no era un santuario consagrado a la muerte y la decadencia. Tampoco a la maldad.

            Descubrió los restos ruinosos de la cabaña. Se pre­guntó por acontecimientos de la noche, pero no recordó lo suce­dido. Nunca lograba recordar lo que había hecho la bestia durante las horas de oscuridad. Sólo pudo llegar a la conclusión de que el li­cántropo había acabado con la vida y el influjo de Morgth y había arrasado su choza.

            Ahora, Burkran el hombre había recuperado su alma. Volvía a ser él mismo, libre.  A pesar de su perenne maldición, sintió una enorme alegría, un momento de gloria indescriptible.

            Se levantó y echó a andar, deseando conocer nuevas tierras.

            Vio varias figuras, todavía lejanas. Eran dos hombres y una mujer. Caminaban lentamente, apoyándose unos en otros. Burkran comprendió que ellos también fueron esclavos del brujo y, recuperadas sus almas, volvían a sus hogares, confundidos y agotados, pero al menos vivos.

            Deseó hablar con ellos, sentir el calor humano que durante tanto tiempo se había negado. Pero comprendió que su maldición le impedía relacionarse con el resto de sus semejantes. No soportaría despertar al alba junto a un amigo o una amante asesinados por la bestia. Debía proteger a sus congéneres de lo que llevaba dentro.

            Torció en otra dirección y siguió caminando, acompañado por su soledad. Maldijo al monstruo de su interior, mientras contenía amargas y rabiosas lágrimas. 


por Andrés Díaz Sánchez