¡Viva
el señor San Pedro! ¡Viva el señor San Pablo!
En medio de la cancha korá, al son de alegres polcas,
jóvenes mujeres juegan con el fuego. Llevan en la mano antorchas
llameantes, hechas de paja o kapi-í, con las que
se desafìan mutuamente en el juego de la rua, acariciándose
con las llamas unas a otras, mientras gritan alabanzas a los santos
patronos. De pronto, alguien lanza el aviso de alarma
¡Chake
guaikurú!...
Desde las sombras, profiriendo fuertes aullidos y gritos, emergen
siluetas oscuras, grotescas, asustadoras… son los guaikurú,
personajes misteriosos, con el cuerpo cubierto de hojas de banano
o palmas de cocotero y el rostro tapado por mascaras de tela o de
madera de timbó, que representan a animales, duendes y criaturas
oníricas. Las muchachas gritan, desesperadas, algunas intentan
repeler el ataque con sus antorchas de fuego. Otras echan a correr
por toda la cancha, perseguidas por los guaikurú.
Tarde o temprano, todas son capturadas por los potentes brazos que
las elevan en el aire y las arrastran hacia las sombras.

El
ataque de los guaikurú es uno de los principales
atractivos de la festividad de San Pedro y San Pablo, que se celebra
en las noches del 28, 29 y 30 de junio, en la compañía
Itaguazú, distrito de Altos, departamento de Cordillera,
Paraguay. En esa humilde comunidad rural, a tan sólo una
hora de Asunción, se conserva y recrea una antigua tradición
que remonta a la epoca colonial. Guaikurú se denominaban
los miembros de una etnia indígena (ancestros de los actuales
Toba Qom), que se opusieron fuertemente al conquistador español,
y que, en sorpresivas incursiones, atacaban los asentamientos y
raptaban a las mujeres blancas. El recuerdo de esos ataques se volvió,
luego, un juego folclórico, en las fiestas de San Juan y,
muy especialmente, en las de San Pedro y San Pablo. En ningún
otro sitio del Paraguay se festejan como en Itaguazú, que
no deja morir la costumbre de sus ancestros.


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Aunque
no sea muy conocido ni esté muy divulgado, el espectáculo
durante tres noches seguidas sorprende por su originalidad
y creatividad en su representación. En la primera noche
del 28, aparte del juego tradicional de los guaikurú
y kamba ra’anga (= "traje de negro",
denominación atribuída a las personas disfrazadas
estrambóticamente y portando máscaras de tela
o madera de timbó), se dio la aparición de una
desopilante comparsa de carnaval de hombres vestidos grotescamente
con mallas de mujer, enmascarados y bailando al son de "marchiñas"
brasileras; también, el cuadro desopilante de un bebé
ka’úcho, que no paraba de pedir que
llenaran su mamadera con cerveza fría. Entretanto,
entre las piernas de la concurrencia se deslizaban, lentamente,
unos disfrazados de tortugas y ñandú guasú,
conducidos como una recua por un enmascarado que oficiaba
de "su pastor". |
A
la noche siguiente, se volviò a repetir el espectáculo,
y se oficiaron misas en honor a los santos.

El
día 30, las muchachas que las dos noches anteriores fueran
acosadas por los guaikurú y los kamba ra’anga,
invirtieron los roles y fueron ellas quienes acosaron a los varones
presentes, ante la gran algarabía del público. Hubo
oficios religiosos en honor de los santos que conmemoraban su día
entre fogatas, como en San Juan, y grandes comilonas y orgías
de bebida. Curiosa contradicción: las máscaras de
los guaikurú y los kamba ra’anga
no ocultan nada, sino que son un rasgo que revela la alegría
de un pueblo. Así nos lo recordó Don Óscar
Ramírez, disfrazado de kamba ra’anga en medio
de la escena con un micrófono en la mano, pues era el animador
de la festividad:
"Yo
participo en esto desde mita’í (= “niño”)
y, cada vez, estoy más entusiasmado, porque es una fiesta
que nos une a todo el pueblo, y nos permite trabajar juntos…",
dice, antes de enmascararse de nuevo y arengar a la multitud a reir
y festejar.