LEYENDAS URBANAS DE LA NUEVA LOGIA

© Cyrus Llanfer

El chihuahua adoptado (Km 0)

Una familia que viaja alegremente a Méjico a pasar unas vacaciones pronto descubre que por las calles de Ciudad de Méjico hay muchos perros Chiguagua.
Estos perros son originales de este país y muy abundantes, mientras que en el resto del mundo son muy apreciadas mascotas.El caso es que estos perros despiertan sentimientos bondadosos en las personas y parecen decir "Recógeme, recógeme".
Al parecer, el hijo del matrimonio encontró un chiguagua abandonado en mitad de la calle que se mostró muy receptivo y cariñoso con la familia. Se dejaba acariciar, comía de la mano y pronto todos se encapricharon de tan fantástico animal.Decidieron llevárselo a su casa a la vuelta de vacaciones y esconderlo unos días en el hotel antes de partir hacia su casa de nuevo.
Cuando la familia llegó a su hogar trataron al Chiguagua fenomenal.
Le hicieron una caseta en el jardín y le llamaron "Pufi".Todo era perfecto para todos, menos para el gato de la familia que aparte de sentirse desplazado con la llegada del nuevo miembro de la familia, tenía que velar de continuo por su seguridad personal.
El caso es que un día en que la familia se fue de compras al Carrefour más cercano y al volver se encontraron con una desagradable sorpresa: Pufi, su perro Chiguagua, había sometido a amputación traumática de la cabeza al gato familiar.
Todos los esfuerzos por salvarle la vida al gato fueron inútiles, como cabía esperar por la magnitud de la herida.
Lo que más sorprendió a la familia fue que el gato había sido ejecutado de un zarpazo por lo que parecía más el hijo bastardo del Yeti que otra cosa.
La familia, de pronto, descubrió que a Pufi, su perro Chiguagua, le habían crecido las garras demasiado en los últimos días, el hocico se le había agrandado y la verdad es que se parecía más a una rata que a otra cosa.
Resultó que habían recogido a una rata de las calles de Ciudad de Méjico.
Una rata gigante que había entrado en sus vidas y que había acabado con la de su gato.

EL CHIHUAHUA ADOPTADO

Iranon de Aira

I

Le llamaremos “PIFI”… y hay que pegarle un buen lavado pues vaya Vd. a saber por donde se habrá revolcado el animalito.
Seguro que está muerto de hambre… y estará muy necesitado de cariño.
Mira en las páginas amarillas donde hay un veterinario para que le ponga las vacunas pertinentes y no tengamos problemas con las autoridades.
Déjale suelto por el jardín para que retoce a gusto… que vaya conociendo su nuevo domicilio y que vea que es como uno más de la casa.
Misi… llama al gato para que reconozca al nuevo inquilino y no le extrañe…
Después de una nueva impresión, un bufido y una puesta de pelos tiesos con todo el lomo erizado… ¡No era de su agrado!
La noche cayó, y con ella comenzó la gran lucha de ¿Celos?
No ha podido pegar ojo en toda la noche, estos animales se han pasado podo el rato persiguiéndose por todos los rincones, gritos, rugidos, maullidos lastimeros… insoportables.
Cacharros revueltos, sillas caídas… parece que ha pasado un tornado…
Esta noche habrá que separarlos, dejaremos al gato encerrado en el sótano.
Pifi… EL Maligno no cejo en su empeño.
Ocupó el trono del pobre Misi su mullida cama, se apropié de su plato de comida, y además le quitó la posibilidad de pasear a sus anchas por su casa… estaba encerrado en el húmedo sótano, preso por el nuevo intruso inquilino.
La noche parecía que iba a ser más tranquila, pero nuestra nueva mascota se dedicó a arañar la puerta que conducía a la nueva morada de Misi.
Mamá, Pufi me da miedo, hace cosas extrañas, no me gusta que se meta en mi cuarto y duerma sobre mi cama… sus rojos ojos, no deberían ser de color marrón como la mayoría de los perritos, me gustaba mas la compañía de Misi…
No te preocupes, solo es un perrito falto de cariño.

Iranon de Aira

II

EL CHIHUAHUA ADOPTADO

Esos ojos rojos, penetrantes y luminosos en la noche oscura… no podían ser normales, y el caso es que el animalito era cariñoso, corría al oír nuestros pasos y se acercaba poniéndose de pié sobre sus patas traseras con su larga colita peluda moviéndose de un lado a otro agradeciendo nuestra cariñosa presencia, pero realmente era un extraño “Chihuahua” como decía nuestro vecino.
El gato no daba señales de vida y procuraba no acercarse cuando estaba cerca su rival, los bufidos y el lomo erizado era su normal actitud.

Un dia jugando con el “animalito” a eso de tirar el palito y que te lo devuelva… me pegó un pequeño arañazo y mordisco al querer quitárselo, me hizo una pequeña herida que en principio no le di mucha importancia.

Otro día mi querido vecino se me quejó de que el perro también le había gruñido y le había lanzado un zarpazo marcándole la pantorrilla de la pierna y llegándole incluso a romperle los pantalones, le dije que no se preocupara, que seguramente se había puesto celoso ya que últimamente Pifi el gato había adoptado su porche como domicilio habitual, y además estaba vacunado contra todo tipo de enfermedad, o por lo menos eso nos había dicho el veterinario.

Las pequeñas heridas no cerraban, no se curaban como debían, era una cosa rara, las habíamos desinfectado con alcohol y nos habíamos puesto un antiséptico tipo mercromina pero parece que no era suficiente.

John, mi vecino estaba cada vez peor, la herida se había puesto de un verdoso infernal, palpitaba como si estuviese criando algo en el interior de su pierna.
El medico decía que todo era correcto, no pasaba nada, no estaba infectado, era solamente un raspón en la piel de una forma superficial el color verdoso era debido a un moraron por el golpe recibido.
Lo mío era peor, la mano se me estaba hinchando y del mismo color verdoso, el cual iba ascendiendo lentamente por el brazo. ¡Todo normal!

As Selet

III

Si exceptuamos lo de la pequeña herida de mi mano, que tan extraño aspecto iba tomando, y lo del perro y el gato, todo parecía ir más o menos normal en la casa.
Pufi no parecía actuar diferente que el primer día que llegara a la casa. Más bien, parecía haberse hecho dueño absoluto de ella, pues campeaba por sus respetos por todos los rincones. Misi le había cedido todo el espacio vital de la casa y apenas, muy de cuando en cuando yo podía verlo en alguna que otra ocasión. El pobre animalito había enflaquecido a ojos vistas, sus ojos estaban siempre como desorbitados por el terror y cuando yo lo llamaba para darle su alimento, lo devoraba a toda velocidad, como temiendo que se lo fueran a quitar antes de terminar. Y en efecto, si de pronto se aparecía Pufi, el felino lanzaba un largo maullido al tiempo que su lomo se erizaba, como aterrorizado. Pufi fingía no importarle sus manifestaciones de terror y seguía tranquilamente a nuestro encuentro, pero Misi, sin esperar a que se acercara mucho, huía despavorido abandonando su alimento casi intacto como tributo a la causa de su horror. Y en efecto, Pufi, mostrando a las claras que se sentía como dueño y señor de la situación, sin prisas, se comía el alimento dejado por el gato, al tiempo que me traspasaba con sus ojos rojos fosforescentes.
En no pocas ocasiones discutí eso con mi esposa.
-¿Qué haremos? Esto no puede continuar así -le dije.
Pero ella, con parsimonia, mi miraba con su acuosa mirada verdosa y me decía, como distante:
-No te preocupes, querido, ya arreglarán sus diferencias. Pufi es un animalito muy dulce y tranquilo. Creo que es Misi es el culpable, por mostrarle tanta hostilidad al perro.
Era evidente que ella se ponía abiertamente a favor del extraño chihuahua, ¿por qué sería?
Pero lo peor es que la niña, que desde un principio había mostrado una cierta extrañeza ante el nuevo perro, ahora cada vez le mostraba un rechazo mayor. De continuo se quejaba de que Pifi había entrado en su habitación de noche, que el extraño resplandor rojizo de sus ojos, fijos en ella, no la dejaban dormir de noche.
En una ocasión la oí hablar de noche. Era un murmullo ininteligible, extraño, en que se mezclaban palabras de un idioma desconocido (o al menos eso me pareció a mi).
Me acerqué caminando en puntas de pies para no despertarla.
La habitación estaba en penumbras y la única luz era la de la luna llena que entraba por la ventana abierta.
La niña, en efecto, hablaba en sueños, pero… ¡cuál no sería mi sorpresa cuando al acercarme más, vi que el extraño chihuahua se hallaba sobre su pecho y su largo hocico estaba dentro de la boca de ella, ¿haciendo qué? Y mientras la niña, profundamente dormida o más bien como en un trance hipnótico, mascullaba las palabras extrañas cada vez que el animal sacaba su hocico de su boca.
Mi corazón latió apresuradamente de miedo. ¿qué estaba haciendo esa bestia ahí?
Tropecé con un mueble de lo nervioso que me puse y el animal, al instante, dejó de hacer lo que hacía y me miró con su penetrante mirada roja. Pero esta vez si percibí la maldad que se ocultaba en esos puntos luminosos rojos. Las entreabiertas fauces de la bestia me mostraron unos largos colmillos enrojecidos y sus patas, unas largas zarpas que antes no le notara.
Desperté de mi letargo y corrí hacia la bestia, espantándola y llamé a gritos a mi esposa, la cual acudió sin apresurarse, en calma.
Desperté al instante a la niña y la examiné con terror, en especial su boca, pero por más que miré, nada anormal descubrí. Y si embargo, ella se despertó como aterrorizada y nos contó la extraña pesadilla que había tenido esa noche...

Ebenezer Holt

IV

“Era muy, muy vieja. Mucho más que la abuela... -explicó la niña. En su rostro, una mueca de espanto e incredulidad alucinada, y su voz débil, apenas un hilo entrecortado de hipidos y respiración agitada- ...mucho más que todas las abuelas del mundo juntas, tanto que recuerdo el cielo antes de que hubiera luna, y vivía en un bosque como de piedra que era oscuro y silencioso, pero no estaba en el campo, sino bajo tierra, hundido en el suelo.Y yo sabía muchas cosas, cosas antiguas y feas que me dan miedo si intento recordarlas...”
Enseguida noté que no era la pesadilla normal de un niño. No sé de donde habría sacado esas ideas e imágenes, pero desde luego, nada de aquello me resultaba en absoluto tranquilizador. Dudé si interumpirla para evitarle la angustia de revivir el sueño, pero pensé que sería mejor dejarla sacarlo fuera, así que me senté en la cama, a su lado, y tras apartarle un mechón de cabello presté a su relato la máxima atención.
“...Ningún animal vivía cerca de mí bosque. Ni bichos, ni gusanos, ni nada. Y aunque yo no podía verme, sabía que les daba miedo, y no sé si era porque era fea o... mala o algún animal de fuego o de veneno...”
“Éramos muchas, por todo el mundo. Cada una en su bosque de piedra, pero nunca nos veíamos. Yo dormía mucho tiempo. Años enteros, y a veces subía al exterior, sobre todo cuando me sentía demasiado vieja... y tenía hambre...”
“Yo sabía que mi comida vivía arriba, fuera, y era... ¡ERA...!”
-¡¡Basta!!. ¡Dejala en paz!.
Mi esposa había salido de su plácido letargo en el momento clave del relato, sobresaltándonos a la niña y a mí por igual.
-¿¡No ves que que está al borde de un ataque!?. Vuelve a la cama y deja que yo la tranquilice. Tu solo la alteras más.
-Quiero contarlo. Es muy importante... -balbuceó la pequeña, desconcertada.
-Ahora no, cariño. -respondió su madre. empleando su mejor y mas dulce tono apaciguador- Es mejor que descanses y mañana me lo cuentas todo, todo, hasta el final. Yo me quedaré contigo hasta que te duermas mientras papá vuelve a la cama.
Debí haberme resistido, pero el tono y la mirada gatuna de mi esposa no admitía ninguna réplica que no pasara por una larga y tediosa discusión, así que dí un beso a la niña y salí de la habitación algo frustrado.
Arrastré los pies hasta mi habitación, y al entrar en ella ví al fondo del penumbroso pasillo dos puntos rojizos, los extraños ojos del chihuahua, observándome con un destello que -serían imaginaciones mías- me erizó los pelos de la nuca.

Ebenezer Holt

V

La mañana siguiente resultó extraña. Madrugué, como de costumbre, tras unas horas de sueño que en absoluto podrían denominarse como reparadoras. Perturbado sin duda por el extraño sueño de Lucía; mi hija, había sido presa de agitadas y confusas pesadilas de las que sin embargo no lograba aprehender ningún retazo consistente. Al contrario, más que recuerdos, se dirían sensaciones que escapaban -disolviéndose como humo- al menor intento de fijarlas en mi memoria.
Al alejarme de casa camino al trabajo, me crucé con una ambulancia que rasgaba el plácido amanecer con sus prisas y su aullante alarido mecánico. Inconscientemente fijé la vista en mi mano herida y vendada, que -lejos de curarse- extendía hora su infección verdosa más allá de los límites de la venda, rebosándola. Una oleada de aprensión inundó mi ánimo al constatar que llevaba un par de días sin pensar en ello, como si algo dentro de mí -un básico y natural instinto de conservación- se hubiera despistado, permitiendo que la mancha y la herida se extendieran sin control.
Aquello empezaba a ser preocupante a pesar del diagnóstico médico, y si había dejado que prosperara tanto, era debido a que no me dolía en absoluto, como hubiera sido normal en cualquier infección. Antes al contrario, un anómalo adormecimiento parecía haberse apoderado de la zona afectada.
Regresé a casa a media tarde con una inusual inquietud atenazándome la boca del estómago, sin embargo todo resultó normal y cotidiano hasta que mi esposa. por casualidad, mencionó el accidente:
-¿Accidente? ¿Qué accidente?
-John, el vecino -el tono sosegado de mi esposa quitó dramatismo a la noticia, por lo que supuse que la cosa no debía haber sido grave-. Se cayó esta mañana por la escalera de su casa. Iba a bajar y al parecer le falló una pierna. Se ha roto varias costillas y está lleno de contusiones.
- Vaya. Justo esta mañana, cuando me iba, me crucé con una ambulancia a la entrada de la calle. Seguro que era para él. ¿Sigue en el hospital?.
- No. lo trajeron horas después. Envuelto como la momia de Ramsés y diciendo tonterías, como siempre.
- Iré un momento a verle ahora, antes de cenar. Viviendo solo seguro que necesita algo.
-Seguro, ya sabes cómo es. Y lo que necesita llamar la atención.
Extrañado por el último comentario de mi esposa, atravesé la distancia que separaba nuestra puerta de la de John y toqué el timbre. Al momento oí sus pisadas arrastrándose con lentitud hacia la entrada.
- ¿Quién es?.
- Hola John. Soy yo; Aníbal. ¿Estás bien?

Dogon

V

- ¿Quién? - dijo una voz queda, metálica y vacía desde detrás de la puerta, que no se abrió en lo absoluto.
- Soy yo, John... Aníbal, tu vecino - le contesté, algo extrañado de que no me abriera.
-¿Vecino?... Un momento, por favor - escuché que la voz le temblaba, y me quedé mirando a ambos lados, sin saber bien lo que pasaba.

Finalmente, luego de un tiempo que me pareció una eternidad, oi la perilla de la puerta girar sobre sí misma y, lentamente, con una despaciosidad impropia, se fue abriendo, pero no pude ver el rostro de John, la oscuridad más impenetrable reinaba detrás del vano de la puerta. Ni una lucecita, ni una mísera vela... nada de nada... oscuridad y silencio. Algo hizo que los pelos de la nuca se me erizacen totalmente. Sentí un escalofrío y dije:

- Hoola, ¿John?... Soy yo, Aníbal - alcancé a balbucear, temeroso de lo que fuera a escuchar del otro lado.

Oscuridad, silencio y... un quejumbroso respirar, como de alguien que se está ahogando, todo ello hizo que mi miedo se convirtiera en terror y comenzara a retroceder, hasta que salí corriendo en dirección a mi casa a toda velocidad. Mis piernas corrían solas, no sé por qué, pero sabía que mi vida me iba en ello: debía llegar a mi casa... y encerrarme.

Pero en cuanto estaba alcanzando mi jardín, me detuve en seco, sin dar crédito a lo que mis ojos veían: la puerta de mi casa se abrió de golpe de par en par y mi hija salió corriendo despavorida y a los gritos pelados... pasó a mi lado sin verme siquiera, yo la seguí con la mirada exhorbitada y me volví, apenas lo suficientemente rápido para ver a mi esposa corriéndola y revoleando un mazo de madera en una mano... parecía como si fuera a matarla a golpes, sí, la verdad que era una escena de locos... de espanto, porque los ojos de mi mujer eran dos foquitos luminiscentes de tonalidad rojiza, y su rostro... una máscara de muerte y locura.

 

 

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