LLAMANDO A JUSTICIA SOCIEDAD ANÓNIMA
Por Kenneth Robeson
Emile Tepperman)Cuando el autobús paró en San Augustín para repostar y hacer un descanso, el hombrecilló no descendió de él con el resto de los pasajeros; por el contrario, continuó intentando aparentar que leía. Nellie se levantó de su asiento, pasó a su lado, y descendió del vehículo, dirigiéndose hasta la tienda de la gasolinera, donde compró un perrito caliente y una botella de soda. Mientras almorzaba, rodeada de los otros pasajeros, observó un gran cupé descapotable, de color verde, que abandonaba rápidamente la carretera y aminoraba su velocidad. Se situó en el aparcamiento, detrás del autobús, y de su parte posterior salió un hombre. El individuo vestía una chaqueta de sport, de color tostado, y su rostro era pétreo y alargado. Se inclinó en la ventanilla del conductor, que aún se hallaba al volante, le dijo algo, y entonces paseó sus ojos oscuros por los pasajeros. Les escrutó con la actitud de alguien que está buscando a una persona en particular. Nellie no pudo reprimir un escalofrío al verle los ojos. La mirada de aquel tipo, completamente inexpresiva, le había recordado a los ojos de un pez.
LLAMANDO A JUSTICIA, S.A.
por Kenneth Robeson¡Aquel maletín, aparentemente inofensivo, entrañaría para Nellie Gray más peligros que un camión entero lleno de dinamita!
CAPITULO I.
EL AUTOBUS DE MIAMI
El hombrecillo regordete de ojos asustados se subió al autobús en Jacksonville, y decidió ocupar el asiento próximo al de Nellie Gray. Murmuró una rápida disculpa, apoyó sobre las rodillas su maletín de piel negra, y procedió, acto seguido, a abrir un periódico. Lo mantuvo así, desplegado en frente suya, y ocultando su cara, y no se movió en toda una hora. Nellie se daba cuenta de que tan sólo fingía leer, ya que no había pasado una sola página. En dos ocasiones, le sorprendió mirando furtivamente más allá de ella, al otro lado de la ventana, como si estuviera vigilando los coches que circulaban junto al autobús. En dichas ocasiones, lanzaba una rápida mirada a los coches, y luego volvía a enterrar la nariz en periódico, una vez más.
El individuo, evidentemente, no encontró lo que estaba buscando, pues se giró, y, por un momento, examinó el autobús. Entonces se dirigió hacia la puerta abierta del vehículo, y asomó la cabeza en su interior. En el mismo instante en que lo hacía, introdujo su mano derecha en el bolsillo de la chaqueta.
Los ojos de Nellie Gray recorrieron la ventana del autobús, en la zona en que se hallaba el hombrecillo regordete, un momento antes de que llegara el cupé, pero no pudo verle.Nellie sabía que aquel hombrecillo no había abandonado el autobús. Aún debía de hallarse en su interior. Pero no resultaba visible, de modo que debía de estar inclinado bajo el asiento... escondiéndose... pero ¿Por qué?
Experimentó una fuerte sensación de alivio cuando el hombre de rostro alargado y chaqueta deportiva marrón, apartó su cabeza de la puerta del autobús y regresó al cupé verde. La joven sabía, con ese instinto certero que la había convertido en el "hombre" de confianza de El Vengador, que los ocupantes del cupé verde eran los cazadores, y que el pequeño hombrecillo era la presa.
El hombre de rostro alargado entró en la parte trasera del cupé verde, que comenzó a retroceder por el aparcamiento. Su potente motor de ocho cilindros rugió estruendosamente mientras el conductor aceleraba, y el vehículo se alejó a toda velocidad por la carretera, en dirección a Miami.
Con esa serenidad tan característica que El Vengador había inculcado a todos los que trabajaban con él, Nellie Gray tomó nota mentalmente de la matrícula de cupé verde... su placa era de Illinois, y el número TQ323. Guardó ese número en un rincón de su mente, y miró de nuevo a la ventana del autobús. El hombrecillo resultaba de nuevo visible. Había retirado el periódico que le tapaba el rostro, y se hallaba encendiendo un cigarrillo; Nellie creyó detectar un asomo de sonrisa en sus labios... aunque, debido a la distancia, no pudo estar segura.El conductor del autobús hizo sonar su silbato y gritó, "Todos a bordo." Los pasajeros se amontonaron en la entrada, ansiosos por comenzar la última etapa de aquel largo viaje. Aún quedaban algunos asientos libres, pero Nellie pasó de largo ante ellos. Impulsada por algún curioso motivo que no fue capaz de analizar, terminó por sentarse en el mismo lugar, deslizándose al lado del pequeño hombrecillo.
El individuo parecía encontrarse mucho mejor que antes, e inmediatamente comenzó a conversar con ella.
-¿Va a Miami a ver sus padres?- preguntó.Nellie Gray parecía mucho más joven de lo que era. Ataviada con una blusa blanca y unos holgados pantalones azul marino, resultaba tan sencilla y juvenil como cualquier chica recién graduada en el instituto. Su compañero de viaje, probablemente, la había tomado por una chica de diecisiete o dieciocho años.
-Oh, he estado viajando por mi cuenta durante un tiempo,- respondió ella con sencillez. Se preguntó qué pensaría él, si supiera que la joven era un miembro veterano de Justicia, S.A.... aquella eficaz y combativa organización encabezada por El Vengador, y dedicada a la protección de los derechos del hombre corriente, contra los cabecillas del crimen en todos los rincones del mundo. Lo cierto era que Nellie Gray había viajado a muchas partes del mundo de las que aquel hombrecillo no había oido hablar jamás. Pero el hombre continuó, ingenuamente, sin percatarse de la identidad de la joven que se sentaba a su lado.
-¿Está pensando en buscar trabajo en Miami? Debería ser fácil conseguir uno en estos días, con todos esos contratos de defensa. ¿Qué hace para vivir? ¿Es camarera? ¿Manicura?
Nellie entornó los ojos.
-Bueno, supongo que podría servir mesas...-Mire, señorita,- dijo él, de repente. -Puede que tenga un trabajo para usted. ¿Cómo se llama?
-Elsie Jones,- mintió Nellie.
-Bien, mire aquí, Elsie.- El hombrecillo bajó la voz. -Soy abogado, y me llamo Joplin; Frederick Joplin. Voy a Miami a hacerme cargo de un caso muy importante para uno de mis clientes. ¿Ve este maletín? Está lleno de pruebas. ¡Unas pruebas que harán que gane el caso para mi cliente!
Nellie mantuvo las manos en los costados, y dejó que sus largas pestañas cubrieran sus ojos. Esperó a que el hombrecillo continuara.-Pero ahora, el problema es que los enemigos de mi cliente podrían intentar deshacerse de estas pruebas. Podrían intentar arrebatármelas.
Nellie abrió los ojos como platos.
-¡No querrá usted decir...! ¿Se refiere a que podrían intentar quitárselas por la fuerza?
-¡Exactamente!- Se inclinó hacia la joven, bajando aún más la voz. -Ahora mire. Puedo proporcionarle la ocasión de ganarse algún dinero. Digamos doscientos dólares. ¿Qué le parece?
-¿Como...? Eso... ¡Es maravilloso, señor Joplin!
El hombre se acercó más a ella.
-¡Ah! Estupendo. Bueno, aquí tengo... - Extrajo un rollo de billetes de su bolsillo y separó diez, de diez dólares. -Aquí tiene cien dólares de anticipo. ¡Téngalos!- Prácticamente, tuvo que introducir el dinero a la fuerza en la mano de la joven.
-Pero... ¿Qué es lo que tengo que hacer para ganarme esto, señor Joplin?
-Se lo diré.- Levantó el maletín de sus rodillas, y lo colocó al lado de Nellie. -Quiero que se haga cargo de estas pruebas. Cuando el autobús se detenga en Daytona, me bajaré. He de resolver un asunto en Daytona... aún hay que conseguir una pequeña prueba más. Me llevará una o dos horas, pero desafortunadamente, el autobús no espera.
-Ya veo,- dijo Nellie inocentemente, tanteando el dinero con una mano y acariciando el suave cuero del maletín con la otra. No era un maletín demasiado grande... era bastante cómodo de llevar, incluso bajo un brazo. Pero, pese a ello, resultaba algo pesado. Y había una pequeña cerradura que mantenía cerrados sus cantos metálicos.
-Naturalmente, está cerrado,- dijo el señor Joplin. -Ahora, escúcheme con atención, Elsie. Quiero que se quede usted en el autobús, cuando yo me baje en Daytona. Continue hasta Miami. Una vez allí, vaya usted al Hotel Sunset y regístrese. Quédese en su habitación, y espere hasta tener noticias mías. Llegaré después, ese mismo día. Y cuando vuelva a hacerme cargo del maletín, le pagaré a usted los cien dólares restantes. ¿Le ha quedado claro?
-Si,- dijo Nellie. -Está claro.Si alguien la hubiera preguntado, la joven no habría sido capaz de decirle por qué hacía aquello. Ciertamente, no lo hacía para ayudar a aquel hombrecillo tan pagado de sí mismo, ese tal "Sr. Joplin" que, evidentemente, la estaba mintiendo. Nellie, en realidad, estaba de vacaciones, y El Vengador la había hecho prometer que no metería su preciosa naricilla en ningún asunto que no la concerniera, mientras se hallara descansando en Florida. Pero la joven no sería capaz de sentirse dichosa sin intentar resolver el enigma de por qué el señor Joplin estaba siendo perseguido por el hombre de rostro alargado del convertible verde.
-Entonces todo queda dispuesto,- el señor Joplin lo decía de corazón. -¡Queda convenido!- Palmeó suavemente el brazo de la joven. -Y no se olvide: ¡Hotel Sunset!
-Pero señor Joplin, usted no sabe nada sobre mi. ¿Cómo puede confiar a mi cargo todas esas pruebas...?Él se rió mientras hacía un gesto con la mano.
-Querida mia, soy un excelente juez de la naturaleza humana. ¡A usted le confiaría mi vida! Ahora, escuche con atención, Elsie. Si alguien se acercara a usted y le preguntara si me conoce... si ese alguien me describiera...
Nellie sonrió.
-No le diría nada.
-¡Excelente, mi querida niña, excelente! Ya veo que es usted sabia a pesar de su edad. Es posible que, más tarde, pueda darle un empleo permanente. Haga usted bien este trabajo, ¡Y quizás la emplee como secretaria!
-¡Pero eso sería maravilloso, señor Joplin!- Murmuró Nellie, entrecerrando sus hermosos ojos.Cuando el autobús llegó a Daytona Beach, el conductor anunció una parada de descanso de diez minutos, y todos los pasajeros descendieron del vehículo. Algunos se dirigieron a la cafetería más cercana, mientras que otros prefirieron acercarse a la playa. El señor Joplin agarró a Nellie mientras la ayudaba a bajar del autobús. La tomó del brazo y la condujo fuera de la terminal de autobuses, hasta la calle.
-Ahora la dejo, querida...
De repente, se paró en seco, exhalando el aliento con sonido muy audible.
Nellie se volvió en la dirección en la que el hombre miraba, y vió el descapotable verde que tan familiar le resultaba ya, aparcado a unos cincuenta metros de distancia.
-Discúlpeme,- dijo apresuradamente el señor Joplin. -Creo que me iré por el otro lado. Está más cerca del sitio al que voy. Adios querida, y recuerde... ¡Hotel Sunset!
Aquella mirada furtiva y asustada, regresó a sus ojos mientras soltaba el brazo de la joven y retrocedía rápidamente hacia la puerta trasera de la terminal de autobuses.
Nellie le observó, le vio salir por la puerta de atrás, y desaparecer por el callejón que había más allá de la terminal.
Nellie se giró de nuevo, y miró calle abajo. El descapotable verde aún estaba allí, pero el hombre de rostro alargado y americana deportiva marrón, no estaba a la vista. Tampoco el conductor resultaba visible.
La joven apretó con fuerza el maletín bajo su brazo, y entró en la cafetería. No tuvo tiempo más que para pedir una taza de té, antes de que el conductor anunciara que era la hora de irse. Cuando el autobús abandonó la terminal, el descapotable verde había desaparecido. Nellie Gray se acomodó a solas en su asiento. El señor Joplin no había regresado.
CAPITULO II.
EL HOTEL SUNSET.
Era ya por la tarde cuando el autobús alcanzó la terminal de Flagler Street, en Miami. Nellie tenía una reserva en el agradable Hotel Coronado, pero en lugar de ir allí, se dirigió al Sunset. Se encontraba impaciente y ansiosa por indagar en el misterio del señor Joplin y su maletín. Se registró en el Hotel Sunset con el nombre de Elsie Jones, y le asignaron la Habitación 301, que hacía esquina en la fachada del edificio. Como parte del servicio habitual, el botones la entregó un ejemplar de la edición de la tarde del periódico local, y Nellie le echó un vistazo a los titulares. De repente, sintió un escalofrío. La portada del diario decía:
UN HOMBRE ASESINADO EN DAYTONA
Un hombre desconocido ha sido hallado, apuñalado hasta la muerte, en un callejón junto a la terminal de autobuses Fleetwood, en Daytona Beach. La policía sospecha que el móvil del asesinato fue, sin duda alguna, el robo, pues la víctima había sido registrada a conciencia, hasta el extremo de desgarrar el forro de su chaqueta. Los asesinos se llevaron todo lo que encontraron en el cuerpo de la víctima, incluso sus llaves. No dejaron nada que pudiera ser utilizado para identificarle. El hombre asesinado fue reconocido por algunos empleados de la terminal, como un pasajero del autobús de Miami, que se había detenido en Daytona durante diez minutos...
Nellie Gray apartó el periódico lentamente. Miró el maletín, que había colocado sobre el escritorio. Su propietario había muerto. La joven estaba segura de que el asesino era el hombre de la chaqueta deportiva marrón, y de que dicho asesino no había conseguido encontrar lo que andaba buscando. Aquello por lo que el señor Joplin había sido asesinado, yacía ahora sobre el escritorio.
Con gran seriedad, Nellie agarró su bolso y extrajo de él un pequeño juego de ganzúas. La cerradura del maletín era bastante sencilla y cedió ante la llave que la joven usaba para su máquina de escribir. Levantó la tapa y comenzó a extraer el contenido... Y la sangre comenzó a recorrer sus venas con rapidez, mientras contemplaba lo que había llevado en el maletín. De hecho, las "pruebas" del señor Joplin eran de lo más peculiares.Había una media docena de cajitas decoradas en el maletín. La primera de ellas contenía una herradura enjoyada de unos quince centímetros de largo. A primera vista, su valor no debía ser inferior al cuarto de millón de dólares. Estaba hecha de platino y revestida de diamantes... unos diamantes enormes, brillantes y de un color blanco azulado, y todas ellas coincidían en tamaño con las dos gemas de los extremos, excepto por una gran gema de diez caras que coronaba el centro del arco. ¡Aquello brillaba en su mano como si fuera algo vivo y latente!
Nellie volvió a colocarlo en su sitio, y abrió la siguiente caja. Sobre la almohadilla del fondo, descansaba una diadema de diamantes, tan hermosa que cortaba la respiración. Las piedras lanzaban tales destellos ante la luz eléctrica, que su belleza resultaba casi impía. La joven abrió las otras cajas, y mientras su oculta riqueza quedaba al descubierto, Nellie Gray comenzó a darse cuenta de que debía tratarse de una colección Real o Imperial, robada de la bóveda de algún palacio. En cuanto al valor en dólares de dichas joyas, estaba más allá de cualquier estimación.El señor Joplin debía de hallarse absolutamente desesperado, para confiar semejante tesoro a una chica que no había visto nunca. ¿Desesperado? ¿O quizás astuto? Aunque no lo bastante astuto, ya que ahora estaba muerto. Pero si sus enemigos supieran donde estaba aquel tesoro...
De repente, siguiendo un impulso, Nellie caminó hacia la ventana. Giró un poco las lamas de las persianas venecianas, para poder observar la calle. E inmediatamente, su pulso se aceleró, pues, allí, en el lado opuesto de la calle... ¡Se hallaba aparcado el descapotable verde!
¡Aquel hombre de la americana marrón la había seguido hasta allí! Cómo había podido hacerlo, era algo que la joven no entendía. Mientras observaba a través de las lamas, vio la ya familiar aquella chaqueta deportiva. El hombre cruzaba la calle en dirección al coche. Aparentemente, venía del Hotel. Seguramente había estado abajo, en recepción, indagando sobre ella.
Nellie observó cómo se inclinaba sobre la ventanilla del auto, y hablaba con el conductor. El convertible arrancó de imediato, y el hombre de rostro alargado permaneció en la calzada. Encendió un cigarrillo y se quedó allí, observando el hotel.Nellie se apartó de la ventana. Conectó la radio, sintonizó una emisora local de Miami, y entonces regresó al escritorio y contempló la fabulosa fortuna en joyas que tenía ante sus ojos. Había bastante riqueza como para tentar a cualquiera a cometer un asesinato. Ahora estaba segura de que el hombre que había dicho llamarse Joplin, no era su legítimo propietario. No debería ser difícil averiguar quién era su verdadero dueño, ya que debía de tratarse de una colección famosa.
Nellie tomó rápidamente una decisión. Aquel asunto ya había ido demasiado lejos. Su deber estaba muy claro: debía llamar a la policía, devolverles esas joyas, y hablarles, además, del hombre de la americana deportiva marrón. Le atraparían, y tendrían a su asesino, al mismo tiempo que resolvían un caso entero. Le dió la sensación de que El Vengador habría seguido ese mismo curso de acción. No era un caso para Justicia S.A.. No se trataba de ningún asunto injusto contra algún desafortunado que no pudiera defenderse del abusivo poder de los señores del hampa. Era un caso de robo y asesinato, un asunto policial totalmente rutinario.Así era como lo veía ella en aquel momento. Se acercó al teléfono, y ya tenía el auricular en la mano cuando se detuvo bruscamente. Un parte de noticias había interrumpido el programa de radio:
"En conexión con el asesinato del desconocido pasajero de autobús en Daytona Beach, la policía ha estrechado su búsqueda a un solo sospechoso, a quien confían en apresar en las próximas horas. Se ha descubierto que el hombre asesinado iba acompañado de un joven de cabello castaño, vestida con blusa blanca y pantalones amplio de color azul. Fue vista en compañía del hombre en la terminal, y la víctima fue encontrada apuñalada hasta morir, inmediatamente después de que el autobús abandonara Daytona. Y por si fuera poco, la joven de cabello castaño ha sido vista llevando un portafolios de piel negra, que había pertenecido a la víctima. Con una calma absolutamente pasmosa, la joven de cabello castaño continuó en el autobús hasta Miami, llevando consigo el portafolios, y abandonó la Terminal de Miami junto a los demás pasajeros. La Policía ha conseguido sus huellas dactilares en el asiento que ocuaba en el autobús, y está realizando una búsqueda exhaustiva por todos los hoteles de Miami y en todos los trenes y autobuses que abandonen la ciudad. No podrá escapar...."
Nellie tragó saliva y colgó el auricular. Si la policía la encontraba allí, en posesión de semejante tesoro, lo pasaría muy mal para verse libre de una acusación de asesinato. Ya podía imaginarse al fiscal del distrito riéndose incrédulamente, a carcajada limpia, al escuchar la historia sobre cómo el regordete señor Joplin le había entregado un maletín que contenía el rescate de un emperador... y de cómo había confiado en que ella se lo volviera a entregar en el hotel Sunset.
Actuando con presteza, devolvió las joyas al interior del maletín. La joven sólo llevaba consigo, una pequeña maleta de pernoctar, pues el grueso del equipaje llegaría al día siguiente al Hotel Coronado. Introdujo el maletín en su propia maleta, y se acercó a la ventana para echar un último vistazo antes de irse.Al mirar a la calle, le dio un vuelco el corazón. El descapotable verde acababa de regresar. Cuatro hombres salieron de él. Durante unos instantes, el hombre de rostro alargado conversó con ellos, señalando al hotel con un movimiento de cabeza. Inmediatamente, dos de ellos desaparecieron al doblar la esquina, y los otros dos cruzaron la calle en dirección a la entrada del Hotel.
Y mientras seguía mirando, un segundo coche estacionó detrás del descapotable verde. Se trataba de una limusina negra, de la que salieron aún más hombres. Nellie observó que el hombre de la chaqueta marrón les daba órdenes rápidamente, y entonces cruzaron la calle hacia el hotel.
Sus ojos parpadearon. La sobria verdad era que se encontraba atrapada allí en el hotel Sunset; atrapada hasta que el hombre de la chaqueta marrón decidiera lanzar su ataque... o hasta que llegara la policía.Rápidamente, agarró su maleta de viaje. Luego abrió la puerta y salió al pasillo. Más allá del vestíbulo, descubrió un cuartito de limpieza. Corrió hacia él, abrió la puerta, y miró en su interior. Contenía varias bolsas de lona, un par de trapos, y un cesto de lavandería. La joven abrió el cesto, levantó una pila de ropa sucia e introdujo debajo la maleta de viaje. Entonces, volvió a colocar encima la ropa sucia. Una vez hecho esto, cerró la puerta del cuartillo de limpieza y se dirigió de nuevo a su habitación. Justo cuando llegaba a ella, escuchó que el ascensor se detenía en esa planta, y comprobó cómo la puerta comenzaba a abrirse. Sin esperar a ver lo que pudiera salir de allí, entró en su habitación y cerró la puerta. Escuchó cómo se cerraba la puerta del ascensor, pero no pudo oir ninguna pisada sobre el alfombrado suelo del exterior.
Con una sensación de ahogo en el corazón, se acercó de nuevo al teléfono. Tan sólo había una cosa que pudiera hacer... una cosa a la cual odiaba tener que recurrir: tendría que llamar para pedir ayuda a El Vengador. Dick Benson... El Vengador... dejaría, por supuesto, cualquier cosa que estuviera haciendo y vendría inmediatamente. Y lo mismo haría Smitty... Algernon Heathcote Smith... que se llamaba a sí mismo "la mano izquierda de El Vengador", y que podría enloquecer de furia ante la mera idea de que alguien pudiera tocar un solo pelo del cabello de Nellie. Pero a Nellie no le hacía ninguna gracia pensar en la actitud que adoptaría el grandullón de Smitty cuando todo hubiera terminado. Ya podía imaginarse su estruendosa, inocente y atronadora risa. "¡Así que hemos tenido que enviarte una niñera para que cuide de ti, pipiola!" bromearía él. Y luego, probablemente, añadiría: "¡No podemos esperar que hagas bien las cosas sola, hasta que no crezcas un poco!"
Nellie se estremeció. Le resultaría humillante. Pero el orgullo no le sería de ninguna ayuda en aquellos momentos. Tenía que hacer esa llamada. Levantó el auricular.
Y sólo entonces, fue cuando se percató de la plena extensión de la trampa en la que se hallaba enredada. Pues no hubo contestación de la centralita.
No había línea.Se había equivocado al pensar que el enemigo sólo intentaría vigilarla. Había juzgado mal al hombre de la chaqueta deportiva. Y ahora se daba cuenta de que debiera haberle conocido mejor. Estando como estaba en juego, semejante fortuna en joyas, el enemigo no se contentaría con esperar el desarrollo de los acontecimientos. Lo lógico era atacar, y hacerlo deprisa. Sus hombres debían haber tomado la centralita en la planta baja. La joven había cometido el imperdonable fallo de subestimar a su enemigo... y el castigo podía ser una muerte rápida. Ahora, se hallaba aislada, más allá de cualquier ayuda. Estaba sola, abandonada a su suerte.
Lentamente, colgó de nuevo el receptor. Con sus sentidos afinados al máximo por la inminencia del peligro, escuchó un débil sonido, como si una llave estuviera siendo introducida cautelosamente en la cerradura de aquella vieja puerta. Por lo visto, alguien del exterior estaba usando una llave maestra.
La joven saltó hacia la puerta y la alcanzó justo cuando la llave giraba en la cerradura; sus dedos encontraron el cerrojo. Lo giró con fuerza, bloqueando la puerta justo en el último momento. La llave que giraba al otro lado, se detuvo al oirse el correr del cerrojo. El hombre del pasillo se había percatado al momento de lo que sucedía, pues se pudo escuchar cómo retiraba la llave. Entonces, una voz rompió el silencio, cerca de la puerta:
-¡Será mejor que abras! ¡No tienes ninguna posibilidad!
La respuesta de Nellie fue apagar la luz con el interruptor, sumiendo en la oscuridad la habitación. Un panel rectangular de luz penetraba desde el pasillo a través de la trampilla de cristal, en la parte superior de la puerta. El rostro de la joven empalideció y sus labios se apretaron, cuando se dió cuenta de que el enemigo podía llegar a ella a través de esa trampilla.
Deliberadamente, extrajo la pistola que llevaba en la cartuchera de sus pantalones, y permaneció a un lado de la puerta.
-¿Quien es usted?- preguntó. -¿Qué es lo que quiere?
-No te preocupes de quienes somos. Ya sabes lo que queremos. ¿Vas a abrir?
-Me temo que no.
-Entonces entraremos a la fuerza.
-Mejor que no lo hagáis. Os aviso que voy armada.
-Somos diez contra una. Seas quien seas, debes ser lo bastante lista como para comprender que somos gente de negocios. Tu única oportunidad es desembarazarte de ese maletín. Pásalo por la trampilla y nos iremos.
Nellie se rió.
-Primero me dices que soy lista, y ahora me tomas por estúpida.
Hubo un momento de silencio, y luego se oyó la misma voz.
-De acuerdo, ya sabes como funciona esto. No podemos dejarte con vida. Es un asunto demasiado serio. Ya sé que eres una chica muy guapa. Es una verdadera pena que tengas que morir.
-Antes de que empecéis,- dijo Nellie tranquilamente, -no olvidéis que habrá algo de lucha. Habrá disparos. ¡Todos los huéspedes del hotel los escucharán!
El hombre del exterior se rió.
-Hemos tomado el hotel. Tanto los empleados como los huespedes creen que somos agentes del F.B.I. ¡Están cooperando con nosotros!
-Ya veo,- dijo Nellie con calma. -Bien, aún me queda un as en la manga. ¿Te importaría escucharlo antes de comenzar el ataque?
-Claro. Podemos perder otro minuto ¿Por qué no?.
-Estupendo. Eso que estáis buscando...
-¿Si?
-...¡No está aquí!
-¡Ah!- Hubo otro momento de silencio. Luego, -¿Has llevado el maletín a alguna parte?
-Si.
-No te creo, guapa. Viniste aquí directamente, desde la terminal de autobuses. Lo sabemos porque lo hemos comprobado con el taxista que te llevó. No paraste en ningún otro sitio.
-Haz lo que quieras, créeme o no,- dijo Nellie. -Pero si caigo muerta cuando ataquéis, y no encontráis aquí el maletín, supongo que eso te pondrá en un pequeño aprieto...
-La verdad es que si. Hummm. Me pregunto si estarás echándote un farol. Lo más seguro es que así. Pero no puedo permitirme correr ese riesgo. Tendremos que atraparte con vida.
-Eso será un poco difícil ¿No crees?
-¿Dificil? Si. Pero no imposible. Tendré que mandar traer cierto equipo adicional.- Su voz adoptó un tono extraño, sardónico. -Hazme el favor de esperar hasta que regrese. ¡No te vayas a ninguna parte!Nellie escuchó al otro lado de la puerta, en una tensión absoluta. Oyó un murmullo de voces, y entonces, la voz que había escuchado antes se dejó oir un poco más alto. -Sturm y Corbey, vosotros quedaos aquí. Si intentara escapar, disparad para neutralizarla, pero no la matéis. ¿Me habéis entendido?
Escuchó gruñidos de asentimiento y entonces, un momento más tarde, el sonido del ascensor, como si el hombre que había hablado con ella, se hubiera marchado en él. Envuelta en la oscuridad, Nellie se dirigió hacia la ventana. Esperó, y vio al hombre de la chaqueta marrón cruzando la calle hasta el descapotable. De modo que era él, entonces, con quien había combatido verbalmente. Le observó mientras hablaba con el conductor. Entonces, el descapotable arrancó, dejándole solo en la calzada.
La joven se quedó junto a la ventana y observó la calle, espectante. Veinte minutos después, el descapotable verde volvió a aparecer. Aparecieron dos hombres para ayudar al de la chaqueta deportiva. El chófer les entregó a todos ellos, una serie de pequeños objetos, redondos y negros, que introdujeron rápidamente en sus bolsillos. Luego, cruzaron la calle en dirección al hotel.
CAPITULO III.
EL REY DE LOS ASESINOS.Nellie Gray sabía que la habían derrotado. Aquellos pequeños objetos redondos eran bombas de gas lacrimógeno.
Pero no estaba dispuesta a permanecer a la defensiva, ni a dejar que la ahumaran como a un animal atrapado. Rápidamente, se dirigió al mueble de tocador. Comenzó a empujarlo y a moverlo, hasta que lo emplazó, finalmente, bloqueando la puerta. Acababa de situarlo cuando escuchó abrirse la puerta del ascensor, y luego la voz del hombre de la chaqueta marrón.
-De acuerdo, no perdamos más tiempo. ¡Lanzarle una adentro!
Nellie trepó sobre el mueble de tocador y pudo ver el pasillo claramente, a través de la trampilla de cristal que había sobre la puerta. Vio a dos de los hombres, cada uno de ellos con una bomba de gas lacrimógeno, y con los brazos levantados, listos para lanzarlas.El rostro de Nellie estaba pálido y tenso. Rompió parte del panel de cristal y asomó fuera el cañón de su pistola. Rápidamente, disparó contra los dos truhanes, y ambos retrocedieron cuando la pequeña arma rugió implacablemente. No había tenido tiempo para apuntar con mucho cuidado, pero alcanzó a uno de ellos justo en el corazón, y al otro en el hombro. Las bombas de gas lacrimógeno cayeron al suelo, rodando por el pasillo, y explotaron, una tras otra, formando una densa nube de humo acre.
El hombre herido gritó:
-¡Sácame de aquí, Haggard! Me han dado...
Y la voz del hombre de la chaqueta marrón interrumpió bruscamente aquella petición de ayuda:
-¡Cállate, estúpido, te dije que no pronunciaras ese nombre!De pie sobre el tocador, con su rostro al otro lado de la trampilla, Nellie Gray sintió un súbito escalofrío por todo el cuerpo. ¡Haggard! ¡Debería haberlo sabido! Sólo Royce Haggard podía ser tan despiadado, sólo él podía actuar con una rapidez tan letal. No hacía más de cuatro meses desde que Royce Haggard protagonizó la más espectacular fuga de una prisión en toda la historia del condado. Junto con otros nueve reclusos, había escapado fácilmente de una penitenciaría del Medio Oeste. Se habían abierto camino a disparos por todo el condado hasta desaparecer, dejando atrás una terrible estela de cadáveres. Se ofrecieron grandes recompensas, pero la banda de Haggard había desaparecido de la faz de la tierra. Entonces, era allí donde habían ido a refugiarse. Pero Nellie había visto fotografías de Haggard. Debía de haberse cambiado el rostro por medio de cirugía plástica. Por ese motivo su cara mostraba esa extraña cualidad pétrea, y sus ojos carecían de expresión.
El humo acre se esparció por todo el pasillo, y una parte comezó a entrar por el agujero que la joven había practicado en el cristal de la trampilla superior. Los ojos de Nellie se empañaron. Descendió del aparador, retiró una manta de la cama y volvió a subir al mueble, para intentar usarla para tapar la abertura. Escuchó sonidos de conmoción en el pasillo, mientras los huéspedes salían de sus habitaciones, y la suave voz de Haggard mientras les aseguraba:
-Todo está bajo control, señores, somos agentes Federales. Tenemos atrapado aquí a un peligroso criminal. Regresen a sus habitaciones, cierren con pestillo y estarán a salvo...Nellie retiró la manta de la trampilla y acercó la cara al agujero del cristal. Se mantuvo allí, a pesar del sofocante gas, y gritó lo más alto que pudo:
-¡Está mintiendo! No son agentes Federales. ¡Son la banda de Haggard! ¡Llamen a la policía!
Pero aunque gritó aquel aviso, sabía que era inútil. Los hombres de Haggard controlaban la centralita. No dejarían que nadie se fuera, o telefoneara, hasta que hubieran conseguido lo que habían venido a buscar.Volvió a retirar la cabeza, y justo en aquel momento, una tercera bomba de gas lacrimógeno irrumpió a través de la trampilla. Al penetrar en la estancia, rompió el resto del cristal superior, golpeó en su caida el borde del aparador, y explotó. Inmediatamente, Nellie quedó envuelta en una nube de gas fétido y sofocante. Sus ojos comenzaron a arder y se cubrieron de lágrimas.
Los cerró, contuvo la respiración y descendió de un salto del tocador. A ciegas, se abrió paso, tanteando, hasta el cuarto de baño, y cerró la puerta detrás suyo, echando el pestillo. Pero el gas ya había entrado allí, y tan sólo consiguió un poco de alivio.
Se abrió paso hasta la ventana del baño y la abrió, sacando la cabeza, pero sus ojos estaban tan inflamados que el alivio fue casi inapreciable. Escuchó un golpe terrible detrás suyo, y cómo alguien echaba a un lado la puerta abierta. ¡La habían derribado! Disparó a ciegas en dirección a los sonidos, pero supo que había fallado cuando vio una forma enorme, misteriosa, que aparecía frente a ella. Se trataba de Haggard, y llevaba el rostro cubierto por una máscara anti-gas. La joven le apuntó con su pistola, con el dedo en el gatillo, pero su mano fue cruelmente golpeada, y el arma se estrelló contra el suelo. Entonces, algo la golpeó en un lado de la cabeza, y cayó hacia delante, semi-inconsciente. Sintió como le ponían las manos a la espalda, y unas esposas se cerraron sobre ellas. En su oido, escuchó la voz de Haggard, amortiguada por su máscara anti-gas:
-¿Donde está el maletín?
Nellie se rió, casi de un modo histérico.
-¡Mátame, Royce Haggard! ¿Por qué no me matas?
-Aún no. Primero hablarás.
-¡Nunca! ¡Jamás hablaré!
-"Jamás" es demasiado tiempo. ¡Demasiado para ti!Sintió cómo la levantaba en vilo, indefensa, y cómo la cargaba sobre el hombro, como un saco de harina, y la llevaba hacia fuera, atravesando el humo. Debió perder la consciencia durante unos minutos, pues lo siguiente que sintió fue un golpe de aire fresco y limpio que la revivió, y comprobó que la estaban llevando a través de la calle hasta el descapotable verde. Media docena de hombres con ametralladoras se hallaban apostados alrededor, montando guardia contra la posible llegada de la policía. Haggard no dejaba nada al azar. La apuesta era muy alta, y aquellos hombres eran criminales desesperados, y con recursos.
Nellie abrió la boca para gritar, pero una mano brutal le introdujo un gran pañuelo apretujado entre los dientes, amordazándola de un modo rápido pero eficaz. Fue rudamente arrojada sobre el suelo del descapotable, que arrancó suavemente, con Royce y otro hombre sentados frente a ella.Mientras recorrían las afueras de la ciudad, Nellie intentó gritar, presa de la rabia y la indefensión. Haggard se inclinó hacia abajo, y se aseguró de terminar de amordazarla, para que no pudiera hacer un último intento de pedir ayuda. Y entonces salieron de la carretera Tamiami, acelerando a gran velocidad y alejándose de Miami.
-Eres muy valiente, querida. Pero eso no te ayudará. Piénsalo... ¿Cuanto serás capaz de aguantar un tratamiento así de forma continuada? ¿Durante horas, al final? ¿Quizás durante días? Créeme, te conviene decirme donde están escondidas las joyas Zaharoff. Si eres lista, te librarás de una buena sesión de tortura, y hablarás ahora.
Poco tiempo después, Haggard le retiró la mordaza de la boca, volvió a sentarse y encendió un cigarrillo. Miró hacia abajo, al rostro de la joven, y expulsó el humo por la nariz.
-Bueno, guapa,- dijo suavemente, -¿Estás dispuesta a hablar? Sería lo mejor para ti. Vamosa disponer de mucho tiempo para obligarte a ello.
Se inclinó deliberadamente y acercó la ardiente punta de su cigarrillo al antebrazo de Nellie. Con la otra mano, sujetó sus esposadas muñecas para que no pudiera girar el cuerpo.
La espantosa agonía de aquella terrible quemadura fue casi inaguantable. Pero Nellie apretó los dientes y se mantuvo rígida.
Haggard gruñó y apartó del brazo la punta del cigarro. Nellie sintió que estaba a punto de desmayarse, mientras la agonía recorría todo su cuerpo, pero combatió contra aquella sensación. Haggard la miró y dijo suavemente:
Nellie abrió los ojos con sorpresa. ¡Las joyas Zaharoff! Olvidó la terrible agonía que casi le había adormecido el brazo. ¡Claro! ¡Las joyas Zaharoff! Fue Cornelius Zaharoff el que estableció un imperio privado hacía cincuenta años, en una de las islas de las Indias Orientales. Comerciando con copra y caucho, había amasado una gigantesca fortuna, que se convirtió en unas costosísimas joyas para su mujer Armenia, que se había traido cuando comenzó a vender su imperio. Zaharoff solía llamarla "La reina de las islas" y la cubrió de joyas. Durante dos generaciones, los Zaharoffs habían gobernado sus islas con mano de hierro, hasta que la guerra atrajo las hordas de bárbaros japoneses. El hijo de Zaharoff había huido con aquella fortuna en joyas, y la había llevado a los Estados Unidos, para después perderlas, en un despiadado robo perpetrado por la banda de Haggard. Haggard había encerrado a la familia entera, incluyendo a sus huéspedes, en la cámara frigorífica, para que murieran congelados. Haggard había sido detenido posteriormente, pero no habían quedado supervivientes que pudieran identificarle. El joven Zaharoff se encontraba fuera de la casa en aquel momento. De modo que a Haggard le cayó cadena perpetua por otro crimen distinto, y nadie estuvo nunca seguro de que hubiera sido la banda de Haggard la que cometió aquella atrocidad contra los Zaharoff.
Y allí estaba la prueba. Pero Nellie, mientras yacía tendida en el suelo del automóvil, pensó amargamente que nunca viviría para identificar a Royce Haggard.El automóvil abandonó la autopista, y accedió a lo que parecía ser una carretera comarcal; al cabo de un tiempo, se detuvo. Nellie fue alzada en vilo, transportada sobre el hombro de alguien hasta una especie de almacén, y arrojada en el suelo de una habitación. Unos pocos minutos después, entró Haggard con otros dos hombres. A orden suya, Nellie fue rudamente levantada del suelo y sentada en una silla alta. Además forzaron la posición de los brazos de la joven hasta la parte de atrás de la silla, aún esposados, para que no pudiera moverse ni un milímetro.
Haggard se inclinó sobre ella, soplando la punta de un cigarrillo para insuflar su llama. Los ojos de aquel hombre eran pequeños y velados, como los de un pez; su rostro era pétreo e inexpresivo. Sostuvo el ardiente cigarrillo y lo desplazó cerca del rostro de la joven.
-Tus ojos, querida,- dijo suavemente. -Son unos ojos preciosos. Creo que empezaré con el izquierdo.- Acercó aún más la ardiente punta de cigarro. -Naturalmente, cerrarás el ojo cuando el cigarrillo se aproxime, querida. En consecuencia, te lo tendré que quemar a través del párpado.
Al mirarle, Nellie supo que aquello era el final. Sabía que aquel hombre la estaba diciendo exactamente lo que iba a hacer. Pensaba cumplir con detalle su amenaza. No era ningún farol, y no había nada que pudiera detenerle, ni tan siquiera un atisbo de compasión. Quería el tesoro de Zaharoff y estaba dispuesto a lo que fuera por conseguirlo.
Nellie casi podía sentir la espantosa agonía que le llegaría en un momento cuando la punta del cigarrillo tocara su párpado. Sus ojos se hallaban aún inflamados por el gas lacrimógeno, pero aquello no había sido nada, comparado con esto. Sintió que sus rodillas teblaban. Tensó cada músculo de su hermoso cuerpo para intentar liberarse, pero fue inútil. Entonces, observó fascinada aquel brillante punto de fuego, acercándose más y más, junto con el rostro inexpresivo de Royce Haggard.
-Estuvimos cinco años en la trena, esperando esta oportunidad,- decía Haggard con suavidad. -Teníamos escondido el tesoro de los Zaharoff, y lo planeamos tan cuidadosamente que hasta nos fugamos, provocando un motín. Enviamos a Procter... ese amigo tuyo, el tipo regordete del autobús... para que nos trajera el maletín, pero pensó que podía reirse de nosotros y conseguir escapar. Ya sabes lo que le ocurrió.- Haggard se acercó aún más, con el cigarrillo en la mano. -¿De verdad crees que ahora dejaremos que algo se interponga en nuestro camino? ¡Ni siquiera tus preciosos ojos, querida!
En un desesperado y frenético esfuerzo por ganar algo de tiempo, Nellie exclamó:
-¡Pero me matarás... incluso si hablo!
-Es verdad, querida. Pero al menos formarás una hermosa estampa en tu ataud. Y luego está lo del dolor. Es mucho mejor morir sin dolor, créeme.
Movió el cigarrillo tan cerca de Nellie, que la joven, involuntariamente, cerró los ojos. Pensaba que sus párpados estaban a punto de quemarse.
-¡Espera!- musitó.
Haggard sostuvo inmóvil el cigarrillo.
-Estoy esperando,- dijo impasiblemente.
-Trasladé el maletín,- mintió rápidamente Nellie. -¡A la caja fuerte del Hotel!
-¡Ah!- dijo Haggard. Se incorporó hasta quedar de pie, y retiró el cigarrillo. -¡La caja fuerte del hotel! ¡Así de sencillo! ¡Y no se me había ocurrido!- Soltó una risotada y se dirigió a uno de los dos hombres que aún permanecían inmóviles como estatuas, esperando órdenes. -¿Ves, Corbey, lo imposible que resulta preeverlo todo? ¿Ves lo difícil que es pensar en todo? Nos esperábamos las tretas más astutas, y esta chica ha empleado la más sencilla de todas ellas. ¡La caja fuerte del hotel!
-Ahora no podemos ir a buscarlo,- dijo Corbey secamente. -Habrá pasma por todas partes. A estas alturas, la gente del hotel ya sabrá que no éramos del F.B.I.
-Naturalmente,- dijo Haggard. -Tendremos que esperar justo hasta antes del amanecer. Llevaremos cinco hombres. Eso será suficiente. Para entonces, no habrá de guardia más que un policía. No deberíamos tener ningún problema con un solo policía, ¿eh? ¡Y el recepcionista estará encantado de abrirnos la caja fuerte!
Corbey sonrió torvamente.
-¡Apuesto a que si! ¡No habrá más que mostrarle un cigarro encendido!
Haggard asintió. Se giró hacia Nellie.
-Puede que estés mintiendo, y puede que no. Si has mentido acerca de ese asunto de guardar el maletín en la caja fuerte del hotel, tan sólo has ganado cinco o seis horas. Aprovéchalas. Pero... créeme... si el maletín no estuviera en la caja fuerte... ¡Te haré desear no haber hablado tanto!
CAPITULO IV.
EL VENGADOR.
En la calle Bleek, en la ciudad de Nueva York, hay un modesto edificio cuya fachada muestra una pequeña placa, en la que se lee una enigmática inscripción: Justicia, S.A.
La calle Bleek no es demasiado concurrida. Es un callejón sin salida, y no hay peatones que pasen por azar. Tan solo entran en la calle Bleek aquellos que se dirigen al edificio de Justicia, S.A., y todos ellos son gente que necesita ayuda desesperadamente. Pues allí se encuentra el cuartel general Dick Benson... El Vengador. Tras haber pasado él mismo por un auténtico calvario, había dedicado, desde entonces, toda su vida y su fortuna, a salvar a otros de las desgracias que le habían acontecido. A ninguna persona que pidiera su protección contra los señores del crimen... en cualquier parte del mundo... le era denegada la ayuda. La organización que El Vengador había construido era pequeña, pero compacta y eficiente. Trabajando como una bien engrasada maquinaria, solucionaba todos los casos con una pasmosa eficiencia.Pero aquella tarde no había actividad, ni caso alguno, en marcha, en Justicia, S.A.
Benson jugueteaba con los diales de un poderoso receptor, mientras la enorme figura de Smitty, su poderoso ayudante, se hallaba reclinado en una silla, con su enorme manaza agarrando un teléfono. Ambos hombres tenían el ceño fruncido. Ambos estaban preocupados.Al final, Smitty terminó su conversación telefónica y colgó el auricular. Se puso en pie. Era un verdadero gigante, alto y corpulento, como los vikingos de antaño; un hombre de enorme figura, con una voz profunda y atronadora.
-Algo va mal, Dick,- dijo el coloso. -La gente de Fleetwood dice que el autobús llegó a Miami hace cincuenta minutos; Si Nellie hubiera estado en él, habría telefoneado en aquel instante. ¡Sabe que es nuestra directriz principal!Aquella directriz dictaba que, siempre que un miembro de Justicia, S.A. estuviera lejos del cuartel general, ya fuera por asunto de negocios o por placer, él o ella debía mantener un contñinuo contacto telefónico, o bien por radio o telegrama. Había muy buenas razones para dictar esa norma; Justicia, S.A. se había ganado muchos, y muy terribles enemigos en el transcurso de su constante batalla contra el crimea. Y todos y cada uno de los miembros de la organización caminaban siempre bajo la sombra de la muerte. De ahí que se tomara la precaución de exigir comunicación casi constante. Si el cuartel general dejaba de tener noticias de un miembro ausente durante un tiempo, el resto, inmediatemente, se lanzaban a la acción.
-¿Abandondó alguien el autobús en medio de la ruta?- Preguntó Benson, jugueteando aún con la radio.
-El encargado no me lo ha dicho,- gruñó Smitty. -De hecho, ha sido condenadamente poco comunicativo. Le he dado la descripción de Nellie, pensando que podría decirme algo, pero ha cambiado de tema y ha preguntado por mi número de teléfono. Entonces ha habido un problema en la línea y me han desconectado.
-No me gusta,- dijo Benson. -Nellie debe estar en un apuro. Telefonea a Holloway, y dile que quiero que disponga en avión más rápido en el hangar. El caza Beaufort modificado nos servirá... ese que nos envió el gobierno británico cuando diseñamos la ametralladora situada en las alas. Tiene muchísima autonomía de vuelo.
Smitty asintió y se dirigió al teléfono, dando las instrucciones con rapidez.
-Prepáralo lo más rápido posible,- ordenó. -¡Saldremos en veinte minutos!
Mientras su ayudante colgaba el auricular, Dick Benson captó una señal de una emisora de Miami. Ambos hombres se tensaron como cables cuando escucharon el boletín de noticias:"... de lo que la policía no está aún segura, es de si la increible batalla del Hotel Sunset Hotel está relacionada con la joven de pelo castaño que está siendo buscada por el asesinato del hombre desconocido en la Terminal de autobuses de Daytona Beach. Hay razones para creer que los hombres que se hicieron pasar por agentes del F.B.I. durante dicha batalla, eran en realidad, un contingente de la banda de Royce Haggard. Según parece, secuestraron, en pleno hotel, a una joven... una que podría o no, ser la misma que está siendo buscada por asesinato.
Con un suspiro ahogado, Dick Benson apagó la radio y se puso en pie.
Smitty emitió una exclamación de desaliento.
-¡Se ha topado con la chusma de Haggard! ¡Ella sola! ¡Dios todopoderoso, no tiene ninguna posibilidad!
Ambos hombres se dirigieron a toda prisa a un mueble, situado en la esquina opuesta de la habitación, y cada uno de ellos tomó un arma especial... una pesada automática del calibre 45. Se pretrecharon, además, de algunos otros accesorios, que habían sido desarrollados en los laboratorios del Vengador, para el propósito concreto de combatir el fuego con el fuego.
-¡Vámonos!- Dijo Dick Benson. -¡Y quiera Dios que no sea demasiado tarde!
Mientras se apresuraban a salir por la puerta trasera de su garaje secreto, Smitty gruñó:
-Nos llevará casi cinco horas llegar hasta Miami. Si está en manos de Haggard, no vivirá tanto tiempo... ¡A menos que tenga algún as en la manga!Exactamente cuatro horas y siete minutos después, Dick Benson aterrizó el Beaufort en un aerodromo a las afueras de Miami. Había utilizado aquel avión como nunca antes había sido pilotado... ni siquiera por los pilotos de pruebas. La nave crujía en cada centímetro cuadrado de su superficie, y durante el último centenar de millas habían llegado a pensar que una de las alas iba a terminar desprendiéndose. Pero el aparato había aguantado, manteniéndose de una pieza de puro milagro. Tras aterrizar, ambos hombres saltaron del avión y se dirigieron, a la carrera, hasta el coche que habían solicitado por radio, que se encontraba ya esperándoles. Dieciséis minutos más tarde, se hallaban en la parte exterior del hotel Sunset. En la radio, mientras volaban hacia el sur, habían captado más boletines de noticias, de modo que ya tenían la mayor parte de las piezas de la historia. Benson había decidido empezar por el hotel Sunset, basándose en la teoría de que la joven que había sido raptada en el hotel por falsos agentes del F.B.I, debía de ser Nellie. Aparcaron el coche alquilado a una manzana de distancia, y caminaron hasta el Hotel Sunset por la acera opuesta. Eran casi las cuatro de la madrugada, y la ciudad se hallaba tan silenciosa como una tumba, con un calor opresivo flotando en el aire. El sol semitropical del amanecer pronto asomaría en el cielo, pero por el momento, la única luz era la de la luna, y aún era noche cerrada.
Justo cuando estaban a punto de pasar frente a la fachada de hotel, Benson agarró de repente el brazo de Smitty y le arrastró bajo la sombra de un balcón en voladizo. Lo hizo justo a tiempo, pues una limusina negra acababa de acceder a esa calle con las luces apagadas, deteniéndose ante la entrada del hotel. Tres hombres salieron de ella, y un patrullero uniformado, que evidentemente estaba de guardia, se adelantó hacia ellos, mientras extraía un revolver de su pistolera. Pero no tuvo ninguna oportunidad de terminar de desenfundar, pues se observó una llamarada desde el interior del coche, procedente de un arma con silenciador, y el policía se derrumbó, muriendo antes de que su cuerpo chocara contra el pavimento. Entonces, del coche salieron tres hombres más. Uno de ellos arrastró el cadáver del policía hasta dejarlo pegado al muro, para que no estorbara el paso. Luego, los seis hombres entraron en el hotel, dejando a un hombre al volante.
El rostro de Smitty se tensó se furia.
-¡Malditos sean! Esa debe ser la banda de Haggard. Así es como suelen actuar... malditos peces de sangre fría. ¡Vamos, Dick, vamos! Démosles...
Pero Benson se limitó a apoyar la mano en su hombro.
-No tan deprisa, Smitty. ¡Sígueme!
Smitty le siguió, y ambos hombres retrocedieron con gran cuidado, deslizándose a la sombra de la balconada hasta doblar la esquina. Benson subió al coche y Smitty se sentó a su lado.
-Si esa gentuza tiene a Nellie,- explicó Benson con rapidez, -¡No le seremos de gran ayuda si nos los cargamos aqui!
Smitty entrecerró los ojos, asintiendo.
-¡Tienes razón, Dick!
Apoyó sus grandes manazas sobre el volante, ejecutó un giro completo y apagó las luces del vehículo. Estacionó a la suficiente distancia como para poder obsevar la fachada del hotel. Pero la guardia tan sólo duró unos pocos minutos, pues al cabo de un rato, los seis hombres salieron del hotel. En el despejado aire de la noche, sus voces se escucharon con total nitidez.
-Esa pájara nos ha mentido, Corbey,- dijo una voz suave. -¡El maletín no está en la caja fuerte!
-¡Condenada...!
-¡En efecto, está condenada! ¡Espera a que regresemos!
Los hombres se apilaron en el interior de la limusina, y el vehículo arrancó.Smitty siguió al vehículo nada más giró la esquina, aún con las luces apagadas, y se mantuvo detrás suyo, a unas cien yardas de distancia.
-¡Esto,- dijo fieramente a Dick Benson, -va a ser toda una fiesta!
Benson no dijo nada. Continuó sentado, gravemente, mirando al coche al que íbamos siguiendo.
La posición de Nellie era extremadamente incómoda. Aún tenía los brazos esposados por detrás de la silla, y era incapaz de mover una sola extremidad. Y la quemadura de cigarro en su brazo le dolía horriblemente. En la otra habitación, podía oir a dos de los tres hombres, moviéndose de un lado a otro, esperando el regreso de los demás. La joven calculaba que habrían pasado unos cuarenta minutos, y entonces escuchó el ruido del automóvil, y las voces de los asesinos, que regresaban. Se preparó, intentando endurecer su mente para el tormento que estaba a punto de sufrir. Ya no habría más retrasos. Ahora, no se detendrían ante nada, con tal de sacarle toda la verdad. Y la joven sabía lo bastante sobre Haggard como para comprender que no cesaría de torturarla cuando, finalmente, hablara. Querría estar seguro de que, en esta ocasión, le estaba dicendo la verdad.
Pero su cabeza estaba levantada, orgullosamente, cuando se abrió la puerta, y Haggard penetró en la habitación, seguido de Corbey y Sturm. El hombre no dijo una sola palabra. Tan sólo se plantó en frente de la joven y, con deliberada lentitud, extrajo un cigarrillo de su paquete. Con una lentitud igualmente deliberada, lo encendió, y sopló cruelmente sobre la punta. Entonces se acercó a ella, agarró sus cabellos con una mano, y con la otra, acercó el cigarrillo hacia sus ojos...
Pero la incandescente punta del cigarro nunca alcanzó su objetivo, pues, de repente, las luces se apagaron, y la habitación quedó sumida en la más absoluta oscuridad. Tan sólo se apreciaba el cigarrillo en aquel negro vacío.
Alguién maldijo, y Haggard levantó la voz, llamando a los hombres de la otra habitación.
-¡Gurko! Cambia el fusible de una maldita vez...
Pero alguien le respondió.
-No ha sido el fusible, Haggard. Alguien ha cortado la línea desde el exterior...Una ventana se rompió, en alguna parte de la habitación, y un poderoso foco iluminó a los ocupantes, descansó un segundo sobre Nellie, y entonces enfocó directamente a Haggard y a los otros dos. Casi como si aquel haz luminoso hubiera sido una señal, comenzó a escucharse el estruendo de una potente pistola automática, mientras la luz se posaba de criminal en criminal. El arma, tan sólo se disparó tres veces, y cada disparo alcanzó su objetivo con absoluta precisión. Haggard se derrumbó con una bala en el pulmón, y los otros dos con severas heridas en el estómago.
Los ojos de Nellie se iluminaron de alivio, y con un súbito asomo de esperanza.
-¡Dick!- gritó. -¡El Vengador!
Desde la otra habitación, se escuchó un grito asustado:
-¡El Vengador!
Fue acallado por el atronador rugido de otra arma en el exterior. Mientras tanto, Dick Benson entró a través de la ventana y ayudó a Nellie a liberarse de la silla.
-¡Gracias a Dios!- dijo él, fervientemente.El tiroteó continuaba en la habitación de al lado, pero, en el momento que Benson llegó hasta la puerta, se detuvo. El Vengador Gritó, "O.K., Smitty," y abrió la puerta de par en par. El potente haz de su linterna iluminó la enorme silueta de Smitty, así como los terribles destrozos que había sufrido la habitación. En el umbral, la colosal y poderosa figura de Algernon Heathcote Smith, se alzaba, como uno de los dioses vengadores del mitología nórdica, con un arma humeante en la mano. Y, tendidos en el suelo, se hallaban los resultados del tiroteo.
-¿Cómo está Nellie?- preguntó ansiosamente.
-¡A salvo!- dijo Benson.
Regresó a la habitación, y Nellie señaló la figura de Haggard, que yacía boca arriba, con la sangre borboteando en su boca abierta.
-Ese es Royce Haggard,- dijo la joven. -Él tiene la llave de mis esposas.
Benson se arrodilló sobre él, tanteó en sus bolsillos y encontró la llave. Con presteza, liberó a Nellie Gray, y Smitty se acercó, y palmeó el hombro de la joven, mudo de alivio al verla viva y sin daño alguno.
A Haggard se le escapaba la vida con rapidez. Escupió sangre, e intentó hablar.
-Antes de que muera... tienes... tienes que decirme... dónde escondiste... el... ¡tesoro de Zaharoff!
Nellie se arrodilló ante él. Ahora ya no sentía rencor alguno, tan sólo frialdad y desprecio.
-En la cesta de la ropa sucia, en el cuarto de la limpieza,- le reveló. -Fue el lugar más sencillo que se me ocurrió.
Royce Haggard gruñó:
-Era... tan... condenadamente sencillo... Siempre me... espero tretas más astutas... ¡eso es lo que me... perdió!
Y tras decir aquello, Royce Haggard murió.
Smitty se giró, agarró el hombro de Nellie y la sacudió. Había recuperado parte de su ironía.
-Buen Dios, Nellie,- dijo sonriente, -¿Cuando aprenderás a cuidar de ti misma? No podremos dejarte ir sola a ninguna parte hasta que no crezcas un poco...
Pero Nellie le hizo callar muy eficazmente. Se puso de puntillas, le abrazó, tanto como pudo abarcar, y le besó.
-¡Eso para que veas cuánto me alegro de verte, Smitty!
FIN