Continuamos ofreciéndoos los relatos de Fu Manchú aparecidos en la revista Edgar Wallace Mystery Magazine, y que serían recopilados en el último volumen publicado sobre el siniestro doctor: "The Wrath of Fu Manchu". Una vez más, le debemos esta fascinante pieza a la dedicación y el buen hacer de José Ignacio Martinez Ruiz. ¡Gracias Nacho!
LA PALABRA DE FU MANCHÚ
Por Sax Rohmer

The Word of Fu Manchu
 Febrero de 1966.
Edgar Wallace Mystery Magazine.
Traducción: Jose Ignacio Martinez Ruiz

Malcolm echó una mirada a su compañero, que conducía el Jaguar a excesiva velocidad, pero con destreza. Estudió con detenimiento al delgado y alto individuo que se sentaba al volante, de tez oscura y crespo cabello negro que acentuaba sus plateadas sienes, y que mordía con fuerza una pipa de mimbre.
- Se lo que está pensando, Forbes.- espetó repentinamente.- Cuando era comisario en Scotland Yard, los límites de velocidad no me preocuparon nunca; allí adquirí muy malos hábitos.
- ¿Es necesaria tanta velocidad, Sir Denis?
Sir Denis Nayland Smith gruñó y maniobró para adelantar a un taxi. Luego, respondió:
- ¡Lo es!- masculló.- Le he pedido que se uniera a mí esta noche, pues necesito que alguien me acompañe al lugar donde nos dirigimos. Por otro lado, como periodista, apreciará la magnífica historia que le espera en Fleet Street.
- ¿Qué historia es esa?
- El doctor Fu Manchú. Vamos a ver al Sargento Jack Kenealy, del CID. Ha estado sobre el caso la mayor parte del año. Hemos estado en contacto. Me ha llamado hace una hora; me dijo que tenía cosas que contarme que no se podían escribir sobre un papel. Dada la urgencia, no cabe sino correr.
- Cree usted…
- Yo no creo nada hasta que no estemos allí.
Y Malcolm se dio cuenta de que Sir Denis no quería continuar con aquella conversación hasta que no llegaran.
Diez minutos después, alcanzaban la parte norte de Clapham Common, un lugar de sombras misteriosas en aquella noche sin luna. Le embargaba la expectación en el momento en el que, tras aparcar el coche en un garaje, Nayland Smith le agarró por el brazo.
- A partir de aquí, caminaremos.
Salieron por el lado opuesto al Common. Sir Denis caminaba en silencio, pero Malcolm se dio cuenta que aquél atisbaba entre las sombras, como si, durante su larga lucha contra el genio chino que pretendía adueñarse del mundo, hubiera aprendido que Fu Manchú era un superhombre que podía materializarse en cualquier lugar del espacio, en cualquier momento. Malcolm se sintió más inquieto. Llegaron a la siguiente esquina.
En ese instante, Nayland Smith se volvió y, de nuevo, le sujetó por el brazo, con tal fuerza, que la pareció se le cortaba la circulación.
- ¡Forbes, hemos llegado demasiado tarde! ¡Mire!
No hacía mucho, no había un solo peatón en la calle, pero ahora… se apiñaba una multitud.
El gentío se agolpaba frente a una casa que se encontraba no muy lejos de la esquina. Malcolm pudo ver el imán que les había llevado a todos allí… dos coches de policía, una ambulancia, y hombres de uniforme obstruyendo la puerta.
- Sir Denis, ¿Kenealy vivía aquí?
Nayland Smith asintió con una triste expresión en el rostro, y avanzó hacia el lugar.
Pasaron a codazos a través de un grupo de curiosos fisgones, y, entonces, un agente les obstruyó el paso.
- No puede entrar nadie, señor.
- ¿Quién está al mando?- masculló Nayland Smith.
- El inspector Wensley. Pero…
- ¿Wensley?. Mi nombre es Nayland Smith… Sir Denis Nayland Smith.
- Lo siento, Sir Denis.- respondió el sargento.- No le había reconocido, señor. Adelante.
Sir Denis y Malcolm continuaron por el pequeño sendero que daba a la puerta principal. Dentro, una mujer de edad intentaba tranquilizar a una muchacha que lloraba entre sus brazos.
- Lo se, lo se, cariño, se como te sientes, pero las órdenes son órdenes, y ellos las tienen de no permitir a nadie que le vea.
- ¡Moriré si he llegado demasiado tarde!- dijo, entre sollozos, la muchacha.
Nayland Smith les interrumpió:
- Señora,- inquirió a la mayor de las mujeres.- por favor, ¿es esta su casa?
- Lo es, señor. Mi nombre es Señora Sefton; y tenía alquilado el piso superior al señor Kenealy… realmente, era todo un caballero. Me niego a creer lo que le ha ocurrido.
- ¿Qué ha ocurrido, señora Sefton?
- Yo estaba sentada cosiendo, no hace más de media hora, cuando le oí lanzar un grito. El chillido se oyó por toda la zona. Era terrible. Fue más un aullido que un grito. Yo sabía que no había nadie con él, pero estaba sola y muy asustada, por lo que tuve que reunir toda mi voluntad para subir a su sala de estar. Le llamé, pero no contestó. Entonces intenté abrir la puerta. Estaba cerrada.
- ¿Qué hizo después?
- Bajé las escaleras y salí a la calle pensando en solicitar al primer hombre que me cruzara, que me ayudara a tirar la puerta del señor Kenealy. Tuve la suerte de que la primera persona que encontré era policía.
Mientras se llevaba a cabo esta conversación, Malcolm se había fijado en la muchacha. Seguía con el rostro apretado contra el hombro de la señora Sefton. Pero, repentinamente, se volvió y sus ojos ambarinos se fijaron en Nayland Smith y en el periodista. Era una joven morena notablemente hermosa, y parecía que se encontraba más en un estado de terror, que triste.
- La puerta fue forzada por el agente y usted encontró a Kenealy…- dijo Nayland Smith.- Digame…
- ¡Estaba muerto, señor!
La chica morena encaró la mirada de Sir Denis.
- Comprendo.- dijo Nayland Smith.- Reuniré más detalles por mi cuenta. De todos modos, ¿quién es esta señorita, señora Sefton?
La chica fijó su extraña, pero extremadamente hermosa, mirada en Nayland Smith cuando la señora Sefton contestó:
- Es la señorita Rostov, señor, una amiga del señor Kenealy, olvidé presentarla. Vino a verle hace diez minutos, y la policía no le ha permitido subir.
- Señorita Rostov, - Sir Denis se encontró con la firme mirada de la muchacha.- ¿cómo supo que Jack Kenealy estaba muerto?
- ¡No lo sabía! - gritó la chica.- ¡No lo sabía! ¿Cómo podía saberlo?
- ¿El la esperaba?
- Sí, pero llegué tarde.
- ¿Hace cuánto tiempo que le conocía?
- Hace mucho tiempo. Tres o cuatro meses.
- ¿Cuándo le vio por última vez?
- Antes de ayer.
- ¿Dónde?
- En el restaurante.
- ¿Qué restaurante?
Ella dudó unos instantes.
- En el “Café Estambul”
- ¿Y no le había vuelto a ver o hablado con él desde entonces?
- No
Nayland Smith consideró su respuesta durante unos instantes, mientras le envolvía la mirada ambarina.
- Muy bien, señorita Rostov. Le acompaño en el sentimiento. Me temo que tendremos que llamarla como testigo en otro momento.- se volvió hacia la señora Sefton.- Por favor, cuídela. No debe abandonar el lugar, por el momento. Un instante, Forbes.
Salió hacia la puerta de la calle.
- Lo siento, cariño.- La señora Sefton colocó su mano en torno a los hombros de la muchacha, y se dirigió a Malcolm cuando les invitó: - Pasen a mi sala de estar, y pónganse cómodos.
Malcolm se encontró sentado en un pequeño pero confortable saloncito, repleto de muebles antiguos, y mirando a la señorita Rostov, que se encontraba recostada sobre un sofá que podría datar de los tiempos de la Reina Victoria. La señora Sefton había salido para “preparar una deliciosa taza de té”.
Los ojos de la chica, en los que se reflejaba el miedo de forma evidente, le miraban con persistencia.
- No conozco su nombre.- dijo ella en un murmullo; tenía un ligero y extraño acento.- Pero creo que puedo confiar en usted. ¿Por qué tengo que permanecer aquí? Por favor, dígame ¿es usted policía?
- No.- Malcolm se sintió confundido.- Yo solo puedo decirle lo que Sir Denis le comentó… que se le puede pedir que atestigüe…
- Sir Denis… ¿Quién es?
- Sir Denis Nayland Smith, fue un antiguo comisario de Scotland Yard.
- ¡Oh! ¿Pero se me permitirá marcharme cuando haya hablado otra vez con él?
- Desde luego.
Ella suspiró, y contoneó con languidez su esbelto cuerpo. Se quitó el abrigo negro que la envolvía, que estaba adornado por una boa de astracán, bajo el cual llevaba un vestido verde oscuro. Se cubría el cabello con un listado echarpe de seda. Malcolm fue desasosegadamente consciente de su belleza.
- Si tengo que ir al juicio,- murmuró la mujer.- espero de veras que usted venga conmigo. En estos momentos, no tengo amigos en Londres.
Antes de que pudiera pensar en una respuesta, apareció Nayland Smith.
- Venga conmigo, Forbes.
Malcolm lanzó una última mirada a aquellos ojos ambarinos, y salió con Sir Denis de la habitación. Subieron escaleras arriba.
- Le di a ella una oportunidad.- dijo Nayland Smith.- ¿Ha intentado utilizar sus encantos?
Malcolm sintió que se ponía colorado.
- Creo que sí.- confesó.- Al fin y al cabo, ella es realmente bonita, ¿no?
- Todas las mujeres que utiliza Fu Manchú lo son.
- ¿Las mujeres de Fu Manchú? ¿Sospecha usted que esta chica pudiera ser una de ellas?
- Lo veremos… ¡Hola, inspector! Tenía una cita con Kenealy esta noche, pero, desgraciadamente, llegué demasiado tarde…

El sargento Kenealy yacía sobre un sofá. Era, sin duda, un hombre de magnífica apariencia, de apenas treinta años. Pero su estado actual hizo que Malcolm sufriera un estremecimiento. Aquella repugnante cáscara era, sin duda, la de un cadáver que lo mismo podía haber muerto hacía una hora o una semana. El forense de la división, el doctor Abel, estaba examinando el cuerpo.
- Hemos desechado la posibilidad del homicidio, Sir Denis.- dijo el inspector Wensley.- La ventana que da a la calle estaba cerrada, lo mismo que la puerta de la habitación. Hemos verificado todas las posibilidades, y apostaría lo que fuera a que… nadie se encontraba junto a él, en el momento en el que murió.
Ardía el fuego tras la pequeña reja de una chimenea, y hacía en la habitación un calor insufrible. Nayland Smith se acarició el lóbulo de la oreja, una manía que evidenciaba su concentración.
- El pobre Kenealy tenía un enemigo que usa extraños aliados… no necesariamente humanos, inspector. ¿Ha entrado en todas las habitaciones? ¿Ha investigado todos los armarios y lugares en la que pudiera ocultarse cualquier criatura viva?
El inspector Wensley le miró atribulado.
- Hemos investigado todo el lugar, por supuesto. No creo que se haya podido escapar nada a nuestra investigación.
- ¿No les parece que hay demasiado papel carbonizado en la chimenea?
- Sin duda, parece que tiró al fuego hasta el último trozo de papel que poseía.- contestó el inspector.- De hecho, no supimos su identidad hasta que West, aquí presente, - e indicó a un hombre vestido con sencillez que hablaba con el doctor.- no le hubo reconocido. Me sorprendió sobremanera que fuera uno de los nuestros.
Nayland Smith lanzó una mirada a Malcolm.
- Nos movemos en aguas profundas.- dijo, y cruzó la habitación hasta el sofá. Malcolm le siguió.
El doctor Abel se volvió hacia Sir Denis.
- Doctor, ¿hay marcas en su cuerpo que pudieran sugerir que pudo ser abatido por un reptil?
- No hay marcas de ningún tipo, señor. No puedo imaginar qué pudo ser.
- Fue asesinado. Me encuentro aquí para saber cómo.
- ¡Asesinado! Estoy totalmente en desacuerdo.
- Entonces, ¿cuál es su diagnóstico?- inquirió Sir Denis.
Abel sacudió la cabeza con gesto de enfado.
- Algún tipo de ataque repentino. Pero mire el color que tiene. Observe la rigidez de su cuerpo.
Las facciones de Kenealy estaban teñidas de un uniforme color gris plomizo. Sus miembros estaban tiesos, como si hubiera muerto hacía horas. Sus rasgos estaban deformados en una terrible expresión de horror.
- ¿Una hemorragia cerebral?- sugirió Malcolm.
- ¡Señor mío!- masculló el doctor Abel.- Miré el color y sus ojos.
- ¿El corazón?
- ¿Qué corazón? Solo la autopsia nos podrá ayudar a determinar la causa de su muerte. Pero debo añadir que nunca he conocido un caso de ataque al corazón, excepto la angina, donde el paciente pueda gritar en el momento de producirse el ataque. Es más, esta rigidez muscular no es propia de un ataque. Solo hubiera sido posible, de haber sufrido un poderosísimo shock eléctrico. Pero estaba sentado en el sillón cuando yo llegué, y no es posible que haya tenido contacto con nada. Aún así, el hombre mostraría alguna marca de quemadura…
La expresión del rostro de Nayland Smith se volvió siniestra, y se volvió hacia otro hombre.
- Muéstreme todo lo que encontraron.
- Aquí tiene.- El detective West dirigió su atención a cierto número de objetos que había sobre una pequeña mesa.- Debe haber venido de alguna otra base en la que estuvo trabajando. La señora Sefton dice que siempre desaparecía por dos o tres días. No hay nada aquí para probar su identidad.
- No me sorprende.- dijo Nayland Smith.- Veo que ha inspeccionado su escritorio.
- Lo hemos puesto patas arriba, señor, - le aseguró Wensley.- pero no hemos encontrado nada que nos pudiera ayudar.
Sir Denis dejó correr su mirada por los objetos expuestos.
- ¿Dónde encontraron esta automática?
- Estaba en un cajón de la mesilla del dormitorio.- le respondió West.- Está cargada.
- Ya. ¿Y qué me dice de esto?
Y levantó un disco hecho de algún tipo de metal vulgar, que estaba unido a una delgada y rota cadena.
- La tenía sujeta en torno a su cuello.- explicó Wensley.- Supuse que sería algún tipo de objeto religioso. No encontramos el modo de soltárselo si no era cortando la cadena. Su circunferencia era demasiado pequeña para que pasara por la cabeza.
Nayland Smith estudió el disco con profundo interés.
- Tiene algún tipo de jeroglífico gravado en el metal.- apuntó Malcolm.- Me sorprendería que alguien pudiera descifrarlo.
- Creo que yo podría.- replicó Sir Denis.- Con su permiso inspector. Me llevaré este objeto para someterlo a una investigación exhaustiva. No hay nada más que hacer aquí, Forbes. El primer tanto es para el doctor Fu Manchú. Una conversación más extensa con su encantadora acompañante, la señorita Rostov, dará un poco de luz sobre este asunto.

En la sala de estar de la señora Sefton, la chica morena estaba tendida sobre el sofá, tal cual la habían dejado. Estaba sola. En la mesa que había junto a ella, humeaba una taza de té. Sus pestañas se levantaron al entrar, pero no movió ninguna otra parte de su cuerpo.
- Siento haberla retenido aquí.- dijo secamente Nayland Smith.- Pero pensé que podría darme alguna información con respecto a esto.
Y mostró el disco metálico sobre la palma extendida de su mano.
El efecto fue eléctrico. La joven saltó con movimiento elástico y con sus maravillosos ojos totalmente abiertos.
- ¡Ah! ¡Es mío! Se lo agradezco mucho.
- ¿Suyo?- masculló Nayland Smith.- Entonces, ¿por qué estaba encadenado en torno a su cuello?
- Hay una forma de desabrochar la cadena. Es mío. Por favor, démelo.
- Si es el caso, lo tendrá… pero no ahora. ¿Qué es?
- Es un amuleto oriental. - repentinamente, sus ojos brillaron por las incipientes lágrimas.- Para mí significa mucho. Para usted no puede tener ningún significado.
- Vaya, muy interesante.- dijo Sir Denis, y volvió a meter el disco en el bolsillo de su chaqueta.- Le estaría muy agradecido si le diera su dirección al señor Forbes, mientras yo lo preparo todo para llevarla a su casa.
Nayland Smith salió, cerrando la puerta tras de él. En el mismo instante en que lo hizo, la muchacha se irguió y agarró a Malcolm, mientras las lágrimas asomaban a sus párpados.
- ¡Escúcheme!.- susurró.- ¡Debe usted escucharme! Persuádale para que me devuelva el amuleto!
Malcolm intentó soltar sus manos con suavidad.
- Le aseguro que Sir Denis lo hará. El…
- Mi nombre es Nadia. Sea usted mi amigo. No tengo a nadie que pueda ayudarme.
La natural caballerosidad de Malcolm muy bien hubiera sido conquistada por la belleza de Nadia, si él hubiera tenido en su poder el hacer lo que ella pedía. Pero le requería un imposible.
- Le ayudaría con mucho gusto, Nadia, pero Sir Denis no me habría de escuchar.
Ella se estrechó contra él, la cabeza sobre su hombro. Su cabello tenía una maravillosa fragancia.
- Lo siento. Creo que me ayudaría, si pudiera.
Sonaron pasos en las escaleras. Nadia se soltó.
Torpemente, Malcolm sacó un cuaderno de notas y trató de que su cabeza pensara con normalidad.
- Por favor, ahora déme su dirección, Nadia.
- El ochenta y cinco de Westbourne Terrace.- le respondió ella en apenas un susurro.
Se abrió la puerta y apareció Nayland Smith, seguido de West.
- El señor West le llevará a su casa, señorita Rostov. ¿Tiene la dirección, Forbes?

En el camino hacia Clapham, dijo Sir Denis:
- Esperaba que su amiga Nadia le diera algo a usted, cuando les dejé solos, ¡pero, como Don Juan es usted terrible, Forbes! Ella es, sin duda, del tipo euroasiático, y, aunque endiabladamente atractiva, por el momento, no creo que hubiera ninguna conexión entre ella y Kenealy. Pero el caso es que… tenemos lo que ella vino a buscar. El disco.
- Eso está claro, Sir Denis. ¿Pero tiene usted idea de lo que es?
- Nada se de él, salvo que está gravado con el signo del Si-Fan.
- ¿El signo del Si-Fan? ¿Qué es el Si-Fan?
Nayland Smith lanzó una seca carcajada:
- Es una sociedad secreta que actúa a nivel mundial, y de la que el doctor Fu Manchú es el presidente.
- Entonces, ¿por qué Kenealy…?
- ¿Tenía el disco atado a su cuello? Era su emblema del valor. Se había unido al Si-Fan.
- ¡Dios Santo!
- Era un hombre de nervios de acero y con cerebro. Pero debió cometer un desliz. El esperaba otro visitante esta noche. Y no era Nadia. Al final, tenía la esperanza de poder despistar al enemigo. De ahí que destruyera toda evidencia contra él. ¿Está claro, Forbes?
- Sí,… ahora lo está. Y es horrible.
- Las maneras del doctor Fu Manchú son siempre horribles.
La puerta del piso de Nayland Smith, en Whitehall Court, fue abierta por un mayordomo de prominente mandíbula y rostro inexpresivo que inspiraba toda confianza.
- Buenas noches, Begby.- dijo Sir Denis.- ¿Algún mensaje?
- Sí, señor. El señor West lo remitió a las diez y media.
- Muy bien. Lleve bebidas al estudio.
Un instante después, Malcolm se encontraba en una habitación que hubiera podido reconocer con los ojos cerrados, por el fuerte aroma a tabaco. En el momento en el que Sir Denis comenzaba a recargar su pipa, Begby entró con el whisky y la soda, en una bandeja.
Begby colocó las bebidas sobre la mesa, y dijo:
- Cuando el señor West se dirigía por Baywaters Road con la dama, fue golpeado por un pesado camión que surgió repentinamente desde un cruce. Él perdió el conocimiento, aun cuando no fue herido, señor. Cuando despertó, la joven se había esfumado. Están buscando al conductor del camión.
- Gracias, Begby.- Nayland Smith sirvió las bebidas cuando se hubo retirado su mayordomo, y con un encogimiento de hombros, continuó.-  ¿Se da cuenta, Forbes? De nuevo nos topamos con Fu Manchú.
Se sentó ante su inmenso y ordenado escritorio, y colocó el misterioso disco sobre el papel secante; comenzó a estudiarlo detenidamente con una lupa. Malcolm se levantó y cruzó la estancia para observar el objeto por encima de su hombro.
- ¿Puedo echarle un vistazo, Sir Denis?
Nayland Smith pasó la lente a Malcolm.
- Me es imposible entender el significado del jeroglífico. -confesó éste.- Pero, ¿de qué metal está hecha esta cosa?
Levantó el disco, sopesándolo en la palma de la mano, cuando Begby surgió, de pronto, bajo el vano de la puerta del estudio, y anunció con la voz extrañamente mortecina:
- ¡El doctor Fu Manchú, señor!
- ¡Qué!
Nayland Smith saltó sobre su asiento. Malcolm ocultó el disco en el bolsillo de su chaqueta.
- Por fin, ¡le tiene en sus manos!- susurró.
- Guíe aquí al doctor Fu Manchú, Begby.- dijo Sir Denis con serenidad. Se volvió a sentar y abrió un cajón del escritorio.
Entró en el estudio la alta figura de un hombre envuelto en un grueso abrigo adornado con una gran boa de astracán, y que se cubría con un sombrero negro. Begby abandonó la habitación y cerró la puerta tras él.
Malcolm quedó fascinado por el más maravilloso rostro que jamás había visto. La amplia y despejada frente, sus grandes y oblicuos ojos grises, sus elegantes facciones, sugerían un aura  de tremendo poder al doctor Fu Manchú. Se quedó anonadado, sin poder quitar la vista de aquel semblante.
- Buenas noches, Sir Denis.- era su voz metálica y de alto tono, las palabras salían precisas y medidas de sus labios.- Supongo que este caballero es Malcolm Forbes, por cuya carrera muestra usted tanto interés. Puede cerrar el cajón del escritorio. No será necesario utilizar el revolver que esconde ahí. Me he tomado la libertad de acercarme hasta aquí para recuperar un pequeño disco de metal que, creo, se encuentra en posesión de usted.
Nayland Smith, con el rostro inexpresivo como una máscara, le midió con la mirada, pero no respondió.
- Veo que hay una lupa sobre la mesa. ¿Es posible que el disco pudiera estar en el escritorio? ¿Sería tan amable de permitirme verlo?
Malcolm, sin darse cuenta, hundió su mano en el bolsillo de su chaqueta. Los terroríficos ojos verdes destellaron en su dirección, al tiempo que Nayland Smith apoyaba el codo sobre el escritorio, y apuntaba al doctor Fu Manchú con un revolver reglamentario.
- Doctor Fu Manchú, está usted arrestado.
Pero el doctor Fu Manchú, sin aparentar desconcierto alguno, dejó caer el sombrero negro sobre la alfombra y alzó una mano. En ella sostenía un pequeño sintonizador adornado de muchos botones.
- Saque la mano del bolsillo, señor Forbes.- dijo con voz sibilante.- Se que el disco se encuentra ahí. Tengo un dedo sobre el botón que activara sistema. Su disparo llegará demasiado tarde para salvar al señor Forbes, Sir Denis. Esta noche, ha sido testigo de cómo mueren los enemigos del Si-Fan.
Malcolm, que tenía ante sus ojos el gris rostro del sargento Kenealy, obedeció. Su frente estaba empapada en sudor. Nayland Smith seguía apuntando a Fu Manchú.
- Aparte ese arma absurda, Sir Denis,- continuó con tono burlón la voz.- salvo que realmente crea que mi muerte vale más que la vida de su amigo. He descubierto un nuevo sistema de hondas para el que está preparado el disco que el señor Forbes tenía en su bolsillo. Cada nuevo recluta de nuestra orden lleva un disco de estos. Si traiciona nuestra confianza, se le retira del servicio.
Nayland Smith palideció bajo su tostada piel.
- ¿Cuáles son sus condiciones?- inquirió.
- ¡No hay condiciones, que valgan!- gritó Malcolm.- ¡Tenemos una oportunidad de acabar con él!
- ¡Admiro su coraje!- dijo el doctor Fu Manchú en voz baja.- Necesito este tipo de hombres.
- ¿Cuáles son sus condiciones?- repitió Sir Denis.
- Su palabra, la cual respeto, como usted ha llegado a respetar la mía, de que ordenará a este caballero, inmediatamente tras salir yo de aquí, llevar el disco, debidamente envuelto, a André Messina, que se hospeda en el Hotel Savoy, y que no llevará usted a cabo ninguna acción en mi contra en tanto no se haya verificado esta encomienda. Yo le doy mi palabra de que tampoco realizaré actuación alguna contra usted.
La gris mirada de Nayland Smith echaba chispas de furia, pero dijo:
- De acuerdo.- y tocó una campanilla. Begby entró.- Acompañe al doctor Fu Manchú a la salida, Begby.
El doctor Fu Manchú se puso el sombrero e hizo una formal inclinación, antes de salir. Antes de que se cerrara la puerta tras de él, Malcolm había sacado el disco de su bolsillo y lo había lanzado al suelo.
Con una sonrisa irónica Nayland Smith lo detuvo en el aire.
- ¡No lo toque, Sir Denis!- dijo con voz temblorosa Malcolm.- ¡Por el amor de Dios, no lo toque!
Pero Nayland Smith lo sostuvo en sus manos, sin vacilación alguna.
- Forbes, es usted un novato en lo que respecta a los métodos del Doctor Fu Manchú. Es inhumano e ingenioso como el mayor de los criminales. Pero he aprendido una cosa en todo este tiempo. Para bien o para mal… siempre cumple su palabra. En esto, Forbes, radica su gran poder…
 


Fin

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