Es terrible tener que soñar
© Tyndalos

Es
terrible tener que soñar, Dibujo original de © Tyndalos
Es terrible tener que soñar una vez es conocido de antemano el viaje por las sombras, la muda soledad, la compañía de diablos.
Todas las noches sueño. Eso lo hace todo el mundo y, ¿a qué quejarse? En la naturaleza humana se haya inscrita esta deuda con el pasado más salvaje. Varios millones de padres te precedieron, y al incierto futuro enviaron esta cédula obligatoria: soñarás con nosotros y, en la sombra, conocerás parte del Reino. Reino de vida bestial y extraña quietud. Ellos, padres de nuestro ser, ya murieron; tu existencia se trueca entonces en su néctar vivificante. Vives para ellos, y el final de este largo túnel de sueños es, tristemente, la reintegración de la individualidad en una feroz turba de fantasmas. Soy fantasma cuando sueño. Y no sólo de noche: ahora creo que todas las horas pasan para devolverme a mis lejanos y bestiales ancestros.
Si los vieras... El retroceso hipnótico es más obscuro en la visión interna, cuando son millones de años, y cientos de miles de generaciones las que separan aquellas y estas existencias. No podrías imaginar sus miradas, ya del todo astutas pero plenas de un terror permanente.
Yo viví entre ellos a lo largo de noches enteras. Sus danzas obscenas y esa especie de fusión total con la selva circundante, siempre hielan la sangre y me erizan los cabellos al pensar en todo ello.
Los sueños se hacían poco a poco tolerables y, esto es lo más importante, su contenido dejaba en paz mi vigilia cotidiana gracias a los progresos en la ciencia de la sugestión y en las técnicas de concentración consciente aprendidas en Friburgo. Pero aquel pajarraco de Manfred me lo advirtió: "Los planos son porosos. No dejes que se cuelen, ellos no deben mezclarse en tu vida consciente". Yo lo permití. Dejé que los diablos de la tierra juvenil fueran desplazando mis trampillas vigiles, digamos, mi cordura.
Se colaron, en un principio, los más audaces. Pero en cierta fase de debilitación mental, que aún padezco, ya entraron en verdadero tropel. Los veo aquí y allá. Por todas partes. Se hacen con el poder de mi ser, pueblan la casa, me observan desde la calle, hablan con mi vecino. Ríen ante la televisión, sentados a mi lado. Se van al fútbol. Pero por la noche recobran su íntegra morfología.
Si los vieras...
El Dr. Mandred, tras el susto inicial en contacto con ellos, afiló su curiosidad de naturalista. Al otro lado del teléfono, allá lejos, en Alemania, me acosaba a preguntas. "Es por hacerme una idea"- me decía. "Quiero elaborar una tipología". La Ciencia ya no puede encajar en su seno a estos nuevos seres entre sus viejos anaqueles. El método tradicional de Manfred naufragaba ante tanta bestialidad, a un paso de lo informe, en el pleno dominio de la maldad. ¡Al diablo la regresión hipnótica y la técnica de concentración cognitiva! La psicología más profunda de nuestra era se encuentra en mantillas ante estos espectáculos que llenan la mente por dentro.
Las técnicas se habían tornado ineficaces. No es posible que un solo cerebro haga frente a millones de generaciones ancestrales. Tampoco existe posibilidad racional de insertar todo cuanto he aprendido sobre el pasado prehumano dentro de las supuestas verdades "objetivas" de la ciencia. Nada de lo que se enseña en nuestras escuelas y universidades guarda, ni siquiera remotamente, conexión con la realidad. "La metáfora más valiosa - me dijo Manfred en una de sus últimas entrevistas conmigo- sería la del injerto".
- Querido amigo - continuó - somos plantas injertadas por un germen intrínsecamente atroz y malvado.
- Ahora que lo sé, ya nada merece la pena - Y esta fue mi última frase antes de tomar el avión. Manfred quedaba atrás. Todo quedaba muy lejos. El mundo era una pesadilla.
Mi "locura" fue a más, y andando el tiempo, quizá un año después, el cuerpo de Manfred apareció flotando en el Canal de la Mancha. Creo que se sentía acorralado y viajó a pedir ayuda. Todos los psiquiatras respetables del mundo ya decían que "había perdido la cabeza" y que sus visiones le hacían enloquecer. El pobre diablo se había refugiado en una vieja casa de campo, lejos del Hospital y de la Universidad, tratando de hallar un concierto en sus caóticas regresiones. Pero, aunque sabía de los peligros por mis propias advertencias, elaboraciones de mi yo vigilante en el plano consciente, creo que han sido mis propios demonios los que se dedicaron a merodearle en su nuevo hogar, cercaron luego su alma y después, quebraron toda su estructura personal, ya afectada por todas esas ansiosas bocas que supuran, habitantes del alma de los demás.
El Dr. Manfred, quizá, se ha suicidado a los ojos de los hombres. Pero su muerte no fue escogida por él: demonios cazadores del pasado le tendieron mil añagazas y se le mostraban en su subconsciente. Ya invadieron todo su ser cuando las compuertas del alma empezaban a resquebrajarse y ceder.
"Son demasiados. Parecen bocas y dentro de las bocas, ojos". Esos últimos telegramas fueron espantosos. Pese a que todas las frases de ese estilo ya me eran conocidas, un sentido íntimo de humana solidaridad me ligaba a su pobre alma acosada. Y, con todo, yo sufría la estela de mi propia Odisea. Se paga caro conocer, se pierde el alma para siempre. Pero esta pérdida jamás la hubiera podido predecir. El hiper-mundo es como un campo de batalla: ancho, de oscilante textura, como un mar negro y hondo en el que flotan los conceptos y los géneros pues nada concreto en él existe.
Cuando mis propios diablos se unieron a los suyos, y el loco de Manfred se tiró al mar dispuesto a dejarse devorar, en sueño y en vida, todo al mismo tiempo, yo seguía creando estirpes de imposibles hacia atrás, en el hilo infinito del tiempo.
Si los vieses...
Cuando los gérmenes de maldad injertaron su estructura en unos simples mamíferos nocturnos, la edad de oro de los grandes saurios ya había comenzado a declinar.
El pobre ser del hombre, un Adán peludo que se dejaba colgar de las ramas, hubiera evolucionado de cualquier manera hacia formas inteligentes de existencia. Pero la brutal ruptura que preparaba con obstinación con respecto a la naturaleza - y a sí mismo - jamás hubiera tenido lugar sin el injerto con los ancestros. Animal paradójico y gregario, se volvió oscuro en relación con los escondrijos de su propia alma, a la que definitivamente le dio la espalda.
El alma del animal prehumano conquistó nuevos planos de existencia y laberintos de atrocidad para sí misma. A partir de este injerto, de posible origen extraterrestre, creció una progenie horrenda que de manera gradual arrojaba al olvido su eón de maldades, su orgía de sangre y perversión.
Yo pude regresar a ese periodo geológico tan oscuro como ignorado por la brujería actual, mal llamada ciencia. Los métodos de Manfred fueron poco a poco depurados de sus estupideces racionalistas. El hipnotismo se me reveló como un campo por derecho propio, en modo alguno un trasunto de estados patológicos. Muchos de estos, así llamados, no eran en absoluto anomalías de la vida orgánica corriente. Manfred empezó a darse cuenta de ello y había azuzado a algunos de los primeros demonios psíquicos con los que en sus primeras incursiones al pasado ya había osado contactar. Como solía acontecer, el profesor no supo reconocerse a sí mismo en aquellas figurillas espectrales y untuosas en el trato, tan reales como los seres con quienes cualquier hombre sueña. Las entidades ofrecieron sus servicios y adoptaron falsas máscaras que hicieron que el Dr. Manfred - ¡pobre loco! - sucumbió a sus hechizos. El afamado profesor de Psiquiatría desapareció de sus aulas y de las casas de alienados sobre las que ejercía su autoridad médica. Preguntaron por él, requirieron su presencia oficialmente. Hubo quien le tomó definitivamente por un embaucador. En sus últimas conferencias había sostenido teorías poco ortodoxas acerca del psiquismo y de la posibilidad de "hacer emerger nuestros ancestros" por medio de estrambóticas técnicas de regresión mental. Y el chiflado de Manfred cedió a la tentación de sucumbir a sus propios demonios, algunos de los cuales eran también míos. Pues yo le acechaba para entonces cada noche en sus sueños. Algunos retazos de su diario, que mis agentes oníricos transmitían, me dejaban perplejo. En sus propias regresiones había trayectos absolutamente coincidentes con los míos. He aquí alguno:
"Es vapor rojizo y negro. Veo la ceremonia desde distintos ojos y ángulos de visión. O soy muchos, o muchos participan de mí - siento como ellos - quieren comer. Una rara hambre que también se mezcla con una insaciable voluntad de cópula universal. "
"Debemos de estar generando, de manera colectiva, una enorme sinestesia. Todas las sensaciones se mezclan y se realimentan. Me cuesta mucho hablar articuladamente y expresar de manera lógica estas impresiones por medio del lenguaje. Esta agenda magnética que graba cuanto sale de mis labios es el cordón umbilical que me liga a mi propia individualidad. Todo se funde, todo se interpenetra y mis propias palabras parecen pertenecer a otro. Tengo bocas y órganos por doquier. Tanto he danzado y aullado, que ya no puede distinguir el cansancio del placer. Creo que así debe ser el dato esencial al sentirse muerto. Estas criaturas se han apropiado del umbral que se abre entre el ser y el no existir. Nada importa, pues el "sonido" se hace monótono en intensidad creciente. La música es hipnótica, como la de aquellos monjes tibetanos que una vez visité. Aquí también veo largos tubos arrastrados por el suelo y enormes timbales y gongs. Todo sale de la Cueva Sacra. Tras el vapor rojizo y negro se mueve una sombra. No la quiero ver. Pero tengo mil ojos. Es una cabeza alta y exhibe una extraña cornamenta. No. No la deseo ver. La temo. Temo perderme para siempre. Tengo miedo a esta disolución entre seres primitivos, ancestros de hombre que no consiguen vivir siquiera como bestias, que son demonios. Ya veo que los vapores salen de la cueva, el animal muge. Muchas columnas de humo neblinoso sobresalen de oscuros orificios. Es "El". Todos gozan y agitan sus miembros en un único estremecimiento. Ya nada vive salvo "El". Es una cornamenta de cíclope que asoma feroz por el orificio de piedra. Veo el primer templo, veo el primer Dios, veo el rito materno de todos los ritos sagrados y eso mismo me produce repulsión. El Gran Macho cornudo sobresale en forma de masa cefálica, quizá ciega y embotada. Su mera respiración incorpora ya todas las restantes funciones nutricias. La Bestia se alimenta de mis millones de antepasados, los absorbe como una ballena que, en el negro abismo marino, engulle la inmensidad de plancton microscópico. ¡Es horrible! La masa negruzca que debiera ser cabeza surge con la energía primordial que corresponde a los primitivos estadios de organización. Es materia mal compuesta, síntesis de lo que aún no tuvo tiempo para nacer, aborto de organismo preformado y engendro de masas heteróclitas residuales".
"Los seres que le rinden culto se abandonan a sí mismos y pierden forma en esta blasfema comunión con su macho generatriz. Cópulas horrendas, y execrables libaciones se ejecutan en los lomos de los grandes tentáculos de su cabeza. Timbales y cuernos de enloquecedora patencia; danzas frenéticas con las que estos, mis antepasados, hacen gasto energético mientras esperan con locura su anhelado encuentro con el ser de la Gran Cueva Sacra."
El pobre Dr. Manfred había vendido su triste alma llevado de su curiosidad científica. Hubo de pagar caro sus devaneos con las técnicas esotéricas, de ancestral vigencia que él, "en provecho del conocimiento exacto del hombre" había "actualizado". Yo sólo sé que Manfred estaba loco. Pero, palabra por palabra, el texto coincide con mis propias transcripciones. Después, robé sus cintas de grabaciones al enterarme de su huida y próxima muerte. Todos aquellos relatos de horror vividos en directo y grabados con voz enloquecida y trémula ya habían pasado a mi memoria por la vía de los sueños.
- Sé que hay alguien ahí detrás, que me acecha. Siento su presencia. Si eres amigo o enemigo, apiádate de mí. ¡Ya llega mi turno! Esto es nauseabundo. Temo que si rechazo mi parte en el festín, provocaré odio y extrañeza a mi alrededor. Pero ¿qué cosa peor puede ya sucederme? El infierno de las más diversas religiones parecerá un jardín de placeres al lado de estas visiones. Me empujan. Me tocan. Dios mío, cómo me estremecen esas bocas llenas de ojos, y en los ojos lujuria a raudales. Una lujuria infinita, que lleva a la autoaniquilación. ¡Ya estamos cerca! La marea de cuerpos nos había transportado bajo una inmensa bóveda de tentáculos que restallaban por encima de las cabezas neutras, cabezas de adoradores blandiendo en el aire como látigos. El Gran Monstruo Sagrado eliminaba a docenas de los nuestros, ora por la succión, ora por los terribles golpes tentaculares que hacía aplastar cráneos, cuerpos, y vísceras, y a su vez distribuían alimento caníbal entre la masa. Todos los cuerpos, bípedos, cuadrúpedos, segmentados, todos nosotros, éramos una plebe infame, que comía, moría, succionaba los jugos del Ser Cornudo con la fruición propia de los tiempos primitivos. Yo, con cientos de ojos, soy uno de esos seres primitivos. Y no puedo despertar de este sueño. No quiero vivir ni deseo una noche más en esta selva de impresiones. Juro por lo más sagrado... pero ¿Qué digo? ¿Qué es lo sagrado?
Es terrible tener que soñar II, Dibujo original de © TyndalosEs horrible soñar, y peor aún comprender. Debiera el hombre permanecer por siempre en el vacío de conciencia, ignorado e ignorante. Debiera el género humano olvidarse de sí y de todos sus orgullosos prejuicios. No es un rey el hombre. No es el centro de la creación. Es un error, un injerto, un aborto. En cuanto uno de nosotros (y ¡Cielo Poderoso! ¿Por qué yo?)... en cuanto la ciencia aprende el medio para regresar oníricamente y ver así la estela de vidas brutales que nos preceden, todo empieza a venirse abajo. Esos homínidos primigenios desviaron sus cursos de evolución por extraños flujos, al tiempo místicos y genéticos. Y desarrollaron esa protección masiva ante monstruos preternaturales. La Religión. El impacto que éstas horrendas orgías y celebraciones han debido caer sobre las prácticas religiosas prehistóricas ya ha hecho mella sobre el cerebro de aquellos primeros padres. Y ahora: ¡veo! ¡Veo a la fuerza! Y debo comprender... Este cáliz sangriento y lleno de hez quisiera apartarlo para siempre. Ya me llega el turno. Y sea quien sea - dios u hombre, ángel o demonio - el que escuche esta cinta grabada, cualquier clase de ser que lea estas voces de mi pensamiento, que se apiade de nuestra condición de hombres. Pues nunca debimos dejar de ser barro, y si el soplo creador infundió vida en esta mísera masa de carne, de tendones y hueso, de nervios y ojos, ojalá hubiéramos sido engañados por dulces sueños y mentiras. ¡Dioses terribles han de ser los creadores!
¡Me llega el turno!
Y el poder de la concentración hace que intente regresar más aún. Todos forman una masa sobre mí. Siento brazos, abdómenes, y pestilentes tentáculos emanados de una bóveda negra, la del Macho Cornudo con su sibilante probóscide. ¡Atrás! Quiero escapar, pero ahora no sé dar unos pasos oníricos hacia delante... Solo más atrás ¡Atrás!
Manfred había logrado escapar cuando llegaba su turno. El doctor alemán había llenado miles de páginas sobre el origen de la Religión, enfocadas desde los más diversos aspectos, sintetizados de una forma un tanto pedante pero genial. Como sólo él sabía hacerlo, pudo presenciar sus propios errores en psicología e historia religiosa. Peor más aún, ahora podía presenciar también su propio festín. Quizá el instante de su nueva (y más profunda) regresión no fuera sino una más de sus múltiples muertes anteriores.
Y Claus Manfred volvió a morir, o a soñar. Por las trazas que dejó en su viaje ancestral supe que el impulso inicial había sido enorme. Quizás fueran millones los eones a los que pudo regresar. Mis demonios le siguieron, siempre solícitos a mis órdenes. No fue difícil seguir la estela del loco psiquiatra que se había salvado en el momento culminante de aquella infernal orgía de homínidos ya para siempre pervertidos. Fuera interés de toda ciencia averiguar de dónde vinieron o qué eran esos seres pre-terrenales que se mostraron a las razas viejas, y por el poder que les era propio (poder sacro, sin duda) alterar el curso evolutivo de las criaturas ancestrales de este globo. Manfred se habría preguntado ésta y mil otras cuestiones al tiempo que el vapor del paso del tiempo acelerado se arremolinaba en torno a su cerebro. Pero yo notaba que de vez en cuando cambiaba de fase, o alteraba su nivel de preconciencia, pues mis oídos internos se llenaban con frases suyas llenas de terror:
- ¿Quién eres, qué beneficio sacas oyendo mis pensamientos? ¿Por qué no te suelta de mí? ¿Por qué me sigues en este viaje maldito?
La curiosidad, los intentos por establecer un diálogo se trocaban de repente en irritación angustiada.
- ¡Fuera! ¡No mires! ¡Déjame!
Manfred no podía sospechar en ese entonces que su antiguo y mejor discípulo, su confidente, ya casi el único hombre del planeta que casi no le tomaba por un loco, era en realidad quien espiaba sus viajes... y quien le arrancaba ventaja en esta delirante carrera por atrapar en sueños el pasado.
Avanzados en silencio no sé cuántos eones, el doctor pudo ver - en un rapto de clarividencia - a alguno de mis demonios. Fue cuando se dictó a su agenda magnética:
- Horrible! Esos ojos son de fuego verde. Brilla todo él como los peces del abismo. Sus fuegos quieren hacerse paso entre los jirones de niebla espacio- temporal. Tengo la teoría: estoy viendo millones de sueños de millones de seres a elevada velocidad, como las películas rebobinadas por encima de lo normal... como la música pasada de revoluciones en un tocadiscos. Por eso no veo ahora nada... mi mente excede la velocidad límite del universo físico. El cerebro está viajando por entre millones de sueños de todos los otros que se cruzan y se hacen jirones, sueños que existen y toman consistencia aunque no sea capaz de darles - tan deprisa van- interpretación alguna. Sueñan, y yo viajo entre criaturas que no existen en el plano del onirismo. Sólo quedan sus productos. Sólo esta niebla feroz que pasa ante mi conciencia dormida y viajera. Dios, si existes, perdóname por lo que he hecho. Todo me parecía normal, y hasta santo en nombre de la humanidad y su progreso... Hubiera empezado a disfrutar de mi santidad si ese demonio fluorescente no hubiera asomado en medio del viaje. Si esos ojos no escrutaran mi alma en este espacio y tiempo fuera del espacio-tiempo. En este abismo de sueños sin fondo. Pero ¡Más! Hay innumerables demonios como éste. Me siguen, según creo, desde que iniciara el viaje, antes de la ceremonia del Gran Macho, antes de aterrizar ante la masa de prehumanos ¡Marchaos! Nada quiero saber de vuestros ojos infames ¡Fuera! Dios mío: son horribles.
La niebla se disipó, y el Dr. Manfred, o más bien, su alma dormida y viajera, se halló en poco dentro de una especie de desierto verdeazulado. La planicie era como una sucesión de finas capas de seda multicolor que se solapaban las unas a las otras con extrema finura. Era una especie de acumulación de capas bidimensionales que suavamente se barajaban o se arrugaban. También había allí grandes túmulos, parecidos a los que ciertas hormigas levantan en Africa. Espectrales y dotados de una rara capacidad de respiración, los túmulos miraban. O al menos eso fue lo que el alma atormentada de Manfred pudo sentir.
El doctor, ya incorporado, arrancó su paso por el laberinto de suaves canales que las telas sobrepuestas hacían en la planicie. Y, por encima, grandes globos, también semejantes a seres vivos, a ojos enormes, flotaban y palpitaban. Corazones redondos con capacidad sensitiva. El intelecto durmiente de Manfred así pudo describirlos. El viejo jadeaba. El paso era lento y la respiración cavernosa. A un lado y otro creía percibir los ojos de mis demonios, y otras extrañas esferas oculares de esta rara tierra orgánica que más bien parecía la sedosa piel de un gigantesco animal.
- No importa quien seas, espíritu que me acecha, dime -por todos los dioses. Dime si estás de mi lado o más bien me empujas hacia este tremendo final, pues ya he soñado bastante y en el mundo de sueños me he perdido. En mi pecho está la huella de un grave pecado, y no puedo imaginar mayor grado y magnitud para mi mal. No he debido embarcarme en estos viajes, pero tú y esos ojos que me hieren sólo por la tenacidad de su mirada, me indican que también sabéis soñar. Y algo, no lo sé, algo me revela que están tan llenos de asombro como los míos ante la contemplación de estos mundos y de estas formas, que nada guardan de semejante con realidad física alguna. No hay locura descontrolada, no hay alucinación de artificio capaz de lograr efectos y apariencias de tan enorme riqueza y vivacidad. Sin dudarlo unos instantes: esto es real, ya me llena de asombro reconocer que el sueño cotidiano es sueño parcial y pequeño. Que el universo es una bien tupida y densa trama, con mundos entrecruzados de realidad múltiple y que cada grano de acontecimiento es muy pequeño si se compara con la playa densa y de abigarrada dimensión, llamada totalidad. Tan pequeño me siento ¡me oyes! Tan pequeño que quisiera morirme ya y no ser para nada ni nadie un estorbo ¿Qué haces, Manfred, aquí pisando ojos y voces, dedos y vientres? ¿Qué es lo que te dicen estos estratos de víscera y forúnculo? Sólo percibo voces y no entiendo nada.
Y Manfred avanzó por aquella seda proteica. Era verdad, estaba poblada de voces. El sonido también se hacía visible, y la sinestesia, por decirlo de algún modo, constituía en aquel mundo su ley natural.
Charcos grisáceos, tirando a plata, ofrecían calma a la sed del anciano. Pero con cada trago nuevas y peligrosas visiones entonces se desataban. Por tres días, que sólo Dios sabe si valen por tres de nuestros años, el anciano doctor caminó, descubriendo muchos parajes y no acusando jamás la necesidad del sueño. Pues un sueño dentro de tal sueño devino en una suerte de activación del sistema de vigilia permanente. Y entonces, sin previos amagos ni órdenes mías, algunos de los demonios se me rebelaron. Fue un hecho imposible de explicar y que me enseñó para siempre que no hay espíritu que no fuera libre, y por más que se le ordene la sumisión a tus decretos, éste hará, en el plazo debido, lo dictado por su propia voluntad.
Manfred lo vio, por fin, con plena claridad. Formaron como un frente, de luz y de rayos, y por los cuatro costados le rodearon. El sabio doctor empleó entonces el antiguo lenguaje cabalístico. La terrible significación de aquellos vocablos les desconcertó durante un tanto.
-¡Alooch, nithumbere. Yassim-perubenne. Alooch. Alooch!
Aquel mundo visceral pareció retorcerse. Ninguno de los espíritus rebeldes abandonó su formación en el frente, pero una caótica tormenta de chispas hizo trizas la Meseta Central, el Abdomen del Mundo Primigenio. Multitud de criaturas que, en un principio, nadie hubiera dicho que se agazapaban por allí, salieron volando o flotando como si una bandada de pájaros alzara temerosa el vuelo en el desenlace de una batalla. Esferas de iridiscencia, tornasolados gusanos, y gotas de agua con ojos, todo chillaron al unísono. Pero era el Miedo quien triunfaba, aun antes de que se hubiera tenido ocasión de lanzar un ataque, o aun antes de que las palabras de Manfred alterasen el curso de la existencia y desgarrasen no sé cuántos sueños.
-¡Alooch, themberod. Alooch...!
Hubo entonces ángeles de fuego que se estrellaron contra estas palabras. Su luz se deshacía como un castillo de fuegos artificiales. Y lo peor era que Manfred y yo lo percibíamos por dentro. Una especie de propiocepción convulsa traslada a nuestra más interna fibra el horror de la batalla. Y todo el universo, trémulo pero al mismo tiempo feroz, se agitó en el alma de Manfred.
-¡Eres tú!
Me había descubierto. La indisciplina de mis heraldos le puso al fin sobre aviso. Sus imprecaciones iban a resultar destructivas. Y yo carecía de escudo. Sólo había confiado en una defensa: la ocultación de mi identidad.
- Maldito y desgraciado discípulo. Mala hora, el día en que te acogí. Aciago día aquel en que te presentaste a mis ojos con el fin de "dar un giro a la historia de la Ciencia". Muerte eterna es lo que te voy a dar.
Me odiaba. Y lo peor: no estaba dispuesto a terminar conmigo de una marea convencional. Una muerte eterna me impondría: vagar por siempre en esos mundos oníricos, víctima de alimañas y quimeras, de esas que se comen sueños, y con los sueños a los seres que nos creemos reales.
Y mientras tanto, la batalla de fuegos espirituales se sucedía en el firmamento de aquel joven planeta. Primero, mis ángeles abombaban como globos o lámparas que tragarían dentro el sinfín de polillas que alimentan un vientre de luz. Y finalmente, la típica explosión de voces, aullidos, chispas y maldiciones con la cual los demonios y heraldos suelen tener fin.
- Y ahora tú, desagradecido. Ahora te toca a ti, mala bestia, demonio de hijo, bastardo: Alooch-tem-baraní. Alooch tempe-baranone. Aloooch!
Y mi cabeza estaba a punto de reventar. De mi yo nada dependía salvo esperar que el ensalmo de imprecaciones de Manfred me condenara a ser un muerto errante. Si hay un infierno, éste se halla en la inmensidad de los sueños.
Manfred murió, y sólo su cuerpo flotaba en el Canal. Dejó de viajar. Ahora yo, su espía, vago sin cesar por un mundo que no llamáis real, pero que contiene a todos. Debo expiar mi culpa.
Ahí viene algo... Y todo "algo" en este eón es inefable y escandaloso. Lo he dicho: es terrible tener que soñar.