El beso de Zoraida, por Clark Ashton Smith
Con una mirada de reojo a los degradados suburbios de Damasco, y a la calle, poblada únicamente por las largas y vagas sombras de la luna creciente, Selim se dejó caer desde el alto muro, hacia el suelo alfombrado de pétalos y lilas en flor del jardín de Abdur Ali. La noche era tórrida, y el aire estaba cargado con el destilado aroma de un voluptuoso perfume. Aunque se hubiera encontrado en algún otro jardín, en otra ciudad, Selim habría sido incapaz de aspirar aquel perfume sin pensar en Zoraida, la joven esposa de Abdur Ali. Atardecer tras atardecer, durante las pasadas noches, en ausencia de su señor y amo, se habían encontrado entre las lilas, hasta que él había llegado a asociar aquella fragancia con el olor del pelo de ella, o el sabor de sus labios.
El jardín estaba en silencio, excepto por el argentino borbotear de la fuente; ni hojas ni pétalos se agitaban en la suave quietud. Abdur Ali había partido hacia Aleppo para un asunto urgente y no se esperaba su regreso hasta dentro de algunos días; de modo que el tibio sentimiento de expectación que Selim sentía, estaba desprovisto de cualquier sensación de peligro. Todo el asunto, incluso desde el principio, había sido tan seguro como este tipo de cosas puedan llegar a ser: Zoraida era la esposa de Abdur Ali, así que no existían otras mujeres, celosas, que la denunciaran a su señor común; y los sirvientes y eunucos de la mansión, al igual que Zoraida, odiaban al severo y anciano mercader de joyas. Incluso había sido innecesario sobornarles para ganar su complicidad. Tanto las circunstancias como las personas habían ayudado a facilitar aquel amor. De hecho, todo era demasiado sencillo; y Selim estaba comenzando a cansarse un poco de este jardín, excesivamente aromático, y de las empalagosas atenciones de Zoraida. Quizás no regresaría de nuevo tras esta noche, o la noche siguiente. . . . Habría otras mujeres, no menos bellas que la mujer del joyero, a quienes aún no había besado . . . o al menos, no a todas ellas.
Caminó hacia delante, entre los arbustos cargados de flores. ¿Había una figura oculta en las sombras, cerca de la fuente? La figura era borrosa, y vagamente confusa, pero debía ser Zoraida. Nunca había dejado de encontrarse allí con él, siempre era la primera en acudir a la cita. En ocasiones, ella le había llevado al interior del lujurioso harem; y a veces, en noches cálidas como aquella, habían pasado sus largas horas de pasión bajo las estrellas, entre las lilas y almendros en flor.
Mientras Selim se aproximaba, se preguntó por qué ella no se adelantaba a recibirle, como era su costumbre. Quizás ella aún no le había visto. Llamó suavemente: "¡Zoraida!"
La expectante figura emergió de las sombras. No era Zoraida, sino Abdur Ali. los débiles rayos de la luna destelleaban en el romo cañón de hierro y las brillantes engarzaduras plateadas de un pistolón, que el viejo mercader sostenía en su mano.
"¿Deseais ver a Zoraida?" El tono era áspero, metálicamente amargo.
Selim, como mínimo, se quedó perplejo. Parecía evidente que su aventura con Zoraida había sido descubierta, y que Abdur Ali había regresado de Aleppo antes del tiempo acordado con el fin de cogerles en una trampa. La situación se antojaba más que desagradable, sobre todo para un joven que había pensado pasar la noche con una dama muy enamorada. Y aquella pregunta directa de Abdur Ali resultaba desconcertante. Selim era incapaz de pensar en respuesta alguna, que fuera adecuada o juiciosa.
"Venid, la vereis." Selim notó la furia de los celos, pero no la salvaje ironía, que contenían esas palabras. Le asaltaban unas premoniciones harto inquietantes, la mayoría de las cuales le concernían a él mismo, en lugar de a Zoraida. Sabía que no podía esperar piedad alguna de este austero y terrible anciano; y sus probabilidades eran tan nimias que hacían difícil pensar en qué podía haberle ocurrido, o podía ocurrir a Zoraida. Selim tenía algo de egoista; y podía haber proclamado con firmeza (excepto ante Zoraida) que estaba profundamente enamorado. Su sentimiento de auto-protección en estas circunstancias, puede que fuera de esperar, pero no era digno de admiración.
Abdur Ali apuntaba a Selim con la pistola. El joven se percató incómodo, de que él estaba desarmado, excepto por su yataghan. Y mientras recordaba esto, dos nuevas figuras se le acercaron de entre la sombra de las lilas. Eran los eunucos, Cassim y Mustafá, que guardaban el harem de Abdur Ali, y de quienes los amantes pensaban que eran aliados en su intriga. Cada uno de los gigantescos negros iba armado con una gigantesca y afilada cimitarra, Mustafá a la derecha de Selim y Cassim a su izquierda. Pudo ver el blanco de sus ojos, mientras le escrutaban en impasible vigilancia.
"Ahora," dijo Abdur Ali, "estais a punto de disfrutar del singular privilegio de ser admitido en mi harem. Este privilegio, según creo, os lo habéis tomado vos mismo en algunas ocasiones, y sin mi conocimiento. Esta noche yo mismo lo permitiré; aunque dudo que haya muchos que sigan mi ejemplo. Ven: Zoraida te espera, y no debes decepcionarla, ni hacerla esperar por más tiempo. Por lo que yo sé, llegas más tarde de lo habitual a la cita."
Con los negros ante él, con Abdur Ali y la pistola apuntando a su espalda, Selim atravesó el sombrío jardín y penetró en el patio de la casa del mercader de joyas. Era como el viaje de una pesadilla, y nada parecía del todo real a este joven. Incluso cuando accedió al interior del harem, con la suave luz de las lámparas sarracenas de latón labrado, y vió los familiares divanes con sus coloridos cojines y fundas, las raras alfombras persas y turcas, los taburetes de ébano Indú adornados con preciosos metales y madreperlas, no pudo apartar de sí, una sensación de extraña incertidumbre.
En su terror y perplejidad, entre los ricos ornamentos y el sombrío esplendor, por un instante no vió a Zoraida. Abdur Ali percibió su confusión y señaló a uno de los sillones.
"¿No saludais a Zoraida?" Su suave entonación era indescriptiblemente sardónica y feroz.
Zoraida, vistiendo la escasa vestidura de harem, de brillantes sedas, con la que iba a recibir a su amante, yacía sobre los almohadones púrpura del diván. Estaba muy quieta, y parecía dormir. Su rostro era más blanco de lo habitual, aunque ella siempre había sido un poco pálida; y los suaves, aniñados rasgos, con su asomo de lujuriosa redondez, lucían una expresión vagamente preocupada, con un toque de amargor en la boca. Selim se acercó, pero ella no se inmutó.
"Habladla," increpó el anciano. Sus ojos ardieron como dos manchas de fuego que consumieran lentamente el tostado y arrugado pergamino de su rostro.
Selim era incapaz de pronunciar una palabra. Había comenzado a vislumbrar la verdad; y la situación le sumió en una horrible desesperación.
"¿Cómo? ¿Acaso no saludais a aquella que tanto os amó?" Las palabras eran como el goteo de algún ácido corrosivo.
"¿Qué le habéis hecho?" dijo Selim al cabo de un rato. No podía mirar a Zoraida por más tiempo; ni podía dirigir sus ojos para encontrarse con los de Abdur Ali.
"La he tratado con gran gentileza. Como podéis ver, no he mancillado en modo alguno la perfección de su belleza...no hay heridas, ni siquiera la marca de un golpe, en su blanco cuerpo. ¿Acaso no he sido generoso . . .por dejarla ASI . . . para vos?"
Selim, como la mayoria de los hombres, no era un cobarde; aún así, tuvo un involuntario escalofrío.
"Pero ... no me habéis contestado."
"Se trata de un raro y preciado veneno, que mata inmediatamente y con poco dolor. Un puñado ha sido suficiente...o incluso demasiado, pues aún permanece en sus labios. Lo bebió por propia elección. Fui compasivo con ella... tal como lo seré con vos."
"Estoy a vuestra disposición," dijo Selim con toda la frialdad que pudo mostrar.
El rostro del mercader de joyas se transformó en una máscara de malignidad, como la de un demonio vengador.
"Mis eunucos conocen a su amo, y os trocearán extremidad a extremidad y miembro a miembro si les doy la orden."
Selim miró a los dos negros. Respondieron su mirada con ojos impasibles, por completo desprovistos de todo interés, ni amistosos ni hostiles. La luz no reflejaba temor alguno en sus brillantes músculos y sobre sus relucientes espadas.
"¿Cual es vuestro deseo? ¿Me mataréis acaso?"
"No tengo intención alguna de mataros yo mismo. Vuestra muerte llegará por otra vía.
Selim miró de nuevo a los eunucos armados.
"No, no será así... a menos que lo prefiráis."
"¡En nombre de Alá!, ¿A qué os referís entonces?" El bronceado rostro de Selim se había tornado ceniciento por el horror de la incertidumbre.
"Vuestra muerte será tal, que cualquier verdadero amante la envidiaría," dijo Abdur Ali.
Selim se vio impotente para hacer otra pregunta. Sus nervios comenzaban a crisparse por la tensión. La mujer muerta en el diván, el malevolente anciano con sus funestas insinuaciones y su obvia implacabilidad, los musculosos negros que reducirían a un hombre a pedazos a una palabra de su amo...todo ello bastaba para doblegar el coraje de un hombre más duro de lo que él era.
Se percató de que Abdur Ali hablaba de nuevo.
"Os he traído con vuestra dama. Pero parece que no sois un amante muy ardiente."
"¡En el nombre del Profeta, cesad vuestras burlas!."
Abdur Ali pareció no oir aquel torturado grito.
"Es cierto, desde luego, que ella no podría responderos incluso si la hablarais. Pero sus labios son tan hermosos como siempre, aunque puedan haberse quedado algo fríos por vuestra desapasionada demora. ¿Acaso no la besaréis una vez más, en memoria de todos los demás besos que habéis recibido... y dado?"
Selim quedó mudo una vez más. Finalmente:
"Pero habéis dicho que había un veneno que..."
"Si, y os dije la verdad. Incluso el mero toque de vuestros labios a los suyos, donde aún queda un resto del veneno, será suficiente para causaros la muerte." Había un espantoso regodeo en la voz de Abdur Ali.
Selim se estremeció y miró de nuevo a Zoraida. Aparte de su absoluta inmovilidad y palidez, y de la débil expresión de amargura en la boca, no difería aparentemente, de la mujer que había estrechado a menudo entre sus brazos. Pero el sólo conocimiento de que estaba muerta era suficiente para hacerla parecer inexplicablemente extraña, e incluso repulsiva para Selim. Resultaba duro asociar aquel ser inmóvil, marmóreo, con la afectuosa dama que siempre le recibía con ardientes sonrisas y cuidados.
"¿No hay otro modo?" La pregunta de Selim fue un poco más perceptible que un susurro.
"No lo hay. Y te demoras demasiado." Abdur Ali hizo una señal a los negros, que se acercaron a Selim, levantando sus espadas a la luz de la lámpara. "A menos que obréis según mis deseos, vuestras manos serán cortadas por las muñecas," el joyeró se acercó. "Los siguientes golpes seccionarán una pequeña porción de cada entrebrazo. Entonces prestaremos atención a otras partes..., antes de regresar a los brazos. Estoy seguro de que preferiréis la otra muerte." Selim se aproximó al diván donde yacía Zoraida. El terror... el abyecto terror de la muerte...era su única emoción. Había olvidado por completo su amor por Zoraida, había olvidado sus besos y caricias. Temía a la extraña y pálida mujer que se hallaba ante él, tanto como una vez la deseó. "Date prisa." La voz de Abdur Ali era metálica, como las levantadas cimitarras.
Selim se inclinó y besó a Zoraida en la boca. Sus labios no estaban del todo fríos, pero tenían un sabor curioso, amargo. Por supuesto, era el veneno. El pensamiento fue fríamente formulado, mientras una creciente agonía parecía recorrer todas sus venas. Dejó entonces de ver a Zoraida, en las cegadoras llamas que aparecieron ante sí y que cubrieron la sala como soles eternos; y no sabía que había caído hacia delante en el diván que había frente a su cuerpo. Luego, las llamas comenzaron a mermar con gran suavidad y se extinguieron en una espiral de leve penumbra. Selim sintió que se hundía en un profundo abismo, y que alguien (cuyo nombre no podía recordar) se hundía ante él. Entonces, de repente, estaba solo, y estaba perdiendo incluso la propia sensación de soledad. Hasta que no hubo nada excepto oscuridad y olvido.
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