El día del fin del mundo

 

El cristal no está muy limpio. No puedo ver bien a través de el. Se que mas hacia delante hay unas gárgolas enormes que cada tarde me miran, escuchan lo que pienso, lo que siento. Hacia el fondo del cuadro, donde solo chisporrotean unas anaranjadas luces redondas, sombras enormes, titánicas, demarcan los edificios, y bajo ellos cientos de hormiguitas rojas, blancas y amarillas circulan hacia el horizonte, queriendo salir de la estampa. No, no se puede salir. Sigo alumbrado por las luces de neón, confinado por cuatro paredes y unas mesas que no dejan escapar tu respiración. Otras personas bajan la cabeza o se miran las unas a las otras, e incluso me parece que alguien está hablando al final, donde se abre el vacío, donde ese punto negro en la pared me recuerda que no puedo salir.

            Me oigo constantemente, y aunque grite seguiré oyéndome. Algunos recuerdos dicen que avance, y otros que retroceda, pero bajo ningún precepto mi voz será mayor que ese siseo, persistente, frío, turbador, horrible.

            Pero la vida no empezó aquí, en medio de la nada. Hace tiempo mi cuerpo habitaba, junto a otros, el mundo de las personas. Luego escapó y dejó a su sombra aquí. Aterrador. Era un cuerpo que caminaba, y de vez en cuando sonreía; a veces lloraba, y otras veces simplemente dormía. Mi cuerpo se dio cuenta de que le faltaba algo, de que al ponerse contra el sol, un halo de luz atravesaba su cuerpo y se dibujaba en su sombra. De hecho se dio cuenta de que su ser imperfecto solo estaba completo hasta la mitad. Le faltaba un brazo, una pierna, medio tronco, los oídos y los ojos. Decidió encontrar los objetos nunca encontrados que creía le podrían servir de algo, quizá para no sentirse medio vacío. No hubo suerte durante cierto tiempo, y eso que visitó muchas oficinas de objetos perdidos, pero solo era cuestión de tiempo presentarse en el lugar y a la hora donde alguien le traería lo que le faltaba, ya que no es fácil buscar para alguien sordo y ciego. La noche llegó, en que fue a coincidir, en que el mágico pie de la cenicienta encontraba su zapato, en que mi cuerpo fue feliz... Por supuesto siempre encontró aristas, pliegues que finalmente derrumbaban lo que por naturaleza no tenía que estar unido, aunque hubo otros intentos. Todo fracasos. Después, se fue, y nunca volví a saber de él.

            Si, sigo aquí, atrapado, bloqueado, en silencio... A veces me da por pensar, en lo que hubiese pasado si no se hubiera ido, si hubiese esperado un poco más. Pero no lo hizo, y dejó su sombra, su espectro, una imagen que vagamente recuerda a quien yo era antes, un fracaso. Las sombras aman la ira, porque arden y al hacerlo recuerdan que una vez hubo paz. Pero también se aman a si mismas, aman el vacío. Están enamoradas de si mismas por lo lánguido y ligero de sus contornos, por su pureza y su arte, y sobre todo por la melancolía que las anima a seguir danzando en un compás incesante hasta que la luz se apaga y son obligadas a desparecer.

            No, una sombra es solo eso, una figura negra. Es alguien privado de identidad y ser físico. No se puede ver una sombra, sino su proyección. Así me he sentido durante ya cierto tiempo: ignorado. ¿Porqué soy rechazado? ¿Es que nadie puede amar a un fantasma? ¿Porqué nadie puede verme? Lo que soy es un resultado directo de lo que hice, de cómo me comporté, de mis decisiones, de mis actitudes. Ir por las callejuelas, en vez de por la calle principal tiene unas consecuencias insospechadas, de las que nadie te advierte cuando eres joven. Solo antes del final te das cuenta de que ya no puedes salir de una cárcel que tú mismo has construido. Solo la visión del borde, donde acaba el mundo, te recuerda que la pureza de espíritu no era sino una exaltación fingida por un adolescente rabioso, que quería ser más que nadie, diferente de los demás, y ese era el error, la corriente no era la trampa, sino uno mismo. Cuántas veces me pregunté si cambiar de bando, dejar de sentir y soñar para en vez de eso estar completo, y ser querido. Si hubiese sabido que podría encontrar cierta armonía dentro de la muchedumbre, habría elegido unirme a los malos, y dejarme llevar.

            Nunca ha ido del todo bien, pero supe esperar, no sabía que el tiempo avanzaría tan lentamente. Era como escuchar, aunque sin oídos, el ir y venir de un péndulo que pasaba menos tiempo en mi lado que en el oscuro, por ilógico que esto pueda parecer. Ha habido días realmente siniestros, terribles, llenos de dolor, aunque hubo también días en los que parecía que la estrella más grande de todas me regalase su único brillo, a mi, el ser más feliz de la Tierra, por desgracia esos días, no puedo recordarlos.

            No se en que momento recordar se convirtió en la frustración que hoy en día representa. Recuerdo las mentiras, el dolor, la belleza intocable, la futilidad. Mis dientes se han pasado media vida mordiendo mis labios, siempre fue verdadera impotencia, ya que veías pasar el tren pero no podías subir a él, y cada ve que alguien tendía su mano, la apartaba tras ver quién eras. –El tren ya se va- Me giro sobresaltado, aunque nadie se da cuenta de que lo estoy haciendo. Hay una extraña mujer sentada a mi lado, vestida de oscuro con una larga toga, y una belleza como nunca conocí. –Si, se va y ahora que lo has perdido de vista, debes venir conmigo- Nadie se da cuenta de que ella está hablando, de hecho nadie se da cuenta de que existo, y por eso no se girarán delatando a mi raptora, protegiéndome con sus miradas del peligro ¡Nadie me puede ayudar!

-              Vamos, no tengas miedo, sabías que vendría, porque llevas llamándome años, y me deseas como no deseaste a ninguna mujer en eso que dignas en llamar vida, aunque yo más bien creo, que ha sido una existencia patética

-              Tienes razón, aunque no me lo recuerdes, no me quiero llevar malos recuerdos de mis últimos momentos vivo

-              A donde tu vas no existen los recuerdos. No existe nada-

-              Eso supongo que me vendrá bien, descansar... ¿dónde está tu guadaña? No la veo

-              No la necesito, ya que es usada para separar las almas de sus caparazones, pero tu no tienes cuerpo, solo debes tomar mi mano y cerrar los ojos-

-              Así termina todo. Antes de irnos, dime ¿eres real?

-              Por supuesto que no, es tu mente la que me anima, soy una ficción que has creado para olvidar, porque pudiste elegir entre asirte a tus recuerdos, o seguir adelante hacia lo inesperado, pero sentiste miedo y simplemente quisiste dejar de sufrir. Lamento traerte amargura, pero es la única recompensa que merecen los necios como tú, que arruinaron su vida creyendo que su vida, simplemente, era así. Tú mismo has acabado con tu vida. Nadie te llevará en una barca por el lado de los muertos, ni sufrirás por mas de mil años, simplemente es la hora en la que despareces.

-              Ni siquiera tengo ganas de regresar. Llévame.

-              Vamos

La tarde avanzaba oscura , las luces de neón, inalterables, brillan sobre aquellos que todavía viven. Mientras, yo muero, de tristeza, de enfermedad, o quizá porque si. Mi cabeza cae sobre el pupitre y mis ojos se cierran, el lápiz cae al suelo y solo en este momento todas esas personas delante mío se giran ante el estrépito. ¿Ahora os dais cuenta de que existo? ¿Porqué has vuelto, oh cuerpo, cuando ya no eras necesario? Viniste a morir conmigo, o tal vez siempre estuviste ahí, pero yo no te podía ver. La sombra eclipsó a la persona, jamás lo habría imaginado.

El mundo se acaba, lo oigo, es el fin.

 

 

Vuelve a Blues

Actualizado: lunes, 17 de junio de 2002
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