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          La ciudad maldita de Kerún

            
            Desde eones, el desierto ha sido para muchos viajeros el aguijón de la muerte. Y no sólo porque en ellos habiten seres de picadura mortal, sino porque la vastedad de su extensión se ha tragado , en muchos casos, sus cuerpos y sus ansias de vivir. Sin embargo, esta noche hay un intruso entre sus lindes al que no parecen preocuparle mucho estos hechos. Su nombre es Kull y en su larga vida ya se ha enfrentado otras veces al océano de arena, así que eso no lo va a detener. Además, esta noche cumple una misión crucial para su pueblo.
            Hace tan sólo cuatro horas, un mago menor de su corte se ha presentado en sus aposentos con la palidez de la muerte reflejada en su rostro. Al principio sólo ha podido balbucir unas palabras, pero pronto su discurso se ha vuelto rápido y fluido. Ha explicado al rey atlante que esta noche las estrellas le han hablado de muerte y de dolor, tiñendo sus pupilas con el color escarlata de la sangre. Así, a través de este tétrico velo, ha podido observar en su demente visión a la ciudad de las maravillas envuelta en un manto de fuego. El caos y la destrucción aniquilaban todo a su paso, acabando con multitud de vidas humanas. Las casas ardían por sus cuatro costados transmitiendo el fuego como apóstoles de la muerte, y abrasando y aplastando a sus habitantes. Los palacios se consumian por las llamas que devoraban sus muebles, alfombras y tapices, y en las calles el cariz era más desolador: las personas huían enloquecidas por las calles sembradas de cadáveres, muestra de la siega del oscuro, y el olor del humo se  mezclaba con el de la carne quemada. Era una visión que abrasaba más que el fuego en sus pupilas. Pero lo que en verdad había aterrorizado a aquel mago menor fue la visión, en medio del caos, de la figura de un encapuchado que se mantenía impávido en medio de tanta destrucción, pues al fijarse bien en aquella persona había reconocido,  reposando sobre su pecho, el medallón de Yekter.
            ¡Yekter! El nombre golpeó con fuerza en los oídos de Kull, trayendo a su memoria fragmentos de la leyenda de la ciudad maldita de Kerún. Esta ciudad, destruida hace ya seiscientos años, había sido gobernada en sus últimos tiempos por un mago llamado Yekter cuya ambición y codicia no tenían límites. Llevado por estas ansias de poder, había querido dominar por sus negras artes todo el mundo conocido al este del mar de Huek-mer. Ayudado por su magia y sus seguidores, que formaban una organización secreta, conseguía sus propósitos manteniéndose en el anonimato, usando para sus fines bebedizos que convertían a reyes en títeres, espías que sumían a ministros y altos cortesanos por el chantaje, prostitutas que aherrojaban el corazón de los hombres más poderosos e influyentes, brujos que cumplían funciones de catalizadores de la magia de su amo, asesinos que eliminaban cualquier obstáculo en el camino hacia el poder......Hasta que un dia, el vigésimo cuarto rey de Valusia, Fasdín, descubrió un complot urdido desde las sombras para acabar con su vida, y así supo de la existencia de tan sórdida organización. Al mando de dos de sus legiones marchó al encuentro del brujo para acabar con su reinado de sombras, mientras en todo el mundo conocido los gobiernos destapaban las ramificaciones de la organización y realizaban ejecuciones públicas, como advertencia para cualquiera que en el futuro se atreviese a desafiarlos. Pero aquel no fue, ni mucho menos, el fin del poder terreno de Yekter.
            Las dos legiones de Fasdín no llegaron a ver nunca la ciudad de Kerún: una extraña enfermedad creada mágicamente por Yekter acabó con la vida de todos ellos a pesar de que el rey, que tenia conocimientos de brujería, intentase con un amuleto que había llevado consigo contrarrestar la fuerza maligna de aquel poder. Aquel amuleto se llamaba el Diente de Aynor y aunque no fue capaz de salvar la vida de todos aquellos hombres, sí que salvó la de Fasdín, pues lo protegió con un halo místico. Así que, con tan sólo su montura por compañía, el rey siguió su camino hasta la ciudad de Kerún y se enfrentó a Yekter a las puertas de su palacio.
            A partir de aquí la leyenda tiene diferentes versiones según el orador que la narre. Según unos, el rey se enfrentó con un ejército de muertos, saliendo victorioso y decapitando al mago; según otros, Yekter invocó a los siete demonios del vacío interestelar para que mataran al valusio, pero éste, ayudado por el Diente de Aynor, derrotó a todos ellos y al brujo. Pero fuera cual fuese la versión, en todas Fasdín vencía al mago y éste, antes de morir, juraba volver algún dia de la muerte para destruir a todos los valusios. Sin embargo, y a pesar de la amenaza, a partir de aquel momento todo volvió a la calma. Todo menos la ciudad maldita de Kerún, que durante dos días sufrió el azote de un viento demoniaco que convirtió aquel paraíso vegetal en un desierto de increíbles proporciones, precisamente aquel que Kull estaba ahora pisando.
            Abstraído en estos pensamientos, Kull alcanzó la cima de una duna y desde lo alto de ella pudo ver los restos de la ciudad maldita. Sin duda aquella había sido una fastuosa ciudad: multitud de minaretes se elevaban hacia el cielo como queriendo desafiar a las estrellas; grandes palacios mostraban cúpulas cubiertas de oro y piedras preciosas, e inmensas avenidas se abrían en todas direcciones. Cuando llegó a ellas la impresión fue aún mayor: éstas todavía conservaban en buen estado su pavimento, realizado íntegramente en mármol y jade; estatuas realizadas en diferentes tipos de piedra y metal adornaban sus aceras y las casas eran espaciosas, muestra de que sus habitantes vivieron cómodamente; hermosas talladuras de motivo vegetal y fantástico adornaban sus doseles, y grandes espacios que en otros tiempos seguro fueron jardines, tenían diseminadas muchas y muy bellas fuentes.     
            Ni siquiera el paso de los años y la fuerza de los elementos habían conseguido borrar el esplendor  que un dia tuvo esa ciudad. Sin embargo, algo en el aire confería a todo el conjunto una visión aterradora, una sensación de que aquel encumbramiento tenia en su belleza un origen mágico, un origen maligno.
            Sin más dilación Kull se dirigió hacia la avenida principal en busca del palacio de Yekter, bordeando casas que un dia estuvieron habitadas, cruzando plazas que en su tiempo acogieron mercados, pisando lugares que sin duda fueron jardines concurridos; y el silencio se apoderó de su alma.
            Cuando llegó a ella vio lo que sin duda fue el palacio de Yekter, pues era el edificio más majestuoso de aquella ciudad. El palacio parecía brillar gracias a la luz lunar que se reflejaba en los mármoles con que estaban recubiertas sus paredes, y la cúpula cubierta de gemas de diferente color y tamaño bañaban la ciudad con una suave iridiscencia.
            De repente, el ruano que montaba se encabritó, alzando sus patas al cielo y emitiendo un angustiado relincho. Kull se agarró con fuerza a las bridas evitando caer, y cuando los cascos del caballo tocaron el suelo , le dijo unas palabras tranquilizadoras al oído que lo calmaron un poco. Pero a pesar de todo, el caballo se negaba a dar un paso más, como si una barrera mágica le bloquease el camino. Miró Kull al frente, buscando aquello que había asustado tanto al caballo y vio, en la antesala del palacio, una luz que se movía y que se paró bajo el alto dintel de la entrada. Ahora comprendía porqué su caballo se había asustado tanto: aquel lugar maldito estaba habitado. Descabalgó su montura y avanzó por las sombras en dirección al edificio, y cuando se hallaba a poco más de cien metros, pudo vislumbrar dos figuras a la luz de una antorcha. Una de ellas se movía inquieta de un lado para otro.
            -¡Maldita sea Yamán, te digo que esta ciudad huele a brujería!- dijo
            - Tú sí que hueles, y no precisamente a brujería - le contestó el otro.
            - Es una locura, el shamir está poseído por el demonio de la avaricia y nos matará  a todos.
            -¡Cállate imbécil! El shamir ha tenido siempre buen olfato para el botín, y esta vez no será diferente.
            -¡Si! ¡Si que lo será!- le replicó - ¡El espíritu de ese Yekter nos matará a todos!  
            - Olvídate de esas tontas supersticiones, cobarde, ese mago lleva más de seiscientos años muerto.
            -¡Pero dijo que un dia volvería!
            - Para acabar con todos los valusios, ¿y acaso eres tu valusio?
            Su silencio contestó por él.
            - Pues entonces cállate de una vez. Ese maldito brujo amasó una fortuna mientras vivió y es una suerte que esos tontos cuentos de niños que tanto te asustan hayan mantenido lejos de aquí a todo el mundo. Así todo el tesoro será para nosotros. ¡Y todo gracias al shamir!
            A Kull no le hicieron falta más palabras para comprender que se encontraba ante un par de nómadas del desierto. Shamir era el título que aquellos asesinos daban a sus cabecillas, título que duraba tanto como su destreza con la espada y su capacidad de guiar a esa banda de buitres hacia un botín. Con gusto habría cruzado el umbral del palacio para destripar a ese par de cerdos, pero no era esa su misión, sino comprobar si la visión del mago menor de su corte era premonitoria, así que bordeó el edificio buscando otra entrada.
            Se introdujo por una ventana al interior y al instante notó la frialdad del edificio. Permaneció unos minutos inmóvil, adaptando sus pupilas a la débil luz que llegaba del exterior, y empezó a recorrer aquella habitación vacía. El tiempo se había encargado de borrar toda huella humana del lugar, y a Kull no le costó llegar al otro extremo. Pero al llegar, unos gritos de terror que parecían provenir de las entrañas del edificio resonaron por todo el palacio. Se dirigió con rapidez hacia la sala principal buscando el origen de aquellas voces , cuando al llegar a ella se topó con los nómadas de la entrada.
La sorpresa de encontrárselo les duró un instante, pues al siguiente ya tenían sus alfanjes desenvainados. Kull, que iba a la carrera, empujó a uno de ellos contra una columna de piedra consiguiendo unos segundos preciosos para desenvainar su espada. El nómada que estaba en pie asestó un mandoble que podía haber decapitado a Kull si no fuese porque su tótem es el tigre , y al instante siguiente cayó muerto con un corte en el pecho. El otro nómada ya estaba en pie listo para asestar un golpe fatal al atlante cuando un rugido sobrenatural llegó del lugar de donde provenían los gritos. Eso le hizo vacilar. A Kull no, y su espada le atravesó el corazón. Después se agazapó con la espada llena de sangre a la espera de otro peligro, pero no vio ni oyó nada. El silencio volvía  a reinar en el palacio.
            Cogió la antorcha del nómada muerto y entró en una sala adyacente. La habitación era muy grande y estaba a oscuras, y no tenia más entrada que la puerta por la que había llegado a ella. Alzó la tea para que su resplandor  iluminase más allá de dónde Kull alcanzaba a vislumbrar y avanzó con gran recelo, atento a cualquier sombra que se moviese en la penumbra, a cualquier figura que pudiese saltar desde la oscuridad para matarle. Durante un tiempo no observó nada, hasta que llegando al final de la sala, vió que algo brillaba a la luz de su antorcha. Caminó lentamente hacia el reflejo y cuando llegó hasta él supo lo que  era incluso antes de agacharse. Sangre. Sangre que fluía por debajo del muro que se alzaba ante él  y que le indicó que aquella pared era una puerta. Llevado por el interés de descubrir el origen de los gritos, sus dedos tantearon la pared en busca de un resorte secreto, y poco después un chirrido metálico acompañó a la puerta mientras esta se abría. Kull retrocedió unos pasos con la cautela de un tigre, escudriñando con la mirada la oscuridad que se abría ante él, pero el chirrido cesó y la puerta se detuvo sin que sucediese nada. Lanzó entonces su antorcha a la oscuridad aún a riesgo de perderla, y pudo ver con su fulgor a cinco cuerpos decapitados. Los cuerpos aparecían brutalmente desgarrados y la sangre los bañaba en su totalidad, y descubrió un hacer inhumano en todo aquello pues ningún hombre era capaz de tamaña matanza. Junto a uno de los cadáveres la sangre parecía discurrir como por un desnivel, formando un débil rastro que se perdía por un lóbrego pasillo. Recogió la antorcha del suelo, y con ella en una mano y la espada en la otra avanzó decidido hacia el final del túnel, sin pararse a pensar si en él hallaría la muerte.
            Cada vez el pasillo se iba haciendo más estrecho, y la humedad había hecho crecer líquenes y musgo en las piedras, haciendo el piso más resbaladizo y sus pisadas más quedas. Pero aquel musgo también llevaba impresa una advertencia, pues unas huellas no humanas se habían marcado en él. Las miró fijamente intentando adivinar que clase de bestia podía haberlas producido, cuando unos gemidos humanos le llegaron del final del corredor. Sin más dilación se precipitó por el túnel hacia las voces, con la espada tan fuertemente aferrada que la carne de la mano se volvió blanca alrededor de la empuñadura. Yendo a la carrera, llegó hasta una gran sala que se iluminaba con el fuego azul que desprendía un enorme brasero. Y lo que vio entonces fue algo nauseabundo. En una de las paredes de la habitación había cientos de cráneos apilados que llegaban hasta el techo, y en medio de la sala, una criatura monstruosa agarraba a uno de los nómadas por la cabeza. Kull reconoció por sus vestimentas al que sin duda era el shamir, pero poco después sus pensamientos se detuvieron bruscamente cuando aquel monstruo arrancó de cuajo la cabeza del nómada y lanzó un rugido de triunfo. Kull reconoció entonces el rugido que había oido estando en la nave principal y vio en su mente a los cinco guerreros decapitados. Ya no lo pudo soportar más. La ira invadió su alma y un grito de guerra atlante se elevó en la habitación por encima del de la bestia, y en aquel momento nadie podría decir cual era más bestial o más aterrador. Lanzó a un lado la antorcha y se abalanzó hacia el demonio que lo miraba sorprendido, y todavía gritando, saltó con la espada agarrada con ambas manos, y con toda la fuerza de la que era capaz, golpeó su cabeza haciéndole una brecha en el cráneo. El monstruo lanzó un aullido que hizo temblar las paredes de la sala y se lanzó hacia atrás intentando detener la hemorragia con sus manos. Pero Kull no le dio cuartel. Golpeó una y otra vez aquel cuerpo demoníaco, haciéndolo sangrar por multitud de heridas. La bestia retrocedía gritando de dolor e incapaz de detener aquellos golpes, y Kull la perseguía por toda la habitación, acuchillando su carne macilenta, hasta que con un último mandoble lanzó su cuerpo sin vida contra la montaña de cráneos, que se derrumbó sepultándola.
            Kull se arrodilló en el suelo con su espada como báculo, jadeando por el esfuerzo realizado y maldiciendo a Yekter por haber traído a la tierra a aquella criatura del infierno, cuando una risa espectral le quebró la respiración. Miró al lugar de donde provenía y vio una enorme puerta de madera de doble hoja. Comprendió que, como el brasero, no podía tener seiscientos años, pero cuando vio aquello que colgaba de la puerta pudo oler la magia que hedía todo el templo. Lo había visto en muchos libros y pergaminos, pero nunca había creído del todo en su existencia: era el Diente de Aynor, que Fasdín había utilizado para derrotar a Yekter. El talismán brillaba a la luz del brasero con una iridiscencia hipnótica que le hizo acercarse a él y descolgarlo. Fue un acto fatal. Al instante de tenerlo entre sus manos un viento helado que parecía provenir de las entrañas de Arallú abrió las puertas violentamente lanzando a Kull al otro extremo de la sala.
            - Por Valga y por Hotath -maldijo- ¿Hasta aquí llegan las corrientes del infierno?
            Y una voz contestó:
            - Eso que has notado es el aliento de Yekter, el aliento de la muerte.
            La voz parecía humana y provenía del otro lado de las puertas. La sala que allí aparecía estaba fuertemente iluminada pero Kull no vio antorchas ni braseros de luz azulada. Simplemente estaba iluminada. Lo que sí vio fue a una figura encapuchada sentada en un trono de oscuro jade.
            - Pasa Kull, te estaba esperando.
            El atlante dio un paso al frente y entró en la sala y cuando vio el medallón de Yekter sobre el pecho de aquél hombre, supo quien le había hablado.
            -¿Sabes mi nombre?- preguntó Kull.
            - Así es - le contestó - y llevo esperándote desde que llegaste al trono de Valusia.  
            -¿Cómo sabes tanto sobre mí?
            A modo de respuesta, Yekter señaló con un gesto de su mano izquierda un gran espejo que flotaba en el aire, y dijo:
            - Desde hace seiscientos años ese espejo me ha mantenido en contacto con el mundo exterior. Gracias a él he podido comunicarme con mis sacerdotes a través de un plano místico.
            -¿Sacerdotes?
            - Así es. En la antigua ciudad de Kerún yo no era el único mago, aunque si el más poderoso. Cada uno de nosotros tenia sus servidores y aprendices; gentes de todas partes del mundo que venían hasta aquí para aprender las artes de la hechicería. Fuimos muchos y aún hoy somos bastantes.
            - Así pues, aquello que comenzó hace seiscientos años aún hoy perdura.
            - Naturalmente. El recuerdo del poder que en aquellos tiempos teníamos en Kerún ha mantenida viva la llama del deseo, y ha hecho que a pesar del paso de los años aún tenga sirvientes en todas partes esperando mi regreso y con él mi poder y mis doctrinas.
            - Lo que no entiendo - dijo Kull- es como podían esperar tu regreso si todas las leyendas hablan de tu muerte.
            Yekter sonrió burlonamente y se inclinó sobre su trono de jade dejando que la luz iluminara su descarnado rostro.
            - Escucha rey Kull, escucha atentamente, porque vas a conocer la historia de la caída y el renacer de Yekter. Hace setecientos años, después de tan sólo diez en el trono de Kerún, ya dominaba todo el mundo conocido al este de Fúl-bain. Mi presencia no era visible en los círculos de poder, pero mi organización tenia extendidos sus tentáculos por todos los estratos de la sociedad. Era el dirigente en la sombra de muchos reinos. Pero un dia, un rey descubrió un complot para acabar con su vida, y así nos descubrió. Como supongo que ya has imaginado ese hombre era Fasdín, por entonces rey de Valusia. Era un gran guerrero y al frente de dos de sus legiones vino aquí para matarme. Sin embargo sólo él llegó a la ciudad.
            Libró una cruenta batalla conmigo en la que las fuerzas arcanas de mi medallón y las del diente de Aynor formaron el mayor choque de poder místico que se haya conocido jamás. Era tal la igualdad de las fuerzas que se desataron que el combate hubiera durado siglos si no hubiese sido porque en un acto de impaciencia Fasdín se precipitó. Viendo la imposibilidad de matarme, se dirigió hacia las puertas de la sala y presionó con fuerza el diente de Aynor contra ellas, al tiempo que pronunciaba un hechizo destinado a confinarme para siempre entre estas paredes. Pero el cansancio ya había hecho mella en su cuerpo y yo aproveché mi juventud y mi poder para abortar en parte aquel conjuro. Así, conseguí que si bien un rey de Valusia había podido apresarme, otro pudiera liberarme. Del esfuerzo realizado Fasdín murió, y entonces empezó una guerra entre los magos de Kerún para hacerse con el poder. Los cielos se oscurecieron y se pronunciaron hechizos en lenguas ya olvidadas. Y el poder maligno de aquellos brujos era tan grande, que se extendió más allá de los límites de la ciudad y convirtió todo lo que tocó en un árido desierto.
            Después de la cruenta lucha pocos quedaron en pie, y unos cuantos brujos que aún me eran fieles invocaron a un ser oscuro para que protegiera la puerta hasta el dia de mi regreso y divulgaron la falsa noticia de mi muerte y de mi futura resurrección. Así se crearon las leyendas que llegaron hasta ti.
            Más tarde, aquellos acólitos se dirigieron hasta Valusia y se llegaron a infiltrar en el círculo de poder de la corte. Así, cada vez que un nuevo rey llegaba al trono, uno de los brujos hablaba al rey de un extraño sueño, un sueño que advertía del advenimiento de Yekter, el rey-mago de Kerún. Soldados, sabios, magos y consejeros fueron enviados por
sus reyes para investigar las señales y sus cráneos decoran ahora la habitación que acabas de dejar. Pero hasta la fecha ningún rey se había acercado hasta la ciudad.
            Por supuesto, nunca se informó a nadie del fracaso de las expediciones. Como rey que eres sabes perfectamente las consecuencias que tendrían el conocimiento por parte del pueblo y sobre todo de los instigadores del reino de tales derrotas, así que mi regreso siempre estaba por llegar.
            - Y así fue generación tras generación ¿no?- dijo Kull.
            - Exacto. Hasta el dia de tu ascensión al trono en que mis esperanzas renacieron, pues sólo un rey bárbaro abandonaría las comodidades de su palacio para ir en busca de una aventura, o incluso de su muerte. Por eso ahora, Kull, vas a morir, pues eres mi único obstáculo hasta el exterior y la conquista.
            Y dicho esto, las manos del mago se alzaron al frente al tiempo que caminaba hacia él. Kull alzó su espada por encima de su cabeza y la descargó con toda su furia sobre la del brujo. Mil chispas saltaron del choque cuando el acero se partió con un agudo chasquido. Kull no se lo podía creer; en sus manos sólo quedaba la empuñadura y un palmo de buen acero valusio.
            - Por Valka, ¿pero qué...?
            Las palabras se apagaron en sus labios cuando un fuerte golpe le mandó al otro lado de la habitación.
            - ¿Crees que he esperado seiscientos años para fallar ahora?
            Kull no dijo nada. Sus ojos estaban inyectados en sangre y cerró los puños haciendo crujir sus falanges. En aquel momento no era un Rey, sino un animal salvaje. Se lanzó hacia Yekter como un tigre enfurecido, pero cuando estaba a tan sólo un paso de él, algo le lanzó por los aires contra una pared de la sala, haciéndolo con tal fuerza, que antes de caer al suelo Kull ya sabia que algo se le había roto por dentro. Cuando miró hacia el mago, éste tenia un brazo extendido. Kull agarró el medallón instintivamente como buscando su poder y al ver el mago su acción le dijo:
            - Ese amuleto te ha permitido vencer al demonio de la Sala de los Cráneos, pues ha conferido el poder necesario a tu espada para matarlo, pero no te servirá de nada conmigo pues no sabes cómo usarlo.
            Entonces Kull se dio cuenta de que no podría vencerlo por la fuerza e intentó un plan. Levantó lo que quedaba de su espada para lanzársela a Yekter, y éste sonrió viendo lo absurdo de aquel acto. Cubrió rápido el acero la distancia que los separaba y con un sonido metálico rebotó en el pecho del mago. Yekter continuó sonriendo hasta que vio un extraño brillo en los ojos de Kull. Rápidamente se llevo la mano al pecho, y descubrió atónito que ya no tenia el medallón, y al mirar lo vio en el suelo con la cadena rota. Al instante comprendió el motivo de aquel ataque. Alargó el brazo para recogerlo pero antes de conseguirlo algo se le enrolló en la muñeca que lo quemó como el fuego del infierno: era el diente de Aynor. Momentos después un frío invernal le recorrió el cuerpo cuando la espada rota de Kull le atravesó el corazón Miró con ojos atónitos al que se alzaba triunfante ante él; no era más que un bárbaro, sin los más mínimos conocimientos sobre las artes oscuras, y sin embargo había adivinado que todo su poder provenía del medallón, que era la fuente de poder que le había mantenido con vida todos aquellos años
y que lo convertía en un ser invulnerable. Y por haberlo subestimado había perdido. Después de pensar en esto cayó muerto.
            Kull recuperó el diente de Aynor de la muñeca del mago y antes de salir echó un último vistazo a la sala. Vio que el espejo había caído al suelo haciéndose añicos y se acordó de cierto mago menor de su corte. Pensó que el deseo de matarlo le haría más corta la travesía a pie por el desierto, y antes de partir cerró de nuevo las puertas y colgó de ellas el diente de Aynor, por si acaso a Yekter se le ocurría volver de la tumba.


por Óscar Camarero