LA PUERTA ABIERTA
© TYNDALOS

Dibujo original de © Tyndalos
Había descendido a una profundidad incalculable. El túnel era negro como la pez, y sin embargo los hongos de la bóveda dejaban traslucir algunos contornos: un suelo rugoso y deslizante, con ciertos obstáculos imposibles de descifrar, cosas espantosas que no siempre eran piedras. También, unas correosas paredes, cubiertas aquí y allá por un liquen azulado, que parecía animarse ante mi paso, y esto no sabría precisar si debido a la corriente de aire o a su propio poder motriz. Muchas corrientes de agua, verticales como si fueran filtradas desde el techo, y también arroyuelos que se cruzaban en mi camino, o discurrían las más de las veces en paralelo, a tenor de la pendiente implacable hacia lo profundo de la tierra.
Ningún sonido por el momento. Sólo un vapor enrarecido, una especie de festival gaseoso que me iba haciendo imposible la bajada, lenta la respiración, imposible el descanso. Me tapaba la boca con pañuelos humedecidos y eso me servía de bien poco. Una sola idea fija, clavada en el cráneo del cerebro: bajar. Bajar para ver. Sabía de sobra que podría perecer en el intento, loco, carente de toda justificación. Pero este enigma me llevaría al enigma de los enigmas, al fin último de la existencia.
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En Piornil había localizado el círculo de piedras. Esta aldea, concentrada a mitad de subida del monte del mismo nombre, había figurado en otros tiempos en el catálogo del celtista Denis Delallaure. Una corriente moderna de eruditos se había dedicado, con inusual saña, al empeño de desacreditar al sabio galo, en un primer momento y, años después, todos conspiraron para enterrarle en el más implacable silencio. Delallaure había visitado en sus tiempos las cuevas de esta aldea, y al nivel propio de su época, hizo notables excavaciones en compañía de algunos otros aficionados del norte de España, como el padre Murguía y el marqués de Rovigo. El sabio, cabeza de los celtistas de hace cien años, estaba convencido de la existencia en Piornil de un centro de culto esencial en el occidente de Europa, en activo a lo largo de todo el periodo del bronce y el hierro, y sólo en decadencia manifiesta, o extinción lenta, un siglo antes de la conquista romana. Lo más maravilloso de la monografía que Delallaure firmó en solitario, y que hubo de publicar a costa de su propio erario, consistía en la descripción de ciertas extrañas runas, dibujadas por él mismo como supuestas copias de inscripciones en piedra halladas en esta remota zona de Asturias. Las runas en cuestión guardaban cierta similitud con las halladas en latitudes muy norteñas - Suecia, Noruega - y nuestro celtista afirmó en su día haber ideado un método especial para descifrarlas. Su teoría, que denominó "la Regla de las Combinaciones Místicas", postulaba la existencia de correspondencias matemáticas entre los diversos caracteres rúnicos y oghámicos presentes en toda la Europa indoeuropea. Por medio de extraños cálculos, Delallaure creyó dar con la significación de muchas piedras inscritas a lo largo de toda la costa atlántica, hasta el círculo boreal, amén de otras que pudo documentar en áreas diversas de Europa Central. Una vez que anunció su método, la caterva de especialistas de su tiempo se lanzó ferozmente contra sus atrevidas especulaciones. Le tacharon, en su mayoría, de ocultista y chiflado. Otros dijeron de él que no era más que un visionario, un loco con aires de profeta que deseaba recuperar la esencia de la Vieja Europa, como decía él, perdida tras las conquistas romanas y la implantación de esa "enfermedad oriental" que para él suponía el cristianismo. Todos los pueblos ribereños del Atlántico habían vivido felices milenios de esplendor cultural unidos por una fe ancestral, originaria de la prehistoria, cuando unas hordas indiferenciadas, venidas de la Meseta de Pamir, según algunos, o de cavernas ocultas del Himalaya, al decir de otros, se desparramaron por la India, Persia y Europa. La locura del profesor Delallaure llegó al extremo de proponer la pervivencia de tan lejano culto en las raras y aisladas poblaciones indogermánicas del atlántico que aún no habían sufrido más que un leve contacto con el judaísmo y el cristianismo. Los cultos druídicos y la religión de las cuevas y círculos pétreos eran restos de la fe campesina que su ciencia no renunciaba a localizar.
Y he aquí que nuestro buen Denis Delallaure recaló en un punto remoto de los montes asturianos. Pronto se hizo amigo de algunos eruditos locales, como Murguía y Rovigo, que ya desde su apacible infancia rural habían barruntado ideas similares y que, por fin, un francés genial les venía a desvelar. Fue el cura don Jacinto de Murguía quien le habló de la existencia de un extraño círculo de piedras en el Piornil. Ávido de emprender excavaciones y de localizar rastros indígenas de la vieja religión astur, el nuevo equipo se enriqueció con un aristócrata local muy culto, pero excéntrico y algo dado a la bebida y a las drogas, don Braulio de Argüelles y Mon, marqués de Rovigo. Excavaron todos los pozos y cavernas. Perfilaron perfectamente la etnología de la zona, y no dejaron a informante alguno sin entrevistar. Hallaron tesoros de todas las épocas, amén de rastros de presencia humana ininterrumpida. Medieval, romana, astur-céltica y otras capas aún más antiguas, difíciles de precisar. Dieron a conocer las runas, únicas en su clase en toda la península ibérica. Desenterraron al ídolo Hastur, o Ckastur, que pudo muy bien haber dado el etnónimo a las gentes astures de la zona, así llamadas según los escritores clásicos. Y, con tales aportaciones preciosas para la ciencia, todo el mundo se mofó del equipo y los sepultó en la oscuridad. ¡Era incomprensible!
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Muchas horas en la Biblioteca del Principado, en los Archivos Diocesanos, y viajes incesantes a la Sorbona y Tubinga, me permitieron ir desentrañando la aventura de estos tres atrevidos investigadores. Me hice con copias de todas sus monografías y diarios, epístolas y dibujos. Incluso poseo algunas viejas fotografías y daguerrotipos. En ellas se puede ver aún el ídolo tal y como ellos lo encontraron. Delallaure murió asesinado repentinamente en el sanatorio mental donde su familia logró encarcelarle. El padre Murguía fue destinado a una peligrosa labor misionera en Filipinas donde se dice que murió confusamente, por obra de la malaria o, según otras versiones, en manos de los salvajes. Y el marqués de Rovigo, según consta por documentos forenses, murió despeñado al caminar por un escarpado pedrero, en la costa cantábrica, no muy lejos de su casón solariego en la aldea de Friuz. Todas estas desgracias, acaecidas en el breve lapso de tiempo de unos tres meses, no podían ser fruto de la simple casualidad. El silencio sepulcral de la llamada "comunidad de sabios", tampoco. Al entrevistarme con alguno de los descendientes de estos tres personajes pude detectar, en forma muy velada, el miedo y el disgusto que ellos habían transmitido a sus parientes y amigos más cercanos. Les cortaron toda fuente de financiación, les reprobaron la escasa utilidad de sus estudios y la inconveniencia de mezclar las ciencias académicas con las pamplinas del saber oculto. Por si fuera poco, caía sobre ellos el estigma de ciertas inclinaciones del trío hacia una ideología de signo fascista, cosa que agravó la reputación de sus estudios, especialmente en la década de los treinta, cuando ya ninguno de estos sabios vivía ya para poder defenderse. Hay cierta base para defender que Delallaure había expresado en lo ideológico una "particularísima interpretación raciológica del pasado y del destino de Europa", como escribió su hijo, el gran químico Robert Delallaure, pero igualmente "hubiera abjurado de líderes de masas tan lamentables como Hitler o Mussolini de haberlos conocido en su tiempo". Robert, joven eminencia en campos ajenos, que nunca supo gran cosa del trabajo que había desarrollado su genial padre, falleció prematuramente en un campo de concentración nazi durante la ocupación germana de su país. En las memorias inconclusas donde trataba de defender la memoria de su denostado padre, Robert incluso defendía que su padre hablaba sin cesar de una "utópica centralización de la economía de las naciones de Europa, cuyos lazos se estrecharían para suprimir las diferencias de clase y todo vestigio de colonialismo o trato injusto con las culturas no europeas". Interprétese esto como se quiera: ni este sabio francés ni sus dos colegas asturianos eran tipos muy atentos a la política del presente. El pasado era la clase de realidad que verdaderamente les embargaba.
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Por parte de padre yo era uno de los descendientes del marqués de Rovigo. No lejos de este lugar de la rasa marina asturiana, unos antepasados habían dejado al albur del paso del tiempo el vetusto caserón solariego. Dos machones sólidos, como para resistir los más feroces cataclismos geológicos, aún sostenían un edificio vestido por la hiedra y rodeado por cascotes de constantes derrumbes de las partes añadidas en tiempos más recientes. El complejo debió llegar a su mayor envergadura en los tiempos previos a la Revolución del Octubre Asturiano, o de la Guerra Civil. Una sucesión de incendios, precariedades y desidias se cebaron en gran parte de este complejo palaciego, dejando casi intacta la parte más noble y antigua, alzada a su vez sobre los restos de un torreón medieval cuyo semicírculo seguía percibiéndose en las caballerizas. El blasón, cubierto por enredaderas y zarzas, no parecía concebido por gentes pías y temerosas de los poderes ctónicos. Un gran lagarto, enroscado alrededor de una torre, mantenía entre sus fauces un extraño símbolo que más tarde pude identificar. Me vi sumergido en los misterios de la heráldica barroca, pues suponía que el blasón de la fachada databa, al igual que el cuerpo principal de la casona, de mediados del siglo XVII. La simbología figurativa de esta época era muy compleja y, junto a las resonancias feudales que arrancaban de principios de la Edad Media, aparecían no pocos símbolos cabalísticos, alquímicos, etc., incluso en un país tan poco dado a tales excesos como era Asturias y, en general, toda la región cantábrica. Cuando, avanzados mis estudios, supe que aquel símbolo del dragón no era realmente de esa clase sino una verdadera runa, de traducción equiparable a las misteriosas runas de Wurmmberg, en Suecia, hice todo cuanto estuvo en mis manos para hacerme con la propiedad de esa casa. Hice frente a toda una caterva de parientes, vulgares y proletarizados, que ni siquiera se sabían herederos del marquesado ni menos aún del caserón que ahora tanto me interesaba. Gasté en abogados todos mis escasos ahorros ganados como profesor de Filosofía en el Liceo "Rey Ramiro", y solicité al Principado una licencia de estudios, que al punto me concedieron. Gané los juicios trabajosamente y al fin, sin dinero, pero habiendo demostrado ante la ley mis derechos como heredero, pude iniciar poco a poco las labores de restauración de las ruinas que iban a ser mi nuevo hogar. El orgullo de la sangre pronto cedió el paso a la curiosidad por aquella casona fascinante. Viejos pleitos de herencias la habían sumido en el abandono, e incluso el salón principal había sido empleado como cuadra por los aldeanos del contorno. Los objetos de valor no habían permanecido en su interior, como es natural, y se me dijo que los mejores muebles habían sido requisados o quemados en tiempos de la guerra. En un principio sólo disponía de fondos para acondicionar una reducida parte de la casa que, al punto, transformé en un funcional apartamento de soltero con un gran despacho para poder trabajar. Esa zona era cómoda y aseada. La pinté de color blanco, muy alegre por la visita matinal del sol sobre la hermosa galería acristalada que suele adornar estas casas tradicionales. El resto de la mansión siguió en su estado de abandono, como una trastienda oscura de la mente que uno prefiere, de momento, olvidar o contra la cual pugna por pensar el menor tiempo posible en ella. No obstante, tan solo tenía que abrir con llave una puerta para acceder a ese enorme mundo interior que había sido de mis antepasados. Allí sólo había muebles o cajones apolillados, y también algunos artefactos desvencijados, propios de la vida rural: una prensa para hacer sidra, una rueca, el yugo para uncir bueyes... todo muy revuelto, como correspondía a una casa que había sido abandonada y asaltada Dios sabe cuántas veces. Lo que nadie había querido ni reclamado, allí yacía en histórica confusión, por los suelos de inmensas habitaciones trancadas en la oscuridad y morada de miles de generaciones de ratas enormes, que aquí llamamos aguarones. Pero el destino había querido que yo heredase también aquellos viejos tomos, roídos en todos sus bordes, y grandes paquetes de legajos de mi antepasado, Braulio de Argüelles y Mon. Esta documentación me facultó para poder reconstruir la historia de este trío de sabios, cuyo impulsor había sido Delallaure y que había de llevarles, tiempo atrás, a su perdición.
¿Estaría yo al borde de mi propia ruina? El estudio de las runas y el exhaustivo método de las correspondencias matemáticas, iniciado por el francés, agotó buena parte de mis energías mentales, pero la Comprensión fue abriendo en mí unos claros luminosos que dejaban paso a la hermosa luz del Conocimiento. La runa inscrita en el blasón de mi familia poseía el mismo significado místico que su homóloga escandinava. El simbolismo del dragón devorando aquello que en el fondo le pertenece, a saber, el Mundo de las Profundidades, forma parte del destino de mi estirpe. Así se lo hizo saber don Braulio a Delallaure. Este, que a la sazón se encontraba en Santander dando un ciclo de conferencias, acudió de inmediato a la cita del marqués en cuanto reconoció el símbolo del blasón en un boceto adjunto a la carta. Murguía, en su calidad de afamado arqueólogo y etnólogo, había hallado símbolos similares en los círculos de piedra del Atlántico galaico. Al ser requerida su ayuda por el francés, pronto formaron el equipo que tan grandiosos -como denostados- hallazgos realizaron.
El trío de sabios selló un pacto en la misma casa blasonada que ahora me corresponde habitar. En el transcurso de una cena, consultaron mapas y viejos manuscritos. Las indicaciones del sacerdote, un excéntrico más bien pagano de corazón, fueron decisivas para localizar el yacimiento de Piornil. Allí, no lejos de la aldea, se encontraron círculos de piedra y raros monolitos teriomorfos. La runa de mi escudo se repetía de forma constante en todos los hallazgos epigráficos, y ese había sido el punto de partida del marqués de Rovigo. Por el método de las correspondencias, muy discutido entonces y ahora, las runas se relacionarían entre sí y podrían arrojar pistas geográficas y semánticas sobre textos semejantes localizados en puntos muy lejanos del continente. Y así fue. Los textos iban desvelando sus arcanos, rompiendo su desconcertante mutismo para hablar a los hombres en un lenguaje insospechado y atroz. He aquí una muestra:
"Fugitivos del País Blanco, del Mar de los Hielos,
Arrumbaron Hastur y Nelembbe
A las desiertas playas sin nombre
Y en cimas verdes y rosas alzaron pilares
Para que su indómita progenie
Recordara los viejos dioses y los usos que ellos demandan.
Y criaron mil vástagos, y repelieron invasores,
Cazaron al oso y criaron al pequeño caballo de las montañas
Y llevaron una vida de dioses...Pero las montañas de verde cabellera y rosáceo cuello
Albergaban las peores alimañas de la tierra:
Seres que huyen del sol,
Hijos de la humedad, del suelo y de la noche,
Cadáveres y espectros que no viven,
La lepra de la Tierra
El pus y la sierpe que aniquilan a la Madre por dentro..."Esta rara mitología se les hizo por completo desconcertante, imposible de manejar con instrumentos intelectuales. No esperaban ninguna conexión con las fuentes clásicas, salvo las generales notas de toda mitología humana. Pero, si Asturias no tuvo su Homero, menos aún cabría esperar a un Ossian, a ningún bardo legendario que relatara los orígenes de su tierra y de su gente. El mito migracionista, muy habitual para los pueblos indoeuropeos, siempre venidos de algún ignoto sitio, parecía confirmarse. Esto se hacía evidente, junto a la existencia de un verdadero arco atlántico en plenos tiempos megalíticos, un nuevo mare nostrum cultural de los celtas y de otras razas nórdicas, un espacio común que abrazara incluso el Báltico y los mares boreales, hasta llegar a Finisterre. Todas estas eran ideas irresistibles una vez tomada en serio la existencia de las semejanzas tipológicas de las runas.
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Excavaron muy hondo en una de las cuevas. Los restos hallados eran cuidadosamente dibujados en libretas y cuartillas, muchas de las cuales yacen hoy en los rincones de mi casa. Pero los objetos originales han ido desapareciendo de forma constante y sistemática a lo largo de todos estos años de olvido. Quizá los menos llamativos yacen desparramados en diversos museos del mundo, pero las piezas que más sorprenderían al erudito libre de prejuicios se han esfumado de manera sospechosa y me hace pensar que una poderosa conspiración se ha encargado de hacerlos desaparecer.
Tras una considerable profundización en el subsuelo hallaron la boca de una considerable galería que, de forma ininterrumpida conducía a las entrañas de la montaña. Provistos de teas encendidas y lámparas de gas, el equipo afirmó haber encontrado numerosas estancias repletas de ídolos cuya descripción habría obligado a revisar toda la historia de Europa, y aun de la Tierra. Los colosos de piedra parecían ser ancestros de las deidades que, de forma tan escasa como poco expresiva, dieron testimonio los celtas y demás pueblos indogermánicos. Allí parecía haber un arquetipo del temible Cernunnos, un ser cornudo y sólo levemente antropomorfo, cuyo culto pervivió en todo Occidente hasta bien entrado el siglo XVIII pese a las feroces persecuciones eclesiales, que hicieron por identificarlo con el demonio. También se dibujaron en rápidos bocetos- algunos los conservo- las efigies talladas en la roca del ídolo inmenso que, a todas luces, parecía un arquetipo de Tarannis, deidad imponente que llenó de topónimos toda Asturias y cuyo culto se mantuvo en secreto durante todo el periodo de apogeo del Reino Asturiano, a comienzos de la Reconquista. Ni qué decir tiene que la débil iglesia cristiana hubo de tolerar a los "brujos", es decir a los sacerdotes y sacerdotisas de tipo druídico que, en un primer momento, dieron su apoyo a los monarcas a la hora de expulsar a los musulmanes de la cornisa cantábrica. En fin, una larga serie de imágenes, imponentes y de rara factura bárbara, poblaba todas aquellas galerías. Una mejor iluminación habría permitido valorar aquellas magnas estancias como la verdadera catedral subterránea del paganismo astur, empleada para el culto y el sacrificio hasta unos tiempos que, de forma desconcertante, no se podrían precisar y, que por vagos indicios, podrían ser mucho más recientes de lo esperado. No ya en la alta edad media, sino hace apenas unos meses, anotaba don Braulio, alguien había hollado con sus pies aquel suelo barroso. La catadura de ciertos huesos animales parecía indicar la presencia de festines que, a la altura del siglo XX, podrían haberse celebrado allí dentro, en la tumba de los dioses más viejos. La sorpresa fue en aumento al toparse con ciertas calaveras humanas, apiladas con algún fin litúrgico, así como con determinadas cadenas y argollas cuyo hierro no se había fundido en tiempos remotos, sino que habían salido directamente de alguna rudimentaria pero reciente forja. La constancia de estar viviendo alguna pesadilla, la demolición repentina de todas las queridas creencias y esquemas aprendidos fue haciendo mella en el trío de exploradores. No se podía tolerar de repente una hipótesis que ellos acariciaban desde el principio, pero que no podían esperar que cuadrara con sus categorías, racionales al fin y al cabo. Cultos ancestrales habían resistido todo género de invasiones en este rincón de terruño, y ni las sucesivas oleadas de celtas de última hora, ligures, romanos, suevos, godos, sirios y beréberes, mozárabes, y mil clases de gentes más, nadie, pudo exterminar aquella manifestación de la barbarie más remotamente arcaica.
Los conductos excavados, siempre descendentes, adoptaban después una forma de inmensa escalera de caracol. Las pisadas recientes en la arcilla fangosa iban delatando la presencia de algunas formas vivientes. Murguía insistía sin cesar en la posible naturaleza inhumana de tales huellas, y sólo el tesón por desvelar tantos misterios les empujaba hacia aquellas peligrosas honduras. Crítica era, en efecto, la posición del equipo. En caso de un tropiezo no deseado, el camino de huida era largo y fatigoso, fácil de interrumpir allá arriba, a través de alguna de las oscuras galerías que se cruzaban con la ruta principal de bajada. A los posibles moradores de la montaña les habría bastado con volver a cerrar la discreta abertura exterior, tan minúscula en comparación con estas inmensidades. Y la mera existencia de esta posibilidad, la de una habitación permanente de aquellas galerías desde los tiempos astúricos, de puro irracional e inexplicable, llenaba de ansiedad los corazones de la expedición ¿Quiénes podrían ser ellos? ¿Seres humanos normales, pero sumidos en la barbarie y celosos por vivir en secreto? De seguro que si ese fuera el caso, verse sorprendidos por un trío de intrusos provenientes del mundo exterior no sería un acontecimiento de su gusto. Su reacción sería violenta sin duda, y los vestigios de sacrificios humanos hallados en las plantas superiores no era un dato tranquilizador. Pero aquellas huellas... ¿en verdad eran impresiones dejadas por pies de seres humanos? La forma regordeta de la planta, el hondo hueco causado por la pisada, que se diría propia de un ser hecho de plomo, y el arco de los dedos, demasiado ancho, como en abanico, con cierta forma de palmípedo... ¿Qué clase de criaturas tendría los pies así?
Al concluir la bajada de la escalera tallada de caracol, el equipo ha dejado constancia, en diversos diarios, de la llamada "Casa de Midas". La sordidez de la piedra, y en este punto hay concordancia total, dejaba paso a una espléndida decoración de oro macizo, omnipresente en una inmensa estancia circular, bordeada de columnas. Estas adoptaban una forma bárbara, más semejante a las de los palacios micénicos que a cualquier otro orden conocido. Los bloques de oro parecían aplastarse los unos a los otros en una especie de bárbara mampostería cuyos artífices más bien debieron ser titanes y duendes, mejor que seres humanos. El conjunto cegaba al reflejarse en millones de puntos la luz de nuestras teas y linternas. Criterios por completo ajenos al orden armonioso o a la perfección de las formas eran los que habían guiado la mente de sus demiurgos. La lógica empleada, las posibles nociones geométricas que hubieran inspirado a aquellos moradores de la montaña, sus ángulos imposibles y la desconcertante irregularidad de la sala, todo, en fin, invitaba a pensar en razas prehumanas y cerebros radicalmente heterogéneos a los nuestros. Cuanto más abajo se descendía, menos "humanidad" se respiraba en aquellos senos ocultos de la Madre Tierra.
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A partir de este encuentro con la "Casa de Midas" me es muy difícil reconstruir con coherencia todo el raudal de comentarios y locuras que los tres sabios plasmaron por escrito. Sólo puedo certificar que las impresiones recibidas por ellos no distan en lo fundamental. Algo extraño y demencial se cruzó en su camino. Seres de alguna clase iniciaron una loca persecución contra el equipo, y los tres hombres sólo pudieron salir al exterior porque así lo había dispuesto la Providencia Divina. Ahora bien, tras coincidir en estas descripciones, una vez a salvo, el trío se disolvió de forma misteriosa, pues ya habían llegado muy lejos, y una simple secta que vive dentro de una montaña, ni unos locos misántropos, por muy peligrosos y hostiles que se hubieran mostrado, tampoco podrían chafar un hallazgo tan crucial para la ciencia. Pero en ninguna de las páginas por mí revisadas hay el menor indicio de la existencia de peligros convencionales. Mis antecesores en esta investigación no eran hombres apocados. Su arrojo les había llevado más allá de los límites de lo recomendable. Les faltaban palabras, eso sí, para expresar el profundo horror que allá abajo, a partir de la "Casa de Midas", conocieron. Y también les faltó valor para hablar más de ello, pues el Mal definitivo que se cernía sobre el mundo latía en el seno de la montaña, dispuesto a iniciar nuevas eras que no podemos sospechar.
Así pues, me convencí a mí mismo acerca de la inutilidad de retomar la exploración armado hasta los dientes, con ayuda de numerosos hombres, valientes y avezados en el peligro. La naturaleza del horror subterráneo no se iba a doblegar a una tropa ni al armamento convencional. Sabía que el ejército o la guardia civil no se prestaría a colaborar. Me tomarían por un loco a los pocos segundos de explicarles el caso. Podría haber contratado hombres y adquirir armas en el mercado negro, pero de nada serviría ese dispendio de dinero. El Horror subterráneo no podría ser acometido por la fuerza. Era preciso ir a su encuentro y encontrar un acceso a su intelecto, si es que algo así dirige y coordina sus actos. La salvación del orbe, el destino de la civilización, me dije, depende absolutamente de llegar con él a un arreglo. Es un deber sagrado dialogar con aquello, tratar de apaciguar sus ánimos y orientar toda su arcaica vida a un nuevo y más elevado nivel humano de existencia.
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Y bajé. Los mapas e indicaciones fueron todo lo precisos que yo podía esperar de mis antecesores. Murguía, Delallaure, y mi bisabuelo, Rovigo, habían sido mentes ordenadas y brillantes. Su propia desbandada, su cobarde (?) huida en un momento en que tan cerca parecían encontrarse del Gran Secreto... Esto me desconcertaba. ¡Tanta ciencia para luego salir corriendo!
Por supuesto, tomé disposiciones para emprender mi aventura en el mayor de los secretos. De haber solicitado alguna ayuda, ya me habrían parado los pies. De sobra sabía yo las maneras de la "comunidad científica": ese era el nuevo nombre con que la gente culta se refiere a la moderna Inquisición. Ellos lograron expulsarme de la universidad y me confinaron al anonimato del Liceo de enseñanza media. Ellos espiarían a cualquier "chiflado" que deseara retomar la exploración de Piornil en su interior. Y, por cierto ¿habría conexiones entre la secta subterránea de los Astures y el mundo exterior? ¿Habría agentes suyos bien instalados en los centros de poder, capaces de actuar como barrera y velo de sus terribles actividades? Cielos. Me espantaba pensar en la historia de la humanidad como una triste mascarada, mientras en las más remotas entrañas de la tierra la Verdad Arcaica se ufana por sobrevivir y aguarda, quién sabe, un nuevo florecimiento que se desparramará victorioso sobre la corteza externa. Triste es nuestro conocimiento propio de la epidermis, horrenda esta oscuridad de las mentes a plena luz del día.
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Y en secreto, con aspecto de inocente excursionista, me interné en el valle fragoso de Piornil. Este verdor desbordante, ese complejo de arroyos, robledales y cascadas, un universo en miniatura, cerrado por gigantes de piedra, semivestidos por arboleda atrevida y escaladora, esconde apenas una docena de caserías, no todas habitadas. Quizá algún pastor me habría visto subir por la pista de tierra que transporta al valiente, al intruso, a las faldas mismas del monte Piornil, que corona y da su nombre al valle. De las gentes de la zona había escuchado mil leyendas sobre los tesoros inmensos que sepultan los montes "desde los tiempos de los moros", lo cual, en el cómputo temporal de un campesino asturiano significa exactamente "miles de años", y no simplemente, desde la edad media. Piornil, junto con los montes Cernúa, Terendi y Ovís, conforma un macizo casi inaccesible, cerrado al espacio interior del Principado, como un castillo dentro de otro. Aquí las leyendas se intensifican en torno a los trasgos y diablos acumuladores de oro, que van y vienen para encerrarlos ávidamente en sus palacios de tinieblas y roca. Parajes hay, y senderos salvajes, que los lugareños evitan pasar desde tiempos inmemoriales. Sabedores de la extraña vida oculta en la fraga, sustentan el cerval terror que sus ancestros les transmitieran. Y cuando la necesidad o la guerra les forzaba a penetrar en los santuarios de los dioses más salvajes, horrendas narraciones dejaban traslucir ese "otro mundo" que en realidad no es sino este demudado, el salvaje aspecto de la existencia y de lo virginal, Dionisio y Artemisa reinan en la Asturias recóndita, pero difusamente, sin rostro ni cuerpo propio de seres individuados, como legión de duendes atroces, como compaña de sátiros montaraces donde los hubiera, insensibles a toda solicitud humana, tan lejos y tan cerca de los hombres que nadie sabría decidir si ellos son cuerpos, fauna o espíritus del mismo bosque, el bosque en espíritu que devorará a sus hijos más tarde o más temprano, pues sabido que todos, incluso los criados en ciudad, somos sus hijos.
Mentiría si afirmara que al adentrarme en la espesura no presencié algunos de esos difuminados fantasmas. Luces lejanas asomando entre el matorral se me antojaban ojos vigilantes, el órgano sensitivo de la Madre que escrutaba a este su hijo pródigo, ahora intruso y merecedor del peor castigo. Y la Madre verde, cantarina a ratos, casi siempre dada al arrullo y a la nana, regalos de sus arroyos y ángeles emplumados, ahora se mostraba a mi alma osada como entraña amenazante, castigadora letal de mi sacrilegio. Callaron las aves, y hacía horas que me había despedido de la última ardilla. Un silencio como de tumbas hacía del bosque el más fastuoso de los panteones, pues la Naturaleza callaba. Las palabras en que la Madre rezongaba, como truenos lejanos que anuncian el cataclismo último, esas mismas horrendas frases de advertencia, inflaban ahora mis oídos. Pues no podía soportar aquel inmenso silencio que, sin dudas, me decía algo. Y algo, como el lamento de una comitiva espectral, venía por los aires y se colaba por entre las bóvedas verdes y cimbreantes del bosque. Lejano, pero al mismo tiempo ubicuo ente, corazón que late en todas partes, el sonido venía como de lo más profundo. Los más reverenciados temores de mi niñez, los cuentos oídos en los veraneos de aldea, poblaron mi órgano imaginativo. Pensé que sería la güestia , esa procesión nocturna de almas en pena a la que uno puede incorporarse en los vagabundeos imprudentes por los caminos apartados. Y las luces en fila, los lamentos elevados, tanto como las copas de salvajes robles, el tenue rozar de dedos mágicos en las arpas naturales del mundo verde. Todo eso sentía, como animal con orejas abiertas a la amenaza circundante, como salvaje convertido en antena gigante sensitiva, sabedor de que el verdadero peligro no se descubre con la ayuda de la Razón.
La carne salpicada de miedo, con el vello electrizado, y los oídos orientados a quién sabe las formas ocultas tras un risco, entre helechos y frondas, tras los troncos y armadas ramas de árboles, almas vegetales que, sin duda, recelaban de este invasor. Y yo, por más que me veía sumergido en este mundo tan arcano, yo había clavado en mi sien el objetivo: la arribada al círculo de megalitos. Allí se abriría para mi la boca de la montaña, y a su través, todos sus secretos. Los planos de don Braulio eran exactos. Todas las descripciones se correspondían con exactitud a este trozo de selva, aparentemente inviolado tras un siglo de misterio y silencio. La majada de los Doce Pilares quedaba a mi derecha. Restos de una vieja choza pastoril, cubiertos de enrama, se desplomaban hacia la pendiente con la calma propia de las cosas viejas y bien hechas. Los pilares eran más bien menhires repletos de inscripciones, y extraños caracteres oghámicos y rúnicos. Algunos de estos últimos pudieron ser traducidos al desgaire, pues portaba conmigo la libreta de reglas que Delallaure había facilitado a sus compañeros. El método de Las Correspondencias, al que me había entregado con fervor en los últimos años, se podía emplear de forma superficial con ayuda de un breviario. Claro está que los lenguajes rúnicos y oghámicos poseen varios planos de interpretación, y sólo el primerod e los niveles, el poético, es accesible por medio de este atajo. El primer menhir me saludaba así:
Hastur aguarda rugiente
En su lecho de fuego y sangre,
Reina en setenta orbes, y a las entrañas ha vuelto.
En su trono de víboras reposa,
Y es Nelemmbbe quien tañe el cuerno
Para que su ejército de lobos
Defienda el orden del Firmamento.
Estos son los pilares del Reino,
Su Dominio infranqueable
Te está vedado si tu sangre es mortal
Se te prohibe la profanación del umbral
Si no resistes la cruel mirada de los dioses...Esta era la advertencia que llevaba miles de años inscrita a la puerta de aquellos palacios de oro. Los viejos mitos del dios epónimo de los astures, cuya naturaleza los escritores clásicos callaron, o quizás nunca llegaron a conocer, el temible y rugiente Hastur, o Hackstur, los veía confirmándose gracias al método de Delallaure. Su cuaderno de "Hipótesis" (sic), oculto bajo unas tablas de la cuadra de mi casona, narraba con cautelas la posible llegada a la cornisa cantábrica de ciertas bandas de pueblos cazadores-recolectores en tiempos de la última glaciación. El tronco racial de esas gentes era, a todas luces, paleo-indoeuropeo, es decir, los primeros goteos de una sucesión de invasiones que afectaría a todo el continente, desplazando o condenando a la extinción a los ancestros preibéricos que dispersamente la habitan antes. Estas etnias trajeron consigo un idioma antiquísimo, una suerte de protogermánico "clásico" de la prehistoria, y unos dioses celestes y naturalistas de aspecto fiero, como debió corresponder a gentes muy belicosas. Con el tiempo, las diversas invasiones célticas, ya en la edad de los metales, sirvieron para modernizar y fundir los nuevos estratos culturales con los más viejos, dando la fisonomía definitiva de lo que ya los clásicos conocieron como astures, cántabros, y demás pueblos recién llegados de Centroeuropa a esta remota área. Pero, por hipótesis, Delallaure sostenía la idea de un esplendor cultural arcaico de aquellos astures primitivos, refugiados en el seno de la tierra y en comarcas salvajes, donde las sucesivas oleadas de invasores posteriores nunca llegaron.
¿Fantasías de un loco? Mas aquí estaban los Doce Pilares. Después, el círculo de megalitos. Y al fondo, la entrada a la cueva, único acceso a la Montaña Sagrada. Si estos pioneros, cuyos pasos sigo, se habían vuelto locos ¿cómo se explican los restos, esas inscripciones, toda una realidad oculta para la ciencia oficial?
Pero mi flujo de ideas se detuvo de pronto.
Siempre supe que no había viajado solo, desde mi partida de Ovís. Tras de mis pasos percibía sombras, risas, fétidos alientos como de lobos o palabras inaudibles de los espíritus vegetales. Pero ahora... ahora la vigilancia me parecía estrecha, tenaz. Poseía los visos de una desconfiada tolerancia hacia un mortal que, movido por una fatal hybris, caminaba derecho a caer en las fauces de Dios.
Y penetré en la caverna. Leí las runas. Eran amenazadoras, expresivas en un tono que se me hacía idéntico a las garras y los colmillos de las bestias. Pero seguí adelante, proyectando el débil haz de la linterna sobre el abrupto sendero interior, por entre mil filtraciones de agua y horrendas estalactitas y estalagmitas, decoradas todas con pigmentos eternos y dotadas de ojos fantasmales, que un arte prehistórico tremendamente eficaz había practicado en perpetuo desafío al tiempo y a la humedad.
En mi descenso había llevado mi mano, una y otra vez, al cuchillo de explorador. Luego me llamaba idiota a mí mismo, como si el acero pudiera servirme de algo en aquel trasmundo. Los ecos de las filtraciones devolvían algunos mugidos graves, como cuernos de guerra soplados hace miles de años. También palmoteos, extrañas carreras, furtivas, como si algún ser de múltiples patas me acechara por los alrededores.
Ya en la sala de los ídolos, tan bien descrita en los cuadernos, me sobrecogí sobremanera ante las temibles Potencias a las que pretendía dirigirme. Me devorarían, quizá, como hacen los reptiles con sus insectos nutritivos. O quizá se asombrarán del valor de un mortal, capaz de plantarse ante sus propias caras. La permanencia en semejante templo me hacía perder el seso, y sin embargo aún conservaba un cierto hilo discursivo, un residuo de lógica coherencia en los pensamientos.
Ya por fin, en la conocida "Casa de Midas", como los cuadernos de Murguía y don Braulio la llamaban, el oro, pesado y bárbaro, el lujo arquetípico de una raza que dominó esta parte del mundo antes de todo ciclo histórico, ese metal desmesurado estuvo a punto de cegarme. Pero a partir de este momento, como ocurría en las anotaciones de hace un siglo, el caos y el delirio comenzaron a hacer presa en mí. Una suerte de fluido procedente de aberturas invisibles, llenó aquel templo áureo. El sibilante lenguaje de las serpientes llenó mis oídos. Un frío intenso, como el que dicen sentir los muertos cuando se les da noticia de su condición de cadáveres, de su imposibilidad de regreso a la existencia. Unas víboras hórridas, sus ojos de fuego, se enroscaron a las estatuas de oro macizo y alargaron hacia mí sus lenguas, más largas que los propios cuerpos. El cuerno de caza, potente, ctónico, anunciaba alguna especie de cataclismo, una revolución iracunda de las regiones inferiores. El suelo se pobló de miríadas de cucarachas entre verdosas y doradas, ávidas unas de otras, del triple tamaño que un espécimen normal. Aquel festín caníbal era nauseabundo, pero de mayor repugnancia me resultó la aparición de unos seres ventrudos, palmípedos y despojados de cualquier masa encefálica, tan sólo cuerpos viscosos y extremidades, blandos a veces, tersos otras, como músculos dotados de una horrenda autonomía y convertidos por arte de magia en masas vivientes del caos, topos amorfos que buscan siempre inmundicia.
Grité. Despavorido, me lancé a una carrera ascendente. Las palabras que me devolvían estos viejos dioses se dirigían directamente a mi pensamiento. Su significado era unívoco: intruso. Intruso. Te convertirás en uno de nosotros. Y había que pensar en aquellas masas amorfas, quizás esclavizadas eternamente por guardianes de múltiples formas, pues son muchos los cuerpos con que se revisten estas Potencias primigenias. Corrí. Buscaba la salida. Luz. Sol. Vida. ¿Por qué habría seguido los pasos de tres locos? Su eliminación y olvido ¿no habría sido ejecutada por mentes piadosas? ¿No es mejor ignorar por siempre que dormimos en el vientre de un Gigante, que algún día saldrá de su largo sueño y, finalmente, a todos nos devorará?
De lo demás, casi nada recuerdo. Las zarzas y las ramas me azotaban, justicieras. Los trasgos del bosque me decían: vete. Vete lejos. No te queremos aquí. Y apenas recuerdo otra cosa de esa infernal carrera. Me despeñé dos o tres veces, con tan mala fortuna de no morirme, rodando por entre pendientes de guijarro y puntas de pedernal, mientras el coro de voces, internas y externas, voces ubicuas, me susurraban con furia toda su serie de blasfemias que más bien quisiera olvidar, pero que hoy mi cerebro no cesa en su evocación. En mi alma resonará por siempre las huellas y los golpes de la maldad de la Montaña.
Vivo en Friuz, lejos de la ciudad, y en el jardín de mi casona solariega he formado una gran hoguera con los legajos de la expedición que antecedió a la mía, la locura que abriese paso a otra locura. Siempre habrá un necio que abra el camino a los muchos que esperan nacer al porvenir. He destruido cualquier pista sobre los horrores de Piornil. El Principado me ha concedido una excedencia sine die por depresión mental y alteraciones del carácter. Por mi aldea han aparecido algunos compañeros del Liceo con ánimo de reparar mi soledad e interesarse por el estado de mi alma, tan rota y fuera de sí. Los he despedido con cajas destempladas. Invoco todos los días a la Muerte, cuya visita sí anhelo, pues me falta valor para el suicidio y quisiera que la Dama llegara silenciosa y discreta, sin despertar sospecha del horror de la Montaña. Que nadie sepa nada.
Y sin embargo, como único testimonio de todo horror, dejo esta carta oculta en un arcón, por debajo de viejas facturas y fruslerías. ¿Por qué no cierro la puerta del todo?
Un necio siempre anhela a otro para que le siga. Puede ser, simplemente eso.
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2004