Blanco Humano
por Clifford GoodrichBLANCO HUMANO
Por Clifford Goodrich
¡El Susurrador se convertirá en un Blanco Humano frente a los bandidos del Ferrocarril!
El Susurrador era vagamente consciente de que la joven que se hallaba junto a él, dudaba de su habilidad para fingir un atraco. Se hallaba sentado junto a ella, encorvado, en el vehículo deportivo descapotable con el motor trucado. Su mandíbula era larga y pronunciada y el cabello que asomaba bajo su peculiar sombrero redondo de ala ancha tenía un tono ceniciento.
Aparte de ello, El Susurrador era un hombre corriente, de apariencia anodina, con una voz baja y ronca, la mayor parte de las veces, poco más que un susurro. En aquellos instantes, miraba en dirección al laberinto de vías de ferrocarril que bordeaban la autopista. El Susurrador emitió una risa suave, que más parecía un sonido de ultratumba.
La joven que conducía el deportivo tenía buenas razones para mostrar desconcierto en su hermoso pero endurecido rostro. En los últimos tiempos, la empresa Lakes & Southern había sufrido una serie de osados robos de vagones, y retrasos importantes en envíos de cargas perecederas, que habían ocasionado importantes pérdidas. Unas pérdidas que la L. & S. no estaba en posición de reponer. Y, a punto de infiltrarse en esa mafia implacable -la de los astutos asaltantes de trenes-estaba aquel hombre de modales suaves, de quien la joven sólo sabía que se llamaba "D. Smith".
La joven al volante tenía la nariz llena de pecas. Echó un nuevo vistaz a la figura encorvada que se sentaba junto a ella. El Susurrador iba vestido completamente de gris. El llameante pelo rojo de la muchacha se agitó al viento mientras miraba por el espejo retrovisor. Pudo ver dos pares de luces de coches, bailando en la lejanía.La muchacha miró hacia delante y vio la mortecina luz de una tosca cantina que se hallaba junto al borde de las vías de ferrocarril. La joven reprimió un escalofrío. Ese bar había sido marcado en más de una ocasión con la violencia y el asesinato. Resultaba evidente que algunos de los criminales menores de la banda del ferrocarril habían convertido esa cantina en su antro habitual.
Y en cuestión de pocos minutos, ese hombre que viajaba junto a ella, el que hablaba en murmullos y susurros, se suponía que iba a exponerse a entrar en ese bar; penetraría allí a solas, atracaría a sus rudos ocupantes, y volvería a salir. "Pues vaya," pensó la muchacha. "Tendríamos más posibilidades de éxito si lo intentara yo misma."
La joven estudió brevemente los hombros caídos de su compañero. Tras acudir al Comisario de Policía James ("Wildcat") Gordon para contarle su historia, y su creencia de que el cerebro detrás de los robos en el ferrocarril y de los retrasos de los trenes podía ser alguien de dentro de la L.& S., Wildcat se había limitado a hacerle un par de preguntas, y luego había añadido:
--La enviaré un hombre de confianza, y luego pondremos en práctica un plan que tengo en mente.
El tal D. Smith era el "asombroso" hombre de confianza que había recibido las instrucciones de Wildcat Gordon. La joven era June Tramer, hija del viejo Bob Tramer, presidente de la compañía Lakes & Southern. Cuando la muchacha vio a D. Smith por primera vez, pensó que debía de haber algún error. Aún lo pensaba.Mientras veía acercarse la luminosa luz de neón del bar de carretera, la joven dijo:
--¿Está usted seguro de que el Comisario Gordon le dijo todo lo que debía saber?
El Susurrador no se dignó a mirarla. En lugar de ello, replicó con voz baja y ronca.
--Tengo que atracar ese bar de ahí delante, -dijo con voz calmada-. Las luces se apagarán, y es posible que me vea obligado a disparar a una o más personas. Entonces me apoderaré del contenido de la caja registradora y... Pero, Señorita Tramer, cuando las luces se apaguen, usted tendrá que salir de aquí a toda máquina.
June Tramer sacudió su llameante cabello rojo y observó atónita la calma con la que hablaba ese tal D. Smith.
--¡Ha dicho usted "a toda máquina"! -Exclamó-. ¿Quiere eso decir que ha trabajado usted para el ferrocarril?
--He hecho un poco de todo en mi vida, -dijo El Susurrador sin emoción alguna-. Pero aquí es donde usted me deja, Miss Tramer. Apague las luces del auto y espere con el motor en marcha. Debe parecer como si yo planeara escapar en este coche. Sea prudente, y no se cruce en el camino de ninguna bala cuando salga de aquí. Cuando se vaya, deberá parecer que me ha abandonado.
Por primera vez, la joven captó un brillo especial en los ojos de El Susurrador. Se dio cuenta de que eran fríos, y casi desprovistos de color. Si la joven se hubiera criado en el Sudoeste, habría reconocido esos ojos como pertenecientes a Texas, y a los antiguos rangers de aquella zona, pues se trataba de unos ojos adustos, helados.
--Pero ¿No se le ha ocurrido pensar que puede herirle alguna bala perdida? -Dijo la joven.
El Susurrador la dedicó una sonrisa cadavérica.
--Ya me han herido otra veces con muchas balas perdidas, -sentenció-. Y cuando salga usted de aquí, vaya directamente a la ciudad, a las oficinas de la L. & S. Wildcat Gordon me ha confirmado que, en breve, tendrá allí a otros agentes suyos. Bueno, yo me bajo aquí.
El rostro de June Tramer era hermoso, al igual que sus labios rojos, pero su boca mostraba una expresión dura y obstinada.
--Si este plan imposible llegara a tener éxito, se le recompensará con más dinero del que nunca haya...
El hombre ataviado de gris emitió una risa de ultratumba que costó en seco a la joven. Acto seguido, se deslizó del asiento del descapotable.
Mientras, en la carretera, dos pares de luces, procedentes de los faros de dos vehículos, avanzaron muy despacio. Aquellos automóviles podían, perfectamente, haber estado ocupados por juerguistas nocturnos. Pero aquel lugar ruidoso y lleno de humo, apartado de la gran ciudad, no era precisamente un sitio al que la gente fuera a pasarlo bien.
--No tardaré en conseguir una tarjeta de visita que nos conduzca hasta Cutter Carson, -dijo El Susurrador-. Recuerde: cuando salte la noticia de este atraco, deberá convocar a todos los oficiales de su ferrocarril para que comparezcan en las oficinas generales. No importa la hora que sea.
Entonces, el hombre de gris se marchó, fundiéndose con la niebla nocturna que flotaba sobre las vías del ferrocarril, que resonaban con el ruido de los cambios de vías. De cuando en cuando se percibía la luz de algún tren que pasaba en aquel momento, pero tan sólo en la carretera de cemento se observaban luces constantes, procedentes de las espaciadas farolas.
La joven condujo el descapotable a un lado de la carretera, hacia un punto protegido por las sombras. Estaba segura de no haber sido observada, y que no habría peligro en esperar allí. Pero dos pares de ojos despiertos habían seguido el movimiento del pequeño vehículo. Dos hombres corpulentos, con ropas vulgares, se agacharon detrás de un vehículo aparcado, y permanecieron allí varios segundos, observando.
--Esa muñeca está esperando algo, -gruñó uno de los hombres-. No le quites el ojo de encima, y yo me encargaré de seguir al tipo que se ha apeado. Es posible que tramen algún un trabajito para la Banda del Ferrocarril.
El que había hablado comenzó a avanzar paralelo a una línea de vagones parados, intentando seguir al Susurrador. Pero una vestimenta gris y unos zapatos con suela insonorizada son muy difíciles de seguir en una noche sombría y brumosa. Al cabo de diez segundos, el hombre de la ropa vulgar había perdido al Susurrador. Lanzó una palabra malsonante y se dio la vuelta, pensando que su presa había podido quedarse entre los vagones a medio cargar.
El Susurrador se movió por las sombras de la carretera hacia un punto sin luz que había junto al bar. Mientras avanzaba, se decía a si mismo en voz baja:
--La chica, probablemente, llamará a Wildcat Gordon. Se imaginará que el Comisario está descuidando sus obligaciones. Ahora, si "Gatillo Rápido" cumple lo prometido, supongo que quedan sólo unos pocos minutos para que estalle un infierno.
Como respondiendo a sus palabras, una figura se movió rápidamente hasta situarse a su lado. De haber habido más luz, hubiera podido apreciarse que aquel hombre era un individuo calvo, de unos sesenta años, que poseía una mirada profunda y escrutadora. Le llamaban "Gatillo Rápido," pero su verdadero nombre era Richard Traeger, un inspector de policía retirado, con el que el Comisario Wildcat Gordon compartía su piso.
Gatillo Rápido emitió una extrañas palabras con voz seca.
--¡Maldición, Wildcat! -dijo-. Ésto no me gusta nada. Ojalá nunca hubiera fabricado esa maldita placa dental. Yo...
--¿Has localizado ya el lugar para cortar la corriente eléctrica? -interrumpió El Susurrador-. Si es así, corta los cables cuando escuches el primer disparo. Eso es todo. Luego, asegúrate de que el Sargento Thorsen lleva a cabo el resto del plan, en menos de dos horas a partir de este momento.
El viejo Gatillo Rápido gruñó malhumorado. Acababa de llamar "Wildcat" al Susurrador. Y, en efecto, El Susurrador no era otro que el mismísimo Comisario Wildcat Gordon en persona. Gatillo Rápido era el responsable de la placa dental que cambiaba por completo el contorno de su rostro: era el substituto de un maquillaje, destinado a conseguir que el belicoso Wildcat Gordon tuviera un aspecto totalmente distinto.
La pequeña cantina contenía una docena o más de los rudos parroquianos habituales de la bahía y los almacenes del ferrocarril. La gran cantidad de dinero que las grasientas manos depositaban sobre la barra del local indicaban que, recientemente, alguno de esos endurecidos truhanes se había hecho con un botín. La fuente de la que provenían esos dólares no podía ser honesta, de ninguna manera.
Casi la mitad de los patrones y capataces de carga estaban en la barra; los demás se sentaban en pequeñas mesas. Contemplaron con ojos desconfiados la aparición de extraña figura: un hombre vestido de gris, con un sombrero plano y redondo que acababa de entrar en el bar. Parecía como si hubiera llegado hasta aquel lugar haciendo auto-stop. los observadores sonrieron con cruel desdén, y las miradas de sospecha se apartaron de él.
El Susurrador se detuvo al final de la barra, y pidió whisky con un ronco murmullo. Rebuscó en su bolsillo, tanteando algunas monedas sueltas. Un camarero bastante sucio, de hombros enormes y orejas prominentes, se acercó a él y gruñó:
--¡Bueno, decídete, tío! ¿Uno doble?
El camarero asió una botella de licor barato del estante superior, manteniéndola en alto hasta que vio asomar el dinero. El Susurrador dejó una moneda en la barra. En ese breve espacio de tiempo, había clasificado y memorizado la localización de todos los rudos ocupantes de la cantina.
El desaseado camarero volvió a gruñir:
--Lo tomas sólo o con...
Fue entonces cuando un susurro extraño, penetrante llenó la estancia. Aunque, para ser un susurro, mostraba un énfasis siniestro.
--¡Lo tomaré con tus manos a la vista y tu boca cerrada!
Ni el impacto de una ametralladora habría resultado tan impresionante en la pequeña cantina. Todos los ojos se volvieron hacia el hombre vestido de gris, que permanecía con las manos cerca de sus costados.
La enorme y enrrojecida mano del camarero se cerró sobre el cuello de la botella de whisky. Sus ojos pequeños mostraron una mirada de inconfundible ira. Sus hombros se inclinaron ligeramente; sin duda, tenía la intención de romper la botella contra la cabeza de aquel intruso vestido de gris.
Pero volvió a escucharse un susurro siniestro y escalofriante.
--¡Quédate donde estás o morirás! ¡Escucha lo que te dice El Susurrador!
Tres exclamaciones rasgaron el enrarecido aire de la cantina.
--¿El Susurrador? -Dijo una voz llena de pánico, y un hombretón con una cicatriz en la cara se metió bajo la mesa.
--¡Maldita sea! ¡Tenía que ser ese tipo raro! -Coreó otro individuo de rostro endurecido, mientras se llevaba la mano al bolsillo.
--¿Qué dices, estúpido? Te voy a...
Esto último provenía del corpulento camarero. Acababa de levantar la botella de whisky y empezaba a dirigirla contra la cabeza del Susurrador. Aparentemente, El Susurrador no había movido las manos de los costados. No había llegado a verse que empuñara arma alguna. Lo único que pudo apreciarse fue que sus hombros caídos se inclinaron un poco.
Se escucharon dos explosiones, que se parecían más al susurro del aire comprimido que a dos detonaciones de pistola. Su sonido se esfumó, mezclándose con otro frío susurro.
--¡Ya te avisé! ¡Ahora muévete hacia la caja registradora!
Unos cuantos de los duros habitantes de las afueras se tiraron al suelo directamente, mientras cerraban los ojos. Una de las balas había destrozado la botella de whisky de las manos del camarero. El cristal hecho añicos había cortado su rostro grasiento. El tipo duro que se había llevado la mano al bolsillo para sacar un arma, se había girado dolorido cuando la segunda bala se estrelló contra el hueso de su muñeca. No llegó a empuñar el arma.
Entonces, las chillonas luces que iluminaban el interior y exterior del local, se apagaron. Parecía como si el doble susurro del arma hubiera tambián accionado el interruptor. Todos los hombres de la cantina, excepto uno, estaban escondidos bajo las mesas, o refugiados bajo la barra.
El nombre "Susurrador" se pronunciaba en voz baja. Durante muchos meses, el misterioso archi-criminal de voz susurrante había aparecido en extrañas circunstancias para llevar el terror al mundo del hampa. Se decía que había robado y asesinado. Incluso la policía de Wildcat Gordon había intentado capturar al Susurrador, sin ningún resultado.
La oscuridad se pobló del sonido de cristales pisoteados, provocado sin duda por el camarero, caminando sobre los restos de la botella rota. Se escuchó un sonido metálico cuando la caja registradora se abrió de golpe. Algunas monedas cayeron al suelo tintineando. Las extrañas armas silenciosas volvieron a susurrar en el silencio de la taberna, destrozando varias botellas y el espejo de la barra.
La hermosa June Tramer, sentada en el descapotable, no pudo escuchar el sonido de las armas de El Susurrador. Pero vio cómo se apagaban las luces. Miró en dirección a la carretera, y vio las luces de dos coches que continuaban acercándose a poca velocidad. La joven extrajo una pequeña pistola de su bolso, y disparó dos veces.
June apretó el pedal del descapotable, y el pequeño vehículo se puso en marcha. En aquel mismo instante, el hombre corpulento que la observaba desde un vagón de carga, aulló:
--¡Quédate ahí, hermana, si no quieres que te dé tu merecido!
Y en ese preciso momento, una doble línea de sirenas de policía se impuso sobre aquellos sonidos. Los dos coches que habían estado acercándose por la carretera incrementaron su velocidad. Frenaron violentamente frente a la cantina a oscuras, dejando en el pavimento parte del caucho de sus neumáticos.
Un arma de reglamento disparó, y una bala se estrelló contra el pavimento de hormigón. Había sonado peligrosamente cerca del descapotable de la muchacha.
--¡Maldición! -estalló June Tramer, con un énfasis que había aprendido durante los años en que su padre, el viejo Bob Tramer, había sido jefe de máquinas, y ella había sido algo así como la mascota de todo el personal-. ¡Cualquiera diría que esos estúpidos están intentando darme a mi!
El descapotable irrumpió en medio de la calzada de hormigón, con los faros encendidos. La sorpresa que June había sentido por la cercanía de la primera bala, no tardó en incrementarse. Otro arma disparaba ahora una generosa lluvia de balas directamente a la parte trasera del descapotable. Se trataba del revólver del hombre que había estado observándola desde detrás de los vagones de carga.
Aquel hombre acababa de salir al descubierto, en medio de la calzada.
Vestía unos zapatos reglamentarios de punta cuadrada, que eran la marca de la policía del ferrocarril. Aquel sujeto era un "toro", que era como se conocía a los policías del ferrocarril que vestían de paisano, y que a menudo se mezclaban con todo tipo de criminales. La puntería de aquel individuo era excelente, y el parabrisas del descapotable se rompió en mil pedazos mientras la joven agachaba la cabeza y pisaba a fondo el acelerador.
--¡Jamás se me habría ocurrido sospechar que había una chica trabajando con esa condenada banda del ferrocarril! -espetó el "toro" mientras hacía todo lo posible por poner fuera de combate a la joven del descapotable.
Entonces, el "toro" consiguió efectuar un disparo afortunado. Una de las balas reventó un neumático y el descapotable derrapó. El vehículo se levantó en el aire, y dio una vuelta de campana. La parte delantera del coche se estampó contra el suelo, mientras el "toro" corría hacia él. Al momento, el automóvil estalló en llamas.
--¡Es una pena! ¡Yo no pretendía achicharrar a ninguna dama! -Gruñó el ferroviario de paisano.
Pero cuando llegó junto a aquella ruina en llamas, le resultó imposible acercarse lo suficiente como para determinar qué había sido de la joven conductora. El toro se quedó allí un minuto entero, maldiciendo, y odiándose a si mismo por haber disparado cuando no estaba seguro del resultado.
Pero June Tramer no se encontraba ya en el coche en llamas. Había salido despedida en la oscuridad. Su hermoso rostro estaba marcado por un arañazo largo, pero superficial. Se puso en pie, trepó por la pendiente que bajaba hasta la vía y se apoyó en la valla, que cerraba una pequeña zona llena de fábricas.
June se dejó caer al otro lado, descansando en el suelo unos instantes; luego se puso en pie, y caminó a lo largo de la valla. Una sombra se movió a su lado, y una mano encallecida se cerró sobre su boca. Una voz dijo suavemente:
--Tranquilita, hermana. Quizá tu también puedas sernos útil.
La joven fue obligada a tumbarse, mientras era maniatada por unas manos fuertes. Le taparon la boca y los ojos. June Tramer pensaba:
"Disparar al coche conmigo dentro. De modo que esa era la estupendísima trampa que Wildcat Gordon pensaba tenderle a la banda del ferrocarril. Pues ahora habrá que pagar las cuentas al diablo."
Cuando el captor de la joven la tuvo totalmente indefensa, volvió a hablar.
--Así que tu eres la chavala del Susurrador, ¿Eh? ¡Ahora me entero de que se interesa por el bello sexo! ¡Sé buena chica y no se te hará daño! ¡Vas a resultar un elemento de persuasión condenadamente bueno!
June no tenía ni la más remota idea de lo que estaba diciendo aquel hombre. No tenía modo alguno de saber que aquel era el único hombre que no se había echado al suelo durante el atraco al bar. De haber estado la zona un poco más iluminada, la joven habría podido contemplar que aquel sujeto tenía una cicatriz con forma de cruz sobre su ojo derecho.
En los bajos fondos se le conocía como "Scarbo", y, cuando El Susurrador entró en el bar, este criminal había sido mucho más rápido que los demás. Había visto a la joven aparcar el descapotable cerca del lugar, y se había deslizado por una puerta lateral, justo antes de que el vehículo explotara en plena carretera.
Segundos después, June Tramer fue arrastrada hasta el interior de un coche, en otra carretera.
De manera que June se perdió el repentino tiroteo que estalló en la oscuridad, entre el laberinto de vías de ferrocarril y vagones abandonados. Los hombres disparaban y maldecían en las proximidades de la cantina robada, que aún se hallaba a oscuras. La luz de los focos de dos coches de policía se deslizaba por las filas de los vagones de mercancías que había en las vías.
En el preciso instante en el que el descapotable de June Tramer fue tiroteado, dio la vuelta de campana, y se incendió, el Susurrador gris se hallaba corriendo en dirección a un grupo de vagones abandonados. El brillante fogonazo del vehículo en llamas comenzó a iluminar una amplia porción de las vías.
El Susurrador maldijo ásperamente. Al igual que el "toro" del ferrocarril, temía que la joven pudiera haber muerto en el accidente. Pero los focos de los coches de policía evitaban que El Susurrador pudiera acercarse hacia lo que quedaba del descapotable.
Los rudos parroquianos de la cantina salieron corriendo por las puertas principal y trasera del local. Pero los agentes de policía que no paraban de salir de los dos vehículos, sólo parecían interesados en atrapar al Susurrador. Habían detectado su figura mediante el haz de los focos.
Varias armas de reglamento dispararon desde los coches patrulla. Uno de los agentes comenzó a disparar con una ametralladora. Las balas se estrellaban sin cesar alrededor de los raíles metálicos. A pesar de ser un blanco perfecto, El Susurrador, súbitamente, se puso de rodillas. De algún modo, la policía había fallado en alcanzarle con aquella ráfaga mortal.
El Susurrador empuñó una extraña pistola en cada mano. Aparentemente, apuntaba con propósito de matar. Uno de los agentes que había junto a los coches gritó de terror. Su arma le voló de las manos, aterrizando en el pavimento de hormigón. Un sargento de detectives, de rostro agrietado, exclamó:
--¡Apagad las luces! ¡Cesad el tiroteo! ¡Bloquead las vías en ambos sentidos! Y si se acerca a los coches patrulla...
Las luces de los coches de policía se apagaron, pero no lo bastante pronto como para salvar al sargento. El sargento gruñó, y se arrojó a la calzada, mientras las armas del Susurrador disparaban con siseos.
Con la ventaja que le proporcionaba aquel par de segundos de oscuridad, El Susurrador saltó hacia una fila de vagones de carga, y subió por una escalerilla metálica. Estaba a punto de ponerse a salvo en lo alto del vagón, cuando una nueva voz exclamó:
--¡Aquí arriba, O'Reilly! ¡Olvídate de esa condenada chica! ¡Le he atrapado!
El propietario de aquella voz disparó al momento su revólver. Se trataba del "toro" del ferrocarril que había intentado seguir al Susurrador antes del atraco, y le había perdido la pista. El Susurrador emitió un sonido fantasmal, que se desvaneció junto a su figura.
Las balas acribillaron el borde del techo del vagón. Una de ellas, al rebotar, hirió al Susurrador en el brazo izquierdo, cerca del hombro. Se percató de que el otro ferroviario, el que se había alejado para buscar en el coche en llamas, corría ahora, para intentar sorprenderle por el otro lado del vagón.
A pesar del desagradable entumecimiento que sentía en el hombro, El Susurrador se las apañó para saltar los casi cuatro metros que había desde el techo del vagón hasta el suelo. Una segunda bala le arañó las costillas. Pero su endurecido cuerpo golpeó tan inesperadamente contra el "toro" del ferrocarril, que ambos rodaron por el suelo. El Susurrador estampó su puño de martillo contra la cabeza del ferroviario.
El "toro" rodó hacia un lado mientras perdía el sentido. En ese mismo instante, su compañero enfocó una linterna sobre los dos hombres. El Susurrador se levantó de un salto, se introdujo entre dos vagones, y llegó al lado opuesto. Para entonces, media docena de agentes de uniforme habían hecho su aparición, y disparaban por debajo de los vagones.
El segundo ferroviario comenzaba a subir al techo de uno de los vagones, cuando un sargento de detectives, de rostro agrietado, le agarró de repente por los pies, obligándole a descender.
Se trataba del Detective Tom Thorsen, antiguo sargento de la Marina, y mano derecha de Wildcat Gordon en el departamento de policía.
--¿Es que quieres que te llenen de agujeros, muchacho? -Escupió Thorsen-. ¡Esa sabandija ha abatido ya a dos de nuestros hombres! ¡Quédate a nuestro lado! ¿De acuerdo?
El rostro del "toro" ferroviario era la expresión absoluta del disgusto. Estaba seguro de que, de haber trepado al vagón, habría podido llenar de plomo al fugitivo. Lanzó un improperio bastante grosero, dedicado a todos los policías de la ciudad.
En ese momento, un recién llegado se acercó al sargento Tom Thorsen. Estaba calvo, y vestía ropas de paisano. Se trataba del viejo "Gatillo Rápido".
"Gatillo Rápido" dijo a Thorsen:
--Parece que la joven ha muerto achicharrada en el coche. De modo que depende de ti el llevar a cabo el plan de Wildcat. Tienes que encargarte de convocar al viejo Bob Tramer y a todos los oficiales de la L. & S. en sus oficinas generales, en el transcurso de las próximas dos horas.
El sargento Thorsen asintió, mientras observaba a sus hombres disparar a los lugares en los que ya no estaba El Susurrador. Entonces, "Gatillo Rápido" señaló un charco rojo y fresco en el lugar en el que El Susurrador había saltado desde lo alto del vagón y noqueado al "toro". Aquel charco, sin duda, era de sangre.
--¡Maldición, sargento! -Gruñó "Gatillo Rápido"-. ¡Uno de los "toros" le ha dado! ¡Ya le dije que era una idea estúpida eso de hacer de blanco humano! ¡Quizás esté tendido debajo de algún vagón!
Pero, a pesar de que la sangre manaba de su hombro, el gris Susurrador se movía mucho más rápido que sus perseguidores. Consiguió salir de la fila de vagones, y ascendió hasta el cruce con la carretera.
En ese momento, un vehículo cerrado circulaba a poca velocidad por la carretera. El hombre con la extraña cicatriz sobre el ojo, Scarbo, estaba al volante. Acababa de recoger a cuatro de los rudos parroquianos de la cantina atracada. El amplio maletero del coche estaba cerrado con llave.
Scarbo hablaba por la comisura de la boca.
--¡Infiernos! ¡Ojalá pudiéramos emplear a ese Susurrador! ¡Lo que más necesitamos es un tipo con unas agallas como las suyas! ¡Menuda ha armado! ¿Habéis visto cómo ha abatido a dos de esos condenados policías y luego se ha dado a la fuga? ¡Se dirigía hacia aquí, y por el camino se cargado además a uno de esos "toros" del ferrocarril! ¡Las cosas están casi a punto para el golpe final, que llevará a los tribunales a la Lakes&Southern, y que hará que nos embolsemos todos un montón de pasta!
El Susurrador emergió del extremo de una larga fila de vagones. La sangre le manaba a borbotones de la herida del hombro. Observó que un automóvil se acercaba lentamente por el cruce de la carretera, y vislumbró el rostro del hombre al volante. El Susurrador se arrojó al suelo, rodando hasta un socavón. Poco después, una mano le tocó el hombro.
--Tranquilo, muchacho, -dijo una voz suave-. Estoy de tu lado. ¿Lo ves? Los chicos me llaman Scarbo. ¡Parece que te has escapado de los "toros" y de la poli, pero te aseguro que tendrán acordonado todo este maldito lugar en menos de cinco minutos! Vamos, te ayudaré. Puede que al Jefe le interese hablar contigo.
--¡Vete al infierno! -Le respondió la áspera voz del Susurrador-. ¡Yo juego mis propias partidas a mi manera! ¡No pienso unirme a ninguna banda! Yo preparo mis propios golpes, y...
--Muchacho, piénsalo mejor, -le interrumpió Scarbo con suavidad-. A lo mejor pensabas que esa damita tuya se ha achicharrado en ese coche. Pues estás equivocado. Está sana y salva, muchacho, y la tengo en el maletero de ese coche. A lo mejor te gustaría hablar con el Jefe sobre cierto trabajito.
El Susurrador se debatió como si estuviera haciendo un intento desesperado de ponerse de pie, para disimular el efecto que le habían producido las palabras de aquel hombre. Luego gruñó, y volvió a caer de espaldas. Medio minuto después, el coche cerrado volvió a moverse, mientras El Susurrador, acomodado en el asiento de atrás, trasegaba un buen trago de licor, que acababan de ofrecerle.
--El trabajo que estamos haciendo para el Jefe es algo muy grande, Susurrador, -dijo Scarbo con su voz suave habitual-. A ti se te atribuyen muchos crímenes, pero la policía nunca ha podido echarte el guante. Eso al Jefe le va a gustar mucho.El vehículo cerrado se desplazó a gran velocidad por la orilla del lago. Media hora después, atravesaba las puertas de una antigua fábrica que se había empleado para el teñido de tejidos. El Susurrador permitió que le medio arrastraran a un jergón. June Tramer, con los ojos y la boca aún tapados, fue sacada del maletero del coche.
La cabeza del Susurrador cayó hacia un lado, y yació, aparentemente inconciente.
Alrededor de una hora después de la escaramuza en loz vagones abandonados, más de doscientos oficiales y empleados del ferrocarril comparecieron en la reunión general que tuvo lugar en las oficinas de la Lakes&Southern, en la parte baja de la ciudad. Bob Tramer, el "Veterano" del negocio, llegó acompañado por J. M. Crandall, consejero general y abogado de la L. & S. Allí estaba, entre otros, Peter Mason, un jefe de encargados, que, por lo que sabía todo el personal, estaba a punto de casarse con June Tramer.
Arthur Severn, un hombre sombrío y sudoroso, administrador general de la línea, acompañaba a Tramer y a Crandall. Era del dominio público que Severn veía a Peter Mason como si fuera su principal rival, y había realizado varios intentos para que le despidieran de las oficinas.
Eran más de las doce de la noche, y la llamada, convocando a los oficiales y encargados había sido bastante intranquilizadora. Una voz les había dicho que el Comisario Wildcat Gordon deseaba reunir al momento a toda la planilla de la L. & S. Al mismo tiempo, los periódicos estaban sacando una edición extra, con la noticia de que dos de los patrulleros de Gordon habían sido asesinados durante un atraco en una cantina. El atraco, según se creía, podía haber sido perpetrado por algunos de los miembros de la banda del ferrocarril, de "Cutter" Carson.
El artículo de los periódicos hablaba también de una joven y misteriosa criminal, que al principio se había dado por muerta, achicharrada en el coche, pero que más tarde se descubrió que había escapado a la muerte y a la policía.
--No consigo entender a quién se le ocurrió meter al Comisario Gordon y a la policía en nuestros problemas privados, -se quejó Bob Tramer-. Crandall, ¿Cuanto se ha aireado acerca de nuestras pérdidas?
El abogado Crandall se pasó el dedo por la barbilla, y sacudió la cabeza.
--Los periódicos se han hecho eco de algunos de los casos de daños intencionados a vagones de carga, y robos de material, -dijo Crandall-. Aunque, por lo general, la policía de la ciudad no interfiere en los asuntos del ferrocarril, lo cierto es que nuestra propia policía ha sido incapaz de ayudarnos. Si el Comisario Gordon y sus hombres se han interesado en el asunto, a lo mejor eso nos puede salvar. A menos que esas pérdidas se detengan, nosotros...
--Eso ya lo sé, -dijo rápidamente Bob Tramer-. Hemos llegado a un punto en el que sólo mi fortuna particular puede evitar que la vieja L. & S. tenga que ser vendida a otras manos. Si llegáramos a eso, usaría mi propio dinero. Pero hasta ahora, sólo han robado nuestro cargamento más valioso, y sólo se han retrasado nuestras cargas más perecederas. Siempre que la banda del ferrocarril ha atacado, han demostrado conocer de antemano el contenido de los vagones, los movimientos del tren y la manera más eficaz de abordarlos. Eso significa que son algo más que unos simples asaltantes de trenes, o atracadores ordinarios.
Crandall, el abogado, asintió, con una dura sonrisa.
--Precisamente por eso yo recomendaría que la policía de la ciudad sea puesta al tanto de los hechos, y que al Comisario Gordon le demos la oportunidad de actuar, -dijo-. Aunque me intriga cual puede ser el motivo por el que nos han convocado a todos a estas horas de la noche...
--Quizás yo pueda responder a esa pregunta, -dijo una voz baja, carente de emociones-. Soy el sargento Detective Thorsen. He sido enviado aquí por orden del Comisario Gordon, que ha tenido que salir urgentemente, después de haber convocado a todos los oficiales de la L. & S.
El alto sargento Thorsen iba acompañado por el calvo "Gatillo Rápido" y por dos detectives. El sargento se dirigió a Bob Tramer, aunque su voz átona llegó hasta los oidos de los doscientos oficiales y encargados que abarrotaban la sala.
--El Comisario Gordon les pide que su policía ferroviaria no adopte ninguna precaución adicional durante un par de días, -dijo el Sargento Thorsen-. Aún en el caso de que se detecte algún robo menor a un vagón, les solicitamos que no adopten ninguna acción de respuesta rápida.
--Pero... ¿Por qué? ¿Qué significa esto, sargento Thorsen? -Preguntó Bob Tramer truculentamen te-. ¿Es que alguien les ha informado...?
El sargento Thorsen levantó la mano.
--Hay una razón excelente, señor Tramer, -dijo con calma-. Todos ustedes habrán leido esta noche que dos policías han sido abatidos durante un atraco, y que se sospecha de la banda de Cutter Carson.
El sargento Thorsen sonrió un poco. Entonces, "Gatillo Rápido" continuó hablando.
--Pues bien, todo lo que han leido es mentira, -dijo "Gatillo Rápido"-. ¡Esto es para que lo sepan todos ustedes, y sus oficiales! ¡El Comisario Gordon ha conseguido infiltrar a un supuesto asesino de policías en la banda del ferrocarril de Cutter Carson! ¡En realidad, esta noche no ha muerto ningún policía! ¡El hombre que fingió el atraco esta noche, está ahora entre los propios hombres de Cutter Carson, que le han tomado por un pistolero que trabaja en solitario!
Hubo un minuto de incómodo silencio. De repente, el viejo Bob Tramer miró directamente a "Gatillo Rápido".
--¿Y qué pasa con esa joven criminal, la que escapó a la muerte en el coche incendiado? -dijo-. ¿Donde encaja ella en todo este asunto? ¿Era ella una de los...?
El sargento Thorsen le respondió con calma y precisión.
--La licencia del coche quemado está a nombre de su hija, señor Tramer, -dijo-. Pero puedo asegurarle que no ha resultado herida, pues no tardó en desaparecer. Probablemente, tendrá noticias de ella en cualquier momento.
Peter Mason, el prometido de June Tramer, dejó escapar un suspro y se dirigió hacia la puerta. Severn, el administrador general, parecía sudar más que nunca. Salió inmediatamente después de la partida de Peter Mason.
--Pero esto es increible, -afirmó el abogado Crandall. Luego, durante unos instantes, se rascó la barbilla con el dedo-. Aunque, bajo estas circunstancias, señor Tramer, me pondré de inmediato manos a la obra para arreglar que la policía del ferrocarril se haga a un lado durante un tiempo razonable.
La gran sala quedó despejada medio minuto después de que el sargento Thorsen y el viejo "Gatillo Rápido" hubieran efectuado sus sorprendentes revelaciones.
Seguramente, en aquel preciso instante, El Susurrador escuchó la voz de Scarbo, hablando por teléfono en la vieja fábrica. Escuchó cómo Scarbo mencionaba el nombre de Cutter Carson con cierta cautela. Entonces, El Susurrador comprendió que Cutter Carson en persona haría acto de presencia en la guarida de la Banda del Ferrocarril tan pronto como le fuera posible.
El Susurrador permaneció medio inconsciente, con los párpados cerrados sobre sus ojos incoloros. Un líquido fortísimo descendió por su garganta. Se movió, aunque débilmente, y pareció revivir poco a poco. Entonces observó a June Tramer, que permanecía en un sillón, atada de pies y manos, y con los ojos vendados. Resultaba evidente que ningún miembro de la banda la había identificado aún como la enérgica hija del viejo Bob Tramer.
Escuchó el rugido de un motor, que se acercaba, hasta detenerse en el exterior. Un hombre alto, de nariz aguileña, irrumpió en la vieja fábrica, habló rápidamente con Scarbo, y luego caminó junto a él hasta situarse a un lado del Susurrador. El Susurrador no necesitaba que le dijeran que aquel tipo era Cutter Carson, de quién se sospechaba que lideraba la Banda del Ferrocarril, pero al que nunca habían podido implicar directamente.
--Scarbo me ha dicho que tu eres El Susurrador. ¿Es cierto eso? -Dijo Cutter con voz nasal-. Dice que esta noche has dado un golpe con la rapidez de un relámpago, y que te has llevado por delante a un par de policías.
El Susurrador asintió lentamente, como si sus sentidos aún estuvieran nublados. Cutter Carson apenas le prestó atención a la joven del cabello rojo, vendada y maniatada. La venda ocultaba la mayor parte de su cara.
--¿Te interesa ganar fácilmente diez de los grandes? -Dijo Cutter.
El Susurrador dijo lentamente:
--Eso no es suficiente para un asesinato, Cutter Carson.
--Veinticinco de los grandes, entonces. Y será mejor que aceptes, si no quieres que a esa chica tuya la acaben encontrando un día -eso si la encuentran-en el fondo de uno de esas cubas para teñir que hay allí abajo, -dijo Cutter-. Lo tomas o lo dejas. Y si ocurriera lo segundo, a ti te encontrarían en la misma cuba, o puede que no. A lo mejor, el lodo que hay en el fondo es demasiado blando para ti.
El Susurrador levantó su brazo herido. Sus ojos incoloros contaron hasta cinco hombre en la sala, además de Cutter Carson. Se movió como para estirar el brazo, aparentemente indefenso.
--Si me lo pones de esa manera, -dijo hoscamente-, supongo que acepto. Pero si te doy mi palabra, liberaréis a la chica. Soy El Susurrador. La policía me busca más de lo que te buscarán jamás a ti, Cutter Carson.
--La palabra del Susurrador, de un asesino de policías, es suficiente para mi, -aceptó Cutter-. Podéis llevaros a esta damita a alguna carretera comarcal, y luego soltarla, muchachos.
Scarbo y dos hombres, avanzaron hasta June Tramer, y ayudaron a la joven a ponerse en pie.
--Más te vale que pueda fiarme de tu palabra, Cutter Carson, -dijo El Susurrador-. Tendré que descansar durante uno o dos días, hasta que recupere un poco las fuerzas. Luego, querré dinero en metálico, y un medio de saber que la chica está bien. Y ahora, ¿Quién es ese tipo al que se supone que tengo que...?
--¡Trato hecho, Susurrador! -Dijo Cutter de todo corazón-. Eres justo el tipo que estaba deseando encontrar. Y habrá otros trabajos, además. El hombre al que tienes que... bueno, que quitar de en medio en este pequeño asunto, es...
Cutter se acercó a él, y bajó la voz, de manera que sólo El Susurrador pudiera escucharle.
--El viejo Bob Tramer, -repitió el escalofriante y fantasmal susurro de El Susurrador. Y, entonces, volvió a cerrar los ojos y aparentó perder la consciencia.
De modo que eso era. La línea de ferrocarril había sido boicoteada deliberadamente para que pudiera pasar a otras manos. Por algún motivo, las pérdidas producidas por los daños a mercancías y los robos no habían resultado ser suficientes. Y el viejo Bob Tramer parecía haberse vuelto un estorbo.
Cutter Carson se giró para hablar con Scarbo, mientras June Tramer era conducida hacia un coche. Todos los músculos de El Susurrador se pusieron en tensión. Le habían arrebatado sus sus grandes pistolas silenciosas. Pero no le habían encontrado las dos pequeñas automáticas que llevaba escondidas junto al estómago. No parecían haberle registrado.El Susurrador rió suavemente. Ahora, sólo sería cuestión de tiempo. Debido a una orden que había dado como Wildcat Gordon, sus hombres habían seguido a Cutter Carson hasta allí; en aquellos instantes, un grupo de los mejores hombres, bajo el mando directo del sargento Thorsen debía rondar los alrededores.
June Tramer estaba siendo introducida en la parte trasera de un automóvil, cuando unos neumáticos chirriaron en el exterior, junto a las dos grandes puertas de la fábrica. Sonó un golpe fuerte, y luego dos más ligeros. Scarbo se acercó a las puertas; luego se dio la vuelta, y dijo:
--¡Cutter, ven aquí! Es....
--¡Cierra el pico! -Aulló Cutter-. ¡Ya voy!
Cutter se dirigió a toda prisa a las puertas de entrada, que estaban sumidas en la oscuridad. En cuestión de cinco segundos, el aire de la fábrica se llenó de insultos y maldiciones. Scarbo, junto a otros tres hombres, se dirigió hacia El Susurrador. Dos de sus acompañantes llevaban ametralladoras.
--¡No te muevas, Susurrador! -Ordenó Scarbo. Su voz había dejado de ser suave-. ¡Así que todo era un truco! ¿Eh? ¡Seguro que ni siquiera eres El Susurrador! ¡Okay, muchachos, la dama sabe demasiado, de modo que nos encargaremos de los dos! ¡Arrojadles al fondo de los toneles!El Susurrador sabía que el Cerebro criminal que daba las órdenes a Cutter Carson acababa de llegar. Pero no pudo llegar a verle; el cañón de una ametralladora le obligó a darse la vuelta, y ponerse en pie. June Tramer, aún vendada, fue colocada al lado suyo. El Susurrador sabía que su trampa había funcionado. Pero, con June Tramer a su lado, descendiendo por los resbaladizos escalones de piedra, con una ametralladora en la espalda, no había nada que pudiera hacer.
Mientras trazaba el plan, El Susurrador no se había podido imaginar que June acabaría siendo atrapada por la Banda. Además, había esperado un par de segundos de más, en el momento de llegar el Cerebro de la Banda. Sus propios policías no debían andar muy lejos, pero tenían órdenes de Wildcat Gordon para que esperaran a oir su voz antes de actuar.
Un par de ratas negras y enormes se apartaron corriendo de las enlodadas escaleras. En la oscuridad que les aguardaba abajo, El Susurrador pudo vislumbrar el brillo del agua estancada. Quizás acabaran encontrando sus cuerpos, pero desde luego, ninguna persona podría vivir más de medio minuto inmerso en aquella mezcla que años atrás se empleara para ocurecer la ropa.
El Susurrador tenía las manos levantadas, de modo que no podía realizar ningún movimiento para alcanzar sus pistolas automáticas ocultas. Tan sólo le restaban unos pocos escalones para que la muerte le rodeara por todas partes. La joven, aún vendada, era guiada con una mano sobre su hombro. Se mostraba muy serena, y no había llorado.
Entonces, los agudos ojos de El Susurrador descubrieron, un poco más abajo, un escalón roto. Tenía una oportunidad entre un millar, pero decidió arriesgarse a fondo. Permitió que uno de sus pies resbalara, y su propia pierna ocultó el escalón roto. El pistolero que caminaba detrás de él, lo pisó sin darse cuenta, y tropezó.
El puño derecho del Susurrador se lanzó hacia arriba con la velocidad de un rayo. Sus nudillos impactaron contra acero, pues había golpeado al arma que apuntaba a June Tramer, lanzándola hacia un lado antes de que su sorprendido propietario pudiera apretar el gatillo.
El Susurrador, en su personalidad de Wildcat Gordon, se merecía con creces su apodo de "Wildcat", o "Gato Salvaje". Los tres gangsters, dos de ellos armados, fueron golpeados por sorpresa por unas manos como martillos. Los golpes fueron tan demoledores como repentinos, y los tres fueron derribados.
Mientras caían, dos de los hombres dejaron escapar unos gritos terribles, que terminaron tornándose en agónicos gorgoteos al quedar inmersos en las cubas de lodo y productos químicos. El Susurrador levantó en vilo al tercer sujeto, y le lanzó por encima de su cabeza. El cráneo del criminal se estrelló contra la parte superior de las escaleras. June Tramer sintió cómo la sujetaban unas manos férreas. El Susurrador acababa de quitarse de la boca las placas dentales, de modo que fue la voz acerada de Wildcat Gordon, la que dijo:
--¡Si se queda aquí estará a salvo!
Las manos de El Susurrador se encargaron en despojarse de la vestimenta gris. Un sombrero de pico del ejército reemplazó al otro. Lanzó el sombrero redondo al interior de la mortal cuba llena de lodo, y, mientras lo hacía, sonrió.
Scarbo, Cutter Carson y el Cerebro de la banda escucharon el estruendo del combate. Maldiciendo, se dirigieron hacia las escaleras. Scarbo, Carson y otro gangster llevaban las armas a punto, pero no estaban lo bastante preparados.
Dos armas automáticas comenzaron a repartir plomo, incluso antes de que los criminales llegaran a contemplar una visión asombrosa. En aquellas escaleras que conducían a la muerte, allí donde debiera haber estado el Susurrador gris, se hallaba ahora el Comisario Wildcat Gordon, ataviado con un traje azul, zapatos amarillentos y pajarita roja, con su sombrero del ejército inclinado sobre uno de sus ojos.
Las armas de Scarbo y Cutter Carson volaron por los aires, mientras sus manos resultaban heridas por sendas balas. El tercer matón cayó de bruces al suelo, con una herida de bala en la garganta. Un cuarto sujeto corrió en dirección a las puertas de salida.
--¡Quédate donde estás, amigo! -Exclamó la voz del sargento Tom Thorsen. El fugitivo, de alta estatura, se detuvo, rascándose la barbilla. Se dio la vuelta lentamente, y miró a Wildcat Gordon. Se trataba del abogado Crandall, Administrador General de la L. &. S. Él había sido el Cerebro que había detrás de los asaltos, destinados a llevar a la quiebra a la compañía.
Cutter Carson maldecía en voz alta. Exclamó:
--¡Nos hemos deshecho del Susurrador ahí abajo! Al menos, nos lo cargamos a él y a la chica...
Pero la pelirroja June Tramer apareció ante ellos, quitándose la venda de los ojos. La joven observó a Wildcat Gordon.
--¡Oh! -Exclamó-. ¡Me temo que han matado al hombre que usted envió para que me ayudara!
--Si. Ya he visto su sombrero flotando allí abajo, en la cubeta de lodo, -dijo Wildcat con tristeza-. Ya no podrán identificarle, cuando consigan sacar el cuerpo del interior de ese mejunje. Y era uno de mis mejores detectives, Señorita Tramer. Me figuré que podría hacerse pasar por el famoso Susurrador, porque estaba seguro que los de la banda morderían el anzuelo... y lo hicieron.
El sargento Thorsen estaban poniéndole las esposas al abogado Crandall... el administrador general, que había usado su posición en un esfuerzo por llevar a la quiebra a la L. & S., y que había juzgado que el viejo Bob Tramer debía ser eliminado, para evitar que empleara su fortuna particular para salvar la línea ferroviaria. El letrado tenía planeado que su propia gente se hiciera cargo de la empresa de ferrocarril, cuando Bob Tramer no pudiera sacarla adelante.
June Tramer observó fijamente a Wildcat Gordon. La joven había bajado aquellas escaleras, con los ojos vendados, y junto a otro hombre. Y, luego, se había desencadenado un verdadero infierno...
--¿Así que dice usted que, esta noche, uno de sus mejores detectives ha estado aquí conmigo, haciéndose pasar por el famoso Susurrador? -Dijo la joven lentamente-. Pues bien, daremos por buena esa versión, señor Wildcat Gordon. Y ahora, tal como creo que le oí decir a usted mismo, supongo que voy a tener que salir "a toda máquina" para casa, pues mi padre debe de estar preocupado.
El viejo "Gatillo Rápido" apareció detrás del sargento Thorsen.
--Pues tampoco habría sido mala idea que el verdadero Susurrador se hubiera dado un baño en esa cuba de lodos químicos de ahí abajo, -musitó-. ¡Algún día, voy a tener que deshacerme de esas malditas placas dentales!
FIN
Traducción: Javier Jiménez
Madrid, Abril de 2004
Título Original: "Bullet Bait"Ir a "El espectro de Li SanFu"
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