El Espectro de Lin San Fu
por Clifford Goodrich1
Los dos venerables comerciantes se acercaron entre sí, con las cabezas muy juntas. El tono de su voz era cauteloso y furtivo.
-Es de esperar,- suspiró el primero de ellos, -que el espíritu de Lin San Fu seguirá al otro mundo a su carne mortal.
La rala barba de su compañero, se agitó con aprobación.
-¡Aiee!- Exclamó este último, mostrando su acuerdo con una voz teñida por el miedo.- ¡Es de esperar, ciertamente! Pues ya pertenece a la tierra de los ancestros.
Entonces, ambos miraron hacia atrás, llenos de ansiedad, escrutando las sombras de la noche en China Hill.
Detrás de ellos, una figura se movió sigilosamente. En medio de toda aquella penumbra, resultaba casi imposible de discernir. La figura se desplazaba aún más silenciosamente que los dos ancianos Orientales. Se mostró muy brevemente al girar una esquina, y escaló, sin hacer ruido alguno, un tosco muro de ladrillo.Era un hombre esbelto, cubierto por un pintoresco sombrero de ala ancha y redonda. En la penumbra, su barbilla parecía extrañamente prominente. Sus ojos eran blanquecinos, casi desprovistos de color, al igual que ocurría con su ceniciento cabello. Su atuendo era completamente gris.
Un escalofriante susurro cruzó el aire de la noche en China Hill.
-Si,- siseó. -Es de esperar, ciertamente.- El Susurrador estaba también sumamente interesado en el espectro de Lin San Fu... el espectro que ya había asesinado a cinco personas.
Pues aquel sujeto era El Susurrador, el temido "supercriminal" cuyas presas eran los asesinos demasiado hábiles como para ser atrapados por la policía. El justiciero se introdujo por una ventana abierta, hacia la oscuridad del interior, y caminó en silencio por la habitación. Abrió una puerta que daba a una balconada interior, rodeada de una barandilla.
La habitación que se extendía bajo él era muy grande, casi tanto como un almacén. Las paredes estaban cubiertas con libros y cuadros. Algunas esculturas, de extraño aspecto, adornaban las esquinas. Aquel lugar era el estudio y biblioteca de un hombre llamado Jules Goddard, un escultor y Orientalista de gran reputación.En la habitación sólo había dos figuras. Una de ellas se hallaba en el interior de un ataud de madera de cerezo. Cualquiera que conociera un poco China Hill, habría reconocido sus desagradables facciones.
Lin San Fu había vivido en China Hill la mayor parte de su existencia. En vida, había sido un hombre rudo y amargado. Cinco días antes, en una ciudad lejana, un automóvil había atropellado a Lin San Fu. Ahora, en cuestión de pocos minutos, sus restos mortales darían el primer paso de su último viaje. Una tumba en el jardín de sus antepasados aguardaba a aquel ataud de cerezo.
El otro hombre de la habitación era un joven. Sus hombros se hallaban ligeramente inclinados. Todo China Hill culpaba a Lee Su Wo por la aparición del espectro del anciano. Lee Su Wo, según decían los sabios, podía haber salvado a su padre del fatal accidente.
Era la venganza, contra la conducta delincuente de su hijo, lo que había impulsado al furioso espíritu a regresar a China Hill. Al menos, eso decían los ancianos de barba gris.El Susurrador caminó con cautela a lo largo de la oscura balconada. De repente, se topó de bruces con un cuerpo... Un cuerpo que se movía, y que lo hacía tan silenciosamente como el mismísimo Susurrador.
El hombre de gris retrocedió mientras lanzaba un puñetazo. Se escuchó un quejido gutural, procedente de la otra persona. Unas manos, tan grandes como platos, agarraron al Susurrador por el cuello, le levantaron y le lanzaron a través de la puerta.
Pero, de repente, una luz se encendió. Se trataba de una bombilla, dispuesta en el techo, de intensidad mayor a la habitual.
El hombre que se hallaba ante El Susurrador, emitió un gruñido. Su boca era una amplia abertura, deformada por la ira. Su frente era ancha, pero bastante baja. Unos ojos negros, opacos, se contrajeron de furor. Aquel hombre era Kung Ghee, el Mongol, cuyo cometido en China Hill nadie acababa aún de comprender.
Se produjo un repentino y ensordecedor estruendo. La balconada superior en la que se encontraban el Susurrador y el Mongol quedó convertida de repente en una bola de fuego. Era como si alguien hubiera encendido una cerilla en una sala llena de gas.El Susurrador empleó sus últimas fuerzas en lanzarse en dirección a la ventana. El sonido de cristales rotos llegó hasta sus oídos como si lo escuchara en un sueño. Luego nada... excepto la oscuridad.
No pudo ver qué había ocurrido con Kung Ghee.
2
Cuando El Susurrador recuperó la consciencia, se encontró acurrucado sobre un estrecho pozo que daba a la ventana del sótano. Había chocado contra la fina rejilla cuando cayó desde la ventana del piso superior.
Parecía como si el espectro de Lin San Fu tuviera sus razones para no desear una investigación; de ahí la explosión... para librarse de El Susurrador.
El hombre de gris se dirigió hacia la puerta que conectaba la calle con el estudio-biblioteca de Goddard. El cadáver había desaparecido, seguramente de camino al tren que le conduciría a su descanso eterno.Se habían cometido cinco asesinatos en China Hill, desde el momento en que se empezó a hablar del espectro de Lin San Fu.
Tres de las víctimas habían sido criados del fallecido. Las otras dos eran hombres que le conocían bien. Había una cosa muy peculiar que todos ellos tenían en común; cada una de las víctimas había sido encontrada con un pequeño objeto en la mano. Dicho objeto era una miniatura de oro, que representaba un cocodrilo.
De algún modo, el espectro de Lin San Fu se hallaba ligado a los cocodrilos de oro. Y no se trataba de un simple asunto de venganza personal. Se habían producido dieciséis asesinatos en los barrios chinos de media docena de ciudades en los últimos cinco días. Y en cada caso, había sido encontrada una miniatura representando al reptil dorado. Las bocas de la comunidad china se hallaban cerradas, con un silencio nacido del miedo.El Susurrador caminó calle abajo. Su objetivo estaba claro. Al comenzar el día, había escuchado una frase que le indicaba que no había tiempo que perder. "El espectro de Lin San Fu volverá a hablar esta noche," había dicho un hombre, en dialecto cantonés.
Pero El Susurrador lo había escuchado todo desde el otro lado de una puerta, que se hallaba cerrada y bloqueada. Para cuando consiguió forzarla, la persona que había hablado, había desaparecido.El hombre de gris chasqueó la lengua con fastidio. Debía seguir la pista de aquel elusivo fantasma, y encontrar el motivo que le impulsaba a asesinar. En tres ocasiones, había atacado en los terrenos palatinos de la mansión de Lin San Fu, en las afueras de China Hill. Y junto a él, había aparecido una señal de aviso... un espantoso gemido que había hecho que todos los criados huyeran para salvar la vida.
El Susurrador se internó en las sombras de la noche, y no tardó en vislumbrar las altas vallas que rodeaban los terrenos de la mansión de Lin San Fu. Pero vió algo más... algo que hizo que contrajera los labios en una furiosa mueca.
Las anchas espaldas de Kung Ghee, el Mongol, aparecían perfiladas sobre lo alto de la valla, saltando al interior del recinto con la agilidad de una ardilla.
El Susurrador le siguió en silencio. De repente, se detuvo... Unos dedos de hielo parecían juguetear con sus cabellos. Acababa de escuchar aquello... ese sonido... que oprimía con sus terroríficas manos a todo China Hill.
El sonido no parecía provenir de ninguna parte en concreto. Recordaba un poco al sonido de una flauta, y parecía flotar, cubriendo el aire de la noche hasta desaparecer al fín. Aquel era el gemido que se atribuía al espectro de Lin San Fu.
Con gran cuidado, el hombre de gris avanzó agazapado. Sus ojos escrutaron la penumbra, intentando divisar algo, pero no pudo ver nada. La noche parecía tocada por un macabro silencio, y nada se movía. Tan sólo un débil hilillo de humo de incienso, flotando en el aire. Un incienso que se mezclaba con los aromas más densos de China Hill.
Y entonces volvió a escucharlo... un gemido agudo, silbante, que parecía estar en todas partes a su alrededor. Y de nuevo se extinguió. Junto a los cerezos del jardín, que se hallaban en flor, unos pies invisibles parecieron caminar hasta el opulento inmueble que Lin San Fu había dejado a sus herederos mortales.
En aquel instante, El Susurrador encontró a Kung Ghee.
Con una maldición, el corpulento Mongol saltó de entre las ramas de un gran árbol, cayendo sobre el hombre de gris, y aterrizando contra sus hombros. Se escuchó un gruñido en la oscuridad, y se percibió el destello metálico de un cuchillo. La tela del abrigo gris del Susurrador quedó desgarrada, y la sangre manó a sus pies.
Un profundo gruñido escapó de la garganta del Mongol. El Susurrador se agitó hasta conseguir liberarse de la presa del oriental. Seguramente, Kung Ghee no debía saber que se las estaba viendo con El Susurrador, y aún era posible que nunca hubiera oido hablar de él. Resultaba complicado adivinar cuánto sabría el Mongol, o qué estaba haciendo allí, en China Hill. Había aparecido recientemente, sin ser anunciado, proveniente de las llanuras del norte de China. Su llegada había coincidido con el comienzo de los asesinatos.
Kung Ghee levantó de nuevo su cuchillo, pero no llegó a golpear con él. Un pavoroso y siseante desafío escapó de los labios del hombre de gris. Un fuerte y apretado puño se estrelló contra el estómago del Mongol. Kung Ghee gruñó de dolor, saltando hacia atrás. El Susurrador se lanzó contra su asaltante, lanzando un nuevo golpe. El Mongol lo esquivó por muy poco, volviendo a retroceder.
El hombre de gris volvió a golpear, mientras avanzaba. Pero no estaba destinado a alcanzar a su oponente.
Desde la oscuridad, se escuchó una silbante orden en dialecto cantonés. Luego, el estampido de armas de fuego, mientras unos destellos rojos rasgaban la negrura de la noche. Los proyectiles de plomo cruzaron el aire nocturno, estrellándose contra el abrigo gris de El Susurrador.
El hombre de gris se giró. En sus manos aparecieron unas extrañas pistolas, de un tamaño superior al habitual, y que hablaban con el sonido del siseo de una serpiente. Su increible puntería quedó demostrada al escucharse el agudo alarido de un Oriental.
Pero El Susurrador no volvió a disparar. Bajo sus pies, el pavimento de hormigón se abrió, haciéndole descender a un oscuro abismo. Por debajo suyo, podía olerse en el aire un denso y dulzón aroma... el del humo del opio, y de tal potencia que habría podido tumbar, inconsciente, al hombre más fornido.Mientras caía, El Susurrador miró hacia arriba y vió cerrarse una trampilla en el techo, justo encima suyo. Luego, se estrelló contra un suelo de cemento, envuelto en la oscuridad.
Mientras su mente se agitaba en un febril torbellino, El Susurrador se preguntó si el opio habría vuelto a provocar el terror en China Hill. Antaño, el viejo Lin San Fu, había traficado con aquella terrible droga que destrozaba la mente, pero aquello había sido hacía ya muchos años. El opio había sido erradicado hace mucho de China Hill. El Susurrador estaba seguro de que el viejo chino había abandonado aquella sórdida fuente de beneficios.
De hecho, en el momento de su muerte, Lin San Fu no era ya un hombre rico. Por lo que sabía no había dejado nada lo bastante interesante como para poder atraer a los menos escrupulosos para aterrorizar a sus herederos.Mientras El Susurrador yacía en el suelo, apareció un extraño tubo por una rejilla. Aspiró los restos del humo de opio del interior de la trampa en la que le habían confinado. En medio de la negrura, se encendió una débil luz. Se escuchó una risa suave, oriental, y la rejilla volvió a cerrarse.
Cuatro individuos chinos de rostro duro entraron en la cámara cavernosa. Ante ellos, El Susurrador yacía sobre el suelo de cemento, como un muñeco de trapo. Junto a su hombro se podía observar un charco de sangre.
-El zorro, cuando duerme, es tan inofensivo como un conejo,- entonó uno de los chinos en su lengua natal.
Se inclinó sobre el cuerpo inerte de El Susurrador. Esa acción, resultó ser un terrible error.
El Susurrador se incorporó de repente, como una cobra en pleno ataque. Había inspirado profundamente antes de que se cerrara la trampilla del techo, y había retenido el fresco aire del exterior, hasta que sus pulmones parecieron estar a punto de reventar.
Se puso en pie de un salto, y agarró con ambas manos el cuerpo del oriental. Éste, al verse izado, gritó una vez, y se vió levantado en el aire como un saco de patatas.
El Susurrador lo envió volando contra los cuerpos de sus tres compañeros. Antes de que todos pudieran recuperarse de su asombro, la figura de gris se había escabullido por la puerta. Un sobrecogedor susurro flotó en el aire, a su alrededor.-Cuando el zorro se despierta de su sueño, su mordedura suele ser fatal,- susurró él, en dialecto cantonés.
El hombre de gris avanzó hacia una escalerilla, que se perfilaba difusa en medio de la oscuridad. Subió por ella a toda velocidad, y salió por una trampilla, que daba a la parte central de una pequeña pagoda blanca, en medio del jardín. El Susurrador corrió en dirección al exterior. De repente, se escuchó un gran estruendo, procedente de un extremo del espacioso jardín que rodeaba la vieja casa de Lin San Fu. El hombre de gris no sabía qué había podido producir aquel estruendo. Pero no tenía deseo alguno de comprobarlo. Ya regresaría cuando menos le esperaran.
Saltó desde el interior de la pagoda, en dirección al suelo exterior de suave hierba, y descendió sobre un gran arbusto de rosas blancas. Al aterrizar, chocó inesperadamente con otra persona, a consecuencia de lo cual, tropezó y cayó al suelo.
El Susurrador se puso en pie de un salto, y agarró la ropa del otro individuo. Contempló un rostro pálido y tenso, que conocía muy bien.
Jules Goddard no era un Oriental. Era historiador y etnólogo, un verdadero erudito de las costumbres de China. También él había sido un buen amigo de Lin San Fu. Había sido en su estudio, donde Lee Su Wo le había dado el último adios a los restos mortales de su padre, y donde El Susurrador se había topado con el Mongol, y con una trampa de fuego.
Al ver al Susurrador, Jules Goddard gritó. Su delgado rostro parecía estar desprovisto de sangre. El terror le proporcionó una fuerza que su enfermiza constitución no poseía en realidad. De un tirón, se zafó de la presa del Susurrador y se alejó en la noche, corriendo como un animal perseguido.Pero en aquel instante, otras pisadas se acercaron al Susurrador. Se escucharon varias palabrotas, bastante violentas, y genuinamente americanas. Sonó un silbato de la policía. El hombre de gris miró a su alrededor. Estaba rodeado. El haz de un foco iluminó la escena, y una voz nasal comenzó a emitir órdenes:
-¡El Susurrador! ¡Agarradle, muchachos! ¡Una recompensa para el que lo atrape!
Aquella voz pertenecía al Comisario de policía, Henry Bolton. Bolton era una persona bastante desagradable que centraba su vida en sólo dos ambiciones. Una de ellas era atrapar a El Susurrador, el "supercriminal" a quien el Comisario Jefe, James "Gato Salvaje" Gordon parecía incapaz de apresar. La otra era reemplazar a Wildcat Gordon como Comisario Jefe.
Tres policías de uniforme azul se abalanzaron sobre el hombre de gris. El Susurrador se movió a una velocidad de vértigo, pese a lo cual, un policía agarró su hombro. El hombre de gris se zafó de él, y se apartó del haz de luz producido por el foco, pero no pudo ir muy lejos. El lugar estaba plagado de policías.El hombre de gris dejó escapar un susurrante desafío, que se escuchó siseante en la noche. Los patrulleros corrieron hacia aquel sonido. Por fín, el vigilante de gris estaba acorralado.
Con gran rapidez, El Susurrador avanzó por el paseo solado de hormigón. Sus pisadas resultaban casi inaudibles. Se detuvo en el centro de la pagoda. Se escuchó el sonido de una trampilla, mientras se abría y se cerraba: la misma trampilla por la que había escapado de su mazmorra subterránea.
Los patrulleros llegaron a la carrera, justo después de cerrarse la trampilla. Media docena de ellos descendieron por ella, mientras, los que se quedaron arriba, enfocaban sus linternas hacia el interior del agujero.
Pero ninguno de ellos miró hacia arriba.La figura que permanecía colgando del techo de la pagoda tenía muy poco tiempo, pero su transformación fue vertiginosa. El abrigo gris fue rápidamente descartado, revelando un sobrio traje de tres piezas, que lo mismo podría haber pertenecido a un hombre de iglesia.
Un ágil movimiento extrajo de la boca ciertas placas dentales, bastante peculiares. La mandíbula pasó a ser tan cuadrada como un ladrillo. Una rápida pasada de su mano barrió el polvo gris que llevaba sobre el cabello, dejando ver que, en realidad, era de un luminoso pelirrojo. Retiró la guarda gris de sus botines, revelando unos zapatos de un brillante pardo amarillento.
El Comisario en Jefe Wildcat Gordon tenía una apariencia totalmente opuesta a la del Susurrador. Wildcat no produjo sonido alguno al saltar desde el techo de la pagoda a la suave hierba. Pero después de aquello, se hizo oir de lo lindo.
-¡Henry! ¿Qué diablos ocurre aquí?- rugió Wildcat. -¿Por qué no he sido informado de semejante redada?
El Comisario Adjunto Bolton, que se hallaba ante el agujero de la trampilla, se enderezó, como accionado por un resorte, y bajó la cabeza avergonzado. Tenía una boca pequeña, que se movía como si estuviera masticando burbujas.
-U-uno de los hombres escuchó gritos por esta zona,- balbuceó. -Estamos a punto de atrapar al Susurrador.
-¡Eso de "a punto" no me suena nada bien!- Increpó Wildcat Gordon. Era muy consciente de lo ridículo que quedaría Bolton en los titulares de los periódicos. El Adjunto calló, lleno de rabia.
Los policías que habían descendido por la trampilla comenzaron a subir al exterior, gruñendo que allí abajo no había nada de nada. Tan solo una gran sala que no iba a ninguna parte, y que, desde luego, del Susurrador no había ni rastro.
Había una mirada de alivio en el rostro del último de los hombres que salió al exterior. Se trataba de un individuo alto y desgarbado, con un cráneo tan brillante y desprovisto de cabello como la bola de cristal de un adivino. Aún le quedaban, por encima de las orejas, dos pequeñas matas de pelo gris, que le otorgaban un aspecto apacible. Pero aquellos que intentaban oponerse a él, descubrían que no era, en absoluto, un hombre apacible.
El Comisario Adjunto retirado Richard Traeger, más conocido como el viejo "Quick Trigger", ("Gatillo Rápido"), estaba aliviado por no haber encontrado al Susurrador. Él, en persona, había sido el primero en bajar por la trampilla, con la esperanza de poder encubrir de alguna manera al hombre de gris, en caso de que le encontraran.
Pues "Quick Trigger" era el único hombre vivo que sabía que El Susurrador era, en realidad, Wildcat Gordon. Tenía que saberlo, pues, siendo como era un maestro del disfraz, había sido él quien había fabricado las extrañas placas dentales que creaban el extraño efecto de mandíbula apuntada, y la escalofriante, susurrante voz de El Susurrador.
Caminó, pues, hacia Wildcat. Gordon no parecía prestar atención a sus policías. Se hallaba examinando dos pequeños objetos que sostenía en la mano. Hasta hacía unos minutos, dichos objetos se hallaban en el bolsillo de Kung Ghee, el Mongol, hasta que El Susurrador, en plena lucha, se las había ingeniado para arrebatárselos. Aquella era la primera oportunidad que había tenido para detenerse a examinarlos.
El primer objeto era un trocito de papel. En él se hallaban escritos el nombre y la dirección de la tríada tong "Yat Sen".
Pero no fue aquello lo que preocupó a Wildcat, pues el otro objeto era un diminuto cocodrilo de oro, un cocodrilo dorado exactamente igual al que había sido hallado en las manos de todos los chinos que habían aparecido asesinados en media docena de ciudades; y en las manos de aquellos que habían escuchado al espectro de Lin San Fu. Aquella miniatura despertaba un vago recuerdo en la memoria de Gordon, pero dicho recuerdo era demasiado débil como para salir a la superficie.
Sólo había una cosa de la que creía estar bastante seguro. Debía de pedir información en el cuartel general del grupo tong Yat Sen. Hong See, el alcalde no-oficial de todo China Hill, era el líder de aquel poderoso tong, y también amigo de Gordon.
En una ocasión, Wildcat Gordon - y El Susurrador - había salvado a Hong See de un apuro muy serio. Era mucho lo que Hong See le debía. Y, por otra parte, Gordon no creía que en aquellos momentos hubiera mucho que encontrar en los sótanos de Lin San Fu.-¡Que cuatro hombres se queden vigilando el lugar, y el resto que vuelvan a Jefatura!- Rugió Wildcat. -¡Hablaremos con la gente del tong Yat Sen!
"Quick Trigger" asintió con un murmullo.
-Creo que lo periódicos tienen razón en este asunto, Wildcat,- gruñó. -Tiene el aspecto de ser una guerra entre tongs. ¡Y una de las gordas!- Wildcat Gordon no respondió. No estaba de acuerdo con esa opinión. La policía había abierto un agujero en la valla metálica que rodeaba el jardín, y Gordon lo atravesó, y salió a las estrechas calles de China Hill.Mientras caminaba, escuchó de repente uno pasos detrás de él. El Comisario se giró, y vio una figura pálida y desencajada corriendo por los alrededores. Se trataba de Jules Goddard.
Goddard balbuceaba incoherentemente, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza. Gordon se acercó a él, con ánimo de interrogarle.
-¿Qué estaba haciendo usted allí?- Preguntó Wildcat Gordon.
-Vine porque Lin San Fu era mi amigo,- farfulló Goddard. -Y porque soy amigo de su hijo, Lee Su Wo.
-¿Y que esperaba conseguir?- Indagó Gordon.
-Quería echar por tierra todos esos rumores sobre el espectro de Lin San Fu,- explicó Goddard. -Al pobre Lee Su Wo le están causando muchos disgustos. Todo China Hill tiene la creencia de que el espectro de su padre ha regresado para vengarse, debido a que Lee Su Wo podía haber prevenido la muerte del anciano. Los Orientales rinden culto a sus muertos y antepasados, y sus creencias hacen posible ese rumor.
Jules Goddard se quedó sin habla, y el miedo volvió a asomar a su rostro.
-He visto a dos hombres, que me hacen temer lo peor,- continuó. -Uno de ellos era El Susurrador. El otro es conocido como Kung Ghee, el Mongol. Kung Ghee me golpeó y se dió a la fuga. En cuanto al Susurrador, no sé donde podrá estar.
Los ojos de Wildcat Gordon le miraron con dureza. Luego, apartándose de él, se acercó a un coche de policía, que esperaba en la calzada, abrió la puerta y entró en su interior.
-¡En marcha!- increpó. -Quizás aún estemos a tiempo de contactar con el Tong Yat Sen, antes de que lo haga Kung Ghee.
3
El grupo tong "Yat Sen" tenía su cuartel general en la calle Poppy. Usualmente, era un vecindario muy tranquilo, pero era un verdadero hervidero en el momento en que Wildcat Gordon se internó en él.
Todos sus habitantes chinos corrían frenéticamente por las aceras. Todos ellos huían totalmente aterrorizados, y se escuchaban disparos. Una ametralladora escupía plomo desde las ventanas del cuartel general del tong Yat Sen.Wildcat encendió la sirena del coche de policía, y aparcó el vehículo en la acera. Sin pensarlo, salió del auto y subió las escaleras hasta el cuartel general del tong.
En la parte superior de la escalinata aparecieron dos figuras, y dos armas de fuego comenzaron a disparar hacia abajo. Las armas reglamentarias de Wildcat rugieron su letal respuesta, y dos sombríos Orientales cayeron muertos al instante. Al momento siguiente, Wildcat se hallaba en la sala principal del tong.Aquel lugar era un verdadero caos. Las mesas y sillas se hallaban caidas en el suelo. Un mueble archivador de informes, que Wildcat había visto ya anteriormente, yacía volcado, en un lado de la estancia. La caja fuerte estaba abierta. Wildcat vio una cara que le era conocida. Charley Hong era uno de los sobrinos del viejo Hong See. Yacía en el suelo, casi inmóvil, pero sus labios se movían febrilmente. Wildcat se inclinó sobre él.
-Lo... intenté... intenté... prevenirles. -Charley Hong respiraba con dificultad. Ya no podía durar mucho más. Una de sus manos apretaba algo con fuerza, pero, poco a poco, se fue relajando. Y al abrirse... ¡Cayó al suelo un diminuto crocodilo de oro!
-Intenté... prevenir a Hong See... para que se fuera... -musitó Charley Hong. -Habrá más asesinatos... me han... me han... Fan... Fan Li...
Se estremeció una vez más, y luego quedó inmóvil. Wildcat Gordon volvió a ponerse en pie, como activado por un resorte. ¡Fan Li! El Círculo del Cocodrilo Dorado. Al instante, aquella pieza en su memoria se había colocado en su lugar. Acababa de recordar aquello que había estado intentando rememorar durante días.Fan Li no había llegado a prosperar en los Estados Unidos. Había sido una misteriosa Sociedad Secreta que controlaba el comercio del opio, unos pocos años antes. Historias murmuradas, relataban que se había disuelto, al cerrarse el Monopolio Oficial del Opio de Shanghai, en 1917. Pero en aquellos antiguos días, cuando su poder estaba en pleno auge, había sido una Organización que infundía el pavor más absoluto en el corazón de todos los chinos del mundo.
Wildcat Gordon escuchó más sirenas de policía, y los pesados pasos de algunos agentes, seguidos por el adjunto, Henry Bolton. Se giró hacia él.
-Acudid inmediatamente al tong Kai Ling,- ordenó. -¡Rodead el lugar, y que nadie entre ni salga hasta que yo lo diga!
Wildcat volvió a darse la vuelta, encontrándose con el viejo "Quick Trigger". Recordó que, veinte años antes, el anciano Lin San Fu estuvo implicado en el tráfico de opio. Lin San Fu debió de conocer la existencia del Fan Li, o incluso puede que fuera miembro de aquella Organización. Las ideas comenzaban a tomar forma en la mente de Wildcat.
Había dos cosas que veía muy claras. Recordó una noche que había permanecido contemplando la puesta de sol en la Gran Muralla China, en el viejo Pekín. Pensó en lo ocurrido en aquella noche lejana, y decidió que era mucho lo que le aclaraba acerca del espectro de Lin San Fu. Y descubrió ciertas conexiones con el poder del Fan Li, el Círculo del Cocodrilo Dorado.Pero había algo que aún le intrigaba, y ese algo era Kung Ghee, el Mongol. Kung Ghee no teminaba de encajar en el retrato que Wildcat estaba componiendo mentalmente.
Habló rápidamente a su viejo compañero, "Quick Trigger". El desgarbado comisario retirado sacudió la cabeza con pesimismo.
-¡Esto no me gusta, Wildcat!- musitó. -¡Creo que esto nos va a traer muchos problemas!
Una mueca despiadada partió el rostro de Wildcat.
-Si el espectro de Lin San Fu vuelve a hablar, tendrá que hablar con El Susurrador,- dijo Wildcat. -Tu haz tu parte, y déjame a mi.
Wildcat miró su reloj, y se dirigió al teléfono más cercano. Mientras lo hacía, otra figura se movió en las sombras de la oscura noche, una figura muy corpulenta. De haber mirado en aquella dirección, Wildcat habría podido reconocer a Kung Ghee, el Mongol.
Wildcat realizó una llamada a larga distancia, al jefe de policía de una lejana ciudad. Después, mientras colgaba el auricular, una sonrisa cruzó su rostro. Mientras regresaba al coche de policía se topó con un alterado Henry Bolton.
-El Cuartel General de los Kai Ling fue atacado antes de que hubiéramos llegado, -explotó Henry. -¡Había diez hombres muertos! ¡Todo el dinero y los informes habían desaparecido!
-Regresad a Comisaría,- indicó Wildcat. -Esperad mis órdenes.
4
Wildcat Gordon se internó rápidamente en la noche. Encontró un cupé gris aparcado en un lugar acordado de antemano. Penetró en el vehículo, y condujo en dirección a las afueras de China Hill.
La figura que salió del cupé no era la suya, sino la del Susurrador. El hombre de gris se fundió con la oscuridad de la noche. Las altas torres de la mansión de Lin San Fu sobresalían por encima de la valla.
La mansión de Lin San Fu era una obra maestra de la mezcla de estilos arquitectónicos. Originalmente, había sido una verdadera joya de la arquitectura Victoriana, de finales del siglo XIX. Con el paso de los años, cada añadido, cada reparación, habían sido estrictamente de estilo oriental; Lin San Fu la había adquirido cuando aún era un hombre rico, debido a los beneficios procedentes del tráfico del opio, en la época en la que su nombre era aún temido por sus enemigos.
Una condena en una prisión Federal había sido el factor determinante para que Lin San Fu abandonara el opio y llevara una vida normal. Aquello no le había gustado demasiado.El Susurrador ascendió en silencio por las escaleras de entrada. Aquella casa ya no era la misma que Lin San Fu había adquirido años atrás. La puerta principal era de de una durísima madera de teca, de los bosques de Indochina. El Susurrador decidió entrar por una ventana.
Tras buscar durante un rato, encontró una antigua escalera de servicio. Se trataba de una oscura espiral que conducía a la más absoluta negrura. En silencio, ascendió por ella, pasando de largo por el descansillo del segundo y tercer piso. Sabía que, por encima suyo debía de existir una gran azotea plana, rodeada de misteriosas espirales y torretas.
De repente se puso en tensión. Por tercera vez en aquella noche, escuchaba la escalofriante voz del espectro de Lin San Fu. Llenaba el aire átonamente, pareciendo provenir de todas las direcciones.
El Susurrador subió velozmente por los últimos escalones, y salió a la azotea exterior, en la parte central de la mansión. Sintió un batir de alas, que colisionaba brevemente contra su cara, y entonces supo que había estado en lo cierto.En una ocasión, mientras contemplaba la puesta de sol en la vieja Pekín, había observado a las palomas, volando en la penumbra. Llevaban, atadas a las patas, unos diminutos tubos de cerámica, que recordaban a flautas en miniatura; aquello hacía que su vuelo produjera sonidos extraños y misteriosos, que, según los ancianos, servía para ahuyentar a los malos espíritus justo al caer la noche.
¡La voz del espectro de Lin San Fu, era la indicación de que había llegado una paloma mensajera!
Mientras el Susurrador de movía por la cubierta plana, otra puerta, en el lado opuesto de la azotea, se abrió de repente. Una figura encapuchada disparó desde ella, aullando en agudo Cantonés.
Ignorando al hombre que acababa de aparecer, El Susurrador se afanó por atrapar al ave que le había rozado al acceder a la azotea. En el interior del delgado tubito de cerámica, atado a una pata de la paloma, extrajo un mensaje enrrollado. En aquel momento no había tiempo para leerlo.
Desde el otro extremo de la azotea, unos coléricos destellos rojizos iluminaron la noche; los proyectiles de plomo arrancaron el sobrero redondo de la cabeza del Susurrador. Se agachó en el suelo. No quedaba tiempo para combatir. Su adversario contaría con refuerzos en cuestión de un momento. El hombre de gris atravesó de un salto la puerta por la que había salido a la azotea, y bajó las escaleras a la carrera.
Pero no pudo ir muy lejos. La escalera ya no era la misma por la que había subido. Un muro había aparecido de la nada, bloqueando el paso, y sólo le permitía moverse en una dirección: directamente a la tercera planta de la mansión.
El Susurrador tomó aquel camino, empuñando al momento sus pistolas supersilenciosas. El pasillo se inclinaba de un modo muy extraño, torciéndose en ángulos imposibles. Algunas partes se hallaban débilmente iluminadas, mientras que otras estaban tan oscura como la noche misma. Se escuchaban gritos, flotando en el aire de todo el edificio. Eran gritos de alarma, en cantonés.
De repente, El Susurrador percibió a un hombre en medio del pasillo. Reconoció la corpulenta figura de Kung Ghee, el Mongol, avanzando con decisión. Llevaba en la mano un cuchillo, de una longitud aterradora, que mantenía elevado por encima de la cabeza. Con un rápido movimiento podría hacerlo descender, hundiéndolo directamente contra el pecho del Susurrador. Detrás de Kung Ghee, otras figuras se arrastraban furtivamente, sonriendo de un modo desagradable.
El Susurrador abrió fuego con sus dos pistolas, desprendiendo llamaradas de fuego azulado. Un cristal se rompió... ¡y El Susurrador se percató de que estaba disparando directamente contra un espejo, astutamente colocado! Kung Ghee no se hallaba exactamente delante de él, pero, al disparar, el hombre de gris había revelado por completo su localización.
De repente, se escuchó el murmullo del funcionamiento de una maquinaria, y el suelo que había bajo los pies de El Susurrador desapareció, como si nunca hubiera estado allí. Sus zapatos cayeron sobre una especie de canal metálico, que, a manera de tobogán, precipitó al Susurrador hacia los sótanos de la misteriosa mansión... y aún más abajo.Le pareció descender varios kilómetros, deslizándose hacia abajo interminablemente. Por fín, el canal metálico se terminó, y El Susurrador cayó a un charco de lodo. El hombre de gris se puso en pie de un salto, y encendió una linterna. Ante sus ojos, se extendía un largo pasillo abovedado, construido de fábrica de ladrillo, ya desgastado por los años. El techo estaba formado por una bóveda curva del mismo material, pero se hallaba tan bajo, que El Susurrador se vió obligado a agacharse para avanzar por él.
Hace ya muchos años, la ciudad había construido un sistema de alcantarillado que había resultado ser bastante poco eficaz, hasta que algunos políticos decidieron abandonarlo. Pese a ello, algunos ramales habían seguido siendo utilizados hasta hacía apenas un año, momento en el que fue intalado un sistema más moderno.
Las aletas de la nariz del Susurrador se dilataron. El acre hedor de aquel lugar, enterrado durante tantos años, asaltó sus fosas nasales. Aquellos túneles debían pertenecer al antiguo y olvidado sistema de alcantarillado. El Susurrador se arrastró túnel abajo, por aquellas vetustas galerías.
Si pudiera conseguir evitar ser capturado, al menos durante un tiempo, podría llegar a resolver el resto del problema. El espectro de Lin San Fu sólo era una parte del rompecabezas que estaba intentando resolver. Fan Li... el Círculo del Cocodrilo Dorado... era la verdadera y letal amenaza, que se ocultaba tras los recientes asesinatos.Fan Li y la persona, fuera quién fuera, que lo había planeado todo. El Susurrador creía que podía conocer su identidad. Si tan sólo pudiera aplazar el desastre unos treinta minutos...
Wildcat Gordon le había dado instrucciones a "Quick Trigger" para que aguardara en el exterior de la vieja mansión. Si El Susurrador no aparecía en un tiempo prudencial, "Quick Trigger" debía de elegir un gurpo selecto de hombres, e invadir el inmueble, echando abajo la mansión entera, si fuera necesario.
De repente, El Susurrador llegó a una confluencia de galerías, que daba a una caverna, casi como una cámara excavada en la roca. Fue entonces cuando el hombre de gris sintió unos dedos invisibles que aferraban sus tobillos. Se debatió, girando el cuerpo, pero los dedos parecían multiplicarse, como si una araña, fabricando su red, lanzara decenas de hilos de seda desde algún oculto lugar, por encima de él.
Cuanto más se afanaba El Susurrador por liberarse, más densa era la red. Se sintió como una mosca, atrapado en una tela de araña... estaba completamente indefenso.
Mientras se debatía, escuchó unas risas crueles. Varias figuras se materializaron de la nada, y presionaron su espalda con instrumentos afilados. El hombre de gris no tenía más alternativa que seguir adelante. Avanzó a trompicones, empujado desde detrás.
Llegaron a un punto en el que la antigua canalización de alcantarillado estaba partida. Una tosca puerta de entrada había sido abierta, demoliendo parte de sus muros de ladrillo. El Susurrador fue empujado sin miramientos y penetró en una vasta caverna subterránea. En su interior, la visión que percibieron sus ojos, le hizo parpadear de asombro.Sobre las paredes, toscas antorchas arrojaban un resplandor rojizo, otorgando al entorno una apariencia misteriosa e irrreal. ¡Contra una pared de roca, contempló la enorme figura de un cocodrilo dorado! Unas enormes cadenas parecían sujetar al monstruo, obligándole a mantenerse pegado a la pared. Aquella horrible pieza de artesanía debía de medir al menos diez metros de largo, del morro a la cola.
Een su interior, El Susurrador se vió obligado a admitir que aquella figura era bastante fiel al original. Lo reconoció como el Crocodylus Porosus, la amenaza de morro en forma de triángulo, que moraba en las aguas del Sur de China; era una de esas especies que son consideradas como auténticos cocodrilos devoradores de hombres. Aquellas bestias devoraban cualquier cosa que se pusiera a su alcance.Dos figuras se alzaban en el centro de la cámara. Cubriendo su rostro, portaban las terroríficas máscaras del dios chino de la guerra. En la sala había otra docena de figuras. El Susurrador les reconoció: eran mercaderes, comercientes y gente de bien, del barrio de China Hill. Se hallaban prostrados ante el cocodrilo dorado. Uno de los líderes enmascarados les habló en Cantonés.
-No sabéis donde estáis, ni cómo habéis podido llegar aquí,- entonó. -Regresad, y llevad con vosotros el mensaje del Fan Li. ¡Haced lo que se ordene, o el cocodrilo dorado os devorará a vosotros y a vuestros hijos!EL susurrador fue, una vez más, empujado por la espalda.
-¡Aiee!- susurró una voz en chino. -El de gris será un sacrificio impresionante. Él, y también los otros dos. ¡Nuestro poder se verá reafirmado!
Entonces, El Susurrador notó dos circunstancias absolutamente sorprendentes. La primera de ellas, era la desgarbada figura del viejo "Quick Trigger", que se hallaba tendido, cerca del otro extremo de la caverna. Le habían atado fuertemente de pies y manos... ¡En esta ocasión, no habría refuerzos para El Susurrador! Y detrás de "Quick Trigger", también fuertemente atado... ¡Se hallaba Kung Ghee, el Mongol!
La otra cosa en la que se fijó El Susurrador, fue en el cocodrilo dorado. ¡La criatura se movía! ¡No era una figura realizada en plástico, o pasta de papel! ¡Estaba viva! Sus enormes mandíbulas se abrieron hambrientas.5
Un escalofriante susurro de asombro escapó de entre los labios del Susurrador. Hace ya muchos años, circuló el rumor de que el Fan Li había importado un cocodrilo para que les sirviera de aterrador emblema, pero la Sociedad Secreta había terminado por disolverse tan rápidamente, que se había prestado muy poca atención a dicha historia.
¡Y ahora, El Susurrador se preguntó si acaso Lin San Fu no habría mantenido a aquella bestia en las cámaras subterráneas bajo su mansión durante más de veinte años! Una cosa así, aunque asombrosa, bien podría haber sido posible. Pero ¿Qué fuerza pudo haberle impulsado a hacer algo semejante? ¡Era algo increible!
Increible o no, lo cierto era que aquella bestia estaba lista para devorar al Susurrador. El hombre de gris fue brutalmente arrojado hacia el centro de la caverna. Se escuchó el zumbido de un motor eléctrico. A los pies del Susurrador, una larguísima correa comenzó a moverse hacia delante, en dirección a las mandíbulas del cocodrilo.El Susurrador se disponía a alimentar a la bestia, y su aproximación debía ser lo más lenta posible, con el fín de causar la máxima impresión en la mente de los asistentes.
El hombre de gris se hallaba unido a dicha correa. Le habían atado de pies y manos con un resistente cordel de seda, sujetando uno de sus pies a la correa de cuero, y le habían registrado el abrigo. Uno de los líderes enmascarados encontró el mensaje que El Susurrador había conseguido en la azotea, de la paloma mensajera.
-Ya no necesitarás esto,- susurró en cantonés. -En realidad... ¡Ya no hay nada que vayas a necesitar!El Susurrador se debatió, luchando contra sus ataduras. Cedieron un poco, pero no lo suficiente como para conseguir nada útil. El cocodrilo abrió por completo sus cavernosas mandíbulas, y volvió a cerrarlas con un fuerte chasquido. La bestia estaba impaciente, y aquello demostraba lo hambrienta que se encontraba. Las patas de la criatura estaban enganchadas a las cadenas mediante gruesas argollas.
El motor eléctrico continuó zumbando, y la distancia que le separaba de aquellas horribles mandíbulas se redujo de dos metros a metro y medio, y, más tarde, a un metro. El Susurrador no cesaba de forcejear con sus ataduras.Los líderes enmascarados del Fan Li emitieron unas secas carcajadas. Aunque pudiera liberarse las manos, no le quedaría tiempo para liberar su pie, que se hallaba amarrado a la correa. El movimiento de ésta era demasiado rápido como para permitirle una oportunidad.
El viejo "Quick Trigger" gimió.
-¡Wil... oh maldición!- El pobre viejo había estado a punto de llamar a Wildcat Gordon por su verdadero nombre. Pero incluso en aquella situación, con la muerte aproximándose rápidamente, no se atrevía a revelar su identidad.
De repente, El Susurrador consiguió liberar sus manos. Sus ligadoras de cuerda de seda había cedido por fín. Pero en aquel mismo instante, la correa que arrastraba sus pies le atrajo implacablemente hacia las mandíbulas del cocodrilo. La gran bestia abrió la boca una vez más, y volvió a cerrarla con un fuerte chasquido.
La tensión en la sala era casi electrificante. Todas las respiraciones parecieron detenerse.Y entonces, de repente, un denso humo oscuro pareció manar del abrigo del hombre de gris, y se extendió por toda la sala. Se le vió moverse una vez más, y luego, la correa le llevó directamente bajo las mandíbulas del monstruo. El humo los cubrió por completo.
Los productos químicos que El Susurrador llevaba en un bolsillo secreto del abrigo, podían ser empleados como una cortina de humo protectora cuando fuera necesario; tan sólo había que juntar dos productos para que dicha cortina se formase.
Los líderes enmascarados se inclinaron hacia delante, tanteando su entorno. La bestia parecía luchar contra las cadenas que la sujetaban.
Entonces, un espantoso y sobrecogedor susurro resonó en toda la cámara.
-¡El Susurrador sólo os avisará una vez!- dijo la voz.
Se escuchó un sonido metálico, como si unas cadenas cayeran contra el suelo.
-¡La bestia está libre!- Anunció El Susurrador. -¡Ahora, vuestra única posibilidad de sobrevivir, es huir ahora mismo!De un modo inmesiato y definitivo, el hechizo del Fan Li había quedado borrado. Los gritos de pánico salvaje invadieron la estancia. Las antorchas cayeron al suelo. De repente, la niebla causada por el humo químico comenzó a hacerse más tenue. ¡Y el hocico del cocodrilo dorado apareció en el centro de la cámara!.
Uno de los líderes enmascarados tropezó mientras corría hacia la puerta. Mientras caía hacia un lado, chocó contra uno de los escamosos costados del enorme reptil, arañando sin querer parte de la pintura dorada con que lo habían recubierto. Al principio, el gran hocico de la bestia pareció continuar cerrado, pero lo giró, lleno de irritación, en dirección al hombre que portaba la máscara del dios de la guerra.
Debido al terror que sentía, el enmascarado selló su propio destino. Golpeó al enrome hocico, intentando apartarlo de delante suyo. De haber sabido cómo El Susurrador había conquistado a la bestia, no lo habría hecho.El hombre de gris sabía que un cocodrilo no tiene unos músculos demasiado poderosos como para obligar a que sus mandíbulas se abran, cuando hay algo que impide tal movimiento. Mediante un lazo, confeccionado con el cordel de seda con el que le habían atado, había rodeado su enorme hocico, justo en la fracción de segundo en la que había cerrado la boca. Después, protegido tras la nube de humo creada por sus productos químicos, había fijado y anudado el lazo, añadiendo más y más nudos, hasta emplear todo el cordel.
Pero el líder enmascarado no vió aquellas ataduras. Y al golpear, para intentar alejar el hocico, soltó el cordel de seda que sujetaba la boca de la gran bestia. Las enormes mandíbulas se abrieron de nuevo, cerrándose sobre el hombre. ¡El hambriento cocodrilo acababa de alimentarse!
El grito de la víctima no fue el de un oriental. El cocodrilo masticó ansiosamente, y la máscara del dios de la guerra cayó al suelo. Con su sangre manando a borbotones, Jules Goddard murió bajo las fauces del monstruo que había creido poder controlar.
Mientras tanto, El Susurrador se hallaba bastante ocupado, desatando las ligaduras de su viejo compañero. Por su parte, Kung Ghee se había conseguido liberar por sus medios, y desapareció en las sombras.
-¡Corre!- Ordenó El Susurrador. -Tenemos que darnos prisa si queremos desentrañar del todo este enigma.
"Quick Trigger" se puso en pie de un salto.
-¿De qué va todo esto? ¿Cual es la clave?- preguntó. -No consigo encontrarle ningún sentido.El Susurrador no respondió. Seguido de cerca por su compañero, corrió por los pasillos del antiguo sistema de alcantarillado, hasta que consiguió encontrar una escalera. Conducía a una trampilla, que emergía a los jardines de la vieja mansión. Mientras salían de los terrenos de la mansión, El Susurrador se quitó su disfraz, y se convirtió de nuevo en Wildcat Gordon.
La primera parada de Wildcat fue en un teléfono público. Volvió a efectuar una llamada de larga distancia, y, tras colgar, sus ojos brillaban como dos brasas candentes.
-Es lo que yo pensaba,- recalcó.
-¿Me vas a decir de una vez de qué va todo este negocio?- Preguntó "Quick Trigger", mientras ambos entraban en el coche y Wildcat Gordon arrancaba.
-¡De extorsión!- Explicó Wildcat. -Los grupos tong se formaron originalmente para proteger los negocios de sus miembros, y era una protección legítima. Aún así, se hicieron ricos. Uno solo de los dos grandes tongs, posee ya un patrimonio de unos ocho millones de dólares.
Lin San Fu estuvo planeando algo así durante muchos años. El Fan Li era la única fuerza lo bastante temible como para poder obligar a toda la población china del país a desprenderse de su dinero. Pero primero debían hacerse con las listas de miembros de los dos tongs más importantes. Con esa información, podrían obligar a muchos chinos, no sólo a entregarles sus ahorros, sino también a robar o asesinar para conseguir más dinero. Los tongs, además, quedarían inservibles, e incapaces de intervenir.
-P-pero ¿Qué pasa con Jules Goddard? ¿Cómo encaja él en todo esto?
-Sabía mucho acerca de China, y del Fan Li; probablemente, sabía incluso más que el viejo Lin San Fu,- señaló Wildcat. -Y cuando me dí cuenta de lo que era aquel silbante sonido, supe con certeza que había acudido a la mansión para recibir un mensaje. Aquello me dió la clave... aquello, y otra cosa de la que me he enterado.
6
Wildcat frenó el automóvil hasta detenerse en frente del estudio-biblioteca de Jules Goddard. Entró como un torbellino por la puerta, y, a juzgar por lo que escuchó a continuación, no era demasiado pronto.
¡BLAM!... ¡Blam, blam!
Una andanada de disparos le dio la bienvenida, mientras Wildcat penetraba en la amplia estancia. También Kung Ghee se encontraba allí; Wildcat vio como el mongol caía al suelo, con la sangre manando de su costado.
Había otras dos figuras, de pie, y empuñando armas de fuego con las que dispararon a Wildcat. Uno de ellos era Lee Su Wo, el hijo de Lin San Fu. Aún vestía parte del traje ceremonial, del dios chino de la guerra, que había empleado en la caverna del cocodrilo.¡Y el otro hombre era Lin San Fu en persona!
El anciano chino apuntó a Wildcat con su automática. Su rostro era una fría máscara, contraida por el odio. La mano de Wildcat se movió a la velocidad del rayo. Disparó en una fracción de segundo, y un agujero redondo apareció sobre la frente de Lin San Fu.
-¡En esta ocasión,- sentenció Wildcat, -te reunirás de verdad con tus antepasados!-. Mientras tanto, el viejo "Quick Trigger" se había encargado de inmovilizar a Lee Su Wo, y Kung Ghee, el mongol, intentaba incorporarse, agarrándose el costado.
-Te doy las gracias, hombre honorable,- murmuró. -Esta no ha sido una tarea fácil, sin poder saber quién era amigo, o quién enemigo. En la actualidad, mi país disfruta de la simpatía y el apoyo de vuestros compatriotas. La presencia del Fan Li habría terminado rápidamente con esa situación de armonía. Y es por ese motivo por lo que me enviaron aquí. Debía descubrir quién estaba detrás de todo esto, y luego desenmascararle. Les quedaría muy agradecido si me participaran lo que han averiguado.Wildcat observó el torrente de sangre que manaba del costado de Kung Ghee.
-La finalidad del "espectro" era la de asustar a los criados,- explicó. -De ese modo, le resultaría posible recibir los mensajes con mayor discrección. Fue Lin San Fu quién perpetró los asesinatos en las demás ciudades. Se suponía que estaba muerto, de modo que estaba a salvo.
Al viejo le preocupaba la posible ira de sus conciudadanos si llegaran a desenmascararle como miembro del Fan Li. De modo que asesinó a alguien adecuado, e hizo que su hijo identificara el cadáver como el suyo. El certificado de defunción fue arreglado en otra ciudad, donde no había nadie que pudiera reconocerle.
El tercer hombre, Goddard, era un genio de la escultura. Realizó un señuelo, un falso cadáver, para exhibirlo aquí en público, y para ser enviado a Oriente, como mandan vuestras tradiciones. He conseguido que lo intercepten en su camino a la costa. El último mensaje que transportaba la paloma contenía un recado de Lin San Fu, acordando una cita aquí mismo, con Goddard. Le arrebataron el mensaje al Susurrador, pero tuvo tiempo de leerlo, y gracias a él, me he enterado de lo que decía: "Regresaré esta noche al Cuartel General."Kung Ghee se incorporó al fin, y permaneció sentado en el suelo, pero erguido.
-Ah, El Susurrador,- dijo con tristeza. -Por desgracia, no sabía quién era, e intenté matarle. Pero salvó la vida de ese caballero,- señaló entonces a "Quick Trigger", -y la mia. Me gustaría poder disculparme por mi conducta, y darle las gracias.
"Quick Trigger" no pudo evitar una mueca irónica.
-No te preocupes por eso,- gruñó. -¡Seguro que en estos momentos ya andará metido en otro lío!FIN
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