De Osos y Dacoits
por George Alfred Henty
  George Alfred Henty
(1832-1902)

A pesar de ser uno de los escritores juveniles de mayor renombre de la literatura británica, Henty es prácticamente desconocido en nuestro país, a diferencia de otros escritores de mayor peso y totalmente recuperados hoy en día, y en los que influyó notablemente. La fama de Kipling, Wren, Conan Doyle, Haggard o Stevenson, es hoy indiscutible, aun cuando quizá no hubieran sido lo que son de no haber leído a Henty.

Escribió más de 144 novelas de aventuras e históricas, cuyos argumentos abarcan episodios históricos tan dispares y distantes, como la caída del Imperio Romano, la expansión del cristianismo a principios de nuestra era, la invasión de los normandos, la Guerra Civil inglesa, las campañas napoleónicas, las guerras coloniales británicas o la Guerra de Secesión. Su vida fue casi tan azarosa como la que describía para sus personajes. Corresponsal de guerra, inició su carrera en la Guerra de Crimea, y narró la mayor parte de los conflictos relevantes de su tiempo, como la Guerra Civil Americana, la Guerra Franco Prusiana o la 3ª Guerra Carlista. Viajó por el Oeste Americano en los tiempos de la Segunda Fiebre del Oro en California y vivió las Guerras Sioux. Era amante de los deportes de riesgo, y un magnífico escalador, cazador y boxeador. En fin, todo un sportman victoriano de pura cepa. Enemigo, sin embargo, de toda notoriedad pública, cuando llegaba de sus largos y peligrosos viajes, gustaba de pasar largas veladas junto a sus hijos, a los que, después de la cena, narraba largas historias de aventuras que duraban varios días. Se cuenta, que cierta noche, unos invitados que asistieron a una de aquellas largas narraciones, contadas a la luz de la lumbre, le propusieron escribirlas. Así comenzaría la carrera literaria de Henty, que, en su tiempo fue uno de los autores juveniles más renombrados hasta el punto de concedérsele el título de “Príncipe de los Novelistas”, que, tras su muerte, fue usurpado por Rafael Sabatini. Su estilo es sencillo, claro y directo, quizá comparable al de Salgari, pues todas sus novelas estaban destinadas a los adolescentes, aun cuando se pueden disfrutar perfectamente por los adultos. Sus héroes son planos, están imbuidos por los principios victorianos, que Henty siempre quiso divulgar de forma consciente a través de sus escritos, y siempre se rigen por los más caballerescos principios. Son valerosos y no se arredran ante ningún peligro. Algunos críticos los han considerado como una mezcla de John Wayne y  Errol Flynn. Quizá por tal razón, y también por ser un ferviente defensor del Imperio Británico, se considera que su obra ha podido envejecer más rápidamente que la de los escritores sobre los que influyó. Pero muchas de sus novelas son auténticas joyas de la literatura de aventuras. Aquí presentamos una pequeña muestra.
 
De Osos y Dacoites
Un Cuento de los Ghauts
por G.A. Henty 
Editado originalmente en la revista Unión Jack, Junio de 1881

Traducción: José Ignacio Martínez Ruiz


 
 


   CAPÍTULO I


 


Un alegre grupo estaba sentado en la veranda  de uno de los más grandes y elegantes bungalows de Poonah. Pertenecía al Coronel Hastings, coronel de un regimiento nativo estacionado allí, y en la actualidad, en virtud de su antigüedad, al mando de toda la brigada. Estaban en plena tertulia, tres o cuatro oficiales y cuatro señoras habían tomado asiento en las cómodas sillas de caña que forman el invariable mobiliario de la veranda de cualquier bungalow que se precie. Pedida la licencia conforme a las normas, y concedido por Señora Hastings, los puros habían empezado a distribuirse, cuando la Señorita Hastings, una sobrina del coronel que había llegado tan sólo una semana antes de Inglaterra, dijo:
 - Tío, me siento realmente desilusionada. La Señora Lyons me mostró el oso que tiene atado a en su cercado, y es la cosita más infeliz, que he visto. No es más grande que Vagabundo, el perdiguero de papá, y es ya un animal mayor. Creía que los osos eran grandes criaturas feroces, y este pequeño animalillo parece tan triste y desdichado, que creo es una lástima no dejarle escapar.
  El Coronel Hastings esbozó una sonrisa.
 - Habría que preguntarse si, tan pequeño e insignificante como parece ese oso, podría medirse con un animal tan peligroso como un tigre devorador de hombres, querida.
- ¿Qué? ¿Ese osito infeliz, tío?
 - Sí, ese osillo infeliz. Cualquier sportman experimentado te manifestará que cazar esos osos pequeños es un deporte tan peligroso como intentar capturar  un tigre a pie, dado que no podría compararse con la caza del tigre en la grupa de un elefante en la que escasamente se corre peligro alguno. Puedo hablar de ello con conocimiento de causa, dado que mi carrera estuvo a punto de ser truncada por un oso, poco después de entrar yo en el ejército, hará unos treinta años, en un lugar a pocas millas de aquí.  Aún se ven mis cicatrices en el hombro y en el brazo, que guardo como recuerdo de aquel episodio.
 - Oh, cuénteme todo acerca de ese hecho.- dijo la  Señorita Hastings; y la demanda fue secundada por el resto del grupo, ninguno de los cuales, con la excepción de la Señora Hastings, había oído la historia con anterioridad. El coronel era cauto a la hora de relacionar aquella especial experiencia. Esperó hasta que todos habían arrastrado sus sillas en círculo en torno a él, y dando dos o tres bocanadas largas y expresivas, empezó la narración como sigue:
 - Hace treinta años, en 1855, las cosas no eran tan tranquilas en el Deccan como lo son ahora. Desde luego no se concebía la idea de una rebelión a gran escala, pero sufríamos, por entonces, una de esas incomodas y esporádicas erupciones de los Dacoits que se producen cada cierto tiempo, y que resultan tan molestas. Bandas de merodeadores asolaban el país produciendo gran confusión, lo mismo asaltaban un poblado que raptaban   a tres o cuatro prestamistas de Bombay que, como ahora, eran la maldición de las gentes del campo; a veces asaltaban caravanas de comerciantes, y en otras ocasiones se aventuraban  a atacar pequeños destacamentos de tropa o grupos aislados de policía. Eran ataques poco espectaculares, pero resultaban muy fastidiosos, y eran difíciles de coger, dado que el campesinado los consideraba como patriotas, y los ayudaba y escudaba en muchos sentidos. La guarida de estas bandas de dacoits eran los  Ghauts. Allí, en las espesas frondas, entre los profundos valles y gargantas, podían obtener  refugio siempre; a veces, los jefes más atrevidos convertían estas crestas aisladas y estas masas de piedra, las cuales han podido ver ustedes al atravesar  el Ghaut en el ferrocarril, en fortalezas casi inexpugnables. Muchas de estas moles rocosas se levantan empinadas desde la ladera del monte como verdaderos muros de  construcción, y mirados no a muy larga distancia, parecen castillos en ruinas. Algunos son absolutamente inaccesibles; otros sólo pueden ser escalados por experimentados alpinistas, y, aunque posible para los nativos con sus pies desnudos, son impracticables a las tropas europeas. Muchas de estas fortalezas de piedra eran en diversos momentos los cuarteles de famosos líderes dacoit, y a menos que las cúspides pudieran ser conquistadas, de forma que fuera posible disparar sobre ellos desde terreno más alto, eran absolutamente irreductibles salvo por  inanición. Acorralados, estos muchachos eran magníficos combatientes.
 "Bien, en la época en la que yo me alisté, los dacoits eran extraordinariamente perjudiciales; eran malos tiempos para la policía que, prácticamente, vivía en la silla de montar, y se llamaba a la caballería para ayudarlos. Mientras, diversos destacamentos de infantería acampaban en distintos puntos a lo largo de la cima de los Ghauts, para evitar que las bandas escaparan de sus agujeros de piedra y, si fuera necesario, ayudar a rodearlos en sus fortalezas. Los nativos en los valles al pie de los Ghauts, que siempre han sido una raza semi-independiente,  y que siempre estaban dispuestos a robar lo que fuera si surgía la oportunidad, eran grandes amigos de los dacoits, y les suministraban provisiones siempre que se intensificaba su caza en el Deccan, resultándoles imposible hacer salidas en territorio enemigo.
 "Es éste una larga introducción, dirán ustedes, y no parece tener mucho que ver con los osos; pero es muy necesaria, como verán. Hacía aproximadamente seis meses que me había unido a ellos cuando se pidieron tres compañías del regimiento para relevar un ala del 15º, quién había estado acampado en un pueblo a unas cuatro millas al norte del punto dónde la línea cruza lo alto de Ghauts. Había tres oficiales blancos, y muy poco que hacer, excepto cuando un grupo era enviado fuera para ayudar a la policía. Habíamos tenido uno o dos roces con los dacoits, pero yo no había participado en ninguno de ellos. Oh, sí, había posibilidad de disparar, y un gran número de jabalíes en los alrededores, lo que era un divertido entretenimiento. Naturalmente, y hablando en plata, me fastidiaba todo aquello, y como los otros dos habían pasado la edad del entusiasmo, y no había nada con lo que entretenerse, salvo por el juego del cerdo-pringoso, procuraba escaparme siempre que veía la oportunidad. Yo suponía que no debía alejarme demasiado del campo, dado que en cualquier momento podría ser requerido, y también debido al peligro que suponían los dacoits. Norworthy, bajo cuyas órdenes me hallaba, me había dicho que no debía separarme más allá de donde llega el sonido de un clarín.  Claro que ambos sabíamos que si yo quería desarrollar cualquier tipo de actividad debía ausentarme del campamento más que todo eso; pero yo me limité a contestar simplemente: “Muy bien, señor, tendré siempre un oído abierto hacia aquí.” Y él, por su parte, nunca consideró necesario preguntar dónde había conseguido todo lo que aparecía servido en la mesa. Pero, en cierto modo, nunca iba muy lejos, y mi asistente sabía siempre el lugar hacia el que me había dirigido, por si le enviaban a buscarme; con respecto a los dacoits nunca creí que tendrían la imprudencia de acercarse en pleno día a una milla o dos de nuestro campamento. Nunca bajé por la ladera de los Ghauts. La caza era buena por los alrededores, y había osos más que suficientes por esos tiempos, pero se necesitaba estar fuera durante todo un día para una expedición de ese tipo y, en vista de que los dacoits rondaban por los alrededores, no era la clase de aventura que se pudiera realizar, si no lo era por un grupo fuerte. Norworthy no había dado ninguna orden precisa sobre el asunto, pero debo admitir que un día dijo:
 - Naturalmente, usted no será tan estúpido como para pensar en bajar a los Ghauts, Hastings.
Nunca consideré aquella advertencia como  una orden directa… tal cual lo hubiera hecho hoy en día.”
El coronel pudo apreciar una sonrisa furtiva en sus oyentes varones.
 - No obstante, yo nunca pensé en bajar. Si bien, solía pasearme en lo alto de los desfiladeros y observaba anhelantemente los arbustos, imaginando que veía osos moviéndose en grupos. Pero creo que nunca me hubiera adentrado en su territorio, si antes no me hubieran incitado a ello. Cierto día, el asistente que siempre llevaba mi arma de repuesto, y que en cierta forma era del tipo shekarry, me dijo que había oído a un granjero cuya casa se encontrada ubicada junto a los Ghauts, a unas dos millas de distancia, que había sido molestado por los osos, los cuales le habían robado fruta y grano.
 - Mañana iré allí y echaré un vistazo al lugar.- dije- no hay patrulla, y podré ir temprano. Dígale de paso al cocinero que prepare una cesta de provisiones y una botella de clarete, y que encuentre a un muchacho que me las pueda llevar.
 - Los osos no vienen por la mañana.- dijo Rahman.
 - Desde luego.- repliqué- Pero quiero encontrarme en su camino cuando ellos salgan. Haz lo que te he dicho.
 La mañana siguiente, a las siete, había hablado con el granjero, y no había error posible acerca de la autoría de los osos. Habían arruinado la cosecha de maíz y habían matado a dos perros. El nativo estaba en un estado de rabia y alarma indescriptibles. Dijo que ciertas noches, a la luz de la luna, había visto ocho de ellos que se habían acercado y que habían olfateado la puerta de la cabaña.
 - ¿Por qué usted no les dispara a través de la ventana?- inquirí, con desdén. En cierta ocasión, había visto un grupo de osos domados en cautividad, y, como usted, Mary, me sentí inclinado a menospreciarlos, aunque yo no tenía excusa para mi error, dado que había escuchado historias que debían haberme convencido de que, pequeño como es, el oso indio no es una bestia que pueda ser atacada impunemente. No tuve dificultad en descubrir el rastro seguido por los osos hasta la granja, cuando llegué a la cima de los Ghauts. A lo largo de una milla, a izquierda y derecha, la tierra desaparecía como cortada por un cuchillo, y se habría a un precipicio de más de cien pies de altura hasta el fondo. Yo me hallaba cerca de la cabecera de un arroyo que, a lo largo de los siglos, había erosionado y creado una hendidura gradual, cuyo trayecto se seguía  sin dificultad. La garganta, a medida que descendía, se ensanchaba y se transformaba en un profundo barranco que, más allá, derivaba en un ancho valle, que se habría a nuestros pies. A una media milla, allí donde el valle era más profundo y oscuro, había una densa maraña de arbustos y árboles.
 - ¿Es allí de donde salen los osos?- le pregunté a Rahman. Él asintió. No parecía mucha distancia. Me sentía capaz de bajar y volver a la hora del almuerzo con un par de pieles de oso sobre los hombros. Para un joven sportman la tentación era grande. - ¿Cuánto tiempo nos tomaría bajar y tener a tiro a dos de ellos?
 - No bueno bajar, amo. Amo venir aquí por la noche; tu dispara a los osos cuando ellos suben.
 Había pensado en ello, desde luego; pero, en primer lugar, no parecía muy deportivo disparar a las bestias cuando se encontraran comiendo tranquilamente, y, por otro lado, yo sabía que Norworthy no podría, aun cuando lo deseara, darme permiso para salir del campamento por la noche. Estuve dudando unos instantes, pero, entonces me dije que era inútil estar inactivo. Mientras pensaba qué hacer, habría tiempo suficiente para bajar, cazar un oso y regresar de nuevo. Entonces, le dije a Rahman:
- No, ven conmigo; echaremos una mirada a ese bosque.
A Rahman no le gustó la idea, evidentemente.
 - No es fácil encontrar oso, sahib. Es muy hábil.
 - Bien, muy probablemente no podremos encontrarlos,-repliqué.- pero podemos intentarlo. Trae la botella contigo; el cesto del almuerzo puede esperar aquí hasta que nosotros regresemos.
En cinco minutos, yo había empezado a bajar hacia la corriente de agua con el shekarry tras de mi. Yo llevaba el rifle de dos cañones al que previamente había cargado con una bala en cada cámara, y le di el fusil de un tiro para que se hiciera cargo de él. El barranco era empinado, pero había arbustos a los que agarrarse, y aunque me llevó mucho más tiempo bajar de lo que, en un primer momento, había supuesto, por fin, pude llegar al lugar que suponíamos era la guarida de los osos.
- Sahib, suba un poco más arriba, no es bueno disparar a un oso cuando se encuentra más alto que usted.
 Yo ya había oído esa advertencia en más de una ocasión; pero hacía demasiado calor, el sol caía a plomo sobre el desfiladero, no corría ni un suspiro de aire allí abajo, y me parecía que había mucha distancia desde el otro lado del bosque.
- Dame el clarete. Llevaría demasiado tiempo el adentrarse en el bosque y buscar con detenimiento. Nos sentaremos aquí durante un tiempo, y si vemos algo que se acerca por el bosque, perfecto; en caso contrario, regresaremos otro día con algunos batidores y perros.
Diciendo esto, me senté, recostando mi espalda contra una roca, y en un lugar en el que podía observar un amplio sector del bosque, sin necesidad de moverme. Tomé un trago de clarete, y, poco a poco, el cansancio me fue venciendo hasta quedar gradualmente dormido. No sé cuánto tiempo me adormecí, pero calculo que al menos fue durante una hora, y me desperté de forma repentina. Rahman, que también se había dormido, despertó súbitamente.
 El ruido que nos había desvelado había sido producido por una piedra al rodar sobre nuestras cabezas; y al mirar hacia arriba, pude ver, no en el bosque que se hallaba frente a nosotros, sino en lo alto de la ladera rocosa del precipicio, a un oso que, ignorante de nuestra presencia, husmeaba el aire a unas cincuenta yardas del lugar en el que nos encontrábamos. Como era natural, tomé mi rifle, lo cargué y apunté al objetivo, cuando me llamó la atención un lamento:
- No, no, Sahib.- gritaba Rahman.
Sin embargo, yo no estaba dispuesto a desperdiciar tal oportunidad, y me apresuré a disparar. La bestia estaba de soslayo hacia mí, y, al verla caer, tuve la seguridad de que le había acertado en el corazón. Di un grito de triunfo, y estaba a punto de subir, cuando, tras de la piedra en la que el oso estaba situado, apareció otro, gruñendo furiosamente; al verme, se lanzó hacia nosotros. De forma estúpida, inducido por la sorpresa, disparé sin tardanza a su cabeza. El oso dio un salto y se lanzó, ladera abajo, hacia mí. Si rodó, resbaló, o corrió, no puedo decirlo, el caso es que, de forma súbita, la bestia había llegado donde me encontraba.
 - Mi arma, Rahman.-  grité, estirando la mano.
No hubo respuesta alguna. Eché un vistazo a mi alrededor y me encontré con que el sinvergüenza había volado. Tuve apenas tiempo para dar un paso hacia atrás y levantar mi rifle a modo de maza, cuando el bruto ya estaba sobre mí. Le di un magnífico golpe que hubiera partido en pedazos la cabeza de cualquier animal civilizado, y, afortunadamente, conseguí romper la mandíbula de la bestia. Pero, en apenas  un instante, volvía a estar sobre mí, y yo tenía que luchar de nuevo por mi vida. Sujeté mi cuchillo de caza con mi mano derecha, y con la izquierda sujetaba a la bestia por el cuello; de esta forma, intenté clavarlo en sus costillas. Mi bala le había traspasado el pecho. Con el ímpetu de su carga, llegó a golpearme, y rodamos en tierra. Con sus garras rasgó mi hombro y mi brazo, y yo le apuñalaba una y otra vez esforzadamente; mientras, intentaba levantar mis rodillas para proteger mi cuerpo de sus garras posteriores. Tras el primer golpe con la zarpa, no recuerdo haber sentido el dolor de otras heridas. Percibía que me iba debilitando, y mi energía entera parecía centrada en dos ideas: golpear y mantener en alto mis rodillas. Sabía que mi fuerza se estaba agotando, pero era interiormente consciente que sus músculos, también, se estaban relajando. Su peso sobre mí parecía aumentar considerablemente, y la última idea que brillo en mi consciencia era  que había sido una magnífica lucha.
El siguiente pensamiento del que fui consciente fue que me transportaban de alguna forma. La sensación era parecida a la de estar nadando, y creí que me encontraba en el mar. Entonces, se produjo un ligero traqueteo y sentí un profundo dolor.
- ¡Menuda colisión!- murmuré y abrí los ojos.
Todo a mi alrededor tenía una tonalidad amarillenta, un luminoso amarillo anaranjado, por lo que deduje que mis ojos no podrían ayudarme demasiado. Así, me dejé llevar en estado semiinconsciente hasta que cesaron las sacudidas. Se produjo otro choque, y el universo amarillo que me rodeaba pareció desvanecerse; la luz del día se derramaba sobre mí en el instante en que volví a perder el conocimiento. Cuando desperté de nuevo, todo lo que me rodeaba se me antojaba más despejado. Me encontraba tumbado junto a un arroyo. Una mujer nativa salpicaba mi rostro con agua y lavaba la sangre de mis heridas; al tiempo, otra mujer, cortaba mi chaqueta y la camisa con mi propio cuchillo, y rasgaba en tiras ésta última para vendar mis heridas. La razón de ver todo lo que me rodeaba con una tonalidad amarilla tenía su explicación. Me habían cubierto con la túnica de una de las mujeres. Habían atado sus extremos y los habían pasado a través de un largo palo, así me habían podido llevar como en una especie de hamaca. Ellas me miraron y asintieron al ver que me encontraba consciente, y una de ellas trajo un poco de agua en una gran hoja que derramó en mi boca. Poco después, desapareció durante un tiempo, y regresó con un manojo de hojas y cortezas. Las masticaron y las colocaron sobre mis heridas. Anudaron de nuevo los extremos de la tela y, levantándome, continuaron su camino, llevándome en andas.
  Estaba convencido de que nos encontrábamos muy en el interior del Ghaut, mucho más abajo del lugar en el que me había enfrentado con los osos, y que todavía penetrábamos mucho más. Sin embargo, yo sabía muy poco Indostaní, y nada del idioma en el que las mujeres hablaron. Me encontraba demasiado débil para ponerme en pie, incluso para pensar. Dormité y me desperté; volví a dormirme de nuevo hasta que, después de lo que me parecieron muchas horas de viaje, nos detuvimos de nuevo, esta vez, ante una tienda. Dos o tres mujeres viejas y cuatro o cinco hombres salieron y hablaron largamente con las jóvenes, dado que, quienes me habían trasladado, lo eran. Alguno del grupo parecía enfadado; pero, por fin, se tranquilizaron, y fui trasladado a la tienda. Fui acometido por la fiebre, y supongo que estuve delirante durante días. Posteriormente, me percaté que había perdido la conciencia durante casi un total quince días. Pero mi fuerte constitución y el cuidado de las mujeres lograron salvarme. Una vez superé la fiebre, mejoré con rapidez. Intenté explicar a las mujeres que si ellas subían al campamento e informaban del lugar en el que me encontraba, serían recompensadas con largueza; pero aunque yo estaba seguro de que me entendieron, negaron con la cabeza, y, a tenor de los dos o tres hombres armados que siempre rondaban la tienda, una vez me encontré más fuerte, comprendí que yo era una especie de  prisionero. No dejaba de ser un fastidio, pero no me pareció especialmente serio. Si aquellas personas eran dacoits, o, más probablemente, aliadas de los dacoits, no me quedaba sino esperar que me canjearan o que solicitaran un rescate por mi persona. Por otro lado, yo sentía plena confianza en mis posibilidades de escapatoria, una vez me hubiera recuperado. Sobre todo, teniendo en cuenta que creía haber encontrado en las muchachas que me habían salvado la vida, al trasladarme hasta su campamento y haberme curado, unas verdaderas amigas.
- ¿Eran bonitas, tío? - preguntó Mary Hastings.
- No importa si eran bonitas, Mary; ellas eran más buenas que bonitas.
 - Sin duda, pero nos gustaría saberlo, tío.
 - Bien, salvo por los ojos suaves, oscuros, común a su raza, su buen temperamento, también tan general entre las muchachas hindúes, y la ternura que las mujeres sienten hacia cualquier criatura cuya vida han salvado, tanto si es un pájaro herido o un cachorro ahogado, supongo que no eran especialmente bellas, pero hoy creo que, entonces, me parecieron encantadoras.

CAPÍTULO II.

Tan pronto empezaba a sentirme más recuperado y fuerte para caminar, y empezaba a planificar mi huida,  una banda de cinco o seis individuos armados hasta los dientes, entró y me hizo señales de que les acompañara. Era evidente que todo estaba preparado, sólo las muchachas parecían sorprendidas, pero salieron en seguida, y cuando partimos pude ver dos figuras que se agachaban en la sombra, con los velos cubriendo su cabeza. Me echaron una prenda nativa por encima de mis hombros, y cinco minutos después de llegar aquel grupo, nos encontrábamos en camino. Tardamos unas seis horas en alcanzar  nuestro destino, que era una de esas ciudadelas de piedra. Si me hubiera encontrado perfectamente de salud, podría haber recorrido aquella distancia en hora y media, pero me veía en la continua necesidad de descansar constantemente, y finalmente, tuvieron que cargar conmigo para ayudarme a avanzar. Yo no había ido de mala gana; por sus vestimentas, era para mí evidente que se trataba de hombres del Deccan de los dacoits, y no me cabía la menor duda de que se me iba a rescatar o canjear.
  Al pie del castillo, se encontraba otro grupo de veinte o treinta ladrones, y fui conducido hacia un árbol, bajo el cual, sobre un montón de paja de maíz, estaba echado un hombre que, sin duda, era su jefe. Se incorporó e intercambiamos salaams.
- ¿Cuál es su nombre, sahib?- preguntó en mahratta.
- Hastings, teniente Hastings- respondí- ¿Y el suyo?
- Sivajee Punt- dijo.
Era una mala noticia. Había caído en manos del más activo, más cruel, y más famoso de los líderes dacoit. Había sido rodeado en más de una ocasión, y siempre se las había ingeniado para escapar; las últimas noticias que yo había tenido de él confirmaban que tres o cuatro grupos de policía nativa recorrían, por entonces, el país en su busca. Él jefe dio una orden que no pude entender, y un infeliz escribano de Bombay, supongo que sería  empleado de algún prestamista, se arrastró hacia él. Sivajee Punt habló con él durante unos instantes, y el hombre me dijo, entonces, en inglés, que yo habría de escribir una carta al oficial que comandaba las tropas, según la cual, le informaría que me encontraba en sus manos, y que si era atacado, me ejecutaría.
  - Pregúntele,- dije-  si me permitiría ir por alguna suma de dinero.
  Sivajee agitó la cabeza con decisión.
  Pusieron ante mí un pedazo de papel, así como una pluma y un tintero, y escribí cuanto me habían pedido. Añadí en francés, sin  embargo, que yo me encontraba en la presente situación por mi propia estupidez, y que aprovecharía la oportunidad que me brindaba el destino, pues conocía la importancia que el gobierno daba a la captura de Sivajee. Leí en voz alta lo que había escrito en inglés, y el intérprete lo tradujo. Entonces, el papel fue plegado y le escribí la dirección: “Al Oficial al Mando”. Luego, me dieron algunos chupattis y pude beber agua. Finalmente, me permitieron dormir. Los dacoits no parecían temer un ataque inminente.
  Estaba oscuro todavía cuando me despertaron, aun cuando la mañana estaba rompiendo y no tardó en iluminar la ciudadela. Yo fui izado al lugar, en vez de subir por mi propio pie, por dos hombres que tiraban, desde lo alto, de una soga atada mi cuerpo. Así, en parte arrastrado, parte empujado, accedí a aquellos difíciles lugares que hubieran abrumado mis capacidades alpinas, aun estando en plenitud de condiciones.
La altura de esta masa de piedra era aproximadamente de cien pies; la cima era bastante llana, con algunas depresiones y subidas, y de unos ochenta pies de largo por cincuenta de ancho. Evidentemente, se había usado como una fortaleza en el pasado. A lo largo de la ladera lateral de la colina había una pared áspera. En el centro de la depresión, había una cisterna, de unos cuatro pies cuadrados, delimitada por piedra de mampostería, y, en otra depresión, una galería había sido ampliada y llevaba a una cámara subterránea. Esta fortaleza natural ascendía por la cara de la colina a una distancia de mil yardas hasta el borde de la meseta, la cual tenía una cima de rocas que se extendía por toda su superficie, de unos doscientos pies de altura. En tiempos antiguos habría sido inexpugnable, e incluso, en aquella época, era un lugar difícil de  conquistar para unas tropas que sólo estaban armadas con Brown Bess, y con fusiles de no mucho alcance. Mirando a mi alrededor, pude ver que me encontraba a unas cuatro millas del punto dónde yo había descendido. El campamento había desaparecido; pero deslizando la vista a lo largo del borde de la meseta, yo podía ver las tiendas una milla a mi derecha y, de nuevo, dos millas a mi izquierda; mirando hacia el profundo y ancho valle, veía un campamento del regimiento.
  Era evidente que se estaba realizando un importante esfuerzo para rodear y capturar a los dacoits, habida cuenta de que se habían mandado tropas desde Bombay. Además de las tropas que había en lo alto y abajo, probablemente habría un fuerte cuerpo de policía montada, actuando frente a la cara de la colina. No pude ver todas estas cosas en un primer momento, dado que, al llegar a la cima, se me había ordenado sentarme detrás del parapeto, y se le había ordenado a un miembro de la banda, que estaba armado hasta los dientes y que se había sentado en cuclillas tras de mí, que me cortara el cuello sin contemplaciones en el mismo instante en el que asomara la cabeza por encima de las rocas. Había, sin embargo, huecos suficientes entre las piedras para permitirme tener una visión de la cresta del Ghaut, y, más allá, podía ver sin problemas las colinas que se alzaban detrás de Bombay. Para mí, era evidente el por qué los dacoits no habían subido al interior de la fortaleza. Había docenas de riscos similares en la ladera de los Ghauts, y las tropas, hasta el momento, no tenían idea de cuál su paradero. Habían rodeado, sin duda, el conjunto de las colinas que conformaban aquellos y era bastante probable que otras bandas de dacoits acecharan desde la jungla.
  Había tan sólo dos guardias junto a mí en lo alto de la meseta rocosa. Yo me debatía dilucidando acerca de las oportunidades que tendría de librarme de ellos y de sostenerme en la cima hasta que llegaran los refuerzos; pero me sentía muy débil, y, en tales circunstancias  era imprudente para un muchacho intentar enfrentarse a los dos aguerridos Mahrattas; por otro lado, no estaba del todo seguro acerca del camino por el que me habían subido hasta la cima. El día pasaba serenamente. El calor sobre la desnuda piedra era espantoso, pero uno de los hombres, al ver lo debilitado y enfermo que me encontraba, sacó una alfombra gruesa del almacén, y con la ayuda de un palo que apoyó contra la pared hizo una cobertura bajo la que yo podía albergarme del sol.
  Una o dos veces durante el día, oí distantes disparos de mosquete, y en una ocasión, escuchamos una fuerte descarga de fuego. Se produjo a unas tres o cuatro millas de distancia, pero hacia el lugar en el que se hallaban los Ghauts, lo que evidenciaba que el ejército y la policía estaban en plena faena. Mis guardianes miraban con ansiedad en aquella dirección por encima del parapeto y lanzaban numerosas maldiciones. Cuando oscureció, Sivajee y ocho dacoits aparecieron arriba. De lo que ellos dijeron, pude deducir que el resto de la banda se había dispersado e intentaban escapar a través de los huecos que habría en la línea de sus perseguidores. Si caían prisioneros, tratarían de salir con un castigo leve. Los hombres que seguían a su lado estaban tan involucrados en ciertos ultrajes y asesinatos, que no podrían esperar misericordia. El propio Sivajee me dio una carta que el mismo hombre que había llevado mi nota había traído en respuesta. El Comandante Knapp, segundo al mando, y quien la había escrito, manifestaba que no tenía autoridad para hablar en nombre del Gobierno, pero que, si el Teniente Hastings era puesto en libertad en el acto, haría lo posible para que el Gobierno fuera lo más misericordioso posible; si, por el contrario, era inferido cualquier daño al Teniente Hastings, todo aquel que cayera prisionero sería colgado hasta la muerte de forma inmediata. A Sivajee no parecía afectarle la misiva. Creo que no esperaba otra respuesta, e imagino que el objeto de que me hiciera escribir la carta que remitieron al campamento, no era otra que la de informar de mi presencia como prisionero, y así intentar parar el ataque sobre una posición que, probablemente, no consideraba del todo inexpugnable.
  Se me dio comida y me fue permitido caminar por la pequeña meseta. Dos dacoits habían sido puestos como centinelas en la parte más alta del lugar, vigilando el camino, mientras el resto se reunía a charlar y a fumar frente a la entrada de la cueva que servía de almacén. Había luz suficiente como para permitirme mirar más allá del parapeto de rocas e intenté discernir si había algún lugar por el que poder subir hasta allí o por el que yo pudiera descender. La perspectiva no era alentadora. En algunos sitios la ladera caía en pico hasta los pies de la colina, por lo que era evidente que eran impracticables para escapar. La única posibilidad parecía estar en la parte occidental. En este lado, la inclinación era gradual durante algunos pies. Me quité los zapatos y descendí hasta el filo. Bajo el mismo, a unos diez pies de distancia, había un anaquel al cual podría acceder sin demasiado problema, pero debajo había una caída en pico de unos cincuenta pies. La imposibilidad de escapar me desesperaba, pero consideré que podría darse una oportunidad en el caso en el que se realizara un ataque, en el transcurso del cual yo podría acceder al soporte.  Una vez allí, no sería descubierto, salvo por quien se encontrara en el mismo lugar en el que yo mismo estaba en aquel momento, es decir, en el linde mismo del declive; un lugar demasiado expuesto como para que alguien quisiera acercarse.
  Aquel pensamiento me dio una sombra de esperanza, y, finalmente volví a la cima de la plataforma, donde me tendí, y, a pesar de la dureza de la piedra, pronto me quedé dormido. El dolor de los huesos me despertó en varias ocasiones, y, en una de ellas, viendo que los primeros tintes del amanecer comenzaban a alzarse, consideré que podría escuchar los movimientos de la jungla. Me erguí un poco y pude ver que los ruidos habían sido oídos por los dacoits, dado que estaban todos en pie y vigilantes, escuchando. Otros traían armas de reserva del almacén, para sostener la defensa en el inminente ataque.
  Como supe posteriormente, la policía había atrapado a uno de los dacoits que intentaba llevar a efecto su fuga, y por medio de pequeñas pero eficaces torturas, que la policía indígena suele acometer cuando sus oficiales blancos no están presentes, tuvieron conocimiento de la exacta posición de la banda de Sivajee, y descubrieron la forma en la que realizar la ascensión a la misma. Ya se sabía que el dacoit y su grupo estaban refugiados en las laderas de los Ghauts, y por ello el círculo se estrechaba de forma gradual en torno a los mimos; pero había tantas rocas y escondites que el proceso era terriblemente lento. La importancia de aquellas noticias era tal, que el coronel fue informado, y éste  ordenó, finalmente, a la policía rodear aquella roca a la luz del día y tomarla por asalto, si era posible. La guarnición que la defendía era tan pequeña que consideró que la policía habría de ser perfectamente capaz de realizar sola el trabajo, siempre que las dificultades naturales no fueran insuperables.
En el momento en el que rompía el amanecer, se escucharon lejanos rumores de hombres que se desplazaban por la jungla, y el dacoit que se encontraba a mitad de la ladera vigilando el camino, disparó su arma. Le respondieron un grito y, tras él, una descarga.  Los dacoits salieron velozmente de la cámara y se tumbaron sobre el resalto de la meseta que les servía de parapeto, y desde donde dominaban el camino. No me prestaron la menor atención y yo me alejé lo más posible. Comenzó el fuego, éste era ordenado y firme, disparado por turnos, que contrastaba con la caótica algarabía que llegaba desde la jungla. Cada bala alcanzaba su objetivo; cada hombre que intentaba escalar por aquel escarpado camino, caía irremisiblemente. Transcurrieron diez minutos, y se hizo el silencio de nuevo.
  El ataque había fallado, tal y como me imaginaba que iba a ocurrir, dado que dos hombres podían sostener aquel lugar contra todo un ejército; un cuarto de hora después, un cañón disparó desde la cresta de una colina que estaba más alta que nuestra posición, y una bala redonda silbó sobre nuestras cabezas. Sin embargo, más allá de la molestia que podría suponer, el fuego de la artillería no podría hacer demasiado daño a la banda, que podrían estar completamente a seguro en la cueva donde tenían el almacén. En el momento en el que el disparo de cañón pasó sobre nuestras cabezas, Sivajee Punt me llamó mediante señas para que tomara asiento en la pared que daba cara a la boca de los cañones. Cualquier oposición era inútil y me senté de espaldas a los dacoits y frente a la colina. Uno de los dacoits me quitó, entonces, la capa nativa con la que me cubría para que yo fuera visto con nitidez.
  En el momento en el que me situaba en posición, otro disparo pasó zumbando, pero, después, hubo un intervalo de silencio. Con unos gemelos de campaña podía discernirse a la perfección cada rasgo de la zona, y no tuve ninguna duda de que los artilleros estaban esperando nuevas órdenes.
 Miré alrededor y vi que, con la excepción de uno de ellos, que vigilaba en cuclillas tras el parapeto a media docena de yardas de distancia, y que estaba allí situado para evitar que me moviera, el resto de los dacoits habían desaparecido. Algunos, sin duda, vigilaban el camino y los demás estaban bajo mi posición en la cueva que servía de almacén. Tras media hora de silencio, las armas hablaron de nuevo. Los artilleros habían recibido, sin duda, la orden de ser lo más cuidadosos posible, pues las balas pasaban a bastante distancia a mi izquierda y derecha, y algunas balas levantaron vetas bajo mis pies. La situación no era agradable, desde luego, pero pensé que a una longitud de mil yardas era difícil que fallaran, e intenté distraer mi atención pensando en lo que podría hacer bajo cualquier contingencia.
En ese momento, sentí un golpe y oí un estallido, y caí de espaldas al suelo. No estaba herido y me puse en pie, para ver que una bala había castigado el parapeto a mi izquierda, justo donde se encontraba acuclillado mi guardián, y que éste se encontraba tendido, cubierto de cascotes. Su turbante estaba tirado a unos cuantos pasos tras de él. Si el tipo estaba muerto o no, ni lo supe ni me importó.
Bajé del lugar donde me encontraba, dejé caer mi sombrero por fuera del parapeto, para hacer creer a mis captores que había muerto en la explosión. Después, cogiendo el turbante de aquel hombre, corrí al otro lado de la plataforma y descendí hasta la cornisa. Empecé a hacer señales con los brazos, dado que no tenía ropa que cubriera mi cuerpo de cintura para arriba. En pocos instantes, surgió de entre la jungla un rostro tocado con una gorra militar y vi agitarse una mano. Le hice signos para que se acercara a la base de la pared perpendicular de roca. Desenrollé el turbante el cual tenía la altura suficiente y busqué algo sobre lo que escribir. Tenía un lápiz en el bolsillo de mis pantalones, pero ni un trozo de papel.
 Cogí un pedazo de roca plana y escribí en él: “Consiga una escalera de soga, rápidamente. Puedo subirla hasta aquí. Hay diez hombres, y todos están a cubierto. Sigan disparando para distraer su atención.”
Até la piedra al extremo del turbante y miré hacia abajo. Allí había un oficial de policía esperando. Lancé la piedra y él la cogió. Agitó la mano en mi dirección y se marchó.
 Transcurrió una hora. Toda una eternidad. Los disparos silbaban a mi alrededor y el fuego era ahora mucho más denso y sostenido que antes. Vi renovados movimientos en la selva, y apareció el rostro de  Norworthy, que saludó con el brazo.
Cinco minutos después, un pelotón se encontraba en la base de la roca. Ataron una resistente soga al extremo de la prenda. Yo tiré de la misma. Una escalera colgaba de aquella, y, en un minuto o dos, el escalón superior estaba en mis manos. A el había enlazado un fragmento de papel con las siguientes palabras: “¿Puede usted atar la escalera de mano?” Escribí en el mismo papel: “No, pero puedo aguantar un peso ligero.”
  Puse el papel con una piedra en el fin de la tela, y lo baje de nuevo. Luego, me senté con la cuerda atada en torno a mi cintura, y con los pies apoyados contra el borde y esperé. Se produjo un tirón, y comprendí que alguien estaría ascendiendo por la escala. La tensión era menor de lo que me había esperado, pero el policía nativo que llegó el primero, no pesaba la mitad de lo que lo haría un inglés medio. Éramos ahora dos para sujetar la escala. El oficial al mando de la policía siguió a continuación; luego Norworthy, al que siguieron una docena de policías. Expliqué la situación y  ascendimos hasta el nivel superior. No se veía ni un alma. Rápidamente, tomamos posiciones en lo alto para cubrir la puerta de la habitación subterránea. Entre tanto, un policía agitaba una prenda blanca en la punta de su bayoneta hacia los artilleros, para que cesara el fuego. Luego, el oficial de policía al mando del grupo alzó la voz y gritó a la caverna:
- ¡Sivajee Punt! ¡Salga y entréguese! ¡Hemos tomado su posición, toda resistencia es inútil!
Se escuchó un grito de rabia y sorpresa, y los dacoits, como hombres desesperados que eran, salieron disparando. La mitad de ellos cayeron bajo nuestro fuego, y los demás, tras una corta pero dura lucha, fueron inmovilizados de pies y manos.
Creo que es un magnífico final para esta historia. Sivajee Punt fue uno de los muertos. Los que cayeron prisioneros fueron ahorcados o acabaron sus días en prisión. Yo escapé del castigo por haber desafiado una orden y haber bajado hasta los Ghauts tras de un oso, pues, después de todo, de no haberlo hecho así, Sivajee Punt hubiera resistido durante meses.
Parece que ese sinvergüenza de Rahman volvió al campamento afirmando que yo había era cadáver.  Norworthy había enviado un pelotón que había encontrado a los dos osos muertos, pero que no había visto ni rastro de mi cuerpo, por lo que llegaron a la conclusión de que había sido hallado y trasladado por los nativos que solían merodear por esos lugares. A pesar de haber ofrecido recompensas, no obtuvieron noticias acerca de mi paradero, hasta el momento en el que llegó la nota escrita por mí que informaba que me hallaba en manos de Sivajee Punt.
- ¿Volvió a ver a las mujeres que le salvaron la vida?
- No, Mary, nunca las volví a ver. Tras aquella aventura, pude volver al lugar en el que fui rescatado por ellas. Descendí por el camino por el que me llevaron hasta llegar a la aldea, pero ésta estaba abandonada. Después de muchas investigaciones, supe  dónde se había trasladado su población, y mandé invitaciones a las mujeres para que vinieran al campamento, pero nunca se acercaron; finalmente, les envié, como manifestación de agradecimiento, un juego de pulseras y collares de plata, que deben haber sido la envidia de las mujeres de los Ghauts. Remitieron un mensaje de agradecimiento, y no supe más de ellas después de aquello. Sin duda, sus familiares, sabiendo que se habían descubierto sus relaciones con los dacoits, no las permitieron acercarse al campamento. Por otro lado, yo había hecho todo lo posible para encontrarlas, y estoy convencido de que quedaron sumamente satisfechas con el presente. Como puedes ver, querida, el oso indio, tan pequeño como es, no deja de ser una bestia a la que es mejor dejar tranquila, sobre todo cuando se encuentra en lo alto de una colina, y tu te encuentras al pie de la misma.

Fin

Traducción: Jose Ignacio Martínez Ruiz


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