
LEYENDAS URBANAS DE LA NUEVA LOGIA
Henry Armitage
Las Bodas de Asenath y Edward
Edward y Asenath Derby, Luna de Miel en Innsmouth © Ebenezer Holt
I
Sin apenas vacilación, Asenath decidió aceptar el contrato conyugal que Edward le ofrecía, puesto que la única cláusula que le imponía era que tenían que fijar su residencia en la villa de Ulthar. La mujer, por su parte, pidió que la luna de miel la pasasen en Innsmouth, donde se habían conocido.
La verdad es que formaban una extraña pareja: Ella tenía ese aspecto tan característico de las innsmouthianas, que en Asenath no resultaban tan chocantes. Cierto que tenía los ojos vidriosos, de un color verde-mar y un tanto rasgados, que mitigaba esa mirada acuosa, turbia y cenagosa. Su boca podría recordar a alguno de esos peces tropicales que te miraban con asombro detrás del grueso cristal de una pecera. Pero, toda extrañeza podría virar del asombro a la admiración al contemplar sus formas femeninas de nereida.
Edward parecía un camaleón que había adaptado su aspecto a los habitantes más numerosos de su pueblo natal: Ulthar, Villa de los Felinos. En efecto, su manera de andar era siempre sinuosa, enigmática y graciosa hasta cierto punto. Tenía unos ojos que podían resplandecer en la oscuridad y su mirada te abría las carnes y las puertas del alma.
II
Al principio Asenath fue capaz de llevar una vida relativamente plácida en la pequeña Villa de Ulthar. Cierto es que añoraba su querida Innsmouth, el olor de su puerto pesquero y toda esa animación de bullicio marítimo, que acompañó su vida desde niña. Cuando paseaba del brazo de su marido Edward por los umbríos soportales de la Plaza Mayor, siempre tenía que escuchar los chuchicheos de las majestuosas matronas de la Lonja Real, que si tenía unos enormes ojos que no parecían parpadear jamás y que su cuerpo se movía ondulándose como el azogue en las aguas aceitosas de El Remanso; mientras tanto le había parecido advertir que los hombres del Casino ponían sus ojos felinos sobre ella, se frotaban los bigotes y parecían relamerse con un estremecmiento humedeciendo sus labios oscuros con lenguas tan rojas y brillantes que parecían dibujar deseos y anhelos inconfesables.
III
Edward tuvo que pasar unos días en Monterrey, realizando algunas gestiones que tenía pendiente con su socio mexicano, al que todos llamaban Sibilo y pocos recordaban su nombre auténtico. Muchos recordaban sus excelentes dotes para predecir el futuro, aunque nunca mostraba el menor interés por alardear de sus habilidades. En todo caso, fue él quien le llevó a aquella extraña tienda para que le comprase un recuerdo a su esposa Asenath. No paraba de decir que le gustará, no te quepa la menor duda, que no encontrarás nada igual en toda la República de México. Es una pequeña jaula con forma de joyero, donde duerme la criatura más pequeña. Es como una bola de pelo suave y ronronea como si quisiera que le llevases contigo.
Asenath sintió un escalofrío al ver el animalito durmiendo en su joyero. Algo le decía que la mascota no iba a traer nada bueno. Edward solía ocuparse de la limpieza y los cuidados, así que solamente podía disfrutar de su compañía, aunque más bien ella hablaba de su presencia. Podía sentir su respiración y se inquietaba, cuando estaban juntos y solos en la misma habitación.
Una tarde se quedó dormida en el sofá y se despertó sobresaltada, porque se dio cuenta de que la jaula estaba abierta a sus pies y la pequeña criatura no aparecía por ningún lado. De pronto, sintió que una pequeña nariz húmeda resoplaba en su cuello y que una diminuta lengua áspera le lamía una herida abierta de la que brotaba un hilillo de sangre. Quedó petrificada al ver en el espejo que tenía delante el reflejo de su figura recostada en el sofá como una sirena varada en tierra firme y todo su cuerpo, blanco como el mármol, cubierto de infernales dentelladas de un enorme gato montés, que su esposo le había comprado como mascota faldera en la extraña tienda de Monterrey.
MISTERIO
(Historia a la búsqueda de una Leyenda Urbana)
Entes © Harley Warren
Hacía mucho calor. Vapor y sudor. Por eso, resultaba tan refrescante flotar boca arriba sobre el manto fresco del agua, mientras contemplaba el dibujo grabado en el techo: Los tentáculos de un pulpo verdoso de formas insinuantes. No sabía a ciencia cierta donde me habían llevado mis pasos, el caso es que apenas podía adivinar los volúmenes en esa maraña de cubículos, recintos indefinidos, pasillos con ramificaciones y paredes que chorreaban humedad. Entre tablones de madera se dejaba sentir el aliento de unos cuerpos informes, entre surtidores de agua a borbotones aparecían unos rostros anónimos que apenas tenían expresión y que emitían sonidos de respiración entrecortada. Sobre la pared se podían ver imágenes, que oscilaban entre la urgencia y el reposo de un eco apenas escuchado, mientras los ojos se llenaban en un momento dado de oscuridad y las manos intentaban adivinar formas imposibles entre la negrura y el desconcierto. Pasos, se sentían pasos desnudos de pies que medían el frío del suelo, la luz que destelleaba entre las puntas del pulpo, ahora desdibujado en colores que oscilaban entre el ocre y el crema, con todas las untosidades posibles de lo indefinido.
©
2007![]()