"El regalo del Rajá" de E. Hoffman Price
 

   Se cuentan muchas extrañas historias sobre el rajá de Lacra-Kai, sobre la justicia que dispensaba, sobre los presentes que ofrecía; pero el más extraño de todos esos regalos fue el que le hizo a Zaid, a pesar de que le sirvió tan bien y durante tanto tiempo.  El rajá era un hombre muy hábil, un  Maquiavelo oriental que, gracias a su astucia, había sabido conservar en su minúsculo estado una soberanía casi total, evitándole la dominación británica; diplomático avisado, cosmopolita, con un sólido barniz de cultura europea... En resumidas cuentas, un monarca esclarecido, un príncipe tributario que administraba su país a su antojo.  Pero aquí sólo hablaremos del regalo que le hizo a Zaid.
     En la intimidad de su palacio, al abrigo de las miradas de su pueblo, el rajá vivía como un europeo, desdeñando la pompa y el brillo que siempre  han rodeado a los monarcas orientales. Por ello, Zaid el persa, que durante tanto tiempo había servido a su amo, tenía no sólo el derecho de sentarse ante su señor, sino incluso el de fumar en su real presencia.
     -Zaid -declaró el príncipe-, sin tu coraje y tu fidelidad, seguro que habría sido asesinado; por eso te he convocado esta mañana aquí, para que puedas recibir un testimonio de mi agradecimiento.  Dime lo que deseas y te
  lo concederé, pues mi intención es la de recompensarte ricamente.
     -Señor -replicó Zaid-, sólo quiero pediros una cosa, pero es una locura que sobrepasa la imaginación.
     -Poco importa.  Habla.  Dime lo que deseas.  Olvida que soy el rajá de Lacra-Kai, considérame únicamente como tu amigo, como un amigo que te debe un inmenso favor. Habla libremente.
    -Durante diez años me he beneficiado de vuestros favores -empezó Zaid, midiendo sus palabras-.  Durante diez años he sido amigo de reyes, pero eso no es nada...
    Zaid se interrumpió.  Su expresión cambió, se hizo lejana, parecía mirar más allá del rajá, como si estuviera viendo de nuevo un incidente casi olvidado de su pasado.  Y acto seguido, con una voz titubeante, avanzando como a  tientas, contó cómo, veinte años atrás, se encontraba en la primera fila de la multitud, ante el gran templo de Kali, esperando la llegada de la procesión a cuya cabeza desfilaba el actual rajá.  Zaid, un muchacho de doce años, andrajoso, sucio, hambriento, desecho humano surgido de los bajos fondos de una metrópolis oriental, esperaba la llegada de aquel día para ver desfilar al rajá en toda su gloria.  Todo el color y la magnificencia, toda la pompa bárbara de una corte de Oriente estaba allí, todo el brillo cegador empleado para festejar el acceso al trono de un joven príncipe.  El muchacho veía todo aquello sin verlo, pues no tenía ojos más que para el rajá.  Dominando a la multitud,  montado en un inmenso elefante, pasaba ante ella, tranquilo, impasible, tan arrogante como si fuera un Dios.  El príncipe parecía planear por encima de todo aquel ornato, sordo al tumulto u a las ovaciones: y desde aquel día, Zaid tuvo la impresión que no había visto pasar a un hombre, sino al mismo destino. Cuando el rajá se fue acercando, el inmenso gong del templo retumbó y sus ecos parecieron sacudir la propia base del universo; era una extraña vibración sobrenatural que se mezclaba con los sonidos cobrizos de las trompetas, un sonido que repercutía e inspiraba a la vez tanto el terror como el respeto.  Pero el rajá permanecía inmóvil, impasible, por encima de toda exaltación, de toda emoción humana.  Sin embargo, al oír aquel gong, al ver aquella cara tallada en piedra, Zaid fue dominado por una especie de locura y su sangre bulló como una corriente incandescente.  Y se juró que él mismo, algún día, desfilaría en una procesión semejante, y que se comportaría con la misma soberbia arrogancia, aquel aspecto de dios viviente; él, Zaid, el pequeño mendigo del arroyo, se atrevía a alimentar tal sueño.
    Los gongs acabaron por callarse y la procesión pasó; y el nuevo rajá reinó sobre Lacra-Kai.  Pero en el corazón de Zaid la visión persistió, le siguió por los cuatro rincones del universo y volvió con él a Lacra-kai cuando, diez años más tarde, entró al servicio de aquel mismo rajá y, por un extraño capricho de la fortuna, alcanzó los puestos más altos de su corte, pues en Oriente todas las cosas son posibles. ¿Quién no ha oído hablar del herrero que fundó la dinastía sasánida que fue en lejanos tiempos dominadora de Persia?
    Tal fue el relato que le hizo al rajá.

    -Una curiosa historia.  La verdad es que has andado mucho -murmuró el rajá.  Luego, preguntó con voz mucho más alta-: ¿Pero adónde quieres llegar?
    Zaid se sobresaltó, como si despertara de un sueño, pero acto seguido rió de un modo raro.
    -Escuchad mi deseo y luego haced conmigo lo que os plazca.  Durante veinte años me ha turbado esa visión.  Muchas cosas han pasado entre tanto; he visto mucho, he aprendido mucho, pero ese deseo enloquecedor no me ha abandonado jamás.
 Cuando finalmente pude entrar a vuestro servicio y, después de haberos tan bien servido, tengo la ventura de merecer vuestro agradecimiento hasta el punto de que vais a concederme mi más anhelado deseo.  En consecuencia, y como esta enorme locura me ha perturbado durante tantísimos años, os expondré mi petición: que se me permita desfilar con toda la pompa, como os vi desfilar hace veinte años, para que mi inalcanzable sueño, por fin, se vea cumplido.
    Al oír aquello, el rajá replicó con el tono de un padre que le niega a su hijo un juguete peligroso:
    -¡Qué loco eres! ¡Concederte ese favor sería firmar tu sentencia de muerte!  Si desfilaras de ese modo, el veneno o la daga te encontrarían antes de cumplirse un día; ningún hombre puede recibir tal favor y sobrevivir. ¡No sería posible! ¿Tantos años llevas viviendo en este reino y aún no sabes el precio que tendrías que pagar? ¡Reflexiona! Cuando murió mi hijo, mis tres sobrinos se disputaron la sucesión.  Uno de ellos pretendió acelerar su ascenso al trono.  El complot fue descubierto y castigué al conspirador concediéndole las señales de un favor insigne.  No tardó en correr el rumor de que le había nombrado mi heredero: diez días más tarde, moría, pero no por orden mía, pues era algo superfluo.  Los príncipes de sangre real, los señores de la corte...
     El rajá hizo un gesto expresivo que le libraba de todo comentario y su mano trazó una señal de barrido; luego continuó:
     -Tú has sabido protegerme de los asesinos; pero no podrías salvarte a ti mismo, ni yo mismo podría hacerlo.  Desfilarías con toda pompa, de acuerdo.  Pero los rumores empezarían a circular. Adivina el resto.
     -Si, mi señor.  Lo sé.  Pero quiero tentar a la suerte.  No es bueno que un hombre se acune con un sueño, aunque sea un sueño delirante, sin que haga nada para cumplirlo.
     -Reflexiona, Zaid, reflexiona.  Olvida tu locura. Elige otra cosa... Un lakh de rupias.. Diez lakhs, si quieres... joyas, piedras preciosas como nunca te has atrevido a soñar... Una de las jóvenes de mi harén que no tiene parangón en todo el mundo...
 Todo eso y más aún estoy dispuesto a dártelo, pues me has servido bien y te debo la vida.  Sé razonable, amigo mío.
     -¿Razonable? Ésa es la única orden que no puedo obedecer.  Esta loca visión me inquieta desde hace mucho tiempo.  Aunque deba entregar mi vida, lo que es muy posible, dejadme realizar mi sueño.  Así al menos terminaré mi carrera como debe serlo.  En la plaza, ante el gran templo de Kali, encontré la inspiración que me condujo a entrar a vuestro servicio, a obtener vuestros favores, a serviros lo mejor posible; y quizá en esa misma plaza acuda a mí la perdición.  El ciclo quedará cerrado.  Pase lo que pase, aun lo peor, le habré robado al destino el raro don de la satisfacción, ese don tan a menudo negado incluso a los reyes.  Y, después de todo, ¿podemos estar seguros de que el asesino me alcanzará? ¿Es inevitable tal conclusión?
     El rajá sonrió como un hombre a quien un gran misterio acaba de serle revelado.
     -Zaid -dijo-, eres a mi corazón como un hijo. Estás loco, loco de atar, pero te comprendo, porque también a mí me cercan las visiones.  Sin embargo, nunca nadie ha comprendido mis pensamientos, lo mismo que nadie podría comprender tu demente deseo.  No se ignorará tu anhelo... pero sabes bien lo que ocurrirá.
     Súbitamente, el monarca se levantó.
     -Ven, Zaid, déjame tentarte con las cosas de las que acabo de hablarte...
     Y Zaid fue conducido por pasadizos subterráneos hasta vastas salas donde dormían tesoros, armas y armaduras, bandejas llenas de centelleantes piedras preciosas, grandes cofres de los que se desbordaban los dinares, y las monedas de oro, todo el botín secreto de un centenar de generaciones.
    -¿Todo esto te resulta indiferente?  Probemos con otra cosa...
    El persa siguió a su amo hasta el mismo corazón del palacio, hasta una enorme sala crepuscular de muros cubiertos de frescos y bajorelieves que representaban extrañas siluetas entregándose a todas las fantasías imaginables del amor carnal. Allí sus oídos fueron acariciados por los acentos dulces y suaves de flautas e instrumentos de cuerda, y sus sentidos fueron incitados por los pulsos de los atabales que batían como corazones apasionados.  Y, entre las brumas violetas del incienso, distinguió los cuerpos esbeltos y sinuosos de las almeas, todas ellas de una belleza sobrenatural.

 Una de ellas dejó a sus compañeras y vino a postrarse ante el rajá.
    -Éste es Nifofal, la incomparable bayadera que no tiene igual en el mundo entero.  Si te place...
    El persa, perdido en su admiración, vio que era la encarnación exacta de la perfección, sobrepasando, con mucho, lo que hubiera esperado la imaginación más desbocada.  Pero cuando volvió la cabeza para responder, el rajá ya había desaparecido y la puerta por la que había salido estaba firmemente cerrada.
    Cuáles fueron los artificios, los encantamientos, la fascinación que Nilofal empleó para distraer a Zaid durante los tres días que duró su encierro no se sabrán jamás. Baste decir que fracasó en su empeño y que Zaid no consiguió olvidar su anhelado deseo.

    De nuevo Zaid se encontraba ante el rajá, que sonreía como un hombre cuya habilidad acaba de permitirle resolver un peliagudo problema.
    -¿Y bien, Zaid? ¿Resultó Nilofal de tu gusto? Así debe haber sido, pues vale por todos los sueños que hayan podido albergar los hombres desde el principio del tiempo.
    -Mi señor -respondió el persa-, me habéis tentado como nadie antes que yo haya sido provocado. ¿Pero debería sacrificar un sueño de veinte años por una cámara llena de tesoros y un lupanar?  Podéis rechazar mi petición, pero seguirá siendo mi mayor deseo.
    -Pues que así sea.  Mañana a mediodía quedarás satisfecho.
    Y allí mismo se dispuso todo para que Zaid pudiera desfilar con toda pompa por las calles de Lacra-Kai.

    Al día siguiente, a mediodía.  El rajá, desde el techo de su palacio, vio cómo Zaid se instalaba en el howdah dorado colocado en la espalda del gran elefante que sólo transportaba a los príncipes de sangre.  Tranquilo y sereno, el persa parecía un rey descendiente de cien reyes, disponiéndose a cumplir con su destino.  Y el rajá se veía dominado por la comprensión completa.
    -Habría sido un error disuadirle -murmuraba-, pues, sea cual sea el resultado de todo esto, no tiene la menor importancia.  Zaid está a punto de conseguir aquello con lo que soñaba cuando no era más que un mendigo, un pobre niño hambriento y sin nombre.  En su locura hay algo grande y heroico.... ¿pero qué pasará cuando cruce ante el templo de Kali? ¿Podrá volver a ser un hombre?
 En su demencia es más que un hombre, pues ha vencido a su destino para cumplir los sueños de un niño.
    Y el príncipe, siguiendo con los ojos la procesión, derrochaba admiración hacia el hombre que, durante media hora, sería rajá.
    -Pero -insitió en voz baja-, una vez cumplido su sueño, ¿no morirá Zaid aunque pueda vivir otros cien años? ¿Qué será la vida ya para él?
    Pasó el cortejo y Zaid se alejó de su vista.  El rajá, emergiendo de su ensueño, susurró a oídos de Al'Tarik unas palabras.
    -... y obedece hasta los menores detalles, ¡no me falles!
    Repitió las instrucciones.  Al Tarik se alejó.  Y Zaid siguió avanzando majestuosajuente hacia el cumplimiento de su visión.
    El cortejo deambulaba por las calles de Lacra-Kai.  Zaid, como en un sueño, no se comportaba como un hombre, sino como el avatar de un dios venido para juzgar a los mortales. ¿Vanidad? ¿Amor por la pompa?  No, seguramente no.  Más bien se trataba de aquella extraña locura que golpea a los hombres cuando quieren burlarse de su destino.  Al paso lento del elefante avanzaba calmadamente hacia el cumplimiento de su suerte con pasos seguros, inmutables, irresistibles.  Y un único pensamiento se imponía en su mente, las palabras de un sabio olvidado hacía ya mucho tiempo: "Cuando los dioses conceden a un hombre la realización de un sueño se apresuran a arrancárselo por temor a que, en su triunfo, se convierta en un ser parecido a ellos y les haga caer alegremente de sus tronos celestiales".
    Sus labios se contrajeron en una sombra de sonrisa, pues muy vivo sería su deseo de vencerlos, y muy rápida su venganza; el gran templo de Kali estaba muy cercano.  Estaban a punto de desembocar en la misma plaza donde, veinte años antes, un menos que nada, un mendigo vestido de harapos, un miserable muchacho, imaginó aquella visión que estaba cumpliéndose en aquel momento.  Y súbitamente el inmenso gong del templo resonó, enviando todos los ecos del estrépito del juicio final, llenando todo el universo con su terrible lamento que se mezclaba con los cobrizos acentos de las trompetas, un sonido que subía y retumbaba y se apagaba para volver a resonar.
    Lentamente, como si fuera un monstruoso autómata, el elefante avanzó, paso a paso, majestuosa, deliberadamente, como si cada uno de sus pasos lo transportase de un mundo a otro.  El gong, reanimado por el mazo que blandía un esclavo del templo, retumbó de nuevo, más vibrante que nunca.
    Unos pasos más y Zaid el persa, a quien el rajá amaba y deseaba honrar, llegó ante el templo de Kali.  Muy erguido, tan arrogante como cuando Rama partió a la conquista del orbe, Zaid ya no era un hombre.  Se había transfigurado, resultaba irreconocible.  Una vez más, el gong del templo lanzó su nota temblorosa, ensordecedora, aterradora, y el sonido se difundió en ondas que subían, bajaban y ascendían de nuevo.  Y el dios, que apenas media hora antes aún era Zaid el persa, se derrumbó súbitamente en el howdah dorado.  El primer golpe del gong había cubierto la seca detonación del fusil de largo alcance.

    Aquella misma noche el rajá contemplaba el cadáver de aquel que durante tantos años le sirvió tan bien, el cadáver del hombre al que había estimado y querido como amigo.  Sus rasgos secos y duros expresaban pena y piedad; pero no sentía remordimientos.
    -Un rey y más que un rey -murmuró, mirando la figura inmóvil y transfigurada del persa-. Un loco, quizá, o el avatar de un dios, pues fue por su propia voluntad que se selló su destino.  El ciclo que empezó en el templo de Kali se ha cerrado al volver a él, el circulo se completa.  Si, ha sido muy acertado ordenarle a Al Tarik que disparara antes de que Zaid sufriera el martirio de volver a ser un
 hombre mortal...
    Tal fue el regalo del rajá de Lacra-Kai.  Sin embargo, por una única vez, y a su pesar, el rajá había actuado inútilmente: Al Tarik había fallado su blanco y el cuerpo de Zaid no presentaba la menor herida.

Traducido por Francisco Arellano para el fanzine Bucanero

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