Gracias a nuestro cófrade, Mariano Buscaglia, os ofrecemos los primeros capítulos de esta obra que, como todas las de The Spider, es totalmente inédita en España.

The Spider en:

Legiones de locura


 
 
 

CAPITULO PRIMERO
EL HOMBRE DE MONTMARTRE

    Wentworth experimentaba una gran intranquilidad. Tuvo que hacer un esfuerzo para serenarse y quedar inmóvil en el sillón bajo, que el siempre pensativo Jenkyns colocara para él debajo del toldo de la terraza. Trataba de asegurarse con impaciencia que no sería ninguna alarma de peligro. Sería simplemente un reflejo de su superabundante energía que, desde hacía semanas no encontraba válvula de escape aparte de sus actos filantrópicos y en las salas de esgrima de la "selle d'armes" de Trienzi.
  Los bajos fondos se habían estado manteniendo excepcionalmente tranquilos, excepción hecha de esos delitos de menor cuantía, nada que exigiera las actividades del Araña, bajo cuyo disfraz Richard Wentworth sabía imponer una justicia rápida sobre los criminales.
   Había sido esa tranquilidad la que indujo a Nita van Sloan, su bella adorada, a sugerir un corto viaje al Tirol austríaco, que en la actualidad se encontraría en toda su belleza. Esa misma noche debían embarcar...
  Se puso Wentworth de pie y echó a andar a los rayos del sol y luego quedó rígido por un momento.  Giró en seguida sobre sus talones, y se dirigió a la salita en sombras.

   Desde algún trecho más allá, una silueta toda vestida de blanco, avanzaba hacia la casa; era un hindú de larga barba que levantaba en esos momentos sus manos bien contorneadas hasta su frente haciendo una reverencia de salutación. Sus maneras no expresaban tanta sumisión como la reverencia que un hombre valeroso siente, hacia otro que es aún más grande...  Ram Sigh
   Wentworth no lo había llamado, y con esa sensibilidad de las gentes del Oriente parecía como si el hindú hubiese sospechado la intranquilidad de su amo.
  Wentworth movió la cabeza hacia un lado.
-La "missie sahib" está de compras en lo de Russek. Ha de volver pera la comida...
  Luego vaciló un instante. ¿Acaso no era ridículo eso? No era menester ese"guardia de corps" en la apiñada Quinta Avenida. Meneó la cabeza. No iba ponerse a pensar demasiado en esa intranquilidad que experimentaba. Pero, en muchas ocasiones anteriores, dicha intranquilidad había sido un presagio de peligro inminente.
-¡Vete, Ram Singh y vigílala!
  Ram Singh, el fiel servidor hindú dio un paso adelante.
-Acaso... ¿acaso hay peligro, sahib? -preguntó.
  Movió Wentworth sus fornidos hombros con un gesto de impaciencia.
-¡No sé de ninguno... y con todo!...
  Los movimientos del hindú se volvieron rápidos. Hizo una nueva salutación a estilo de Oriente, y se retiró ceremoniosamente.
-Tu "karma" y el de ella son el mismo -dijo en el lenguaje Punjabi de sus colinas nativas de la India-. Si tu alma siente el peligro... -agregó, y callando luego, se alejó rápidamente.
  A pesar de todo, Wentworth no podía tranquilizarse.
  Se puso a caminar de uno a otro lado por su gimnasio privado, donde entraban los rayos del sol de la tarde, eligió de la panoplia una espada con hoja de Toledo e hizo una serie de golpes hábiles contra un pequeño aro suspendido del techo por medio de cuerdas. Era ésta una labor habitual; con todo, podía notarse una expresión dura en sus labios finamente recortados; sus oídos se hallaban agudamente sintonizados tratando de percibir el regreso de Nita.
  Cuando a la distancia se oyó sonar la campanilla de la puerta, no esperó a guardar la espada en la panoplia, ni tampoco a que Jenkins, su mayordomo, fuera a contestar el llamado; él mismo corrió a abrir. Inconscientemente fue tarareando por lo bajo un aria de la ópera "Marta". Su expresión de dureza había desaparecido ya y una sonrisa plegaba las comisuras de sus labios. Todos sus temores, entonces, habían carecido de
fundamento. Nita se hallaba de regreso.
  Abrió la puerta e instintivamente dio un paso atrás, quedando en posición de guardia, con la espada a medio levantar. Por un instante sintió la sensación de alarma. El hombre que se hallaba en la puerta sostenía en su mano una automática y, cubriéndole la parte superior de la cara, llevaba puesto un antifaz negro.
-¿Puedo cumplimentarle, "monsieur" por su gran destreza con la espada? -preguntó cortésmente el recién llegado; sus palabras resonaron con el ligero acento nasal de un francés.
  Wentworth lo miró tranquila; su sonrisa aun plegaba sus labios. No experimentaba temor ninguno, pero sis aprehensiones acerca de Nita lo asaltaron de nuevo... Nada le importaba el peligro de su propia situación. Indudablemente, esa automática podía , ser accionada antes que él pudiese atacar con su espada, pero habría de haber tiempo para sólo un tiro antes que el hombre cayese... y los disparos hechos apresuradamente, frecuentemente yerran el blanco, aun mismo a corta distancia. ¿Quién podía saberlo mejor que el Araña, cuya vida estuvo tantas veces en peligro en situaciones parecidas?
  El hombre del antifaz dijo entonces:
-¿No se opone usted a que pase al interior?
  Wentworth retrocedió, dejando que la punta de su arma apuntase al suelo bastante próximo a la pared, presionó firmemente su pie sobre cierto diseño en el piso de parquet. No estaría de más pedir auxilio. Y habló casi negligentemente:
-Habitualmente prefiero saber a quién tengo el honor de recibir.
-No hay ninguna dificultad -dijo el francés-. Este antifaz... -agregó quitándoselo con gesto rápido- no era sino para causar efecto. ¿Comprende usted? ¡Soy Jules LeFevre!
  Al hablar lo hizo con gesto de orgullo y con el aire de un hombre que espera ser reconocido como de cierto valor.
  Wentworth parpadeó ligeramente, Jules LeFevre podía esperar muy bien la sorpresa que habría de recibir su nombre! En todos los círculos que en algún modo tenían que ver con crímenes europeos, Jules LeFevre, que fuese identificado desde muchos años atrás como el Hombre de Montmartre, aún mismo para la Sureté de París, era conocido como el más hábil y ástuto de los hábiles y astutos criminales franceses. 'Richard Wentworth sonrió; su mente voló al recuerdo de ese hombre en el pasado, preguntándose cuál sería el objeto de su visita. Aumentó su sensación de peligro. Este hombre era un sujeto peligroso.
-¿De Montmartre, según me parece?-preguntó-. ¿A qué debo el placer de esta visita?
  Jules LeFevre rió superficialmente con una evidente expresión de gozo ante la actitud de Wentworth.
  -¡"Ma foi!" -dijo-. Había oído hablar de usted, "mon ami", y lo que oí no es ni la mitad de la verdad.
  Pudo ver Wentworth que el visitante sostenía la automática, acaso con mayor negligencia que antes, pero ese mismo descuido era señal de una habilidad consumada en su manejo, cosa poco usual en los criminales europeos. Por lo general, éstos preferían el uso del puñal o la cachiporra ...
  LeFevre hizo un encogimiento de hombros-
-"Alors" -agregó-, estoy haciéndole perder su tiempo. -Extrajo un sobre del bolsillo, y con un hábil movímiento de los dedos de una mano, sacó de su interior un billete de color verde de una línea francesa de navegación-. Aquí tengo su boleto, "monsieur". Deseo que hoy a la medianoche, embarque en el "Normandie".
  Wentworth quedó inmóvil, mirando fijamente a LeFevre. De haberse tratado de un hombre de condiciones inferiores habría reído. Se contrajeron los rincones de sus ojos. Extraño le resultaba que LeFevre hubiese elegido el mismo barco en que él y Nita habían proyectado... no, proyectaban todavía... embarcarse hacia Europa. No calculaba por lo bajo las condiciones de «Tules LeFevre, ni menos el coraje al haberse presentado personalmente. Pero se sentía más divertido que molesto. Por un momento sus pensamientos volaron hacia Nita, y meneó luego la cabeza. Con Ram Singh junto a ella, su novia no podía encontrarse en peligro.
-Es mucha su atención, LeFevre - respondió con suavidad-. ¿No se opondría a que le hiciese algunas preguntas? Movió LeFevre su mano izquierda con descuido; afirmó la derecha con que sostenía la automática,
-Voy a decirle antes una cosa. ¿Por qué causa deseo que se embarque usted? "Ma foi", es muy sencillo. Deseo traer a América mi campo de operaciones. En todo el continente norteamericano no hay nada más que un hombre que me inquieta el alma, aun cuando un tanto ligeramente. "Ainsi" fue que le compré un boleto para partir a Europa. ¿No le parece "magnifique"?
-Oh, ciertamente -murmuró Wentworth, estudiando la cara un tanto misteriosa de su visitante-. Me complace al saber que mis esfuerzos como aficionado a la criminología puedan haber merecido tanta atención de usted.
-Estoy seguro de que es así -replicó LeFevre, mirándolo directamente a los ojos-. Y con todo, acaso ello se deba a que nadie puede creer esas tontas nociones que a veces sustenta la policia de que es usted el Araña.
-   La mirada de Wentworth fue igualmente singular.
-Tal como lo dijera antes, estamos perdiendo el tiempo. Tengo que hacerle sólo dos preguntas: la primera, ¿qué es lo que piensa usted hacer en Estados Unidos? La segunda: ¿Cuál es el motivo para que yo me ausente?
LeFevre se mostró algo desdeñoso.
-En cuanto a la primera, "monsieur", y sin querer ser rudo, no es cosa que le interese. Con relación a la segunda, la situación es que yo tengo a su novia en mi poder, en calidad de rehén. Desde hace unos quince minutos ... -siguió diciendo, después de mirar su reloj-; mis hombres la tienen en su poder.
  El corazón de Wentworth latió con fuerza en su pecho. Debió haber hecho algún movimiento impensado que traicionó su actitud porque LeFevre retrocedió un medio paso, y levantó significativamente, la pistola. Pero Wentworth n no hizo ningún movimiento para atacar.Su intranquilidad de poco antes había estado realmente justificada. Pero estando Ram Singh al lado de Nita... Sus labios se apretaron y su acento fue más cortante.
-No tengo aprehensiones en ese sentido -dijo-, pero, como medida de seguridad, yo, a mi vez, he de retenerlo aquí como rehén hasta que ella vuelva libremente a casa. Tendré que molestarlo y decirle que baje esa pistola.
LeFevre rió al oírlo.
-¿Y en qué forma podría molestarme?
  Hizo Wentworth un ligero movimiento con su mano izquierda. Desde la puerta situada detrás de LeFevre saltó un hombre hacia adelante. La cabeza de LeFevre se sacudió; sus rodillas se le aflojaron por un momento y Wentworth debió sostenerlo antes de que cayese. Todo pasó en un instante y LeFevre volvió a estar plenamente consciente... pero
ahora, desarmado. Detrás suyo se encontraba el hombre al que Wentworfh había llamado al presionar en cierto lugar sobre el piso de parquet; era un hombre de cara hosca, con uniforme de chófer que tenía todo el aspecto de un oficial del ejército. En los ojos azules que heredara de sus antepasados de la Gascuña, pudo notarse una ligera expresión risueña. Tenía en su mano izquierda la pistola automática de LeFevre y en la derecha una pesada automática, calibre 45.
-¡Algo mas, mi mayor? -preguntó tranquilamente.
  Movió negativamente Wentworth la cabeza, y su cara se contrajo.
-No, puedes retirarte, Jackson.
  Giró Jackson militarmente sobre sus filones y echó a andar hacia la puerta. Él y Wentworth habían sido soldados juntos cuando la guerra, el sargento Jackson y el capitán -más tarde mayor- Wentworth, Jackson había preferido continuar en el servicio de un hombre al qne aprendiera a respetar por encima de todos, antes que aceptar el cargo que le fuera ofrecido en e1 ejército de los Estados Unidos... LeFevre recuperó prontamente su compostura. Tocó la yinta de sus bigotes con una mano firme. Jackson
-Permítame cumplimentarlo, "monsieur" -dijo-. Sus métodos pueden ser un poco rudos en cierto modo. pero ciertamente son eficientes.
Wentworth replicó secamente.
-¡La Sureté lo busca y me encargaré de que lo atrapen! De modo que yo debo viajar en el "Normandie"? Debo decirle, entonces, que usted usara el billete que compró para mí y nosotros nos encargaremos de hacerlo entregar al otro lado del Atlántico. En esa forma no habrá dificultades en cuanto se refiere a la extradición.
  Volvió a oírse sonar la campanilla de la puerta y Jackson fue a abrir a Nita Van Sloan. Ella llevaba varios bultos debajo del brazo y avanzó con paso vivo al interior. Siempre había un dejo agradable en sus movimientos, pero ahora parecían tener cierta vehemencia sus pasos y ser un poco más pronunciado el color de sus mejillas. Puso los paquetes en los brazos de Jackson y avanzó hacia Wentworth con el mentón levantado, los ojos brillándole de ansiedad.
  Detrás de ella, Bam Singh introdujo a dos hombres por la puerta... con todo el aspecto de pistoleros americanos. Uno de ellos mostraba una fea herida de arma blanca en la cara. El dedo meñique de su mano izquierda estaba sujeto el dedo correspondiente de la mano derecha de su compañero y ambos dedos se hallaban sólidamente amarrados uno
con otro. Era aparente que el menor, tirón a sus ligaduras habría de causar un dolor muy intenso.
 En la cara trigueña del hindú Ram Singh podía notarse una expresión de triunfo. Su mano se apoyaba sobre la empuñadura del largo puñal que llevaba al costado, un puñal que jamás debería desenvainar, según la costumbre de su pueblo, a menos que lo fuese para hacer manar sangre...
  LeFevre se puso prontamente en pie, y de sus labios salieron soeces palabras, hablando en el "argot" de los apaches Nita se ruborizó. Wentworth castigó al francés en medio de !a boca. Las profranas palabras cesaron. Y la cara del apache se volvió severa.
-¡Por esto, "monsieur" -dijo con enojo-. tendrá que darme una satisfacción!
  Wentworth se encogió sencillamente de hombros.
-Átalo y sujétalo, Ram Singh -ordenó al hindú con toda frialdad-. Esta noche embarcará con nosotros. En cuanto a los otros dos sujetos, hay que entregarlos a la policía.
  Nita estaba a su lado; sus ojos adorables se entrecerraron.
-Trataron de raptarme -dijo, hablando dificultosamente a causa de su enojo-. ¡Sí, trataron de raptarme!
-Pero no lo consiguieron, querida -díjole Wentworth con afecto. Y rió-.Ya debieras estar habituada a los raptos.
Nita soltó su mano. Bien sabía el cielo que ella debería estar habituada a los ataques que le fueron llevados por enemigos que intentaban hacer daño a Richard Wentworth por su intermedio. Eso fue intentado una y otra vez, y en ocasiones con tristes resultados.
-No me embarcaré esta noche -dijo con exasperación-. Voy a quedarme aquí y encargarme que estos malvado reciban todo el castigo que se merecen.
  Wentworth la miró con una ligera expresión de sorpresa. Habitualmente ella sería capaz de sacrificar cualquier cosa para poder tomarse sus raras vacaciones.. Para este viaje había estado haciendo una cantidad de planes, y ahora se proponía dejarlos de lado...
-Serán encerrados en la cárcel -afirmó él, tratando de calmarla-. Ciertamente que no vale la pena que demoremos por ellos. En cuanto a este LeFevre...
  No pudo ver Wentworth precisamente qué ocurrió. LeFevre se movió con tal rapidez que los contornos de su cuerpo parecieron borrosos. Oyó la voz de Ram Singh que dejaba oír un juramento en lengua Punjabi y la oscuridad envolvió la escena, o acaso la oscuridad llegó antes que el juramento. ¡Fue aquello tan rápido!...
  En el acto Wentworth arrojó a Nita al suelo, saltando luego hacia Ram Singh. En la oscuridad, se oyeron gritos de terror. Una voz se apagó en estertores y la otra acabó en un gemido. Desde la puerta, Jackson volvió el blanco rayo de luz de su linterna.
  Ram Singh se debatía sobre el piso, con la cara color de grana a causa de la lazada que inútilmente trataba de quitarse de su cuello. La vaina de su puñal estaba vacía, y la hoja no había sido sacada sin sangre. De los dos hombres de LeFevre, sólo uno estaba vivo. Su vida escapaba con rapidez por la herida profunda que tenía en el pecho y de la cual sobresalía el puñal de Ram Singh. La cabeza del otro había sido seccionada casi de sus hombros. Todo eso pudo ver Wentworth en una rápida mirada al correrse hacia el lado de Ram Singh y aflojar el nudo del pañuelo de seda que fuera ajustado sobre el cuello del hindú desde la parte de atrás. El hindú se setía terriblemente debilitado y Jackson
quedó montando guardia junto a él. Nita, mientras Wentworth corría por la casa tratando de dar con el fugitivo Le Fevre.
  El francés había desaparecido, pero en el "hall" de servicio, tratando desesperadamente de hacer funcionar la cerradura oculta de la puerta que comunicaba con el ascensor y las escaleras, encontró Wentworth a una mujer joven giró ésta sobre sus talones al oír ruido
de pasos y se adosó con fuerza contra las puertas de acero como si pudiese ofrecerle protección. Pudo ver Wentworth que. era una joven y que sus cabellos tenían el brillo de carbones encendidos.
-Tal vez sea mejor que venga conmigo -dijo Wentworth con suavidad.
  El aspecto de la mujer pareció desaparecer en un instante. Se aflojó su cuerpo y una sonrisa extraña se dibujó sobre sus labios.
-Ciertamente -dijo-. También lo creo yo.
  Hurgó en su bolso, pero era demasiado pequeño como para ocultaruna automática, siendo por ello por lo que nada hizo Wentworth. La mano de la desconocida tembló un poco mientras encendía un cigarrillo. Adoptó una pose, colocó una mano sobre la cadera con la otra hizo un gesto grandilocuente.
-Está bien, caballero -declamó.Wentworth asintió con un movimiento de la cabeza.
-Eso es mejor -dijo-. Ahora la conozco. Eres Margie Hurón, la joven hábil y lista que de una compañía acciones que pasó al periodismo. Por entonces se decía que andabas haciendo investigaciones especiales usando para elloun genio especial para los .disfraces. .. - Sonrió luego un poco-. ¿Ahora está con un disfraz, miss Hurón?
  La interpelada contestó con un movimiento significativo de su nariz.
-Puedo darme cuenta -dijo, moviendo un hombro- que no soy la decidida mujer de la época de la reina Elizabeth que creía ser. Realmente pensé, cuando usted me encontró aquí, que podría tener deseos contra mi honor, como por ahí suele decirse. Y, créalo o no la idea llegó a aterrorizarme.
  Frunció Wentworth el ceño al oírla. Las mujeres periodistas casi siempre adoptaban esa pose de sofisticación. A veces era cosa natural, pero todavía había algo de frescura en la expresión de los ojos de Margie Hurón y sus labios no estaban apretados en gesto desdeñoso. No era extraño que Wentworth la reconociese. Buen cuidado había tenido
de conocer a todos los periodistas, hombres y mujeres... El Araña solía valerse a veces de cierta publicidad...
  Ram Singh se encontraba de pie cuando Wentworth regresó a la salita y resueltamente dio un paso hacia adelante; sus labios se entreabrieron y a la vista quedaron sus blancos dientes brillantes.
-¡Tú, criatura! -exclamó, mirando a Margie-. ¡Ha sido tu mano la que colocó esa lazada de nudos, arma de los "Thuggees", en torno de mi garganta!
  La joven retrocedió por un momento, y luego, encogiéndose de hombros, miró con desdén a la cara del hindú.
-Y tú estás con tu cara desnuda colgándote... bueno, ¡no está tan desnuda ahora, no es asi? ¿Podrías decir que un hombre tan grande y fuerte como eres podría ser ahogado por una cosa tan frágil como soy yo?
  Nita miró con curiosidad a la joven mujer. Wentworth, que se encontraba justamente por detrás de Margie Hurón, dijo:
-Creo aue será mejor que se exlique, miss Hurón. Debajo de esas sábanas se ncuentran los cuerpos de los dos hombres a quienes usted ayudó a matar.
  Jackson y Ram. Singh se hicieron a un lado al notar un gesto de Wentworth las dos sabanas sangrientas que ocultban los cadáveres de los dos secuaces LeFevre fueron quitadas. La cara Margie perdió todo su color y los toque de "rouge" de sus mejillas aparecieron como manchas extrañas. Levantó un poco el ala de su sombrero blando con
gesto que podía significar desdén, pero el temblor de la mano arruinó la pose. Introdujo un pulgar en la bocamanga de su saco.
-¿Soy buena... -dijo con rapidez- o no?
  Con una mano de acero sobre su hombro, Wentworth la hizo girar de modo que  quedase mirando hacia él.
-En estos días que vivimos electrocutan también a las mujeres criminales-le dijo con toda calma.
  La fragilidad de su altanería desaparecio de pronto.
-Yo no estrangulé a ese hombre del Oriente -dijo volviendo la cabeza hacia Ram Singh-. No hice otra cosa que apagar las luces... Era cosa que hehecho otras veces, pero yo no sabía que... -agregó y quedó mirando impresionada a las sábanas teñidas en sangre.
-Usted no ha podido ser una amiga de LeFevre -continuó diciendo Richard Wentworth con lentitud-. Ese hombre hace mucho tiempo que se halla aquí y no creo, Margie, que usted tenga necesidad de andar detrás de dinero mal ganado...
  Ella rió con amargura.
-¡Hombre, usted no sabe de qué no soy capaz por conseguir dinero! En los días que corren es una cosa que anda caballo...
-Por lo tanto -continuó diciendo Wentworth sin perturbarse-, es evidente que usted debió sentirse movida por algún odio en mi contra, o acaso afecto y cariño hacía alguno de los prisioneros.
-Soy una comunista -repuso Margie con una mueca-. Odio a los capitalistas como usted, y esta pobre y esta pobre gente del bajo fondo...
-Dos semanas atrás -interpuso Wentworth- estaba usted comiendo el cabaret Córdoba en compañía de un ex actor que también ha encontrado un campo más provechoso de actividades, aun cuando seguramente no tan legítimo como su un tanto cuestionable teatralismo.
  Margie se movió inquieta sobre sus pies.
-¡Maldito sea! -murmuró-. ¿Lo sabía usted?
-Yo sé -asintió Wentworth -que Ricey Charlton solía llamarse Charhe Hampton y que figuraba en el mismo elenco que usted, y que en la actualidad Ricey Charlton dirige un provechoso "racket" contra los lavaderos, y en el cual esta noche han sido muertos aquí dos hombres que actuaban como "guapos". Me parece, Margie, que usted apagó las luces de manera que estos dos infelices, antes que Le Fevre, pudieran escapar, y que lo hizo porque no deseaba que- Richard Wentworth pidiese explicaciones a Charlton...
  Margie Hurón se acercó adonde estaba Wentworth y asió las solapas de su saco.
-Charlie no es realmente malo, mister Wentworth -dijo ansiosa-. No lo es en realidad. Ningún hombre podría parecerme más encantador que Charlie... Yo vi que estos dos hombres trataron de apoderarse de miss Sloan y luego cómo fueron dominados por su servidor hindú. Los seguía de cerca para conseguir que fuesen libertados. Ya se dará cuenta que sabía quién era miss Van Sloan y quién, también, el hindú... A decir verdad, trataré de que Charlie no se ponga a luchar más contra usted.
Wentworth se encogió de hombros.
-Ese es un asunto que me deja completamente indiferente.
-Ya sé que lo es -exclamó Margie con evidente ansiedad-. Lo sé, pero es que no quiero que Charlie pueda ser herido. Déjeme partir para ir a verlo ahora mismo. Yo... - Calló su voz al oírse cerrar la puerta del ascensor y avanzaron luego tres policías precedidos por un hombre en traje de civil que sonreía aun cuando parecía no estar satisfecho.
-¿Cómo está. James? -saludó Wentworth-. Aquí está el "corpus delicti".
   El detective Jesse James se quitó el sombrero y saludó a Nita van Sloan a Jackson; con la sonrisa todavía en los labios miró luego hacia donde estaba Margie Hurón.
Wentworth
-¿Qué es lo que está haciendo aquí esta amenaza de cabellos rojos? -preguntó. Era evidente que él y Margie se conocían. Trató ella de volver a su actitud altanera y pudo forzar una sonrisa que arrugó su nariz.
-Es que a veces renace en mi el indio que fue con mis antepasados. Vi a Ram Singh apresar a un par de sujetos y me puse a seguirlos .para conseguir sus cabezas -dijo.
  Notó Wentworth el temblor de su voz y la mirada de imploración que apareció en sus ojos al volverse hacia él.
-¡Siempre es igual! -dijo con una sonrisa-, pero estas gentes del periodismo quieren estar presentes en una escena cuando ocurre algo.
  Jesse James murmuró algo acerca de "olfato noticioso" y continuó su labor. Cuando la policía se hubo marchado Margie Hurón echó sus brazo alrededor del cuello de Wentworth y lo besó con fuerza en la punta de su mentón.
-'Es usted como la miel -le dijo rápidamente-. Ricey Charlton no ha de molestarlo más... -Se volvió con rapidez hacia donde se encontreba Nita. Y-: Excúseme, por favor, pero este hombre es un amor, usted bien lo sabe.
  Luego echó a andar vacilante hacia la puerta. Nita rió y pasó su brazo por el de Wentworth.
-Si. no parece una mujer del todo mala, Dick.
  Wentworth pudo persuadir a Nita que fuesen a comer y luego al teatro, tal como lo tenían planeado, en todo transcurso de la noche, trató de conseguir su promesa de que se embarcarían en el "Normandie" y se tomarían sus vacaciones en el Tirol. Los labios de Nita se apretaron al contestar su negativa. Todavía se sentía molesta...
-No me embarcaré -dijo con obstinación- hasta que ese francés insultante y atrevido no esté bien apresado. No tienes por costumbre, Dick, eludir la lucha... -En el acto lamentó lo que acababa de decir-. ¡Oh, ya sé que no es eso, Dick, y bien sé que no deseas sino que vayamos a pasear por el Tirol!
Wentworth pasó su brazo por encima de los hombros.
-¡Creo, Nita, que el virus de la lucha ha entrado por fin en tus venas!
  Movió ella la cabeza y sus rizos castaños se sacudieron en desorden. Luego echó a reír.
-Es posible, Dick. Pero así es como me siento. No partiré hasta qus LeFevre haya caído preso. Es posible que te parezca curioso, Dick, pero es de lamentar que nuestros momentos más felices siempre tengan que verse interrumpidos por. estos inmundos delincuentes, y no estoy dispuesta a tolerarlo más. ¡Entre los dos vamos a dar una lección a LeFevre que jamás ha de olvidar!
  Wentworth se encogió de hombros. Todavía se sentía inclinado a reír ante la situación. LeFevre había andado con mala suerte... Cierto era que la muerte violenta de esos dos secuaces hacía pensar en un hombre que se hallaba bien servido, y si no por otras causas, acaso debido al temor. Con todo, Wentworth no podía considerar muy seriamente al hombre de Montmartre. LeFevre estaba metido muy hondo en los círculos
americanos del crimen, encontrándose frente a los métodos de la policía americana.
  Aun, sin la ayuda del Araña, los de la policía federal sabrían dar con LeFevre...
  Jugó un rato Wentworth con sus llaves mientras el ascensor privado !os llevaba al piso decimoquinto donde quedaba situado el otro departamento suyo.
-Todavía disponemos de una hora antes de embarcar -dijo lentamente-.Los dos tenemos las maletas listas... ¿No crees, Nita. que podría convencerte?
  Movió ella la cabeza con gesto negativo, y sus labios delgados se apretaron.
-¡Podrías podrías persuadirme a meter a LeFebre entre rejas!
  Rió Wentworth, ayudó a Nita a salir del ascensor y quedó inmóvil mirando más allá. En el medio de la puerta de su departamento se veía una tarjeta en  blanco, sin nada manuscrito tal como esas que se usan en sociedad. De un salto estuvo Wentworth junto a la puerta y leyó el nombre grabado en la cartulina, el nombre de Jules LeFevre. Abrió
 el batiente, y en su mano apareció simultáneamente una pistola que sacara de su
 cartuchera; al mismo tiempo, de su garganta partió un grito ahogado. Todo el departamento era una revolución. En el acto se dio cuenta de la falta de un delicado cuadro pintado por Corot que había estado colgado de una de las paredes. De los pisos faltaban las ricas alfombras Aubusson que él coleccionara en sus viajes alrededor del mundo.
  Pasó a través del "hall" y llegó a la puerta de la salita, viendo también allí el pillaje llevado con perfección y prolijidad por un hombre que sabía del valor pleno de las cosas que se llevaba. Pero el juramento que subió a los labios de Wentworth no fue a causa de esto. Era por el lastimero espectáculo qua presenciaron sus ojos al otro extremo de la
arcada de las puertas que daban a la terraza. Habían sido tajeados y sus carnes pendían en tiras sangrientas desde sus espaldas.

CAPITULO II
UN AMANECER DE LOCURA

Gritó Wentworth a Nita para que no penetrase en la pieza y que en cambio pidiera por teléfono la presencia de un médico. Corrió entonces en ayuda de sus hombres. Kam Singh levantó una pesada cabeza y sus labios recubiertos por la barba se plegaron en una ligera sonrisa.
-¡"Ach, sahib" -murmuró-, tus sirvientes no son hombres, sino ratones! ¡Primero el más viejo, mi amo! |Tu servidor será el último porque ha sido él quien te acarreó... esto!
  Wentworth acercó sillas y las colocó debajo de los pies de Jackson y Ram Singh, levantó luego el cuerpo del viejo Jenkins, el mayordomo que sirviera a su padre antes que a él, cargándolo en sus brazos. Nita llegó a su lado con un martillo y un par de tenazas que encontrara en la despensa. Su voz era grave, pero calmosa.
-Tú los sostendrás -dijo con firmeza -mientras yo,.. yo voy sacando los clavos.
  Los ojos de Wentworth miraron agradecidos hacia ella. Nita se paró sobre una silla y aflojó los clavos del travesaño de madera en que fueran clavados sacándolos luego con partículas de carne lacerada. Jackson todavía estaba sin sentido y aun cuando Ram Singh protestaba con violencia, fue quien primero fue sacado de su situación. Cuando
tuvo libre una mano, tomó el martillo de la de Nita y sin tener mayor cuidado sacó el segundo de los clavos de la otra. Descendió de la silla que Wentworth colocara... y rodó hecho un ovillo sobre el piso.
  Recién cuando el médico hubo trabajado en los cuerpos terriblemente golpeados de los hombres por casi una hora, fue posible que Wentworth se enterara de lo sucedido. LeFevre había estado oculto en el montacargas de la cocina y atacado separadamente a cada uno de ellos; en primer término, derribando sin sentido a Jenkis, y luegro atacando a Ram Singh por detrás cuando el ruido de la caída de Jenkins lo hizo llegar a la carrera, y esperando después a Jackson, quien había salido a hacer un mandado para Jenkins.
  Después de eso, los hombres de LeFevre llegaron a la casa y lo ayudaron en su tortura endemoniada.
-Han de pasar cuando menos dos semanas antes que el más fuerte de ellos pueda abandonar el lecho -dijo el médico a Wentworth brevemente-. Estarían mejor en un hospital, y me temo que Jenkins... - Notó la expresión de dolor ante la mención del nombre del anciano mucamo, y-: Un "shock", bien lo adivinara usted. Su corazón es... es un poco viejo.
  Cuando los tres hombres, narcotizados casi hasta la inconsciencia, fueron llevados a un hospital privado. Wentworth se puso a andar pesadamente por su salita adonde habíase retirado Nita.
  En lugar de su elegante traje de fiesta tenía puesto ahora un traje sastre oscuro. Sonrió al verlo, pero sus labios estaban apretados.
-Tú y yo estamos juntos en esto -dijo ella-. Ahora, menos que nunca, pienso alejarme por motivos de seguridad.
  Levantó Wentworth la cabeza y se inclinó suavemente sobre su silla.
-¿Qué podría hacer, yo sin tí, querida?
-Luchar -repuso ella secamente, y: luego levantó la cara para recibir el beso de él. Fue como si ella no pensara en la anterior determinación de él de ausentarse al extranjero a pesar del desafío de LeFevre-. ¿Qué quisieras que yo hiciese?
-En primer lugar -contestó él con tranquilidad-, iremos a ver a Kirkpatrick al Departamento Central de Policía y veremos qué puede hacerse. Luego me gustaría que tú te pusieses a averiguar y seguir en cierto modo los pasos de Margie Hurón...
-¡Ahora me explico por qué causa la dejaste marchar!
Nita se sobresaltó.
-Charlton -contestó Wentworth-ha estado ocultándose desde esa matanza habida hace dos días cuando ese asunto del lavadero. Será ella la que nos podría conducir hasta él; al menos, así lo calculo. Yo seguiré otra pista. Nada hagas sin hacérmelo saber. Voy a precisar de tí, Nita.
  Cuando Richard Wentworth hubo cambiado de ropas, poniéndose el hermoso traje oscuro que tanto le agradaba partieron en la "voiturette" Hispano-Suiza al Departamento de Policía. Era allí donde mejor que en ninguna otra parte Wentworth podría encontrar a su gran amigo Stanley Kirkpatrick, que fuera Comisionado policial desde varias administraciones políticas. Para Kirkpatrick, como para Wentworth, la supresión del crimen no era un negocio sinho una vocación. El Comisionado estaría ciertamente en sus funciones, máximas después de haberse enterado de ocurrido a manera de tortura en el departamento de Wentworth.
  Kirpatrick los recibió en el acto. Levantóse de su sillón junto al escritorio para saludar a Nita y Wentworth con manos abiertas; su cara parecía estar más grave que de costumbre.
-Esto es terrible, Dick -exclamó-.Estamos haciendo todo lo que es posible, pero, en realidad de verdad, es que alguien se nos ha escabullido lindamente de las manos. Ni siquiera sabíamos que Tules LeFevre estaba en el país.
  Wentworth hizo un gesto de asentimiento.
-Has de saber, Kirk -repuso-, que si aludo a la protección, no es porque quiera hacer una crítica de tu departamento. Estoy convencido de que LeFevre tiene poderosos apoyaderos en la ciudad, y acaso entre los mismos policías. De otra manera no se habría atrevido a amenazar las cosas en la forma violenta en que lo ha hecho. Además, no
pudo haber formado una alianza con Racey Chariton tan pronto. Ese hombre ha debido ser traído aquí, Dick, con algún propósito... Y no nada bueno por cierto... y no me refiero a mi destrucción personal. LeFevre no se condujo como si se tratara de un asunto de gran importancia. -Sonrió ligeramente y su cara volvió a quedar seria-. Ni siquiera pareció impresionarse ante mis condiciones.
  Kirkpatrick siempre se mantenía erecto, pero esta noche, parecía como si estuviese preparándose para un ataque. Con los dedos de su mano derecha se alisó los bigotes.
-¿Tienes alguna sugestión que hacer?... -preguntó. Y luego hizo sonar los dedos-. ¡Caramba, Dick, ahora se me ocurre! Hoy mismo, tres personas se comunicaron conmigo acerca de ciertas amenazas que recibieron! Todos son personas adineradas, muy ricas, figuran entre los millonarios y acostumbran  recibir  amenazas.   Constantemente están en guardia contra un ataque, pero parece que las amenazas actuales son muy diferentes...
  Se puso a caminar largos pasos camino hacia su mesa, presionó el botóny habló por el anunciador de su mesa de trabajo.
-El archivo Lyman -ordenó secamente. Volvió junto a Wentworth, con movimientos llenos de energía-. Han sido notas extorsivas hasta cierto punto, y con un asomo de amenaza de violencias. Dick, estas cartas amenazan en forma unánime de que se haría que " el hombre o alguna otra persona de la familia se volviese loco"...
  Tomó Kirkpatrick el archivo que poco después llevara un empleado. El hombre saludó cortésmente a Wentworth antes de retirarse. En la central de policía lo conocían muy bien y lo respetaban por algo más que por la amistad que mantenía con el comisionado Kirkpatriek. Éste desprendió una de las cartas.
-Mira...
  Wentworth sostuvo el papel escrito tomándolo cuidadosamente con la punta de los dedos que apretó por sus bordes.
  "Se le cita para concurrir en la noche del 19 de mayo a las oficinas de la “Board of Trades”, decía a una reunión de la junta de directores de la Insanity Inc. Habrá una pequeña diferencia entre ésta y otras reuniones de directores a las que está habituado. En lugar de pagársele, usted tendrá que pagar el privilegio. La tasa es la suma de cien
mil dólares, y deberá hacerse al contado Con este suma pagará una sola acción de la Insanity Inc., y la posesión de la misma lo protegerá a usted y a su familia de la insania. Si cometiese el error de no concurrir a la reunión aludida, su hijo, Horace. enloquecerá precisamente a las ocho horas y veinticinco minutos... Es decir, veinticinco minutos después de la hora en que usted deba concurrir a la reunión... y los resultados de tal locura no son de imaginar".
  El mensaje no llevaba firma y, aparte del hecho de estar escrito a máquina sobre un papel de calidad excelente, nada tenía para poder identificarlo.
-¿No hay impresiones digitales? -apuntó Wentworth.
Kirkratriek meneó negativamente la cabeza.
 

-Essa es la parte curiosa del asunto -dijo-. Todas estas comunicaciones estuvieron firmadas con una impresión digital, ¡ la impresión dactiloscópica del coronel Delancey Hanson!
  Wentworth se sobresaltó. Hanson era el perito policial en impresiones digitales, uno de los más grandes del mundo. Sería casi imposible que sus impresiones digitales hubiesen podido ser tomadas sin que él lo supiese, y con todo, era también imposible creer que él pudiese estar vinculado en alguna forma con esas notas extorsionistas.
-¿Puedo preguntarte qué clase de planes has estado formulando? -preguntó Wenttworth con lentitud.
Kirkpatrick hizo un gesto con la mano.
-Apostar guardias, desde luego. La sala de los directores de la Junta ha sido ya comprometida por alguien para mañana a la noche. El hombre que hizo los arreglos responde a la descripción de LeFevre tanto como he podido saberlo por el secretario de la entidad. No me di cuenta de eso hasta que tú me hablaste de la teoría acerca de un proyecto mayor... - Se plegaron sus labios con una extraña sonrisa-. A decir verdad, por lo que ellos dijeron, pensé que se trataba de alguna engañifa, por cuanto las descripciones correspondían muy estrechamente con la mía propia.
  Wentworth sonrió al oírlo.
-Superficialmente, tú y LeFevre teneis mucho parecido. - Luego se volvió al oír gonar un timbre del teletipoímpresor de policía situado en una esquina de la pieza. Nita era la que se encontraba más próxima al instrumento, que se hallaba conectado no sólo con todas las comisarías y la sede central policial del Estado, sino también, y según se quisiera, con los sistemas de los de New Jersey y Pennsylvania. Nita dejó oír un grito ahogado...
-iLa casa de Lyman! -dijo-. ¡Es una información según la cual un hombre loco ha muerto a varias personas!
  Wentworth y Kirkpatriclc quedaron rígidos, mirándose uno al otro por un largo rato y luego corrieron hacia el aparato y quedaron observando mientras iban oyendo el rítmico resonar de las teclas correspondientes a cada tetra que luego se formaban en palabras... Kirpatrick volvió junto a su teléfono, llamó directamente a la casa Lyman, y después de oír sonar por largo tiempo la campanilla, la comunicación quedó establecida.
-¿Sullivan? Bien. ¡Me alegro que esté allí! Habla Kirkpatrick. ¿Qué le ha sucedido?
  Mientras Kirkpatriclc escuchaba al hombre cuya voz chillaba en el instrumentó, su cara iba poniéndose más y más grave. Las comisuras de sus labios estaban contraídas. Finalmente, cesó la voz y Kirkpatrick volvió a hablar.
-¡Detenga a todas las personas que se hallen en la casa! -dijo-. ¡Secuestre todas las provisiones alimenticias y también los líquidos! Guárdelos bajo llave. ¡Sí, yo iré allá!
  Sus ojos se volvieron hacia donde estaba Wentworth. Parecía aturdido por las cosas que acababa de oír.
-El hijo ds Lyman, Horace, enloqueció repentinamente anoche. Mató a su madre y a su hermana antes que su padre pudiera balearlo. Horace ha vuelto a su estado normal, pero es muy •posible que pierda la cabeza a causa de la pena. Lyman está postrado.
  Wentworth experimentó un temblor frío que corría por su cuerpo. LeFevre había vuelto a atacar con mucha mayor rapidez de la que él temiera. Y Wentworth no tenía la menor duda de que se trataba de LeFevre y se lamentó amargamente al no haber podido reconocer el peligro de ese hombre y no haberlo destruido mientras lo hubo tenido en su poder.
-¡Pero la nota decía mañana por noche! -murmuró apenado.
  Kirkpatrick hizo un gesto de asentimiento. Se había puesto de pie y estaba sosteniendo una pistola de caño largo  que acababa de sacar de uno de los cajones de su escritorio. Era característico de él a pesar de toda la prisa que podía tener, se detuviera a sacar una
flor del florero y se la colocara en el ojal.
-Sí, había una nota diciendo que la cosa se haría como lección porque Lyman se había comunicado con la policía. Con todo, nosotros mantuvimos en completo secreto la nota extorsival. Apenas tres personas fuera de mí la conocían. La notita estaba firmada en la misma forna, con la impresión dígito pulgar de Hanson... - Se irguió un tanto, y miró a la cara de Wentworth-. Es algo increíble -murmuró-. ¡Absolutamente increíble, "pero el coronel Hanson era una de las tres personas que la conocía!”
  No fue necesario que Wentwortb instara a Kirkpatrick a disponer una averiguación inmediata en los asuntos y la vida del coronel Hanson. Antes de eso, se había sabido también que hombres situados en posiciones públicas de confianza estuvieron en consorcio y complotados con criminales. Se despacharon rápidamente guardias para cuidar a los otros dos hombres que formularon quejas ante la policía, pero hasta
ese momento la locura que LeFevre provocara en Lyrman no les había afectado todavía...
  Era ya tarde cuando finalmente Nita y Wentworth regresaron a su departamento y ambos se sentían cansados cuando se separaron al llegar a la puerta. Nita tomó a Wentworth por el brazo...
-Tengo un poco de miedo, Dick -dijo lentamente-. La locura es un arma terrible en manos de criminales.
  Wentworth hizo un gesto de asentimiento.
-Había pensado que nos mudáramos a un hotel antes que ponerme a buscar sirvientes de toda confianza. Creo que seguiremos sin esos servicios y que acaso sea más prudente seguir viviendo aquí. ¡Y no comer nada que no haya sido preparado por nuestras propias manos! Es más seguro que esa locura es el resultado de alguna droga... - Forzó una sonrisa-. Tú, querido, jamás has tenido oportunidad de probar mis habilidades en la cocina. Acaso te resulte sorpresa.
  Nita hizo una mueca.
  Nita y Wentworth trabajaron al día siguiente tratando de dar con el paradero de Ricey Chariton, pero los amigos de éste se negaron a dar ninguna, información a Wentworth. Margie Huron la que Nita siguiera, se dedicó exclusivamente a su labor periodística. Sin embargo, a medida que se aproximaba el momento en que debía reunirse la junta de directores de la Insanity, Wentworth regresó apresuradamente a su departamento. Había rechazado ; la invitación de Kirkpatrick para concurrir a la reunión con la guardia olicial. Sabía  que Kirkpatrick haría los mejores arreglos posibles para atrapar a LeFevre en caso de que él o sus cómplices trataran de cobrar el dinero que los hombres amenazados debían llevar. No tetía la menor duda de que habría más de esos tres que apelaron a la policía. Lyman, muy naturalmente, no habría de concurrir; se encontraba en su casa bajo severa vigilancia, pero poca era la esperanza de que los otros tuviesen el
coraje de no concurrir después de la espantosa tragedia ocurrida en casa de Lyman. Se hallarían horriblemente presionados, Wentworth hizo también sus planes para concurrir, pero no en su propia personalidad.
  Una vez en su casa, corrió al cuarto de música y parado frente al órgano de tubos que llenaba todo el extremo, golpeó rítmicamente sobre los orificios de tres de dichos tubos. Al vibrar las columnas de aire, se oyeron suaves sonidos. Se detuvo de pronto, y caminó rápidamente a lo largo de la pared. Una de las secciones cedió en unas cuantas pulgadas resbalando silenciosamente de un lado. Pasó la abertura secreta y se encontró en un reducido cuarto de vestir, cuyas paredes estaban atestadas de ropas colgadas. Sobre la mesita se veía un espejo brillantemente iluminado por luces neón y también una repisa de materiales para el maquillaje, en cuyo empleo Wentworth era de habilidad consumada. Sin pérdida de tiempo se puso a alterar sus facciones...
  Bajo la experta labor de sus dedos un ungüento fue tiñendo sus mejillas hasta que el cutis se estiró un tanto sobre los pómulos y tuvieron el aspecto de hundidas y gastadas. Desaparecieron sus labios y la boca pareció una caverna, mientras que la nariz pareció el pico de un ave de rapiña. Eso fue todo, aparte de unas pobladas cejas y una peluca ne-
gra cuyos largos cabellos le caían sobre los hombros.
  La cara que se reflejó en el espejo había dejado de ser la de Richard Wentworth. Ahora era siniestra e impresionante, los ojos rasgados tenían una expresión de frialdad que parecía la frialdad de la muerte. Rápidamente se puso de pie y echó una larga capa negra sobre sus hombros, colocándose luego un sombrero de alas blandas. Su figura erecta desapareció y la silueta que cruzó el reducido espacio del cuarto de vestir era ahora la de un hombre encorvado.
  Si alguna persona hubiese llegado a verlo ahora, y ese hombre fuese culpable de crimen, un hombre del bajo fondo habría echado a correr lanzando gritos desesperados de espanto y terror. Porque ahora, Richard Wentworth era... ¡el Araña! Y el Araña sabía imponer justicia severa y rápida sobre todos aquellos que pecaban contra la vida de
sus congéneres.
  Sobre el extremo opuesto del cuarto de .vestir, accionó una palanca y miró por una minúscula ranura hacia el hall de servicio y las escaleras de su departamento. Hizo un gesto de satisfacción; tocó otro botón y traspuso la puerta que allí se abrió. El ascensor de servicio descendió sin hacer ningún ruido, y entre la semiobscuridad del sótano, avanzó Wentworth sin mayores contratiempos.
  Había comprado todo el edificio, de modo que podía controlar sus ocupantes y el personal; y él superintendente jai. más observaba muy de cerca a las extrañas siluetas que llegaban y salían por ese camino oculto y furtivo. Pensaba que su patrón tenía algo que ver con esas cosas secretas de la policía y que usaba en sus actividades a muchos espías. Pensaba que estos hombres furtivos no eran sino espías. ¿Cómo iba a suponer que se trataba sino de un solo hombre en una de las tantas y variadas identidades para sus tareas?
  En un garaje privado próximo, situado sobre una callejuela, guardaba Wentworth un pequeño automóvil cuyo potente motor había sido designado por él. No era aparentemente un vehículo de pretensiones, pero sus líneas aerodinámicas eran perfectas y tenían un "supercharger" que permitía dar al motor una fuerza superior a 175 caballos de fuerza.
  Fue así como por entre las apiñado de calles del atardecer fue viajando el Araña sin llamar la atención alguna hasta que llegó a una cuadra de donde se encontraba el Gaillard Building, en donde se hallaban las oficinas de la Junta de Directores.
  En los pocos instantes que caminó abiertamente por la calle Wentworth abandonó su posición de encorvado y rengueo. El sombrero negro lo llevaba un poco atrás sobre su cabeza y la capa colgaba recogida sobre sus hombros. No parecía sino un caballero con cierta excentricidad en el vestir... si es que el transeúnte no le miraba la cara.
  El sereno de un edificio, no lejano al al Gaillard, no vió su cara hasta que hubo abierto las puertas. Fue entonces que retrocedió, llevando la mano al bolsillo en que guardaba su pistola. Pero la mano de Wentworth se movió con la rapidez del rayo y sus dedos apretaron ciertos nervios de la garganta del sujeto que tuvieron por resultado hacerlo caer al suelo, falto por completo del sentido. Wentworth volvió a cerrar las puertas, colocó al hombre sobre su silla, de modo que pareciese estar dormido, y tomando el ascensor subió hasta el último piso. ¡El hombre tendría para una media hora de estar sin conocimiento, pero para ese entonces el Araña ya habría desaparecido!...
  Fácil cosa fue avanzar por sobre los techos contiguos y llegar al Gaillard Building. Arrojó una cuerda delgada de seda, muy resistente, hacia una ventana y afirmó su extremo en en gancho a uno de sus bordes. Sus músculos de atleta  fueron izándolo ágilmente por la cuerda. La ventana cedió luego instantáneamente a  su manipuleo con una palanqueta de acero y poco después se encotraba en el interior...
  La oficina de la Junta de Directores quedaba a tres pisos más arriba, seguramente las escaleras y ascensores estarían vigilados. ¡Decidió entonces continuar su avance hacia lo alto por el lado de las ventanas usando la sólida y fina cuerda de seda, de un diámetro como de un lápiz, pero, sin embargo, tan resistente como para soportar un peso de más de trescientos kilogramos! ¡La policía bien conocía esa cuerda! ¡Y la llamaban "la tela de la Araña"!
  Subió Wentworth al piso que quedaba encima de las ventanas iluminadas de las oficinas de la Junta de Directores, enganchó su cuerda sobre sus ganchos, como lo hiciera al principio, y se dispuso a esperar. ¡Balanceándose un tanto hacia el costado, alcanzaba a mirar por alguna de las dos ventanas de la Junta. Nadie se hallaba presente; en el centro de la mesa se veía una gran bolsa de tela gris tal como las que se usan en el correo, y a su lado un trozo de papel sobre el que aparecía escrito algo a máquina.
  Wentworth lo miró con labios apretados. ¡LeFevre, si realmente era él el extorsionista, había estado en la pieza y dejado allí las instrucciones para sus víctimas!
  Con ese modo extraño de saber juzgar bien las cosas, Kirkpatrick había dejado sin tocar ese mensaje, y sus guardias tampoco hallaban evidencia. Todo el edificio estaría debidamente vigilado contra el caso de cualquier persona, pero no había ninguna razón por la cual algunos de los "apaches" de LeFevre -era más que probable que él hubiese llevado a América a algunos de sus secuaces de confianza- no pudiesen trepar hasta la ventana tal como lo hiciera Wentworth. Los ladrones de París eran hábiles y estaban habituados a moverse por entre las chimeneas de los techos...
  Ese podría ser su camino de escape, y Wentworth pensó que en lugar de lograr acceso al edificio después que los guardias habían sido colocados, era posible que LeFevre tuviese sus hombres apostados en el interior desde antes que las oficinas quedaran vacías. En esa forma, se eliminaría el cincuenta por ciento del riesgo.
  Faltarían cinco minutos para las  ochocuando llegó a la sala de la reunión la primera de las víctimas de LeFevre. Sostenía el portafolio en que aparentemente debía llevar su dinero en forma tan vehemente como si se tratara de un arma; sus mandíbulas estaban apretadas. Los hombres que habían logrado amasar una fortuna entre una competencia indecible, no eran gentes capaces de rendirse fácilmente a las exigencias de los extorsionistas.
  Bueno, Wentworth conocía a éste que llegaba. Harrison Fishman, tan famoso por sus exploraciones en Oriente como sus sus actividades en Wall Street. Leyó la nota que se hallaba sobre la mesa y sus labios se contrajeron en una mueca. Vació el contenido de su portafolio en el bolso de color gris que estaba sobre la larga mesa y fue a sentarse luego, mordiendo la punta de un cigarro sin encencender.
  Después de él fueron llegando otros hombres que avanzaron con paso rápido y, con no poca sorpresa, Wentworth fue identificándolos. Industriales destacado, hombres con millones de capital metidos en sus negocios; un banquero de reputación internacional, un político de no muy buen nombre pero de alta posición financiera. Uno después del otro, fueron vaciando su carga de billetes en el bolso de la mesa, yendo a sentarse luego con caras contraídas en los asientos.
  Se miraron cautelosos unos a los unos a los otros, o hablaron a veces con voces muy por lo bajo, furtivas; la atmósfera no tardó en llenarse rápidamente con el humo de tabaco. Pero nada sucedió todavía.
  La tensión de esos hombres en espera pareció comunicarse a Wentworth. El Araña miró con interés hacia la oscuridad de más abajo y más encima de donde se hallaba, pero no pudo notar el movimiento. Su visión se veía en cierto modo dificultada por los toldos de las ventanas... Los ruidos de la noche, apagados por la distancia, llegaban hasta él; el murmullo del tránsito se oía como lejano y parecía increíble que en esta
plácida noche de mayo, la locura y la muerte pudiesen deambular por las calles de la ciudad. Era una época del año en que los pensamientos -de la humanidad se
vuelven más tolerantes, mejores...
  De pronto, el panel de la pared se corrió hacia afuera sin hacer el menor ruido y todo cuanto Wentworth pudo ver fue que ocultaba una gran caja fuerte cuyas puertas se abrieron al mismo tiempo. Desde el interior de la cavidad, avanzó un hombre delgado que empuñaba una pistola en cada mano. Los que estaban esperando se pusieron de pie.
Harrison Fishman avanzó resuelto, su potente mandíbula se apretó con fuerza y sus puños se "cerraron amenazantes”. Era la suya una figura espléndida de hombre y sus palabras de desafio, gruesas y sonoras, llegaron a oídos de Wentworth donde estaba observando pegado al borde de la ventana.
-¡No podrá seguir adelante con esto! -declaró Fishman-. He pagado mi cuota a causa del ataque sin nombre llevado contra la familia Lymann, pero he de buscar una reparación!
  Los labios de Wentworth se contrajeron en una sonrisa. Recordaba en cuantas ocasiones había gritado la humanidad ante sus despojadores: "¡No será posible seguir adelante con esto!" Ya a pesar de todo, los criminales continuaban en sus depredaciones. Y al final, habrían de pagar; pero, mientras tanto, la humanidad sufría y morían hombres y mujeres. En la mente de Wentworth bulló la furia. Este hombre con las pistolas era uno de esos que había sido causa de que el hijo de Lyman viera
arruinada su vida al asesinar en su ataque de locura a las personas a quienes más quería.
  Había sido uno de esos que hicieron que los servidores de el Araña se encontrasen ahora recluidos en un hospital. Una pistola apareció en la mano de Wentworth, pero uno de los hombres se encontraba delante suyo, interponiéndose en el campo visual.
  Sonó un estampido y el hombre que apareciera por la caja-fuerte se movió torpemente sobre un pie, y la otra pierna quedó moviéndose pesada a un costado. Mientras él buscaba recuperar el equilibrio a causa del impacto del disparo; Sus "hombros golpearon contra la puerta de acero de la caja y ahí pudo sostenerse. Y aun cuando todo su cuerpo se sacudió al recibir un segundo proyectil, no cayó todavía. Sus dos pistolas habían empezado a replicar.
  Fishmán rodó al suelo, temblando de pies a cabeza y otro de los hombres cayó
sobre la mesa, golpeándose con puños impotentes antes que la pistola de Wentworth hubiese vomitado bala y el proyectil horadase el cristal de la ventana para ir a hundirse en la cabeza del criminal. El bandido que empuñara dos armas pareció crucificado contra la puerta de acero con los plomos de el Araña, impotente aun mismo de caer, y se mantuvo así durante algunos instantes mientras varios hombres de uniforme irrumpían en la pieza desde las dos puertas laterales.
  Kirkpatrick venía en la delantera, blandiendo en su mano derecha una pistola de largo caño, calibre 38. Los ojos del comisionado miraron en tomo: y, al oír sus órdenes severas, los hombres co-¿rrieron en auxilio de las dos víctimas que derribara el pistolero. Wentworth continuó oculto sobre el otro lado de la ventana. No pensó que el cristal roto habría de atraer mayor atención. Bien pudo haber sido obra de una bala perdida... y no creía tampoco que el ataque hubiese terminado. LeFevre era bastante astuto como para haber jugado de primera intención todas sus cartas...
  De pronto Wentworth tuvo la sensación de que dos de las victimas de extorsión no parecían prestar la menor atención a la policía ni a sus compañeros. Una de ellas dio vuelta a la pieza en forma curiosa. La otra quedó mirando hacia Harrison Fishman, que se hallaba sentado en el suelo, agarrándose la pierna herida. Una sensación fría de temor
corrió por la espina dorsal de el Araña. ¡Esos hombres!... Eran los dos que habían desafiado la exigencia de dinero e informado a la policía. Lyman había pagado el tributo con la locura de su hijo. ¿Será posible que estos dos hombres...? Kirkpatrick debía ser advertido. Posó Wentworth un pie sobre el borde de la ventana y en ese instante la locura se desató terrible.
  Uno de los hombres levantó una pesada Billa y atacó a Fishman. El otro arrebató una pistola de la mano de un policía y empezó a hacer fuego a quemaropa contra los que ocupaban la pieza, haciendo fuego tanto contra sus compañeros de poco antes como contra la policía. Vio Wentworth que uno de los agentes recibía una bala en medio de la
cara, que le voló la parte superior, luego a un financista retroceder horrorizado y caer alcanzado en medio en el estómago, y, luego, algo más arriba de donde se hallaba, notó Wentworth indicios de movimientos, tuvo la sensación de un ligero temblor en la cuerda de seda que era lo único que lo sostenía evitantando que cayese desde más de quince pies de altura sobre el techo del edificio de más abajo.
  Con la velocidad de la luz, su pistola se movió hacia arriba y sus ojos miraron interrogativos. Vaciló por un instante, sabiendo que un disparo habría de traicionar su presencia a los de la policía que se hallaban en el edificio.
  Comprometidos en una lucha de vida o muerte, habrían de hacer fuego de inmediato contra lo que podía parecerles una nueva amenaza. Aun mismo si llegaban a reconocerle, eso no bastaría para detenerlos. Antes bien, acaso sus esfuerzos fuesen mayores, más frenéticos.
  Porque para la policía, el Araña era un hombre buscado, un hombre al que se le imputaban cientos de muertes. A ellos no importaba que las personas a la que mató merecieran la muerte por muchos conceptos, que eran más bien ellas las que de otra manera habrían evadido a la justicia. ¡Sobre su cabeza, además, se había fijado una recompensa de cincuenta mil dólares!...
  Estos pensamientos pasaron con la velocidad del rayo por su mente, y su vacilación no se prolongó por más de un segundo. Tuvo la certeza de una figura oscura en la ventana de más arriba y alcanzó a ver el brillo de una hoja de cuchillo contra las hebras de su cuerda de seda. Debía correr el riesgo de hacerle fuego desde el interior. Levantó su pistola y el estampido del arma fue ensordecedor. El retroceso del disparo lo sacudió en el espacio o así le pareció. Tuvo la sensación de que su plomo dio en el blanco, pero lo fue una fracción de segundo con tardanza. ¡La hoja del cuchillo había logrado seccionar la cuerda! ¡Y hacia abajo, primeramente de cabeza, fue cayendo el Araña en dirección a la muerte que lo esperaba a cinco pisos más allá!

CAPITULO III
PISTOLAS DEL DESTINO



El pensar en forma racional en un instante de desastre completo no es cosa de la que puedan alardear muchos hombres, pero la mente de Wentworth había sido entrenada a causa de la misma necesidad de su vida en cientos y cientos de encuentros mortales. Aun mismo en el momento en que sintió que la cuerda se movía ligeramente en sus manos, hizo la única cosa que podía salvarle de la muerte.
  Fútil era tratar de asirse al borde de la ventana, pero no lo hizo llevando con fuerza sus piernas como instintivamente lo habría hecho la mayoría de las personas. En su lugar, se dejó caer tanto como pudo al costado de la pared. Tenía una esperanza: los toldos. Si podía enredar sus manos o piernas en uno de ellos... Una garra con las manos de nada serviría, porque inevitablemente se aflojaría por el mismo impulso de la caída...
  Wentworth estaba todavía impresionado ante el horror de las cosas que se producían en la sala de los directores. Dos de los presentes, a quienes la policía trataba desesperadamente de no herir, estaban masacrando a sus compañeros. LeFevre no necesitaba sino apagar las luces, dejarse caer desde el piso de arriba en que sus hombres cortaran la tela de el Araña, y presentarse a recoger el botín del dinero. La escapatoria
sería, sencilla...
  El primero de los toldos pareció subir hacia Wentworth mientras su cabeza apuntaba todavía hacia abajo con la espalda contra la pared, y otros dos más habían pasado junto a él antes que tuviera oportunidad de dar un salto mortal para ponerse en posición cabeza arriba. Sus brazos abiertos formaron como una especie de vela con su capa, cosa que le permitió mantenerse en esa posición. Otros dos toldos más quedaban por debajo. Estaba haciendo lo imposible para poder asirse de uno de ellos. Si chocaban, estando en la posición actual, sus piernas se quebrarían por el impacto y los huesos se le hundirían en las carne como bayonetas. Tendió ansioso sus manos y piernas hacia el toldo y consiguió alcanzarlo... pero nada más que con los dedos. Se oyó un rasgar de tela, un rasguido y el ruido de cosa metálica. El asidero desesperado de Wentworth cesó de pronto con una sacudida que pareció sacar sus hombros de su sitio, dejándole
torpes e inútiles sus brazos. Continuó cayendo, pero ese asidero, por breve que fuera, había bastado al menos para una cosa. Consiguió aminorar la velocidad de su caída y lo había acercado aún más al edificio.
  Aturdido, dolorido en su brazo, todavía pudo intentar alcanzar con sus piernas el toldo de más abajo. Era el último. Si fallaba... Tuvo la sensación de un negro cuerpo que caía a tumbos muy próximo a él, el cuerpo del hombre al que matara en el instante que siguió al corte de la cuerda. No habían distado sino un piso de diferencia, y aun cuando
ambos cayeron a la misma velocidad, el toldo había aminorado un poco la caída de Richard Wentworth. En la sala de los directores ya no brillaban luces.
  Todas esas cosas vio el Araña cuando tendía las piernas hacia el toldo. La tela se apretó y formó como un acolchado contra la pared del edificio. Era una tela fuerte, pero habría de rasgarse como papel de seda, y...
  Sus pies chocaron contra los pliegues de la tela, pasando al otro lado. El armazón de acero rozó sus pantorrillas, fue desgarrado de uno de los costados y quedó prendido por debajo de los brazos. Algo castigó a Wentworth por los hombros, golpeando con un ruido de desgarramiento cuando las últimas costuras de la lona cedieron al impacto y
Wentworth se sintió caer loa últimos centímetros que faltaban hasta el techo de más abajo.
  Golpeó con fuerza loca, pero tuvo la sensación de una gran blandura. Los dos toldos habían aminorado grandernente su caída y el cuerpo del hombre al que matara poco después de seccionar la cuerda, había quedado caído por debajo suyo, formando una especie de almohadón. Sintió que se le cortaba la respiración. Por algunos segundos quedó inmóvil y luego consiguió ponerse de pie; de sus labios salió un voto de agradecimiento. Y ahora que todo había pasado, cada una de las fibras de su ser
pareció sentirse sacudida por un nuevo impulso. En ningún otro momento, bien se daba cuenta, el Araña habíase encontrado tan próximo a su muerte, ni más impotente para evitar su destino.
  Levantó la vista hacia la ventana desde la que cayera; sus brazos le dolían sobremanera, sus nervios vibraban. Todavía se oían algunos disparos allá arriba, gritos de hombres, pero ninguna figura mostraba su silueta contra el firmamento. Si Le Fevre planeó utilizar esta ruta para su escapatoria, aparentemente la muerte de su ayudante debió haberlo inducido a dejarla de lado. Bien sabía Wentworth que si LeFevre iba derechamente a sus brazos, él se sentiría impotente para evitar su fuga. No estaba en condiciones ni para empuñar una pistola...
  Su mente trabajó con destellos ocasionales. Y como si fuera para confirmar su impotencia, el hurgar en el interior de su saco en busca de su segunda pistola... apenas pudo decir en qué momento llegó a tocar su empuñadura. Su otra pistola había caído. Se puso de rodillas y miró en torno; junto a él se encontraba ese cuerpo deshecho, baleado, que acaso pudiera ocultar un arma que él necesitaba y al que no podía mover.
  Allá en lo alto se oyó el fuerte estampido de un arma y levantando ia vista pudo ver el fogonazo en su dirección. El cuerpo caído a su lado se sacudió por el impacto del plomo. Wentworth pudo ponerse de pie y haciendo un esfuerzo indecible consiguió alejarse un trecho en dirección al tragaluz por el que poco antes ascendiera.
  El arma de allá arriba continuaba haciendo fuego y los proyectiles silbaban junto a él, pero consiguió llegar a la puerta a salvo y poco después se encontraba de nuevo en el interior del edificio. El ascensor zumbaba con zumbido singular. Algunos hombres subían por él; ¡acaso era la policía que llegaba para atraparlo! Vacilaron sus pies y empezó a avanzar hacia las escaleras; su mente parecía adormecida...
-¡La escapatoria! -murmuró para sus adentros-. ¡Yo debo escapar!...
  Había logrado descender dos pisos antes de que su mente se aclarara un poco. Miró desesperado a su alrededor. Sobre una puerta situada a su izquierda, leyó la inscripción:, "Harry Finch, Publicidad". Y en el acto le asaltó una idea con toda su claridad.
  Buscó en sus bolsillos y sacando poco después un alambre delgado, pero resistente, empezó a manipular con la cerradura hasta conseguir abrirla. Hizo mover el pestillo, pasó al interior de la pieza y encendió las luces. Rápidamente ocultó su capa en un cajón, colgó el sombrero y el saco de una percha, tomó el primer sobre que encontró a mano y volcó su contenido sobre el escritorio. Se sentó en la silla, tomó un lápiz del
cajón y empezó a leer.

..."Si Beans pudiera hablar"..., -decía el encabezamiento. Y en letras menores-: "Ellos dirían: "Preferimos ser dominados por Halliman. Su salsa es nuestro mejor amigo".

Una sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Wentworfh. Debió hacer grandes esfuerzos para no soltar la carcajada. Su corazón le latía violentamente. Se acercó a la ventana con paso vacilante...
  Poco a poco empezó a experimentar la vuelta de todos sus sentidos, aun cuando el dolor de sus hombros era sumamente agudo. Se desarregló los cabellos, colocó un lápiz detrás de una oreja y se colocó sobre la vista una visera de color verde. Luego echó a andar fuera de la oficina, dejando la puerta abierta y presionó el botón del ascensor. Oyó
el ruido de la maquinaria resonando siniestramente en los desiertos corredores y poco después la cabina se detenía en su piso. La puerta fue abierta y un agente de policía sacó afuera la cabeza.
-¿Qué demonios sucede? -preguntó Wentworth retrocedió un paso, y su cara se contrajo en una expresión de sorpresa exagerada. Luego replicó:-¿Qué demonios, hombre? ¿Cómo piensa usted que un hombre puede estar en su trabajo con tantos tiros y tiros? ¿Quién ha sido muerto?
  Miró el policía con fiereza y luego sus ojos se volvieron más suaves.
-Mucho siento que los disparos lo hayan molestado. No dejaremo que esto ocurra otra vez. Es que... que el Araña anda suelto por esta casa. Si es usted hombre prudente, me parece que debería salir de aquí sin demora ¡Se come crudas a las personas como usted!
  Wentworth abrió ojos de incredulidad y su boca se contrajo. Procedió genialmente, simulando la actitud de un hombre que no quisiera denotar sus temores.
-Estaba casi por terminar -dijo con dificultad-. ¿Qué le parece que me acompañe usted hasta abajo y me haga salir?
  Vaciló un momento el agente, y Wentworth, llevando una mano al bolsillo, extrajo un billete de diez dólares.
-¡Tome, vuelvo en seguida -dijo. Dos minutos más tarde, el agente de policía lo hacía salir por la puerta principal del edificio y Wentworth caminaba a un buen paso por la calle, echando de vez en cuando algunas miradas por encima de los hombros. Llegado a la esquina, dobló por ella y echó a correr. En menos de un minuto estaba ante las
puertas del Gaillard Building. Ya había desaparecido de su cara la última huella de su "maquillage" y el policía de guardia en la puerta de entrada lo saludó respetuosamente.
-No vaya a a dejar que nadie salga de aquí -díjole Wentworth- y en esto me refiero también a cualquiera de sus compañeros. ¿Ha comprendido? En el acto le confirmaré la orden por parte de mi amigo el comisionado Kirkpatrick. El hombre pareció hesitar. Wentworth lo hizo a un lado con impaciencia, se aproximó a la casilla del teléfono del
mostrador de "Informes" y se comunicó con las oficinas de la Junta de Directores. Kirkpatrick fue quien contestó el llamado y Wentworth le repitió el pedido.
-Si das esa orden, Kirk, subiré a decirte por qué causa -le manifestó brevemente-. De otra manera, habría deseado no haber venido aquí. No me retiraré de la puerta hasta que... -Se apartó un poco del aparato y al ver a un agente de uniforme que caminaba
hacia las puertas-: ¡No se retire del edificio, agente! i Son las órdenes del comisionado!

Por el hilo telefónico estaba hablando Kirkpatrick.
-Está bien. Di al sargento Heinz que se acerque al tubo. Debe estar por el vestíbulo.
  El agente de uniforme al que diera la orden, miró extrañado.
- Quién w usted para darme órdenes?
-¡Sargento Heinz! -llamó Wentworth levantando la voz-. ¡Sargento Heinz! ¡El comisionado quiere hablarle por el teléfono!
  El agente no cejó en su actitud y miró con firmeza:
-El comisionado ordena que nadie abandone la casa, ni tampoco los agentes -repitió Wentworth.
-¡Me gustaría saberlo! -dijo el agente, riendo ligeramente.
  Luego siguió avanzando hacia la puerta. En dos trancos Wentworth estuvo a su lado y asiéndolo por un brazo lo hizo girar en redondo. Con el movimiento aumentó el dolor de su hombro, pero su cara no denotó la menor señal de ello.
-Usted no haldrá del edificio -insistió derechamente.
  Una enorme sospecha hizo que su sangre bullera en sus venas. Con un rápido movimiento, estiró una mano y golpeó en el vientre del policía con la palma abierta. Maldijo si hombre, trató de sacar su pistola y Wentworth rió en alta voz y castigó por dos veces seguidas con un ímpetu que llevó en sus golpes todo el peso de su cuerpo. Trastabilló el policía contra la pared y rodó al suelo. El guardia apostado ante la entrada corrió un trecho, sacando su pistola, pero Wentworth no hizo el menor caso de él, se agachó junto al caído y le abrió la chaquetilla. A la vista apareció una cantidad de billetes de mil dólares. El policía de guardia en la puerta dejó oír una exclamación.
-¡Es uno de los extorsionistas, disfrazado! -anunció Wentworth-. ¡No vaya a dejar que nadie abandone el edificio!
  Momentos después descendía Kirkpatrick en el ascensor. Su rápida mirada apreció toda la escena y comprendió en el acto su significado. Se oyó su voz enérgica; sus órdenes fueron dadas con firmeza. A ninguna persona debería dejarse salir de la casa, y se llamaría a piquetes de refuerzo para poder revisar a cuantas personas hubiese en el interior. Kirkpatrick bajó la vista hacia el hombre sin sentido vestido con ropas policiales.
-No es un impostor -dijo-. Es realmente un agente, aun cuando una desgracia para el uniforme.  Parece Dick, como si hubieses estado en lo cierto acerca de la corruptela en el Departamento. Ese Hanson... -Sacudió su cabeza larga y angulosa-. ¡Pero he de
acabar con todo eso! ¡Llegaré hasta las mismas raíces del mal!... -Una mueca apareció en su cara, y al encontrarse su mirada con los ojos de Wentworth, sus labios se plegaron en una sonrisa-. A propósito, Dick -dijo-, esta noche el Araña ha andado por aquí. Al parecer, sufrió una mala caída en el techo del edificio contiguo. Encontramos su telaraña, pero estaba cortada con un cuchillo. Fue él quien mató al hombre que consiguió seccionarla, pero...
  Sus ojos miraron curiosos. No tenía duda acerca de la identidad de su amigo como el Araña, y así habíaselo manifestado más de una vez aún cuando Wentworth jamás quiso confesarlo. Kirkpartrick era riguroso en el cumplimiento de sus deberes.
  Había dicho, en más de una ocasión, a su amigo que si alguna vez caían en sus manos pruebas de sus actividades en su condición de Araña, él habría de'procesarlo hasta agotar todos los recursos, pero que hasta que llegase ese momento tanto él -Kirkpatrick- como Wentworth continuarían siendo los mejores amigos. La verdad del asunto era que Kirkpatrick admiraba infinitamente la labor de el Araña, aun cuando condenando el hecho de que el siniestro jorobado operase fuera de la ley y él mismo fuese el juez y el ejecutor. Todo  esto pareció querer decirlo en una sola mirada.
-Sí, una buena caída -siguió diciendo- debió ser la de él. ¿No sabes, Dick, que en la parte posterior de la pierna izquierda de tu pantalón tienes una buena rasgadura? ¿Y que también hay señales de esa granza que hay en el techo de la casa contigua en la pierna
derecha? ¡Es claro que no podría ser comprobado, pero!...
  Wentworth sonrió ligeramente.
-¡Al demonio con tus insinuaciones, Kirk! -dijo suavemente-. ¿De qué estás hablando,?
-Del tiempo -contestó el comisionado-. ¿Es que debo decirte qué ocurrió en pisos de más arriba o acaso tú ya lo sabes ?
  Wentworth pudo darse cuenta del esfuerzo que tales palabras costaban a Kirkpatrick. En torno de su boca se veían arrugas profundas y la sombra de sus orejas bien hablaba de su fatiga. Kirkpatrick no era hombre de abandonarse a la desesperación o a ninguna
otra emoción. La amplitud de su amistad cálida podría expresarse en un buen apretón de manos, y nada más. Empezó a hablar sin esperar una respuesta.
  Los dos hombres que enloquecieron habían podido matar a un policía y a tres de sus asociados antes que pudiesen ser dominados. En mitad del entrevero, las luces se apagaron. Kirkpatrick había intentado apoderarse del bolso con el- dinero, pero fue entonces cuando recibió un golpe en la cabeza. Cuando logré volver a ponerse de pie, el dinero ya no estaba allí. Alguien gritó que el Araña le tenía y desde el lado de la ventana
hubo algunos disparos...
-¿Se te ocurre algo, Dick, para poder dar con LeFevre?
  Wentworth movió lentamente la cabeza.
-Nada más que una cosa. Hay que dar con Chariton o alguno de sus hombres.
  Experimentaba una gran pesadumbre. Había llegado a saber de LeFevre, pero nada más que ver que el misterio se volvía más hondo. Era evidente que alguna alta autoridad de la ciudad era su aliado, acaso su superior en ese peligroso juego que estaba jugándose con la vida, la riqueza y las almas...
  Terminada la búsqueda por parte de la policía, no se encontró el menor indicio del dinero robado y fue evidente que la intervención de Wentworth había llegado un instante demorada. El guardia apostado en la puerta dijo recordar que habían partido ya unos seis agentes más, aunque no podía recordar de nombre nada más que a uno. Y éste,
cuando fue encontrado, estaba de regreso al edificio y tenía una excusa legítima de su ausencia.
-También se me ocurre otra cosa -dijo Kirkpatrick-. Voy a llevar a este agente que tomamos a la Academia de Policía.
  Wentworth lo miró rápidamente. Bien se daba cuenta de qué quería significar Kirkpatrick con eso. En la academia policial había un polígono de tiro a prueba de sonidos. No importa cuáles fuesen los gritos que el hombre pudiera lanzar allí, nadie podría oírlos desde afuera.
  La mandíbula de Kirkpatrick estaba apretada. No era un adicto a los métodos brutales, pero toda su furia había sido despertada malignamente. El Departamento Central de Policía era su vida entera y le dolía, con la pena y dolor de una herida personal, que uno de sus miembros pudiese hallarse en connivencia con criminales. El mismo  Wentworth experimentaba una furia fría.
  Momentos había en que estaba justificado el empleo del "tercer grado" para "hacer cantar" a un sospechado, y éste era uno de ellos. Partió con Kirkpatrick 'en su "limousine"; el sargento Heinz , llevaba esposado al prisionero; el comisionado empuñó el volante y lanzó al coche por esas calles a gran velocidad, mientras la sirena iba abriendo paso entre el tránsito. Se mantuvo en completo silencio. Nadie habló con el
prisionero, cuyo nombre era Strauss. La expresión de la mirada de Heins apenas
si podía ser mal interpretada. Se daba cuenta que la desgracia de un compatriota le tocaba a él y Wentworth bien sabía que no podría haber clemencina para con él,
  Llegados a la Academia Policial, Kirkpatrick abrió la puerta, y Strauss, al verle tomar hacia las escaleras del sótano, retrocedió un tanto.
  No hizo ningún ruido, ni tampoco cuando el sargento Heinz lo tendió pesadamente sobre la pasarela; pero fácil era ver que estaba sumamente atemorizado.
  Tuvo que ser arrastrado casi por los escalones y luego, a través de las puertas a prueba de todo ruido del polígono de tiro. Heinz lo hizo dar vuelta y le asestó un puñetazo en la cara y fue entonces cuando Strauss, protestando y gimiendo, se abalanzó contra la pared. Heinz lo amarró allí con otro golpe a la cara; Strauss rodó al suelo.
 -Eso bastará, sargento -dijo Kirkpatrick con voz aguda-. Usted solo no ha de tomarse el placer -agregó, y asiendo a Strauss por el cuello de la chaquetilla, lo forzó a ponerse de pie.
  Con dedos hábiles le arrebató la chapa policial prendida a su pecho, y luego se la arrojó a la cara.
-¡No hable! -le dijo-. ¡Por favor, no vaya a abrir la boca!
  Apoyó los nudillos de su mano contra la mejilla del hombre y empezó a hacer girar el puño. Era algo que no dolía mucho, pero. amenazaba con serlo.
-Yo no quiero hablar -dijo suavemente--. Si lo hiciera perdería el control. No me agradan los delincuentes, Strauss, y menos los policías traidores. Yusted es ambas cosas a la vez. ¡No habra la boca...!
  Cayó Strauss de rodillas e imploró.
-¡Por el amor de Dios, comisionado, no me castigue! Voy a hablar. Diré todo cuanto sé. Ese francés dijo que que no había ningún peligro. Que podría arreglar muy bien las cosas para mí, no importa qué sucediese.
-Ya veo -repuso Kirkpatrick con calma-. ¿Y cómo debía hacerse la cosa?
  Wentworth quedó mirándolo con una sensación de sorpresa. Había sabido desde luego, que Kirkpatrick podía ser recio en cuanto al cumplimiento de su deber se refería, pero ésta era una nueva faz de su carácter. Para hablar con propiedad, hasta el presente había sabido imponerse principalmente por la amenaza y Wentworth sabía que, llegado el caso, era capaz de saber recurrir a la fuerza,
  Strauss tartamudeó algo cuando el sargento Heinz lo castigó con el cañ de su revólver
-¡Por favor, no me castigue más! ¡No me castigue! ¡Diré todo cuanto sé! El francés dijo que el coronel Hanson estaba metido también, y...
  El estampido de la pistola apenas si repercutió en el recinto a prueba de sonidos. El cuerpo de Strauss trastabilló, le le doblaron las rodillas y luego cayó al suelo. Sus pies se sacudieron un poco como si hubiese escapado, el último hálito de vida. Kirkpatrick se tendió, de bruces sobre el piso, rodó de costado y sacó su pistola. Wentworth no se había inquietado por imitarlo. Se hizo a un costado, giró sobre sus talones y, al volverse, una pistola apareció en su mano, aun cuando sin hacer fuego.
  No había nadie contra quien disparar. Las puertas dobles de la entrada se movieron un tanto, pero no se notó ningún otro movimiento ni tampoco ningún otro ruido
  Todo se mantuvo así por espacio de medio segundo y luego Wentworth traspuso la distancia hasta la puerta y abriéndola avanzó con el arma lista. El corredor del otro lado se encontraba vacío y las otras dos puertas que se abrían sobre el mismo, estaban con llave. Mientras trataba de abrirlas, Kirkpatrick había seguido hasta las escaleras y Wentworth lo siguió, dobló por una plataforma y vio que el comisionado se hallaba
parado, inmóvil, junto al peldaño superior. Su voz llegó a sus oídos fría y severa:
-Buena labor, detective James -dijo.
  Corrió Wentworth al lado de Kirkpatrick y miró hacia el largo "hall" principal pobremente iluminado. Hacia él avanzaron dos figuras, una cuyos hombros fornidos identificó en el acto como siendo los del detective Jesse James; la otra era una mujer.
--¿Por qué no usa las esposas, míster Jesse James? -preguntó ella-. Estaría más en consonancia con su profesión y acaso le evitara una acusación de favoritismo innecesario.
  Wentworth reconoció la vez; sus cejas se enarcaron. ¡Era Margie Hurón! Las piezas sueltas del rompecabezas no parecían corresponder unas con otras. Era evidente que no fue ella la que disparó ese pistoletazo contra Strauss...
  Recordó que, intencionalmente o no, fue ella quien ayudó a LeFevre a asesinar a sus dos secuaces. Ahora estaba más cerca, llegando al claro de luz de la única lamparilla que brillaba en el techo. Tomó en su mano derecha su menudo sombrerillo y sus cabellos como fuego cayeron sobre sus hombros. Con el sombrerillo en la mano hizo un movimiento para saludar.
-¿Cómo está usted, comisionado? ¡Cómo se halla mi viejo amigo, Dick Wentworth ?
  Los dos hombres quedaron callados, mirándola. Notó Wentworth que la habitual sonrisa del detective Jesse James había desaparecido de su cara, y que en su lugar mostraba un ceño fruncido.
-¿Qué ha ocurrido, señor comisionado? -preguntó respetuosamente-. Yo alcancé a ver a esta dama en momentos que salía por la puerta del frente y como sabía que por estos lados nada tenía que hacer, la conduje nuevamente aquí.
-¡Llévela abajo!  -ordenó Kirkpatrick.
-¿De modo que ahora golpean también a las mujeres? -protestó ella con desdén, aun cuando sin denotar estar impresionada. Su nariz se levantó con gesto altanero-. ¡Le advierto, comisionado, que mostraré en el tribuna cualquier lesión que pueda tener en el cuerpo de modo que hágamelas en alguna parte donde una dama como yo pueda mostrarlas sin ruborizarse!
  Wentworth echó a andar colocándose al lado de ella. La mano de James se apretaba todavía con fuerza en el brazo de la joven y una sonrisa plegaba las comisuras de sus labios. La actitud de Margie tenía sus significados. ¿Sería posible que esa joven mujer
pudiese ser una criminal? ¿Su rudeza sería mayor que todo cuanto Wentworth pudo haber imaginado? Recordó entonces que Nita debió haber estado siguiendo los pasos de Margie Hurón y se preguntaba si sería posible que ahora se encontrase en la parte externa del edificio. Vaciló por un momento y luego movió negativamente la cabeza.
  Si Margie Hurón se hubiese dado cuenta de que estaban siguiéndole los pasos, era más que seguro que, si llegaba a quedar nuevamente en libertad, jamás podrían saber por ella en qué parte se encontraba Ricey Charlton.
  Kirkpatrick empujó a la joven sin ningún miramiento hacia el polígono de tiro y ésta se detuvo, conteniendo una exclamación al ver el cuerpo inmóvil de Strauss sobre el piso. Luego rió.
-¿Tratando de engañarme, Kirkpatrick? -preguntó-. ¿Tratando de hacerme creer que usted mata la gente con su "tercer grado"? - Movió la cabeza hacia donde se encontraba Strauss y los tres se retiraron unos pasos al ver que ella avanzaba junto al cadáver. Todavía mostraba un aire de altanería en su porte, un desafío en la postura de su cabeza. Quedó parado junto a Strauss y lo movió con el pie.
-Vamos, Fritzie, levántate. Levántate antes que tenga que patearte con más fuerza.
  Su segundo esfuerzo movió el brazo de Strauss, que había tenido colocado sobre la cara. Se deslizó, cayó con ruido seco contra el piso y Margie dejo oír grito. Retrocedió unos pasos y se golpeó los muslos con sus puños. El detective Jesse James avanzó hacia ella, se arrodilló junto al muerto y volvió enseguida su cara contraída hacia la de Margie Hurón. La cabeza de la joven pelirroja empezó a moverse de uno a otro lado, sin que sus ojos se apartaran de los de él.
-Yo no fui quien lo hizo -murmuró-. No fui yo. Me escurrí justamente aquí después de seguir al comisionado desde el Gaillard Building. Se me ocurrió que tendría un motivo interesante para los periódicos acerca del "tercer grado". Honestamente, eso fue todo. ¡Juro que lo fue!
  La mano de Kirkpatrick se elevó lentamente hacia su bigote. Luego volvió la cara hacia Wentworth y movió ligeramennte sus hombros.
-Si ella no tenía una pistola... -empezó a decir.
-Tengo una -interpuso ella con rapidez-. No se imaginará que voy a moverme de uno a otro lado por los lugares a que me envía mi editor sin llevar conmigo una pistola. ¿Lo cree acaso así? Oh, señor... -agregó, y tendió sus muñecas-. Colóqueme las esposas, Jesse James.
  Kirkpatrick habló entonces con lentitud.
-Strauss estaba completado con ese criminal que se llama Insanity, Incorporated. Estaba a punto de darnos una valiosa información cuando alguien lo mató de un pistoletazo. En el acto nos pusimos a buscar quién pudo haber sido, pero no hallamos a nadie en el edificio. Usted salía corriendo desde la casa y ahora vemos que tiene una pistola. Me parece que será cosa de comparar el caño de su arma con la bala que mató a
Strauss. ¿Acaso usted estuvo haciendo fuego poco antes con el objeto de hacer un poco de práctica? No es así, miss Hurón?
  La cara de Margie Hurón había palidecido y era evidente el esfuerzo que estaba haciendo para denotar altanería y desdén.
-Justamente -dijo con claridad-. Pasé por el polígono de la calle cuarenta y dos y estuve haciendo ejercicios con todo un cargador, y el nuevo cargador que puse al arma tenía una cápsula picada. Es una completa abertura en mi contra, Kirkpatrick. Acaso el hombre del "stand" de la calle Cuarenta y Dos pueda recordar a una joven que utilizó
su propia arma. Espero que tenga buena memoria. De otra manera, la pequeña Margie puede dejar su pellejo en manos del verdugo. -Se golpeó el pecho con el puño, y-: Pero nosotros, los Hurón somos capaces de soportar tal cosa. Procedan si les parece. ¡Lo único que  espero es que los periódicos digan alguna buena cosa de mí...!
  El detective Jesse James se había puesto lentamente de pie. Sacó un par esposas de un bolsillo y las colocó en las muñecas de ella, que eran demasiado delgadas para poder quedar presas. Sonreía pero sin mayor entusiasmo. Richard Wentworth se dio cuenta en el acto que el detective estaba enamorado de la joven, pero, también, que no por eso iba a dejar de cumplir con su deber. Miró a Kirkpatrick como pidiéndole órdenes.
- ¿Debo conducirla a la comisaría o al departamento Central, señor? -preguntó con calma.
  Kirkpatrik meneó la cabeza.
-Sáquele las esposas y déjela marchar. Miss Hurón -agregó-, pase por el departamento Central y haga entrega de su pistola y de su permiso para portar armas. No llevaba encima una pistola 45, ¿no es cierto?
  Las manos de Margie Hurón temblaban un poco al abrir su bolso, de cuyo interior  extrajo una pistola 32.
-¿No sería lo mismo que ahora le hiciese  entrega a usted de esta pistola? Supongo que no seré yo la mujer-hombre que pensaba ser. -Tendió entonces sus muñecas al detective Jesse Jams.
-¿Qué le parece, amigo, un bocado y una taza de café para una joven que no se siente muy bien?
Asintió Kirkpatrick con un movimiento de cabeza, despidiendo a James, y una vez que hubieron partido se acercó al aparato de teléfono y dio instrucciones para que la joven fuese seguida día y noche.
--Además -agregó- designen a dos hombres con un poco de inteligencia para la tarea. Se trata de una muchacha que no tiene un pelo de tonta y ha de sospechar en cuanto comprenda que dos hombres tropiezan muy seguido en su camino.
-¿Quieres volver a comunicarte con el Departamento Central?  -preguntó entonces Wentworth-. Mira, Kirk -dijo-, podrías decir también que cualquiera sea la persona que siga a Margie, que acaso Nita pudiese estar siguiéndola también y que a ella mucho
le va a agradar que la alivien de la tarea.
  Kirkpatrick lo miró fijamente por unos instantes, y:
-¿Entonces, la presencia de Margie en tu caso no fue una cosa tan inocente como tú lo explicaste a James?
  Wentworth se encogió de hombros.
-Es que ella era de mucha mayor utilidad estando libre que encerrada. Yo ando buscando a Ricey Charlton y hay que tener presente que ella es su amiga.
  Mientras Kirkpatrick telefoneaba por segunda vez, el sargento que atendió le interrumpió sus órdenes, dándole noticias del nuevo desastre. Un ataque de locura repentina había atacado a un hombre entre la muchedumbre que se retiraba de los teatros y en momentos que se hallaba en una plataforma apiñada del subterráneo. Que antes de haber podido ser dominado había arrojado a nueve personas sobre los rieles en momenttos que llegaba un tren expreso. En Broadway, un hombre que piloteaba una
"limousine" potente, había arremetido a toda velocidad contra las aceras atestadas de gente, derribando casi a un centenar de personas antes que la máquina quedara imposibilitada de seguir marchando. Ni aun así el sujeto parecía haber quedado contento, y se había puesto a golpear a su alrededor con una pesada palanqueta hasta que un policía se vio obligado a matarlo de un tiro de pistola. Su nombre era Francis
Fay, un hombre adinerado; en su bolsillo habíase encontrado una nota amenazante de la  Insanity, Inc.... Wentworth y Kirkpatrick quedaron mirándose uno a1 otro con una sensación de creciente temor.
.-Iré a buscar sin demora a Nita -dijo Wentworth y le pareció que su propia voz tenía un acento curioso. Hizo Kirkpatric un gesto de asentimiento y juntos salieron a la calle. Encontraron el restaurante en el que Jesse James y Margie Hurón habían ido a efugiarse pero por allí no se veía el menor rastro de Nita. Una sensación de alarma fue la que experimentó Wentworth entonces. Ya se había hecho una tentativa contra la mujer a la que adoraba. LeFevre no habría de quedar satisfecho con el horror que ya causara en la casa del Araña.
  Sin pérdida de tiempo, se acercó Wentworth .a un aparato de teléfono, pero no tuvo contestación al llamado que hizo al departamento de Nita en Riverside Towers. Con la cara llena de grave ansiedad se volvió hacia Kirkpatrick.
-Ha debido tomar alguna nueva pista -dijo derechamente-.Acaso encontró a alguien cuyo seguimiento creyó podría ser de mayores beneficios.
-Sí, ciertamente -dijo  Kirkpatrick-. Eso debe ser.
  Al salir del restaurante, ambos hombres iban con la cara grave. Una sensación de terror flotaba en el ambiente. Privado de todos sus ayudantes de un solo golpe, y ahora Nita...
  Un juramento subió a los labios de Wentworth. ¡Era menester dar con Le-Fevre y acabar con sus fechorías antes de que fuese demasiado tarde! El sabría dar con ese hombre... y cuando se encontrasen... el encuentro sería...

CAPITULO IV
HUELLA DE LOCURAS

En el Departamento Central de Policía sugirió Wentworth de inmediato varios métodos para poder dar con Le-Fevre. Ningún francés y mucho menos un hombre de sus condiciones, podría desenvolverse sion tener buenos “tragos”. Su "dossier" de la Sureté
de París hacía saber que era hombre aficionado a los cigarros, la buena ropa, la bebida y las mujeres. La policía podría llevar todo el peso de su busca contra Charlton, despachando hombres de toda confianza a la guardia de cada sujeto del hampa y abogados defensores de delincuentes, con la advertencia de si alguno de ellos ocultaba a Charltorn sus benefactores serían los que sufrirían más. Los hombres de Kirkpatrick no
debían mostrarse blandos al hacer el aviso. Sería necesario vigilar a cada una de las personas que tuviese vinculación o amistad con Charlton.
  LeFevre había entrado al país de forma ilegal, valiéndose probablemente de un pasaporte falso y esto hacía que también los hombres del gobierno se encargaran de averiguar cómo fue su acceso. Wentworth no confiaba que alguna de esas medidas pudiese tener como resultado el atrapamiento de LeFevre, pero ciertamente habrían de hacer más dificultosa la situación del delincuente francés.
  LeFevre se vería dificultado en todas las esteras de sus actividades y su rabia habría de llevarle acaso a algún exceso que facilitara su descubrimiento.
  Y Wentworth estaba dispuesto cuando llegara dicho momento su intervención habría de ser como él solo podía desearla.
  Hora avanzada era ya cuando Wentworth regresó a su casa. La vaciedad del departamento pareció impresionarle y el desorden reinante le resultó una burla. Directamente se encaminó al gimnasio y eligió un sable Ferrara de larga y filosa hoja. La dobló, palpó la empuñadura, la soltó, y luego se puso a hacer unos cuantos movimientos de esgrima. Junto a su boca, podía notarse una contracción significativa, ¡Oh, Dios! sí, él habría de dar a LeFevre la oportunidad para que estallara de rabia, y
el hombre, entonces, cayese como el quería verlo caer....!
  Había avanzado bastante la mañana cuando se oyó sonar la campaniñlla del teléfono sacando a Wentworth de su sueño forzado. Cuando su mano tocó el instrumento, se encontraba despierto.
-¡Nita! -exclamó, cuando la voz de ella se oyó por el hilo, suave y rápida.
  No dijo nada más, porque el tono de la voz de ella era de advertencia.
-Al llegar a la Academia de Policía-dijo- abandoné el rastro de Margie para ponerme a seguir a un hombre al que vi salir del edificio antes que ella. Los vi hablar, y luego él echó a correr. Era Garlton. Yo estoy... - Calló de pronto con una risotada, y su voz se hizo borrosa como si hubiese estado bebiendo-. Ciertamente, que lo conozco el] propio Ricey Charlton. La última vez que nos vimos estaba... a menos de tres cuadras de aquí, en el club. No sabía que pudiese tener un departamento tan lindo como éste. ¿Desde cuando se permite que sujetos así estén en el San...? - El teléfono quedó interrumpido, automáticamente Wentworth se comunicó con la operadora y pidió que tratase de dar con el origen del llamado.
  Nita había sido interrumpida en su telefoneada, y con su mente astuta había sabido encontrar una manera de hacerle llegar un aviso. Únicamente la intervención de Charlton, la interrupción de la comunicación, fue lo que pudo impedírselo. Bueno, a tres cuadras del club de Charlton, en una casa de departamentos de primera clase, cuyo nombre empezaba "San"... "San" qué, ¿San Salvador? ¿Santa Clara?
  Mientras esperaba la comunicación, se puso Wentworth a volver las páginas de la guía telefónica, leyendo la lista de las casas de departamentos. Maldijo ¡el temblor de su mano. ¡Si Charlton .había podido adivinar la treta de Nita, su amada debía encontrarse en serio peligro! Y acaso Charlton resolviese abandonar de inmediato el departamento.
¿Hasta dónde podría llegar la inteligencia de Charlton? Wentworth se dijo que bien podía suponérsele bastante listo.Había podido darse cuenta que llegaba el término de la ley prohibicionista contra los alcoholes y de inmediato suspendió sus actividades antes que cualquier otro de los "racketeers".
  La operadora telefónica anunció:
-El llamado, señor, fue hecho desde un, teléfono con marcador a dial. Siento que no nos sea posible dar con su origen.
  Antes que la telefonista hubiese podido terminar su mensaje, Wentworth se alejaba del aparato y estaba vientiéndose. Su viaje a través de la ciudad en su coche Hispano-Suizo, pasó por alto varias reglamentaciones de tránsito y cinco minutos después se encontraba en las cercanías del club. Calculó tres cuadras en cada dirección a partir del lugar y empezó sus averiguaciones. Al llegar a cada casa de departamento detenía la marcha lo suficiente como para poder leer el nombre de la placa. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el llamado de Nita?
  Sus frenos chirriaron y el largo capot del Hispano se sacudió; sus ojos encontraron mirando a una casa de departamentos que podía permitirse el lujo de dos porteros. Esa era la clase de lugar, con su barata imitación de estilo oriental, que habría de haber elegido Charlton. Se llamaba... "Sandalton”. Las gomas del automóvil rozaron el cordón de la acera, y antes de haber  cesado de girar, Wentworth caminaba ; ya por la acera en dirección a la entrada . Uno de los porteros galonados llevó silbato a los labios, y en el acto Wentworth se corrió hacia la derecha, arrojándose  deliberadamente al suelo y dejándose rodar. ¡El primer sonido del silbato se quedó ahogado por el tableteo de una
ametralladora...!
  Rápido, como lo fuera Wentworth, el proyectil fue a golpear contra el pavimento a pulgadas escasas de donde su cuerpo rodaba. Alcanzó a ver, a corto trecho, un tramo de escalones, y haciendo un rápido movimiento con siguió deslizarse de cabeza hacia esa
protección de concreto. No fue hasta entonces cuando sacó sus pistolas. Su cara estaba contraída, severa, no por temor de sí mismo, sino por lo que significaba la emboscada.
Sí, evidentemente, Charlton había podido interpreta las palabras de Rita y había sabido, ya fuese a causa identidad de ella o acaso porque lograra averiguar a qué parte llamara, con qué persona pudo haber estado hablando. Nita no estaba ahora allí. De eso estaba seguro, y sus captores  habrían de pagar su penalidad.
  Los fogonazos de los disparos de la ametralladora habían salido desde la ventana de un segundo piso de la acera de enfrente. Wentworth apuntó deliberadamente sus pistolas. Dos disparos fueron necesarios antes que quedara silenciada el arma enemiga, y en un instante Wentworth estuvo de nuevo en la acera y corría hacia los portales del Sandalton. El portero, que con su silbato diera la señal para el ataque, giró sobre sus talones y echó a correr, pero Wentworth consiguió alcanzar a golpearlo con el caño de su arma, derribándolo., Este hombre se había merecido la muerte, acaso pudiera conseguir algo de él, si es que pudiera hablar libremente ante las órdenes del Araña...
  El muchacho del ascensor trató de cerrar la puerta, pero un disparo de advertencia, cuyo proyectil pasó zumbando muy próximo a su cabeza, bastó para hacerlo cambiar de idea.
-¡Al departamento de Charlton! -ordenó Wentworth-. ¡Me esperan!
  El muchacho no pudo entrecerrar los ojos. Su cuerpo empezó a temblar. Cuando hubo abierto la portezuela, Wentworth lo empujó hacia delante y ambos caminaron lentamente hacia una puerta. En el momento en que se aproximaban a ella, la puerta se abrió y desde el interior partió una descarga.
  Imposible decir cuántas armas hicieron fuego. Los proyectiles partían unos tras otros, mortíferos, impresionantes. Los proyectiles interrumpieron el grito que subió a la garganta del muchacho del ascensor, haciéndolo retroceder contra el pecho de Wentworth y reteniéndolo allí, tembloroso, bajo los impactos que horadaban su cuerpo.
 El Araña sintió el escozor de una bala que después de atravesar el espesor de su escudo humano, cayó al suelo. Él no había recibido ninguna herida. Probablemente ese último disparo no había sido sino desviado de su trayectoria...
  En la oscuridad de más allá de la puerta abierta, alcanzó Wentworth a ve un fogonazo y su pistola vomitó bala, en esa dirección. La oscuridad volvió a imponerse. Hizo fuego dos veces con su automática y las luces se apagaron en el "hall" Después de ese momento un silencio de muerte reinó en el edificio. El silencio se prolongó por varios minutos, y luego, desde la puerta abierta de la pieza, tres armas hicieron fuego casi al mismo tiempo.
  Wentworth suspendió su fuego aunque no por razones de seguridad. El hombre que pudiera disparar con certeza en la oscuridad, apuntando nada más que a un fogonazo, era una cosa rara, porque tales disparos no podrían hacerse sino con una mano muy segura y habituada; y un conocimiento tal no se obtiene sino después de muchas horas de práctica. Wentworth era hombre de matar con una rapidez única en lo más oscuro de la noche, pero se abstuvo de hacer fuego.
  Poco después levantó su arma como para disparar, -pero no lo hizo. No tenía para ello ninguna razón. Se sentía impaciente de sí mismo y levantó su automática para esperar que el próximo fogonazo le diera una indicación del blanco. Y cuando apareció el fogonazo tampoco hizo fuego. Gotas de sudor aparecieron de pronto sobre su frente.
-¡Nita...! -dijeron sus labios.
  No hubo ninguna respuesta sino una lluvia de plomo, algunos de cuyos proyectiles se hundieron en el cuerpo detrás del cual se encontraba. Sus labios se contrajeron en un gesto amargura. Silenciosamente volvió a cargar su casi agotada pistola; luego se arrastró de vientre sobre el piso. En el interior de esa pieza se encontraban sus enemigos, enemigos que debían morir, pero no eran ellos los que lo obligaron a suspender sus descargas... Por. encima de su cabeza, los proyectiles continuaban silbando de vez en cuando. Se oyó que un hombre decía a otro por lo bajo.
 -¿Crees que lo volteamos, Pete?
-Ese hombre -dijo otro- tiene más vidas que un gato. Quisiera que tuviésemos una luz.
 
Volvió a reinar un silencio mientras Wentworth continuaba arrastrándose, pulgada por pulgada hacia adelante, avanzando en línea recta a través de la puerta en dirección a la pared opuesta de la pieza y hacia un lugar situado directamente detrás de la puerta. Ese
era el lugar donde sus balas habrían chocados si él hubiese hecho fuego...
  Volvió a oír una voz:
-¿Y la dama? ¿Debo sacarla del medio?
-Yo soy el que manda aquí -contestó otra voz-. ¡Cierra la boca!
  Wentworth se mantuvo inmóvil; un escalofrío le corría por la espalda. Esos hombres tenían presa a una mujer ahí. Una gran ansiedad se apoderó de él. Continuó avanzando un trecho, tendiendo las manos por delante para palpar. Un instante después tocaban algo blando y que cedía, aun cuando inerte a presión, y por un instante contuvo el aliento . Volvió a moverse, identificó la tela basta de un traje de hombre y palpó
luego la sangre pegajosa. Únicamente había hecho un disparo, pero su bala bastó para sembrar la muerte. Pero, la mujer prisionera, ¿en qué parte se encontraba? ¿Quién era?
  Avanzó Wentworth más allá de donde estaba el muerto y su mano tocó un tobillo delgado recubierto con media de seda. Experimentó un temblor al tocar una pierna y soltó la mano; primeramente se puso con todo cuidado de rodillas, se paró después mientras sus manos recorrían el cuerpo de la mujer tratando de encontrar sus ligaduras. Tenía cuerdas en torno de sus muñecas y brazos, en torno de su garganta, manteniéndola rígida contra la puerta medio abierta. Palpó una mordaza...
  Sus dedos rozaron sus cabellos y un sacudimiento recorrió todo su cuerpo. Cabellos como ésos, tan suaves y sedosos. Se irguió un poco hasta que su labios tocaron la oreja de ella. Temblaba también, temblaba ante la inmensidad de su descubrimiento, ante el horror de la cosa que casi pudo haber ocurrido en la oscuridad y que únicamente pudo impedir algún extraño vínculo psíquico...
  -¡Soy Dick, Nita, amor mío! -murmuró lo más bajo que pudo, y alcanzó a oír su aliento con una sensación de alivio.
- ¡Ea! ¡Pete! ¿No oíste algo? -preguntó por lo bajo uno de los hombres.
-¡Sí! ¡Pero calla, hombre! -replicó el otro-. Enciende tu linterna y echa un vistazo por el hall. Alguien pudo habernos oído desde la calle y dado aviso a la policía.
  El cortaplumas de Wentworth seccionó cuerda tras cuerda, pero su mano tuvo buen cuidado de evitar que cayeran al suelo. Por último quitó la mordaza, condujo muy quedamente a Nita al closet, a cuya puerta estuviera amarrada. Se sentía vibrar por el temor y la ansiedad. ¡Él había estado muy próximo... a matar a Nita... desde la oscuridad en que había echo fuego!
  No podía haber dudas al respecto. El hombre de la calle no tuvo intenciones de matarlo con las balas de su ametralladora. Ahora se daba cuenta, porque el silbato del portero fue demasiado evidente, demasiado obvio. Ni tampoco estaba calculado que él muriese ahí en el hall hasta que sus balas no hubiesen muerto antes a Nita.
  Era ella la carta-triunfo de sus enemigos. Sin el menor asomo de duda sabía ahora que si ellos habían fallado ahí en el hall no matándolo, habrían encendido una luz sobre Nita y pensando asesinarlo luego a él mientras que, horrorizado de espanto, él hubiese estado mirando el cuerpo sin vida de la mujer a quien adoraba. Esos hombres, como lo notaba, habían colocado a un hombre para que hiciese fuego desde atrás de la puerta a la que ella estaba amarrada, de modo que él pudiese tener un buen blanco. Pero su pericia había resultado buena a pesar de todo. Cuando partió su disparo el proyectil fue a hundirse en el cuerpo del asesino, apenas a unas cuantas pulgadas de lo que habría significado la muerte de Nita.

 Wentworth sintió que pensó antes estas cosas, porque sus sentidos se hallaban alerta en los hombres que se hallaban en la pieza. Aun cuando acababa de sacar a Nita de su posición peligrosa. No existía medios para...
  Una luz de linterna brilló en el hall; el hombre llamado Pete, tal como se ordenara, acababa de salir a investigar. La luz reveló el cadáver del muchacho del ascensor, pero nada más. Con un grito ahogado varios hombres corrieron hacia la puerta, cinco en total, en un grupo apretado.
Nita
  Wentworth colocó a Nita por detrás suyo en el interior del closet y sus manos blandieron sus mortales pistolas. Y luego, de su boca salió esa risotada singular, de mofa, que muchos hombres había oído antes de ahora, poco antes de la hora de su muerte.... ¡esa risotada era la de el Araña!
  Los hombres agrupados se volvieron helados de terror y las pistolas de el Araña comenzaron a hacer fuego con ritmo mortal. Todo quedó terminado en un instante, en el tiempo necesario para que las pistolas de Wentworth disparasen cinco  mortíferos disparos. Únicamente uno de los cinco asesinos alcanzó a contestar un ataque. La linterna voló por el aire, iluminando con su luz la agonía de cinco hombres antes de ir a estrellarse contra la pared y dejar todo sumido nuevamente en la oscuridad. Cargó Wentworth a Nita en sus brazos y abandonó el edificio. Se hallarían a unas tres cuadras de distancia cuando recordó que habría sido mucho mejor haber dejado que cuando menos uno de los hombres hubiese seguido viviendo un tiempo más. Los muertos... no pueden hablar...
  A pesar de todo, Wentworth se sentía animado en el viaje de regreso a su casa de departamentos. Acababa de asestar un rudo golpe a su enemigo y Nita volvía a encontrarse sana y salva. Juntos pusieron un poco de orden en las cosas y Nita se rehusó a quedarse sentada y dejar que él solo fuese el que trabajase.
-Para ti-dijo ella con una sonrisa- fue una situación más grave que para mí. Todo cuanto tenía que hacer era morir... -los ojos violetas de Nita se fijaron por unos instantes en los acerados de su amado-. ¿Por qué fue, Dick, que no hiciste más que ese disparo al principio?
  Sonrió Wentworth ligeramente y la tomó en sus brazos.
-Había recibido tu mensaje -le dijo-. ¡Y Ram Singh ha dicho que nuestro “karma” es el mismo, que tu alma y la mía es una sola!
-Eso es una tontería -repuso Nita, sonriéndose-. Es que seguramente llegaste a suponer que pudo haber una razón por la cual ellos abrieron tanto la puerta que no fuese únicamente para poder hacerte fuego.
  Encogióse Wentworth de hombros y, ante su insistencia, se sentó en una silla mientras ella se movía de uno a otro lado por la pequeña cocina. Un deseo surgió en su interior, pero supo dominarlo. A no dudarlo, todo eso sucedió mucho tiempo atrás. El Araña no podía casarse. ¿Cómo podría ser un matrimonio sin hijos? ¿Y como sería posible que a un hombre en constante peligro de su vida, expusiese a sus seres queridos a una desgracia abrumadora?... Wentworth sacudió sus hombros, pero sus ojos siguieron la grácil silueta de Nita mientras ella continuaba haciendo su trabajo. Ella volvió sus ojos hacia él y luego meneó la cabeza.
-Dudo Dick, que tú te sintieras satisfecho viviendo en un “cottage” de dos personas. Tendrías que afeitarte solo y arreglarte tus ropas y...
-No te mofes de mí, Nita-repuso él, con un poco de mayor gravedad que de costumbre.
  Desapareció la sonrisa de ella, y luego se volvió