EL CARGAMENTO MALDITO

Por Kenneth Robeson
(Emile Tepperman)

La voz de una niña apelará a El Vengador,
y le pondrá sobre la letal pista del

CARGAMENTO MALDITO
Por Kenneth Robeson

CAPITULO I.
¡NO LLAME A LA POLICIA!


 
  Smitty se hallaba fuera, en Washington, cuando se recibió la llamada telefónica en Justicia S.A., y los otros miembros del grupo del Vengador se hallaban destinados en distintas partes del mundo, de modo que tan sólo el mismo Benson, y Nellie Gray, estaban a mano. La voz al otro lado de la línea era la de una niña. Benson, mientras respondía la llamada, calculó que no debía tener más de nueve o diez años. Hablaba con un acento escandinavo, mezclado con la educada dicción de un buen colegio privado británico.
 -Por favor, señor, ¿Es usted el señor Benson?- dijo la cría, ansiosamente. Parecía muy preocupada y puede que hasta asustada.
 -Si, mi niña,- respondió Richard Benson cariñosamente.
 -Señor, ¿Usted es al que llaman El Vengador?
 -Si. 
  -Entonces todo se ha arreglado. Mamá estaba preocupada, y tenía miedo de que no pudiera dar con usted. Temía que yo no supiera usar el teléfono Norteamericano. Por favor, Señor Vengador, ¿Nos ayudará a mi mamá y a mi?
 -Por supuesto...

 Se escuchó un tono de súbito alivio en aquella voz tan perdida y aniñada. 

 -Entonces venga al momento al Hotel Suydenville. Mamá tiene miedo de que ellos la maten... y también a mi. Por favor, hágase pasar por el señor Foster, y pregunte en recepción si hay recados para usted. Mamá ha salido, pero no se atreve a llamarle ella misma, por miedo a que la hayan seguido. Ahora debo colgar, porque creo que esos hombres se acercan otra vez. Les oigo en el vestíbulo.- La voz de la niña sonó más intranquila. -¡Adios por ahora, y que Dios le bendiga por ayudarnos!
 Hubo un click y la conexión se interrumpió.

 Richard Benson se levantó de un salto y miró a Nellie Gray. Nellie estaba apagando la grabadora automática, que había puesto en marcha a señal suya; había grabado toda la conversación, algo que siempe se hacía en Justicia S.A., cuando cualquier llamada se apartaba de la rutina.
 -¿Qué opinas del asunto, Nellie?- Preguntó Benson.
 Nellie Gray, ágil y diminuta, era tan valiente y eficiente como cualquiera de los ayudantes masculinos del Vengador.
 -¡Por supuesto, podría ser una trampa, Dick!- dijo pensativamente. -Tus enemigos no dudarían en emplear a una niña para tenderte una trampa mortal.
 Benson se encogió de hombros, y se puso el abrigo y el sombrero.
 Mientras le observaba, Nellie sonrió.
 -Evidentemente, vas a ir ¿No?
 -Naturalmente. Me resulta difícil creer que hayan podido coaccionar a una cría para que monte semejante representación por teléfono.
 -Asegúrate de llamar regularmente, Dick,- dijo la joven.
 Bensón asintió con la cabeza y salió al exterior.

 Diez minutos después, salió de un taxi, frente al Hotel Suydenville, en la calle quince Este, no muy lejos del puente de Queensboro. Era un lugar pulcro y pequeño, aunque bastante antiguo, ocupado en aquellos tiempos, casi exclusivamente, por una clientela de refugiados de los paises escandinavos.
 Benson entró, y miró rápidamente a su alrededor. Había dos o tres grupos de gente sentada en el vestíbulo, todos ellos hablando con vehemencia, sin duda sobre el desarrollo de la guerra. Nadie pareció dedicarle una especial atención, mientras se acercaba al mostrador; el recepcionista le miró y asintió, y Benson dijo:
 -Diculpe, ¿Ha dejado alguien algún mensaje para el señor Foster?
 -¿Foster?- repitió el recepcionista. -Lo siento, señor, pero no han dejado ningún mensaje a ese nombre.
 Benson frunció el ceño. Le dio las gracias al encargado y se dio media vuelta. Uno de los teléfonos de las cabinas que había al otro lado del vestíbulo, estaba sonando, y un botones lo respondió. El muchacho salió de la cabina y llamó:
  -¡Llamada telefónica para el señor Foster!
 -Estoy aquí,- dijo Benson. Entregó una moneda al muchacho y entró en la cabina telefónica, cerrando la puerta detrás suyo. Agarró el auricular.
 -¿Preguntan por el señor Foster?- inquirió.
 La voz del otro lado de la línea era la de una mujer, débil, amortiguada, y teñida de una nota de histeria.
 -¡Gracias a Dios! Tenía miedo de que no viniera. ¡Me preocupaba que Hilda no fuera capaz de dar con usted!
 -¿Usted es la madre de Hilda?- Preguntó Benson.
 -Si, si. Por favor... cada segundo es vital. Sólo para asegurarme de que es usted el hombre en cuestión, ¿Cual es su verdadero nombre?
 -Soy Richard Benson.
 -¡El Vengador!
 -Si.
 -¡Debe ayudarme, señor Benson! ¡Debe ayudarme a salvar a Hilda! No me preocupa mi propia suerte, pues me están siguiendo... pero tenía que telefonear ahora, o si no, ya habría sido demasiado tarde. Escuche atentamente. Exactamente a las nueve y media, uno de esos hombres estará al comienzo de la calle Edge, en la intersección con Marabout Creek. A partir de allí, será guiado por una luz intermitente. Pero ya lo he arreglado para que ese hombre no acuda a la cita. En su lugar, estará usted. Es el único modo de hacerlo. Pero vaya armado y tenga cuidado de que no le claven un cuchillo en la espalda, pues se traicionan entre sí, sin ningún tipo de reparo...
 -Espere un minuto,- dijo Benson. -¿Le importaría decirme de qué está usted hablando? ¿Por qué habría de acudir al comienzo de la calle Edge?
 -¿No se lo dijo Hilda?
 -No. Sólo me dijo que viniera aquí, al Hotel Suydenville.
 -Entonces debieron interrumpirla. Oh, Dios todopoderoso, espero que no la hayan hecho saño alguno...
 -Mire usted, señora. Sea quién sea, si su hija está en peligro... ¡Creo que debería llamar a la policía!
 Hubo un sonido de aboluto terror al otro lado de la línea.
 -Le pido a usted, en nombre de todo lo que ame, que no meta en esto a la policía. Usted es El Vengador, el hombre que ayuda a aquellos que se encuentran en apuros terribles, y que no tienen esperanza, y ninguna posibilidad de escape. Si eso es así, ¡Entonces le ruego que me ayude ahora, y que no le diga ni una palabra de esto a la policía!
 -Lo lamento, señora. Me pide usted demasiado.
 -Entonces... ¿No me ayudará?
 -No, a menos que se explique...
 -Que Dios me ayude, ahora no puedo explicáselo. Cada minuto que pasa es como una gota de sangre que cae de las venas de mi Hilda. Si regresa usted esta medianoche al Hotel Suydenville, se lo explicaré todo, le diré todo lo que desea saber. Pero ahora...
 De repente, su voz se quebró en un agónico quejido, y sonó un gran estruendo al otro lado de la línea. Entonces, todo quedó, por el momento, en silencio.
 Benson se tensó... su mano agarraba con fuerza el auricular.
 -¿Hola...?
 Fue interrumpido por el click, provocado por alguien que, cuidadosamente, había colgado el receptor al otro lado de la línea.

 Benson levantó la mano para cortar la llamada actual e iniciar una nueva... Llamaría a la policía... pero se refrenó, recordando el apasionado ruego de la mujer sobre la confidencialidad del caso. Lentamente, colgó el auricular, y salió de la cabina.
 Ninguna de las personas del vestíbulo pareció mostrar más interés en él, que el que habían mostrado a su llegada. Benson salió a la calle, encontró un taxi y le dijo al conductor que cruzara el puente hasta Queens, en dirección a Marabout Creek. Era todo cuanto podía hacer... cumplir con la petición de la mujer.

 Trece minutos después de las nueve, se bajó del taxi a una manzana de la calle Edge, y paseó el resto del camino, por el poco poblado y debilmente iluminado barrio, que se hallaba en un extremo de Queens, en un lugar olvidado de Dios. Casi había alcanzado la calle Edge, cuando vislumbró un pequeña luz parpadeante, a unas cien yardas de distancia, cerca de la orilla del sucio y maloliente Canal de Marabout Creek. Sonrió torvamente en la oscuridad. Por lo visto, los arreglos realizados por la mujer desconocida, funcionaban con la precisión de un cronómetro. Se encogió de hombros, y se dirigió hacia aquella luz que parecía desplazarse, hacia la cita a ciegas que había sido dispuesta para él, en aquel oscuro y desamparado margen de Marabout Creek.
 


CAPITULO II.
EL HOMBRE TATUADO.

 Allí no había residencias ni fábricas; tan sólo unos cuantos almacenes, abandonados hace mucho tiempo, desangelados, y llenos de desperfectos. Hubo una época en la que el Canal fue un importante punto de paso para los enromes contenedores de carga que cruzaban el East River; pero el canal se había secado considerablemente con el paso de los años; y con el desarrollo del ferrocarril y el tráfico pesado, quedó completamente abandonado, excepto para los gatos callejeros, cuyos ojos brillaban como dos gemelos de ópalo en la oscuridad, y para las gordas ratas de agua, que se movían descaradamente junto a los pies de Benson, mientras éste caminaba, siguiendo la parpadeante luz que le guiaba, y de la cual nada sabía.
 De repente, la luz dejó de moverse.
 Quien quiera que fuera el que llevaba la linterna, había dejado de caminar. La figura de aquella persona... ya fuera la de la mujer que había telefoneado, o la de cualquier otro... resultaba completamente invisible en la oscuridad.
 Cuando la luz que le guiaba se detuvo, Benson se detuvo también. La luz parpadeó tres veces rápidamente, y luego se extinguió. Benson esperó, atento, a que se produjeran más señales; pero no hubo ninguna.

 Tras unos instantes, se movió en dirección al lugar en el que había desaparecido la luz. Calculó que se hallaría a unos doscientos pasos de distancia, y cuando alcanzó aquel lugar, se detuvo, y miró a su alrededor en la oscuridad.
 En aquel punto, el canal se ensanchaba de alguna manera, y las sucias aguas parecían ser más profundas, pues les faltaba poco para vaciarse en el río. Eran lo bastante profundas como para acomodar a un barquito pequeño; y, con bastante seguridad, los ojos de Benson distinguieron la silueta de una pequeña embarcación con cabina, flotando amarrada al endeble embarcadero. Se asomó por el borde y la estudió. La lancha estaba asegurada por un único cabo, descuidadamente anudado a una estaca de la orilla. Se encontraba tan cerca del embarcadero, que uno podría saltar a bordo sin problema alguno.

 Benson frunció el ceño. Extrajo de su gabán una pequeña linterna y proyectó su haz, por unos instantes, por el contorno de la embarcación. Ahora veía que no se trataba de ningún yate, sino de una lancha de transporte, de un tipo poco habitual, equipada con un pequeño camarote. Sobre la quilla se veía, pintado, el nombre de su barco: S. S. Brunhilda, Copenhagen.
 No había luz a bordo, ni signo de vida o movimiento. Parecía estar absolutamente desierta. Pese a ello, era el único lugar al que podía haber ido la persona que llevaba el farol. No había ningún otro lugar en los alrededores, en el que poder esconderse.

 Podría ser que fuera una trampa; podría ser que la misteriosa llamada telefónica fuera un bien calculado anzuelo para conducir a Richard Benson a una muerte segura. Eran muchos los que odiaban al Vengador con un odio salvaje y profundo, que sólo podría calmarse con su muerte; pues el nombre del Vengador era un tabú entre la gentuza de los bajos fondos. Y aquellos que le temían y le odiaban, se inclinarían más a intentar clavarle un cuchillo por la espalda, en la oscuridad, antes que a enfrentarse a él cara a cara.
 Benson sonrió torvamente y descendió por el embarcadero en dirección a la cubierta de la lancha, enfocando la linterna ante sí. Se inclinó ante la puerta del camarote bajo y giró el picaporte. No estaba cerrado con pestillo, y se abrió. Enfocó el haz de luz hacia el interior, y contuvo la respiración al ver lo que había dentro.

 Un hombre yacía muerto en el suelo, en el espacio libre que quedaba entre los dos asientos longitudinales. Yacía boca arriba, con los brazos extendidos. Se hallaba desnudo hasta la cintura. Su rostro, y su velludo torso se hallaban cubiertos de sangre, y le habían rajado la garganta de parte a parte.
 Durante sesenta segundos, Benson permaneció inmóvil y en silencio, escuchando los sonidos de la noche. Pero no pudo oir nada. Fuera quién fuera el que le había guiado aquella noche, como un faro a un barco, o se había ido, o bien se hallaba escondido en las cercanías.
 La mirada de Benson se posó en el desvencijado camarote. Al fondo había un pequeño cuarto de baño, y en frente una portezuela de latón. Ambas estaban abiertas de par en par. Había una gran cantidad de ropa y de papeles, dispersos por el suelo, evidenciando una apresurada búsqueda. Pero no había rastro alguno del arma empleada por el asesino.
 El Vengador caminó hasta el ensangrentado cadáver que se hallaba tendido en el camarote. Aquel hombre llevaba muerto alrededor de una hora, al menos, por lo que pudo juzgar a primera vista. Debía de haber sido un marinero veterano, pues llevaba en el pecho un tatuaje de intrincado diseño, realizado en tres colores, increiblemente nítido y brillante.
 Resaltaba de un modo increible, entre el espeso vello negro. Ilustraba el hundimiento de un submarino con la proa sumergida, mostrando la popa elevada sobre el agua. Había sido realizado prestando una gran atención al detalle; presentaba, entre otras cosas, a un hombre con mostacho negro y peinado con la raya en la zona central, saltando al agua desde la torreta del sumergible; y se distinguía también el número del submarino, escrito en el casco... U-777.
 Los rasgos del hombre resultaban claramente distinguibles. El tatuador debía de haber sido un artista de gran talento, pues el rostro de aquel hombre que saltaba estaba realizado con tanta precisión y sentimiento que uno podía haber pensado que estaba contemplando el rostro del mismísimo diablo. La cara era alargada, los labios delgados y despiadados, y sus rasgos estaban contraidos en una mueca de tal odio y cruel maldad que uno no podía ni imaginar que pudiera existir alguien así sobre la tierra.

 Debido a su vasta experiencia con el crimen y las fuerzas del mal, Richard Benson se estremeció ante la visión de aquel rostro diabólico, que tanta depravación emanaba, desde el pecho del marinero muerto. No conseguía comprender por qué aquel hombre asesinado, que yacía allí tendido, con la garganta abierta, podría haber permitido que se le tatuara en el pecho una escena tan macabra. ¿Qué oscura y enigmática razón le había impelido a permitir al tatuador el grabar indeleblemente sobre su carne las escena de aquel discípulo del diablo saltando desde la torreta de un submarino a punto de hundirse?
 En la esquina inferior derecha del tatuaje, justo por encima de la última costilla del cadáver, aparecía una diminuta, casi inapreciable firma, como si el artista hubiera estado deseoso de registrar para la posteridad la autoría de su satánica creación. Inclinándose más cerca del cuerpo inerte, y enfocando la luz de su linterna, Benson leyó la firma.

 Miguel Fatuma.

 Fue en ese preciso momento cuando escuchó cautelosas pisadas de zapatos sobre la cubierta exterior al camarote.
 


CAPITULO III.
LA BOMBA DE TIEMPO.

 Rápidamente, Benson apagó la linterna, sumiendo el camarote en la más asoluta oscuridad. Al mismo tiempo se desplazó de su posición, situándose más allá del cadáver, al otro lado del habitáculo.
 Actuó en el momento justo, pues, justo en aquel instante, algo penetró volando por la puerta del camarote y se clavó en la pared más alejada con un sonido apagado. No pudo ver de qué se trataba, evidentemente, pero sabía que debía de ser un cuchillo, y que antes de ser lanzado, apuntaba al lugar en el que había él permanecido hasta hacía unos pocos segundos. El arma había fallado su objetivo, tan sólo porque Benson había actuado con la instintiva rapidez de un hombre de acción, para quién el peligro no es más que un conocido habitual.
 En el exterior, en la oscuridad de la cubierta, alguien emitió un breve y cortante improperio. Luego... el más absoluto silencio.
 En un momento, Benson tenía su automática en la mano. Permanecía tenso, de puntillas, dispuesto a disparar en cuanto percibiera el más ligero sonido. Sabía que debía librarse un duelo a muerte en la oscuridad, pero el asesino desconocido que había en el exterior tenía ventaja, pues podía quedarse esperando hasta que Benson cruzara el umbral.
 El Vengador adelantó un pie, y dió un paso en dirección a la puerta. La suela de su zapato resbaló en un charco de sangre y se vió obligado a adelantar una mano para agarrarse al costado del camarote. Su pie volvió a asentarse firme y sonoramente sobre el suelo, y, en la cubierta exterior, un arma disparó tres veces en rápida sucesión. El asesino había decidido cambiar el cuchillo por las armas de fuego. Evidentemente, consideraba más importante eliminar a Richard Benson que mantener el silencio.
 Benson se arrojó al suelo, al lado del cadáver, mientras las balas se estampaban contra la pared, muy cerca de su cabeza. Al momento, localizó las llamaradas naranja procedentes del arma. Con gran frialdad, levantó el cañón de su automática y apretó el gatillo. El atronador estampido de su arma se mezcló con el sonido de la que empuñaba el asesino, mientras disparaba cinco tiros, justo a la derecha de donde había visto los destellos color naranja. El silencio de la noche quedó roto por el mortífero retumbar de las armas de fuego.

 El otro hombre, disparó tres veces más; luego, dejaron de percibirse más destellos anaranjados, y la oscuridad de la noche volvió a cubrir la escena con su negro manto. Benson no tenía modo de saber si había acertado o no a su enemigo. Pese a ello, saltó hacia adelante, precipitándose en la cubierta tras cruzar la puerta. Colisionó con un cuerpo en la oscuridad, y al momento siguiente, se hallaba forcejeando con un poderoso antagonista, en una batalla despiadada y silenciosa, en la que no podía darse ni pedirse cuartel.
 Una enorme mano de recios huesos agarró su muñeca derecha en una férrea presa, intentando hacer girar hacia arriba el cañón de la automática, mientras que la otra mano, usando la pistola como una porra, descendía sobre su cabeza. Pero Benson, bien entrenado en las artes de las peleas sucias, notó las intenciones de su enemigo y se apartó bruscamente. La culata del arma descendió sobre su hombro sin causar daño, y su invisible asaltante gruñó malhumorado, manteniendo implacablemente su presa sobre la muñeca con la que Benson sujetaba el arma.
 El Vengador lanzó un fuerte gancho hacia arriba, y sus nudillos se estrellaron contra una mandíbula, provocando otro gruñido. Pero el asesino desconocido parecía tener la mandíbula de hierro. Avanzó extendiendo los brazos alrededor del cuerpo de Benson, intentando cortar su respiración en un terrible abrazo de oso, al mismo tiempo que retorcía hasta su espalda la mano y el brazo que sostenían el arma. El Vengador contraatacó con una llave de judo que había aprendido en Oriente, años atrás. Hizo descender su cuerpo, flexionando las rodillas, y arqueó la espalda hacia atrás. Como resultado, cayó de espaldas al suelo de la cubierta, con el asesino encima suyo. Instintivamente, el enemigo le soltó, para extender las manos y frenar la caída.
 Benson cayó rodando por la cubierta, y golpeó con el hombro, el brazo de su antagonista. El hombre se derrumbó encima suyo, y Benson, ya afianzado con las manos y los pies, agarró el brazo del enemigo por encima de su hombro, y se puso en pie de un salto. Lanzó al hombre volando a través del aire, con los tobillos en lo alto, y se escuchó un terrible chillido procedente del tipo aquel, mientras se veía catapultado por encima de la borda hasta las oscuras y heladas aguas del exterior.
 Sólo entonces fue Richard Benson consciente de la presencia de otra embarcación en el canal. Era una motora, y se las había arreglado para acercarse hasta unos tres metros de distancia sin hacer el menor ruido, seguramente porque no habían utilizado el motor. En lugar de eso, se veía a cuatro remeros, dos a cada lado, mientras un quinto hombre se encargaba del timón.
 Justo en el momento en que Benson vislumbró el barco, la potente luz de un foco le iluminó, cegándole; su haz paseó por un momento por el rostro del hombre al timón, iluminándole con claridad. Y entonces Benson se quedó profundamente asombrado, ¡pues aquel rostro era el original del que estaba tatuado en el pecho del marinero asesinado! ¡Aquel hombre era el mismo cuya cruel cara aparecía pintada, saltando del submarino número U-777!
 Pero Benson tuvo sólo un instante para darse cuenta de aquel hecho. Pues el haz del foco se posó en el agua, donde el asesino de recios huesos chapoteaba, nadando trabajosamente.
 El hombre al timón, aquel ser de rostro cruel, emitió una rápida y cortante orden, y los remeros bogaron con fuerza mientras él hacía girar la embarcación hacia el hombre que nadaba. Sujetó el timón con una mano, y con la otra, lanzó un cabo, que el sumergido asesino agarró.
 Inmediatamente, el hombre del timón gritó otra orden; en respuesta a ella, los demás hombres dejaron sus remos. Uno saltó en dirección al motor, tiró de la cuerda y el motor se puso en marcha. Dos de los remeros se apresuraron a subir por la borda al asesino, y el cuarto se puso en pie con una ametralladora en la mano. Acto seguido, descargó una rápida ráfaga de balas, barriendo la cubierta en la que se hallaba Richard Benson.
 Pero Benson, nada más ver la ametralladora, había sabido lo que tenía que hacer. Saltó por encima de la borda de la embarcación, aterrizando en el embarcadero y echándose al suelo boca abajo, para que aquella luvia letal pasara por encima suyo. En algún momento, durante la lucha en la cubierta de la lancha, había perdido su automática, y no llevaba arma alguna con la que responder al fuego de la motora. Tan sólo podía yacer allí, inmóvil, pegado al suelo, mientras aquel infierno de balas intentaba alcanzarle. Pero la motora se alejaba rápidamente por el canal, en dirección al río, propulsada por su potente motor. En unos instantes, quedó fuera de la vista.
 Si fue porque creían haberle matado, o porque estuvieran ansiosos por abandonar la escena del crimen, eso era algo que Benson no podía saber. Pero, de repente, la ametralladora dejó de disparar, y el foco se apagó. Un manto de tinieblas descendió sobre el canal y el embarcadero. En unos momentos, incluso el fuerte sonido del motor resultaba ya difícil de escuchar.

 Benson comenzó a ponerse en pie, pero, de repente, se produjo una terrorífica y cegadora explosión, y la lancha del S. S. Brunhilda pareció desintegrarse en el aire ante sus propios ojos. Algún tipo de bomba de tiempo debía de haber explotado en su interior.

 Durante un cegador segundo, todo el canal de Marabout Creek pareció quedar iluminado por los mismísimos fuegos del infierno. Fragmentos de madera y metal volaron catapultados por el aire, y unas espantosas llamaradas se expandieron en todas direcciones. Lo que quedaba del casco de la nave, comenzó a arder con terrible intensidad mientras comenzaban a llover tornillos metálicos.
 Benson se quedó en pie, con un arañazo en la mejilla, fruto de un fragmento de metal que le había alcanzado. Miró aquella pira funeraria, el embarcadero y la ardiente lancha, con ojos sombríos.
 Ahora, el cuerpo asesinado de aquel marinero, nunca jamás sería encontrado por la policía, o por cualquier otro. Y el extraño dibujo tatuado de aquel hombre cruel y diabólico desde el submarino número U-777, ya nunca volvería a ser contemplado por ningún otro ser viviente. El secreto del crimen se había consumido hasta las cenizas.

 Benson escuchó en la distancia la sirena de la policía; se dio la vuelta, y se apresuró a alejarse de aquel espantoso holocausto. Las llamas arrojaban un resplandor fantasmal por todo Marabout Creek, y Benson se introdujo por una calle lateral lo más rápidamente posible, antes de que pudiera llegar la policía.
 El enigma de la llamada telefónica de aquella misteriosa mujer, era, ahora, más oscuro que nunca. Habían colocado una bomba de tiempo a bordo de aquella lancha. ¿Había sido puesta allí para eliminar al Vengador? ¿Había sido, toda aquella trama, una elaborada trampa... como había temido Nellie Gray... para atraer al Vengador hacia su muerte? Aún así, a Benson le resultaba muy difícil creerlo: la voz de la cría le había parecido demasiado fresca, demasiado inocente; y la madre, sonaba como si estuviera sinceramente asustada.
 Mientras Benson se apresuraba a buscar un taxi, le dio por pensar en aquella macabra imagen que había visto tatuada en el pecho del marinero muerto; recordó la cruel expresión de aquel hombre, mientras saltaba del U-777. Se preguntó si tendría alguna conexión con Hilda, con su madre, o con el asesinato del marinero. ¿O se trataba acaso, de meras coincidencias, que debían ser descartadas? Rememoró mentalmente el nombre que firmaba aquella peculiar obra de arte... Miguel Fatuma. Quizás, si pudiera encontrar al artista...

 Un coche de policía apareció recorriendo la calle, y él se apretó contra un muro, no deseando ser visto. Tras dejarlo pasar, continuó de nuevo su paseo durante unas seis manzanas, hasta que alcanzó una salida de metro.
 Pero, incluso antes de llegar a ella, se dio cuenta de que le estaban siguiendo.
 Benson era perro viejo en aquel aquel negocio, y sabía demasiado como para equivocarse en algo así. No podía divisar al hombre que le seguía, si es que era un hombre; pero estaba tan seguro de que le seguían, como de su propio nombre.
 No intentó despistar a su sombra, sino que, tranquilamente, entró en un bar restaurante y caminó hacia la cabina telefónica del fondo del local. Marcó Liberty 1-1111, el número de teléfono de Justicia, S.A., y un momento después escuchaba el tono de la llamada. Sonó durante sesenta segundos, pero no hubo respuesta. Benson frunció el ceño. Nellie Gray debía de haber salido, dejando desierto el Cuartel General. Sólo algo de la importancia más vital, podía haberla inducido a hacer semejante cosa.
 Pero Benson tenía aún un modo de informarse. Colgó el auricular, recuperó su níquel, y marcó el número Liberty 2-2222. Era la línea auxiliar de Justicia, S.A., instalada para ocasiones como aquella. Dejó sonar cinco veces la llamada, y luego colgó el auricular, cortando la conexión. Una vez más, insertó la moneda de un níquel, marcó el número de nuevo, y dejó que sonara el teléfono en siete ocasiones. Colgó de nuevo el teléfono, y entonces marcó el número por tercera vez.
 Las llamadas de cinco y siete tonos eran un código que actuaba sobre un sistema electrónico instalado en Justicia, S.A. Dicha célula electrónica se hallaba conectada a la línea auxiliar mediante un circuito, que activaba un mecanismo para levantar el auricular, igual que si un ser viviente respondiera al teléfono. De modo que, tras marcar el número por tercera vez, en lugar de oir la señal de llamada, escuchó el característico "click" que tiene lugar cuando se descuelga el teléfono. Entonces, un momento después, le llegó la voz de Nellie Gray, de un modo nítido y claro. Provenía de la grabadora, que acababa de ponerse en funcionamiento en el mismo instante en que el auricular fue descolgado. Antes de salir del Cuartel General, Nellie había grabado su mensaje en la grabadora, y lo había dejado listo para ser escuchado de ese modo.
 Mientras Benson sostenía el auricular, escuchó la voz de Nellie que decía:

 "Dick: Acabo de recibir una llamada telefónica de una persona llamada Miguel Fatuma, en el Trece de Aberdeen Lane. Asegura tener información importante acerca de la niña, Hilda, y su madre. Parecía ansioso y desesperado, e insistió en que acudiera al momento. Volveré tan pronto como me sea posible. ¡Buena suerte!"

 La grabación terminó, y se escuchó un "click" mientras el mecanismo automático volvía a colgar el receptor.
 Benson colgó el teléfono con una súbita sensación de peligro. El nombre de Miguel Fatuma resonaba en su cabeza como golpes de martillo. Era el nombre que firmaba aquella horrible imagen tatuada en el pecho del marinero asesinado. Miguel Fatuma era nada menos que el autor del tatuaje. Pero ¿Cómo había podido enterarse el tal Fatuma, de que la madre de Hilda había llamado al Vengador para pedirle ayuda?
 Benson miró su reloj. Pasaban diecinueve minutos de las once de la noche. A medianoche, debía estar de vuelta en el Hotel Suydenville, con la esperanza de que la madre de Hilda pudiera ser capaz de contactar allí con él. Mientras tanto, había planeado buscar el S. S. Brunhilda... el barco al cual debía pertenecer la lancha con camarote donde había encontrado la muerte el marinero. Pero ahora, no le quedaba más remedio que cambiar sus planes, y acudir al número 13 de Aberdeen Lane.

 Miró a través de la puerta de cristal de la cabina, y comprobó cómo un hombre había entrado en el bar mientras él telefoneaba. El hombre no había mirado la cabina, sino que había caminado hacia la barra y había pedido una cerveza. Era un hombre robusto, de rasgos toscos y rudos, ataviado con un chaquetón marinero y una gorra con visera. En sus galones, portaba una tira dorada, indicando que era capitán de barco.
 Benson supo instintivamente que aquel era el hombre que le había estado siguiendo desde Marabout Creek. Salió de la cabina de teléfonos y se desplazó a lo largo del bar hacia la puerta principal. Pasó al lado del capitán de barco, que permanecía apoyado sobre la barra, pero el hombre no se volvió.
 Benson abandonó la cálida barra de bar, y emergió a la gélida noche; en lugar de alejarse, se pegó contra el muro y esperó. Unos instantes después apareció el marino, tras salir precipitadamente del local.
 Si le sorprendió encontrar allí a Dick Benson, esperándole, no lo demostró. De hecho, no pareció ni darse cuenta de su presencia. Su sombría expresión no se relajó, mientras avanzaba por la calle, en dirección a Benson, y mirando al frente.
 Pero justo cuando llegó a su altura, el capitán de barco saltó, ágil como una pantera, sacando de su bolsillo una pistola pequeña y achatada. Presionó su pistola contra el estómago de Benson, mientras su dedo se apoyaba en el gatillo.
 


CAPITULO IV.
EL CARGAMENTO DE ORO



 El Vengador estaba preparado para semejante acción. Dado que caminaba constantemente bajo la sombra de la muerte, se había entrenado, y había entrenado a sus ayudantes, para estar siempre alerta, y preparado para un ataque por sorpresa. Se encontraba poniéndose de costado cuando el marino se abalanzó encima suyo, y su mano izquierda descenció, con sus dedos, fuertes como el acero, cerrándose en torno a la muñeca de aquel hombre, y haciéndola girar con un poderoso y rápido tirón. Entonces, lanzó el canto de su mano en un potente golpe contra el hueso del antebrazo de su antagonista; el capitán de barco gruñó, y dejó caer la pistola. Se estrelló contra el pavimento y yació allí, inmóvil a sus pies, mientras ambos hombres se encaraban el uno contra el otro.
 -¡Maldito seas!- Susurró el capitán de barco. -Debería de haberte disparado primero. ¿Qué es lo que habéis hecho tu y tus ratas con Esther Wagstrom?
 Dick Benson le miró con sospecha.
 -¿Esther Wagstrom? ¿No se referirá a la madre de Hilda?
 -Si, claro, ¡Demasiado bien lo sabes! Tu y ese diablo para el que trabajas... ese diablo... ¡Von Richter!
 Dick Benson clavó sus ojos en el hombre. Mantuvo su presa sobre su muñeca.
 -Un momento. ¿Quién es ese tal von Richter?
 -¡Como si no lo supieras! ¡Eres uno de los demonios de von Richter! ¡Habéis perseguido a Esther Wagstrom y a su pequeña Hilda a lo largo de tres continentes!
 Dick Benson suspiró profundamente.
 -Espere un momento. Si le suelto la muñeca, ¿Me promete hablar tranquilamente conmigo durante un minuto? ¡Hay algo que debemos aclarar, usted y yo!
 El hombre quedó impresionado por el tono de voz de Dick.
 -De acuerdo. Tiene mi promesa. Para lo que nos va a servir hablar...
 Benson soltó su muñeca.
 -Ahora, empecemos por el principio. ¿Le importaría decirme su nombre?
 El otro le miró disgustado.
 -¿Mi nombre? Demasiado bien lo conoce. ¡Soy el Capitán Helmut Walsingen, al mando del carguero Brunhilda, de Copenague!
 -¿Que se encuentra anclado en Nueva York, en estos momentos?
 -En el muelle Royal Danish, en el East River.
 -Y esa lancha con el marinero muerto... ¿Pertenecía a su barco?
 -Claro. Pero estamos perdiendo el tiempo. Usted ya sabe todo eso. ¿O no fue usted y sus compinches los que asesinaron al pobre Eric Skoljes, mi primer oficial? ¿Acaso no puso usted la bomba de tiempo para destruir su cuerpo, de modo que la imagen tatuada de von Richter se perdiera para siempre?
 Dick Benson estudió al hombre con interés. Luego, habló lentamente.
 -Si me está diciendo la verdad, Capitán Walsingen, entonces no es necesario que luchemos entre nosotros, pues estamos en el mismo bando.
 El otro le miró con sospecha.
 -¿En el mismo bando? ¿En el mismo bando junto a uno de los diabólicos sicarios de von Richter?
 Dick sonrió.
 -Yo no trabajo para von Richter. Mi nombre es Benson. Richard Benson.
 El Capitán Walsingen abrió los ojos como platos.
 -¿El Vengador?
 Dick asintió.
 Walsingen le miró, dudando.
 -Esther me habló del Vengador, pero yo no creía que se tratara de una persona real. Fui yo quién encontró la lancha con el cuerpo de Eric, y cuando se lo conté a Esther, ella dijo que sólo el Vengador podría ayudarla. Dijo que intentaría llamarle para pedirle ayuda. Pero yo no creía en el Vengador. Fui por mi cuenta. Y entonces vi la luz que usted mismo siguió hasta el barco, y pensé que era uno de los hombres de von Richter, que venía a deshacerse del cadáver.
 -¿Vió la lucha en la cubierta de la lancha?- Preguntó Benson.
 -La vi. Estaba oculto a la sombra de un almacén.
 -¿Sabe quienes eran las personas que estaban en la lancha motora?
 El Capitán Walsingen apretó los labios, mientras sus ojos escrutaban el rostro de Dick Benson.
 -En aquel instante no lo supe. Pero, si es cierto que es usted el Vengador, entonces aquellos debían ser los hombres de Von Richter. El que estaba a bordo debió de plantar la bomba, pues le ví transportar algo voluminoso.
 Dick Benson asintió con interés.
 -¡Y el hombre del timón era Von Richter! ¡No me extraña que se fueran tan rápido! ¡Esperaban que la bomba estallara de un momento a otro!
 Se agachó y recogió la pistola del suelo.
 -En marcha, Capitán. Tenemos mucho trabajo por hacer.- Mientras levantaba la pistola, su brazo golpeó la pared del edificio, y pudo escucharse un ligero chasquido. -¡Vaya, eso ha sido el cristal de mi reloj!- dijo con desánimo. Recogió los pedacitos de cristal roto del interior del reloj golpeándolo con la mano envuelta en su pañuelo. Una vez hecho esto, sonrió al otro hombre. -Siempre he pensado que debía comprar uno de cristal irrompible, pero por uno u otro motivo, al final compro uno de cristal normal.
 Walsingen no pareció darle importancia al comentario.
 -¡Vosotros los americanos!- exclamó. -¡Prestáis atención a las cosas más raras y menos importantes, cuando hay vidas que están en peligro!
 Benson sonrió de nuevo.
 -¡En ocasiones son esas pequeñas cosas tan poco importantes las que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, capitán!.- Le ofreció la pistola, asida por el gatillo. -Tenga, capitán. Quédesela. ¡Puede necesitarla, en el sitio al que vamos esta noche!
 Walsingen miró el arma incrédulo.
 -Usted... confía en mi y me devuelve el arma... con la que he intentado matarle...
 Benson asintió.
 -Suelo apostar con mi vida a mi buen juicio.
 El capitán de barco parpadeó, y guardó de nuevo la pistola en su bolsillo.
 -¡Desde luego, debe usted de ser El Vengador, después de todo!- Susurró.
 

 Benson guió al capitán a lo largo de la calle, bajo el tren elevado, hacia una parada de taxis, y le invitó a entrar en uno.
 -Al Trece de Aberdeen Lane,- ordenó. -¡Y deténgase un minuto en el No. 1 de la calle Bleek!
 En la calle Bleek se hallaba el Cuartel General de Justicia Sociedad Anónima, y Dick pensaba para allí para procurarse otro arma. Sabía bien que, antes de que acabara la noche, tendría necesidad de una.

 Mientras el taxi aceleraba cruzando el Puente de Queensboro, el Capitán Walsingen preguntó:
 -¿Por qué motivo nos dirigimos a Aberdeen Lane?
 -A ver a un artista del tatuaje,- le contó Dick. -Vamos a visitar a Miguel Fatuma.
 Los ojos de Walsingen se abrieron de par en par.
 -¡Fatuma! ¡Ese fue quien tatuó el retrato de von Richter en el pecho de Eric Skolje!
 -¿Por qué lo hizo?- Preguntó Benson.
 -Tanto Fatuma como Eric Skoljes tenían buenos motivos para odiar a von Richter. Eric Skoljes era el hermano de Esther Wagstrom. Ella se llamaba Esther Skoljes, antes de contraer matrimonio. Su marido era un militante anti-Nazi, y cuando los alemanes invadieron Dinamarca, fue ejecutado junto con otras treinta personas. Pero era un importante armador de barcos, y había escondido una fortuna en oro, una fortuna que los alemanes querían. Torturaron al marido de Esther, pero él se negó a revelar el escondite del oro. Fue precisamente, von Richter, el que le torturó durante tres largos días, y cuando al final de esos tres días, Wagstrom no fue capaz de hablar, von Richter ordenó que lo ejecutaran.
 Esther y su hija Hilda habían escapado de Copenhague con su hermano Eric, y se habían llevado el oro consigo. Lo transportaron hasta un pequeño puerto pesquero en la costa danesa, donde mi nave, el Brunhilda, estaba anclado. El marido de Esther era el propietario del Brunhilda. Se había portado muy bien conmigo mientras vivió, y yo estaba decidido a ayudar a su mujer y a su hija. Cargué el oro a bordo, y partimos, con Eric como mi primer oficial. Conseguimos cruzar el Báltico antes de que los alemanes cerraran el bloqueo, pero descubrieron que el oro se hallaba a bordo de mi nave, y enviaron a sus submarinos para que nos interceptaran. No nos atrevimos a poner rumbo a un puerto inglés , pues von Richter había dispuesto una línea de submarinos para cortarnos el paso. De modo que navegamos hacia España. Anclamos en Barcelona con noventa millones de dólares en oro a bordo, pero no pudimos quedarnos allí, ya que von Richter nos había seguido el rastro. Sus agentes estaban listos para lanzarse sobre nosotros, cuando partimos de nuevo.
  -¿Con noventa millones de dólares a bordo?- Preguntó Benson incrédulo. Walsingen asintió.
 -Fue un oro que le había sido confiado al marido de Esther, por los industriales más importantes de Dinamarca, así como por el Banco de Copenhague. Los Nazis estaban frenéticos por poner las manos sobre ese cargamento de oro, pues podrían... y aún pueden hacerlo... emplearlo en los paises neutrales. Pero nosotros estábamos decididos a que no lo consiguieran.
 -¿Y llegaron ustedes a Nueva York?- Preguntó Benson.
 -No de un modo directo. Primero nos detuvimos en Buenos Aires, luego en Montevideo, y más tarde en Rio. Pero fuéramos donde fuéramos, los diablos de von Richter nos daban caza. No podíamos conseguir ni papeles de desembarco ni visados. Y si hubiéramos podido desembarcar, lo más seguro es que nos hubieran asesinado. Intentaron atraparnos mediante acciones judiciales, y en dos ocasiones nos escapamos de puertos junto antes de que llegaran las autoridades. Durante catorce meses, hemos navegado de un lado a otro del planeta. Pero por fín llegamos a Nueva York, y cuando nos dieron permiso para entrar en el puerto, pensamos que nuestras tribulaciones habían terminado.- El Capitán Walsingen suspiró. -¡Pero sólo estaban empezando!
 Benson le miró compasivamente.
 -¿Otra vez von Richter?
 -Si. Llegó a Nueva York un día antes que nosotros. Qué nombre usará aquí, es algo que no sé. Pero cuenta con muchos hombres para matar por él, y con dinero y poder. No se detendrá ante nada para apoderarse de nuestro oro.
 -¿Pero qué es lo que les da tanto miedo?- preguntó Benson. -En un país como este, no tienen más que acudir a las autoridades. Hábleles de von Richter...
 -No, no,- interrumpió Walsingen. -Esther y Hilda son emigrantes ilegales. No tenían permiso para entrar en el país. Si la policía supiera de su presencia, serían arrestadas y deportadas.
 -Ya veo,- dijo Dick Benson. -¡De modo que por eso Esther no quería que yo hablara con la policía!
 -¡Exacto! Y von Richter también lo sabe. Esta noche, Eric llevó a tierra en la lancha, a Esther y a Hilda, y ambas desembarcaron en Marabout Creek. Fueron hasta el Hotel Suydenville, pero al poco de registrarse en él, Esther se dio cuenta de que los hombres de von Richter se hallaban sobre su pista. La llamaron por teléfono, y le dijeron que debía reunirse con ellos, o de lo contrario arrojarían una bomba por su ventana. Asustada y acobardada, se vió obligada a dejar aquí a Hilda, e ir a la reunión.
 -Ella debió decirle a Hilda que me telefoneara,- dijo Dick.
 -Si, ya que no se atrevía a usar ella misma el teléfono. Estaba siendo vigilada. Pero llegó a la conclusión de que una vez que se fuera, nadie se preocuparía de lo que hiciera Hilda. Tenían hombres en el vestíbulo, pero Hilda podría conseguir telefonear. Todo esto lo estoy suponiendo, aunque no puedo saberlo con certeza. Yo me encontraba a bordo del Brunhilda. Cuando me percaté de lo tarde que era, y vi que Eric no regresaba con la lancha, salí en su busca, y encontré... ¡Ya sabe usted lo que encontré!

 El taxi llegó a la calle Bleek, y Benson salió unos minutos. Se procuró una potente automática del 38, la famosa "Savage", con un cargador extra de munición. Agarró también un kit de emergencia, que parecía una inofensiva pitillera de platino, pero que contenía un material volátil, más potente y concentrado que el TNT.

 Regresó al taxi, y se dirigieron por el este hacia Aberdeen Lane.
 El Capitán Walsingen estaba tenso, y parecía dudar.
 -Yo... Tengo un presentimiento,- dijo nerviosamente, -esta noche nos aproximamos al final de nuestro viaje de tres continentes. ¡Me temo que esta noche nos enfrentaremos cara a cara con von Richter!
 -¡Ya veremos!- Dijo sombríamente Dick Benson, pensando en Nellie Gray.

CAPITULO V.
¡VENGANZA!


 Aberdeen Lane era una especie de callejón que olía a mil demonios; no llegaría ni a las cien yardas de largo, y terminaba contra una verja metálica rota desvencijada, que daba a una pendiente, que descendía hasta el East River.
 Benson y Walsingen salieron del taxi a un par de bloques de su destino, y caminaron el resto del camino.

 -¡Mire!- exclamó el Capitán Walsingen. -Esto está muy cerca del Muelle Real Danés. ¡Allí está! ¡Desde aquí podrá ver el Brunhilda!- Señaló al fondo de una calle lateral, y Benson vio un carguero, una mole oscura que poco resaltaba en la noche.
 -¿Y dice usted que a bordo hay noventa millones de dólares?
 -En efecto,- dijo el capitán. -Mis papeles dicen que llevo carne argentinas para bistecs. Este país no la admite y se supone que sólo estoy de paso, en ruta hacia Newfoundland. Pero el oro está allí, y von Richter está dispuesto a todo para conseguirlo. Las escalas están izadas, y tengo a bordo una guardia de diez fornidos daneses, que lucharán hasta la muerte para proteger el cargamento de oro. Pero von Richter aún puede conseguirlo por otros medios. Si amenazara con matar a Esther, o a Hilda, ¿Qué elección me quedaría, excepto entregarle el oro?

 Llegaron al comienzo de Aberdeen Lane, y Benson perdió de súbito todo interés por el Brunhilda, pues, al mirar calle abajo, distinguió una marca en la acera con la forma de una cruz maltesa. Apuntaba, en diagonal, fuera de Aberdeen Lane, ¡Justo en la dirección en la que el Brunhilda se encontraba anclado en el muelle!
 Walsingen no se había percatado de la cruz de Malta. Estaba trazada con tiza amarilla y era tan pequeña que uno la habría visto a menos que la estuviera buscando. Y Benson esperaba encontrar algo así, ya que la señal era una parte importante del sistema de comunicaciones de los asociados de Justicia Sociedad Anónima. Indicaba dos cosas... la primera, que Nellie Gray había estado aquí y se había ido. La segunda, que lo que estaba buscando no estaba allí, ¡Sino en la dirección a la que apuntaba la cruz!
 El Capitán Walsingen decía ansiosamente:
 -No sabía que Miguel Fatuma estaba aquí, en Nueva York. Le conocimos en Buenos Aires. Es medio griego, medio español. Se hallaba en Creta cuando los alemanes tomaron la isla. Allí es donde conoció a von Richter, que fue el que hizo matar a su madre y a su hermana. Miguel odia a von Richter tanto como yo. Y como era uno de los pocos que habían visto el rostro de von Richter, lo tatuó en el pecho de Eric Skoljes. Eric lo quiso así, para poder llevar, mientras viviera, un retrato del hombre al que odiaba.
 Comenzaban a adentrarse en el callejón cuando, de repente, Dick Benson se detuvo de sopetón. Se volvió y miró a su acompañante.
 -¿Dice usted que su nombre es Helmut Walsingen?- preguntó suavemente.
 La mano del capitán se hallaba metida en el bolsillo de su gabán. Miró a Dick de un modo extraño.
 -Si. Ese es el nombre que le he dicho.
 -Pues es muy extraño,- dijo Benson.
 -¿Extraño? ¿Qué es lo extraño?
 -Acaba usted de decir que ese tal Miguel Fatuma conoció a von Richter en Creta. Pero Creta fue conquistada después de Dinamarca. Y también me ha contado que von Richter les ha estado persiguiendo a lo largo de tres continentes; en cuyo caso ¡No pudo, además, haber tomado parte en la conquista de Creta!
 -¡Ah, es eso!- dijo el otro con suavidad. -Ha encontrado algunos pequeños detalles en mi historia que no acaban de encajarle, ¿no es así? ¡Es posible que haya hablado demasiado rápido!
 -Eso es, exactamente,- dijo Benson. -Ha intentado distorsionar la verdad para que encajara con su invención, pero no ha tenido en cuenta los pequeños detalles. ¿Quién es usted?

 El otro hombre sonrió cruelmente. Enterró su mano en el bolsillo, agarrando la pistola que Dick le había devuelto.
 -No se mueva, señor Vengador. ¡En un momento estará muerto! ¡Ah, por cierto! ¡No sabe cuanto le agradezco que me devolviera mi arma!
 -Ni lo menciones,- dijo Dick malhumorado, mirando el cañón del arma que presionaba contra su estómago. -En vista de todo esto, yo diría que el auténtico Capitán Walsingen era aquel marinero muerto que encontré en lancha ¿No? Y tu, posiblemente seas un capitán de barco Nazi, que ha sido transportado hasta aquí en submarino para adoptar el papel de Walsingen. Tu trabajo es, probablemente, sacar del puerto el Brunhilda, con todo el oro a bordo... ¡Después de que von Richter lo haya capturado!
 -Es una verdadera lástima, -dijo el otro cruelmente, -que un hombre tan listo tenga que morir. Lo que has supuesto es justo la verdad. Soy el Capitán Hans Mueller, de la Marina Alemana. Llegué aquí ayer, en submarino, junto a von Richter.
 -Habéis matado al verdadero Walsingen.- Acusó Benson, -y entonces pusísteis la bomba para que el retrato de von Richter fuese destruído. Y fue entonces cuando Esther Wagstrom me llamó. Quería guiarme hasta la escena del crimen sin dejarse ver. Pero vosotros estábais allí, esperándola. Os apoderásteis de ella mientras yo estaba a bordo de la lancha, y la pusísteis en el bote a motor.
 Los ojos de Hans Mueller lanzaron destellos.
 -Exactamente, mi querido señor Vengador. Y tenemos a Hilda también. Y a tu joven y hermosa ayudante. Esta misma noche las ejecutaremos. Fue uno de los nuestros el que telefoneó a tu joven amiga. ¡No hay ningún Miguel Fatuma! ¡Lo liquidamos hace dos meses, en Buenos Aires!
 -Así que crees que vas a zarpar con noventa millones de dólares, ¿eh?- Dijo Benson. -¡Para emplearlos en extender la propaganda Nazi por toda América de Sur!
 -Y en cuanto a tí, señor Vengador... ¡Vas a morir! ¡Ha llegado tu final!- Su dedo, colocado sobre el gatillo de la pistola, se contrajo cruelmente.
 Pero no sonó ninguna detonación. Ni siquiera un "click".
 Mueller maldijo y rerocedió, apretando de nuevo el gatillo. Una vez más, nada ocurrió.

 Dick Benson sonrió con ironía.
 -Ya lo ves, mi querido Mueller, no soy el estúpido por el que me tomas. Cuando te devolví el arma, coloqué bajo su percutor, un trocito de cristal de la esfera de mi reloj. ¡No funcionará hasta que el cristal sea extraido!
 Mientras hablaba, levantó su "Savage".
 -Tu y yo, mi querido Mueller,- dijo socarronamente, -¡Vamos a subir a bordo del Brunhilda!
 

 Unos poco minutos más tarde, dos figuras se aproximaron a la pasarela del S. S. Brunhilda. En la oscuridad, habría sido muy difícil que nadie se diera cuenta de que, el más alto de los dos, ligeramente retrasado respecto al otro, empuñaba una automática "Savage" contra la espalda de su compañero. Un guarda, junto a la escalera, les saludó, hablando en alemán.
 -Suba a bordo, Herr Capitán. Estamos a punto de zarpar. El Mayor von Richter me ordenó que le informara de que le espera, junto a los prisioneros, en la sala de fumadores.
 El Herr Capitán Mueller se limitó a gruñir, y pasar de largo junto al guarda. Pero Dick Benson se detuvo por un momento y sonrió complacido al tipo.
 -¡Sorpresa!- Dijo.
 El guardia intentó agarrar el revolver de su cinturón, pero ya era demasiado tarde. La automática "Savage" de Benson se movió hacia arriba, incrustando su mole metálica bajo la barbilla del guardia, y derribándole... al agua.
 Benson se giró hacia Mueller.
 -Tu también, amigo mío,- Dijo. Su puño izquierdo se lanzó hacia arriba, en un precioso golpe "uppercut", y sus nudillos se estrellaron contra la mandíbula de su oponente. Mueller cayó hacia atrás, y su cráneo se estrelló contra la cubierta. Quedó absolutamente inmóvil.

 Sombríamente, Richard Benson avanzó en dirección a la sala de fumadores. La cubierta estaba desierta. Evidentemente, el barco se hallaba casi desierto, y el apagado sonido que venía de las chimeneas le indicaba que los motores estaban en funcionamiento, lo cual precisaría que todo el personal disponible se hallara en la sala de máquinas.

 Avanzó por un corredor general hasta encontrar la Sala de Fumadores. Era una estancia pequeña, probablemente utilizada por los oficiales del barco y por la media docena de pasajeros que transportaban, además de la carga. Benson se detuvo un instante en el umbral, pistola en mano, y sopesó la situación. Nellie Gray se hallaba sentada en una silla de respaldo recto, con las manos levantadas en el aire. Tras ella se encontraban una mujer y una niña de unos nueve años, ambas muy hermosas y de ojos azules, también con las manos en alto. Al otro lado del camarote, nueve marineros permanecían de pie, cara a la pared, con las manos trenzadas sobre la cabeza. Vigilándoles, un sólo hombre de cráneo afilado, les apuntaba con una pequeña ametralladora de comando. De modo que aquella era la tripulación danesa del Brunhilda, condenados sin duda a una muerte acuática tan pronto como el barco saliera del río.
 Pero no fue en ellos en los que se fijó Benson. Su mirada descansó sobre un hombre que se alzaba en solitario en el centro de la estancia, sosteniendo una pistola de manera descuidada.
 ¡Era von Richter! Aquel era el hombre que había conducido la barca a motor. ¡Aquel era el hombre cuyo retrato había sido tatuado sobre el pecho del marino asesinado!
 Von Richter se hallaba medio girado hacia la puerta y no llegó a ver a Benson. Pero el hombre de la metralleta y el cráneo punteagudo, se dio cuenta de su presencia y, tras emitir un grito atronador, giró su arma para apuntarle.
 
 Con gran frialdad, Benson disparó al tipo entre los ojos, y el estampido del disparo arrancó ecos por todo el camarote. Von Richter se dio la vuelta, levantando su pistola, pero no tuvo ni una sola oportunidad de dispararla, pues, con un horrible rugido, propio de un grupo de encolerizadas bestias salvajes, los marineros daneses se giraron, apartándose de la pared, y se abalanzaron contra él.
 Aquella era su venganza, y por llevarla a cabo, habían rezado sin esperanza alguna. En tan sólo un segundo, el cuerpo de von Richter quedó enterrado bajo aquella avalancha de hombres ávidos de venganza. Un simple y penetrante alarido escapó de sus labios, y luego quedó en silencio.

 Benson se apresuró a entrar en la sala e intentó abrirse paso a través de aquella marea humana. Pero cuando consiguió llegar al centro del grupo, ya era demasiado tarde. El cadáver de von Richter no era precisamente algo agradable para contemplar.

 El líder de los daneses estrechó la mano de Benson, y lo hizo con fuerza y firmeza. Entonces, tomó del suelo la pequeña ametralladora y llamó a los demás.
 -¡Venid! ¡Vamos a encargarnos del resto de los alemanes!
 Benson no intentó detenerles. Se giró hacia Nellie Gray, que se frotaba los brazos.
 -¡Siempre en el último momento, Dick! ¿Viste mi señal?
 El Vengador asintió.
 -¿Cómo te las arreglaste para dibujarla en la acera?
 -Finjí tropezar mientras me empujaban hacia aquí. Sólo me llevó un segundo dibujar la cruz maltesa.- Se volvió hacia la mujer y la niña pequeña, -estas son Esther Wagstrom y Hilda. Son millonarias, Dick, pero que muy millonarias. Hay...
 -...¡Noventa millones de dólares en la bodega!- Benson, sonriente, terminó la frase por ella.
 -Pero ¿Cómo lo sabes?
 El Vengador le guiñó el ojo.
 -Me lo contó el enemigo.
 

 Entonces les llegaron sonidos del exterior; ruidos de lucha y unos cuantos gritos, pero no disparos. Nellie se encogió de hombros.
 -¡No me gustaría estar en la piel de esos marinos Nazis!
 -Ni a mi,- exclamó Esther Wagstrom, -pero me asusta más pensar en lo que le estará ocurriendo a la gente de mi tierra. ¡Nuestro rey ya no puede protegernos de la brutalidad de los Nazis!
 Benson acarició el hermoso cabello dorado de Hilda mientras la conducía al exterior de la sala, manteniéndose entre ella y el cadáver de von Richter. En la cubierta exterior, los marinos daneses se habían alineado, y su capitán avanzó hacia Dick.
 -Debemos zarpar esta misma noche, o de otra manera las autoridades nos detendrían, y nos incautarían todo el oro.
 -Pero dicho oro les sería devuelto después de la guerra,- objetó Benson.
 El capitán sonrió amargamente.
 -No nos preocupa el oro en sí. Son las cosas que el oro puede hacer posibles para nosotros. En Europa tenemos muchos amigos. Con ese oro podremos crear organizaciones subterráneas que se encargarán de hacer llegar a los nuestros, armas, información y propaganda anti-nazi. ¡Gastaremos cada dólar en acelerar el momento en que por fín podamos estar libres de la tiranía Nazi!
 -No sé,- dijo el Vengador. -Debería informar de esto a la policía y...
 -¡No, no!- Imploró Esther Wagstrom. -¡Denos la oportunidad de combatir a los Nazis!
 Benson suspiró; miró a Nellie Gray, cuyos ojos brillaban con ansia.
 -¡Deja que se vayan, Dick!- susurró.
 Richard Benson asintió. Asió a Nellie del brazo y la condujo pasarala abajo, hacia el muelle.
 Cinco minutos más tarde, el S. S. Brunhilda avanzaba río abajo. Gracias a la eficiencia Nazi, todos sus papeles estaban en orden, y su partida estaba autorizada por documentos en regla. Nadie detendría al barco, en su trayecto hacia el exterior de la bahía.
 Mientras el barco se desplazaba, Esther y su hija saludaron desde el puente. Y se escuchó un grave saludo, proveniente de los marinos daneses. Una voz gritó:
 -Volveremos a vernos, Vengador... cuando nuestro pueblo sea libre. Hasta entonces... ¡Que Dios te bendiga y cuide de ti!
 La mano de Nellie apretó el brazo de Dick Benson, y sus ojos se humedecieron.
 -¡Que Dios os bendiga a todos!- Susurró.