Robert E. Howard (completado por John Pocsik)
(Traducción Javier Jiménez)

               I-LA LLAMA ARDE CON FUERZA

     "Al nacer, una buja me lanzó monstruosos hechizos, y he pasado mis días recorriendo extraños caminos..." - Solomon Kane



     El extraño se detuvo junto al nudoso roble al filo del acantilado, para estudiar la melancólica escena que tenía lugar ante él. A su derecha, los riscos caían en cortado hacia las aguas, una desagradable porción de tierra cubierta por hierbajos dispersos. Escarpadas agujas de granito, emergían de las espumeantes aguas de la base del acantilado, adoptando formas extrañas para oponerse a los rudos cortados. Más allá, el mar emitía un bajo y contínuo murmullo, como si se sintiera inquieto al golpear el arrecife. Un barco sin nombre estaba anclado en una ensenada a alguna distancia de la playa cubierta de maderas esparcidas.
     Girándose, escrutó los brezales, con sus rocas dispersas y sus árboles solitarios, tras los cuales, a cierta distancia, podían verse los toscos tejados de una aldea. Y allí, alrededor de una milla más allá de la aglomeración de cabañas... debilmente visible debido a la oscuridad... se alzaba la mansión de Sir George Banway.
     La mano del extraño tanteó la empuñadura de su estoque. El cortante viento atravesaba sus ropajes como un cuchillo, haciéndole ceñirse más la capa. Gotas de humedad caían del ala de su caído sombrero sin plumas. Más alto que la mayoría de los hombres, era de complexión delgada; sus anchos hombros, robusto pecho, y largos brazos, denotaban fuerza y agilidad en la esgrima. No había botones dorados en su ajustado ropaje, ni hebillas de plata en sus zapatos, ni centelleantes gemas en la empuñadura de cuero trenzado de su estoque. Un puñal y dos pistolas de duelo colgaban a su costado.
     Pero si la apariencia del hombre era tal que demandaba atención, más aún ocurría con su rostro, bastante alargado, bien afeitado, y de una profunda palidez que le otorgaba un aspecto cadavérico... hasta que uno miraba los ojos. Centelleaban con una vibrante vida, rígidamente contenida. De qué color eran, ningún hombre habría sido capaz de decirlo, pues tenían algo del gris del cielo en tormenta y del azul del antiguo hielo. Unas espesas cejas se alzaban sobre ellos y el efecto general de sus rasgos era vagamente siniestro. Era tan frío y adusto como parecía.
     El frío ambiente del día pesaba como un sudario sobre su alma mientras pensaba en el hombre que había venido a matar. En su mente se formó la imagen de otra ciudad costera, muy parecida a esta, pero iluminada por las rojas llamas de su propia destrucción; de vagas figuras saltando y blasfemando ante el súbito rugir de los cañones; y de mares agitados por el viento y los relámpagos de un cielo tormentoso. El nublado paisaje marino desapareció por un instante, mientras contemplaba de nuevo el humo, el fuego, el caos inconcebible, cuerpos colgando e patíbulos, femeninas formas cuyos labios lanzaban mudas plegarias mientras brazos musculosos las arrojaban a una cubierta ensangrentada.
     Con su rostro contorsionado por el odio, Solomon Kane alzó un cerrado puño ante el amplio cielo. Los musculos de su cuello se tensaron con la violencia de su pasión.

     -Escúchame, Dios,- dijo con voz terrible. -La llama azul de la venganza arde en mi corazón noche y día, sin permitirme descanso. Debe ser apagada en sangre, en la sangre de esa víbora, conocida por los hombres como George Banway. Mataré a ese hombre antes del alba o si no, por los sabuesos del odio, que Satanás me lleve a las ardientes profundidades del Infierno. ¡Lo juro por mi alma!
     Un solitario grito de gaviota le respondió y el viento aulló tristemente. El fuego que había ardido en los ojos de Kane se fue apagando hasta convertirse en un suave latido. Su cara se relajó en su habitual calma exterior. Mientras la luz comenzaba a expirar, descendió colina abajo y a través de la pradera hacia la Mansión ahora oculta por la naciente niebla.
 
 

             II-UN HOMBRE LLEGÓ EN LA NOCHE



     Lentamente, Jack Hollinster regresó a la consciencia. Un resplandor rojo cegaba sus ojos y la cabeza le retumbaba agónicamente. Cerró los ojos, esperando que el dolor cesara, pero la luz atravesaba sus pestañas sin piedad. ¿Donde estaba? ¿Qué había ocurrido? Una mezcla de risas e insultos llegó hasta sus oídos. Alzando su cabeza, abrió de nuevo los ojos. El recuerdo de la traición regresó súbitamente: se despertó por completo.
     Atado de pies y manos, yacía en el suelo de una amplia celda en la que había apilados gran cantidad de barriles y toneles. El alto techo se hallaba reforzado por enormes vigas, ennegrecidas por el humo, en una de las cuales colgaba la lámpara que iluminaba parcialmente la sala. A un extremo comenzaban unas anchas escaleras de piedra; al otro, una arcada con barrotes conducía a las tinieblas.
     Había muchos hombres en la celda. Jack vió el rostro burlón de Banway, los rasgos ebrios y traidores de Sam, y la inescrutable máscara de los dos mulatos que eran los únicos sirvientes de Sir George. Al resto - unos diez o doce hombres - no los conocía, pero supo lo que eran.
     ¡Piratas! ¡De modo que sus sospechas sobre las actividades nocturnas de Banway habían acertado, despues de todo! No eran marinos honestos, aquellos, con sus pantalones de cuero y sus camisas de seda. No vestían medias, pero muchos llevaban zapatos del más fino cuero trabajado a mano. Costosos anillos relucían en sus rechonchos dedos; gemas, anudadas con trozos de cintas de brillantes colores, centelleaban en los pendientes de sus orejas. No había una sola daga de marinero entre ellos, sólo elaborados y elegantes sables españoles y estoques italianos, incrustados de joyas. Sus grotescos atuendos, caras marcadas, y salvaje comportamiento les señalaban con la marca del que se dedica a la rapiña.
     Un hombre que jugaba a los dados ante Sir George se volvió hacia el cautivo.
     -¡Ho, George, nuestra presa se ha despertado!- gritó maliciosamente. -Por Zeus, Sam, pensaba que le habías dado lo suyo, pero tiene una cabeza más dura de lo que habíamos imaginado.
     La tripulación pirata cesó de jugar y beber para contemplar al joven con curiosidad y burla. El rostro saturnino de Sir George se oscureció mientras caminaba hacia él. Extendiendo su brazo derecho para que el vendaje pudiera ser visto a través de la elaborada seda, sonrió torvamente. La luz de la lámpara arrancó reflejos en su sedoso cabello.
     -Dijiste la verdad, Hollinster, cuando afirmaste que ningún magistrado intervendría en nuestro próximo encuentro. Solo que ahora, me da la impresión de que será tu maldito pellejo el que sufrirá por lo que me hiciste hoy.
     -¡Jack!
     La repentina y agónica voz cortó más profundo que las burlas de Banway. Su corazón latió violentamente mientras miraba en torno suyo hasta ver a una chica, atada a una argolla en un soporte de roble, tendida en el suelo cercano. Se arrastraba hacia él, con su rostro blanco y sus ojos medio cerrados por el miedo. Su pelo dorado estaba despeinado y su vestido rasgado...  
     -¡Mary! ¡Oh Dios mío!- gritó con angustia. Una oleada de risas brutales siguió a sus palabras.
     -Brindemos a la salud de la enamorada parejita,- bramó un hombre alto con un sombrero ladeado y una nariz ganchuda. Alzó una espumeante jarra. -¡Bebamos por los amantes, compañeros! Se me  antoja que no le gusta nuestra compañía. Seguro que querría quedarse a solas con la moza, ¿eh, chico?
     -¡Basura! ¡Canalla mugriento!,- escupió Jack, luchando con sus ataduras mientras Banway le miraba asombrado. -¡Dioses! ¡Si mis brazos estuvieran libres! ¡Soltadme, si hay alguno entre vosotros que tenga algo de hombría y me lanzaré a vuestras gargantas con las manos desnudas!
     Los labios de Banway se contrajeron en una mueca.
     -Estás gastando tu aliento, loco estúpido. ¡Cállate! En ningún otro momento me enfrentaré a ti con el acero desnudo. Debería haberte aplastado contra el suelo aquella noche que osaste golpearme en la posada, pero eso habría desvelado mi secreto. Asi que, por fuerza, tuve que ceder a batirme en duelo contigo y una vez más me heriste. Pero a la tercera pagarás por todas, Hollinster: esta noche acabaré lo que tú empezaste.
     Su mano se cerró en la camisa de Hollinster y acercó su rostro.
     -Tu no sabes quién soy yo realmente, ¿Verdad? Si lo supieras, habrías huído de este lugar hace mucho tiempo y me habrías cedido gustoso a la chica. Pero por haberte entrometido, vas a morir como lo hacen las betias salvajes... bajo garras y colmillos. El mar oculta muy bien los cuerpos como el tuyo, y seguirá haciendolo cuando tus huesos se hallan reducido a limo. Y en cuanto a ella...- señaló a la chica, -habitará conmigo en esta casa por un tiempo. Creo que será una interesante  montura que cabalgar. Luego, cuando me canse de ella...
     -Mejor dámela a mi, Halcón del Mar, cuando yo regrese,- interrumpió de súbito el hombre del sombrero ladeado. -Si tengo que llevar fiambres en  este viaje (que, Satanás lo sabe, es una carga fastidiosa), debería tener un pasajero más agradable la próxima vez. ¿Trato hecho, Señor Aristócrata?
     Sir George le miró torvamente.
     -Así se hará, Hardraker. En dos meses será tuya, a menos que antes haya muerto a mi lado. Pero, Jonás,- añadió con voz metálica, -no me enfurezcas. He cambiado desde los viejos tiempos de la Hermandad. He aprendido los secretos de las esferas... secretos que son sólo mios... y que algún día pueden hacerme Amo de toda Inglaterra.
     -No sacarás nada bueno de tus asuntos mágicos, Halcón del Mar,- replicó Hardraker con un ligero titubeo en su voz. -Haciéndonos robar esos libros, y esas botellas y trayéndote ese, ese...- Señaló hacia la arcada. Algunos de los hombres se agitaron incómodos. Los ojos brillaron y una o dos de las peludas cabezas se agitaron asintiendo.
     -Una cosa es robar a los muertos, pero otra cosa es tratar con ellos, como haces tu,- terminó suavemente, quedando en silencio mientras Banway continuaba mirándole como si fuera la primera vez que lo veía. El resto de los hombres, reanudaron sus actividades, aunque con un notorio menor entusiasmo.
     La mente de Jack se agitaba por lo que había oído. Se volvió hacia la chica.
     -Mary, cielo, ¿cómo te trajeron aquí?
     -Un hombre me trajo una misiva,- susurró ella. -Había un mensaje escrito en él con una letra que era como la tuya y con tu firma. Me contó que habías sido herido cerca del faro y me pidió que fuera con él. Pero al entrar en esta casa, Sir George hizo que sus hombres me sujetaran y me trajeron aquí abajo.
     -¡Como te dihe, Aaamo!- murmuró Sam ebriamente. -¿Le dihe o no que ella estaba aquí? confía en el viejo Sam, para engañarle. Y vino como un corderito, muchachos. Aunque sabía que tendría que luchar contra Sir Yorch. Oh, fue un truco raro...¡Para un loco aún más raro!
     -¡Un momento!- dijo un hombre armado, de ojos tristes, que era , evidentemente, el primer oficial. -Bastante peligroso es seguir nuestro camino, traer aquí el botín y conseguirle a el Halcón del Mar las impías cosas que nos hace buscar. ¿Y qué pasa si la chica se escapa y se chiva a las autoridades? Sería el patíbulo para todos nosotros.
     Sir George se rió.
     -Tómalo con calma, Allardine. Siempre has sido un bribón melancólico desde que navegas para mi. Nadie sabe que han venido aquí y nadie lo sabrá. Los aldeanos pensarán que se han fugado: he oído que al padre de ella no le hace gracia su amistad. No volverán a ser vistos en esta tierra. Además, puedo convocar ciertos poderes no soñados que harían que ningún hombre sospechara o husmeara por aquí.
     -Puede ser. Pero me sentiré más seguro cuando deje atrás estas casa y estas aguas. Los días de la Hermandad se están terminando por estos lares. El Caribe es mejor. Aquí siento el mal tocando mis huesos. La muerte se cierne sobre todos nosotros con sus negras alas agitándose y ni siquiera tus brujerías podrán mantenerla apartada de nosotros...
     Hardraker bajó de un golpe su jarra, golpeó suavemente la espalda del oficial, y le envió trastabillando por la habitación de un poderoso puñetazo. -¡Eso es de mal agüero, hombre! El cadalso; eso es todo lo que debemos temer, y siempre hemos podido capearlo.
     Señaló a Banway.
     -Es él, el que tiene que temer. Teniendo tratos con cadáveres y espíritus. ¿Has olvidado acaso que tienes a un lobo humano tras tu pista, Señor Aristócrata? ¿Has olvidado las palabras que te lanzó hace dos años, antes de que pensaras que lo habías matado?
     Sir George empalideció ligeramente. Miró nervioso de Hardraker al atónito Hollinster y de nuevo atrás. La salvaje sangre de las palabras del capitán pirata habían amenazado momentáneamente con borrar su barniz civilizado.
     -¡Hardraker, pones a prueba mi paciencia! Todos vosotros, escuchadme. No temo a nada, ¿comprendeis? a nada. ¿Acaso no lo he probado anteriormente? ¿Te gustaría morir junto con el muchacho, Jonás? Entonces cierra tu sucia boca. Os digo que el rastro es demasiado largo. Demasiado largo y debil incluso para...
     Una larga sombra se alzó sobre él, haciéndole mirar alrededor. Su cara se quedó blanca; su boca colgó abierta. Los demás se giraron y todos los ojos miraron a la escalera. Nadie había oído la puerta abrirse o cerrarse, pero allí, en las escaleras, había un hombre alto, ataviado del más absoluto negro. Sus ojos brillaban como carbones encendidos bajo sus espesas cejas. Empuñaba una pistola en cada mano.
     -¡Solomon Kane!- masculló Allardine.
 
 

             III-EN LA CRIPTA



 
 
       -No te muevas, George Banway,- dijo Kane con voz átona. -Ni tu, Jonás Hardraker. Todos vosotros, mantened las manos extendidas. Que ningún hombre piense en tocar su espada o su mosquete si desea seguir con vida.- Descendió lentamente por las escaleras, hasta la luz.
     -¡Kane! Lo sabía,- musitó el primer oficial. -La muerte está en el aire cuando él ronda cerca. Se acerca como una sombra y golpea como un espectro. Oh, los indios del Nuevo Mundo no son nada sigilosos comparados con él...
     La sombría mirada que el Puritano le lanzó, le hizo callar.
     -Me recuerdas de antiguo, ¿No es así, Ben Allardine? Me conociste antes de que la Hermandad de Bucaneros se convirtiera en un grupo de corta-pescuezos bajo el mando del Halcón del Mar. ¿Pero cuantos de vosotros recordáis esos días? En cuanto a mi sigilo... en Darien uno aprende el arte del sigilo así que no tuve dificultad en deslizarme tras los guardias entre la niebla. Lo cierto es que tu imponente pirata era un poco torpe: estúpido y descuidado, al igual que el hombre que apostaste en lo alto de las escaleras. Pero ya no cometerán más errores, te lo aseguro.
     Sir George había, para entonces, recuperado de algún modo su compostura. Caminó cautelosamente hacia delante, manteniendo la mirada en el largo cañón de la pistola de Kane, que seguía todos sus movimientos. Habló en calma, casi conversando.
     -¿Qué ha venido a hacer aquí, Señor? ¿Por qué ha entrado en mi casa de semejante manera?
     Un odio concentrado ardió en los ojos del Puritano e, incluso más aterradora, una calmosa sangre fría, no exenta de satisfacción.
     -Para matarte, George Banway.- La pasión asomaba tras su modulada voz. -Ahora escúchame. Sabes bien por qué he estado buscándote en las aguas de Portugal y de allí a Inglaterra. Hace dos años atacaste un barco en las Tortugas: el "Flying Heart" se llamaba. Yo estaba en el barco, acompañando a una joven, la hija de (no importa el nombre) hasta Dover. Su padre era un amigo muy querido; durante mucho tiempo, en años pasados, había yo mecido a su hija sobre mis rodillas.  
 Tus hombres tomaron la nave y masacraron sin piedad a todo hombre de a bordo. Fue tu primer oficial quién me derribó mientras intentaba abrirme camino hasta tu asesina garganta. Caí con tres pies de acero en mi interior, pero antes de perder la consciencia vi lo que tú y tu tripulación le hizo a las mujeres. La muerte fue más gentil que vosotros, con esa chica. Cuando recobré el sentido a la mañana siguiente, encontré su cuerpo destrozado entre los muertos, y aunque la cubierta estaba anegada y yo medio muerto por la fiebre y la pérdida de sangre, juré que te seguiría, incluso hasta la entrada del averno si fuera necesario, para obtener mi venganza.
     Kane suspiró.
     -Ha sido un rastro muy largo de seguir. He viajado entre gentes impías, a través de ciudades desiertas que mostraban el signo de tu visita. Pero ahora, la caza se terminó. Tienes una falta más que añadir a las tuyas, pues cuando el padre de la chica supo de la masacre y del destino de su hija, se volvió loco y así ha estado hasta ahora. No tenía hijos, nadie que la vengara...
     -¿Excepto tu, Sir Galahad?- ironizó Banway .
     -¡Si, yo! ¡Maldito hijo de puta!- El inesperado estallido de Kane rompió el silencio. Por un instante, el Puritano perdió su férreo control, viéndose cegado por un estallido de furia. En ese instante, Hardraker actuó. Agarró una pistola de la mesa y, sin apenas tomarse tiempo para apuntar, presionó el gatillo.
    La bala arañó la mejilla de Kane y se estrelló en el muro con un chirriante sonido. Simultáneamente, la pistola de su mano izquierda rugió su letal respuesta. La cabeza de Hardraker se echó hacia atrás. La sangre manaba de un agujero en el centro de su frente. Cayó contra la mesa, destrozándola. Su sangre se mezcló en el suelo con el vino derramado.
     El otro negro cañón apuntó al corazón de Banway.
     -La tuya será una muerte más cruel,- dijo mientras su dedo apretaba el gatillo.
     Lo que ocurrió a continuación hizo que Jack Hollinster dudara de sus sentidos. Retrocediendo, Sir George dibujó un triángulo en frente suyo con los dedos. La cámara se oscureció y un suave zumbido comenzó a sonar, incluso antes de que la figura quedara completada. El brazo del Puritano fue salvajemente levantado en el aire, como agarrado por una fuerza invisible. La pistola, cayendo de su mano, aterrizó en el suelo a cierta distancia. Todos los piratas quedaron paralizados con un supersticioso espanto, pero no así Kane. Saltó hacia delante con la agilidad de un lobo, con la luenga hoja de acero de su puñal lanzando destellos en la mortecina luz.
     -Norte nulada, lameshta-. El dedo de Banway trazaba constantes patrones entrelazados.
     El sonido creció de intensidad, casi con ira. Kane fue detenido en medio del aire, volteado brutalmente, obligándole a expulsar agónicamente el aire de sus pulmones, y lanzado hacia delante hasta estrellarse con las escaleras. Su cráneo golpeó sonoramente contra la piedra. Mientras su visión se nublaba y látigos de fuego azotaban su cerebro, creyó vislumbrar una forma azulada y espectral cerniéndose sobre él. Entonces Banway le abofeteó la cara con punzantes golpes.
     -¡Vamos, mojigato! ¡Despierta! ¿o debo hacerme a la idea de que te he vencido?- Le pateó con saña el costado.
     Los ojos de Kane's se abrieron de súbito y los hombres que lo sujetaban retrocedieron, espantados de su mirada.
     -¡Tiene la mirada de Satanás! ¡Mirad sus ojos!
     -Mejor mátale aquí mismo, Banway, -avisó Allardine. -Cada momento que respira es un momento perdido. Recuerdo haber oído contar a un hombre cómo Kane yacía casi muerto en el potro de las mazmorras Españolas, y cuando fueron a cargar su cuerpo para quemarlo, se levantó de entre los cadáveres y partió el cuello al Inquisidor. Yo digo que le mates ahora. Permítenos dejar este lugar maldito e ir a aguas más limpias. Hardraker ya está muerto y algunos más pueden irse a las tinieblas antes de que el alma de este hombre sea juzgada.
     El rostro de Sir George se iluminó con el triunfo. Ninguno de los presentes se atrevió a mirarle a los ojos, que brillaban igual que los del Puritano. Estudió cuidadosamente cada rostro antes de hablar.
     -Los planes han cambiado, Allardine. Ahora tu estás al mando. Puedes quedarte o irte, lo que tu elijas. He decidido conservar a mi lado a Hollinster por un tiempo para que pueda ver con qué festivos deportes entretengo a mis invitadas.
     Hizo una señal a sus sirvientes, que rudamente, empujaron a Kane a sus pies y le arrastraron hacia el arqueado portal. Los barrotes de su puerta brillaron a la oscilante luz de la lámpara. El noble agarró una larga estaca de madera de entre los cofres, enrrolló a su alrededor un trapo mojado en aceite, y lo encendió. Su rostro era como la máscara mortuoria de un Mandarín en las tinieblas.
     -Ven conmigo o vete, Allardine: no me importa gran cosa. Recuerda sólo, lo que has visto aquí esta noche y sabe que yo soy tu amo, sobre todas las cosas. Cada día, mientras tú te halles mendigando tu triste botín, yo me haré más fuerte en las artes necrománticas. De modo que no se te ocurra pensar en traicionarme o, por todos los Diablos que daré contigo estés donde estés. Lleva a la chica a mi cámara y enciérrala allí... y no le toquéis un pelo de la cabeza, ninguno de vosotros. Dejad aquí abajo a Hollinster: quiero que escuche los alaridos finales de Kane... eso si el Puritano tiene aún garganta con la que gritar.
     El primer oficial hizo una seña a dos de sus hombres para que se llevaran de la estancia el cuerpo de su anterior capitán.
     -No tragaré con este trabajo del demonio, Halcón del Mar. Vamos, muchachos; tenemos tarea pendiente. Volveremos en dos meses y no será demasiado pronto.
     Sir George les observó en contenido silencio mientras subían las escaleras, llevando con ellos a la chica atada. Ninguno se dió la vuelta para contemplar el pequeño grupo que dejaban atrás.
     Jack llamó a Mary, pero su voz carecía de fuerza alguna. Su corazón era como un órgano muerto en su interior mientras se preguntaba qué sería de ellos en las manos de este brujo. Apareció de súbito en su mente, el recuerdo del hombre que había sido encontrado, espantosamente mutilado, en el patio de Banway, una mañana de invierno. El cuerpo había sido casi partido por la mitad y grandes goterones de sangre congelada manchaban la nieve en una gran extensión a su alrededor. Al ser interrogado, el aristócrata dijo que sus perros habían atacado al aldeano, pero había muchos rumores en la aldea que señalaban cuán curioso era que Sir George nunca comprase carne para dichos sabuesos, y lo extraño que era que las bestias no hubieran sido nunca vistas u oídas. La influencia del noble había conseguido que dichos rumores no pasaran de ahí.
     Banway desbloqueó la puerta y encabezó la marcha por un largo corredor, semejante a un túnel. Las sombras que su antorcha arrojaba sobre los muros semejaban antiguos gnomos. El pavimento sonaba a hueco. Sintiéndose ligeramente mareado, Kane no hizo movimiento alguno para liberarse. Había tanteado sus ataduras mientras entraban en el túnel y las había hallado fuertes y bien anudadas. El hombre a su izquierda llevaba una pistola apuntando a su sien: no corrían riesgos. La ira del Puritano aún ardía en su interior, pero ahora, en su mente, se imponía la frenética necesidad de acabar con Banway antes de que pudiera hacer daño a la indefensa pareja.
     Llegaron al final del túnel, donde una pesada losa cubría parte del suelo. Cediendo la pistola a Sir George, el sirviente de la izquierda se agachó y la levantó. Una repugnante miasma y un suave siseo flotaron fuera del agujero.
     -Estas son mis criptas, Kane,- dijo Banway con suave voz. -¿Has oído hablar de las "Mazmorras Bajas de las Ratas"? Hay un túnel que las comunica con el mar. Cuando la marea está alta, como ahora, puedo inundar la cámara entera sólo con abrir la trampilla. Ah, pero la asfixia no es la muerte que he planeado para ti.
     Se detuvo para ver qué efecto estaban teniendo sus palabras, pero los ojos de Kane eran estanques de puro fuego.
     -Pretendía poner a Hollinster aquí abajo, aunque se me antoja que habría ofrecido un pobre espectáculo con sus débiles brazos. Tu eres un jugador más interesante, más parejo a tu verdugo. De todos modos, no importa cuán fuerte seas, no hay escapatoria. Da gracias a que no acabara con tu existencia con el Conjuro del Gusano. Te ofrezco la muerte de un luchador: en eso soy compasivo.
     Hizo una señal con la pistola y el otro mulato obligó a Kane a asomarse a la abertura. Un nauseabundo olor a pescado, mezclado con hedores de algas podridas llegó desde la oscuridad. En algún lugar, a lo lejos, se escuchaba un suave retumbar.
     -Soltadle.- La voz de Sir George estaba teñida por un miedo que se imponía a su confianza y bravuconería. Uno de los sirvientes cortó las ataduras con un cuchillo. Mientras Kane comenzaba a masajear sus doloridos brazos para restaurar la circulación, el aristócrata, de súbito, arrojó la antorcha a la cámara inferior. Algo allí abajo se apartó de la luz, cobijándose en la oscuridad.
     - "Fiat lux." ¿Alguna última palabra, mojigato?
     -Si, desecho del Purgatorio,- replicó Kane. -Crees que podrás librarte de mi haciendo esto, pero has de saber que he jurado matarte antes del alba, y mantendré mi palabra aunque deba quedar tres veces maldito y tres veces condenado. Eres un hedor ante las narices de Dios, una negra mancha en los libros de los hombres. Hazme caso, pues tu vida se esfuma lentamente a cada grano que cae del reloj de arena.
     -¡Echadle abajo!- aulló Banway. La mano que sujetaba la pistola estaba temblando.
     Los sirvientes le dieron un empujón y Kane cayó en el agujero, aterrizando como un gato, sobre sus pies y manos. Se levantó y miró los rostros que se mostraban en la abertura circular. Sir George ya no sonreía.
     -Piensa en la moza, Kane; puede que eso te ayude a morir bien. Y piensa tambien en la otra moza.
     La tapa volvió a encajarse sobre la abertura. Una ancha losa fue depositada encima, dejando a Solomon y a su odio sumidos en las tinieblas.
 
 

   IV-CAMBIO EN LA MAREA



     No estaba solo. Un hombre le observaba desde más allá del pequeño círculo de luz que arrojaba la antorcha. Era una cabeza más alto que el Puritano e increiblemente demacrado. Su piel tenía esa enfermiza palidez de los que han sido confinados en la oscuridad demasiado tiempo. No había rastro alguno de pelo en la totalidad de su cuerpo desnudo. Sus brazos tenían una longitud antinatural, con nudosos músculos que indicaban una gran fuerza pese a su esquelética delgadez. Tras mirar los ojos de aquel hombre, Kane juzgó que debía estar medio loco.
     Se estudiaron el uno al otro durante un tiempo antes de que Kane se fijara en el resto de la estancia. La cámara era grande y de techo bajo. Un bosque de delgadas columnas soportaba el techo abovedado. El suelo se encontraba casi oculto entre montañas de cieno y amplios charcos de agua en los que flotaban las algas junto con los cuerpo medio devorados de numerosos pescados. El aire estaba cubierto por los nauseabundos hedores del mar en decadencia. Había una puerta de metal oxidado, de grandes proporciones, al final del muro más lejano; tras ella parecían escucharse truenos lejanos. Entonces, sus ojos regresaron al hombre, que había comenzado a hablar.
    -Saludos, forma de vida. Seas quien seas.- La calidad de su voz impresionó al Puritano. Mostraba gran dificultad en formar las palabras, como si su garganta no hubiera sido usada en mucho tiempo para el lenguaje de los hombres. Estaban desagradablemente distorsionadas, como las palabras que saldrían de los descompuestos labios de los marineros enterrados bajo el limo de las profundidades marinas.
    Kane levantó la antorcha y la colocó en la argolla de un pilar cercano. Caminó de vuelta hacia su compañero, notando con repulsión sus largas uñas y y la mugre que cubría su escamosa piel.
    -¿Quién eres? ¿Qué relación tienes con el amo de este lugar?
    -¿Y eso a ti que te importa?- replicó el otro con un gruñido. Por primera vez Kane vió las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Pero cualquier piedad que el Puritano pudiera haber sentido hacia esta sufriente criatura quedaba eliminada por la impía ansia y maldad antigua que reflejaban sus ojos.
    Continuó hablando, con voz densa y borboteante.
    -Por lo visto, me encerró aquí abajo hace ya muchos años. No puedo recordar cuántos. Sólo recuerdo que fui capturado en las Islas del Norte... odiado, maltratado y temido... hasta que sus hombres vinieron y me llevaron consigo. Él sabía lo que yo era, y no me temía...
    -¡Pero basta ya de explicaciones! No me importan los recuerdos: son algo maldito y repugnante que me acosa noche y día. No es malo mi destino. Me alimenta bien, como verás, pues todo lo que entra en esta cripta se convierte en mi presa. Así es como es, extranjero. Contempla.
    Con la garra de su dedo índice señaló al enorme portalón, que comenzaba a levantarse lentamente. El agua del mar penetró a través de la estrecha abertura en una espumeante ola que llegó hasta los pies de Kane para luego retroceder. Por un instante quedó asombrado, antes de que un gutural graznido le hiciera contempar una visión espeluznante.
    El morador de la cripta cambiaba de forma delante suyo. Su rostro se alargaba y engordaba y sus ojos brillaban como perlas muertas. Donde antes estuviera su nariz, ahora había dos hendiduras. A cada lado de su cuello, una aleta se movía rítmicamente. Su piel adoptaba tonos verdosos, mientras gruesas escamas la cubrían. Alzó una mano y el Puritano observó sus dedos palmeados. De un modo grotesco, se arrastró hacia la luz. La hendidura de una boca se abrió, revelando brillantes colmillos como agujas.
    -Oomo te dihe, ehtoy cambiando,- gorgoteó con su hinchada garganta.
    -¡Esto es obra de Satanás!- jadeó Kane, retrocediendo. El agua manaba salvajemente entre los pilares y el rugido de la cámara se incrementaba. La criatura se giró y se sumergió en el agua, revelando por un instante las aletas que sobresalían a su espalda. ¡Así que era esto de lo que hablaba el maldito Banway! Kane había oído hablar de dichos seres: humanoides marinos, hombres que se convertían en cosas menos que humanas, cuando la marea estaba alta y el agua cercana.
    Un remolino tiraba de sus piernas mientras el agua le llegaba hasta las rodillas. No había rastro del humanoide en la rápida marea ascendente. Kane comenzó a dirigirse hacia la oscilante antorcha, que la espuma amenazaba con extinguir.
    Un cuerpo escamoso emergió de súbito del agua, en frente suyo. Le rodearon fuertes brazos y unas garras se curvaron para hundirse en su carne. El rostro era una burda mueca de su anterior humanidad. Sólo los ojos brillaban con la misma ansia. Se movió con rapidez para esquivar aquello, pero el hombre-pez lo hizo aún más rápido, saltando tras de él y azotándole con sus afiladas zarpas. Un antebrazo golpeó a Kane en un lado del cuello, haciéndole trastabillar. Cayó hacia atrás, y las frías aguas se cerraron sobre su cabeza.
    Mientras intentaba levantarse, un pesado cuerpo se apretó contra él. Unas garras se hundieron profundamente en su pecho. El humanoide le agarró del pelo con su otra mano y le sumergió la cabeza en el agua. incapaz de respirar, Kane explotó en una furiosa actividad. Golpeó con sus pies y sus puños, y sintió que la presa del monstruo se relajaba ante susgolpes como martillos. Retrocedió dando badazos. Manaba sangre de su mano desgarrada.
    El agua le llegaba a la cintura, mientras se dirigía hacia la antorcha... su última oportunidad. Sus dedos se cerraron alrededor de la dura madera y la extrajo de la argolla. Un salvaje chapoteo sonó justo detrás suyo. Giró el tizón en remolino, alrededor suyo, con toda la fuerza que pudo conseguir. El extremo encendido golpeó contra el cráneo del hombre-pez. Sus ojos se cerraron de dolor y tropezó hacia atrás. Sin dar a la criatura una sola oportunidad de escapar en el agua, Kane esgrimió la antorcha como un demente; lanzó un sin número de demoledores golpes a la cabeza y costado de la criatura. La madera sonaba sordamente contra la endurecida piel. Las chispas y las llamas herían la piel del humanoide. Pero entonces, el pie del Puritano resbaló en el cieno. Cayó hacia delante y perdió la antorcha, que se extinguió.
    Un brazo se enrrolló alrededor de su cuello, empujándolo hacia abajo. Sus propios dedos buscaron y hallaron las palpitantes hendiduras de las agallas. Comenzó a estrangular a la bestia, que a su vez le estrangulaba. Atrapados en aquel abrazo mortal, chocaron contra los pilares, pero ninguno se percató de ello. Era una batalla de pesadilla, de agudos colmillos e inhumano dolor, bárbara y a muerte. El Puritano, notando que su fuerza menguaba con rapidez, envió sus últimas energías a sus poderosos dedos. Sus labios se oprimieron en una fantasmal mueca de esfuerzo sobrehumano. Una luz cegadora resplandecía ante sus ojos y su corazón retumbaba sonoramente bajo las aguas. Su boca se abrió para lanzar un desafío a los súbditos de Satanás...

    Se encontró a si mismo pataleando débilmente en el agua, aspirando grandes bocanadas de aire. Sus músculos estaban entumecidos por el agua fría. Un brazo del humanoide muerto le golpeó suavemente, por efecto de la corriente. Kane quedó sorprendido al percatarse de que sus dedos aún apretaban el nervudo cuello. Los relajó y disgustado, empujó el cadáver lejos de si. Cada movimiento que hacía le causaba un dolor extremo, pero sabía que debía salir de allí antes de que se ahogara.
    El agua se había elevado por encima de la parte superior de la trampilla marina, y estaba extrañamente quieta bajo las bóvedas, ahora que el rugido había cesado. Todo lo que podía escuchar era el golpeteo de pequeñas olas contra los muros. Sin embargo, la rápida corriente le indicaba que el mar continuaba entrando tan veloz como antes, y pronto alcanzaría el techo abovedado.
    Nadó entre los pilares, buscando con presteza la reja que señalaba su única vía de escape. Tras lo que parecieron siglos, sus dedos asieron las barras de hierro. Murmuró una silenciosa plegaria y presionó hacia arriba con un volcánico torrente de energía. Sus músculos se tensaron por el esfuerzo mientras pateba furiosamente en el agua. El agua llegó hasta su boca haciéndole toser. Pero la reja se movió poco a poco hacia arriba hasta que fue capaz de introducir los dedos en el corroído metal y en el borde de la abertura. Se alzó con un último estallido de fuerza y la verja y la losa cayeron hacia un lado con un fuerte estampido. Kane se arrastró lejos de la remolineante oscuridad  hasta yacer en el suelo como un muerto empapado.
 
 

   V-LA LLAMA SE EXTINGUE



    George Banway soltó la cortina y se apartó de la ventana. Por unos momentos, quedó absorto en sus pensamientos ante la degastada pared, forrada de madera, las funestas colgaduras y la mesa cubierta de polvo sobre la que reposaba un voluminoso astrolabio. Uno de los muros estaba completamente atestado de libros, de todas las formas y tamaños. El seco aroma de los años llenaba la sala como un incienso acre. Quitándose el jubón, comenzó a desabotonarse la camisa, con cierta ira.
    -¡Se van! ¡Pandilla de cobardes!- dijo a la chica, que yacía ante él en el diván. -Se van porque no pueden comprender lo que he hecho, y me temen. Pronto, ah, pronto Inglaterra estará a mi disposición, para tomarla. Ahora que he quitado de mi camino a ese cazador negro, no tengo nada que temer... ni de hombres ni de demonios.
    Rió mientras se servía una copa de vino.
    -La mirada de la cara de Galahad cuando le eché al agujero... realmente tenía intención de amenazarme. Dame un beso por él, chica; dame un beso por tu muchacho y tu rescatador.
    Se acercó a ella y presionó brutalmente sus labios contra los suyos. La joven intentó apartar la cabeza, pero él la sujetaba con mano de hierro. Cuando el brujo alzó su cabeza, había sangre en sus labios.
    -¡Por Dios que eres una fierecilla, pequeña furcia! ¡Te aplicaré un correctivo... ahora mismo!
    La levantó y la precipitó en la losa de mármol blanco como la leche que se alzaba en el centro de la cámara. En cada esquina había unos candelabros en forma de estrella, que contenían esbeltas velas de color escarlata. La acostó sobre la tela de terciopelo púrpura que cubría la superficie del bloque.
    -Esta sala es, tambien, mi capilla, moza, y este es mi altar que no ha sido labrado por martillo alguno. ¿Has oído hablar de la Venus Negra? No, supongo que no. Bien, pues sabe que quienquiera que arrebate a una doncella su virginidad sobre este altar y ofreca el acto a la Nigra Mulier recibirá el triple de su poder mágico.
    Apoyó en el altar un volumen ribeteado de oro, semejante a un libro de misas, y pasó las páginas rápidamente. Mary Garvin se estremeció, cerrando sus ojos con horror tras vislumbrar el dibujo de una bruja, obscenamente gorda, posando con descaro ante la atención del Amo del Sabbat.
    La frente del noble estaba perlada de sudor, mientras encendía los candiles y la lámpara de plata con forma de Hidra. Una vez hecho esto, se quitó la camisa. Su peludo pecho estaba marcado con las cicatrices de muchos combates; en su pecho derecho aparecía tatuada la marca de la bestia. A Mary le dió un vuelco el corazón y lloró amargamente.
    Sin apenas prestarle atención, Banway levantó los brazos y entonó solemnemente:
    -Infames amores incubi succubique veniunt accepti tibi, Nigra Mulier. Sic quoque meus amor veniat.
    Su mano se cerró sobre la boca de ella, antes de que la muchacha pudiera gritar, mientras la otra agarraba el frente de su vestido y lo desgarraba hasta la cintura.
    -Meus amor...- Se detuvo, mirándola, con los ojos rasgados de lujuria.
    -¡Banway!
    El grito sonó en el silencio como el estampido de una pistola. El brujo se tensó y miró alrededor, incapaz de controlarse por un momento. Jack Hollinster estaba en la entrada, con un pesado mandoble en la mano. A sus pies yacía la forma ensangrtentada de uno de los sirvientes. Su rostro era una visión terrible, pero no hizo movimiento alguno para entrar en la habitación.
    -¡Hollinster! ¿Cómo has salido del sótano? ¿Sigues pensando en detenerme? Loco, te sacaré el corazón por esto.
    Alzó su mano e inscribió un círculo en el aire.
    -Lameshta.
    La espada explotó en un millar de fragmentos. La ya inútil empuñadura cayó a la alfombra de las doloridas manos del joven. Banway se acercó. Pese a su furia, sonreía...
    Mary gritó.
    -¡Corre, Jack! Te matará...
    -Tus miembros están atados y no puedes moverte ni agitarte,- entonó el brujo con voz cantarina. A Jack le invadió el miedo cuando intentó alzar el brazo y descubrió que no podía.
    -Ahora, Hollinster, muere como un perro delante de tu chica...
    Solomon Kane cruzó la puerta, junto al paralizado joven. Su vestimenta estaba hecha harapos y manchada de un profundo rojo rubí; su cabello grisáceo estaba pegado a su frente con sangre seca. Pero sus ojos ardían con la misma luz fría que habían mostrado antes.
    -¡Kane!- jadeó Banway con un asustado susurro. -No, es...
   Hubo una súbita ráfaga de luz y entonces Sir George Banway cayó a los pies del puritano, con un ligero espasmo. Manaba saliva de su boca; Un tenue hilo de sangre escapaba de su ojo izquierdo. Por un instante, una llamita azul pareció arder sobre la cabeza del muerto, antes de desvanecerse.
    -A través del globo ocular, hasta el cerebro,- dijo Kane malhumorado, limpiando la hoja de su estoque en una cortina. -No merecía una muerte tan rápida y fácil. Me pesa el corazón por haberlo hecho así.
    Levantó la mirada hasta Jack, libre ya de su hechizo, desataba a la muchacha y la calmaba mientras la cubría con su chaqueta. La sala estaba extrañamente fría, y la casa crujió a su paso mientras descendían por las escaleras principales, pasaban por la entrada al sótano y junto al otro mulato muerto, y salían por la puerta principal al fresco y sano aire de la noche.
    Se detuvieron en el patio, ante la ominosa y amplia mansión. Una luna creciente brillaba fríamente a través del azulado velo de la niebla, revelando las fantasmales formas de los árboles y setos. Caminaron perdidos en sus propios pensamientos hasta que al fin, el Puritano habló.
    -Navegó en un océano de sangre y se entrometió en Cosas viles, no terrenales. Dios ha otorgado que la muerte y la destrucción le sigan al infierno por toda la eternidad. Roja será su ruina; ¡Y negra su condenación!
    Su talante sombrío se fue tan rápido como había venido. Sonrió con ternura a la pareja. Cuando puso sus manos en los hombros de Jack, el joven sintió su poder.
    -Pronto llegarán vuestros amigos, Jack, y los recuerdos de esta casa serán olvidados. Tras las fatigas regresan la fuerza, la paz y la felicidad. Quizás vuestros caminos corran más rectos, tras esta noche de horror.
    La muchacha asió su mano.
    -No sabemos como agradercerle...
    -Bastante me lo habéis agradecido ya, niña.- respondió Solomon con su voz profunda y vibrante. -Es suficiente para mi veros a salvo y libres de todo mal. Casaos y tened hijos sanos y fuertes, e hijas de sonrosadas mejillas.
    -Pero, Señor, ¿Quién sois vos? ¿Qué buscáis?
    Una mirada mística resplandeció en los ojos del Puritano; su voz mostró un tinte de tristeza.
    -No soy más que un hombre sin tierra, antaño de Devon. Del ocaso he venido, y al amanecer debo irme... donde quiera que el Señor guíe mis pasos, ya sean sucios o hermosos caminos. Quizás busque la salvación de mi alma, quizás no. Llegué aquí siguiendo un rastro de venganza. Ahora debo dejaros, pues la aurora no está lejos y no quisiera que me encontrara inactivo. Si, mis pies están cansados de errar y los años pasan rápido, pero mientras los hombres sean perseguidos y las mujeres vejadas, mientras sufran los débiles de la tierra, no podrá haber descanso para mí bajo el cielo azul, ni paz en el lecho o en la mesa. Os deseo lo mejor.
    -¡Quedaos!- Exclamó Jack con un nudo en la garganta.
    -¡Oh, por favor, esperad un momento, Señor!- sollozó Mary.
    Pero la alta figura se había desvanecido en las tinieblas y el único sonido que se escuchaba era el golpeteo de las gotas de niebla sobre las hojas muertas.