EN LA NIEBLA
En el centro del puente, invadido
por la espesa niebla que subía del río, un hombre se hallaba
apoyado en la barandilla. A pesar de que las calles de Nueva York
estaban solamente a unos centenares de metros de él, el desconocido
podía considerarse en un mundo suyo, Pues la única luz que
atravesaba la densa cortina de niebla, era la de un arco voltaico de los
que iluminaban el puente.
Un taxi conduciendo a algún
trasnochador, pasó junto al hombre, que se apartó de la barandilla
e inclinose junto a un poste. La roja luz posterior del taxi desvanecióse
prontamente entre el húmedo velo. Cuando el ruido del auto se apagó
el desconocido se puso en pie y apoyó las manos en la barandilla.
Durante
unos instantes, escuchó atento, como si temiera la llegada de otro
taxi: luego, tranquilizado, se inclinó sobre la baranda y miró
hacia abajo, donde sólo había niebla, oscura y espesa niebla,
que parecía invitarle a hundirse en ella. Sin embargo vacilaba.
Como muchos hombres en el momento de poner fin a su vida, esperaba un impulso
que fuese más fuerte que el ansia de vivir. El impulso llegó
por fin y el desconocido traspuso la barandilla, dispuesto a dar el salto
mortal.
Pero, en aquel momento, algo cayó
sobre la espalda del suicida. Unas férreas manos le sostuvieron
balanceándole sobre el Invisible río. Después,
como si no pesase nada, vióse trasponer de nuevo la barandilla,
esta vez hacia la vida.
Ya de pie sobre la firme
base del puente, el frustrado suicida se volvió hacia la persona
que había impedido su deseo. Levantó, furioso, un puño,
pero en seguida una mano de acero hizo presión en él, torciéndoselo
violentamente hacia la espalda hasta hacerle lanzar un gemido.
El rostro del desconocido
quedaba oculto por la sombra de las amplias alas de un sombrero negro,
que, junto con el negro abrigo, parecía formar parte integrante
de
la espesa niebla, contribuyendo todo ello
a darle un aspecto fantasmal.
El sujeto que había
intentado suicidarse estaba demasiado conmovido para hablar.
Invadido Por el terror, su único deseo era alejarse del extraño
personaje que le había salvado la vida. Pero, a su pesar, se vió
arrastrado a través de la niebla hasta un enorme automóvil
que no había visto hasta aquel momento. Un segundo más
tarde se hallaba sentado en un rincón del coche, el cual se puso
en marcha.
El extraño desconocido estaba
sentado junto a él. Sin saber por qué, el pánico
invadió el alma del hombre que acababa de ser arrancado por fuerza
a la muerte.
Una voz resonó en la oscuridad del vehículo. Era Una voz
sobrenatural, helada, apenas un susurro y, sin embargo, clara
y penetrante.
-¿Cómo se llama?
No era una pregunta, sino una orden.
-Harry Vincent-replicó el pobre hombre.
Estas palabras salieron de sus labios de una manera mecánica.
-¿Por qué trató de suicidarse?
Era otra orden
-Supongo que porque estaba muy triste -contestó Vincent.
-¿Qué más?
-Es una historia vulgar-replicó Vincent.- Seguramente fue una locura.
Estoy solo en Nueva York. No tengo trabajo, ni amigos, ni nadie por
quién vivir. Toda mi familia está en el Middle West;
hace muchos años que no les he visto. Ellos creen que he triunfado
en Nueva York, pero no hay nada de eso. He fracasado por completo.
-Sin embargo, va usted bien vestido- hizo notar el otro.
Vincent rió nervioso.
-Aparentemente, sí - contestó. - Este abrigo de entretiempo
que llevo a pesar de estar haciendo casi calor, sólo cubre harapos.
En cuanto a dinero, tengo un dólar y trece centavos justos.
El misterioso desconocido no replicó. El auto se deslizaba
por una de las calles contiguas al puente. Vincent, con los nervios
más calmados, trató en vano de ver el rostro de su compañero.
Pero la sombra era demasiado espesa y no pudo distinguir nada.
-¿Y qué hay de la muchacha?- Preguntó la voz.
El penetrante susurro sobresaltó a Vincent. Lo más importante
de su breve historia, que había omitido a propósito, acababa
de ser descubierto por su casi invisible interlocutor.
-¿La muchacha?-preguntó
Vincent.-¿La muchacha? ¿Se refiere a mi novia... ?
-SI.
-Se casó con otro. Este es el verdadero motivo de que me hallase
esta noche en el puente. De haberla tenido a ella, aun hubiese luchado
algo. Pero cuando recibí la carta en que me anunciaba... Bueno,
aquello fue el fin.
Se interrumpió, pero ante
el silencio del otro, siguió su confesión.
-La carta la recibí hace
dos días. Desde entonces no he dormido. La noche pasada me la pasé
en el puente, pero no tuve valor para saltar... Esta noche, creo que fue
la niebla la que me dió valor.
-Su vida- murmuró lentamente el desconocido- ya no le pertenece.
Ahora es mía. Sin embargo, aun puede, si quiere, acabar con
ella ¿Quiere que volvamos al puente?
-No sé-musitó Vincent.-Todo ello parece un sueño;
no lo entiendo. Tal vez es que he muerto y estos sean efectos del
más allá. Sin embargo, es todo demasiado real, aunque
¿qué provecho puede sacar nadie de mi vida? ¿Qué
haría usted con ella?
-La reharé. La convertiré en algo útil. Pero
también la arriesgaré. Quizá la pierda, pues
he perdido casi tantas vidas como he salvado. Mi promesa es la siguiente:
vida con placeres, emociones y... dinero. Y sobre todo, vida con
honor. Pero a cambio de todos esos beneficios, exijo obediencia.
Absoluta obediencia. Puede usted aceptar mis condiciones o rechazarlas.
Usted decidirá.
El auto avanzaba silenciosamente por las calles de los arrabales de Nueva
York. El motor apenas hacía ruido. Harry Vincent, empezó
a comprender cómo el vehículo se había acercado tanto
a él, en el puente sin que lo hubiese percibido, y se puso a pensar
en su fantástico compañero, el hombre que le había
cogido en el aire como a una pluma, el hombre que podía leer sus
pensamientos, y cuyas preguntas eran órdenes.
Volvióse otra vez hacia el
rincón que ocupaba el desconocido. La esperanza volvió
a apoderarse de él. Al fin y al cabo deseaba vivir y triunfar.
Aquella era su oportunidad. Se imaginó su cadáver flotando
sobre las turbias aguas del río y comprendió que sólo
podía escoger una cosa.
-Acepto-dijo.
-¡Recuerde entonces la condición principal: Obediencia.
Eso sobre todo. No exijo inteligencia, fuerza, ni destreza, aunque
tengo la esperanza de que tendrá usted un poco de cada una de esas
cosas y hará cuanto pueda por serme útil.
Hubo una pausa. Las últimas palabras del invisible interlocutor
siguieron sonando en los oídos de Vincent.
-Inmediatamente se trasladará usted a un hotel-continuó la
voz,-donde encontrará una habitación reservada a su nombre.
También encontrará dinero. Todas sus necesidades quedarán
cubiertas. Todo cuanto desee lo tendrá.
La contera de un bastón golpeó dos veces el cristal que quedaba
a espaldas del chófer. Al Parecer se trataba de una señal,
pues la velocidad del vehículo aumentó.
-Recuerde una cosa, Harry Vincent-siguió el misterioso personaje.-Necesito
su promesa. Cierre los ojos durante un minuto y reflexione si está
firmemente dispuesto a unirse a mi. Luego prometa obedecerme en todo.
Vincent cerró los ojos y permaneció pensativo unos instantes.
Sólo había un camino: aceptar las condiciones del desconocido.
Abrió los ojos y volvió a mirar hacia el oscuro rincón.
-Prometo completa obediencia,-dijo.
-Muy bien, Ahora vaya a su hotel. Mañana recibirá un
mensaje. Se lo enviaré yo. Mis mensajes son índescifrables
para aquellos que no deben comprenderlos. Recuerde sólo las
palabras que recargue un poco así.
Al pronunciar la última palabra, el extraño personaje arrastró
ligeramente la ese.
De pronto, el coche torció bruscamente hacia la izquierda y se detuvo.
Un automóvil de turismo que cerraba la calle, había obligado
al chófer a ejecutar maniobra. Se abrió la portezuela de
la derecha y Vincent vió aparecer los hombros y la cabeza de un
hombre.
"¡Venga el dinero! - ordenó el recién llegado, en cuyas
manos vió brillar Vincent el azulado cañón de un revólver.
Era un atraco.
En aquel momento algo negro y borroso
precipitóse sobre el pistolero. Oyóse un grito ahogado,
sonó un disparo y el auto volvió a ponerse en marcha.
La portezuela se cerró
con un violento chasquido. A través de la ventanilla posterior
del auto, Vincent vió a un hombre tendido en medio de la calle.
Sin duda era el pistolero que había intentado atracarles.
Poco después
el auto llegaba a la iluminada Quinta Avenida. Vincent volvióse
rápidamente hacia el rincón que ocupaba
su salvador. ¡Por fin podría verle el rostro!
Pero el único
ocupante del auto era él. Estaba completamente solo. En el paño
que formaba la portezuela del coche, descubrió una oscura mancha;
la tocó y al acercar la mano a la luz, vió que era sangre.
¿Quién
había resultado herido, el fantástico desconocido, o el atracador
que había intentado robarles? Vincent no podría asegurarlo.
Sólo sabía que en la breve lucha que terminó con el
pistolero, el hombre que le salvara a él de la muerte, había
desaparecido del coche... ¡como una sombra!
CAPITULO II
EL PRIMER MENSAJE
Harry Vincent estaba desconcertado,
mientras el enorme auto se deslizaba por la Quinta Avenida. La promesa
hecha al desconocido seguía grabada en su mente. Deseaba a toda
costa cumplir la palabra que había dado pero, al mismo tiempo tampoco
podía dejar de pensar en los extraños sucesos acontecidos
a partir del episodio del puente.
Solo ya, libre de la
idea del suicidio, se puso a reflexionar acerca del asombroso hecho de
que su salvador hubiera surgido tan inesperada y oportunamente de las tinieblas,
desapareciendo después de una manera tan fantástica.
Encendió la
luz del coche y examinó con todo cuidado la mancha de sangre.
El auto era de construcción europea, un "Hispano Suizo"; esto era,
por lo menos, una cosa real. Tampoco sería difícil
enterarse del nombre de su propietario.
En aquel momento el
vehículo abandonó la Quinta Avenida y fué a detenerse
ante el Metrolite, uno de los más modernos hoteles neoyorquinos.
El portero abrió la portezuela y Vincent saltó a tierra.
En lugar de entrar en el hotel abrió la portezuela delantera y se
acercó al chófer, un negro de brillante cutis y blanquísimos
dientes.
-¿Es
aquí donde te ordenaron traerme?-le preguntó.
-Zi,
cabayero-contestó el chófer con su dulzón acento.-¿Qnde
eztá e oto cabayero?
-Bajó
cuando nos detuvimos a causa de aquel auto que nos cerró el camino.
El
chófer abrió unos ojos como dos mazanas.
-¡Pero
si casi no me detuve, Señór!
Vincent
miró fijamente al negro. Era indudable que el hombre estaba
profundamente desconcertado.
-Yo
suplico al señó, que no diga nada, cabayero-rogó el
chófer.-Este es e coche de señó Van Dyke. Yo
no tenía permiso pa yevá a los señoes.
-¿Qué
quieres decir con eso?
-Yo
esplico a señó. Yo estaba guardando el coche, cuando
señó de sombeo nego dijo que no pusiese e coche en e garaje.
Yegó como un mihmo fantasma.
"Me
ijo: "Mogeno, quisiega paseá en auto,, yo conoce a ti y a señó
Van Dyke, y aquí tiene diez dólares pa ti; quieo i a ve a
un amigo."
"Yo
yevé a señó estaño a paseo por la ciudá
y cuando yegamo a puente, é dise:
"Paate".
Luego volvió con usté, peo ante me dijo a mí que cuando
usté llegue a auto, yevase yo a los doh po caye poco concuída
ata que golpeaze quistal con su batón, entónse yo debo trae
usted aquí. Esto é tó que yo sé, se lo
igo e veas.
Vincent,
comprendió que el chófer le había contado la verdad,
le Indicó que podía marcharse. El permaneció
unos instantes todavía en la entrada viendo cómo la niebla
se tragaba al negro y brillante Hispano. Luego entró en el
hotel y se dirigió al despacho de recepción. ¿Cómo
haría para identificarse a sí mismo? Esta era en aquel
momento su preocupación.
-¿Tiene
reservada una habitación para Harry Vincent?-Preguntó.
Permaneció
unos instantes con el alma en un hilo mientras el empleado consultaba la
lista de clientes; por fin llegó la tranquilizadora respuesta:
-La
mil cuatrocientos diecinueve anunció el empleado.- ¿Es la
misma habitación que usted pidió. Es curioso; cuando esta
mañana llamó usted desde Filadelfia no entendimos bien el
nombre que nos dió, pero cuando nos telefoneó por segunda
vez, hace diez minutos, lo arreglamos todo. ¿Tiene usted la bondad
de firmar aquí?
Vincent escribió
su nombre en el libro que le ofrecían, consignando en él
que Filadelfia era la ciudad en donde vivía. Sin duda, el
desconocido telefoneó al hotel después de dejarle en el auto.
Reflexionando
acerca de ello, Vincent siguió al botones hasta el ascensor.
La habitación que le destinaron estaba equipada con todas las comodidades
que puede ofrecer un hotel moderno. El botones señaló
una maleta que se hallaba en un rincón.
-Es suya, ¿verdad,
señor?
Vincent contempló
la maleta y asintió. Estaba deseando ver lo que contenía.
Buscó en los bolsillos. Toda su fortuna consistía en
dos medios dólares, una pieza de níquel de cinco centavos
y ocho centavos sueltos. Entregó al botones uno de los medios
dólares y esperó que cerrase la puerta.
Imnediatamente
abrió la maleta. Contenía dos pijamas, peine y cepillos,
corbatas y algunos otros artículos. También descubrió
una negra cartera de piel. Vincent la tomó y, abriéndola,
encontró en su interior doscientos dólares en billetes.
Se contempló
atentamente en el espejo. Allí, en un elegante hotel, rodeado de
buenos muebles y con dinero en el bolsillo, la vida le parecía mejor.
Observó con detenimiento su figura en la brillante luna: Era alto,
bien parecido, acababa de cumplir treinta años y, sin embargo, ya
había estado a punto de suicidarse. Pero las cosas habían
cambiado mucho en pocas horas.
Bebió
un poco de agua fría y decidió irse a la cama. A pesar
de las muchas cosas que le preocupaban, tenía sueño.
Llevaba casi dos noches sin dormir y necesitaba descanso. Dejó,
pues, el traje sobre una silla, se vistió un pijama y se acostó.
Diez minutos más tarde dormía profundamente,
Un golpe en la
puerta le despertó a la mañana siguiente. Un botones aguardaba
fuera con un gran envoltorio en las manos
-¿Desea
el señor que le sirvan el desayuno en la habitación?-preguntó
el muchacho.-Son las diez tocadas.
Vincent
acogió la sugerencia del botones y le encargó que le subiese
el desayuno. Luego abrió el paquete.
Contenía camisas, calcetines,
pañuelos y otras varias prendas de ropa interior, además
de un traje nuevo. Examinó atentamente aquellos artículos
asombrándole que todos fueran de su medida. El desconocido
salvador había calculado exactamente en la oscuridad las proporciones
corporales de Vincent.
Poco después llegó
el desayuno. Vincent habíase afeitado ya con una "Gillete"
que encontró en la maleta. Luego se sentó junto a la
ventana y contempló pensativo los rascacielos de Manhattan. ¿Qué
iba a ocurrir? Esperaria.
Pasó media hora. De
pronto, empezó a sonar el timbre del teléfono. Contestó
ansiosamente, pero sufrió una gran decepción al no reconocer
la voz del desconocido de la noche anterior. Sin embargo, era la
voz de un hombre.
-¿Es usted el señor
Vincent?-preguntó.
-Aquí es la relojería. Le agradeceré obseve
el reloj que le rompió aquel hombre de quien nos habló.
Si no funciona bien lo pasaríamos a recoger por su habitación
la semana próxima.
El extraño mensaje quedó
grabado en la mente de Vincent quien permaneció callado unos instantes.
-¿Me ha entendido bien?-insistió
el otro.
-Sí-contestó Vincent.
Colgó el receptor y repitió
lentamente las palabras que había recalcado su interlocutor.
-Observe... hombre de... habitación...próxima
Era una orden y debía obedecerla.
Como con el desayuno habíanle
traído cigarros encendió un "Partagás" que fumó
pensativo durante un rato.
¿Quien sería el ocupante
de la habitación contigua, a quien debía vigilar?
Seguramente habría dos habitaciones
contiguas a la suya, una a cada lado.
Vincent saltó al pasillo
para comprobarlo.
No, el mensaje no dejaba ninguna
duda.
La habitación ocupada por
él estaba en un ángulo del edificio. La única
puerta que había junto a la 1419 estaba a la derecha y era la número
1417.
En el pasillo no vió a nadie.
Vincent acercó el oído a la cerradura del cuarto vecino,
pero no oyó nada. Sin
embargo, aquello no cambiaba las instrucciones
recibidas.
Debía identificar al ocupante
de la habitación 1417 y vigilar sus actividades. Lo mejor que podía
hacer era esperar y escuchar.
Regresó a su aposento y dejó
la puerta entreabierta; luego se tendió en el lecho y se puso a
leer un periódico de la mañana.
CAPITULO III
EL HOMBRE DE LA HABITACION CONTIGUA
El tiempo pasó muy lentamente
para Harry Vincent. Eran las tres de la tarde.
A mediodía había llegado
el empleado de una famosa relojería con un paquetito dentro del
cual iba un precioso reloj de oro.
Vincent sonrió al abrir el
paquete, porque el regalo de su extraño bienhechor era al mismo
tiempo, confirmación y recuerdo del mensaje telefónico.
A medida que pasaban los minutos
empezó a pensar que su proyecto de espionaje no era quizá
todo lo eficaz que su
salvador deseaba.
De pronto oyó pisadas en
el corredor. La puerta de su habitación seguía entreabierta
y ya había oído varias veces pasar gente por allí.
Pero aquellos pasos que se aproximaban ahora tenían algo disinto.
Eran rápidos, nerviosos. Varias veces parecieron vacilar.
Vincent se dirigió a la puerta.
Por la estrecha rendija podía ver parte del pasillo. Al llegar
a su puesto de espionaje oyó que las pisadas vacilaban de nuevo;
un segundo más tarde vió la silueta de un hombre de mediana
estatura ante la puerta del 1417. Al meter la llave en la cerradura,
el hombre dirigió una furtiva mirada a su espalda. Aparentemente
convencido de que nadie le veía, abrió con rapidez la puerta
y entró en la habitación.
Mientras el desconocido abría
la puerta, Vincent observó atentamente su perfil. El rostro,
regordete y algo ajado, representaba unos cincuenta años.
Cuando la puerta del cuarto contiguo
se hubo cerrado, Vincent quedóse pensativo.
En el aspecto exterior de su vecino
no había nada anormal. Parecía un viajante de comercio
envejecido en su labor de muchos años.
Lo indudable era que el hombre deseaba
no ser visto. Acaso se tratase de un intruso que penetraba en la
habitación mientras su legítimo ocupante se hallaba ausente;
sin embargo, lo más probable era que fuese el hombre a quien
Vincent debía vigilar.
Después de otra eterna hora
de espera, se abrió la puerta vecina y en el pasillo volvieron a
sonar las mismas pisadas de antes. Rápidamente, Vincent se
puso el sombrero y el abrigo y, dejando transcurrir un tiempo prudencial
para que su vecino llegara al ascensor, salió tras él y con
él penetró en el mismo.
El hombre atravesó con gran
rapidez el vestíbulo seguido a pocos pasos por Vincent. Al
llegar a la calle se dirigió hacia el único taxi que se veía
frente al hotel.
Vincent logró oír
la dirección que su hombre daba al chófer: "Estación
de Pensylvania". Pero pasaron casi dos minutos antes de que pudiese
tomar él otro taxi y partiera en la misma dirección indicando
al chófer que corriese a toda velocidad. El conductor se dió
tan buena maña que al llegar a la estación. Vincent
supuso que el desconocido a quien perseguía apenas debla de haber
llegado.
Media hora pasó buscándole
entre el gentío que llenaba el amplio vestíbulo hasta que,
por fin, desalentado, regresó al hotel. Allí hizo el
desagradable descubrimiento de que su hombre estaba sentado cómodamente
en una de las butacas del fumadero, leyendo un periódico de la noche.
Parecía no haberse movido de aquel lugar en muchas horas. Disgustado,
Vincent se dirigió al restaurante y encargó la cena.
Esta fue excelente, la mejor que
Vincent había probado en muchos meses, pero no disfrutó de
ella. Se daba cuenta de que había sido burlado; que el hombre
a quien había seguido, o cambió de destino, o se le escabulló
entre la gente que llenaba la estación. Lo peor de todo era que
el individuo podía haberle visto vigilando a los ocupantes del vestíbulo
de la Estación de Pensylvania.
Vincent llegó a tener el
convencimiento de que debía de haber algún motivo muy importante
para que se vigilase a su vecino, pero decidió que sería
una locura seguirle inmediatamente después de su fracaso. Así,
empezó a olvidarse de su deber y su pensamiento voló hacia
el desconocido que la noche anterior le salvara la vida.
-Es curiosa la manera que tuvo de
desaparecer aquel hombre-murmuró.-Se desvaneció como una
sombra; eso es, como una sombra. Le va bien este nombre...
¡La Sombra! Lo recordaré.
Vincent terminó los postres
siempre con el pensamiento fijo en el extraño personaje que le había
salvado la vida. Cuando salió al vestíbulo, comprendió
que había pasado demasiado tiempo en el comedor. Su hombre
ya no estaba allí.
Mentalmente se reconvino.
Debía hacer de detective. Hasta aquel momento había
demostrado una carencia absoluta de habilidad detectivesca. Por fin
se le ocurrió que, por lo menos, podría enterarse de la identidad
de su vecino. Se dirigió a la oficina del hotel y empezó
a hablar con el empleado.
Empezó con una pregunta muy
natural.
-¿Alguna carta para el 1419?
En contestación, el empleado
sacó una carta de una de las casillas numeradas y se la entregó.
Era un hecho completamente inesperado.
Vincent no esperaba ninguna carta.
Pero el nombre que aparecía en el sobre lo explicó todo.
Iba dirigido a R. J. Scanloti, y había sido devuelta desde San Francisco,
Vincent llamó al empleado.
-No es para mí-dijo.
El joven guardó la carta
en otra casilla y explicó, volviéndose hacia Vincent:
-Perdone, ha sido un error, le di
el correo del 1417. Para usted no hay nada.
Vincent se alejó sonriendo.
Aquel error habíale procurado los informes que necesitaba.
Además, aquello le ahorró hacer averiguaciones respecto al
hombre del 1417 y, por lo tanto, evitó atraer sobre sí la
curiosidad del empleado del hotel.
Compró unas cuantas revistas
y dirigióse a su cuarto. Por debajo de la puerta de comunicación
entre ambas habitaciones no se vela ningún rayo de luz.
-¡Muy bien, señor Scanlon!-murmuró
Vincept mientras se sentaba a leer.-Permaneceré despierto hasta
que vuelva usted. Que se divierta mientras tanto.
El vecino llegó poco antes
de medianoche.
Vincent le oyó correr el pestillo
de la puerta de comunicación.
-"Me acordaré de esto-pensó-.
Ese sujeto se preocupa de que la puerta esté cerrada."
A la mañana siguiente empezó
otra larga y vigilante espera. Por la puerta de comunicación, Vincent
percibió unos ligeros ruidos que le indicaron que Scanlon seguía
en su cuarto.
A las diez y media el vecino salió
al pasillo. Vincent aguardó a que hubiera bajado y entonces
tomó otro ascensor. Al llegar al vestíbulo se dirigió
hacia el despacho de periódicos y desde allí observó
con
el rabillo del ojo a su hombre.
Cuando le vió meterse en la puerta giratoria, salió tras
él.
Scanlon entró en un rascacielos
de Broadway. Viendo que el edificio sólo tenía una
entrada, Vincent esperó pacientemente en la calle.
Era cerca de mediodía cuando
reapareció el señor Scanlon. Dirigióse a un
restaurante y Vincent, tras él, se sentó en una mesa un poco
distante.
Toda la tarde la pasó el
joven siguiendo los pasos de su vecino. El mismo se asombraba de
la facilidad con que desempeñaba el cargo de espía.
A veces se retrasaba una manzana entera, pero siempre lograba alcanzar
a Scanlon.
Esto no era dificil debido a las
peculiares características del hombre. Caminaba rápida
y nerviosamente y, de cuando en cuando, se volvía para dirigir una
furtiva mirada hacia atrás.
"Ese individuo está inquieto
- pensó Vincent.-El misterioso bienhechor no es el único
que interviene en este asunto. Alguien más sigue las huellas del
amigo; será cosa de ver quién gana".
A úlitma hora de la tarde,
Scanlon se metió en un cine, Vincent, rendido por la fatigosa
e inútil persecución, pensó hacer lo mism, pero al
fin reflexionó que el hombre podía estar preparando una añagaza.
No fue así y transcurrieron más de dos horas antes de que
Scanlon reapareciera.
Siguió a éste hacia
el hotel. De pronto, al llegar junto a un bar vió salir a un hombre
que se detuvo en una esquina, desde la cual se dominaba la entrada del
Metrolite.
Era un sujeto pequeño y rechoncho
que llevaba un abrigo gris. De momento Vincent apenas se fijó en
él, pero después de observarle unos minutos empezó
a sospechar que él también vigilaba a Scanlon.
Para asegurarse más, abandonó
a Scanlon y se puso a espiar al del abrigo gris.
Scanlon había entrado en
el hotel. Al cabo de un cuarto de hora de espera, vigilando siempre
al desconocido del abrigo gris, Vincent vió con satisfacción
que Scanlon salía de nuevo a la calle y, seguido de su otro perseguidor,
se dirigía a un restaurante. Así, siguiendo a uno, Vincent
seguía a los dos.
El del abrigo gris entró
en el restaurante. Vincent fue a colocarse en un rincón, a unos
seis metros de Scanlon, pero oculto por una percha de abrigos.
Encargó la cena y aguardó.
Durante un rato no vió al hombre del abrigo gris; de pronto le vió,
ya sin abrigo, atravesando el comedor.
"¡Caramba!-exclamó
Vincent para sí. -Se ha sentado en la misma mesa de Scanlon.
Oigamos qué dicen."
Las palabras de los dos hombres
llegaron tenuemente hasta él.
-Bien, bien...-empezó el
del abrigo gris.
Scanlon miró asombrado al
hombre que acababa de sentarse ante él.
-Parece que no me recuerda- siguió
éste.
-No-replicó Scanlon.
Era la primera vez que Vincent le oía hablar. Su voz le pareció
dura y discordante.
-Usted es Bob Scanlon, ¿verdad?-
preguntó el desconocido- Es viajante de una fábrica de zapatos
de San Francisco, ¿no?
-Si-asintió Scanlon.
-¿Y no me recuerda?
-No.
-Soy Steve Cronin, de Boston. También
vendía zapatos. Le conocí a usted en una reunión de
zapateros en Chicago, hace cinco años. Desde hace cuatro estoy
en Nueva York. ¡Buen tiempo aquel que pasamos en Chicago! ¿Se
acuerda?
Y tendió la mano a Scanlon,
quien la estrechó de mala gana.
-No le Importa que cene en su misma
mesa, ¿verdad?-preguntó el llamado Steve Cronin.
-No, claro- gruñó
Scanlon.- No le recuerdo bien, pero es tan difícil recordar a todos
los compañeros que uno ha encontrado en su vida.
-Yo tengo muy buena memoria-replicó
Cronin.- Siempre me acuerdo de las gentes que he visto y cuándo
las he visto. Es curioso, al verle entrar en el restaurante, le he
reconocido en seguida.
Vincent sonrió para sí.
Cronin había visto entrar a Scanlon en el restaurante, pero no desde
adentro,-sino desde la calle.
La conversación versó
sobre el calzado. Cronin era locuaz, pero hablaba por hablar, sin definir
nada. Scanlon se limitaba a gruñir y sólo de cuando
en cuando contestaba a alguna pregunta.
Cuando terminó la cena, Cronin
se levantó el primero.
-Tengo que acudir
a una cita-dijo mirando el reloj.-Le veré más tarde, compañero.
Y sin añadir una palabra
más, abandonó el restaurante. Cinco minutos más
tarde, Scanlon salió también, metiéndose por una calle
lateral. Vincent le seguía a poca distancia, por la acera
opuesta. Notó que los movimientos de Scanlon eran más
nerviosos que nunca.
Cuando el viajante de calzado se
metió en una amplia avenida y avivó el paso, Vincent tuvo
una idea que proclamaba su inteligencia.
"Ese pájaro se dirige al
hotel-se dijo.- Da este rodeo porque quiere asegurarse de que Cronin no
le sigue. Por lo tanto, no desea que Cronin sepa dónde se
hospeda. Pero Steve ya lo sabe y es demasiado listo para seguir a Scanlon
en estos momentos. Seamos, pues, listos también."
Esperó a que el viajante
se adelantara una manzana. Entonces detuvo un taxi y dió la
dirección del Metrolite. Subió a su habitación
convencido de que antes de veinte minutos el ocupante de la habitación
1417 llegaría al hotel.
CAPITULO IV
UN CRIMEN AUDAZ
En la oscuridad de su habitación,
Víncent se sentó en una silla junto a la entornada puerta
por donde podía vigilar el iluminado corredor sin que ninguna de
las personas que por él pasaran, pudiera ver que la puerta no estaba
cerrada completamente.
Cinco minutos, largos como horas,
habían transcurrido desde su regreso al Hotel. Un leve malestar
parecía predecirle que algo malo Iba a ocurrir.
En aquel momento sonaron en el corredor
unos pasos suaves. No eran los de Scanlon, esto Víncent lo sabia
por el ruido. Los pasos seguían aproximándose y a menos que
torciesen hacia la izquierda era indudable que se dirigían a la
habitación contigua.
Vincent contuvo una exclamación
de asombro al ver al hombre que apareció en su campo visual, ¡Era
Steve Cronin!
El hombre se detuvo para dirigir
una mirada al montante de la puerta de Scanlon y Vincent pudo advertir
la sonrisa que apareció en su rostro, mientras se retiraba un poco
con las manos en los bolsillos del pantalón.
"Un hombre muy fuerte-pensó
Vincent.-Parece un lobo y, seguramente es tan feroz como un animal de esos,
pero su corazón es el de un cobarde; estoy seguro."
Satisfecho con la inspección
del cuarto de Scanlon, Steve Cronin torció por el pasillo de la
izquierda.
Vincent respiró nuevamente
y siguió aguardando. Era necesario no traicionar su presencia allí.
El regreso de Scanlon seguramente produciría algo inesperado.
Pasaron los minutos largos y por
fin sonaron en el corredor las pisadas de Scanlon que poco después
se detenían ante la puerta de su cuarto.
La llave giró en la cerradura
y, en el mismo instante, reapareció en escena Steve Cronin.
Se había acercado silenciosamente y sorprendió al viajante
de zapatos al llamarle.
-¡Scanlon!
Vincent no podía ver a este
último porque ya había entrado en la habitación.
Pero en cambio pudo oír la exclamación que lanzó.
-¿Qué quiere usted?-preguntó
con voz temblorosa.
-Quisiera
hablarle-contestó con amabilidad Steve Cronin.-He venido a verle.
-Creí que tenía una
cita.
-Ya asistí a ella; pero el
sujeto a quien tenía que ver no estaba.
-¿Cómo ha sabido que
me hospedaba aqui?
-Usted me lo dijo.
-Yo no le dije nada.
Hubo una pausa. Los dos hombres
estaban fuera del campo visuial de Vincent. Fue Steve Cronin quien rompió
el silencio.
-Somos viejos amigos, Scanlon-dijo.-He
tenido una gran alegría en volverle a ver. Usted mismo me dijo que
paraba aquí; seguramente lo ha olvidado. Creo que podré
ayudarle a realizar alguna venta. Sólo le entretendré
unos minutos.
-No necesito que me ayude nadie-repicó
con firmeza Scanlon.
Vincent sonrió. Por
muy lobo que fuese Steve Cronin, había encontrado una oveja luchadora.
-¿Por qué discutir
aquí, en pleno corredor?-preguntó con suavidad Steve.
-Porque no siento ninguna simpatía
por usted-replicó Scanlon.
-¿No?.
-No.
-¿Por qué?
-Tengo mis razones. Puede
marcharse. No tengo ganas de perder el tiempo con usted.
-Pues me quedaré hasta que
me diga por qué no le soy simpático.
Vincent oyó un ruido indicador
de que Scanlon trataba de cerrar la puerta en las narices de Steve Cronin.
-Despacio, Scanlon, despacio - ordenó
suavemente Steve.-Tengo que entrar.
Se oyó un portazo y frases
precipitadas. Entonces salió Vincent al pasillo y acercóse
a la puerta de la habitación contigua
El montante estaba entreabierto,
pero los dos hombres hablaban en voz baja e ininteligible. Vincent
aguzó el oído mientras vigilaba el corredor, dispuesto a
precipitarse en su habitación a la más leve alarma.
Por fin, al cabo de un rato de inútil
escucha, notó que los dos hombres debían haberse acercado
a la puerta, pues a pesar de que seguían hablando en voz baja, lograba
ya oír lo que decían. Era Scanlon quien hablaba.
-Muy bien, Cronin, si es que se
llama usted asi, dígame de una vez qué es lo que quiere.
-Ya lo sabe usted, Scanlon.
He venido a
buscar el disco.
-¿Qué disco?
¿De qué está hablando?
-Del disco chino. De
la moneda. Usted lo tiene.
-No le entiendo, Cronin.
-No se haga el tonto y sea
razonable. Se lo compraré, pida por él lo que quiera.
La contestación de Scanlon
fué un murmullo. Las voces volvieron a hacerse ininteligibles
y Vincent regresó a su cuarto con la esperanza de poder oir algo
por la ventana, que quedaba junto a la de Scanlon. Sin embargo, ningún
sonido llegó hasta él.
Quitóse los zapatos, la chaqueta,
el chaleco, el cuello y se tumbó en la cama. Durante unos minutos
reflexionó acerca de lo que debla hacer. Mientras permanecía
pensativo le pareció oír un sordo ruido en la habitación
contigua. ¿Qué habría sido? ¿Una mesa derribada?
¿El chocar de un cuerpo contra el suelo?
Miró por la rendija de la
puerta y, en seguida salió al pasillo para escuchar. Al dirigir
la vista a la puerta del 1417 vió que el tirador giraba lentamente.
De un salto Vincent regresó
a su cuarto y al mirar otra vez al pasillo vió que lo cruzaba Steve
Cronin. Con furtivas miradas a ambos lados, el hombre del abrigo
gris dirigióse hacia la escalera.
Con los nervios en tensión,
Vincent apoyó la mano en el tirador de la puerta del cuarto de Scanlon.
Cronin la había cerradu silenciosamente; por lo tanto, no debía
de estar cerrada con llave. Vincent miró cautelosamente en
todas direcciones y no viendo a nadie entró en el aposento.
Una tenue luz, reflejo de los anuncios
luminosos que pueblan el cielo de Manhattan, penetraba por la abierta ventana.
Al mirar hacia la derecha se estremeció. Un hombre aparecía
tendido en el suelo con una mano cogida a la mesa donde estaba el teléfono.
Era el cuerpo de Scanlon; Vincent
estaba seguro de que ya había muerto. Junto al cadáver
se veía un objeto blanco. Sintió necesidad de tocarlo,
Vincent vió que era una almohada.
Instintivamente comprendió
lo ocurrido. El sordo ruido que escuchara minutos antes fue sin duda un
disparo o la caída de Scanlon al suelo. Steve Cronin le había
obligado a penetrar en el cuarto de baño, que se veía abierto
a poca distancia del muerto, y le había pegado un tiro, ahogando
con la almohada el estampido del disparo.
Se había cometido un asesinato,
y Vincent se encontraba sólo en la habitación del crimen,
junto al cadáver del asesinado.
Comprendió que debía
Abandonar en seguida aquel lugar, pero algo le mantenía allí
a pesar de todo.
Se dirigió al cuarto de baño.
De pronto notó algo bajo un pie. Era un objeto plano y delgado.
Se inclinó para examinarlo. A pesar de la oscuridad notó
que se trataba de algo redondo metido en una rendija del suelo, junto a
la puerta del cuarto de baño. No tenía la menor idea de qué
podía ser. Demasiado preocupado con el crimen, no se entretuvo
en contemplarlo mejor y se lo guardó en un bolsillo del pantalón.
Podía ser una pista, una
pista que condujese a la captura del criminal. Súbitamente
recordó Vincent que la mejor pista para capturar a un criminal es
encontrarle junto al cadáver de su víctima y él estaba
al lado de un muerto y vestido de una manera bastante sospechosa.
Pensó que debía regresar inmediatamente a su cuarto, antes
de que alguien descubriese el asesinato y a él en la habitación
del muerto.
Sin embargo, su deber de ciudadano
era dar algún aviso de lo sucedido a Scanlon.
Tuvo una Idea. Se acercó
a la mesa del teléfono y lo hizo caer al suelo. Luego corrió
a su aposento sin que nadie le viese.
¿Cuánto tiempo podía
transcurrir antes de que subiesen a investigar la habitación de
Scanlon? Poco, pues al caer el teléfono marcaría la
llamada en la centralita del hotel y al no obtener respuesta, la telefonista
enviaría a alguien a enterarse del motivo de la insistente llamada.
Vincent se metió en la cama
y permaneció con el oído alerta. Pasó bastante
rato hasta que, por fin, se oyeron pasos en el corredor. Alguien
abrió la puerta de la habitación vecina; se oyeron varias
voces y, por último, sonaron unos fuertes golpes en la puerta de
su cuarto.
Fingiéndose adormilado, Vincent
abrió la puerta. Entonces vió que la del aposento de
Scanlon estaba abierta también y que la luz estaba encendida.
El hombre que estaba ante Vincent,
indudablemente, el detective de la casa.
-¿Qué pasa?-preguntó
Vincent, con voz torpe.
-Han matado a un hombre ahí
al lado- explicó el detective.-¿Ha oído algún
disparo hace poco?
Vincent negó
con la cabeza.
-Lo único que
he oído han sido los golpes que ha dado usted en la puerta. Estaba
durmiendo.
El detective movió la cabeza.
-Debieron de ahogar
el estampido -murmuró.- El ocupante de la habitación 1415
tampoco oyó nada. Bueno, más tarde le interrogaremos.
¿Quiere usted cambiar de habitación? Haremos mucho
ruido y seguramente no le dejaríamos dormir.
-Bueno-asintió Vincent.
-Llame usted a un botones para que
le ayude a trasladarse.
Los agentes de la brigada de investigación
criminal habían llegado ya, cuando Vincent salió al pasillo
para dirigirse a su nuevo alojamiento. Seguía fingiéndose
adormilado, pero en cuanto quedó solo en el nuevo cuarto, desapareció
hasta el menor rastro de cansancio
Le preocupaba un poco el temor de
verse mezclado en el crimen; pero un pensamiento más importante
le asaltó de pronto.
Se dirigió a la silla donde
estaba su traje
y buscó en los bolsillos
del pantalón. Encontró lo que buscaba y lo acercó
a la luz.
Una exclamación se le escapó
al ver lo que tenía en la palma de la mano. Era un disco de
un metal grisáceo más pequeño y delgado que un medio
dólar y en cuyo centro aparecía una roja y borrosa letra
del alfabeto chino.
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personaje: Orson Welles.
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