EL PREMIO DE LOS JENKINS

Josep M. Beá © Pingüino Albino
Nunca lo habían visto sonreir. Y juro que le hubiera borrado esa mueca de un navajazo. Cuando éramos pequeños, mi hermano Ivo Jenkins y yo, vivíamos en un callejón plagado de ratas. Nuestra casa, que habíamos tomado junto a mi madre, para no dormir en la calle, se caía a pedazos. Mi hermano Ivo no paraba de leer aquellas estupideces sobre espectros y demonios, se divertía y decía que le alimentaban el alma. Yo les vendía sus libritos ya leídos mil veces, y compraba dulces. A Ivo no le gustaban los dulces. Era un chico muy raro.
Con el tiempo crecimos, y ya, en el colegio, Ivo mostraba grandes dotes para la escritura. Inventaba pequeñas historias fantásmagóricas y las guardaba en un cajoncito, debajo de su cama. Yo, se las quitaba y las vendía a mis compañeros que morían por ellas. Les encantaba sentir el miedo que les provocaba leerlas, y hasta organizaban campamentos de lectura con los escritos de Ivo. A mí, sus historias no me movían un pelo, pero me llenaban el bolsillo.
La verdad que mi hermano me dio mucho en aquella época. La ley de la vida. Ivo era el menor y mi madre ya se había enfermado, y, hasta su muerte, estuvo mas ausente que lo normal.
Por aquellos días, todavía sentía algo por el niño, y se me había ocurrido hacerle un regalo. Caminando por una desolada calle, encontré en una tienda de antiguedades, una foto del tipo aquel que escribía historias de las que mi hermano, consumía con voracidad. Aquel día, recuerdo, hice una buena diferencia con los cuentitos que Ivo había escrito esa semana, así que decidí regalarle la ridícula foto del finado escritor.
Cuando llegué a casa se la entregué. La cara de Ivo fue una mezcla de sorpresa y emoción. Nadie, en toda su vida, había pensado en él, en sus gustos y placeres. Ivo colgó el espantoso retrato en la cabecera de su cama.
Con el correr de los años, me di cuenta de que las historias de Ivo podrían llegar a ser una mina de oro. En eso las convertí. Con el correr de los años, y después de la trágica muerte de nuestra madre, con las venas abiertas en la bañera de casa, mi hermano pasaba día y noche encerrado en la habitación escribiendo como un energúmeno. Así fue como semana tras semana, recogía sus historias y las vendía a decenas de revistas y publicaciones. Cuando junté algún dinero, decidí incentivar a Ivo para que escribiera algo más largo, algo escalofriante, que mantenga a la gente atrapada por más de un día de lectura. Ivo escribió su primera novela. No tuve más remedio que leerla para saber qué ofrecer a la hora de venderla.
Entonces, ocurrió un hecho que marcó para siempre nuestras vidas. Una mañana, luego de terminar de corregir la última página de su manuscrito, Ivo me dijo que no se sentía del todo bien. Se quejaba de un fuerte dolor de cabeza. Hacia el atardecer, antes de la cena, escuché en su habitación, un potente golpe. Subí corriendo para ver qué le había sucedido a mi hermano, y lo encontré tirado boca abajo sobre el piso de madera de su viejo cuarto. Una macabra sensación elevó mi vista hacia los ojos de aquel viejo escritor de la foto. En ese momento, pensé que nuestro negocio iría a parar al demonio. Todo parecía estar perdido. La oportunidad de salir de la miseria se desvanecía en las manos paralizadas de mi hermano. Los médicos le disgnosticaron "accidente cerebro-vascular agudo". Ivo no movería sus brazos y piernas nunca más.
Milagrosamente, no perdió el habla. La vida le estaba dando una oportunidad seguir contando sus historias. Así fue como me convertí en las manos de mi hermano para escribir todo lo que quisiera dictarme. Novela tras novela, eran solicitadas por editoriales, estudios de televisión y cine. Mi nombre se hizo famoso. Digo mi nombre porque a partir del segundo éxito, la firma la puse yo: Lautaro Jenkins. Le expliqué a Ivo que no era una cuestión de derechos, pero dado que me tenía que encargar de todo el negocio, resultaba mas fácil, que el autor sea un tipo que se pueda movilizar sin dificultad.
Mi hermano lloró y gritó de furia los primeros quince días. Cuando se hubo calmado, volví a hablar con él. Al principio, pensé que no seguiría dictándome sus historias, pero extrañamente, me sugirió que escribamos todos los días, porque estaba sumamente iluminado. "Ganaremos una fortuna", me dijo una noche. Y así fue.
Me convirtió en el autor más exitoso de la última década. Mi cuenta bancaria desbordaba de dinero. Nos mudamos a una mansión en las afueras de la ciudad, con piscina y sala de juegos. Mi vida se había convertido en una odisea placentera que pocos autores habían logrado.
Lo más extraño de todo era que Ivo, jamás salía de su nuevo cuarto. Tampoco quería que lo visite. Me pidió que instalara un sistema de micrófonos que intecomunicara su habitación con la mía, entonces, de esa manera continuaba dictándome páginas y páginas de locuras cada vez mas retorcidas y sanguinarias. Tenían éxito. El público las esperaba ávido. Mientras tanto, algunas cosas estaban cambiando en nuestra nueva casa.
Por las noches, desde mi cuarto, escuchaba a Ivo reir a carcajadas y hablar como poseído. Pensé que mi hermano se estaba volviendo loco. En la oscuridad de la noche pensaba: "Claro, está postrado hace años, no sale de su mundo de cuatro paredes, adora enfermizamente a ese fulano de la foto". Los nervios me consumían de solo escucharlo, hasta diría que el miedo se apoderaba de mis sueños. Comencé a tener pesadillas terribles, en las que me veía ahogándome en baños de sangre. Cada mañana me despertaba transpirado y agitado. Lo iba a visitar, pero Ivo me pedía por favor que lo deje tranquilo, que se sentía bien. Cuando le preguntaba con quién hablaba y reía, me contestaba: ¿estás drogado o loco? Dejate de soñar pavadas.
El dinero seguía ingresando a mis arcas. Ivo tenía una imaginación inagotable y no paraba de producir. Paradójicamente me alentaba a escribir, sabiendo que sus textos eran firmados por mí. Con el tiempo me cuestioné su actitud dócil y sumisa, pero terminé por acostumbrarme, y, supuse que como no le quedaba otra, aceptaba resignado el fraude autoral.
Hacía ya seis meses que no lo veía en persona. Solo escuchaba su voz. El ama de llaves de la casa, le pasaba los alimentos por una abertura inferior de la puerta de su cuarto. Mientras tanto, mis noches se volvían cada vez mas tortuosas. Sus carcajadas, mis pesadillas, y, lo nuevo: mis brazos se endurecían en la madrugada, a tal punto, que no soportaba el dolor. Era como si una fuerza interior desgarraba mis miembros superiores de adentro hacia fuera. Luego, cuando comenzaba a amanecer, lograba el descanso tan ansiado. Quedaba exahusto. Cada vez me costaba mas escribir lo que Ivo relataba. Y él, reía a carcajadas. Los últimos días, antes de la entrega del premio, la parálisis y el dolor nocturno habían cedido. Supuse entonces, que era todo nervioso y que ya estaba solucionado. Lo raro fue, que junto con mis dolores de brazos, desaparecieron las risas de Ivo. Por primera vez en tantos meses, había recuperado el sueño perdido. Decidí no visitar al médico, era mejor un buen descanso. Además, Ivo me había pedido, a través de sus micrófonos, un tiempo para la meditación. Así fue.
La empresa editorial que estaba por otorgarme el premio, había solicitado ofrecer el acto en mi propia mansión, ya que era un lugar exclusivo y con mucha clase. Habría decenas de invitados de todos los medios. Además se anunciaría un contrato millonario para escribir cinco nuevas novelas, con posibilidad de convertirlas en película. Acepté inseguro, flemático. No me atreví a decir que no. El dinero en juego era escandaloso.
Llegó el día de la fiesta y mi mansión era un hormiguero de gente. La editorial, había preparado un escenario donde se entregaría el premio y el nuevo contrato a firmar, en público y frente a cámaras. Un cosquilleo y una sombra de dolor volvieron a nacer en mis brazos. Había cerrado con llaves el cuarto de Ivo, a pedido del mismo, por si entraba algún papparazzi.
Ya en el centro del salón y arriba del escenario, el director de la editorial mencionó mi nombre y acudí a él. En ese momento, mis brazos se tensionaron de tal manera, que los tuve que adherir al cuerpo para disimular. Ya arriba del escenario y con todos los ojos observándome, una gota de transpiración corrió sobre mi frente. Viré el color de mi cara hacia una palidez que resultaba cadavérica. El director me lanzó una mirada de asombro ante mi rostro desencajado. El dolor era insoportable. - No puedo firmar ahora- descargué aterrorizado.
El director de la editorial, casi en estado de shock me dijo: - No me haga esto, qué le pasa.
En ese momento, por las mangas de mi smoking, un pequeño chorro de sangre caía hacia el piso. Las manos moradas y los brazos hinchados presionaban la tela de mi traje. La cantidad de sangre que caía por mis manos era cada vez mayor, y no lograba reaccionar, todo mi cuerpo estaba duro como una tabla. La gente comenzó a gritar. El director se separó de mi pidiendo un médico. Entonces ocurrió; mis brazos estallaron en mil pedazos como dos granadas de sangre. Como pudieron, entre charcos y salpicaduras, me acostaron encima de una mesa. Todo era un infierno. Los gritos, la histeria, las mujeres descompuestas. Las cámaras no dejaban de filmar. De pronto, en mi cabeza, aquellas carcajadas sonaban irracionalmente. Entre el caos del lugar, alcancé a ver una silueta sobre la escalera del salón. Aquella imagen, tenía en sus manos, un retrato de alguien que no conozco. Un escritor era, sí un escritor. Eso me dijeron. También me contaron que se llamaba... Howard! Eso, Howard. Dicen que nunca lo habían visto sonreir. Ya les dije, juro que le hubiera borrado esa mueca de un navajazo.
© 2006