LA SIMA DEL LLANTO

Josep M. Beá © Dagon

Así como los elefantes buscan su senda y los viejos depredadores se entregan dócilmente a las fauces ajenas en el otoño de sus vidas, enfilo mis pasos hacia donde el sol se calla y se reviste de sombras, envuelto entre los aullidos de otras almas en pena, otros espíritus dolientes camino de la extinción.
Tengo conciencia del lastre de mis días, los cuales ahora arrastro como grilletes de condenación, mientras oigo exhalaciones de gemidos lastimeros que me preceden y abren paso. Es como una tromba infernal, un torbellino de espíritus malignos que giran sin cesar a mi alrededor y me conceden un anticipo de los espantos que me esperan. Ese vendaval de espíritus y sombras ruge como un mar tempestuoso y me bambolea de un lado al otro del camino. No hay senda. No hay huellas. Parece como si ningún pie hubiera hollado anteriormente este suelo mullido de tierras pastosas. De las Tierras Altas, de allá donde no alcanzo a contemplar, me llegan ecos de las salmodias elevadas al dios Tolo que me recuerdan a Zeth. Son cánticos fúnebres que se elevan al cielo con tonalidades guturales con las que me estremezco. Todo se oscurece a mi paso. Todo se estrecha hasta oprimirme el aliento. Un fortísimo temor me invade y anula mis constantes, hasta el extremo de temer más a lo que intuyo que a la propia muerte. Maldito Zeth. Malditos cánticos funestos acompasados a los temblores de mi escuálida existencia.
En mis pasos no quedan recuerdos de dinamismo alguno, sino un lentísimo fluir, como emanaciones gaseosas que fluyen deslizándose por el lodazal. Cada paso representa un esfuerzo descomunal, y de cada huella emergen gritos lastimeros de otras penas arcanas, de otras almas que cruzaron con anterioridad hacia la Sima del Llanto. La vegetación que flanquea el camino es abigarrada y sarmentosa, y por cada uno de sus nudos de ancianidad surge un grito desesperado de auxilio que hace aún más terrorífico mi espanto. Por entre el humedal de tan intrincados lazos vegetales me parece intuir que unos ojos me miran con desesperación. No puedo soportar la progresiva tensión de mis latidos agónicos y doy un grito que me desgarra la garganta hasta palpar el sabor de mi propia sangre, siendo contestado por un aullido ensordecedor de dimensiones inhumanas. Me percato cómo esos ojos corresponden a un calamar de proporciones amorfas, cuyo cuerpo gelatinoso y flácido por la inminente muerte, creo identificar con Aliki. Presto atención a sus gemidos, y me parece oír cómo me implora que a todo trance le ayude a regresar a Ulthar. A muy escasa distancia, tras un vado en el que me entierro hasta la cintura de lodo infecto, Tyndalos me suplica en igual sentido para que le ayude a encontrar el camino hacia Kingsport. Es más de lo que mi cada vez más agotado organismo es capaz de resistir, y antes de que pueda darle forma y decidirme por el auxilio de uno u otro, me hundo en el fango acuoso más y más y desaparece toda luz de mi vista.
No es de noche ni de día; estoy a oscuras, pero veo o intuyo los objetos. Es un estado misterioso hasta el que llego arrastrado por una corriente subterránea de aguas fétidas y fangosas como si de un pozo negro se tratase. Ha desaparecido el firmamento sobre mi cabeza, pero sin embargo hay una velada luz mediante la que puedo identificar las cosas con las que tropiezo. Encuentro una cuerda atada a un risco y ésta cae hasta las profundidades de una sima que parece no tener fin. Se trata de una de esas cuerdas que usan los espeleólogos, a la que me afianzo para evitar seguir siendo arrastrado por esa corriente putrefacta que me ha traído hasta el vientre mismo de la tierra. Trato de ascender para salir a la superficie, pero me lo impiden dos inmensos dragones con cabezas humanas que exhalan fuego sulfuroso por sus bocas. Comienzo a deslizarme cuerda abajo en busca de una salida más propicia, y mis pies desnudos y ensangrentados tropiezan a cada trecho con un nudo en el que apoyarme a descansar para tomar nuevos impulsos; mas no se trata de nudos, sino de calaveras de extraños animales, ensartadas a la cuerda por los orificios oculares. No encuentro aire suficiente para alimentar mis pulmones cuando, en una meseta de roca a modo de repisa, me topo con la esfinge incorpórea de la Princesa de las Ensaimadas. Hago por asirme a su brazo derecho, pero no es más que un halo inmaterial, el aura de la propia Dra. Topote en su desvanecida existencia.
La sima debe medir unas doscientas brazas de ancha en la parte superior, pero luego se va estrechando cada vez más y las bancadas de sus diferentes estrados se van angostando a modo de cono invertido. He conseguido alcanzar un vasar de piedra y, tras agarrarme en desesperación a una rama espinosa, me echo de espaldas sobre la roca. Sangran mis manos, y de cada gota de mi sangre surge un extraño animal con cierto parecido a los vampiros que revolotean, en intrincada danza, a modo de aquelarre. Mi pecho está agitado al máximo, a pesar de lo cual no consigo bombear suficientemente los pulmones. Un alarido agudísimo, como salido de las entrañas de un ser suprahumano, desciende en el sentido vertical de la sima. Cuando pasa a mi altura, reconozco a Sigmund Akeley en caída libre, y un rato más tarde se pierde el eco ensordecedor de su alarido sin que aún se haya estrellado contra el suelo. Trato de hacer cálculos sobre la posible profundidad de la sima y en eso que diviso a Albert N. Wilmarth brincando de risco en risco, embutido en el cuerpo de un descomunal macho cabrío. Sus patas son robustas y sus ungulados extremos parecen estar en posesión de adherencias fantasmales que le permiten encaramarse a los precipicios más insospechados. Tiene la cara de Albert. La bestia tiene los ojos y la boca de Albert, pero de su cabeza sale una brutal cornamenta con la que se defiende de las alimañas que le atacan. Huye -me dice- yo no puedo alcanzar el Yermo Frío. Intento de nuevo ascender por la cuerda, pero de cada una de las calaveras que están por encima de mi cabeza, cuando intento escalar, salen lenguas de fuego vomitadas por cada uno de los orificios óseos. Trato de descender de nuevo, pero el viento fatuo que producen las llamaradas me lanza sobre el estrado inferior. Cuando creo haber encontrado la paz perdida, aparece ante mí la figura inequívoca y repugnante del Innombrable; ese ser indefinible que, procedente de Brattleboro, hace por libar mis heridas con su asqueroso hocico en trompa, a modo de oso hormiguero.
En la caída hacia la estancia inferior de este embudo maldito, me acompañan las fúnebres voces de Lady Margaret y Miss Whateley. Reconozco sus voces, mas no sus pérfidos augurios, y menos aún sus extraños cuerpos de sirenas voladoras que me anuncian mi bajada inexorable hacia los infiernos. Troncos de mujer con una hermosa cabellera al viento, larga hasta cubrirles los senos que se adivinan turgentes, y cuerpos de pez acabados en una hermosa y asimétrica cola con la que timonean sus movimientos. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado con mi vida? ¿Acaso estoy muerto? ¿Sufren los muertos? Yo sufro brutales desgarros del alma, no hay duda. Y lo anunciado por las damas que antes amé y que ahora se jactan de los males que me esperan, dulcifica los padecimientos pasados en espera del martirio extremo. Cumplimos nuestra misión, responden a mis ruegos, al tiempo que tañen ponzoñosos instrumentos desafinados. Creo que me amaron, al menos yo estoy seguro de haberlas amado, y se me hace incomprensible la placidez de sus rostros ante el dolor que vivo y el que me aguarda. De sus escamosos cuerpos se desprenden flujos acuosos que, cuando caen sobre mi cuerpo levantan úlceras dolorosísimas, como si de cal viva se tratase. Entro en convulsiones de exterminio y me precipito hacia la estancia inferior.
Por fin se ha hecho el silencio. Por fin la paz. Cuando pensaba en la muerte como salvación, parece que he llegado al remanso vivificador de tanto sufrimiento. El eco del silencio me aturde hasta dudar si he perdido el oído, además de que la visión cada vez es más escasa. Se ha perdido la atmósfera pestilente de todo este calvario y medito las acciones que debo emprender para no dar más y nuevos torturadores pasos. Antes de averiguar cómo, reconozco la placidez del momento y casi estoy a punto de desvanecerme al bajar la guardia ante tanto peligro dormido, pero recuerdo los cánticos proféticos de las dos sirenas y de nuevo maquino hacia la salvación. De repente, cuando todo parece que se ha terminado, oigo algo así como los timbales de una melodía fúnebre que hace retemblar el suelo en el que reposo. Pongo el oído sobre la roca en la que me apoyo y me recuerda a los latidos de un ser superior, cuyo acompasado ritmo cada vez es más patente y profundo. No puedo olvidar lo anunciado por las nereidas, y comienzo a maliciar que voy a perder el respiro sordo en el que me plazco. La cadencia de los golpes me absorben hasta el inmovilismo, y sigo a la espera de que los acontecimientos acaben de una vez por todas con tanto sufrimiento. Por fin aparece ante mí un centauro de capa negra, abotinado en blanco, cuyo pelo adivino cerdoso aunque brillante. Sigue reinando el silencio. Sólo los cascos del híbrido golpean con fuerza sobre el terreno: ¡Dogón! ¡Dogón! ¡Dogón! ¡Dogón! Avanza hacia mí sin alterar su cadencia y hago por zafarme de sus pisadas ocultándome en la falla de entre dos rocas graníticas. Allí se reverberan los sonidos y me suenan las pisadas aún más poderosas, cuando contemplo de cerca la cabeza del Caballero de Sarnath, protegida por un casco de acero bruñido en plata. El espanto casi me petrifica y no me percato que el vuelo de un sombrero de fieltro amarillo, movido por una impetuosa ráfaga, me succiona y arrastra a una estancia inferior en la que de nuevo los ayes proliferan con más ahínco que nunca. Ya no es impetuosa la ráfaga de viento, sino apenas una extraña brisa que sopla desde cualquier dirección y que mueve con desordenados vaivenes y cabriolas al llamativo sombrero que me ha hundido aún más en el sufrimiento de una muerte que no llega. Se mofa con sonoras risotadas sarcásticas de mi sufrimiento, y lo que antes pareciera un salvamento de las pisadas del majestuoso corcel, no es sino que el regodeo de una vuelta de tuerca más al tormento.
En la desesperación, me lanzo al interior del embudo infernal en busca del fin de mi existencia. Para el nuevo nivel, no encuentro las palabras con las que definir el salvaje martirio. Un monstruo de tres cabezas, con tres fauces cada una de ellas, da dentelladas a diestro y siniestro, sin que exista la más remota posibilidad de escabullirse de sus incisivos. Sólo cuenta con un ojo en cada una de sus cabezas, pero de una dimensión fantasmal y con giros que describen órbitas en todos los sentidos de la rosa de los vientos, que le permite visualizar a todos y cada uno de los miles de seres que caen en su entorno, por pequeños que éstos sean, y con la innoble intención de herir y desgarrar sin límites. En lugar de pelos, sus tres cabezas son tres nidos infectos de los que se yerguen innumerables sierpes que se retuercen en la danza macabra del festín. El griterío es atronador: millares de almas en pena, bañadas en lágrimas de angustia, son arrastradas lentamente con sus letanías hacia lo inevitable. Como si fueran lanzadas por varias torvas siniestras, no dejan de serles suministradas a cada una de las fauces del monstruo, y éste se va ocupando, de nueve en nueve, de mordisquearlas con satánico alborozo. No tiene molares. No mastica ni traga; sólo se dedica a sangrar a las víctimas. No tiene espalda. No tiene pecho. Sólo un tronco amorfo y perverso sobre el que se sostiene un cuello aguerrido del que se sustentan las tres cabezas. No tiene patas; su alargado tronco termina en descomunales raíces que perforan el terreno en el que se afianza. Su curweniana misión es la de preparar el banquete para el último de los niveles infernales; banquete que es servido por un ejército de ángeles negros al endiablado Dr. Armitage, quien fagocita a las víctimas a través de su colosal ombligo, dotado de muelas que giran y giran a modo de las piedras de una almazara, mientras regurcita con amplia sonrisa de plena satisfacción. Ya sé qué es lo que me espera. Por fin van a acabar mis tormentos. Ahora cierro los ojos y me entrego dócilmente a mi destino, con la única esperanza de que haya vida después de la vida.


 

 

© 2006