El Santo
No os confundais con el Santo que conoceis: Moore o Klimer. No tienen nada que ver con este "antiheroe" de los pulp. Simon Templar, El Santo, es a menudo conocido como el 'Robin Hood del Crimen Moderno.' Aparece en alrededor de 100 libros, traducidos a múltiples idiomas, en films, televisión, programas de radio, libros en cinta de audio, y tiras de comics.
Esencialmente, el Santo es un aventurero. Leslie Charteris nunca nos reveló los detalles sobre el nacimiento o infancia de Simon Templar. Templar es rico, pero no sabemos si su riqueza proviene de una herencia, o como resultado de sus 'aventuras'. Simon le pide a la vida que no le deje aburrirse: busca emociones constantemente, y es, sobre todo, un rebelde, un tipo que hace las cosas a su manera y al que le gusta provocar. Leslie Charteris lo define así en THE SAINT CLOSES THE CASE (1930):No le ocurrían las aventuras porque las buscase, sino porque las esperaba descaradamente. Creía que la vida estaba llena de aventuras y se lanzaba hacia adelante, arrebatado por el incendio y el oleaje de esa fe. Se ha dicho de un hombre, que se parecía mucho a Simon Templar, que "había nacido con el sonido de las trompetas en sus orejas"; eso mismo podía haberse dicho de El Santo, porque él también, como Miguel Paladino, había escuchado el trompeteo; siempre se había movido por los ecos de las trompetas, con un estruendo tal de romance, que uno de sus amigos se había sentido llamado a calificarlo de «el último héroe». En cierta ocasión se sintió empujado a rezar, como quien repite una cita absurda: -«¡Líbranos, Señor, de la batalla, del asesinato, de la muerte repentina!» ¿Cómo es posible que un hombre en el que palpita la vida pida semejante cosa?-comentó El Santo-. Pero ¡si son la carne y la bebida.... si son las cosas que hacen que la vida merezca vivirse! «¡Buen Señor, metedme hasta el cuello dentro del combate, del asesinato, de la muerte repentina! Eso es lo que yo os pido ...» Así hablaba El Santo, hombre de magníficas temeridades, extraños heroísmos e ideales imposibles. Y siguió por ese camino para demostrar, como pocos de su época lo han hecho, que un hombre inspirado puede ser un matasiete de capa y garrota, tanto como cualquier caballero de historia con capa y espada, y que puede existir la misma caballería en la firmeza de una risa moderna, que la que pudo haber en la firmeza de una lanza medieval...
Simon lucha del lado de la justicia, pero no del de la ley. No le gusta demasiado la policía, porque piensa que no sirven para gran cosa. En THE SAINT CLOSES THE CASE, y su secuela THE AVENGING SAINT, Templar y su 'banda' se arriesgan a la horca, a la prisión y a un auto-impuesto exilio para evitar que el Gobierno Británico desarrolle un arma apocalíptica, y avisar a los demás gobiernos que no sigan su ejemplo. Como veréis, le importa un bledo lo dificil que sea un asunto, Simon no pierde el humor ni los nervios, y la raya de sus pantalones se mantiene impecable.
Pero no nos engañemos, porque Simon Templar es un frío asesino, que no duda en matar a quien crea que lo merezca. Es una especie de precedente de todos esos Castigadores, Ejecutores, Vengadores, solo que con una diferencia importantísima: Simon Templar es un cachondo mental. Le encanta reirse de la gente, de la vida, y hasta de sí mismo.
En "The Saint in New York", El Santo entra en la boca del lobo por propia voluntad. Está prisionero de los hampones, desarmado y solo, cuando le presentan al jefe maloso: -Buenas noches -dijo el Santo.
Nadie contestó en la habitación. Ualino sumergió un pincel en una botella minúscula y pasó una delgada capa de líquido sobre la uña de su dedo meñique. Un diamante del tamaño de una habichuela relució en su anillo cuando inspeccionó a la luz su tarea manual. Tapó la botella y agitó su delicada mano a un lado y otro para secar el esmalte, mientras sus ojos oscuros inspeccionaban al Santo.
-Quería echarle un vistazo.
Simon sonrió.
-Eso nos complace a ambos. Yo quería echarle un vistazo a usted. Oí decir que era usted la Bella de Nueva York, y quería saber cómo lo conseguía. -La ingenuidad de la sonrisa del Santo era deslumbrante- Deberá darme la dirección del hombre que le ondula el cabello, Morrie. ¿Pero está seguro de que después del último tratamiento le quitaron todo el barro de la cara?
Se produjo una odiosa quietud opresiva en el cuarto, una quietud que surgía de la incredulidad y la estupefacción. En la memoria de los presentes nunca había ocurrido una cosa como ésa. En aquel silencio expansivo y sin aire, el menor toque febril de la imaginación habría hecho audible el leve susurro de las orejas que se orientaban de un lado a otro, como palmeras en la brisa, procurando captar de nuevo las increíbles vibraciones que las habían asombrado. Los rostros de los dos jugadores de pinacle giraron lentamente, con la expresión desconcertada de hombres que hubieran sido inesperadamente golpeados con instrumentos romos y se preguntaban aún qué era lo que les había tocado.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Ualino, palideciendo.
-Sólo estaba buscando algunos consejos de belleza -respondió amablemente el Santo-. ¿Sabe que me recuerda mucho a Papulos? Sólo que él no ha conseguido esas cejas a lo Dietrich que tiene usted.
Ualino se alisó una hebra de cabello a un costado de su cabeza.
-Venga aquí -dijo.
No cabía realmente duda sobre la obediencia del Santo. Como respondiendo a una orden implícita, cada uno de los gorilas que se encontraban a sus costados le apresó por una muñeca. Sus brazos fueron retorcidos a la espalda y se vio empujado hacia la mesa; mientras, Ualino hizo girar la silla y le contempló.
-¿Ha oído hablar de la caja caliente? -preguntó Ualino, con voz suave.
Contra su voluntad, el Santo notó un desagradable escalofrío. Porque había oído hablar de la caja caliente el último y más horrible producto del diabólico ingenio del mundo de los gángsters. El propio Al Capone había sido considerado como su inventor, ya que fue su respuesta a los tres audaces mosqueteros que dirigían el negocio de los secuestros en la época en que otros forajidos, que carecían de todo respaldo por parte de la ley eran prácticamente las únicas víctimas; y Red McLaulin, que dirigió aquella histórica incursión hasta el corazón del País del Hampa, y que obtuvo cientos de miles de dólares por el rescate de los lugartenientes de Capone y estuvo al borde de secuestrar al propio Scarface, murió con esa muerte terrible. Un dedo helado pareció tocar por un segundo la espina dorsal del Santo, y después desapareció, dejando su trazo glacial sólo en el azul de sus ojos.
-Sí -contestó el Santo-. He oído hablar de ella. ¿La está preparando para Viola Inselheim?
Otra vez un silencio opresivo invadió la habitación. Durante diez segundos nadie se movió excepto Ualino, cuya mano acicalada seguía alisando mecánicamente su pelo.
-Así que también sabe eso -murmuró finalmente.
El Santo asintió. Su rostro era inexpresivo, pero había oído la última palabra de confirmación que necesitaba. Su inspiración había sido correcta y su simple estratagema le había reportado lo que quería. Dejándose llevar ante Ualino como prisionero indefenso, ya vencido, se le había mostrado un refugio que de otra manera no habría podido encontrar, y que Fernack y sus funcionarios podían haber buscado durante semanas en vano.
-Claro que lo sé -replicó el Santo-. ¿Por qué, si no, cree que he dejado que sus gorilas amaestrados me trajeran hasta aquí? No hay otro atractivo en el lugar, excepto esa conversación sobre cremas para el cutis que usted y yo vamos a tener.
-Está chiflado -explicó vagamente uno de los guardianes, como si quisiera prestar una ayuda a su propia cordura amenazada.
Simon sonrió y miró hacia la ventana abierta. Por allí podía ver el borde del tejado sobre el rectángulo de la oscuridad, y el metal curvado de la tubería que recibía un rayo de luz desde la lamparilla de la mesa. Desde el alféizar estaría fácilmente al alcance, y el resto quedaría en manos de los caprichosos dioses de la aventura... Descubrió entonces que su mirada regresaba con tranquila curiosidad, incluso en aquel momento terrible, a la muchacha que debía ser Fay Edwards. Podía verla por encima del hombro de Ualino, mirándole fijamente, pero nada pudo leer en sus ojos ambarinos.
Ualino bajó la mano que acariciaba sus cabellos e introdujo el pulgar en un bolsillo de su chaleco. Parecía estar jugando con un frasco de malicia sádica, como el niño que juega con una pelota por última vez.
-¿Y qué pensaba hacer al llegar aquí? -preguntó, y la mirada del Santo volvió a su cara, con toda la frialdad del hielo antártico.
-Vine aquí a matarle, Ualino -respondió serenamente el Santo.
Uno de los jugadores de pinacle movió una pierna, y un naipe se deslizó por el sofá y cayó al suelo con un ligero ruido que resonó como un redoble de tambor en aquel vacío. Un silencio paralizante llenó el aire, un silencio que no se parecía a los de antes. Era una quietud que iba más allá de los límites de lo increíble, una inmovilidad inconcebible en la que incluso la incredulidad parecía embotada y paralizada. Surgía de las casi extintas vibraciones de la suave voz del Santo y rebotaba en las paredes como una carga de electricidad estática. Los ojos azules del Santo miraban a través de ella con una burla inclemente hecha de duro acero. No pudo durar más de uno o dos segundos -su tremenda tensión era intolerable- pero durante ese tiempo nadie podría haberla interrumpido. Y aquella voz tranquila y suave siguió hablando, con terrible suavidad y simplicidad, reteniendo a todos con una despiadada energía que no podían ni comenzar a comprender.
-Soy el Santo, y tengo mi justicia. Esta tarde murió Jack Irboll, como lo prometí. Soy algo más que la ley, Ualino, y no tengo a mi lado jueces corruptos. Esta noche, usted morirá.
Ualino se incorporó. Sus ojos oscuros contemplaron los del Santo con un fulgor verdoso.
-¡Te crees muy listo! -exclamó con veneno en la voz, y luego disparó su puño contra la cara del Santo.
¡La cabeza del Santo se inclinó a un lado, y la manga de Ualino rozó su mejilla al pasar el golpe de largo. Un momento después, la mano derecha del Santo tocó el mango de su cuchillo y lo sacó de su funda. Con ambos brazos retorcidos a la espalda, no le resultó más difícil que si su mano y su muñeca hubieran estado delante de él. Los ojos de Ualino brillaron con furia repentina cuando su puño sólo encontró el aire sin resistencia.
Hizo retroceder su brazo y pegó de nuevo, y entonces pareció ocurrir un milagro.
El hombre que estaba a la derecha del Santo notó que una lanza de fuego atravesaba los tendones de su muñeca y que toda la fuerza se escapaba de sus dedos. Contempló estúpidamente el chorro de sangre que surgía de sus arterias cortadas, y mientras miraba, algo centelleó en su visión como un chorro de mercurio y oyó gritar a Ualino.
Eso fue todo lo que alguien pudo ver o comprender. De alguna manera, y sin lucha, el Santo estaba libre y una hoja de acero brillaba en su mano. Describió un arco terrible hacía arriba y Ualino se llevó ambas manos al estómago y sus rodillas se doblaron, mientras una marea carmesí escapaba entre sus dedos... Nadie más tuvo tiempo de moverse. La rapidez asombrosa de lo ocurrido paralizó hasta los procesos más instintivos del pensamiento; con la misma facilidad se hubiera podido combatir al relámpago... Y entonces el cuchillo se disparó hacia arriba y su mango golpeó la bombilla eléctrica sobre la mesa y provocó una total oscuridad con una explosión semejante a un disparo.
Simon saltó hacia la ventana.
Una mano tocó su brazo, y su cuchillo retrocedió otra vez, dispuesto a actuar de nuevo. Y luego, con un repentino esfuerzo, el Santo detuvo ese golpe a mitad del vuelo...
Porque la mano no hizo la menor presión. Deteniéndose en la negra oscuridad, entre los gritos y las maldiciones de los hombres furiosos que le rodeaban, la nariz del Santo captó un leve hálito de perfume. Algo frío y metálico tocó su mano, instintivamente sus dedos lo rodearon y reconocieron la culata de una automática.
Después, el leve contacto en la manga cesó y, con el arma entre los dientes, el Santo saltó hasta el alféizar y se remontó en el espacio exterior
Como veréis, los tiene bien puestos... Y no sólo se carga a los malos, sino que además se ríe de ellos.Despues, el Santo ha vuelto a aprecer en la tele. Ian Ogilvy realizó 24 episodios en color, en la serie de 1979 THE RETURN OF THE SAINT.
Este es el Santo que nació y creció en los Pulps: otro justiciero que iba a su aire, excepcionalmente pulcro y bromista, pero la mayoría e la gente lo asocia irremediablemente con la serie de Televisión de Roger Moore. Estas series fueron hechas por ITV en Inglaterra, entre 1962 y 1969, y consistieron en 71 episodios en Blanco y negro y 47 en Color.
Dos episodios de dos partes, THE FICTION MAKERS y VENDETTA FOR THE SAINT serían después editados y estrenados en los cines de casi todo el mundo.
El australiano Andrew Clarke realizó un capítulo piloto, THE SAINT IN MANHATTAN en 1987 pero la cosa no convenció. Simon Dutton asumió el halo para 6 seis films televisivos en 1989.
El último en encarnarlo ha sido Val Kilmer en el film de 1997 THE SAINT, con la siempre apetecible Elisabeth Sue, dirigida por el australiano Philip Noyce.
En cuanto a la pantalla grande, entre 1938 y 1954, la RKO Pictures hizo 9 películas del Santo, con 3 actores distintos: Louis Hayward, George Sanders y Hugh Sinclair.
En 1960 y 1966, Se hicieron dos films franceses sobre el Santo, con Felix Marten y Jean Marais interpretando a Simon Templar.
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