
PUERTA CERRADA
© Ebenezer Holt
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Hace demasiado tiempo para recordar con claridad cómo obtuve aquel terrible conocimiento. Por entonces era un chaval con cierta propensión a fantasear, como todos, aunque tal vez un poco más. De forma que aquello se me grabó tan hondo que, aún hoy, muchos años después, sigo recordándolo con escalofriante nitidez.
Vivíamos en el Madrid más viejo; el de los Austrias, entre la Plaza Mayor, Tirso de Molina y Puerta Cerrada. Y me gustaba aquel lugar, ya lo creo. Merodeé hasta la saciedad por sus gastados rincones y crujientes edificios centenarios, y en pago a esta dedicación, el barrio, como si de un ente vivo se tratara, fué desvelando para mí algunos de los misterios que guarda entre sus incontables plieges de piedra, invisibles al ajetreado adulto y -desde luego- al visitante ocasional.
Uno de los más singulares secretos estaba en la plaza de Puerta Cerrada.
2 Entonces, Puerta Cerrada era -y supongo que lo seguirá siendo- poco más que un cruce de calles a pesar de llamarse plaza. Nada en ella llamaba especialmente la atención hasta que años despues el ayuntamiento sufragó dos magníficas pinturas murales que la dotaron de un colorido y personalidad propia, merced al peculiar simbolismo de una de ellas, en la que un gigantesco gallo antropomorfo con indumentaria de pescadero tradicional -enorme cuchillo incluído- vigila impávido el contínuo discurrir de transeuntes, turistas y juerguistas diversos de fin de semana. De allí nacía, en descenso casi vertiginoso, la Calle de Segovia, trazada al parecer sobre el reseco lecho de un río inexistente desde hace ni se sabe los miles de años.
En dirección contraria, a través de la contígua Plaza de Segovia Nueva, se accedía a la siempre bullente de actividad Calle de Toledo, que brotaba de las mismísimas entrañas de la Plaza Mayor para continuar, a través de La Latina, hacia la Puerta de Toledo y el río.
A un lado estaba la Calle de Cuchilleros, con muros de piedra inclinados como murallas medievales, soportando el peso de uno de los costados de la Plaza Mayor. Recuerdo la calle repleta de cuevas convertidas en tabernas pintorescas para turistas, con patilludos bandoleros, trabuco al hombro, guardando la entrada.
Y por último, opuesta a Cuchilleros, estaba la Cava Baja, de nombre evocador y edificios oscuros, estrechos y profundos. De rincones viejos como el mismo Tiempo a mis ojos de niño. Y entre ellos; la Posada del Dragón, cuya entrada de carruajes daba a un luminoso patio interior al que nunca pude acceder. Entonces yo no sabía si el nombre venía dado por el legendario monstruo escupefuegos o por algún soldado francés de dicho cuerpo castrense en la época de Napoleon, pero daba igual, porque tan sugerente era una cosa como la otra.
Pues bien, como digo, el centro de todo esto era Puerta Cerrada, que tiene un monumento como para justificar su estatus de plaza. Se trata de una severa y rectilínea cruz de granito de unos tres metros de altura que reposa sobre una base cuadrangular tambien de piedra. Esta base, en contra de lo que puede parecer, no es maciza, si no que tiene en uno de los lados una pequeña puerta de hierro negro, como una trampilla vertical, que anuncia un interior hueco. Desde que tengo recuerdo de ella, aquella puerta con su hilera de orificios a modo de respiradero, me produjo una curiosidad que no sabía, ni sé, justificar plenamente. No comprendía qué podía contener aquel lugar angosto, con el símbolo cristiano grabado en roca sobre él; como un alfiler en un mapa. En alguna ocasión recuerdo haber tratado de acercarme, pero el tráfico de la encrucijada, el macizo de flores que rodeaba el monumento y la proximidad de un quiosquero metomentodo e intimidatorio (quién sabe si no era esa en realidad su oculta misión), me retuvieron de otear por los agujeros perforados de la puerta
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Así pues aunque, como ya digo, no recuerdo con exactitud el modo en que ocurrió, al final lo supe. En el fondo siempre lo había sabido; la cruz de granito es solo un aviso, una muda advertencia que indica el lugar exacto donde se abre -en pleno corazón de Madrid- una de las puertas del Averno.
Bajo el asfalto, algún tipo de conducto que no soy capaz de imaginar comunica, hasta el fin de los días, nuestro mundo con los tenebrosos reinos del fuego y del azufre, del dolor y la desesperación.
Tras la revelación, mi mirada seguía hipnotizada con la puerta cada vez que atravesaba la plaza, como siempre, pero a partir de la revelación, lo hacía de reojo, tratando de no mostrar demasiado interés, porque no sabía quien o qué podría estar interesándose a su vez a través de los orificios del oscuro metal.
Con los años y la adolescencia, fuí apartando aquellos viejos y mágicos rincones de la infancia, sustituyéndolos por la vertiginosa iniciación a otros ritos, más telúricos y elementales. Pero no había forma de escapar al embrujo, y así, una noche, en la hora más oscura, de vuelta a casa, pasé una vez más por la plaza y, casualmente, mi mirada se escurrió hacia la familiar mancha oscura de la base de la cruz.
Fué una sombra entre sombras. La percepción más que la visión, de un movimiento en la oscuridad del rectángulo, seguido de un leve chirrido de los goznes y el ¡clonc! suave, amortiguado y metálico de la plancha de hierro cerrándose con sigilo. Me paralicé un momento asimilando lo visto y oído. Luego, sin volverme, continué mi camino apretando el paso.
Aún viví unos años más en la casa familiar y llegué muchas veces de madrugada, y siempre preferí dar un pequeño rodeo, a pasar demasiado cerca de la cruz de piedra y no encontrar la negra puerta cerrada.
Ahora ya no creo en esas cosas. No tengo dios ni amo, pero -contradicciones del espíritu humano- me regocija saber que algo observa y acecha a través de los orificios herrumbrosos de aquella diminuta puerta.
A.B.J.
07/2006
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