Los Mandarines Blancos
por Clifford Goodrich

CAPITULO I

EL CRIMEN CRUZA UN OCÉANO.



 LA MUERTE llegó con la niebla. Un manto blanco y ondulante de bruma cubría los sombríos muelles.
    En el embarcadero, formaba espirales fantasmales, que recordaban vagamente a tentáculos, tanteando a los barcos allí anclados. Había poco tráfico en el puerto. Los barcos permanecían a salvo, amarrados en sus muelles. Ya llegaría el momento en que cruzarían el ancho océano. Aún les quedaban muchos días de los que preocuparse, antes de llegar a su remotos destinos.
     Había unos pocos bajeles sin amarrar, aproximándose a los embarcaderos que les aguardaban. Sus pilotos estaban tensos mientras maniobraban para esquivar a los demás barcos. Tenían miedo de colisionar con ellos; el choque del metal contra metal, era un asunto muy feo.
 

     Pero ninguno de ellos vió a la muerte, que se deslizaba en silencio en dirección a los sombríos muelles que daban a China Hill.
     Era un espectro sombrío que parecía fuera de lugar en aquellos muelles. Un navío chino, un junco, que no debía medir más de doce metros de proa a popa, con la cubierta de bambú. Las velas de ratán se movían ligeramente, como si los dedos de la niebla jugaran con ellas. Los cabos crujían ligeramente, tensos, y llenos de nudos y poleas.
     El junco chino llevaba unos caracteres pintados en el casco. Aquellos que pudieran leer el idioma chino en el que estaban escritos, habrían podido declarar que dicho barco era el "Loto Flotante", ¡Y que venía nada menos que del puerto de Shanghai!
     La cubierta esta poblada por delgados marineros, desnudos de cintura para arriba. Sus pantalones de algodón pendían fláccidos de sus cuerpos inmóviles. Todos aquellos hombres estaban muertos.
     Era algo increible... un barco fantasma, atestado de cadáveres, a decenas de miles de kilómetros de su hogar; un navío de pesadilla, sin capitán ni tripulación.
  El Loto Flotante agitó su velamen, meciéndose suavemente por la marea en dirección a la orilla.
     El caso del Loto Flotante resultó una verdadera sorpresa para la policía. Aquel fue un día de fiesta para el gremio de la prensa.
     Pero, extrañamente, se esperaba algo así. Los habitantes de China Hill no sabían nada acerca del junco que se dirigía hacia ellos. Pero la extraña carga que trasportaba, explicaba el miedo que había estado atenazando a la población china, que por lo general sólo se preocupaba de sus nimios asuntos de comercio.

******

    Unos Orientales vestidos con trajes de algodón, parloteaban en una esquina de China Hill. Hablaban entre si con vehementes susurros. Ningún verdadero chino dejaba de guardar cierto respeto hacia el alma de los que habían fallecido.
    Especialmente, cuando dicha alma era la de Wang Chu Ho.
    --K'ung p'a,- un mercader de elevada estatura, con una túnica de seda, se dirigió al grupo que había ante él. -Estoy preocupado. Si el alma de Wang Chu Ho está de verdad en camino, parece seguro que el Tao Fan atacará. Tong ja, tendremos un nuevo y muy poderoso amo.
    De repente, el alto mercader cesó de hablar y miró hacia atrás... No pudo ver demasiado, pues la niebla envolvía la parte baja de China Hill como una funesta mortaja.
    Pero, al cabo de unos instantes, el mercader vislumbró la figura que sus agudos oídos habían detectado. Se trataba de una figura vaga, borrosa. Un hombre de gris, tan incierto como la misma niebla. Su mandíbula era curiosamente punteaguda. El sombrero que llevaba era muy peculiar, ya que había pasado de moda hacía ya casi un siglo. Era un sombrero extraño, de ala ancha y redonda, que recordaba al empleado por los cuáqueros. Detrás del extraño sombrero asomaba una mata de cabello grisáceo y ceniciento.
    Todo China Hill conocía al anodino, casi patético personaje llamado D. Smith, un don nadie que, extrañamente, parecía saber demasiadas cosas sobre los secretos del barrio oriental.
    Pero los criminales sabían que aquella confusa figura anunciaba a alguien más. D. Smith era también El Susurrador. Y allá donde el Susurrador se aparecía, un crimen estaba a punto de cometerse.
    El hombre de gris se detuvo ante el grupo, y, tras unos instantes, habló. El efecto de su voz fue electrizante, y el alto mercader se enderezó como si le hubieran sumergido en agua helada.
    La voz del hombre de gris era un susurro penetrante, un susurro de ultratumba. Se trataba de un sonido desafiante, que no parecía provenir de ninguna dirección en particular.
    --El Tao Fan,- susurró el hombre gris,- Atacará.
    El Susurrador habló en el dialecto de Shanghai. El Tao Fan era una letal organización del medio-oeste de China. Aquello era todo lo que sabía. El resto lo aprendió por la súbita reacción de sus oyentes.
    --¡Ai yah, ai yah!- trinó uno de ellos, temblando.- ¡K'ung p'a! (Tenemos miedo).- De repente, el grupo se dispersó, alejándose en una docena de diferentes direcciones.
    Los pálidos e incoloros ojos del Susurrador no delataron emoción alguna. Pero, una vez más, de sus labios salió una risa queda, una risa de ultratumba. Los rumores inconexos que había oído ultimamente, estaban resultando ser ciertos.
    El Tao Fan, esa gigantesca organización de piratas y asesinos, había viajado desde el río Yangtsé, cruzando un océano. El hombre de gris no conocía aún la llegada del Loto Flotante, con su cargamento de cadáveres. Pero intuía que una ola de crímenes, de un tipo nunca antes visto en aquella ciudad, estaba a punto de desencadenarse.
    ¡Y a su cabeza, si es que debían creerse los rumores, estaría una mano muerta, pero implacable! ¡El alma de Wang Chu Ho se disponía a gobernar con mano de hierro!  Wang Chu Ho, el poderoso señor de la guerra que había organizado a los piratas del río Yangtsé, convirtiéndolos en una terrible organización. ¡Wang Chu Ho, el poderoso Tibetano que había sido ejecutado por el mando militar japonés hacía poco menos de un mes!
    El Susurrador avanzó suavemente calle abajo. Estaba considerando una serie de factores que él sabía que eran imposibles. Pero, pese a su imposibilidad, tenía el sombrío presentimiento de que acabarían convirtiéndose en algo muy real. ¡Para satisfacer a los Orientales, tendría que haber una prueba de que el alma de Wang Chu Ho había llegado!
    De repente, detrás del Susurrador sonaron unos pasos, que le confirmaron que tenía razón. El mundo del crimen estaba dispuesto a evitar que el hombre de gris investigara al Tao Fan. Unas voces agudas gritaron algo en el dialecto del valle del Yangtsé, y las armas empezaron a disparar. El Susurrador se apartó rápidamente, refugiándose en un estrecho portal, mientras media docena de chinos se arrojaban contra él, con sus automáticas occidentales arrojando plomo y fuego.
    El Susurrador rió quedamente. Unas pistolas extrañas, sobredimensionadas, parecieron saltar a sus pequeñas manos. De ellas partió una llamarada de fuego azulado. El sonido de aquellas armas recordaba a su voz, silenciosa y susurrante. Ni tan siquiera se escuchaba el "plop" habitual en un silenciador ordinario.
    Dos de los criminales chinos cayeron al suelo gritando. Las automáticas supersilenciosas del Susurrador continuaron arrojando plomo ardiente. Los otros asesinos comenzaron a retroceder.
  --¡Mei yu fatsu! ¡Mei yu fatsu! (No podemos hacer nada. ¡Dejadle!)- Gritaron.
    Los cuatro malhechores ilesos se alejaron corriendo, dejando a sus compañeros tendidos en plena calle.
    Los ojos del Susurrador brillaron de un modo extraño. Aquellos hombres no estaban malheridos, pero no se molestó en interrogarles. Conocía el poder del Tao Fan, y sabía que ni la perspectiva de una muerte espantosa podría hacer salir una sola palabra de sus labios.
 El Susurrador se mezcló con la niebla. Había demasiados cabos sueltos que había que atar. Sabía que esta oleada de crímenes no solo iba a afectar a China Hill y a sus habitantes.
    Estaba el asunto de los Cinco Mandarines Blancos. Una frase que había escuchado en susurros en muchos portales de China Hill.
    Pero aún no había podido descubrir quiénes eran, o qué conexión tenían con el caso.
    Lo único que decían sobre ellos las sedosas voces de los habitantes de China Hill, era que estaban destinados a morir.

******

 La joven que viajaba sobre la cubierta del "Reina del Pacífico" no pronunció una sola palabra acerca de los Cinco Mandarines Blancos. Quizás, aquello fue debido a que su interrogador no la preguntó por ellos en ningún momento.
     La muchacha no aparentaba tener más de veinte años. Su rostro era serio, y mostraba cierta preocupación. Llevaba un cálido abrigo envolviendo su cuerpo, aunque no podía disimular unas curvas que todos los hombres de la lista de pasajeros habían admirado abiertamente. Los labios de Alice Lane no necesitaban pintarse de rojo, y sus ojos eran oscuros y serios.
     Pero el miedo no asomó en ellos, al menos hasta que el hombre joven no la preguntó acerca de Wang Chu Ho. La joven se estremeció ligeramente. El miedo la hacía aún más hermosa.
     --Si,- dijo, dudando un poco-. Llegué a conocer a Wang Chu Ho. Trabajé como su secretaria. Una vez, hace muchos años, tuvo tratos con mi padre, aunque yo no le recuerdo de aquellos días. No obstante, me enseñó una carta que mi padre le había escrito. En aquella carta le demostraba una gran confianza. Es todo lo que sé de su verdadero pasado.
     El hombre que la interogaba se mordió unos instantes la comisura de los labios. Daba la sensación de no estar disfrutando con aquel interrogatorio; aquello no era más que una obligación que debía llevar a cabo. Era un joven de cabello claro que solía hacer muchas preguntas.
     El resto de los pasajeros le conocían como Johnny Hobart, un reportero estrella de una importante cadena de prensa. También él regresaba de Oriente.
     Continuó interrogando a Alice Lane.
     --Pero el Tao Fan,- insistió, -Es mucho más que una guerrilla que se opone al Ejército Chino. ¿No se trata de una Sociedad Secreta que es temida por todos?
     Alice Lane apretó los labios. Por unos instantes, le miró como una maestra que estuviera reprendiendo a un alumno imprudente.
     --Ustedes, los periodistas, no hacen más que preguntas estúpidas,- saltó. -No pienso seguir respondiéndole.
     La joven se dio la vuelta, y se dirigió hacia el otro extremo de la cubierta. El "Reina del Pacífico" estaba siendo guiado por cuatro lanchas guardacostas en dirección al puerto. La muchacha manoseó nerviosa su bolso de mano. Lo abrió por un instante, y miró rápidamente en su interior. Entonces, lanzó un suspiro de alivio.
     Dentro, tan sólo había un sencillo sobre. Se hallaba lacrado con un sello chino de intrincado diseño. Sólo había un nombre escrito en su exterior. Era el nombre de un financiero; un hombre poderoso y con gran influencia en la industria.
     Harold L. Herod era un magnate del motor, cuyo patrimonio ascendía a millones de dólares. Era también presidente del China Club... un grupo de hombres acaudalados que habían comenzado a ganar su fortuna en el Lejano Oriente.
     Alice Lane volvió a suspirar. Entonces, mientras el muelle se acercaba con celeridad, se apresuró a acercarse a la pasarela de desembarco.
     No tuvo que esperar demasiado en el control de equipajes. La lista de pasajeros era muy reducida. Tras pasar por el control, caminó hasta la parada de taxis, para dirigirse a un hotel.
     Cuando estaba llegando a la parada de taxis, apareció uno, adelantando al resto, y recibiendo airadas protestas de los otros coches que se hallaban allí esperando. El conductor parecía demasiado ocupado como para hacer caso de los improperios que le dirigían los demás taxistas.
     Alice Lane parecía demasiado distraida como para percatarse de aquello. Su rostro mostraba una expresión resuelta. El taxista dejó el volante y salió al exterior. Se trataba de un hombre de aspecto zafio y bastante brutal. Abrió la puerta para que Alice entrara y, extrañamente, permaneció inmóvil, esperando a que lo hiciera.
     La joven entró en el automóvil. Entonces, el conductor cerró la puerta desde fuera. Fue en ese momento cuando la joven se percató de que no había picaporte en el interior del vehículo. Sólo podía abrirse desde el exterior.
     El conductor se sentó en su asiento y apretó a fondo el acelerador.
  El chirrido de los neumáticos fue atronador, pero no hicieron el suficiente ruido como para apagar el grito de mujer que se escuchó desde el interior del taxi.
    El mozo de equipajes observó la escena, intrigado, para luego regresar al trabajo. Aquello no era asunto suyo.
 


CAPÍTULO II

WILDCAT INVESTIGA.



    HAROLD L. HEROD tenía el hábito de pellizcarse la mejilla. Era un tic nervioso que solía indicar que se encontraba preocupado; que esperaba que ocurriera algo importante.
    En aquellos momentos, Herod se encontraba pellizcando su grisácea mejilla. El rostro del magnate del motor era fuerte y duro, con la mandíbula ligeramente torcida. Su cabello de un gris acerado. Herod había pasado muchos años en China, y estaba muy versado en los misterios del Lejano Oriente. Por ese motivo era el presidente del China Club. Por eso, y por su fortuna.
    Había otros dos hombres con él, en la habitación.
  Uno de ellos era un hombre encorvado y enfermizo, que solía quejarse de reuma, de los cambios de tiempo, y de las neuralgias que siempre le provocaban. Uno de sus brazos se hallaba dolorosamente contorsionado.
    Genung O. Lanning era un comerciante, importador y especialista en joyas. También él era un miembro importante del China Club. Aunque, al ser su fortuna bastante menor que la de Harold Herod, la importancia de Lanning en el club era también menor.
    El tercer hombre de la sala dirigía la mayoría de sus preguntas directamente a Herod. El interrogador contrastaba de un modo grotesco con el estilo más conservador de sus dos compañeros. Su traje era de un tono azulado tan vivo, que parecía contar con su propia iluminación fluorescente. En su ojal llevaba una flor roja, que contrastaba con el traje de un modo chocante. Pero era la corbata, de un color púrpura, lo que denotaba lo que sería considerado como una absoluta falta de buen gusto en cualquier estadio de la sociedad.
    El Comisario de Policía James "Wildcat" (Gato Salvaje) Gordon tenía los pies apoyados sobre su escritorio; dos pies calzados con unos zapatos de un espantoso marrón amarillento.
  Llevaba un sombrero de campaña del ejército, bastante fuera de lugar, que arrojaba sombras sobre sus ojos azul grisáceo.
  Sus palabras fueron concisas y cortantes.
    --Algo malo se está cociendo en Chinatown,- comentó. -Esperaba que ustedes pudieran facilitarme algo de información al respecto.
    Harold Herod se encogió de hombros.
    --No sé de qué se trata,- replicó. -Sé muchas cosas sobre China. Sobre algunas puedo hablar con libertad, y sobre otras no. Pero no sé absolutamente nada acerca de todo este asunto del Tao Fan.
    Los ojos azul grisáceos de Wildcat se posaron como un fuego gélido sobre el magnate del motor.
    --¿Llegó a conocer a Wang Chu Ho cuando estaba en China?- Preguntó de repente.
    Herod se volvió evasivo, y sin percatarse de ello, comenzó de nuevo a pellizcarse la mejilla.
    --No-o-o-o,- dijo lentamente. -Es probable que en breve pueda tener algo de información. -Dudó un momento, y luego continuó. -Hoy mismo espero que llegue un mensaje de cierta importancia,- explicó. -Aunque no sé muy bien cuanta información contendrá.
    Herod miró a Wildcat por unos instantes. Entonces, éste, de un modo casual, soltó:
    --Es posible que tenga que contratar a un guardaespaldas. Si así fuera, se lo haré saber.
  Herod no dijo nada. Se limitó a negar con la cabeza, señalando a Lanning.
    --No creo que él tampoco sepa nada acerca de Wang Chu Ho.- Opinó entonces Herod. -¿Por qué no le ha preguntado?
    Genung O. Lanning se estremeció de sorpresa. Sacudió la cabeza con vehemencia.
   --Creo que todo eso del Tao Fan sucedió después de nuestra estancia en China, comisario,- informó. -Nadie había vuelto a oir hablar de Wang Chu Ho desde la última vez que operó en Oriente. Yo hice un viaje allí el año pasado, pero sólo fue una breve visita.
    Wildcat gruñó.
    --Voy a ir repasando a todos los miembros de su club,- dijo. -Hay otro individuo al que pienso interrogar más adelante. Es posible que Charles Haddington Hall pueda saber algo al respecto. Estuvo allí en los viejos tiempos, y, debido a sus periódicos, aún tiene muchos contactos.
    Ambos hombres asintieron. La cadena de Prensa Hall-Webster poseía una influencia y un poder considerables. Herod parecía pensar que aquella era una buena idea.
    --Es posible que él sepa algo,- observó. -Creo recordar que Johnny Hobart, su mejor periodista en Oriente, acaba de regresar.
    Wildcat Gordon ya se había enterado del regreso de Hobart. Aunque no tenía modo de saber qué tipo de conversación había mantenido Johnny Hobart con Alice Lane.

    LA puerta de la oficina se abrió de repente, interrumpiendo la conversación. Un hombre alto, de gran nariz, irrumpió en la habitación. El Adjunto Henry Bolton tenía los ojos pequeños, y demasiado juntos, pero el asombro hacía que pareciesen más grandes de lo que habían sido nunca.
    --¡Un junco chino ha llegado al puerto!- Graznó. -Había diez muertos a bordo. Parece como si el barco hubiera venido solo desde China, sin nadie vivo a bordo.
    Obviamente, ni el mismo Bolton creía lo que estaba diciendo. Farfulló una historia acerca de la llegada del Loto Flotante. Había terminado por detenerse en un muelle en la parte baja de China Hill. Los vecinos de la zona lo descubrieron, y luego llamaron a la policía.
    Wildcat bajó los pies de la mesa. Sus ojos, azules y fríos, brillaron de un modo extraño. Aquellos ojos eran conocidos y temidos por los delincuentes. Eran de un azul apagado; los ojos de los Rangers de Texas, que habían cazado delincuentes durante varias generaciones en la familia de Wildcat Gordon. El ejército había apartado a Wildcat de las llanuras de Texas; le había acabado llevando a la gran ciudad, donde era conocido como el Comisario de policía más poco ortodoxo, y más temido que hubiera habido nunca en la ciudad.
    Wildcat se puso en pie de un salto. Las piezas comenzaban a juntarse en su cabeza. Mientras corría hacia la puerta, Gordon intentó encajar al barco fantasma, aquel Loto Flotante, en la escena, tal como la conocía.
    No parecía tener mucho que ver.
    --Acompaña al señor Lanning a su casa,- ordenó a Henry Bolton. -Habla con él por el camino. Quizás él pueda arrojar algo de luz sobre este embrollo.
    Bolton se demoró en cumplir las órdenes. Pese a su puesto de Adjunto, Henry ansiaba obtener la posición de Wildcat. Le hubiera gustado estar allí donde estaba la noticia. Los periódicos, claro está, tomarían fotografías del Loto Flotante. Y Bolton habría querido figurar en ellas.
    Wildcat no se detuvo a pensar. Lanzó unas cuantas instrucciones al teniente de la oficina.
    --Mándame a Traeger en cuanto venga por aquí,- ordenó. -Le estaré esperando.
    Wildcat corrió hacia su coche. Cuando tenía un pie en el interior, una figura se acercó a él. Se trataba de un joven de aspecto agradable, con el cabello de un color rubio arena.
    --Tengo que hablar con usted, comisario,- dijo bruscamente. -Soy Johnny Hobart, de la cadena de periódicos Hall-Webster. Creo que han secuestrado a una muchacha.

    WILDCAT gruñó; y saltó al volante de su automóvil; Johnny Hobart entró en el asiento del conductor.
    --La chica venía de China,- explicó Hobart. -Creo que sabía bastante acerca de Wang Chu Ho y del Tao Fan.
    Wildcat volvió a mirarle, pero en esta ocasión no gruñó.
   --Continúe,- espetó. -Cuénteme todo lo que ocurrió.
    La voz de Hobart era tranquila, como si estuviera dictando una nota periodística. No omitió detalle alguno sobre la conversación. Mencionó el miedo que asomó a los ojos de Alice Lane cuando la preguntó acerca del Tao Fan. E incluso le describió sus ojos. Pero Wildcat le observó de un modo cortante. Sus ojos azules se cerraron ligeramente.
    --Supongo que querrá trabajar en estrecho contacto con la policía en este caso, ¿No es así?- Preguntó abiertamente.
    Hobart se revolvió incómodo. Sus ojos mostraron cierta sorpresa.
    --¿Qué? ¡Por supuesto que si! -Reconoció. -¿Y por qué no habría de quererlo?
    Wildcat no respondió. Había tenido la corazonada de que alguien del China Club podría tener alguna conexión con el Tao Fan. Pensaba que, en ese grupo, podría encontrar a los Cinco Mandarines Blancos. No había preguntado directamente por ellos, porque no quería que sus interrogados se enteraran de lo que sabía.
      Charles Haddington Hall había tenido una carrera espectacular en China. Había sido uno de los mejores corresponsales en aquel país, y probablemente conocía más secretos sobre China que cualquier otro miembro del selecto club al que pertenecía.
      Quizás incluso lo supiera todo acerca de los Cinco Mandarines Blancos, que se suponía estaban a punto de morir.
      Wildcat permaneció en silencio mientras el coche de policía se adentró en el sombrío muelle. Varios grupos de Orientales curiosos se apretujaban alrededor del antiguo junco. Se había apostado a un oficial de policía para mantenerles apartados de la embarcación.
      Wildcat subió a bordo, intentando vislumbrar el mensaje que se suponía que debía transmitir aquella desvencijada cáscara de nuez. El viento y las tormentas se habían cobrado su precio en el pequeño bajel. Las velas de ratán eran ya poco más que harapos. Los hombres que había desparramados por la cubierta, llevaban ya muertos muchos días. Wildcat no necesitaba un experto forense para percatarse de aquello.
      No había nada más a bordo de la embarcación. Ni un sólo resto de comida. El hecho de que hubiera podido navegar en alta mar durante días sin un sólo alma viviente a bordo, parecía un sinsentido. Pero allí estaba. Entonces, Wildcat comenzó a pensar en las fechas.
      --¿Cuando ejecutaron en China a Wang Chu Ho?- Preguntó de súbito a Johnny Hobart.
      Hobart pensó durante unos instantes, como intentando recordar.
      --El 6 de enero,- dijo. -Recuerdo que...
      Wildcat silbó extrañamente. ¡Algo le decía que este junco, en teoría, había transportado el alma asesina de Wang Chu Ho desde el Lejano Oriente hasta China Hill! Pero aquello era manifiestamente imposible. Incluso si uno llegara a creer en las supersticiones. Habían pasado cuarenta y ocho días desde que Wang Chu Ho fuera ejecutado. La meteorología en el Pacífico había sido muy adversa. Wildcat recordaba aún al marinero noruego y a su esposa medio japonesa que habían realizado el mismo viaje en un junco, hacía poco más de medio año. Les había llevado más de tres meses llegar a Estados Unidos, y eso bajo unas condiciones meteorológicas mucho más favorables.
     Entonces, Wildcat tragó saliba. Acababa de ver algo más. Algo que arrancó de sus labios un suave silbido de asombro. Había investigado mucho acerca de Wang-Chu Ho, el poderoso Tibetano, y se había informado bastante acerca de la religión tibetana, y sus supersticiones.
     Y de repente se dió cuenta de que sus sospechas, aún siendo imposibles, habían sido acertadas. ¡El poder viviente que residía en el alma de Wang Chu Ho había llegado a la ciudad a bordo del Loto Flotante!

     WILDCAT reprimió un comentario malsonante acerca de los enmarañados asuntos del Lejano Oriente. Se movió por el junco, inspeccionándolo exhaustivamente. Se detuvo en la proa durante largo rato, inclinándose hacia delante. Entonces, lanzó un gruñido.
     Una voz chillona le interrumpió.
     --¡Por todos los diablos, Wildcat!- Protestó la voz en un tono alto. -Ya sólo falta tener al mismísimo Cristobal Colón llamando a jefatura.
     El hombre que así bromeaba era alto y desgarbado. Estaba totalmente calvo, excepto por dos matas de cabello gris sobre las orejas. Mantenía los ojos algo cerrados, como si fuera corto de vista. Pero aquello no era más que mera apariencia. El Comisario Adjunto retirado, Richard Traeger, más conocido como el Viejo "Quick Trigger" (Gatillo Rápido), no era miope en absoluto. Tan sólo estaba intentado ver cosas que el ojo humano rara vez llegaba a percibir. Y en esa tarea, Quick Trigger casi siempre solía tener éxito.
     Wildcat no dedicó a su amigo y mentor el acostumbrado y cálido saludo. Prácticamente podía decirse que había sido "Quick Trigger" el que había apadrinado a "Wildcat" Gordon en el departamento de policía. Traeger había conocido al padre de "Wildcat" en los viejos tiempos en los que ambos habían perseguido criminales en las ciudades de la Costa Oeste.
     Gordon miró a "Quick Trigger" casi sin verle. Se hallaba abstraido, recordando las evasivas de Harold L. Herod, y la información que había esperado obtener aquel día. Se preguntó si Herod sabría algo acerca de los Cinco Mandarines Blancos; los Mandarines Blancos que estaban a punto de morir.
     Wildcat comenzó a repartir rápidas instrucciones, y envió a un guardia al domicilio del magnate del motor. No debía permitir que entrara ni saliera nadie de la casa de Herod.
     Wildcat Gordon estaba seguro de que el Tao Fan estaba a punto de atacar. Sus miembros tan sólo esperaban la llegada del fantasma de su amo. ¡Y ahora, dicho espectro había llegado!
     Entonces, Wildcat habló con suavidad al Viejo "Quick Trigger". Habló en voz baja, para que Johnny Hobart no pudiera oirles.
     Quick Trigger se rascó la calva.
     --Maldita sea, Wildcat, esto no me gusta nada,- protestó. -Un día de estos te vas a meter en un lío del que no podrás salir.
     Wildcat sonrió como un lobo, y se apartó del embarcadero.
     --Ya tienes tus órdenes, Quick,- gruñó. -Y yo tengo cosas que hacer en China Hill.

 Sin ser visto, un furtivo Oriental, mezclado entre el gentío, sonrió con maldad, y se alejó en la oscuridad.
 


CAPÍTULO III

LA MADRIGUERA DEL ZORRO.




    EL observador furtivo que se había apartado del grupo de curiosos, se adentró en las calles de China Hill. Al llegar a ciertos portales, sus labios formaron una serie de palabras agudas, y dichas palabras acabaron abriéndole las puertas que conducían al laberinto que existía tras las calles de China Hill.

*****

   Al poco rato, varios grupos de chinos acechaban en todas y cada una de las oscuras esquinas que daban a Sampan Street. Sus ojos buscaban el chillón atuendo de Wildcat Gordon. Miraron de reojo a la vaga figura que pasó a su lado por la calle, sin prestarle más atención.
     El Susurrador se hallaba de nuevo tras la pista del Tao Fan. El pequeño supercriminal cuya presa eran los malhechores, resultaba casi invisible en la penumbra de aquella noche de niebla. Sus pasos, lentamente, le encminaban hacia su destino.
     Al girar un esquina plagada de anuncios chinos, llegó hasta un desvencijado local que era bien conocido por todo el mundo. Los guías de los autobuses turísticos, solían señalar que "La Madriguera del Cachorro" era un genuino fumadero de opio. Aquello, claro está, no era más que un bulo. Nadie fumaba opio en "La Madriguera del Cachorro". No era más que uno de tantos lugares que aparentan cierto tipismo para sacarle dinero al incauto.
    Sin embargo, El Susurrador entró por la puerta, de todos modos. Tenía motivos para hacerlo; motivos desconocidos para la mayoría de los policías. Los oficiales del cuerpo solían bromear acerca de "La Madriguera del Cachorro". Era un camelo tan evidente, que no le prestaban la más mínima atención. Si a los turistas les resultaba emocionante pagar un cuarto de dólar por echarle un vistazo a lo que ellos creían que era un antro de vicio, pues que lo disfrutaran. A nadie le molestaba aquello.
    Pero el hombre de gris sabía que "La Madriguera del Cachorro" no era sino una fachada de la guarida de Hu Li, el zorro de China Hill.
    Nadie sabía demasiado acerca de Hu Li, el Zorro. La policía no le buscaba, porque, en realidad, no se le acusaba de ningún crimen. A pesar de ello, estaban seguros de que era responsable de muchos.
    ¡El Susurrador sabía que Hu Li era un miembro importante del Tao Fan! Últimamente habían aparecido muchas caras nuevas en China Hill, caras que habían escapado al escrutinio oficial de la policía. Pero no habían pasado inadvertidos ante la aguda mirada del Susurrador. El hombre de gris sabía que los antiguos piratas del Valle del Yangtsé se habían ido infiltrando en la ciudad. Y también sabía que era Hu Li quien los acogía.
 El hombre de gris tosió suavemente mientras caminaba por el interior de "La Madriguera del Cachorro". Allí se servía vino de arroz, y solía pedirse emitiendo dicha tos. El Susurrador volvió a toser, demandando así un poco de dicho vino. Eligió un rincón al fondo del comedor, próximo a un pasillo estrecho y oscuro.
     Un delgaducho culí le trajo su vino y se marchó. El hombre de gris esperó en silencio. Al cabo de un rato, escuchó un sonido a su espalda. Unas suaves pisadas se acercaban por el corredor que tenía detrás de su mesa. Un chino de pequeña estatura comenzó a asomarse por el pasillo.
     El pequeño oriental nunca llegó a saber qué le había sucedido. Una mano delgada, pero con la fuerza de un grupo de cables de acero, le asió por el cuello como si fuera una serpiente. El chino intentó gritar, pero descubrió que no podía. Abrió la boca, sacando la lengua, pero no fue capaz de articular palabra. Se produjo una repentina presión en los nervios de la nuca del individuo oriental, y acto seguido cayó inconsciente.
      Al momento siguiente, fue tendido sobre la silla y apoyado en la mesa, como si estuviera durmiendo. Un sombrero extraño, de ala redonda, fue colocado sobre su cabeza, ocultando sus rasgados ojos de Oriental.
      Un aterrador y escalofriante susurro llenó el aire de "La Madriguera del Cachorro", haciendo que el camamero que había traído el vino de arroz al hombre de gris, se estremeciera ligeramente. Se movió suavemente hacia el otro extremo de la estancia...

      EL SUSURRADOR se sumergió en la oscuridad del estrecho pasillo. Se encorvó, para adoptar la pose que el chino había exhibido. Una rápida mano de maquillaje convirtió sus ojos en rasgados, como los de un Oriental. Su mandíbula apuntada fue ocultada bajo el cuello de la chaqueta china que ahora levaba puesta. Una peluca negra cubrió su cabello canoso y ceniciento.
       El Susurrador encontró una puerta, probó a abrirla, y encontró que no estaba cerrada. Evidentemente, el individuo que había salido al pasillo tenía pensado regresar rápidamente. Entró en la estancia. Había muchos hombres en aquella habitación, y su atención estaba posada en un punto concreto. Afortunadamente, prestaron muy poca atención al regreso de su compañero. Un disfraz tan apresurado no habría resistido un escrutinio exhautivo.
 El Susurrador juntó las manos en silencio, a la manera china. Si pudiera conseguir no ser detectado durante algunos instantes podría descubrir muchas cosas acerca del Tao Fan. ¡Pues aquellos de ahí eran los piratas del río Yangtsé, que estaban propagando el terror por todo China Hill!
     Los miembros del Tao Fan se hallaban inmóviles, con una actitud de profunda atención. En el extremo opuesto de la habitación, una figura diferente se encontraba sentada en un trono, sobre un pedestal de ligera elevación. Parecía frágil y encorvado, pero una fuerza de venenosa vitalidad resplandecía en sus profundos ojos negros.
     El individuo vestía una túnica de brocado, típica de un mandarín del Norte de la China. La túnica hacía que su estatura resultara difícil de determinar. Su rostro era de un pálido macilento, cubierto tras varias capas de polvos blancos de arroz. Tenía el aspecto de un actor de una obra de teatro china. Pero las palabras que pronunció no pertenecían a ningún libreto teatral. Habló en el dialecto del Valle del Yangtsé, y sus palabras cortaban como delgados cuchillos, arrojados contra la carne que pensaban herir.
     --¡Soy yo, Hu Li, quien ahora habla en nombre del espíritu de Wang Chu Ho!- Tronó el empolvado líder. -Ya habéis presenciado la voluntad del maestro.
     Hu Li señaló dos paquetes cuadrados envueltos en tela blanca, que se hallaban junto a él. El Susurrador sabía que aquellos eran los dos símbolos blancos de la llegada de un alma que había partido de su cuerpo. Y supo también que representaban el alma de Wang Chu Ho. Entonces, el hombre de gris se enderezó. Había visto algo más junto al pedestal. ¡Se trataba del pequeño sombrero de una mujer, una pieza coqueta de moda femenina que sólo una elegante chica americana podría vestir!
      El hombre de gris supo entonces que Alice Lane, la joven que había sido la secretaria de Wang Chu Ho en Oriente, había sido conducida a aquel antro de piratas fluviales. Pues ya sabía de la llegada de la joven.
    Se preguntó por qué aquella joven, en la que aparentenmente confiaba su líder, sería secuestrada por aquellos que también le servían... En el fondo de todo aquello debía estar fraguándose un crimen terrible; algo que desconocían incluso aquellos miembros del Tao Fan... de eso estaba seguro El Susurrador.
    HU LI habló con la suavidad de la seda, mientras miraba los dos símbolos blancos religiosos.
 --El Loto Flotante ha traído hasta nosotros el alma de nuestro maestro,- entonó. -Está por llegar el día en que el alma que habría sido forzada a errar por el bardo, atraviese para siempre la región de las bestias.
    Entonces, Hu Li escupió unas cuantas palabras rápidas.
    --Ahora, el alma descansa conmigo,- anunció. -Mis órdenes serán obedecidas. ¡Y en primer lugar, los Cinco Mandarines Blancos deberán pagar su precio en oro y muerte!
Los Cinco Mandarines Blancos deberán pagar su precio en oro y muerte
     Hu Li se detuvo, en un énfasis dramático. Al continuar, en sus labios asomó un rictus de odio.
   --Entonces, hermanos,- siseó cortante. -Continuaremos. ¡El éxito será nuestro, incluso en mayor medida de lo que profetizó nuestro maestro!
    Los bandidos del Tao Fan se postraron de rodillas.
    --¡Tong ja! ¡Tong ja!- Gritaron. (Maestro. Maestro.)
    Los ojos incoloros del Susurrador brillaron débilmente. Conocía la supertición Tibetana que hacía referencia al bardo. Durante cuarenta y nueve días, el alma debía errar en el reino que existe entre la vida y la muerte total. Entonces, si estaba destinada a salvarse, el alma sería transportada hasta el cielo. La reencarnación era un parte muy importante de las creencias Tibetanas. ¡Y ahora, aquellos hombres creían que el alma de su implacable líder se había alojado en el cuerpo de Hu Li, el Zorro! No desobedecerían ninguna de las órdenes que diera.
    Durante unos instantes, el Susurrador quedó sumido en sus pensamientos. Recordó uno a uno los crímenes más terribles que se le habían imputado a Wang Chu Ho, el antiguo líder del Tao Fan. Pero, en primer lugar, estaba el asunto de los Cinco Mandarines Blancos. El resto podía esperar.
    Sin ser consciente de ello, de sus labios escapó un murmullo susurrante, un sonido que, sin desearlo, le delataba. Hu Li lo oyó, y se giró al momento.
    --¡Es nuestro enemigo!- Aulló. -¡Apresadle!
    Los curtidos piratas de río se lanzaron sobre el Susurrador. Pero ninguno de ellos podía imaginar encontrar tal resistencia en alguien tan pequeño. El hombre de gris pareció explotar. Sus puños golpearon como pequeños pistones compactos. Luego, sus pistolas supersilenciosas comenzaron a susurrar.
    Los bandidos retrocedieron asustados. Ya habían visto antes en acción a aquellas extrañas armas. Estaban aterrados ante la muerte azul y silenciosa que manaba de ellas. Pero el hombre de gris sabía que una sola orden de Hu Li rompería aquel hechizo. Pero incluso el mismo Zorro se había apartado rápidamente hasta detrás de una columna, más allá de la línea de fuego.
    El espíritu de Wang Chu Ho podría ser inmortal en el cuerpo de Hu Li. Pero, aparentemente, ni siquiera el Zorro estaba del todo seguro de aquello.
    El Susurrador se abalanzó contra la miríada de bandidos, con sus estrañas armas escupiendo plomo y fuego. El hombre de gris vislumbró una puerta en el extremo opuesto de la sala. Pasó junto al pedestal en el que había estado sentado Hu Li. El sombrero de la muchacha se encontraba aún tirado sobre el pedestal. El Susurrador lo agarró mientras corría, recordando de nuevo a Alice Lane. En aquel instante, Hu Li lanzó la orden de matar al Susurrador.
    Los hombres del Tao Fan olvidaron el pavor que sentían ante aquellas misteriosas pistolas susrrantes. Como un solo hombre, los bandidos se arrojaron contra el hombre de gris. Los evitó, y sus pistolas continuaron escupiendo balas. Entonces, todos los piratas del río extrajeron de sus ropajes unas pesadas pistolas automáticas, y el plomo que arrojaban comenzó a rasgar las ropas del Susurrador.
     En aquel momento, la puerta por la que el hombre de gris había penetrado en la estancia, se abrió de repente. Un oriental, con el rostro dominado por el pánico, entró en la sala.
     --¡La policía!- Gritó. -Son muchos coches patrulla. Tienen cubiertas todas las puertas.

     EL JEFE conocido como Hu Li se agachó, abriendo una compuerta en la pared que tenía detrás.
     --Venid,- espetó a sus hombres. -Dejad al de gris abandonado a su suerte. Ya no necesitaremos más este lugar en el que nos hemos reunido.
     Hubo un súbito temblor, como si hubiera explotado una bomba pequeña. Brotaron llamas de las paredes, saturadas con algún tipo de líquido altamente volátil. Al instante, toda la sala se convirtió en una masa de fuego. Los hombres del Tao Fan parecieron evaporarse, escapando por aberturas secretas que resultaban invisibles, debido a las llamas.
     El Susurrador se había quedado solo en la habitación incendiada.
     El hombre de gris saltó en dirección de la única puerta que tenía a su alcance. Se encontraba cerrada y bloqueada. El calor de la habitación en llamas se hizo tan insoportable que comenzó a escaldarle la piel, incluso a través del tejido resistente al fuego que llevaba bajo su abrigo gris.
     Las pistolas automáticas del Susurrador comenzaron a despedir llamaradas azuladas, mientras éste disparaba a la puerta, apuntando alrededor de la cerradura. Entonces, se abalanzó contra la puerta con todas sus fuerzas. El portal resistió el primer encontronazo, haciéndole gruñir de rabia. Luego, la puerta cedió, abriéndose hacia dentro.
     El Susurrador atravesó el umbral a toda velocidad, y se topó de bruces con la desaparecida Alice Lane.
     La joven se hallaba en una estancia que parecía ser una especie de salón; también aquella habitación estaba en llamas. El rostro de la muchacha mostraba una grave deteminación. En el suelo, a sus pies, había restos de cuerda. Evidentemente, la joven había conseguido liberarse de las ligaduras con las que la habían atado. En la mano sostenía una pistola automática.
    --¡En esto si que no reparaste, asesino!- gritó ella, señalando la pistola. -Pero ahora no volveréis a atraparme.
    La pistola automática disparó, escupiendo plomo contra la pared que había junto al Susurrador.
    La rapidez del hombre de gris fue lo que le salvó. Se lanzó hacia los pies de la chica, agarrándolos. La joven gritó, girando en el aire mientras caía al suelo. Pero Alice Lane continuó disparando. No tenía intención de volver a ser capturada de nuevo.
    La mano del Susurrador se lanzó rápidamente hacia arriba, agarrando su muñeca. Le arrebató el arma y habló de un modo cortante.
    --Salga de aquí,- espetó. -Todo el edificio está a punto de derrumbarse.
    Alice Lane se estremeció súbitamente. Las llamas casi alcanzaban su ropa. En el exterior, empezaron a escucharse las sirenas de la policía. La joven dudó apenas un segundo, luego se dio la vuelta y salió huyendo.
    El Susurrador no hizo intento alguno por detenerla. Permanecer allí por más tiempo, significaría la muerte para ambos. Y la presencia de la Policía en el exterior presentaba un problema añadido. Uno, del cual el hombre de gris debería escapar.
 El Susurrador era, a los ojos de la policía, un enemigo tan peligroso como el mismísimo Tao Fan. A cualquier policía que consiguiera apresar al Susurrador le esperaba un meteórico ascenso en el Cuerpo. Al menos, eso decía Henry Bolton.
    El Susurrador rió suavemente entre dientes, mientras corría en dirección al callejón que había en la parte trasera de "La Madriguera del Cachorro". El aleteo de su abrigo hacía parpadear las llamas.
 


CAPÍTULO IV

LA MUERTE SE INTERPONE




 Brotaban llamaradas de las ventanas del edificio que había albergado "La Madriguera del Cachorro". El callejón de la parte trasera estaba envuelto en un resplandor rojizo.
 El Susurrador se zambulló por una puerta en llamas, y salió al exterior, alejándose del fuego. Vio la elegante figura de Alice Lane girando la esquina y adentrándose en la calle. Entonces, se fijó en un grupo de policías, que venía de una dirección diferente.
 El Susurrador comenzó a correr. En aquel momento, no podía permitirse un encuentro con la policía. Giró por la misma esquina que había tomado Alice Lane. Entonces comenzaron los problemas. Una voz nasal le gritó que se detuviera. La enorme figura del Adjunto Henry Bolton apareció ante él.
 Bolton no se había dado cuenta de que se enfrentaba al Susurrador. De haber sido así, habría actuado de forma muy diferente. No es que Henry no deseara capturar al hombre de gris. Lo deseaba, y mucho. Pero Bolton habría preferido que fuera otro el que se arriesgara a hacerlo. Digamos, cuatro o cinco policías.
 Bolton sólo veía a un chino de pequeña estatura, y se enfrentó con el "oriental" como un gato que fuera a cazar a un ratón.
     Henry pensó al momento que se había equivocado al mirar. Sin darse cuenta, debía haberse topado con varios chinos pequeños. Henry voló por los aires, pero no había saltado. Había sido arrojado. Un puño se había estrellado contra su mandíbula, lanzándole hacia atrás por el aire y haciéndole aterrizar de espaldas.
    Como si estuviera en un sueño, escuchó un susurro fantasmal, escalofriante. Henry se estremeció.
    Pero otras pisadas resonaban ya al otro lado de la esquina. El falso chino, que en realidad era El Susurrador, desapareció tras el umbral de una puerta. Con presteza, se deshizo de su disfraz. Primero se quitó la chaqueta china. Luego, las ropas grises que le identificaban como El Susurrador. Los botines grises dieron paso a unos zapatos de un amarillo brillante. Un repaso con la palma de la mano sacudió el polvo blanquecino de un cabello que era, en realidad, de un castaño rojizo. Un extraño par de placas dentales salieron de su boca. Ahora, su mandíbula era cuadrada, y tan dura y tozuda como la de un perro bulldog.  Un sombrero de campaña del ejército, de esos que se doblan sin dejar marca alguna, salió de uno de sus bolsillos.
    El Comisario de Policía Wildcat Gordon salió sin cuidado del lugar en el que se había ocultado. ¡Pues el atuendo gris de El Susurrador no era más que un disfraz, con el que Wildcat podía realizar su trabajo con mayor eficacia!
    --¿Qué demonios está pasando aquí?- Preguntó con aspereza. -¿Qué ha ocurrido, Henry?
    Bolton se puso en pie como buenamente pudo.
    --Yo... estaba siguiendo a dos enormes chinos,- musitó lastimeramente. -Debían de medir más de dos metros. Entonces, un tercero saltó sobre mi. Y entre los tres me derribaron.
    Bolton se dio la vuelta de repente. Su rostro se oscureció.
    --Diría,- añadió, - que también escuché la voz de ese condenado Susurrador. Debe de estar involucrado.
     Wildcat no le escuchaba. Estaba intentando juntar las piezas de la trama. Harold Herod le había dicho que estaba esperando un mensaje importante. Alice Lane acababa de llegar del Lejano Oriente, tras haber conocido a Wang Chu Ho. Y el Tao Fan la había secuestrado. Ambas cosas debían de estar relaccionadas.
     --Rápido,- espetó. -Hay que llamar a Harold Herod. Él puede ser la clave para llegar al Tao Fan.

******

     LOS COCHES PATRULLA rugían por la lujosa zona residencial del norte de la ciudad.  Harold Herod tenía allí una mansión que era digna de todo un magnate del motor. Wildcat, previamente, había enviado varios detectives para que la protegieran.
     La casa era enorme, de ese tipo de arquitectura compacta y muy ornamentada que fue popular en los primeros años del siglo XX. Había luces encendidas en todas las habitaciones. Wildcat sabía que eso no era normal en absoluto. Saltó del coche y subió a la carrera los escalones que conducían a la entrada. En el vestíbulo, encontró a un nervioso y excitado mayordomo. Las manos de aquel hombre temblaban con desmayo. El viejo "Quick Trigger" se hallaba junto a él, lanzando toda clase de preguntas, que hacían que el viejo sirviente temblara aún más. Wildcat exigió saber lo que estaba ocurriendo.
     --El señor insistió en que yo no debía decir adónde se había marchado,- reveló el mayordomo. -Me ordenó que sólo podía decírselo a una persona.
     La mandíbula de Wildcat se endureció.
     --¿De quién se trata?- Preguntó. -¿No será una joven llamada Alice Lane?
     La boca del mayordomo se quedó abierta por el asombro.
     --S-si...- murmuró. -P-Pero es que...
     --Pero es que nada,- espetó Wildcat.- Alice Lane está en apuros. Y también lo estará Herod, si no le encontramos. Hable.
     Los ojos del mayordomo se abrieron como platos. Herod era un jefe muy exigente; uno al cual la desobediencia no le complacía en absoluto. Pero al mayordomo le dio la impresión de que iba a ir a la cárcel si no decía lo que sabía.
      --El s-señor Herod tiene un apartamento secreto.- Farfulló. -Está a nombre de un tal Johnson en el número 23 de la calle Weston.
      El mayordomo no pudo resistir la tensión mental provocada por revelar aquel pequeño retazo de información. Wildcat lo agarró rápidamente para evitar que se desplomara, colocándole suavemente sobre una silla.
      Por ese motivo, Wildcat no pudo ver el rostro pálido que apareció brevemente en una de las ventanas abiertas, más allá del vestíbulo. Se trataba de un rostro femenino y hermoso. Sus ojos oscuros brillaron con rápida determinación. Luego, el rostro desapareció de la ventana.
      Wildcat exigió saber el número de teléfono del apartamento secreto. El mayordomo insistió en que no había tal teléfono, pues Herod deseaba una intimidad total cuando empleaba su refugio secreto.
    Wildcat mostró su disgusto.
      --Vámonos,- dijo. -Si ese lugar es tan difícil de encontrar, es muy posible que esté a salvo.
      Pero Wildcat Gordon estaba equivocado, pues había otras fuerzas, muy peligrosas, que se movían más rápidamente que las de la ley.

    Wildcat se dio cuenta de ello cuando salió del ascensor del edificio en el que "Hubert Johnson" tenía su apartamento. La puerta del apartamento de "Johnson" había sido echada abajo. Había una silla en el vestíbulo; aparentemente, la habían usado para bloquearla.
      Harold L. Herod yacía en el suelo de una sala de estar ricamente amueblada. Uno de sus brazos estaba extendido. Junto a las yemas de sus dedos había una pistola automática.
      Manaba sangre de un agujero, en la mejilla derecha de Herod. El magnate del motor estaba muerto.

      WILDCAT paseó por la habitación con absoluto cuidado. En la chimenea ardía un fuego, iluminando la estancia. Wildcat emitió una exclamación breve y cortante, tras mirar en el fuego. Allí, bastante quemada, había parte de una hoja de papel. Se había vuelto amarilla, debido al calor. Wildcat gruñó. Un silbido bajo escapó de sus labios.
        "He cometido desfalco en mi propio imperio," decía la nota, escrita con máquina de escribir. "Aunque esto sea la última cosa que haga, pagaré la deshonra que he hecho caer sobre mi mismo, y sobre aquellos que confiaron en mi."
    Estaba firmada como "Harold L. Herod."
    Wildcat no dudó ni por un instante que la firma fuera verdadera. Eso era algo que podía comprobarse fácilmente. De repente, un murmullo del viejo "Quick Trigger" interrumpió a Wildcat. El anciano enfocaba el suelo con una linterna. Evidentemente, el apartamento no se empleaba muy a menudo. El suelo estaba cubierto de polvo. Pero Quick Trigger enfocó la linterna a un espacio oblongo, que se encontraba libre de polvo. Era como si allí hubiera habido un pequeño tronco, que hubiera sido quitado de allí en las últimas horas.
      Wildcat miró al espacio libre de polvo. Aquello apuntaba claramente a que se había cometido un robo, lo cual no cuadraba con el aparente suicidio del magnate del motor. Los expertos en huellas se encontraban inspeccionando el arma. Su informe fue rápido y concluyente. No había ninguna huella en el arma, excepto las de la propia víctima.
      Entonces, el propio Bolton realizó un descubrimiento. Emitió un gruñido nasal de satisfacción. Acababa de abrir un armario cerrado, y... ¡Oculta en su interior, se hallaba la hermosa y diminuta Alice Lane!
      Henry la arrastró hasta el centro de la habitación.
      --¡Has sido tu!- Acusó. -Deberías confesarlo, ahora que puedes.
      Los ojos de la joven se abrieron por el terror.
      --¡No, no!- Gritó. -Ya estaba así cuando llegué. Me he escondido cuando les oí llegar a ustedes.
      Wildcat se hizo cargo del interrogatorio. Había algo erróneo en todo aquello; algo que no acababa de encajar en el cuadro, tal como debía.
      --¿Qué es lo que sabe acerca de los Cinco Mandarines Blancos?- Preguntó Wildcat. -Eso podría darnos las respuestas que estamos buscando.
      La joven dirigió a Wildcat un rápida sonrisa. Su voz no había sonado como si la estuviera acusando. Tuvo la sensación de que podía confiar en aquel brusco y fiero Comisario de policía. Le contó la historia sobre cómo había trabajado en China para Wang Chu Ho; admitió que sabía que el Tao Fan había evolucionado, convirtiéndose en una poderosa sociedad secreta. Wang Chu Ho lo había organizado así, para luchar contra los japoneses.
      --Antes de que Wang Chu Ho fuera ejecutado,- dijo lentamente la joven, -me entregó un sobre sellado. Wang rara vez me contaba ninguno de los intricados asuntos concernientes al Tao Fan. Decía que saber ese tipo de cosas era demasiado peligroso para mi. De modo que no dijo lo que había en la carta.
      Los ojos de Wildcat se endurecieron ligeramente.
    --Entonces, ¿Qué fue lo que la contó?- Preguntó.
      La joven miró directamente al Comisario. Sus ojos estaban serenos. Si estaba mintiendo, era una actriz consumada, que había perdido su oportunidad en los escenarios.
      --Me dijo que había Cinco Mandarines Blancos con los que tenía que contactar,- dijo sencillamente. -Me contó que ninguno sabía de la existencia de los demás; o que al menos ninguno sabía quienes eran los demás. Me dijo que Harold Herod era un hombre en el que se podía confiar para contactar con ellos.
      Wildcat tenía sólo una pregunta más.
      --¿Era Herod uno de los cinco?- Preguntó.
      La joven pareció dudar.
      --Supongo que debía serlo,- dijo finalmente. -Aunque no tengo pruebas. Pero creo que había de serlo, si es que debía ser él quien contactara con los demás. A menos que...- se sobresaltó, como si acabara de ocurrírsele una nueva idea. -¡A menos que los Cinco Mandarines Blancos sean enemigos!

      WILDCAT miró el cadaver durante unos instantes. Rememoró todo cuanto sabía acerca de los criminales chinos. Aquel crimen, -si es que de verdad era un crimen,- no encajaba con el proceder habitual.
      Si el Tao Fan había cometido un asesinato como venganza, si Herod había sido el primero de los cinco en caer, el Tao Fan habría dejado su marca. Las Sociedades Secretas Chinas no ocultaban los asesinatos, intentando hacer que parecieran suicidios. Solían dejar su marca, una firma, para que sirviera de advertencia a sus otros enemigos.
      De repente, Wildcat se giró hacia la joven.
      --¿Quién más sabía lo que Wang Chu Ho la había confiado?- Preguntó.
      --Nadie,- respondió ella sencillamente.
      Wildcat ladró unas cuantas órdenes a los expertos en huellas dactilares, indicando que tomaran ciertas fotografías.
      --Vámonos ya,- soltó. -Vamos a investigar a todo el China Club, miembro a miembro. Pienso llegar al fondo de este asunto.
      Henry Bolton avanzó unos pasos, mirando a la muchacha con malevolencia. Henry había estado seguro de que ella era la culpable del homicidio, y aún lo pensaba.
      --Casi lo olvido, Wildcat,- musitó. -Lanning volvió a llamar después de que yo regresara a Comisaría. Me dijo que creía tener algo de información que podría serle interesante.
      --Muy bien,- espetó Wildcat. -Nos dá lo mismo empezar con él, que con cualquier otro.
      Wildcat dejó a Quick Trigger a cargo de todo. Mientras salía, acompañado de Bolton y de la joven, una sigilosa figura se apresuró a descender por la escalera de incendios del exterior de la fachada. Una vez en la calle, agarró un gran cubo de ropa para lavandería, esfumándose entre las sombras de la noche.
    No parecía sino un encargado de lavandería, de camino a una noche de trabajo.
 


CAPITULO V

EL ATAQUE DE UN NUEVO TERROR




      GENUNG O. LANNING se movió como un cangrejo por su sala de estar. Su contorsionado brazo se hallaba colocado sobre el pecho. Los débiles ojos de Lanning se ocultaban tras unas enormes gafas. Su voz se quebró, mientras saludaba a la joven, y a los dos oficiales de policía. Sonrió a Alice Lane.
      --Todos los periódicos hablan de su extraña experiencia, señorita.- Dijo Lanning. -Confío en que por ello, halla podido arrojar algo de luz en este terrible asunto, que parece aumentar cada vez más.
      Alice Lane se encogió de hombros.
      --No demasiado,- dijo. -La verdad es que no sabía gran cosa que la Policía no supiera ya.
      Lanning se dirigió a una amplia estantería que se alzaba a un lado de la habitación, e intentó mover un enorme Buda de bronce que había sobre ella; no pudo. Le pidió a Wildcat que llevara la estatua a una mesa, en el centro de la estancia.
      Wildcat comenzó a levantarla con una mano. Aquello debía de pesar al menos un centenar de libras. Wildcat Gordon gruñó sorprendido, y agarrró con más fuerza la estatua de Buda. La transportó hasta la mesa, y una vez allí, le dió la vuelta. Quedó muy sorprendido al descubrir que estaba hueca.
      Genung O. Lanning habló lentamente.
      --A diferencia de algunos otros americanos que también vivieron en China, yo hice auténticos amigos,- dijo. -En una ocasión, mi vida fue salvada por un príncipe mercader, y a cambio, yo le salvé a él de unos bandidos. Aquel hombre era el líder de uno de esos poderosos Gremios que acostumbraban a ser la base de la vida y el comercio de China. Muy pocos hombres blancos penetraron jamás en sus misterios, a pesar de vivir entre ellos durante la mayor parte de sus vidas.
      Lanning se detuvo, y miró al ídolo de bronce con un interés peculiar.
      --Cuando me fui de China,- continuó, -mi amigo me regaló este Buda de bronce. Me dijo que lo conservara, hasta que pudiera avisarme de su regreso. Se supone que debe poseer algún valor peculiar; aunque cual es éste, eso es algo que no sabría decirles.
      De repente, Wildcat saltó hacia delante. Pensaba que, por fín, había dado con algo.
      --¿Cual,- preguntó, -era el nombre de ese príncipe mercader que lideraba los Gremios?
      Lanning sonrió.
      --Creo que podré decírselo,- dijo. -Aquí tengo una carta suya que me escribió hace diez años. Yo le...
      ¡Rat-at-at-at-at-at-at-at!
      La ametralladora Thompson resonó en la noche como un martillo de metal golpeando una cmpana. El ídolo de bronce se encontraba en la línea de fuego. Se tambaleó, y cayó de la mesa. Entonces, las luces se apagaron. Se oyeron gritos orientales a través del aire de la noche. Las ventanas se rompieron, y la habitación se llenó de hombres dispuestos para la lucha.
      Wildcat empuñó su arma de reglamento y disparó contra las ventanas.
      --¡Ai yah! ¡Ai yah!- Gritó una voz. Dos hombres cayeron al suelo. Otro de ellos masculló mientras agonizaba.
      --¡Mei yu fatsu. Mei yu fatsu.- Que significaba "Se acabó. No podemos hacer nada." El fatalismo típico de China.
      Pero algunos otros eran bastante menos fatalistas. Tenían un trabajo que hacer. Mientras Wildcat disparaba plomo candente en dirección a la ventana, unas figuras oscuras se arrastraron hacia él, saltando sobre el fiero Comisario de policía. Wildcat sintió cómo inmovilizaban todos sus músculos y sus huesos.
     Escuchó cómo Genung Lanning gritaba de angustia. Entonces, un olor dulzón, enfermizo, invadió la habitación. Algún tipo de droga Oriental se estaba esparciendo por el aire. Y Wildcat Gordon perdió la consciencia.

******

     CUANDO recuperó el sentido, tan sólo había otra persona tirada junto a Wildcat. Se trataba de Henry Bolton. La boca de Bolton hacía movimientos extraños, boqueando como un pez. Sus pies se movían, como si estuviera corriendo.
     Wildcat sonrió torvamente. Entonces, su boca se endureció. Tanto Lanning como la chica habían desaparecido. Wildcat luchó para ponerse en pie, y miró el desaguisado. La habitación había quedado destrozada.
     El Comisario caminó hasta el centro de la sala, mirando al ídolo, que estaba partido en varios trozos. En aquel momento, no pudo evitar silbar suavemente. Toda aquella destrucción no había sido accidental. De eso, Wildcat estaba bastante seguro.
     Se inclinó, y, tras recoger todas las piezas, las colocó sobre la mesa. Recordó entonces lo que Alice Lane había dicho sobre los Cinco Mandarines Blancos.
     Ninguno de ellos sabía quiénes eran los demás. Wildcat pensó que ni siquiera ellos mismos sabían que disfrutaban de semejante título. Quizás, ese término para denominarles no había sido más que una broma de Wang Chu Ho. El antiguo líder del Tao Fan era famoso por poseer un sentido del humor algo cruel y rudo.
     Wildcat gruñó, mientras Henry Bolton se despertaba, y hacía cuanto podía para levantarse.
     Wildcat decidió de repente que había dos cosas que debían ser ciertas. ¡Tanto Lanning como Harold Herod debían de contarse entre los Cinco Mandarines Blancos! Los ojos de Wildcat se entrecerraron. Había una cosa que debía descubrir con imperiosa necesidad.
     Y ese algo era: ¿Para quién estaban destinadas las otras tres Sentencias de Muerte?

     WILDCAT habló con Bolton rápidamente. Juntos, recogieron las piezas restantes del ídolo caído. Bolton tragó saliva mientras contemplaba los fragmentos rotos.
     --¡Oro!- Graznó. -Es oro, de una pulgada de grosor, oculto bajo la superficie.
     Wildcat gruñó.
     --Si,- comentó. -Es oro, bajo una fina carcasa de bronce. Por ese motivo pesaba tanto. Me preguntaba cómo un ídolo hueco de este tamaño podía llegar a pesar más de cien libras.

    Wildcat se apresuró a regresar a la comisaría. Tenía muchas cosas pendientes, que debía hacer. En primer lugar, telefoneó al Daily Chronicle, que era el periódico propiedad de Charles Haddington Hall. No pudo encontrar al editor, de manera que preguntó por Johnny Hobart, el periodista enviado al Lejano Oriente. Hobart le dijo que saldría para allá al momento.
     Mientras esperaba, Wildcat sopesó cuidadosamente los fragmentos del ídolo roto. Luego, telefoneó a un amigo, que le había ayudado en numerosos casos. Tras colgar el auricular, Bolton anunció la llegada de Johnny Hobart. De inmediato, Wildcat comenzó a hacerle preguntas concernientes a Harold Herod.
     Hobart sonrió. Era mucho lo que sabía acerca de Herod, además de todos sus negocios en Oriente. Parte de dicha información eran hechos probados; otra parte, en cambio, meros rumores. Hobart se encogió de hombros ante la noticia del "suicidio" del magnate del motor. Ya había oido hablar acerca de la supuesta nota, en parte consumida por el fuego.
     También había oido hablar de cierto suceso, acaecido en Oriente, en el que Herod había fracasado. Por ese motivo, durante un tiempo, Herod había "perdido su rostro" entre sus amigos chinos. Hobart explicó que eso de "perder el rostro", para un hombre que tiene muchos millones invertidos en Oriente, no es motivo de risa. Definitivamente, no es algo divertido.
       Entonces, Wildcat hizo que Johnny Hobart se enderezara, como si le hubiera dado una bofetada. Extrajo dos fotografías de su escritorio y se las mostró al periodista. Mostraban detalles de la cabeza de Harold Herod. La marca de la pólvora producida por el arma se apreciaba con total claridad. Sobre la foto habían dibujado varias lineas y trayectorias.
       --¡Herod no se suicidó!- Espetó Wildcat. -¡El arma se encontraba a veintisiete pulgadas de la herida en el momento de ser disparada! Intente alguna vez dispararse a esa distancia.
       --La nota,- añadió Wildcat,- no estaba amarillenta debido al fuego. Las partes quemadas no eran más que un mero intento por ocultar el hecho de que había sido escrita hace más de ocho años. ¡Los análisis químicos lo han demostrado rápidamente!
       Johnny Hobart tragó saliva. Parecía estar completamente perdido. Mientras observaba a Wildcat, el teléfono sonó, produciéndole un sobresalto. La llamada era para Hobart. Mientras escuchaba, el rostro del reportero perdió todo su color. Cuando colgó y comenzó a hablar, Wildcat pensó que todas sus deducciones se acababan de ir por la ventana. El teléfono volvió a sonar, y entonces, los propios detectives de Wildcat le contaron la misma historia.
       El terror había comenzado... un terror para el cual aún no estaban preparados. Lo que en principio parecía ser una lucha privada, había devenido en algo mucho más grave. Algo en lo que, el Tao Fan, parecía ser claramente el punto focal.

       VEINTE criminales de ojos rasgados habían caido sobre la Fábrica de Aviones Swallow. En ese momento, las nóminas se hallaban en proceso de distribución, en el interior de sobres cerrados, para pagar a los empleados a lo largo de toda la mañana.
       Los ladrones se habían abierto paso a tiros, con subfusiles ametralladores. Habían asesinado sin piedad; algunos de ellos habían muerto, también, pero sin emitir un sólo murmullo. Aquella masacre estaba marcada por un evidente y despiadado fanatismo.
       El grito de batalla del Tao Fan había resonado en el aire. Doscientos mil dólares se habían ido con ellos. Como pago, habían dejado una amenaza: ¡Todos aquellos que vendieran aviones o municiones al Japón, recibirían el mismo trato!
    Luego, los hombres del Tao Fan habían desaparecido como si se los hubiera tragado la tierra.
    Wildcat permaneció inmóvil, sumido en adustos pensamientos. Se daba cuenta de que debía cambiar su plan de acción. Ahora veía que el criminal había comenzado a ascender en la enloquecida escalera hacia el éxito. El patrón había cambiado, se había hecho más ambicioso. Y el responsable creía estar tramando una oleada de crímenes perfectamente coordinados... Wildcat recordó las palabras de Hu Li, el zorro... "Tras la muerte de los Cinco Mandarines Blancos, continuaremos. El éxito será nuestro." Wildcat había creido que aún tenía tiempo para averiguar los malvados planes del Tao Fan. Estaba equivocado.
    Wildcat salió de su despacho, y encontró a Quick Trigger en la antesala. Habló lentamente con el policía retirado, contándole sus planes. Decidió adoptar esa precaución, porque deseaba que su amigo continuara su trabajo, en caso de que él no regresara.
    El Tao Fan había desaparecido, ocultándose en un escondrijo que ningún habitante de China Hill parecía conocer.
    Tendría que ser El Susurrador quien averiguara su paradero; tendría que ser él, quien consiguiera atrapar a la mente malvada que estaba detrás de aquello, y hacerle pagar por todo. Y tenía que contárselo a Quick, ya que el anciano era el único hombre vivo que sabía que El Susurrador era, en realidad, Wildcat Gordon.
 


CAPITULO VI

UNA HUIDA PELIGROSA




    NO todos los hombres de China Hill eran malvados. El Susurrador conocía a uno que no lo era. Lin Su Char era un ancianito de rala barba blanca y ojos profundamente rasgados.
    El hombre de gris conocía desde hacía mucho tiempo al venerable primer habitante de China Hill. Una gran parte de lo que sabía sobre China, lo había aprendido en tranquilas reuniones con Lin Su Char. Durante treinta años, el alcalde no oficial de China Hill, había permanecido retirado a un lado, para dejarle sitio a las nuevas generaciones. Como decía el anciano, aquella era la costumbre. Y él era un hombre que respetaba e incluso guardaba la tradición.
     Lin Su Char no sabía que El Susurrador estaba conectado con la policía. Con mucha frecuencia, había escuchado bondadosas sugerencias, por parte del hombre de gris. Y el anciano era muy capaz de reconocer al Bien en los hombres, cuando lo veía. Lo que la policía pudiera pensar acerca de El Susurrador, no era asunto suyo.
     Mantenía la teoría de que la policía buscaba demasiadas cosas. Algunas eran buenas, y otras eran malas. Tal era la fragilidad de la naturaleza humana.
     Pero había un secreto sobre el cual El Susurrador jamás presionó a Lin Su Char para que le revelara. Quizás era mejor que nadie lo conociera; nadie salvo el venerable anciano.
     A lo largo de los siglos, bajo el suelo de China Hill, el agua había manado en ríos y cascadas, mientras el gran glaciar del norte se deshelaba. Aquel agua había encontrado un agujero, y se había extendido por el interior de la tierra, componiendo un verdadero laberinto de cavernas y corredores. Muchos hombres habían perecido ahogados mientras exploraban aquellos tortuosos pasadizos. Otros hombres en cambio, hombres malvados, se habían ocultado allí cuando la ley les perseguía.
     Pero todo eso había ocurrido hace muchos años. Incluso la misma existencia de aquellos pasadizos se había ido olvidando con el transcurrir del tiempo Las estructuras de acero y los pavimentos de hormigón escondían la debilidad del terreno sobre el cual se asentaba la ciudad.
     Pero aún quedaba alguien que lo recordaba. En una ocasión, Lin Su Char se lo había mencionado al Susurrador; le había comentado que nadie, salvo él, conocía su existencia. Era mejor que ese secreto le acompañara a la tumba.
     El hombre de gris se había mostrado conforme a esa medida. Pero ya no lo estaba.
     Las cavernas bajo la colina de China Hill eran el único escondite en el cual el Tao Fan podía desaparecer, como si el mismísimo dragón malvado se los hubiera tragado. ¡El Susurrador debía conseguir esa información de su anciano a migo, y perseguirles! Si no tenía éxito, la ola de crímenes brutales continuaría imparable.
     El hombre de gris ascendió suavemente por los escalones que conducían a la casa de China Hill en la que su más venerable ciudadano pasaba sus días en soledad. La puerta estaba abierta.
     El Susurrador descubrió que Lin Su Char estaba en casa. El anciano se sentaba erguido en una silla, con una mirada extraña en los ojos. El hombre de gris se percató, a la pálida luz de una lámpara de aceite, de que Lin Su Char llevaba unos guantes escarlata. Casi le llegaban a los codos.
     Entonces, el hombre de gris emitió un gruñido. En esta ocasión, su apagada voz no llego a formar su característico susurro. Su ardiente ira se dejó notar directamente de su garganta. Una niebla roja pareció flotar ante sus ojos. El Tao Fan se le había adelantado. Ya habían estado allí. Lin Su Char les había revelado su secreto. Pero antes de ello, había recibido la tortura de los guantes.
     Unas cuerdas lacias colgaban aún de los antebrazos del anciano, mostrando el punto en el que se había detenido las más espantosa de las torturas concebidas en Oriente. El hombre de gris sabía que esas manos habían sido sumergidas en agua hirviendo hasta alcanzar las cuerdas, fuertemente apretadas. Luego, la piel había sido arrancada, hasta que Lin Su Char gritó de angustia y dolor, revelándoles su secreto. ¡Lo que parecían ser unos largos guantes rojos, era en realidad la carne viva que había bajo la piel!
     El Susurrador apartó la mirada con un escalofrío. Había oido hablar de la tortura de los guantes escarlata en muchas ocasiones; sabía que era el método de tortura favorito de los piratas del Río Yangtsé. Pero sabía bien que el loco que les dirigía en la actualidad era mucho peor que cualquiera de los demás bandidos de toda China. Al menos, allí, los piratas del Yangtsé se arriesgaban, al ser capturados por la ley, a ser sometidos al mismo tipo de tortura.
     El hombre de gris volvió a gruñir, mientras comenzaba a registrar el lugar. Estaba seguro de que, en alguna parte, Lin Su Char debía haberle dejado alguna pista, acerca del secreto que andaba buscando.
   El anciano debió haber sospechado algo; tuvieron que ofrecerle algún tipo de soborno, antes de decidirse a torturarle. Aquella era la costumbre habitual de los chinos.
     --Encontraré una pista,- murmuró. -Y cuando lo haga...
     Detrás de él, una voz aguda le respondió en el dialecto del Valle del Yangtsé, diciéndole que nunca jamás encontraría nada.
     El hombre de gris se dió la vuelta a toda velocidad, preparándose para hacer frente a sus enemigos. Se trataba de media docena de criminales de ojos rasgados, que saltaron al momento contra El Susurrador. Otros muchos se agolpaban en las escaleras.
     El Susurrador pegó la espalda contra la pared. Levantó a un chino gigantesco, y lo lanzó contra sus compañeros. Entonces, se precipitó hacia delante, mezclándose con ellos. Las armas de fuego eran inútiles allí; se trataba de una confrontación cuerpo a cuerpo. Una vez más, el hombre de gris agarró a un oponente, arrojándolo contra sus enemigos.
     Entonces se escuchó aquel grito, que ya resultaba familiar.
     --¡Aie yah! ¡Aie yah! ¡Mei yu fatsu!- No podemos hacer nada.
     De repente, el suelo desapareció de debajo de los pies del hombre de gris. Se precipitó hacia un abismo de oscuridad. Los asesinos caían junto a él. Pero había muchos, y muchos más, allá donde estaba cayendo.
     El hombre de gris intentó hacerse una bola mientras caía. Unos instantes después, se estrelló contra un suelo de hormigón, y su cuerpo quedó extendido sobre su superficie. Desde lo alto, otros cuerpos cayeron encima suyo, formando un amasijo de carne magullada.
     La mente del Susurrador se quedó en blanco.

******

     El hombre de gris se encontró atado y amordazado cuando una cruel patada le devolvió a la consciencia. Ya no se encontraba en la trampa subterránea de cemento que había bajo el suelo de la casa de Lin Su Char. A la parpadeante luz de la única antorcha presente, se percató de que estaba en una amplia y húmeda caverna. Por encima de él, el agua caía gota a gota desde las estalagtitas del techo.
     Una media decena de orientales se agolpaban en la cámara rocosa. Junto a ellos, cerca de la única y parpadeante antorcha, se sentaba la empolvada figura de Hu Li, el zorro. La sonrisa de su pálido rostro era cruel. Sus rasgados ojos negros brillaban con deleite, anticipándose a los hechos que estaban a punto de suceder.
      Varios asesinos de ojos rasgados se acercaron a El Susurrador. El hombre de gris notó que habían preparado una hguera, sobre la cual bullía un caldero con agua. Uno de los chinos se acercó aún más a El Susurrador, y se inclinó sobre él. Con gran fuerza, anudó un grueso y resistente cordel alrededor de su brazo, justo por debajo del codo.
      El Susurrador estaba a punto de recibir la tortura de los guantes escarlata.
      Hu Li habló sibilinamente en la jerga del Valle del Yangtsé.
      --Has descubierto demasiadas cosas, hombre de gris,- sentenció. -Antes de que mueras, nos contarás hasta dónde han llegado tus descubrimientos; y cuanta gente ha llegado a saber de nosotros.
      El Susurrador no le respondió. Sus ojos incoloros se pasearon por la estancia. Vislumbró un estandarte chino, que se agitaba detrás de el zorro. Mostraba cinco caracteres chinos, pintados en rojo. Rápidamente, El Susurrador los tradujo mentalmente: La Carreta del Dragón; El Mercader; El Banquero; El Hombre de Leyes; El Escriba. Los dos primeros estaban tachados con una cruz roja.
      La estremecedora risa del Susurrador hizo que el malvado chino se sobresaltara asombrado. ¿Qué tipo de hombre era aquel, que se reía ante una inminente tortura?
      ¡Pero El Susurrador reía por un buen motivo! ¡Había descubierto quienes eran los Cinco Mandarines Blancos!
      ¡Los dos primeros eran el magnate del motor Herod, y el comerciante Genung O. Lanning! El llamado "Escriba" era el editor Charles Haddington Hall. A los otros dos podría llegar a descubrirlos, rastreándolos por sus respectivas profesiones.
      Es decir... Si sobrevivía a los guantes. Y hasta el momento, nadie había sobrevivido a semejante tortura.
      Pero las manos del hombre de gris estaban muy ocupadas; las suyas eran unas manos muy compactas, que tenían la ventaja de poseer unos tendones del doble de grosor habitual. El Susurrador las torció con fuerza, girándolas en el interior de las férreas ligaduras que le inmovilizaban las muñecas, unas cuerdas casi tan gruesas como los mismos puños del hombre de gris. Tal era el poder de aquellas pequeñas manos suyas, que parecían hacerle estallar en un verdadero torbellino.
      El Susurrador escuchó las palabras ahogadas de Hu Li, el zorro, mientras se tensaba para pasar a la acción.
      --Aún quedan tres de los Mandarines Blancos,- entonó el zorro. -Luego, hermanos mios, todos vosotros sereis ricos. Conseguiremos riquezas como nunca antes se había soñado. Y llenaremos de vergüenza a esos bandidos a quienes nuestros antepasados solían calificar de grandes y terribles.
      El Susurrador se dio cuenta de que aquel hombre estaba loco. Sin duda, tenía que estarlo. Pero en aquellos instantes, el hombre de gris no tenía tiempo para dedicárselo a Hu Li, el zorro. El verdugo se acercaba de nuevo con más cuerdas, dispuesto a atarle el otro brazo.
      En ese momento, El Susurrador entró en acción. Fue algo tan repentino que pilló por sorpresa a los atónitos piratas de río. Pareció explotar en un remolino grisáceo.
      Mientras retrocedía para estar en mejor posición, como un hombre accionado por potentes muelles, se quitó con aprensión las ataduras con las que pensaban aplicarle la tortura china. El hombre de gris corrió a través de la estancia, y uno de sus pies golpeó la única antorcha que iluminaba la caverna. Parpadeó débilmente, para después apagarse en un charco de agua.
      Los Orientales aullaron de rabia, saltando sobre el hombre de gris. Formaban una confusa miríada de cuerpos, chocando unos contra otros en la oscuridad. Entonces, una voz que hablaba en el dialecto del Valle del Yangtsé, gritó:
      --¡Aie yah! ¡Ya le tengo!
      La antorcha volvió a encenderse. Hu Li se acercó a la figura de gris que yacía en el suelo, y comenzó a patearle. Le golpeó dos veces, y luego le propinó otras tantas patadas. Entonces, el curioso sombrero redondo cayó al suelo.
      ¡El cabello de aquel sujeto era negro!
      Hu Li lanzó una maldición y le dio la vuelta al sujeto. Se trataba del miembro del Tao Fan que había estado preparando a El Susurrador para la tortura que acabaría con su vida. De algún modo, El Susurrador le había noqueado en la oscuridad, poniéndole su abrigo y su sombrero. ¡El hombre de gris había desaparecido!
     Hu Li se giró, en dirección a sus hombres. Su rostro era una pura máscara de odio. Pero también de miedo. Lanzó unas cuantas órdenes en un chino cortante, y luego se alejó corriendo por un pasadizo, con dos ayudantes pegados a sus talones.

******

     EL SUSURRADOR corría a toda velocidad por un pasaje tallado en la roca. Llevaba en la mano una pequeña linterna, del tamaño de un lapicero. No tenía ni la más remota idea de cómo salir de aquellas cavernas. Pero la débil luz que arrojaba su linterna, le informó de que aquel camino había sido usado con bastante frecuencia, y muy recientemente.
     Cada ciertos intervalos, el pasaje que seguía parecía abrirse, dando acceso a misteriosas cavernas, envueltas en las sombras. Se preguntó por Alice Lane; no tenía ni la más mínima pista de lo que podía haberle ocurrido. También se preguntó si Genung O. Lanning habría sido ya asesinado, o si continuaría prisionero.
     Ambas preguntas le fueron respondidas mucho más rápidamente de lo que había esperado.
     Desde una caverna, a su derecha, le llegó un escalofriante grito de la joven Alice. El hombre de gris se giró abruptamente. Si la muchacha estaba allí, tenía que intentar rescatarla. Abandonó el pasillo, y se sumergió en la oscuridad de la caverna. Fue entonces cuando se encontró con ellos.
     El rostro y las manos de Genung Lanning estaban arañados, debido a las cortantes rocas. Parpadeaba medio ciego, desde detrás de sus enormes gafas.
     --Debemos seguir avanzando,- musitó ásperamente. -Creo que vienen tras nosotros.
     Alice Lane le sonrió.
     --Claro que debemos,- dijo ella. -Yo aún seguiría allí, atada, si usted no me hubiera encontrado.
     La muchacha esplicó que Lanning la había encontrado en la oscuridad, hacía tan sólo un rato; y juntos habían avanzado como habían podido por aquellas enrevesadas cavernas.
      --Yo estaba atado en una cueva oscura,- explicó Lanning. -Rasgué las cuerdas con el canto vivo de la roca, y pude liberarme.
      Alcanzaron el pasadizo por el que había estado huyendo El Susurrador. En aquel instante escucharon gritos a su espalda, y por encima de ellos. Sonaron pisadas, y alguien comenzó a disparar.
      El Susurrador se puso en marcha, arrastrando tras de si a las otras dos personas. Los disparos sonaban cada vez más cercanos. Lanning era viejo, y no era capaz de correr demasiado deprisa. Fue entonces cuando dieron con el torrente subterráneo, topándose de bruces con él.
      El río subterráneo rugía bajo sus pies, desapareciendo más adelante, bajo una abertura en la pared de roca. Alice Lane, asustada, retrocedió unos pasos.
      --¡Nos ahogaremos!- Gritó la joven.- ¡Sumergirse ahí dentro significa la muerte segura!
      Lanning miró detrás de él y se encogió de hombros.
      --La muerte es mejor que la tortura,- observó. -Y es posible que ésta sea una de las maneras de salir de aquí.
      El Susurrador se inclinaba a pensar igual que Lanning, al menos en lo que se refería a la tortura. Además, se le ocurrió que debía de haber alguna razón por la que hubiera tantas huellas de pisadas en aquel lugar, que, aparentemente, era un callejón sin salida.
      El hombre de gris tomó una rápida decisión, sopesando además, diferentes factores. Levantó a Alice Lane por la cintura, y la arrojó al río; luego se acercó a Lanning.
      Lanning no necesitaba que le insistieran, ya que sonaron nuevos disparos, cada vez más cercanos, en el pasillo que habían estado siguiendo. Escucharon a una turba de chinos, gritando enloquecidos insultos en el dialecto del Valle del Yangtsé. Lanning saltó al agua sin pensarlo. El Susurrador le siguió en menos de un segundo.
      La corriente les succionó hasta el fondo, con un rugido atronador. El Susurrador mantuvo en alto una mano, por encima suyo, y la sintió resbalar por la suave superficie de un techo de roca erosionada por el agua. Luego, la corriente aminoró su velocidad, y su mano dejó de tocar roca, para agitarse en el aire. Flotaban en un río subterráneo, que, como el legendario río Estigio, era frío pero tranquilo.
     El hombre de gris emergió y extrajo su linterna de bolsillo, que, afortunadamente, era resistente al agua. El techo de roca suave se hallaba ahora a poco más de medio metro sobre la superficie del agua, permitiéndoles respirar. Enfocó la linterna hacia delante. Alice Lane ahogó un suspiro horrorizada. Más adelante, el techo volvía a inclinarse hacia abajo, terminando por desaparecer bajo el agua.
     --No podemos hacer nada,- dijo El Susurrador. -Aguantad la respiración.
     La corriente volvió a adquirir velocidad, lanzándoles a través de una cavida en forma de tubo, con las paredes suavizadas por la erosión. Entonces, la corriente comenzó a subirles hacia arriba, llevándoles hasta la superficie a toda velocidad. ¡Al emerger, se dieron cuenta de que estaban en el río que pasaba por la ciudad! ¡A unos cincuenta metros de distancia, se hallaba la orilla que había bajo los muelles de China Hill!
     La suave risa del Susurrador sacó a Lanning del ensimismamiento en el que había caído.
     --U-usted es... ¡El Susurrador!- Exclamó, dándose cuenta de repente de quién era su salvador.- Pero, ¿Por qué...?
     No parecía tener muy claro qué debía decir a continuación. El hombre de gris volvió a reir suavemente, mientras conducía a la joven hacia la orilla del embarcadero. Lanning consiguió arrastrarse detrás de ellos, suspirando aliviado cuando, por fín, pudo tenderse sobre la orilla.
     --Creo... que estamos a salvo,- comenzó a decir la muchacha. -Ustedes dos...
     Consiguió reprimir un grito de sorpresa, mientras miraba a su alrededor.
     El Susurrador había desaparecido.
 

CAPITULO VII

EL PRINCIPE MERCADER




     WILDCAT GORDON cruzó impaciente su oficina, y levantó el teléfono. Marcó el número de la División de Marines, y preguntó por el informe que había solicitado el día anterior. Había una cosa que tenía que descubrir antes de seguir adelante, para poder completar la imagen mental que había empezado a formarse en su cabeza, encajando todas las piezas del rompecabezas.
     La División de Marines había recibido un telegrama desde Shanghai. El Loto Flotante era una embarcación registrada en la zona del Río Whangpoo. Había sido vista por última vez el día 10 de enero. Y luego había desaparecido.
     Wildcat Gordon emitió un silbido suave. ¡El barco fantasma, el junco espectral que había transportado por el mar el alma de Wang Chu Ho, no había salido de Shanghai hasta cuatro días después de la ejecución del líder del Tao Fan! ¡Su velocidad había tenido que ser increible!
     La boca de Wildcat mostraba una expresión de firmeza. Había mucho que hacer, y había que hacerlo rápido. ¡Sólo necesitaba ya unos cuantos informes! Repasó las otras tres llamadas telefónicas que había realizado. Había llamado a individuos que había seleccionado de la lista de socios del China Club. Hasta el momento, sólo uno de ellos había respondido. Se trataba de Charles Haddington Hall, el editor. Le había dicho que estaba a punto de regresar, y que estaría encantado de poder ayudar en lo que pudiera.
     Los otros dos hombres no habían respondido al teléfono. Phineas Marsten, el célebre abogado experto en pleitos, era uno de ellos. El otro era un banquero. O. V. Wentworth, un verdader coloso del negocio bancario, que también había comenzado su fortuna en China.
     Al menos, Wildcat Gordon estaba satisfecho en algo: parecía haber descubierto quiénes eran los Cinco Mandarines Blancos. Pero a dos de ellos no había modo de localizarles. Había enviado detectives para buscarles, o averiguar por qué no habían contestado al teléfono.
    Mientras paseaba impaciente por la oficina, los dos detectives se presentaron para informar. Tanto Marsten como Wentworth habían desaparecido de sus moradas habituales. Ninguno de ellos se había pasado por su oficina. ¡Sus familias estaban completamente perplejas!
    Wildcat se giró al momento. Había dos vidas que salvar, y más crímenes que evitar. Estaba seguro de que el Tao Fan tenía en sus garras al banquero y al abogado. Se preguntó acerca de Charles Haddington Hall, el editor. ¡En un par de ocasiones, se había preguntado acerca de lo conveniente que había resultado la presencia del reportero estrella de Hall en el Reina del Pacífico, junto a Alice Lane! Aún no había llegado a obtener una respuesta satisfactoria.
    Una llamada a la puerta interrumpió sus pensamientos. Hall irrumpió en la habitación. Hall era un hombre gigantesco, de enorme cara rosada. Su tremenda estatura había ayudado a su aguda mente a controlar a los hombres que trabajaban para él. En su gran imperio periodístico, una palabra de Hall era Ley entre todos sus empleados.
    Tomó asiento en una silla, junto al escritorio de Wildcat, y extrajo un caro cigarro puro de una caja enjoyada.
    --Dispare, Comisario,- dijo con naturalidad. -Cualquier cosa que pueda hacer para ayudarle, no tiene más que decirlo.
    Los ojos de Wildcat se estrecharon. Examinó al editor sin mostrar expresión alguna. Recordaba que, en el estandarte que viera en la caverna, el ideograma de "El Escriba" era el último... y por tanto sería el último, de la lista de Mandarines Blancos en ser asesinado por el Tao Fan.
    Wildcat lanzó un tiro a ciegas.
    --¿Qué es lo que sabe usted acerca de un Príncipe Mercader Tibetano residente en China, que realizó numerosos regalos a sus amigos antes de desaparecer?- Espetó Wildcat.
    Hall mordió el cigarro con fuerza, y se incorporó, sentándose erguido. Sus agudos ojos inspeccionaron a Wildcat con un nuevo interés.
    --¿Tibetano?  Por supuesto, debe usted referirse a Chiang Soong Wei...- Charles Haddington Hall tosió. -No se trataba de regalos, exactamente,- explicó. -Chiang me dejó medio millón en depósito, antes de la caída de su monopolio de la seda, en 1927. - Sopló el humo en dirección a Wildcat, haciendo ondular su mano sobre el cigarro. -Pero dígame,- inquirió. ¿Cómo sabía usted que era Tibetano? Muy poca gente sabía eso.
     Hall pareció quedarse absorto unos instante. Wildcat no le respondió. Le pidió al editor que le contara más cosas acerca del Príncipe Mercader Tibetano.
     El editor continuó con su historia. Dijo que Chiang mandó su dinero fuera del país, poco antes de la marcha roja, en 1927. Según comentó, el Príncipe Mercader desapareció poco después de la invasión japonesa de 1933. Se le suponía una fortuna que ascendía a muchos millones. Hall aventuró la posibilidad de que Chiang, probablemente, enviara más dinero a los Estados Unidos en aquellos días tan precarios; con la esperanza, claro está, de poder recuperarlo más adelante.
      --Desde luego, yo estoy dispuesto a devolverle ese dinero en cualquier momento,- dijo Hall con una floritura. -Eso si aún está vivo.
      Wildcat no dijo nada. Pero ya sabía que Chiang Soong Wei, el Príncipe Mercader, ya no se contaba entre los vivos. Y sabía, además, otras muchas cosas. Sabía que el asesino de Harold Herod había intentado hacer que pareciera un suicidio, debido a que no sabía cuánta información podía facilitar Alice Lane a la policía.
      De hecho, aún quedaba una posible conexión, a la cual, por cierto, estaba aguardando.
    Wildcat permaneció en silencio, dejando que su mirada vagara por los destrozados fragmentos del viejo Buda que había recogido de la biblioteca de Genung O. Lanning. En aquel instante, sonó el teléfono.
      Wildcat respondió, reconoció la voz amiga que le hablaba al otro extremo, y escuchó. Sus ojos ardieron con una chispa de dureza implacable. ¡Un vulgar inspector de Aduanas acababa de proporcionarle la última pieza de aquel enrrevesado rompecabezas!
     Wildcat colgó el teléfono. Aquel era el más espantoso conjunto de crímenes pefectos que había presenciado jamás, a pesar de su experiencia; pensó en un crimen motivado por la desperación, que se había convertido de repente en una campaña de odio y destrucción que no tenía rival en los anales del crimen de la ciudad. Se puso en pie bruscamente, dispuesto a dar comienzo al último acto de aquel espantoso drama.
     Pero fue interrumpido. Se escuchó una voz nerviosa en el exterior, al otro lado de la puerta. Quick Trigger rugió que nadie podía ver al comisario, pero otro hombre, que discutía con él, no estaba dispuesto a que se le denegara el acceso.
     La puerta se abrió bruscamente, y Johnny Hobart entró como un torbellino. Su cabello rubio estaba despeinado; sus ojos azules ardían de furor. Su rostro tenía el color de una sábana lavada a conciencia.
     --¡Han vuelto a capturar a Alice!- Bramó. -Tres de ellos la secuestraron de su propia habitación del hotel. Uno de ellos hablaba nuestro idioma. Dijo que el Amo la había sonreido, y que la quería para él.
     Wildcat saltó hacia la puerta. No había ninguna duda respecto a la locura del hombre que estaba detrás del Tao Fan; su locura era tan rabiosa y desmesurada, que todo hacía presagiar incluso más muerte y destrucción de la acaecida hasta entonces, si alguien no le detenía.
     Y Wildcat sabía que los métodos ordinarios no serían suficientes. El Susurrador tendría que encargarse deese asunto personalmente. Lo que debía hacerse, debía hacerse al momento. Las medias tintas serían peor que inútiles. Si el verdadero criminal conseguía escapar de aquella trama, nunca jamás podría llegar a ser identificado.
     Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, habló rápidamente, dirigiéndose a Hall y a Hobart. Al joven reportero le dijo:
     --Si de verdad quiere sernos de alguna ayuda, póngase bajo las órdenes del Adjunto Richard Traeger. Voy a estar ausente por un tiempo. Traeger está al mando.
      Hobart comenzó a protestar, pero se detuvo. Había algo en el tono de Wildcat que no animaba a discutirle. Sus claros ojos azules de Tejano ardían con una fría ira, que rara vez había contemplado en ellos.
      --Espere hasta que Traeger le mande llamar.- Wildcat salió de la oficina, cerró la puerta y se alejó.
 


CAPITULO VIII

EL CEBO Y LA TRAMPA.



      QUICK TRIGGER siguió afuera al Susurrador, sin dejar de protestar. No le gustaban nada las órdenes que había recibido. Y eso que habían sido muy específicas.
      --Todo este asunto de El Susurrador ya es lo bastante malo, Wildcat,- bramó. -Pero esta idea que me cuentas es una locura absoluta. No tienes ninguna posibilidad.
      La boca de Wildcat mostraba una expresión severa.
      --No hay alternativa,- zanjó. -Así que lo haremos.

******

      Wildcat caminó en solitario. Penetró en una desvencijada casucha de los suburbios cercanos a China Hill, y subió por las escaleras hasta una habitación conocida sólo por él. Se trataba del escondite de El Susurrador. Aquel vecindario esa de esos en los que la gente se preocupa sólo de sus propio asuntos; y donde, dicha falta de iniciativa, a menudo desembocaba en muertes violentas.
      Wildcat desapareció por la puerta, y salió de ella ya convertido en El Susurrrador. Las extrañas placas dentales estaban de nuevo en su boca, otorgando a su mandíbula un aspecto prominente. El escurridizo hombre de gris podía tratarse de cualquier persona, excepto del propio Wildcat. Con ligereza, El Susurrador caminó de vuelta al antiguo hogar de Lin Su Char.
      Todo dependía de su firme creencia de que el anciano debía haber intentado dejarle a su amigo algún tipo de información sobre la guarida del Tao Fan. El hombre de gris no creía que el Tao Fan continuara vigilando el lugar. El Tao Fan tenía otras cosas que hacer. De eso estaba seguro.
     El Susurrador encontró el mensaje. Se hallaba en la pipa de brezo que siempre dejaba en casa del anciano Chino. La cazoleta estaba llena de tabaco fresco. El hombre de gris nunca la dejaba de ese modo. Era un claro intento del anciano para hacerle mirar en su interior.
     Por debajo de la capa de tabaco, encontró una delgada hojita de papel, escrita con caracteres Chinos.
     "La tercera piedra a partir del sol poniente."
     El Susurrador se quedó absorto durante unos instantes. Luego sacudió la pipa para ver si contenía algo más. Unas cuantas hojas de té verde cayeron al suelo, y el escalofriante susurro del hombre de gris se escuchó en el aire.
     ¡La antigua casa de té, ahora en ruinas, en la parte trasera de los muros de China Hill!

     EL hombre de gris rió suavemente y descendió por las escaleras. Bajó por la calle Poppy con paso lento y sigiloso. Fue deteniéndose en tiendas de té, y conversando con vendedores de frutos secos. Se detuvo para mirar unos ornamentos de jade, y para comprar una botella de agua. Y en todos los casos, fue sembrando algo que podría ayudarle en sus futuras acciones.
     El Susurrador podía contar en China Hill con unos recursos que la policía jamás soñaría. La policía nunca podría encontrar a los remanentes del Tao Fan si llegaban a escapar de la inminente confrontación. El hombre de gris susurró confidencias; le contó a los orientales leales que el Tao Fan no era lo que parecía, y que el dinero que estaban consiguiendo, iba a engrosar los bolsillos de un consumado asesino... y no iba a volver a China, como creían algunos pacíficos vecinos.
     De este modo, el hombre de gris fue formando lo que sería su segunda línea de defensa. Si al final resultara no ser necesaria, entonces, nadie tandría jamás conocimiento de que había existido.Aquel era uno e los motivos por los que El Susurrador rara vez fallaba en conseguir sus objetivos.

     A mitad de camino, por la calle Poppy, se encontró con el viejo Quick Trigger. Los ojos del desgarbado anciano mostraban una gran preocupación. Había estado pensado más en Wildcat de lo que lo había hecho en toda su vida. Estaba convencido de que su protegido estaba arriesgándose más de lo que él podía soportar. Por ello, le rogó que no lo hiciera.
     Wildcat negó con la cabeza.
     --Un ataque directo, provocaría que el cerebro criminal pudiera escapar,- explicó. -Debemos atraparle. Es la única manera de conseguirlo.
     Quick Trigger parpadeó lentamente, y acercó un paquete al hombre de gris. Le describió minuciosamente el contenido, para que El Susurrador pudiera estar seguro de que no había habido error alguno. Contenía una túnica bordada, unos polvos blancos para la cara, y unos zapatos que eran exactamente iguales a los empleados por Hu Li, el zorro. ¡Pues El Susurrador estaba dispuesto a tender una trampa, poniéndose a si mismo como cebo!
     Si el the Tao Fan se hallaba reunido, tendría una posibilidad de aclarar la ola de crímenes; y lo que era aún más importante, ¡Podría evitar que volviera a ocurrir!
     Quick Trigger observó cómo el hombre de gris penetraba en el ya abandonado Teatro Chino. Le siguió a distancia, poniéndose a cubierto. Se agachó rápidamente, agarrando otro paquete; uno que El Susurrador no había llegado a ver.
     El hombre de gris pasó por los camerinos del teatro abandonado, y salió por una pequeña puerta de la parte posterior. Sus ojos percibieron una enmarañada hiedra que cubría una gran extensión de pared. En el centro de aquella descuidada vegetación, con el tejado medio derruido, y necesitando una reparación urgente, se alzaba la antigua casa de té, como preguntándose desesperadamente cuando podría dejar de aguantar en pie, y derrumbarse al suelo.
     El hombre de gris rió quedamente mientras avanzaba caminando. Se detuvo delante de la casa de té, y se calzó la túnica de mandarín del Norte de la China. Extrajo algo de maquillaje de su bolsillo. Unas lentes de contacto hicieron que sus ojos grises se convirtieran en negros; unos trocitos de cinta adhesiva invisible tensaron los lados de sus ojos, haciéndoles adquirir el típico aspecto rasgado de los orientales. Entonces, se esparció por la cara el polvo blanco.
    En la vaga y traicionera luz de las antorchas, en plena caverna, nadie podría distinguir a El Susurrador del mismísimo Hu Li... Al menos, en eso confiaba él.

    LA tercera piedra del suelo de la esquina noroeste de la ruinosa casa de té, cedió con facilidad. Al abrirse, mostró una escalera de peldaños gastados por el tiempo, que descendía a la oscuridad. El Susurrador bajó por ellos. El olor de la tierra y el agua estancada invadió su olfato.
    Suavemente, caminó hacia abajo. Cada poco tiempo, empleaba su linterna con forma de lápiz. El pasadizo fue ensanchándose, y las aristas de las rocas se hicieron más vivas. Entonces, el hombre de gris escuchó, delante suya, unas voces balbuceantes. Apagó la linterna al momento, y continuó avanzando. Las voces se escucharon con mayor claridad.
    Sus oídos captaron los agudos tonos empleados por Hu Li, el zorro.
    --Vosotros, Marsten y Wentworth, no conservásteis los fondos que se os prestaron. Chiang Soong Wei fue vuestro benefactor...  Acordó con vosotros que los fondos que os dejaba, deberíais poder devolvérselos en cualquier momento. Encontraréis el modo de hacerlo, aquí, al caer la noche, o deberéis afrontar la tortura de los guantes rojos. ¡Quinientos mil dólares cada uno de vosotros!
    El Susurrador dobló una esquina en el pasillo, y contempló la escena que se desarrollaba delante de él... Wentworth, el próspero banquero, yacía junto a la parpadeante antorcha. Su rostro estaba marcado por el odio. La voz le salió ronca.
    --¡Vete al infierno!- Gruñó el banquero débilmente. -Nos matarás... hagamos lo que hagamos. Eso ya lo sabemos.
    Marsten demostró menos presencia de ánimo. El gordezuelo abogado gimió con voz aguda, respirando rápidamente entre cada palabra.
    --¡Yo pagaré!- Gritó. -Puedo darte un talón del banco de Wentworth por la cantidad que sea. Mis clientes nunca son cuestionados. El banco no tiene por qué saber para qué necesito el dinero.
    Hu Li sonrió, desplazándose hacia uno de los piratas de río, de elevada estatura. Dicho hombre movió un caldero de agua hirviendo en direcció al banquero Wentworth.
      --Tendrás el placer de ver cómo convencemos al Cuidador del Dinero,- dijo Hu Li, traduciéndolo luego al chino.
      --Y en cuanto a ti, mi adorable loto...- Hu Li se volvió hacia otra figura inmóvil. Alice Lane se encontraba cerca de él, fuertemente atada. Sus ojos oscuros brillaban a la luz de la linterna, mostrando un terror absoluto. Pero también mostraban desafío.
      La joven gritó cuando los piratas de río arrastraron a O. V. Wentworth hacia el caldero de agua hirviendo.
      Fue en ese momento cuando El Susurrador irrumpió en la estancia.
      --¡Os están engañando, hermanos mios!- Entonó en el dialecto del Valle del Yangtsé. -Estáis obedeciendo las órdenes de un impostor.
      Los miembros de Tao Fan se giraron, abriendo la boca, y presas del asombro. Aquellos asesinos, acostumbrados a matar a sangre fría, miraron de una figura a la otra. A la mortecina luz de la única antorcha, ambos eran idénticos.
      Alice Lane tragó saliva. Ya creía haberlo visto todo, pero aquello que tenía lugar ante su ojos... no podía creerlo.
      El Susurrador avanzó rápidamente. Se encontraba a unos nueve metros del empolvado rostro de Hu Li, el zorro. Sabía que, durante años, había sido un hombre blanco, bajo la máscara de Hu Li, el zorro, el que había demandado tributo de un modo u otro. Pero estaba seguro de que aquellos asesinos, traídos del Yangtsé, no lo sabían. Si pudiera atravesar esos nueve metros y desenmascararle ante ellos, se convencerían de que Hu Li era un impostor.
      Pero el genio criminal pensó con rapidez, demostrando que no había mantenido su lugar en los bajos fondos de China Hill por un mero accidente. Hu Li se había quedado tan atónito como sus seguidores, pero se recuperó rápidamente. Un leve brillo asomó en sus ojos negros y rasgados.
     Un arma automática apareció en su mano. Habló en una voz baja y gutural que escucharon todos sus hombres.
     --El impostor es el recién llegado, hermanos,- espetó. -Se trata de El Susurrador, que escapó ayer de nosotros. Ha venido para robar nuestro dinero.
    La mención de aquel nombre convenció a los asesinos del Tao Fan. Se trataba de algo tangible; algo que podían visualizar en sus mentes. Con un rugido de odio se lanzaron contra El Susurrador.
     Pero el hombre de gris se precipitó hacia delante, avanzando los últimos metros a toda velocidad. Los piratas se encontraron con los dos duplicados, uno junto al otro. El Susurrador comenzó a gritar insultos a los hombres, urgiéndoles a que capturaran al "Susurrador", y señalando a Hu Li, el zorro. Ambos hombres estaban tan cerca, que la confusión era inevitable. Los asesinos estaban divididos. Dudaron. Luego, saltaron hacia delante, pasando junto a El Susurrador, y abalanzándose sobre el gimoteante cuerpo de Hu Li.
     En aquel mismo instante, Quick Trigger irrumpió por el corredor, conduciendo a dos patrullas de policías. Bolton y Johnny Hobart se hallaban junto a él. Quick comenzó a gritar órdenes, en una voz que hizo temblar las paredes de la caverna.
     La llegada de la policía fue todo cuanto se necesitaba para completar el barullo. Los asesinos del Tao Fan creyeron que había sido El Susurrador quien había llamado a la policía. También creían tener en sus garras al hombre de gris.
     También Quick Trigger lo creyó así. Lanzó rápidas órdenes a los policías, que se arrojaron sobre la otra figura, ataviada con una túnica de mandarín, del Norte de la China.
 



CAPITULO IX

EL MANDARIN BLANCO




     EL SUSURRADOR se agitaba, apresado bajo el peso de media docena de policías. Se zafó de algunos, se dio la vuelta y comenzó a forcejear con un policía de un tamaño similar al suyo.. Los demás policías rodaron por encima suyo, agarrando la brillante túnica bordada.
     Finalmente, consiguieron inmovilizarle, descargando una oleada de puñetazos contra el cuerpo que había debajo de ellos. Sin ser detectada, una figura vestida de gris salió de debajo del montón de hombres. La túnica de mandarín la vestía el inconsciente policía con el que había estado forcejeando.
     Quick Triger dejó escapar un rugido cuando vio que el hombre de gris emergía de la pila de policías. Se dio cuenta del terrible error que había cometido. Se lanzó al suelo, pero El Susurrador fue incluso más rápido. Cruzó la caverna, en dirección a la muchedumbre de asesinos.
     Henry Bolton movió la cabeza de un lado a otro como un enorme borrador. Sólo tenía interés en realizar una captura.
     --¡El Susurrador!- Gritó de un modo nasal. ¡Atrapad primero al Susurrador!
     Henry tenía la curiosa idea de que una vez se hubiera desembarazado de El Susurrador, podría quedarse con el puesto de Wildcat. No sabía muy bien por qué pensaba de ese modo, aunque, probablemente, y sin él saberlo, aquel punto era el único en el que tenía razón.
     Entre el grito de Bolton y el iracundo aullido del viejo Quick Trigger, los asesinos se giraron instintivamente, y entonces vieron a El Susurrador. De entre la confusión, se escucharon gritos orientales de rabia. Los asesinos le dieron la espalda a Hu Li, y avanzaron para hacer frente al hombre de gris. Pero El Susurrador giró sobre sus talones, saltando a un lado. Sus pistolas automáticas comenzaron a disparar, repartiendo plomo y muerte. El hombre de gris continuó avanzando.
     Con un salto final, consiguió aferrar la túnica de mandarín de Hu Li, el zorro.
Las armas del Susurrador repartieron plomo y muerte
     --Estás acabado, Genung Lanning,- gritó bruscamente la fantasmal voz. -Ya tengo tu máscara.
     Los dedos del Susurrador se cerraron sobre el polvo de arroz que cubría el rostro del mandarín. El polvo de arroz cayó al suelo, y otro tanto hizo la máscara que había debajo. Los rasgos de Genung Lanning, importador y experto en joyería, se mostraron contorsionados ante la luz de la antorcha, durante unos escasos segundos. En aquel momento, sus ayudantes del Tao Fan se hallaban de espaldas a él.
     Entonces, Lanning gritó algo en el dialecto del Yangtsé. Escondió su rostro, se inclinó y recogió la máscara. Huyó, retrocediendo hacia sus hombres. Gritó unas cuantas órdenes, y corrió en dirección al pasadizo por el cual había escapado la noche anterior, junto a la joven y El Susurrador.
     Los asesinos del Tao Fan se agolparon detrás de él. Para cuando pudieran alcanzarle, la máscara habría vuelto a su sitio, ajustada una vez más. El Susurrador era consciente de eso, pero también sabía que, tanto Quick Trigger como Alice Lane habían visto su verdadero rostro.
     Y había una cosa más, que sólo él sabía. Con una risa escalofriante y chillona, corrió detrás de la turba de asesinos. En dos ocasiones gritó a Lanning que se detuviera, y que rinidera cuentas a la ley. Pero sabía que era inútil.
     Lanning alcanzó la orilla del torrente subterráneo, y se zambulló en él sin dudar un momento. Los miembros del Tao Fan le siguieron al instante. El Susurrador les gritó, en el dialecto del Yangtsé, diciéndoles que regresaran. Pero no lo hicieron. No había ningún motivo por el cual debieran regresar, para afrontar la muerte del hombre blanco.
     El Susurrador pareció evaporarse en aquel momento. La policía encontró su sombrero redondeado y su vestimenta gris, al borde del torrente.
     Alice Lane apareció entonces, siguiendo a Quick Trigger. Johnny Hobart iba con ella. Llevaba un brazo alrededor de su cintura, y daba la sensación de que Johnny tenía la intención de dejarlo allí.
     Una voz ronca y cortante cortó el aire de la caverna subterránea.
     --¿Donde está el tal Lanning?- Preguntó Wildcat Gordon. -Es el tipo que andamos buscando.
     Wildcat caminó tranquilamente desde una caverna que se abría al pasillo principal. Explicó que había conseguido bajar allí por una ruta ligeramente distinta. Alice Lane le miró de un modo extraño.
     --¿Como supo usted que se trataba de Lanning?- Inquirió.
     Wildcat gruñó.
     --Sabía que tenía que ser uno de los socios Americanos del China Club,- explicó. -Ese junco fue remolcado por el océano con el yate de alguien importante. El casco de la proa aún tenía restos del cable de acero que emplearon en su remolque. Esa artimaña de hacer creer que transportaba el alma de Wang Chu Ho, tenía como finalidad asegurarse la obediencia de los miembros del Tao Fan, que acababan de introducirse a escondidas en el país. Al principio, Lanning comenzó a planearlo llevado por la desperación. Luego se dio cuenta del terrorífico poder con el que contaría en el mundo del crimen. Cuando las cosas se torcieran, se limitaría a abandonar su falsa identidad, y volvería a ser el acaudalado Genung Lanning. Puso mucho cuidado en hacer que él mismo pareciera una víctima.
    "Hubo dos cosas que me hicieron sospechar de Lanning. Una de ellas fue su reciente viaje a China. Vio a Wang Chu Ho, y le reconoció como el Príncipe Mercader que antaño había conocido bajo otro nombre, y que se suponía que había desaparecido. Antes de que Wang Chu Ho fuera ejecutado, el propio Wang reclamó que se le devolvieran sus fondos de reserva, para que ayudaran a su causa.
     "Lanning tenía que evitar la llegada de la carta que le habría señalado como uno de los Mandarines Blancos a los que se les había dejado medio millón de dólares en depósito. Tenía que evitarlo, porque se había gastado el dinero. No me di cuenta de ello hasta que no inspeccioné aquel Buda hueco. Lanning tenía que destrozarlo en mil pedazos, para hacernos olvidar que, antes, había estado hueco.
    "Cuando llegó, el Buda pesaba cuarenta libras más de lo que pesaban sus piezas. Me lo ha confirmado el inspector de Aduanas. Y no estaba hueco. Cuando le fue confiado a Lanning, estaba relleno de joyas.
    Alice Lane hizo un mohín con los labios.
    --¿Y qué pasa con El Susurrador?- Preguntó.
    Wildcat carraspeó algo incómodo.
    --Sin su ayuda, yo no habría llegado a encontrar este lugar,- admitió.
    La muchacha suspiró, y se acercó más a Johnny Hobart. Miró de nuevo al torrente, recordando su huida de la noche anterior.
    --Espero que les capturen a todos,- dijo con resentimiento. -A todos, excepto al Susurrador.
    Wildcat se agachó, y pareció recoger una hojita de papel de entre la caída chaqueta del hombre de gris. El severo comisario se puso en pie de nuevo.
    Entonces leyó una nota escrita a lápiz.

    La pasada noche había marea baja, y todo salió bien. Cuando hay marea alta, no es posible emplear esta salida. Intentarlo, significa morir ahogado. Lanning debió olvidar ese detalle. Peor para él. Por cierto, dulces sueños para Henry Bolton.

 El Susurrador.

    Alice Lane contuvo la respiración, y aparecieron lágrimas en sus ojos. Henry Bolton gruñó indignado.
    Quick Trigger se vio obligado a retroceder por el pasadizo, para poder reir a gusto sin que le vieran.
 


FIN

Traducción: Javier Jiménez
Madrid, septiembre de 2003

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