
LEYENDAS URBANAS DE LA NUEVA LOGIA

© Rodhern Foldant
El viaje a Turquía (Km0)
El protagonista de esta leyenda es un matrimonio que viaja a Turquía con motivo de su luna de miel.
Se alojan en el mejor hotel de Estambul.
Al día siguiente visitan las mezquitas de la ciudad en una excursión programada.
Cuando regresan al hotel dejan la cámara de video, las postales que han comprado y todo lo demás en la habitación y se bajan al comedor a saborear las excelencias de la cocina turca....
Cuando suben para echar la siestecilla tras la comida se encuentran con que les han desvalijado la habitación. No queda nada de su equipaje, ni ropa, ni maletas, nada. Sólo les han dejado la bolsa de aseo con los cepillos de dientes, el champú y cuatro cosas más, y la cinta que estaba dentro de la cámara de video encima de la cama.Tras denunciar el robo descubren las excelencias de viajar a países extranjeros ya que les cuentan que han sido víctimas de un robo por parte de una mafia local que desvalija habitaciones de turistas haciéndose pasar por empleados del hotel.
Pasan los siguientes días 5 días en Estambul con lo puesto y alguna ropa de emergencia que compran. Sólo pueden hacer fotos con una cámara de usar y tirar, y volver al hotel.
Aún así consiguen pasárselo medio bien y regresan a casa con fotos, la cinta de video que grabaron antes del robo y unos regalos más cutres de lo que pensaban, ya que el robo les dejó casi sin dinero. Se sientan a ver la cinta de video con sus familiares para enseñarles las mezquitas de Estambul y lo que ven les deja boquiabiertos:
En vez de las mezquitas vieron como dos turcos que entraron a robar en la habitación, entre sonrisas, desvalijaban su habitación del hotel. Saludaban a la cámara y se reían. ¡Qué desfachatez! De pronto se quedaron sin respiración:
Uno de los turcos enseñó a la cámara los cepillos de dientes y entre risas se bajó los pantalones, se los introdujo varias veces en el trasero y los volvió a dejar en la bolsa de aseo.
La grabación se interrumpía ahí. El marido y la mujer salieron disparados al baño a vomitar tras conocer la funda turca que envolvió sus cepillos de dientes.
EL RITUAL
Ebenezer Holt
Desde el mismo momento en que Mehmet atravesó el umbral de la suite 207 supo que algo no iba bien. No era la primera vez que trabajaba el Caravasar Hotel y nunca antes había tenido esa sensación de malignidad concentrada.
De haber seguido su instinto habría dado media vuelta y hubiese buscado otra habitación, pero su profesionalidad y un montón de bocas que alimentar hacían inviables esos escrúpulos, así que una vez abierta la puerta guardó la ganzúa y entró sigiloso seguido de su socio Gamal. De un experto vistazo clasificaron y tasaron el contenido de la pieza, decidiendo al instante que prácticamente todo podía reportar beneficio, así que de inmediato se pusieron manos a la obra.
Con una técnica perfectamente depurada, Mehmet y Gamal sacaron las maletas del armario y comenzaron a llenarlas con todos los objetos de la habitación en estricto orden de importancia pecuniaria. La incómoda sensación de podredumbre pesaba sobre Mehmet, y fue acrecentándose a cada minuto. Eso era algo –recordó- aprendido de Kemal; su difunto abuelo, con quien pasó la infancia recorriendo el país en su calidad de curandero y brujo itinerante. Él había visto de niño cosas que pocos hombres adultos hubieran soportado impávidos, y había aprendido a combatirlas. Pero a la muerte de Kemal, no logró reunir el valor necesario para continuar en su lugar, así que cambió esa ocupación por otra, la actual, en que los riesgos se medían solo en multas y tiempo de cárcel, poca cosa en comparación.Casi sin querer, llegó hasta una pequeña mochila de cuero repujado en cuyo interior supo que estaba el objeto. No quiso abrirla ni conocer el contenido exacto, le bastaba con saber que fuera lo que fuese, aquellos estúpidos turistas habían adquirido algo demoníaco que poco a poco iría extendiendo sobre ellos su influjo hasta destruirles, antes de pasar a otras manos. Ya había visto antes aquellas reliquias procedentes de Anatolia Central, donde aún existían clandestinas sectas de adoradores de horrendos panteones tan antiguos como inclasificables.
Cómo podía haber llegado esa abominación a un bazar de Estambul era una incógnita, pero otra mucho mayor era cómo se podía ser tan increíblemente idiota como para adquirir aquello como un souvenir cualquiera. ¿Acaso no enseñaban prudencia en sus países de origen?.
Mehmet apartó la mochila como si estuviera llena de escorpiones rabiosos y continuó con su apresurado quehacer. Fue entonces, cuando Gamal descubrió el estuche con la cámara de vídeo bajo la cama. Esa era una mala noticia, porque ambos sabían que ningún turista se aleja durante mucho tiempo de su aparato, e indicaba que el tiempo de que era menor del previsto.
Los pies de ambos recorrían la pieza como una coreografía perfecta, recogiéndolo todo y empaquetándolo apresuradamente, como si efectivamente fuesen dos empleados del hotel cumpliendo su cometido. Sin embargo, Mehmet no estaba tranquilo. Una cosa era desvalijar habitaciones de turistas más o menos adinerados embutidos en sus falsos uniformes, y otra muy distinta permitir que éstos fueran víctimas del veneno mortal que habían atraído en su ignorancia. El viejo Kemal no estaría muy orgulloso de él si pudiera verle, pero así era la vida.
Cada sonido que llegaba del pasillo era una amenaza, y cada silencio una tensa ansiedad.
Por fin terminaron, y Mehmet echó un último vistazo a la suite. No quedaba prácticamente ninguna pertenencia de los huéspedes salvo los productos de aseo del baño y algún trapo suelto. Y claro, la bolsa de cuero repujado.
Gamal abrió la puerta con aplomo sacando el equipaje al carrito que habían dejado a un par de metros. Ambos salieron disimulando perfectamente el nerviosismo que siempre acompañaba ese momento, el más arriesgado de la operación.
A punto de cerrar, Mehmet se volvió hacia su socio. Tras un breve y áspero intercambio de argumentaciones, cogió el estuche de la cámara de vídeo y entró de nuevo en la habitación cerrando tras él. Gamal debía avisarle y luego desaparecer con el botín en caso de problemas.
El cerebro de Mehmet funcionaba a toda máquina, recordando los detalles de un rito de exorcismo aprendido y olvidado hacía más de un cuarto de siglo. Nunca había visto a su abuelo practicarlo, porque debía hacerse a puerta cerrada, a salvo de interferencias exteriores que arruinarían la íntima comunión necesaria entre el oficiante y la o las víctimas del maleficio, sin embargo volvieron a su mente todos los pormenores explicados por Kemal mil veces.
Desde luego las circunstancias no eran idóneas; los útiles a su disposición eran inapropiados, y la ausencia física de la parte interesada hacía inseguro el resultado final de la ceremonia, pero debía intentarse de todos modos.Mehmet cogió los cepillos de dientes de entre los útiles de aseo, encendió la cámara asentándola sobre una mesilla de manera que cubriera el centro de la habitación desde donde él inició los primeros movimientos de una danza arcaica, pagana y muy poderosa de tintes aparentemente lúdicos.
Era precisa la grabación para que los turistas tuvieran constancia del rito efectuado y su energía completara el lazo espiritual que Mehmet se disponía a efectuar. Tan solo confiaba que tuvieran la sensatez de guardar para sí mismos la grabación, evitando mostrarla a parientes o amigos, por que el exorcismo perdería entonces todo su poder.
Las evoluciones cadenciosas de la danza alcanzaron su clímax y Mehmet cogió el primer cepillo sin dejar de moverse y sonreír a la cámara. Entonces, concentrado en no salirse de cuadro, se volvió de espaldas y con un rápido movimiento, se desabrochó el pantalón.El resto del ritual, por el bien de los turistas, deberá quedar en secreto...
LOS ECOS DEL SEMBRADOR
Ebenezer Holt
I
El mundo quizá recuerde aquellos días de 1980 como el Verano del Cometa, porque un pequeño bólido pasó, como cada veintinueve años, próximo a la Tierra a una velocidad tan inusualmente lenta que durante más de una semana se pudo contemplar su rosada cola brillando apocalíptica en los despejados cielos estivales, incluso durante el día. Sin embargo, en un ámbito más local, también será recordado como el verano en que la pequeña y próspera localidad de Portalegre y su comarca adyacente, o mejor dicho sus habitantes, fueron brutalmente asesinados a manos de un puñado de sus propios vecinos.
Aún hoy no existe una versión clara y aceptada oficialmente de aquel brote colectivo de locura maníaca y homicida que sacudió la región aquellos lejanos días. Tan solo una de las hipótesis barajadas sigue manteniendo cierta consistencia, aunque su naturaleza indemostrable no tiene cabida en los documentos de carácter oficial, devotamente inclinados hacia la fórmula de “causa o causas desconocidas”.
Los hechos puros, sin embargo, no son desconocidos.
Durante las setenta y cuatro horas que transcurrieron entre la angustiosa primera llamada de socorro al pueblo vecino y hasta que las fuerzas del orden consiguieron restablecer la calma y sofocar aquella espeluznante situación, el número de víctimas mortales ascendió a cuatrocientas noventa y siete, esto es, el sesenta y seis por ciento de los habitantes de Portalegre.
El férreo cordón séptico organizado por las autoridades como primera medida de contención no impidió que un equipo informativo de Reuter lograra - para su desgracia- filtrarse en el último momento y transmitir durante cuarenta y tres angustiosos minutos las más devastadoras imágenes de la sangrienta carnicería que un buen número de habitantes infligió a sus propios convecinos, poseídos por una incomprensible voluntad demoníaca. El propio equipo de reporteros acabó la retransmisión de forma abrupta al ser descubierto, resultando infructuosa la posterior búsqueda de sus restos.
Al término del atroz episodio, los enajenados –la escasa media docena que sobrevivió- fueron internados en pabellones de seguridad de remotas instituciones psiquiátricas, donde uno tras otro sucumbieron entre delirios en apenas nueve días. Las conclusiones forenses nunca se hicieron públicas, aunque llegó a filtrarse un aspecto escalofriante sobre el anómalo deterioro de su masa cerebral, en la que grandes porciones de la corteza habrían sido literalmente licuadas, perdiendo así las preciosas sinapsis que concentran los conceptos abstractos más evolucionados de nuestra especie, aquello que, en suma, nos hace humanos.II
Según algunas voces doctas, la causa del deterioro y la demencia agresiva podría deberse a algún tipo de organismo o espora parasitaria latente en los individuos activado simultáneamente por algún acontecimiento puntual sin confirmar. La investigación subsiguiente apenas aportó prueba alguna que confirmara la teoría, sin embargo, sí hubo algunos curiosos detalles que los investigadores anotaron en sus informes, pese a no poder encajarlos claramente en la cadena de acontecimientos.
Sin duda el detalle principal se trataba de una mera anécdota sin importancia, pero repetido insistentemente por gran cantidad de testigos adquirió un desconcertante relieve que no podía, en rigor a la verdad, ser pasado por alto por el equipo investigador. Según repetidos testimonios de las víctimas supervivientes consultadas acerca de los hábitos cotidianos de sus agresores, la práctica totalidad de éstos parecía haber sido víctima en los últimos meses, de un curioso incidente doméstico relacionado con la elaboración de cierto plato precocinado, en concreto una variedad local de croquetas, que en ocasiones, durante el proceso de fritura se hinchaban, reventando violentamente esparciendo a su alrededor su contenido.
Como pista sin duda era endeble, pero dispuestos a considerar cualquier posibilidad sin descartar siquiera las más estrambóticas, los investigadores rastrearon el origen de dicho producto, hallando que en todos los casos correspondía a una marca determinada, de gran aceptación, elaborada en una factoría próxima a la localidad de Portalegre y distribuida precisamente en toda la región afectada por el brote que condujo a la masacre.
Las pesquisas orientadas hacia la fábrica de alimentos precocinados y congelados arrojaron un curioso dato que por sí solo no explicaba nada, pero que combinado con los acontecimientos posteriores abría un interrogante digno de tener en consideración. Resultó que para la elaboración de dichas croquetas se había utilizado una partida de harina procedente de un cultivo de trigo propiedad de la misma empresa que, por alguna razón indeterminada, poseía unas características extraordinariamente anómalas en cuanto al desproporcionado tamaño y peso del grano. Una vez realizados los preceptivos controles de calidad (este punto no quedo fehacientemente demostrado), se consideró la partida de cereal como apto para el consumo humano e inmediatamente se procedió a su molienda y utilización.
Durante el proceso de precocinado y su posterior congelación se dieron casos de desintegración explosiva, pero no fueron al parecer lo bastante abundantes como para detener la producción, de manera que el producto fue envasado, distribuido y puesto a la venta de la forma habitual.
III
Hasta ahí todo resultaba dentro de unos parámetros más o menos “normales” para los investigadores, y solo fue por casualidad que, tomando declaración al personal de las áreas de cultivo, saliera a relucir un nuevo elemento desconcertante.
En 1951, un pequeño cuerpo celeste pasó relativamente cerca de nuestro planeta, “sembrándolo” de polvo, hielo y fragmentos de roca, algunos de los cuales cayeron precisamente sobre el campo de cultivo. El impacto desintegró la mayor parte de los que habían llegado hasta la superficie, formando una nube que se extendió durante varias horas sobre el trigo recién germinado. Como aparentemente no hubo ninguna otra consecuencia, el incidente quedó como una anécdota que fue prácticamente olvidada por todos. O casi.
La teoría, imposible de confirmar por el equipo investigador, fue que “algo” vivía en los fragmentos. Algo que se mezcló a escala celular con la misma cosecha transformándola y transformando el propio terreno en el que quedó anclado y en estado de hibernación, imbricándose con las formas de vida autóctonas y adaptándose. Algo que solo se tornó activo solo veintinueve años después, cuando nuevamente el cometa; el sembrador, volvió a aproximarse en su ruta eterna, por nuestros cielos, y que retornó a su letargo cuando éste se hubo alejado una vez más.
Esto ocurrió hace mucho tiempo, como el lector recordará. Exactamente veintisiete años. Pronto el Sembrador regresará.
¿Estaremos preparados para recibirle?
©
2007![]()