El regreso del Cráneo Viviente (The Return of Skull Face) por Robert E Howard y Richard A Lupoff
Traducción:
Javier Jiménez Barco
El Regreso del Cráneo Viviente
Por Robert E. Howard y Richard A. Lupoff
CAPITULO I
Sir Haldred Taverel se sentó en el lecho, consciente tan sólo de que un horror creciente le rodeaba. Se llevó las manos a la cabeza, intentando recobrar sus sentidos, como un hombre que acabara de despertarse de repente de un sueño profundo.
Había creido soñar con algo... ¿o acaso no había sido un sueño, aquella espantosa cara amarillenta que había flotado en el aire frente a él? Sir Haldred se estremeció. El recuerdo de aquellos ojos brillantes e inhumanos, y de aquella boca lacia y bestial era asombrosamente vívido. Pero no podía estar seguro de haberlo visto, o de haberlo soñado...
Comenzó a reunir los diferentes fragmentos de sus recuerdos, mientras sus ojos vagaban por la vasta alcoba, atiborrada de muebles lujosos y sombríos. Y, mientras sus ojos escrutaban en busca de cualquier movimiento silencioso entre los antiquísimos tapices, rememoró los hechos acontecidos durante los últimos dos meses.No obstante, tampoco era el único ocupante... estaba Lo Kung, el único sirviente que cuidaba del lugar, dejado allí por su anterior propietario. Sir Haldred reflexionó acerca de Lo Kung: parecía casar bastante bien con aquel viejo castillo, pues era un sujeto delgado, silencioso y hasta espectral... aunque el joven lord no podía evitar sentir una cierta sensación de familiaridad hacia ese hombre, algo que no podía explicar... había algo tortuoso y conocido en los hombros encorvados y en la voz sibilina del oriental.
La muerte de un pariente lejano había elevado al joven lord, desde una posición modesta, de noble provinciano, cuya fortuna familiar se había ido esfumando, a una posición relativamente privilegiada. En el espacio de una breve semana, Sir Haldred se había visto arrancado de las tierras que le vieron nacer, y aquella transición le había dejado confuso, aunque también complacido, por la posición social que había conseguido. De las plácidas praderas del sur de Inglaterra, se había trasladado a aquella inhóspita y desolada costa del Norte, para ser el único ocupante de aquel vetusto castillo, que, según decía la tradición, estaba encantado por los espectros de antiguos crímenes.
Pero Lo Kung le había asegurado que nunca antes se habían visto; y lo había mantenido con firmeza, con ese deje suyo, tan cortés e impersonal. Pero entonces, ¿Por qué actuaba de un modo tan extraño el día que Sir Haldred llegó? Había abierto la puerta, en respuesta al timbre de llamada, había salido al exterior, y había empujado hacia dentro al recién llegado; y, de repente, se había quedado completamente inmóvil, como si hubiera sido golpeado por una fuerza invisible. Durante un instante, le había parecido como si el oriental le fulminara con la mirada, a través de las coloridas gafas de montura metálica que el chino solía llevar, pero su rostro inmóvil y su mentón, extrañamente prominente, no habían mostrado expresión alguna.
Los hombros de Sir Haldred se encogieron en su pijama de seda, mientras recordaba su estancia en Taverel Manor... breve hasta la fecha, pero que estaba lejos de resultar agradable. Había tenido muy pocos visitantes; había pasado la mayor parte del tiempo vagando por el sombrío y vetusto castillo, intentando acostumbrarse al silencio, a la sensación de que le observaban unos ojos invisibles, y de que escuchaba pisadas sigilosas...
De repente, se levantó de un salto de la cama, con una exclamación de impaciencia. O bien lo había soñado, o bien había un hombre en su alcoba, hacía tan sólo unos minutos... ¿Un hombre? Quizás ni siquiera fuera un hombre, sino una criatura espantosa, de rostro amarillento, que no se parecía a Lo Kung o a cualquier otro chino, más de lo que se pudiera parecer al propio Sir Haldred. Recordaba a un simio sin pelo, con una piel reseca y apergaminada... Sir Haldred cruzó velozmente la habitación y abrió la puerta, sintiendo un pequeño estremecimiento de aprensión al encontrar el picaporte sin bloquear. Recordaba haber echado el cerrojo antes de haberse ido a dormir, o al menos haberlo intentado.
Se apresuró a recorrer el oscuro pasillo, débilmente iluminado por la luz de la luna, que se las apañaba para filtrarse a través de una de las ventanas con cortinas, y descendió por las escaleras, hasta la negrura absoluta de la primera planta. No se escuchaba sonido alguno, pero se sintió molesto consigo mismo al darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración. En aquellos instantes, deseó llevar un arma encima; aquella vieja mansión estaba afectando a sus nervios. Esa misma mañana, Lo Kung le había comentado que parecía más pálido que de costumbre, y le había aconsejado que fuera a pasar un par de días a Londres. Lo Kung había parecido bastante preocupado mientras se lo decía, y, ahora, mientras Sir Haldred lo recordaba, se preguntó acerca de la sensación que le había producido su tono de voz. En aquel instante deseó haberle hecho caso, mientras continuaba desceniendo lentamente por la escalera en sombras. No tenía linterna, y la casa no poseía una conexión eléctrica con la central del pueblo.
Acababa de llegar al pie de las escaleras, que conducían al vestíbulo de la planta baja. En toda la casa no se escuchaba ningún sonido... hasta que el joven tropezó pesadamente contra algo que yacía en el suelo, junto al comienzo de la escalera.
Se incorporó y encendió una cerilla. Permaneció inmóvil, con la boca abierta, y presa del horror, mientras la cerilla ardía hasta casi quemarle los dedos. A sus pies yacía Lo Kung, y sólo bastaba un breve vistazo para descubrir cómo había muerto. El chino había sido descuartizado de un modo espeluznante, como por un animal salvaje. Sir Haldred encendió otra cerilla, y se acercó más. Las gafas del cadáver habían sido destrozadas y echadas a un lado, y sus ojos muertos estaban abiertos. El joven aspiró profundamente. Asió la barba punteaguda que crecía en la prominente barbilla del cadáver, y, para su sorpresa, la barba resultó ser postiza. Durante unos intantes permaneció inmóvil, presa del asombro y la incredulidad; entonces, de repente, un sonido atrajo su atención.
En el otro extremo del vestíbulo, se había movido algo... había sonado como los pasos sigilosos de unos pies descalzos... humanos o de otra naturaleza. Sir Haldred agarró con fuerza un pesado atizador metálico, y se dirigió al vestíbulo, mientras su rostro adoptaba una expresión sombría. El espantoso drama que se había representado en aquella casa, oscura y silenciosa, estaba lejos de haber acabado.
Al fondo del vestíbulo se alzaba una curiosa reliquia, fruto de los vagabundeos del anterior propietario por tierras extrañas... una desagradable escultura pagana. Constaba de un pedestal alto, grotescamente tallado, que descansaba firmemente junto a la pared del otro extremo del vestíbulo. Sobre aquel pedestal se sentaba un gran ídolo, repugnante y asqueroso: una aterradora caricatura de la humanidad.
Al llegar allí, Sir Haldred se detuvo intrigado. Tenía la mirada fija en el ídolo. De repente, sus ojos resplandecieron de horror e incredulidad; el atizador cayó al suelo desde sus manos lacias, y un grito espantoso y enloquecido salió de su interior, sacudiendo el silencio de la mansión. Entonces, la quietud volvió a caer sobre el lugar, como una negra burma, rompiéndose sólo por el nervioso escarbar de una rata, que había salido de su escondite para contemplar el cadáver que yacía junto a las escaleras.
CAPITULO II
--Pero mi querida niña, si todo Scotland Yard ha fallado... ¿Cómo voy a poder ayudarla yo?
--Verá, querida -dijo gentilmente el hombre alto-. En realidad yo no soy un detective; es verdad que, en cierto sentido, estoy conectado con el Servicio Secreto Británico. Pero mi campo de acción suele ser el Lejano Oriente...
La joven, con un gesto de indefensión, extendió ambas manos a la vez, mientras sus ojos recorrían la habitación, extrañamente amueblada. Junto a ella, había otras cuatro personas en la estancia... otra chica y un joven... sus compañeros; los otros dos se sentaban frente a ella, y era a ellos a quienes había venido a ver. Uno de aquellos hombres era alto, de hombros anchos, esbelto, bronceado por el sol y con unos penetrantes ojos grises. El otro no era tan alto, y resultaba más corpulento; se trataba de un sujeto de constitución poderosa, cuyos rasgos oscuros se hallaban tan inmóviles como los de un indio.
--¡Precisamente por eso he venido a verle! -Interrumpió la joven-. Además, no tenía a nadie a quién recurrir cuando la policía abandonó el caso... y, dadas las circunstancias...
--Sir Haldred Taverel significaba mucho para usted, ¿No es así?
--Estábamos prometidos e íbamos a casarnos, -su voz se quebró hasta un seco sollozo-. Y entonces ocurrió todo este terrible asunto...
--Hermana, será mejor que nos cuente todos los detalles, -interrumpió el joven que había frente a ella-. Ya hemos leido sobre ello, claro está, pero puede que haya algunos puntos...
--Verá usted, señor Gordon, Haldred Taverel nació y se crió en la hacienda de mis padres; todos nosotros crecimos juntos, y yo le conozco como se conoce a un hermano. Si se tratara de otra persona, pensaría que se había metido en un jarrón y se había tirado al mar ¡Pero él no! Si le ocurriera algo, yo sé que él lo afrontaría cara a cara. Por eso estoy segura de que en este asunto hay algo que huele mal.
"He estado haciendo averiguaciones en el vecindario del castillo, poco después de su desaparición, y he descubierto que el lugar posee una historia larga y truculenta. Hace más o menos un siglo, esa rama de la familia Taverel eran un grupo bastante oscuro... nada que ver con nuestros Taverel del sur, gente del campo, muy agradables. Poco a poco, fueron muriendo, hasta que, finalmente, el castillo quedó vacío. Sir Rupert Taverel, el último descendiente directo, vagó por todo el mundo durante la mayor parte de su vida, pero unos pocos meses antes de morir, decidió reparar sus posesiones ancestrales. Se mudó al castillo con un sirviente, un chino, y no llevaba allí más de un mes cuando cayó... o fue arrojado... desde una ventana de la zona superior, y murió en el acto. Aquello levantó mucho revuelo, pero no se pudo probar que hubiera sido cometido ningún crimen. En aquel momento no había nadie más en la casa; el criado chino demostró que había estado en la taberna de la aldea. Parecía bastante evidente que Sir Rupert se había caido desde la ventana de su dormitorio mientras estaba borracho, o caminando en sueños. Era un hombre rudo y amargado, con un pasado oscuro, y no dejó testamento, pues carecía de amigos."
"En ausencia de un testamento, todo el patrimonio fue a parar a Sir Haldred, que era un pariente lejano, pero aún así, el siguiente en la línea sucesoria. Tal como era la costumbre, se mudó allí... pues el heredero de las tierras siempre vivía en Taverel Manor, tal como había hecho Sir Rupert... aunque prometió regresar en breve."
"Entonces, una noche, ocurrió. ¡Haldred Taverel y su criado chino, -el mismo hombre que había trabajado para Sir Rupert- se desvanecieron por completo de la faz de la tierra!"
--¿No hubo ninguna pista? -El apuesto rostro bronceado de Gordon mostró interés-. ¿Ningún rastro que mostrara si habían sido asesinados o capturados con vida?
--Había unas manchas de sangre en el suelo, cerca de las escaleras, en el vestíbulo inferior... evidencias de lucha; un pesado atizador yacía en el suelo, junto a un altar un tanto peculiar, en el otro extremo del vestíbulo. Aparte de eso... ¡Nada!
"Arriba, en la alcoba de Sir Haldred, las ropas que, presumiblemente, había vestido el día anterior, se hallaban cuidadosamente dobladas, justo donde las dejara antes de irse a la cama. Ninguna de sus pertenencias había desaparecido; ni siquiera su reloj, o su agenda. ¡Si de verdad se marchó, debió de hacerlo en pijama!"
"La policía local estaba aturdida, y Scotland Yard envió a uno de sus hombres, que no obtuvo mejores resultados. Eso fue hace casi un mes. La policía ya ha desistido. Registraron el castillo desde el sótano hasta el ático, y no encontraron absolutamente nada."
--¿Hay alguien ahora ocupando la casa?
--Si. Un tipo llamado Hammerby se ha mudado a ella... un sujeto aburrido, con pinta de clérigo, que parece tener una especie de deuda pendiente con Joseph Taverel. Joseph es el siguiente en la línea sucesoria, y, tras la muerte de Haldred... o tras su desaparición... el patrimonio lo hereda él. Pero Joseph no puede regresar a Inglaterra, a menos que sea con una soga al cuello, pues huyó del país hace años, tras el brutal asesinato de una joven con la que había tenido una aventura... un caso bastante sórdido.
"Lógicamente, la policía se interesó por el caso, pero Hammerby jura que desconoce el paradero de Joseph, y que no sabe nada acerca del crimen. Hammerby en británico, pero ha vivido en Norteamérica durante casi veinte años. Dice que allí tuvo negocios con Joseph, aunque por lo visto le dio un nombre diferente."
"Joseph le robó una importante suma de dinero en un acuerdo comercial, y, cuando estaba a punto de hacerle encerrar por ello, Joseph le dijo... y se lo probó... que era uno de los herederos de una gran hacienda en Inglaterra, y que acababa de enterarse de la desaparición de su primo; por ello, estaba dispuesto a cederle a Hammerby todos sus derechos sobre el patrimonio de los Taverel. Es decir, en caso de que se probara que Haldred estaba muerto. Hammerby tiene una carta firmada por Joseph, en la que afirma que Hammerby le representa, y le concede plenos derechos sobre las posesiones, hasta que se pruebe que Haldred está vivo. Si en efecto aún viviera, Hammerby, claro está, tendría que marcharse. De estar muerto, el patrimonio iría a parar a manos de Hammerby, como pago de la deuda. Hammerby ha aceptado algo que podría no reportarle nada, al final, aunque Joseph parecía condenadamente seguro de que Haldred estaba muerto.
"Todo esto es bastante irregulr, pero, evidentemente, Joseph no puede venir a hacerse cargo él mismo de la herencia, con la sombra del cadalso cerniéndose sobre él. Y la carta no es una falsificación; al compararla con otros ejemplos de la escritura de Joseph, se demostró que la caligrafía de la carta de Hammerby era genuina. Y como parece que nadie quiere tener nada que ver con la casa, se le ha permitido a Hammerby que se mude a ella, cosa que ha hecho. La idea es que ocupe la casa sin pagar ningún alquiler durante su estancia. Y si Haldred volviera a aparecer, Hammerby ha accedido a pagar el alquiler atrasado, y a abandonar el lugar. Por el contrario, si se prueba que Haldred está muerto, la casa y el dinero irán a parar a Hammerby. Es bastante irregular, pero han pasado cosas tan extrañas..."
--¿Qué tipo de hombre es ese Hammerby? -Preguntó Gordon con curiosidad.
--Oh, es un tipo aburrido, de mediana edad, y bastante pedante. El tipo habitual de británico de clase media que ha conseguido lograr algo de dinero, pero que se empeñaría hasta las cejas con tal de lograr un título o algo que se le parezca. Ya sabe a qué me refiero: buena gente, pero seco y tedioso.
"Oh, pero nos estamos apartando de lo más importante, -exclamó la joven-. Señor Gordon, usted ha sido amigo de mi familia durante más tiempo del que puedo recordar. ¿Querrá hacerme este favor? ¡Acérquese con nosotros hasta Taverel Manor y eche un vistazo! ¡Por favor! ¡Me voy a volver loca si no hago nada!
--Puede estar segura de que iré, Marjory, -dijo Gordon gentilmente-. Me alegrará poder ayudarla en lo que pueda, aunque me temo que no pueda hacer nada. Si este caso ha dejado perplejos a los mejores cerebros de Scotland Yard, mucho me temo que no pueda usted esperar demasiado de un hombre que tiene por costumbre realizar trabajo de campo. Pero dejémoslo por ahora. Costigan y yo tenemos mucho que hacer para prepararnos para el viaje.
Marjory Harper extendió sus manos hacia él, mientras sus ojos grises se bañaban de lágrimas. Gordon la palmeó el hombro con afecto y, tras levantarse el hermano de la joven y la chica que le acompañaba, los acompañó a los tres a la puerta de salida. Costigan no hizo el menor movimiento para ponerse en pie, y Harry Harper miró intensamente a aquel sujeto sombrío, que permanecía sentado, llenando su pipa de tabaco.
--Su amigo es un tipo bastante raro, -murmuró en voz baja a Gordon, mientras caminaban hasta el recibidor.
Gordon asintió.
--Es un individuo silencioso, y algo siniestro para aquellos que no le conocen. Pero es un amigo fabuloso. Le hirieron y le dejaron muy mal en la Guerra... cayó en las manos del opio, y pasó varios años en los bajos fondos de Limehouse. Me llevaría toda la noche contarles su historia... sobre cómo le ayudé a desembarazarse de su adicción, y cómo él me ayudó a mi a desbaratar una banda de peligrosos criminales. Ahora despidámonos; Costigan y yo nos encontraremos con ustedes dentro de dos horas, en la tienda de antigüedades que hay abajo. Desde allí, partiremos hacia Taverel Manor. ¿De acuerdo?John Gordon regresó al interior de su apartamento, y cerró la puerta
--Maldito sea todo este asunto, -dijo con el ceño fruncido-. Conozco a Marjory Harper y a su hermano desde que eran unos críos, y les sentaba sobre mis rodillas. Son unos chicos estupendos, y esta historia es una vergüenza. No puedo negarme a ayudarles... ¿Qué otra cosa puedo hacer? Aunque este trabajo acapara todo mi tiempo.
Costigan encendió la pipa antes de contestar.
--Parece que no hemos avanzado demasiado en este trabajo, Gordon.
--Lo sé, -exclamó el otro, paseándose por la habitación como un tigre enjaulado-. Es el caso más enigmático en el que he trabajado. Hemos seguido hasta aquí a una red de tratantes de opio, que salieron de China y recorrieron toda Europa... ¡Sólo para perderlos nada más llegar a Inglaterra! Debe haber una pista en alguna parte, pero no soy capaz de encontrarla. Es como cazar a una rata hasta llevarla a una cerca, ver cómo pasa al otro lado, y ser incapaz de encontrar el agujero por el que se ha colado. ¡Maldición! Será mejor que nos olvidemos de ello durante un par de días. Ahora mismo no sé en qué dirección mirar... Probablemente, tendré más éxito en este asunto de la costa del norte del que estoy teniendo aquí, en Londres... Es frustrante... saber que ese material se está esparciendo por todo el pais a través de un agujero, pero ser incapaz de encontrarlo... ¿Qué piensas de la desaparición de Sir Haldred Taverel?- cambió súbitamente de tema , mirando a su compañero, en uno de esos giros repentinos que caracterizaban la conversación de John Gordon.
--Creo que se topó con algo muy feo, y que salió por patas, -respondió Costigan, empleando de un modo inconsciente la jerga de los bajos fondos-. O puede ser que el tipo de ojos rasgados le clavara un cuchillo, y luego pusiera pies en polvorosa.
--Entonces ¿Donde está el cadáver? ¿Y qué ha sido del chino?
--A mi no me preguntes. -Los modales indiferentes de Costigan no fueron capaces de enmascarar el brillo de sus ojos, que comenzaban a arder con un brillo salvaje.
CAPITULO III
El señor Thomas Hammerby recibió cordialmente a sus visitantes. Era un sujeto robusto, de estatura media, y que, a pesar de que aparentaba ser de mediana edad, poseía unas matas de cabello blanco que le otorgaban un aspecto benevolente, impresión que se veía reforzada por un par de ojos de mirada amistosa, que brillaban detrás de sus gafas.
--Espero, -dijo en tono de disculpa-, que los amigos de Sir Haldred no me consideren un carroñero... un intruso que se ha aprovechado de las circunstancias, para tomar posesión del patrimonio ancestral...
--De ningún modo, señor Hammerby, -le aseguró Marjory Harper-. Tan sólo hemos vuelto para realizar otra investigación sobre el terreno, con la esperanza...
La voz se le quebró. El señor Hammerby se inclinó hacia ella con simpatía.
--Por favor, no se sienta incómoda por mi presencia, y no dude en llamarme si ve que puedo serles de alguna ayuda. No necesito decirles cuánto lamento toda esta situación tan desgraciada, ni cuánto espero que Sir Haldred se encuentre a salvo, aunque eso pueda suponer que yo pierda estas posesiones.Gordon no llevó a cabo sus investigaciones tal como se suele pensar habitualmente en los detectives. En primer lugar, sabía perfectamente que cualquier posible pista ya habría sido descubierta tiempo atrás por la policía regular. En segundo lugar, estaba secretamente convencido de que, por una u otra razón, Sir Haldred había huido de allí.
Observó las machas rojizas en el suelo, cerca del comienzo de las escaleras, y examinó la extraña escultura del otro extremo del vestíbulo. Aquel objeto acaparó su atención durante un buen rato.
--¿Qué piensas de esto, Costigan?
--Tibetano, -dijo brevemente su taciturno compañero-. De las Tierras Altas... Adoradores del Diablo ¿No es así?--Sin ninguna duda, -fue la respuesta de Hammerby, en un tono tan pedante y académico que provocó que Gordon arqueara las cejas-. Creo que está usted en lo cierto, señor, al suponerlo de origen tibetano... es obra de algún oscuro pueblo de las montañas, diría yo, a juzgar por mis estudios de antropología. Fue traido de la India por el capitán Hilton Taverel en 1849, según dicen los aldeanos, y ha estado aquí desde entonces. Debió de costar una gran cantidad de esfuerzo y de dinero el transportar tan lejos un objeto tan grande y pesado. Pero a los Taverel nunca les importaron los gastos o los posible problemas cuando estaban seguros de querer algo... o eso es lo que he oido.
--Eso creo yo también, -asintió Gordon. Examinó con detenimiento el obsceno ídolo que coronaba el orcuro y tallado pedestal. Se trataba de un ídolo de forma humanoide, pero con el rostro de un demonio simiesco. Se hallaba cuidadosamente tallado en una especie de piedra amarilla, y era tan grande como un hombre de buen tamaño. En el lugar de sus ojos lucía dos piedras semi-preciosas.
--Sacrificios humanos, -murmuró Gordon, mientras miraba las antiguas manchas que había en la parte inferior del altar, bajo el pedestal.
--Fue en este altar donde se encontró el atizador, -dijo Harry Harper-, y tenía las huellas digitales de Haldred. Aunque eso no significa demasiado. Pudo haberlo dejado allí, sobre el altar, y luego olvidarse de él un día, o una semana antes de su desaparición.
Gordon asintió brevemente; su interés parecía haber despertado. Consultó su reloj.
--Se está haciendo tarde, -dijo-. Será mejor que regresemos a la aldea.
--Me sentiría muy honrado si decidieran pasar aquí la noche, -dijo Hammerby.
Gordon negó con la cabeza, antes de que los demás pudieran replicar.
--Muchas gracias. Creo que será mejor que regresemos a la posada. No hay nada que podamos hacer esta noche... aunque, espere un momento... Creo que Costigan y yo si que aceptaremos su oferta, después de todo.Después de que Harry, Marjory y Joan hubieron partido hacia la posada, Gordon se volvió hacia su anfitrión.
--Usted conoció al tal Joseph Taverel. ¿Qué tipo de hombre era?
--¡Un sinvergüenza, señor! -Los ojos de Hammerby centellearon, mientras su rostro impasible parecía inflamarse de ira-. ¡Un pícaro de la peor ralea! Un fraude y un tramposo en sus relacciones comerciales; no dudó en estafar a sus compañeros, y en defraudar a aquellos que confiaron en él.
"Sólo la amenaza de ir a la cárcel le indujo a intentar compensarme. En aquellos tiempos, yo no tenía ni idea de que fuera heredero de ningún patrimonio; tan sólo le conocía como John Walshire, contratista. Me juró que carecía de fondos, lo cual debía ser cierto, dados sus hábitos disipados y su modo de gastar el dinero, y entonces me sugirió que aceptase su herencia como pago."
--Entonces, la deuda debía de ser considerable, -señaló Gordon.
--¡Lo era, se lo aseguro! - Exclamó Hammerby.
--¿No se siente solo, aquí dentro?
--Pues la verdad es que no, si tenemos en cuenta mis gustos. Aquí disfruto de tiempo libre para la meditación y el estudio, y además, -sonrió, algo avergonzado-, ¡Siempre había deseado habitar en un castillo! Me crié en una casucha, no me avergüenza decirlo, y durante toda mi niñez solía soñar a menudo con el día en que, habiendo alcanzado la prosperidad por mis propios esfuerzos, pudiera vivir en un castillo tan soberbio como este.
"En ocasiones, nuestros sueños de la infancia resultan ser nuestras ambiciones más duraderas, señor Gordon; la mía se ha cumplido, me alegra poder admitirlo, aunque lamento profundamente las circunstancias que la han hecho posible."
"Y en cuanto a la soledad, en caso de necesitar la compañía de los hombres, cuento con la aldea; y aunque ninguno de los aldeanos suele venir por aquí, nada me impide acercarme por la villa. Y aquí tengo a mi lado a la señora Drake, mi ama de llaves, y a Hanson, mi hombre para todo."
"No, le aseguro, señor Gordon, que mis días aquí están llenos de trabajo y estudio, y aunque pudiera tener que marcharme en un par de semanas, al echar la vista atrás, siempre consideraré el tiempo pasado aquí como un enorme placer."
"¡Lo que es una verdadera lástima es que sir Haldred haya tenido que desaparecer para que yo pueda adquirir este lugar! Pero así es como funciona el mundo. Nos guste o no, siempre ganamos con las pérdidas de los demás."
--¿Está muy lejos la costa? -Preguntó Gordón abruptamente.
--A poco más de un kilómetro. Cuando hay marea alta, se puede oir cómo las olas rompen contra el acantilado.
--Démonos una vuelta hasta la costa, Costigan, -dijo Gordon poniéndose en pie-. Poseo una peculiar afición por caminar en la niebla, y confieso que el batir de las olas contra las rocas me interesa sobremanera.
--Como usted guste, -dijo Hammerby-. Discúlpenme por no acompañarles, pero a mi condición física no le convienen ni el ejercicio ni el aire frío de la noche. Si lo desean, haré que Hanson les muestre el camino.
--Oh, no es necesario. No hay más que caminar directamente hacia los acantilados, ¿No es así? Nos las apañaremos bien. Y no es necesario que nos espere. Es posible que nos tomemos nuestro tiempo.******
Hasta que la oscura masa de Taverel Manor no hubo quedado oculta en la niebla, detrás de ellos, ninguno de los dos amigos empezó a hablar. Caminaron estólidamente a través de la densa bruma, aspirando sus pipas con un ritmo parejo al de sus pasos. Más adelante, se escuchaba débilmente el tronar del océano. A su alrededor, el páramo se hallaba yermo y desolado, al menos en lo que alcanzaban a discernir por la niebla.
--Joseph Taverel debía deberle una enorme cantidad de dinero a nuestro amigo Hammerby, -musitó Gordon.
Costigan se rió.
--Eso creo yo también. ¿Toda una herencia como esta, a cambio de una deuda? ¡Bah! Si quieres mi opinión, Hammerby le apretó las tuercas, hasta sacarle todo lo que tenía.
--Quieres decir que le hizo chantaje... Que le amenazó con mandarle a la cárcel... estoy de acuerdo. No creo que a Taverel se le fuera a ocurrir ceder toda su herencia a Hammerby... creo que eso fue idea de Hammerby. Siempre había deseado tener posesiones en Inglaterra. Vio la ocasión, y se hizo con ello, quizás por la mitad de su valor. Le da vergüenza admitir que obligó a Taverel... oh, y no creas que siento ninguna simpatía hacia ese asesino. Probablemente se alegró de poder mantener su libertad, aún a costa de sus derechos de nacimiento.
--¿A qué venía esa idea de que pasáramos la noche aquí, en la mansión? -Preguntó Costigan abruptamente.
--Oh, no es ninguna idea en particular. En realidad no hay nada que podamos rastrear en este caso... si es que se puede llamar caso. Me gustaría hacer todo lo que pudiera por ayudar a Marjory, pero mucho me temo que no sé cómo hacerlo. Siento lástima por esa chica, y se me parte el corazón, pero no puedo evitar pensar que Sir Haldred salió huyendo por algún motivo.
--Los aldeanos dicen que fue secuestrado por los espectros de los antepasados de los Taverel.
--¡Cuidado!... Hemos llegado al borde del acantilado.
Las rocas descendían verticalmente, de un modo brutal, hasta las aguas grises que las azotaban sin parar. La espuma grisácea saltaba por el aire, perdiéndose en la niebla, y los dos hombres se sintieron profundamente solos, y pensaron en la futilidad de la existencia humana. Guardaron silencio unos instantes; entonces, Gordon gritó:
--¡Mira! ¿Qué es eso de allí?
A través de la niebla, desde mar adentro, una luz débil pero visible, parpadeaba sin cesar.
--¡Observa! ¡Ese parpadeo es demasiado regular como para deberse al azar! ¡Le están haciendo señales a alguien aquí, en tierra!
--Un tipo de la aldea me contó que un barco de aspecto extranjero se había dejado ver por los alrededores durante un par de días, -murmuró Costigan-. Me dijo que se figuraron que llevaría a un pasajero para desembarcarlo por aquí, y que estaría esperando a que el tiempo fuera lo bastante favorable como para acercarse a la costa. Pero estos acantilados no son buen lugar para que se acerque ningún barco. Se haría añicos contra las rocas.
Gordon se dio la vuelta, presa de una repentina intuición, y observó el camino por el que habían venido. En medio de la densa bruma, la masa oscura de Taverel Manor resultaba vagamente visible, pero desde las altas torres del castillo, una luz diminuta había comenzado a parpadear.
--¡Allí hay algo! -Exclamó Gordon-. ¡Menos mal que decidimos quedarnos! ¡Allí! ¡Regresemos a la mansión! ¡Puede que podamos sorprender al que está haciendo las señales!
En silencio, comenzaron a correr, mientras la niebla se hacía aún más densa.
--¡Por Júpiter! -Dijo Gordon mientras se abrían paso por un brezal-. Me pregunto si...
En aquel instante, Costigan gritó una áspera advertencia, pero ya era demasiado tarde. Una figura salió de entre los brezales, y atestó a Gordon un golpe súbito y violento que le hizo caer de rodillas. En un instante, Costigan se encontró en medio de un verdadero torbellino; unas figuras oscuras, que parecían salir de la tierra, saltaban para atacarle.
Pero, en aquel primer instante del ataque, los asaltantes desconocidos descubrieron que no habían emprendido una tarea fácil. Con un furioso grito de batalla, el corpulento americano se lanzó a la refriega de un modo veloz y letal. Se enfrentó con su primer contrincante con un potente derechazo, que le envió hacia atrás dando tumbos, se zafó de otro que acababa de agarrarse a sus poderosos hombros, y, esquivando con una velocidad felina, evitó la carga de una forma siniestra que se acercaba a él con el acero desnudo lanzando destellos.
Costigan sintió cómo un filo cortante se deslizaba por su brazo extendido, y entonces su puño de acero se estrelló contra la mandíbula de su atacante, haciéndole caer, a varios metros de distancia, grotescamente contorsionado.
En aquel momento, se escuchó el disparo de una pistola, y alguien gritó y maldijo. Gordon estaba de rodillas, disparando. Como fantasmas, los atacantes desconocidos se esfumaron por entre la niebla, dejando atrás sólo al cuerpo contorsionado que Costigan acababa de derribar.
En un instante, el americano se hallaba al lado de su amigo.
--¿Estás herido?
--No. Sólo es un arañazo un tanto feo. Por suerte este abrigo es muy grueso. ¡Pero tu estás sangrando!
--No es para tanto, -impaciente, Costigan echó a un lado su brazo herido-. Es sólo un rasguño. Veamos ahora al tipo que me lo hizo. Aún está grogui.
Gordon se inclinó sobre el oponente caido, y entonces, con una súbita exclamación, se arrancó una tira de tela de su camisa, y la ató alrededor de la pierna del hombre, por encima de su rodilla.
--Un torniquete, -explicó apresuradamente-. Este canalla se está sangrando hasta morir; puede que muera de todos modos. Ha caido sobre su propio cuchillo y, aparentemente, se ha seccionado la gran arteria del muslo. ¡Dios! ¡Ha perdido litros de sangre!
Frunciendo el ceño, Costigan se inclinó sobre el moribundo.
--¡Este tio es un malayo! -Dijo de repente-. Mira su cuchillo... es un kriss de filo curvado... ¡Como si su cara no fuera suficiente prueba!
--¡Rayos! -Exclamó Gordon, mientras el hombre abría los ojos-. ¿Malayo? ¡Ya lo creo! Y aún diría más. ¡Este sujeto es Ali Massar, buscado en Birmania y en Siam por varias decenas de crímenes! ¡Ya he visto antes a este villano! Pero ¿Qué está haciendo aquí?
El malayo se encontraba totalmente consciente, aunque la espuma blanca que salía de sus labios indicaba que su estado era muy grave. Sus malvados ojos brillaron, reconociendo a Gordon, pero no dijo nada.
--¡Habla! -Ordenó Gordon-. O te dejaremos aquí para que mueras.
Los ojos del oriental, fijos, y casi reptilescos, ni siquiera parpadearon.
--No, -dijo con calma el detective-. No morirás. Haré que vivas, para que expíes tus crímenes en el cadalso.
La mirada del malayo flaqueó. Ningún verdadero musulmán puede enfrentarse a la idea de morir sin tocar la tierra.
--¿Me hará ahorcar? -Dijo, hablando por primera vez. Su voz era muy débil. Casi un susurro.
--Si me dices lo que estabas haciendo aquí, y en qué consiste todo este misterio, te pondré las cosas mucho más fáciles.
Los ojos del malayo se ensancharon a la pálida luz de la luna, que se filtraba a través de la niebla. Entonces se movió, y su acción fue inesperada y horripilante. Con una fiera llave, se zafó de los brazos de Gordon, haciéndole a un lado, y soltó el torniquete de su pierna. La sangre manó a borbotones. El cuerpo de Ali Massar se estremeció, y luego quedó fláccido, aunque sus ojos miraban hacia arriba con una expresión de maligno triunfo.
--¡Dios! -Susurró John Gordon, visiblemente impresionado.
Costigan permaneció sin mover una sola pestaña. su vida en los bajos fondos le había endurecido más que al hombre común. Incluso más que a Gordon, que estaba acostumbrado a escenas de violencia.
--Parece casi imposible que un hombre pueda desangrarse hasta morir de un modo tan fulminante, -dijo.
--Ya había perdido una buena cantidad de sangre antes de que yo le aplicara el torniquete, -dijo Gordon-. Esa gran arteria es la femoral, y conecta directamente con la gran aorta del abdomen.
--¿Qué vamos a hacer con el cadáver?-Preguntó Costigan, tocando al muerto con el pie, de un modo tan impersonal como si hubiera sido una serpiente muerta.
--Tendremos que dejarle aquí, -decidió Gordon-. Parece una crueldad, pero no podemos cargar con su peso muerto por estos páramos, con el peligro de que los demás se abalancen sobre nosotros en cualquier momento. Ya conseguiremos una carreta, y entonces volveremos a por el cadáver. Pero ahora tenemos prisa. Aún siguen haciendo señales desde el castillo. ¿Lo ves? Aunque el barco ya no emite ninguna luz.
Mientras se apresuraban en dirección a la mansión, Gordon murmuró:
--Supongo que ese barco debía estar esperando para embarcar a alguien, en lugar de para desembarcarlo.. ¿No se te ha ocurrido que puede haber alguien escondido en la Mansión, esperando su oportunidad para escapar sin ser visto? ¡Ese alguien podría llevar allí, un mes o más...!
--¿Te refieres a sir Haldred? ¿Crees que sir Haldred está llá arriba haciendo señales?
--No hay modo de saberlo.Tras lo que les pareció un tiempo interminable, llegaron a las puertas de Taverel Manor, y fueron recibidos por Hanson, el criado... un hombre bajo y corpulento, de facciones toscas y poco inteligentes.
--¡Está usted herido, señor! ¡Le sangra el hombro!
--El señor Costigan sufrió una caida, y se golpeó el hombro con una roca afilada, - interrumpió Gordon-. Hanson, ¿Se ha acostado ya su señor?
--Si, señor.
--Muy bien. Condúzcanos hasta la torre más alta del edificio.
--Muy bien, señor.
El hombre se dio la vuelta y les guió sin hacer más preguntas. Los dos detectives le siguieron a lo largo de un interminable tramo de escaleras de caracol, y a través de pasillos oscuros, hasta llegar, al final, a la sala que había en lo más alto de la torre, que daba al ala oeste. Gordon sabía que había sido desde esa torre desde donde se habían hecho las señales luminosas. Ahora estaba vacía de ocupantes humanos; era una estancia pequeña, sobriamente amueblada, y el polvo y las telarañas respaldaban la afirmación de Hanson de que nunca se había usado.
Gordon se movió hacia la ventana que miraba en dirección al mar, y, con un impulso repentino, le arrebató a Hanson el candil que constituía su único medio de iluminación. Suponía que debía haberse empleado algún otro tipo de luz, pues la debil luminosidad de un candil no podía ser vista a través de la niebla... pero, con un impulso, comenzó a mover el fluctuante candil de un lado a otro, a intervalos regulares.
Acababa de empezar a hacerlo cuando Hanson, que miraba en dirección al oscuro pasillo del exterior, lanzó un grito salvaje, y, retrocediendo de espaldas, se tropezó con Gordon, provocando que el candil cayera al suelo, y sumiendo la estancia en una profunda oscuridad.
CAPITULO IV
Costigan rió fieramente en la oscuridad.
En el mismo instante, Gordon se giró hacia la puerta de la habitación, pese a no poder verla, y empuñó su pistola. Escuchó el agitado susurro de la respiración de Hanson, junto a él y la tranquila repiración de Costigan en el silencio que siguió.
--Maldición, Hanson ,-exclamó, bastante irritado-. ¿Qué diablos le ha pasado?
--Una cara, señor, -musitó el mayordomo, tanteando en la oscuridad en busca del brazo del detective-. ¡Acabo de ver una cara al otro lado de la puerta! ¡Un rostro terrible y amarillento, con los labios colgando!
--¡Saldré ahí fuera y veremos si aún sigue allí!
--¡Quédate donde estás! -Ordenó Gordon cortante-. Hanson, aquí tiene una cerilla. Encienda el candil, e ilumine esto, mientras yo vigilo la puerta.
A continuación se produjo un débil resplandor de luz, que iluminó la apertura de la puerta unos instantes, pero sin llegar a revelar nada de lo que podía estar acechando en el exterior.
--Esto tiene mala pinta, señor, -dijo Hanson al momento-. ¡No sé lo que vamos a hacer, porque el candil ha desaparecido!
--¡Eso no tiene sentido! Se habrá caido cerca de mis pies cuando tropezaste conmigo.
--Puede verlo usted mismo, señor, -Hanson sostuvo una cerilla encendida sobre el suelo. Los ojos de Gordon recorrieron toda la polvorienta superficie del suelo. Había una marca en el terrazo, allí donde había caido la lámpara, pero de ésta no había ni rastro.
--¡Algo se ha deslizado aquí dentro y se lo ha llevado! -Balbuceó Hanson, temblando de lo que parecía miedo-. Sé que ha sido así. Además, no es la primera vez. ¡Ya he avisado al amo varias veces, pero no me hace caso! Le he hablado de las pisadas que se escuchan en las habitaciones vacías, después de anochecer, y de los extraños movimientos de los tapices... ¡Si, y de esa espantosa cara amarilla que le mira a uno desde la oscuridad! ¡Dos veces la he visto ya!
--¿Es cierto eso? -Espetó Gordon-. Pero ¿Por qué no nos ha dicho nada?
--El señor me ordenó que mantuviera la boca cerrada, -dijo el hombre-. Sugiere que le doy a la bebida. No me cree, pero a mi no me importa; mañana mismo pienso irme de este lugar; no me quedaría aquí ni por todo el oro del mundo.
--¿Pensais quedaros aquí arriba toda la noche? -Interrumpió Costigan Impaciente.
--Vamos, -respondió Gordon brevemente, y cruzó la puerta pistola en mano. Abrirse camino por aquellas escaleras tan oscuras no resultaba tarea fácil, pero, por suerte, nada les atacó. Ni un solo sonido rompió aquel silencio tan poco tranquilizador.
Una vez llegados al corredor del piso inferior, Gordon dijo:
--Hanson, o mucho me equivoco, o fuera hay un hombre malherido, cerca del seto. ¿Tiene usted una carreta para que podamos traerle hasta aquí?
Hanson parecía haberse recobrado de su pánico, y había recuperado su estupidez habitual.
--Tengo una, si señor.
--Pues engánchela a un pony y tráigala cuanto antes a la entrada principal.
--Muy bien, señor.
La orden fue obedecida con una prontitud encomiable, y, mientras avanzaban en el carro, adentrándose en una niebla que cada vez parecía más profunda, Costigan dijo:
--Vaya tipo más estúpido.
--Estúpido, o un actor inusualmente bueno. ¿Te has creido todas esas pamplinas acerca de un rostro amarillo? A mi me cuesta creerlo. ¿No se te ha ocurrido pensar que a lo mejor Hanson no deseaba que yo moviera el candelabro frente a la ventana? Podría haber sido interpretado como otra señal. ¿Y si me empujó a propósito y se inventó el resto? Bien pudo apoderarse de la lámpara y guardársela mientras nosotros mirábamos a la puerta, dispuestos a hacer frente al duende o al fantasma que decía que iba a entrar.
--Pero si es Sir Haldred el que está escondido en la torre, ¿Qué relacción tiene con Hanson?
--No sabría decirte nada sobre las posibles conexiones de Hanson con Sir Haldred. Por lo que yo sé, vino con Hammerby. Y en cuanto al escondite del noble desaparecido... la mayoría de estos viejos castillos están llenos de pasadizos secretos, salas ocultas, y cosas así.
--Pero nadie sabe nada de ellos. La policía fue incapaz de encontrar ningún rastro de pasadizos secretos.
--Evidentemente deben de estar bastante bien camuflados. Ah, aquí es donde dejamos el cadáver... ¡Pero ha desaparecido! Casi me lo esperaba...
El cadáver del asesino malayo se había desvanecido.
--¡Que me aspen! -Murmuró Gordon mientras hacía girar al caballo para regresar a la mansión-. Parece que nos hemos metido de lleno en un misterio mucho más enrredado de lo que suponíamos. Vine para ayudar a Marjory Harper, que creía que podría ayudarla a encontrar a su amante desaparecido. Y no hemos hallado ninguna pista sobre él, pero nos hemos topado con un barco misterioso que hace señales al castillo, hemos descubierto que una banda de criminales peligrosos acecha por aquí por algún motivo desconocido, y -a menos que elijamos descartar el relato de Hanson-, nos hemos enfrentado a un fantasma de rostro amarillo.
--De algún modo, los hombres que nos atacaron deben estar conectados con ese barco.
--Eso creo yo también. Y, a su vez, el barco debe estar conectado con alguien del castillo... pero ¿con quién?
Traspasaron la puerta de la valla y amarraron al caballo. No había rastro de Hanson. Subieron la escalera del porche y llamaron a la puerta. Nadie respondió.
--Aporréala, Costigan,- dijo Gordon con impaciencia-. Ya queda poco para que amanezca, y Hanson debe de haberse quedado dormido. Le haremos que se despierte, y que baje a hacerse cargo del caballo; y luego...
Se calló de repente. Desde algún lugar en el interior del edificio a oscuras, acababa de sonar un grito, absolutamente terrorífico, tanto en su tono como en su intensidad.
--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Oh, Dios mio, socorro!
--¡Hammerby! -Exclamó Gordon excitado-. Vamos dentro, Costigan. Espera... ¡Deja que entre yo primero!
El grito expiró, convirtiéndose en un espantoso gemido, y el silencio les envolvió como una niebla oscura.
CAPÍTULO V
HARRY HARPER se despertó de un sueño lleno de visiones caóticas y desordenadas. Alguien llamaba suavemente a su puerta. Se sentó en la cama y dijo:
--¿Quién es? -No hubo respuesta, pero escuchó un sigiloso sonido al otro lado de la puerta, y luego el ruido de unas pisadas alejándose. Se levantó, se puso la bata y encendió la luz. La esquina blanca de una nota sobresalía por debajo de la puerta, pero cuando se asomó fuera, el pasillo estaba vacío.
La nota decía lo siguiente:"Despierta a Marjory y a Joan, y venid al momento a Taverel Manor. Es muy importante. No se lo digáis a nadie. Venid rápido."
"John Gordon."Levantó y dejó caer el pesado llamador, y el eco de huecas reberberaciones que provocó en la casa, de un modo apagado y fantasmal, le llenaron de aprensión y un creciente miedo. Aguardó a que la puerta se abriera, pero no se produjo el menor movimiento en el interior. Al final, empuñando la linterna en una mano y una pistola en la otra, abrió la puerta de un puntapié. Sus ojos se encontraron con la oscuridad más absoluta.
Harry no podía comprender por qué el detective deseaba su presencia en el castillo a esas horas de la noche, pero se dispuso a obedecer. Cruzó el vestíbulo hasta la alcoba de las chicas, llamó suavemente a la puerta, y al poco rato, los tres avanzaban en su vehículo, cruzando los páramos bajo la fina llovizna que había empezado a caer. Condujeron por la carretera en sombras, y se apearon junto a la entrada. El gran castillo se alzaba ante ellos, oscuro, siniestro y lleno de malos presagios. Harry notó el silencioso miedo de las chicas, y él mismo llegó a sentir uno o dos escalofríos. ¿Dónde estarían los detectives? Se acercó a la puerta, con su hermana y su prometida asidas a cada uno de sus brazos.
Las chicas, temerosas de entrar en aquel edificio a oscuras, pero aún más asustadas ante la idea de quedarse solas, se apretaron contra él. Harry juró entre dientes, maldiciendo la estupidez de los hombres que le habían hecho acudir a semejante lugar junto a dos chicas asustadas. En nombre del cielo ¿Donde demonios estaban Gordon y Costigan? Y ya puestos, ¿Qué había sido de Hammerby... y de Hanson... y de Mrs. Drake? Un pánico espantoso y repentino hizo presa en él. Sentía como si todos estuvieran a merced de alguna clase de brujo inhumano de otro mundo. Paseó la luz de la linterna y el haz blanquecino iluminó los muebles, haciendo que el resto de la estancia pareciera más oscura en comparación. El círculo de luz se posó unos instantes sobre la mancha oscura, creca de las escaleras, y onduló un momento cuando la muñeca que lo dirigía temblaba ligeramente. Luego se proyectó sobre el vestíbulo.
El espantoso rostro del ídolo quedó iluminado, y la insegura luz acentuó considerablemente su aspecto diabólico. Entonces, Joan emitió un grito salvaje; Harry, impactado y horrorizado, disparó alocada e inconscientemente. Con el mismo movimiento su dedo rozó el interruptor de la linterna y una oscuridad absoluta cayó sobre el aterrorizado grupo. Y, de entre las tinieblas les llegó un sonido sigiloso, procedente del otro extremo del vestíbulo, pero Harry no encontró el coraje suficiente como para accionar de nuevo la linterna y volver a enfrentarse a aquella imagen de pesadilla. Permaneció allí, en la oscuridad, sin habla, sudando sangre, mientras Marjory se aferraba a él y Joan, que había caido al suelo casi desmayada, se ponía de rodillas y temblaba presa del pánico:
--¡Joan! -Su voz sonaba ronca y poco natural-. ¡Levántate!
--No vuelvas a enceder la luz, Harry, -rogó la aludida-. ¡Si vuelvo a ver a esa cosa sería capaz de morirme! ¡Oh, Harry, Harry, le he visto parpadear!
--Es una locura. -Harry, desesperado, se negaba a creer lo que sus sentidos le decían, pero su mente rechazaba... pues también él había visto ese fenómeno-. Es tan solo el modo en que la luz se reflejaba en su cara, nada más. Voy a encender la linterna otra vez.
Joan ocultó el rostro entre los pantalones del joven, incapaz incluso de respirar.
Harry enfocó el haz de la linterna hacia el otro extremo del vestíbulo, enfrentándose al shock de volver a contemplar de nuevo aquel rostro espantoso, rodeado de oscuridad.
--Ahí lo tienes, Joan, -dijo con un ligero toque de alivio, -como verás, no parpadea; es real... quiero decir, que es de piedra.
Joan miraba llena de pavor. Marjory imploró:
--Harry, salgamos de este lugar. Aquí no hay nadie; de otro modo, tu disparo les habría hecho vacudir. Debe de haber habido un error.
--Debes estar en lo cierto.
Harry ayudó a Joan a levantarse, y se giró en dirección a la puerta. Había dejado que la luz se apagara mientras ayudaba a izar a la aterrada joven, y ahora volvió a encenderla. Al hacerlo, las dos muchachas gritaron de pavor. Harry fue consciente de una mancha borrosa que se alzaba frente a él, y de un brazo en sombras que descendía, con frío resplandor metálico.
CAPITULO VI
--¡Gordon! -La voz de barítono de Costigan rompió el silencio-. ¡El ídolo ha desaparecido!
Los dos hombres del servicio secreto se hallaban en el sombrío vestíbulo de la gran mansión de Taverel. Reinaba una quietud absoluta, aunque el eco de los terribles gritos acababan de cesar hacía apenas un instante, y aún parecían rozar sus oídos.
La linterna de Gordon barrió todo el vestíbulo y se detuvo sobre el altar. Juró entre dientes. El gran pedestal tallado estaba vacío.
Continuará...
YA QUEDA MUY POCO DE LA PARTE ESCRITA POR HOWARD. OS ASEGURO QUE, A PARTIR DE AHORA, LA COSA SE PONE CALENTITA. TRANQUILOS, QUE SEGUIREMOS TRADUCIENDO.
Título del fragmento original: "Taverel Manor"
Título tras ser completado por Richard Luppoff: "The return of Skull-face"
Traducción: Javier Jiménez Barco