NOCHE SIN LUNA

Josep M. Beá © Zoog

Mis recuerdos ahora que el tiempo carece de importancia me arrastran irremediablemente a la primera noche, aquella sin luna. Estaba sentado junto a la computadora, tratando de conciliar unas ideas que brotaban de mi mente, cuando la imagen se congeló en la pantalla obscura. No tarde en percatarme de la total oscuridad que me rodeaba. Como había estado varias horas en compañía del aparato no había recaído en la llegada de la noche y esta me tomo de imprevisto. La oscuridad lo rodeaba todo, la luna negaba su luz al mundo que me rodeaba.
En la calle la condición no variaba demasiado al interior de mi hogar. Las luces muertas de los faroles se mantenían inertes en las veredas, al igual que las pequeñas lámparas alógenas en las entradas de las casas, incapaces de asustar a los extraños con su resplandeciente fulgor. Me pareció anormal la falta del tenue brillo ámbar que solía observar en las ventanas; cuando ocurren apagones como ese, la gente suele rehuir a la oscuridad por lo que rápidamente acuden a la protección de las velas o a algunas lámparas de aceite o kerosén. ¿Es que acaso el apagón habría sorprendido a los habitantes de la ciudad en la sumisión de sus sueños? No tenía forma de saberlo. Realmente jamás le he seguido el paso al tiempo, de modo que en mi hogar no abundan los relojes. Si bien no me sentía en nada adormilado, pensé apropiado en ese momento recostarme, los días de verano son largos, y una noche de sueño es necesaria para soportar su pesado transcurrir. Por otra parte nunca fui muy cuidadoso en estas situaciones, por lo que me encontraba sin una linterna ni velas que acompañaran mi noctámbulo devenir; me sentía frustrado, engañado por los artilugios de la era moderna en los que había confiado mi suerte.
Cerré el ventanal que comunicaba directamente a la vereda a través de un modesto jardín y me retiré a mi habitación. Por algún motivo la visión de aquella calle que conocía tan bien sumida en las profundas tinieblas, me produjo un gran escalofrío.
Pasé lo que me parecieron horas recostado en la cama mirando a través de la ventana de mi cuarto. El ambiente en el interior de la habitación era pesado, y aunque podía ver el ramaje de los árboles en continuo fluir con las corrientes celestes, ni una gota de esa brisa templaria llegaba hasta mí a través de la hoja abierta de la ventana.
Cuanto tiempo habré estado recostado aquella noche no lo sé, pero me pareció una eternidad en la que el sueño me evadía como a un leproso. Pronto la visión de las copas lejanas comenzó a perturbarme. El agitar de las ramas de centenarios eucaliptos danzando en grotesca armonía, más allá de las sendas vías ferroviarias, estremecieron lo más profundo de mi alma. Parecían dotadas del elemento independiente que poseen los seres autónomos, y la idea de que una de esas ramas me alcanzara, me produjo un temblor de escalofrío a pesar de la elevada temperatura.
El cansancio formaba ideas incoherentes en mi mente desvelada. Sin duda la falta de sosiego había comenzado a ejercer su efecto sobre mí. Pero por más que lo intentaba, no podía conciliar el sueño.
Mi mente permanecía en un estado de continua vigilia y no tenía ningún síntoma de cansancio físico. Trate de mantener mis ojos cerrados, atraer el sueño nunca me había resultado un problema; "solo piensa en la luz", me decía "aquella maravillosa y pura luz blanca que comunica al reino de Morfeo". Los parpados me recordaron aquellos juegos de la infancia en que probaba la resistencia de los campos magnéticos de los imanes del refrigerador, se repelían por completo. La pintura viviente de mi ventana aún se hallaba allí, el sonido del viento crecía en intensidad; pensamientos absurdos corrían maratones infinitos por las praderas de mi mente; tal vez alguna fiebre seria la responsable de aquellas alucinaciones, pero podría jurar que los árboles estaban mas cerca ahora.
Tal vez haya sido en ese momento, no lo sé con seguridad, pero una sensación se apodero de mi conciencia.
Un impulso, esa es la mejor forma en que puedo describirlo. Era un llamado sin voz que me empujaba fuera de mi cama. No trate de resistirme, un aura seductora rodeaba el llamado de sirena que me guiaba hacia un destino desconocido. Pronto me vi bajando las escaleras del cuarto, fluyendo hacía la profundidad del pozo de mi alma; impulsado a través de la oscuridad de la casa, hacia el exterior.
Actuando bajo aquel hechizo atravesé el portal de entrada y me perdí entre las tinieblas de la noche.
Como seguir explicando lo que sucedió más allá de esas puertas. Puertas que había atravesado cientos de veces, pero que, esa vez, me conducirían a un destino distinto a aquella calle amigable en la que aprendí a confiar mi suerte a través de los años.
En apariencia todo era normal, hasta donde podía discernir. La silueta obscura del mundo nocturno se mantenía impávida ante mi intrusión en su ambiente de silencio sepulcral.
Pero de alguna forma, desde el momento en que plante mi pie desnudo en el cálido alquitrán de la calle, supe que era yo el único ser humano; no, el único ser vivo, presente en aquel mundo, un universo de aparentes similitudes pero increíblemente distante del que habría conocido en mi vida diurna.
Daba pasos mecánicos, artificiales. En aquel momento vino a mi mente la imagen del inexperto titiritero intentando infligir en su muñeco las habilidades naturales que no posee. Como respuesta a la repulsiva imagen mental que me había creado, forcé mis movimientos a favor de la misteriosa fuerza que me controlaba; en realidad ansiaba descubrir el origen de su control sobre mi cuerpo y voluntad. Casi instantáneamente mis movimientos fueron liberados en lo que comprendí había sido interpretado como un pacto de colaboración por mi parte, seguiría la influencia de mi visitante nocturno, me prestaría a conocer sus designios.
La apariencia de la calle se transmutaba al descender a través de los pasajes conocidos, algunas casas eran completamente ajenas a mi memoria, altas construcciones negras de diez o quince metros se elevaban donde antes solo se encontraban típicas casas de pobre arquitectura suburbana. Al acercarme a una de ellas pude notar que no se trataba de ningún tipo de vivienda, las estructuras semejaban formaciones rocosas como había visto en los montículos de piedra megalíticos del viejo mundo, aunque su sustancia traía a mi memoria los paseos que antaño hiciera en las montañas, al sur del país, donde con eventuales compañeros dedicábamos nuestras tardes a recolectar piezas de negro vidrio volcánico para vender a los crédulos turistas.
Cada paso contribuía a enajenar mi mente, pero aún así distinguía a lo lejos la silueta recortada de los eucaliptos elevándose por sobre la inmensidad celeste, sus ramas ahora fluían con mayor libertad, entremezclándose en una danza de macabra coreografía parecían llamarme.
Al alcanzar los terrenos de los ferrocarriles los monolitos dominaban todo, solo pude reconocer mi posición por el tenue brillo que reflejaban los rieles.
Mis pasos se hicieron vacilantes, al atravesar las vías pasaba directamente a otro mundo, lo sabía perfectamente. La vista que dejaba atrás era apenas distinguible de una pintura abstracta pero los terrenos que me esperaban serían otro nivel de alucinación. Allí había vida, lo sabía, la había visto desde la ventana de mi cuarto y ahora que estaba allí podía sentir su penetrante aroma, su aliento pestilente que formaba una atmósfera aparte en el mundo de la locura.
Ahora que el aire rancio del "bosque" me rodeaba podía ver a mí alrededor los hilos que impulsaban mi camino, las ramas se extendían en todas dimensiones cubriendo bastas áreas del cielo nocturno, y fue entonces al ver el cielo en toda su magnitud que note el sutil cambio en su fisonomía. Las estrellas y constelaciones que conocía tan bien como las líneas de la mano habían sufrido una extraña transformación. No puedo decir que me hallara en un universo distinto, pero si trastornado; ya que las estrellas de mi infancia se habían reubicado en una forma levemente dispar a su morada perpetua. Allí estaba Procyon, que alejado de su compañera se dirigía hacia Tauro para asestarle un mordisco al gran toro, el cinturón del cazador se deslizaba suavemente a su garganta formando una improvisada horca mientras el Can Mayor huía de la escena hacia la cruz del sur. Todo el acto era un caos celeste y las ramas lo dirigían como batutas recomponiendo la escena infinidad de veces. Ahora las ramas se veían mas fluidas y su apariencia correosa se vio fortalecida ante el tacto de mi piel ya que con gran horror de mi parte los nebulosos tentáculos comenzaron a rodear mi cuerpo cubriéndolo cual crisálida. En los últimos instantes de mi conciencia aún podía ver la masa de troncos entrelazados que formaban el único cuerpo de aquel bosque, su estructura caótica en constante formación y destrucción; como supuraban e ingerían alternativamente un pus negro y pestilente que formaba también parte de las mismas ramas que en esos instantes comenzaban a penetrar dentro de mí. El sabor acre al contrarió de lo que supuse se deslizó suave y indolentemente en mi interior induciendo un profundo sueño.
Al abrir los ojos la luz los impacto como a un recién nacido, me costo unos minutos acostumbrarme al ambiente pero pronto comprendí mi situación general. Me encontraba sentado frente a la computadora en el estudio de mi casa, el ventanal próximo estaba cerrado pero aún así escuchaba las voces y pasos de algunos transeúntes mañaneros. No cabían dudas de lo ocurrido pero por más que mi mente tratara de convencerme de lo contrario el acre sabor de mi garganta me devolvía un concreto recuerdo de mi pequeño paseo nocturno. Sentía el estomago revuelto, la nausea no tardo en acudir y pronto el cuello se me hizo un nudo que sin reflexionar fui a descargar al patio de dos por dos metros que había más allá de la cocina. Me sentía estúpido y repulsivo. Mi boca emanaba aún los gases gástricos, al alejarme hacía el dormitorio solo podía pensar en descansar, sabia que no había dormido en toda la noche, ni un segundo en realidad y al tocar el suave colchón me hundí en la inconciencia.
Al despertar, la tarde ya amenazaba con sus luces rojizas. Tenía la boca seca como el Sahara y bebí copiosamente del grifo sin siquiera pensar en su sabor a cloro ni en las colonias de cucarachas que pululaban en el tanque de agua.
Antes del atardecer salí nuevamente al mundo que ya conocía a través de otros ojos las fachadas parecían lejanas al igual que los escasos paseantes. Fue entonces cuando sentí una increíble sensación de familiaridad, una de esas casas resaltaba del borroso conjunto. Detrás de las ordinarias grietas y tierra ensuciando las paredes estas relucían como la pintura fresca y un aura de luz las rodeaba. Era la antitesis de las monolíticas construcciones que había visto en mi paseo anterior pero al instante reconocí la ubicación. Era la misma casa, en su estado diurno se veía acorde al resto de las convencionales estructuras pero en su interior latía el engendro de la noche, me sentí tentado a golpear esa puerta pero me detuve a unos pasos insatisfecho de mis motivaciones, y temeroso. Volví rápidamente, no quería ver como todas las calles se iluminaban con ese resplandor fatuo al acercarse a las viejas vías del ferrocarril.
Esa noche me encontré nuevamente deambulando por las calles pero esta vez estaba acompañado. Todos quienes habían escuchado el llamado se encaminaban hacía los árboles, algunos reconociendo hermanos y vecinos; otros demasiado encandilados como para responder a otro estimulo que no fuera el ondular de las ramas en el oscuro manto de la noche.
Al pasar los días fui perdiendo la conciencia de mis actos, ahora al ver hacia atrás apenas puedo distinguir unos instantes de claridad diaria en los que mi voluntad no es dominada por el bosque que oscurece los rincones de mí ser. Pronto todos se unirán al caos de esas ramas. Mientras escribo esto con los últimos vestigios de lo que una vez fui puedo observar la sombra que se cierne en el mundo a través del umbral de los sueños, aquella que ayude a implantar. Debía saber que como toda sombra se esparce sobre el mundo físico los sueños empujarían su ingreso a la realidad. Más allá del umbral de mi ventana las ramas se retuercen en un viento imaginario que cubre cada rincón de este su templo. El pequeño cuadro de mi patio de dos por dos metros ahora tiene un habitante que continuara el camino del bosque en el mundo humano. El sueño domina la vigilia… la pesadilla devora el sueño.

 

 

© 2006