La Sombra de Boogiepop. Capítulo 2

 

La magia está en el aire

 

Todo aquello se ve ahora muy lejano, confuso, difuminado. Jamás conseguí averiguar el porqué, pero lo que sucedió entre enero y febrero de este mismo año, cambió mi vida por completo. No puedo echar la culpa a nadie, solo a mi mismo, porque limité mi comprensión del mundo a esa esfera tan pequeña que era yo mismo. Solo eso explica mi hambre y la posterior absorción...

Tenía amigos, puede decirse que los tengo, aunque nunca hubo nadie que pensase en mi sin estar yo presente, ni nadie que se preocupase por mi desgaste, por mi necesidad de expulsar aquellos bichos que llevaba dentro tanto tiempo.  De todas formas solía frecuentar un mismo grupo de personas con los que compartía mis aficiones, con los que reía, con los que pasaba los fines de semana. No se si nadie preguntó “¿cómo te encuentras?” porque no tenían, como yo, un bicho dentro, o tal vez fuese porque ninguno de nosotros teníamos el valor de enfrentarnos al hecho de que ya éramos casi adultos, y todos los adultos sufren sin remedio.

Otra de tantas noches volvía a casa en silencio y solo, divagando sobre las películas que acabábamos de ver. Una de ellas, era el especial sobre mi comic favorito, trata de una chica que aparece en la vida del estudiante protagonista, el cual me recordaba a mi mismo. Una chica mágica que promete ayudarle hasta que encuentre a alguien que le ame de verdad. Sería precioso... pero solo era una peli de animación, no una realidad. Cada vez que experimentaba esa obra, ya fuese con el comic o con las películas, me sentía bien, pero el bicho que llevaba dentro anidaba más hondo. Lo notaba pero no me alejé de aquello, no fui a buscar la realidad. Preferí convertirme en un personaje expectante, asumiendo el riesgo de que la chica mágica jamás apareciese. Esa noche aquello me remordía de una forma especial. Después supe el porqué.

Las vías del tren eran el camino menos solitario para llegar a casa; parecía que con lo monótono del trayecto, el tiempo pasase más rápido. Poco después del complejo de edificios que formaban la universidad, se hallaba el lugar donde vivía desde pequeño, el lugar donde mis permisivos padres dormían, confiados de que un chico poco hablador, sobrio y recatado como yo, jamás se metería en problemas o llevaría una mala vida. El edificio que más me divertía ver, era el último, adyacente a la facultad de medicina, un centro para personas con enfermedades mentales. Siempre que mis amigos y yo íbamos hacia casa, bromeábamos acerca de los horrores que podrían encontrase allí dentro. Por supuesto todos sabíamos que aquello era un hospital universitario perfectamente normal, pero la conversación era divertida, y un chico como yo no tiene la oportunidad de reír muy a menudo. Fue precisamente allí donde el mundo tembló, tratando de librarse de mi.

Se trataba de un edificio de cinco plantas con muchas ventanas cuyas cortinas estaban en su mayoría echadas, un edificio blanco de aspecto relativamente moderno. Me giré hacia allí porque oí claramente un grito masculino emergiendo de aquél lugar con una potencia que un ser humano jamás podría alcanzar con sus pulmones. Seguido al grito, momento en el que yo ya estaba parado, escuche aquel sonido, mezcla entre campanilla y voz de mujer, que me recordó a la onda que produce una piedra cuando cae al agua. Después llegó la luz; todas las ventanas del edificio se iluminaron, emanando hacia fuera cegadoramente. Pensé que podría ser una subida de tensión en el hospital, dado que inmediatamente la luz cesó, y todo quedó en silencio.

Algo había cambiado... me sentía distinto, como si no estuviese solo, como un calor... en mi alma. No podía moverme, no quería perder aquella sensación, porque por primera vez en mi vida sentí esperanza, pero no pude sino cerrar los ojos ante el resplandor que surgió una vez más del edificio, aunque esta vez la luz estaba teñida de rojo. La luz formó un globo que parecía sólido, y se extendía. El calor abandonó mi alma cuando me alcanzó. En ese momento vi ríos de sangre y vísceras derramándose por precipicios en cuyo vacío reposaban gigantes sapos que bebían la muerte y emitían un sonido asqueroso parecido a un grito desesperado. Luego vi a decenas de hombres y mujeres aterrorizados corriendo por los blancos pasillos de un hospital, con cuyas tripas se bañaban las paredes cuando una luz los desbordaba y hacía explotar sus cuerpos. Después de desaparecer aquella visión de mi corazón, solo sentí miedo, pero no por mi sino por alguien que se encontraba en la matanza, aunque no supe quien era hasta que apareció. El primer tren de la mañana pasó por detrás mío a toda velocidad, sobresaltándome con el ruido y la vibración de su pasó; me giré por reflejo viéndolo marchar, y cuando volví la vista hacia la universidad, tratando de buscar algo de cordura en todo aquello; vi a aquella chica joven de largo y castaño pelo, no demasiada estatura, mirada ingenua y miedosa. Estaba asustada,  a unos pocos metros de mí, vestida con unas ropas sedosas que parecían sacadas de un comic de fantasía. Se tambaleaba y tendía la mano hacia mí como buscando que la ayudase. Me quedé petrificado porque jamás había hecho algo así, porque jamás en menos de un minuto había sentido tanto como en aquel momento. Parecía necesitarme, parecía llamarme como si me buscase, y yo no podía hacer nada. Dijo mi nombre, y también me pidió ayuda  tal como su cuerpo parecía cortarse con unos invisibles cables, que la ataban desde varias direcciones. Perdí la consciencia, y lo último que oí de aquel ángel fue su nombre: Panur.

Abrí los ojos unas horas más tarde, ya amanecido, ayudado por el conductor de un tren que había parado al ver mi cuerpo tendido en mitad de la nada. Le pregunté por la chica, pero me dijo que estaba allí solo. Me permitió que subiese al tren sin pagar y bajase cerca de mi casa. Mientras me alejaba de la zona, solo podía pensar en Panur, en su preciosa cara, en su voz desamparada al pedirme ayuda. Creo que yo siempre había estado enamorado de Panur, pero ese día me di cuenta de que ya no podría vivir sin ella.

Leí el periódico buscando alguna información sobre lo que ocurrió, aunque no encontré nada. Conté a mis padres que estaba enfermo y me desmayé por el camino. Me aseguraron que a partir de entonces siempre volvería a casa en taxi.

Pasaron unas semanas ilusorias, repletas de pensamientos puros y sentimientos hacia la hermosa Panur, que me quiso aunque solo fuese un instante. Soñaba con ella, la deseaba, la necesitaba, pero no por ello se hizo real mi esperanza. De todas formas tenía que estar en algún sitio, no podía ser de otra manera, sería demasiado cruel. Cada día pasaba por al lado del hospital, que ya no tenía encendidas sus luces nunca, y que estuvo rodeado de policías durante un par de semanas. Los informativos seguían sin contar nada sobre aquello. Ante el desesperado vacío del que fui presa, mi subconsciencia se dio cuenta de que no sobreviviría mucho de esa manera, y empezó a soñar. Cada noche me despertaba varias veces con la sensación de que ella estaba allí conmigo, descansando su cabeza sobre mi pecho, con sus largos cabellos corriendo entre mis dedos, llenándome de alivio. Camino de la facultad, mis ojos permanecían abiertos, pero yo estaba ciego, absorto en mis recuerdos. Muchas veces me pareció ver a Panur, sentada, esperando el tren, caminando hacia el centro de la ciudad, o entrando en una clase, pero debía tratarse solo de mi imaginación.

Desde la noche en que todo sucedió, el sol ya no brillaba como antes, y las nubes no tenían el color blanco que solían tener. El cielo se movía, ondulaba, pulsaba, y la pálida forma de un arcoiris extraño se alzaba cada tarde cubriéndolo todo. Nadie parecía darse cuenta de ello, solo yo.

Tras la tercera semana, ya nunca iba a clase. Fingía estar enfermo pero en realidad dormía, no quería estar despierto porque solo podría ver a Panur cuando soñase. Cuando me levantaba a medio día,  entre el dolor de cabeza y de la espalda, trataba de convencer a mi familia de que no ocurría nada malo, de que solo era un constipado más largo de lo normal. Pasaba toda la tarde frente al ordenador, contando a mis conocidos lo que me había ocurrido; tratando de que alguien se diese cuenta de mi sufrimiento, y me trajese a Panur, o me llevase ante ella.

Era 2 de febrero, desperté y sin quitarme el pijama encendí monitor, modem y PC. Mamá entró en la habitación y con una mirada de compasión, que yo no contesté, volvió a sus quehaceres. Cuando abrí el programa de correo electrónico, solo esperaba los impersonales mensajes de las diferentes listas de correo a las que me hallaba suscrito para no sentirme tan solo, para no escuchar solo mis propias palabras. En cambio un correo diferente desfiló ante mis ojos esta vez. Rápidamente intercepté el mensaje sin prestar atención al resto, y observé su remitente. Era un mensaje de alguien llamado I.K., y no tenía asunto. Me sorprendió ver que estaba escrito en inglés. El mensaje decía “He sabido que andas buscando a Panur. No la busques más, ella no existe. Si continuas en tu empeño, Boogiepop te encontrará. Lee este texto que te adjunto, es un ensayo de un viejo amigo que ya falleció. Desiste, o también se te llevarán” Quedé absorto unas horas leyendo una y otra vez el mensaje y el largo texto que me adjuntó. El ensayo había sido escrito por un hombre llamado Seichi Kirima, y hablaba acerca de la sociedad humana. Kirima pensaba que las emociones y pensamientos de gran poder que se producen a la vez en el mismo sitio y tiempo, producen una sobrecarga en el tejido de lo real, y es entonces cuando los fantasmas pueden aparecer. El entorno que cubre esa sobrecarga lo llamaba campo magnético, y lo comparaba a la holografía de un cerebro. Kirima pensaba que el ser humano es incapaz de ser feliz porque el mundo interior y el exterior no son compatibles, y que el campo magnético es el instinto de supervivencia de nuestra raza. Este campo, según el escritor, trata de separar a individuos especiales para que se produzca una evolución, aunque a la vez convierte al resto en alimento espiritual de los anteriores. El campo magnético no es compasivo, ni atento, no se preocupa por quién se encuentra peor que el resto o quién merece ser feliz. Es cruel, como todos los demás. Habían muchas más cosas que no entendí en el texto, pero todo lo que tenía que ver con el campo de fuerzas me atraía sobremanera, aunque no sabía que relación podría tener con Panur. Traté de responder el mensaje preguntando quien era, pero no obtuve respuesta.

Dos noches después, llegó otro correo sin remitente ni asunto. Ni siquiera había un texto, aunque había un archivo, uno en formato de audio. Me pusé los auriculares y escuché aquello. Entre sonidos distorsionados y estática, escuché la voz de Panur. Con voz dulce y en susurros, decía: “Poom Poom voló sostenido por los globos. En el cielo estaba el señor Pájaro. También estaban la señora Chicharra y la señora Mariposa...” Luego una voz masculina profunda aunque joven, dijo “Busca el arcoiris, busca el corazón del campo, allí te espera Panur, y yo también”

Por fin tenía una evidencia de que mi dulce ángel era real. Aquel mensaje no era un sueño, y la voz era tal como yo la recordaba. Sentado delante del monitor, aquel 4 de febrero, dejé de estar cuerdo. Cuando extasiado por la emoción de volver a oírla me acosté de nuevo, soñé. Habían cientos de sapos y amebas, el suelo era un largo prado lleno de hierbas húmedas y flores de primavera. A poca distancia de mi se hallaba Panur, sentada, con un globo de color rojo cogido por un cordel en la mano izquierda. Narraba cuentos a sus amigos los sapos mientras estos eran devorados por las amebas. Parecía tranquila, y cuando se giró su sonrisa fue la de aquella amante que reconoce a su amado entre la multitud. Volví a sentirme feliz. Me acerqué sin miedo de los repulsivos seres que la rodeaban, y ella me dijo “No, todavía no podemos estar juntos. Debes encontrarme dentro de diez días, y entonces podré estar contigo para siempre”. Desperté, recordándolo todo como si hubiese sido real. Encendí la luz y miré el calendario. 14 de febrero... ese día me decía algo... cavilé durante unos minutos hasta encontrar la respuesta, el porqué... San Valentín.

Panur me estaba diciendo algo, un mensaje profundo y verdadero...¡Era yo! ¡Si, yo! ¡Yo era el destinado, el elegido! Yo tendría el amor de Panur ¡para siempre! y esa vida nueva solo podría empezar el día de San Valentín...

Agotado por las emociones, volví a dormir. Al despertar, lo primero que hice fue volver a escuchar el archivo de audio misterioso, queriendo asegurarme de que seguía estando en la realidad. “El arcoiris, el corazón del campo”... dedicaría todo mi tiempo a encontrar ese lugar. Yo estudié la rama de letras en el instituto, y no tenía mucho conocimiento sobre el magnetismo ni de los espectros de luz. Tenía que encontrar una respuesta rápido, porque el tiempo corría muy deprisa. Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo vibraba. Mis movimientos eran ligeros y fuertes, el bicho ya no se movía.

Ese día sí fui a clase, pero no a las aulas. La biblioteca era uno de los sitios que podrían ayudarme a encontrar mi destino. Pasé mañana y tarde enfrascado en libros de ciencia, especulando, apuntando. Los seis días siguientes transcurrieron de la misma forma.

Nunca me había parado a pensar en la sustancia de la realidad, en su estructura. Las palabras de Seichi Kirima me hicieron reflexionar... Átomos, protones, electrones, neutrones. Árboles, piedra, seres humanos... todos estamos hechos de energía fluctuante, cuyo movimiento mantiene nuestra carne unida; la energía nos da la individualidad. Si no existiese esa energía, nuestras partículas se esparcirían en un amasijo informe junto con el resto de la materia; sin el movimiento de los electrones, todo sería uno y a la vez ninguno. En el mundo existen varios tipos de fuerza: el fuego, el movimiento, la radiación... pero lo que daba vida al magnetismo era la electricidad, la repulsión de dos polaridades iguales o atracción de distintas. Dentro de un campo magnético todo está sujeto a las fuerzas, es tocado por ellas incluso cuando no lo nota. Las personas vivimos en campos como la gravedad, pero sin darnos cuenta. De hecho los seres humanos tenemos nuestro propio campo electromagnético que es perceptible los días en que el rozamiento de electrones debido al viento, nos vuelve seres polares, cargados de cierta energía; aun así, seguimos siendo los mismos. ¿Si los seres humanos tenemos nuestro propio campo, porqué no debería tenerlo una ciudad? Comprendí solo ahora muchos pasajes del ensayo de Kirima... cerebro... también es un amasijo de impulsos eléctricos que fluyen a través de una masa de átomos compuestos por más electrones. Nuestros ojos nos permiten ver forma, pero desearía que pudiésemos ver la verdadera composición del mundo, las energías. La ciudad estaba sujeta a un campo magnético, y debido a ello surgió ese extraño arcoiris ondulante. Tendría que haber un lugar donde todo aquello fuese generado. La respuesta era obvia: una central de energía.

Investigué a través de la red donde podría hallarse ese foco de poder. En la carretera que conducía hacia el norte, a diez kilómetros de la ciudad, había una central de enlace para el tendido eléctrico. Sentí que había encontrado lo que buscaba. Mi madre, contenta por la nueva vida que corría a través de su único hijo, ya no se preocupaba. Me sonreía y animaba, fuese lo que fuese que estuviese haciendo. Aquello me hacía sentir mejor. Imaginaba llegar a casa con Panur. La veía sentada junto a mi a la hora de cenar, ayudando a mi madre mientras yo estudiaba, durmiendo placidamente a mi lado todas las noches... Aquella esperanza, aquella mentira, era la mayor felicidad que podría experimentar un ser humano.

Al día siguiente recibí la visita de uno de mis amigos. Era por la tarde. Yo limpiaba la habitación y preparaba todo para la llegada de mi ángel. Obligué a mi visita a quitarse los zapatos para entrar, y le apremié a que no ensuciase nada. Él estaba un poco preocupado. Se sentó y preguntó sobre mi ausencia. Le dije que no debía preocuparse. Pronto iba a volver con mis amigos, esta vez para quedarme, y con alguien más. Dijo que mis palabras eran extrañas, que yo había cambiado, aunque traté de convencerle de lo feliz que era ahora. Finalmente me interrumpió diciéndome que había tenido una conversación siniestra a través de la red; había conocido a alguien con el nombre “Boogiepop”. Esta persona, una mujer, decía que viajaba por el mundo buscando a los que habían crecido, a los que habían cambiado a causa del magnetismo. Cuando los encontraba, les explicaba sus errores, y luego los asesinaba. Hasta ahí nada era extraño: alguien bromista. Lo que de verdad preocupaba a mi amigo era que, antes de despedirse, le preguntó si me conocía. Él preguntó a otras personas acerca de alguien registrado con pseudónimo Boogiepop, y varias de ellas le dijeron que Boogiepop era la muerte, que se llevaba a aquellos que huían, aquellos que no quieren seguir aquí.

Nada de aquello me disuadió de lo que realmente quería hacer, aun sabiendo en lo más profundo, que no merecía la suerte que supuestamente me esperaba, porque no había hecho jamás nada para merecerla. Me deshice de mi amigo de una forma cortés, y seguí con los preparativos para mi encuentro. Los dos días que faltaban fueron largos y tediosos, impacientes, obsesivos. El arcoiris, el campo, Kirima, Panur, Boogiepop... ¿Porqué no me di cuenta? ¿Porqué no diferencié? ¿Porqué fui un cobarde?

El día soñado amanecía. Pasé mucho tiempo en el aseo cuidando cada uno de mis rasgos, y vestí mi cuerpo con lo mejor que había podido conseguir. Nada debía fallar: la ropa galante, el ramo de flores y el pañuelo para limpiar sus lágrimas cuando nos encontrásemos. ¿Y después? ¿Cómo volveríamos? Caminaríamos juntos durante las dos siguientes horas hablando sobre nosotros y sobre nuestros proyectos para la vida en común que comenzaba. La luz de la luna iluminaría débilmente nuestro paso y los grillos interpretarían una dulce y preciosa melodía mientras volvíamos al mundo real.

Esperé impaciente hasta la tarde, y tal como el arcoiris se alzó vibrante en medio del ocaso carmesí, partí en busca del futuro. El tiempo ya no transcurría. Yo era un ser atemporal. Nada podía detenerme. Caminé y caminé durante una hora y media si correr demasiado para que el sudor no estropease mi cita. Me preguntaba cómo iba a vestir ella. Tal vez llevaría la misma ropa que en nuestro primer encuentro... Quién sabía.

Llegué hasta el mismo centro del arcoiris, allí donde la ondulación era más fuerte. Estaba frente al enorme conglomerado de hierros y cables entrelazados. Solo se podía escuchar el siseo chisporroteante de la electricidad. La puerta era una carretera que conducía hasta el aparcamiento a quince metros de la entrada. Había una barrera, pero no había guarda. Tenía que ser así. Era mi primera cita y no podía ocurrir nada malo. Entré en las instalaciones sin darme cuenta de que el arcoiris moldeaba mi propia imagen, y de que estaba caminando entre los cadáveres marchitos de los técnicos y vigilantes, muertos hacía días. No me dirigí hacia el edificio, sino hacia donde el zumbido era más intenso, hacia la maquinaria. Andaba entre toneladas de cable cuyas chispas podían matarme. Un roce, y mi cuerpo hubiese quedado calcinado. Me pregunté donde se hallaba Panur. Tal como me lo preguntaba, una voz me respondió. Era un hombre, el mismo que escuché en el correo electrónico anónimo. Dijo – Ella no se encuentra aquí. Le dije que tenía hambre y salió a buscar comida. Por fortuna el alimento ha venido por su propio pié. Tengo demasiada hambre - Yo me giré hacia donde se encontraba aquel hombre, y me extrañé al ver a un joven de unos diecisiete años con el pelo corto y marrón, vestido de negro con uniforme colegial y de pie subido sobre uno de los condensadores. – Soy Manticore – dijo mientras con un salto ingrávido caía a mi lado – y ahora te comeré -. De su boca inhumanamente abierta aparecieron unos hilos vegetales en cuyos extremos bocas dentadas se lanzaban hacía mi cabeza. Me aparté y salí corriendo. Ahora veía los cadáveres esqueléticos de los trabajadores de aquella instalación. Manticore los había devorado a todos por dentro. Entré en el edificio central huyendo del monstruo que me perseguía. Abrí puertas, crucé pasillos y habitaciones buscando con desesperación algo de ayuda. Allí encontré mi fin, aunque es mejor que sucediese así ya que de otra forma nunca hubiese sabido lo que estaba ocurriendo.

Era una habitación grande, semanas antes utilizada para controlar los voltajes y las conducciones de toda una ciudad. Las paredes y techos estaban recubiertas por una telaraña pegajosa. De la parte superior colgaban numerosos capullos de seda, que envolvían los cadáveres de casi una decena de chicos. Parecía que todos tenían aproximadamente mi edad. – No te preocupes, te voy a quitar el bicho. Voy a comérmelo – gritó la voz de Manticore detrás mío. Corrí tropezando en el légamo hasta la pared opuesta. La sombra del engendro se recortaba frente a la luz que venía del pasillo. Súbitamente la luz palideció con la llegada de otra persona. Era una chica de unos 15 años, ataviada con un manto negro, un gorro alto de terciopelo, y unas bandas con triángulos negros y blancos que surgían de su espalda y convergían en el pecho. Su mirada era confiada y siniestra. Habló – Manticore, tu hambre esconde el deseo de erradicar a tu propio monstruo. Tu eres una araña, y es la destrucción de ti mismo lo que buscas. Estoy aquí para eso – Manticore se giró y retrocedió en la dirección opuesta, asustado. Ella siguió hablando – Estás incompleto; no tienes corazón y eres incapaz de amar. Quieres devorar el afecto para sentirte pleno, aunque nunca lo estarás – La chica realizó un gesto enérgico abriéndose la túnica y emergiendo de ella su brazo junto a un cable luminoso que alcanzó a Manticore, desintegrándose éste en el acto, con expresión de pánico en su mirada.

La sala quedó en silencio. Ella avanzó hacia mi. Yo estaba de espaldas a la pared queriendo agarrarme a algo que no había. Se paró a unos metros mío, y habló de nuevo – El magnetismo aquí es demasiado fuerte. Él no ha desaparecido, pero tampoco volverá aquí. Lamento mucho que te haya engañado, creí que matando a Panur la olvidarías. Ya no puedes seguir con tu vida, estás infectado por su amor, como el resto de los chicos que fueron atraídos. Manticore te quería porque evolucionaste al ver la explosión, porque tenías el poder de tu propia fantasía. El no ha podido devorarte, pero tampoco puedo permitir que sigas vivo con ese poder. El ser humano es feliz solo cuando lucha por serlo. Si te detienes, la felicidad jamás llegará por si misma. La palabra te ha engañado. Felicidad no es algo o alguien; ser feliz es la única manera de nombrar lo que de verdad deseabas- Tras esas palabras, alzó su capa, y pude ver el vacío en ella. Un sin fin de constelaciones y nebulosas se ocultaban tras el manto que ahora me envolvía.

Ahora ya no tengo cuerpo. Soy parte del campo magnético de esta ciudad. Si has recibido esta historia es porque aprendí los poderes de Manticore y, hasta que la energía desaparezca, puedo introducirme en el tren, el teléfono, los ordenadores... Tú también estás buscando a Panur, ese es el verdadero motivo por el cual te cuento mi historia. Olvídala, ella es un error. Panur ha sido creada por las películas y los comics para aliviar tu dolor y apaciguar la araña que llevas dentro, pero no existe, y si la encontrases, no sería exactamente lo que tu querías. El mundo está lleno de personas a las que amar... dales la oportunidad que yo no concedí. Amar a Panur es malo, pero no peligroso. Solo cuando sueñes con ella correrás el verdadero peligro, porque entonces, solo entonces, Boogiepop vendrá también a por ti.