“La Melodía de Daniel Von’Castells

Howard Phillips Lovecraft Apocrypha's IRH-RF

Relato e Imagen de © Rodhern Foldant

 

El presente documento fue hallado casualmente en el año 1945 en el interior de la vetusta flauta del joven y genial concertista Daniel Von`Castells, poco antes del reestreno póstumo de algunas de sus más geniales obras. El concierto conmemorativo del centenario de su desaparición se celebró en el auditorio de Arkham ese mismo año.
Esta obra manuscrita así como su última e inaudita obra musical, serán estrenados el día 30 de abril, conmemorando esta vez los 160 años desde su desaparición.

 

Mi nombre es, hasta el día de hoy, Daniel Von'Castells, y daré con esta carta lo que debiera ser testimonio de mi vida y de los últimos acontecimientos que por ella se han cruzado, pues no sé si mañana, o tal vez esta misma noche, podré dar cuenta de ellos o de mí mismo.
Nací el día 18 de noviembre de 1825, bajo el signo de Escorpio, aunque hasta muchos años después no imaginé que esto trascendiera más allá de ser un hecho casual. Mi padre, inmigrante al nuevo mundo, huía de una Europa en decadencia, pero tampoco pensé nunca que su origen germano, y por lo tanto la procedencia de la mitad de mi sangre, fueran más que un capricho del azar. La necesidad y la esperanza han movido las migraciones de todo tipo de pueblos y siempre abren nuevos mundos hacia direcciones y tamaños impredecibles. Aún suelo recordar con añoranza cómo viví mi infancia intensamente en un pueblo costero y de extensos prados verdes llamado Kingsport, de retorcidas callejuelas llenas de misterios y de sus altas torres y campanarios. Vivía entre Fuller Street y Arbott Road, a la salida de la ciudad. Seguramente no valdrá como disculpa, pero suelo pensar que vivir un poco más apartado del puerto, al contrario que la mayoría de mis amigos, influyó en mi carácter en un alto grado, aunque por supuesto, no cuantificable. Todavía no le encuentro explicación, quizá fuese el tener más contacto con la naturaleza agreste, o quizá mi signo zodiacal y mi mitad germana, pero indudablemente presenté siempre una disposición al retraimiento y la soledad. Mientras mis amigos jugaban entre los embarcaderos del puerto o correteaban por las calles de Kingsport, yo buscaba rincones olvidados entre las colinas, por las que corría libre de doctrinas; o iba a veces a Los Acantilados Prohibidos, donde dejaba a mi mente soñar con mundos que pensaba inalcanzables y que únicamente aparecen en las fantasías de los niños y de las personas que no dejan escapar la llave de plata de su imaginación cuando crecen.

Hay quien dice que la música es un reflejo del alma, y yo creo que es un reflejo del universo, de su exquisitez. Una simples notas, colocadas de la manera precisa, son más que suficientes para hacer aflorar en lo más profundo de nuestro ser, emociones, situaciones, incluso paisajes o lugares. Desde que yo era bastante joven tuve un gran don para la música. Solía llevar por las tardes mi flauta, y me las pasaba echado sobre la fresca hierba de las colinas componiendo melodías que intentaba emular lo que veía y sentía de aquellos tan especiales altozanos de mi Nueva Inglaterra. Durante esos días, fui desarrollando, muy poco a poco, una extraña teoría: un universo perfecto, tal y como lo han discutido tantos autores a lo largo del tiempo, ha de ser estrictamente matemático y... al fin y al cabo, la música es la más sublime y estricta de las formas de las matemáticas. Así que mi mente empezó a fantasear con esta idea. Estaba seguro de que había melodías capaces de abrir puertas a otros mundos a través de dimensiones desconocidas e inimaginables para la ínfima mente humana. Estas fórmulas sobre las propiedades del universo, del espacio, y del tiempo, me llevaron a pensar irrevocablemente en curvaturas caprichosas y de esos puntos de aproximación -y de contacto, tal vez- entre la idea que tenemos de nuestro cosmos y otras regiones transgalácticas tan lejanas y remotas que darían vértigo a los pensadores, filósofos y matemáticos más osados, pues establecían pensamientos que dejarían a la mísera ciencia humana en la más fangosa ridiculez.

Por supuesto, estas bestiales y quizá risibles teorías, no las pude alcanzar por mí solo. Tenía mi padre camarada en el viejo mundo con el que solía cartearse desde hacía tiempo, pues desde que se habían conocido en alguno de los destinos que mi padre solía elegir para investigar -creo que fue Hungría, algo relacionado con una Piedra Negra o algo así-, su carteo había sido continuo y denso. Faltando poco para que yo cumpliese la temprana edad de 13 años, mientras buscaba eufórico por toda la casa mi regalo de cumpleaños durante la ausencia de mis padres, cayeron en mis manos algunas de esas cartas. A pesar de ser viejas y yo joven, y de que aludían cosas demasiado generales o nombres señalados como tan sólo iniciales, causaron en mí un gran cambio interno. Mi madre lo achacó a que "ya me había hecho todo un hombre", mi padre, más inteligente, prefirió callarse, y desde entonces, empezó a observarme detenidamente en mi cada vez más retraído día a día. Al año, me enteré de que su amigo, que se llamaba Von Junzt, había publicado un controvertido libro en Dusseldorf, el Unausspreclichen Kulten o Los Cultos sin Nombre, del que muy pocos ejemplares se conservaron después de que, otro año después, Von Junzt fuera encontrado muerto con unas extrañas y terribles marcas en su pálido cuello. La mayoría de las pocas reproducciones del libro, fueron quemadas aunque, según creo, en Nueva York piensan sacar una versión del libro bastante incompleta y mal traducida, o eso es lo que dice mi padre, que bajo llave, y en una caja blindada de la que no sé muy bien su situación, conserva el ejemplar manuscrito del clandestino libro, conjunto otras notas más recientes y delirantes que le mandara su buen amigo poco antes de morir.

Pronto, mi afición por la música, decidió que iría a vivir a Arkham, con sus mohosos tejados y sus historias de brujas. Pero, siendo yo el único hijo de entre los cinco que siempre planearon tener mis padres, se negaron al principio silenciosamente. Sobre todo mi padre, (que siempre había sido extremadamente reservado a dar explicaciones) pues decía que Arkham no era ciudad segura para vivir. Siempre sospeché que era debido por un sentimiento de abandono hacia ellos, pero al final no tardaron en comprender que mi marcha no sólo era irremediable, sino también necesaria, pues me hubiese vuelto loco si no hubiese podido seguir creciendo y aprendiendo y desarrollando mi talento y obsesión.

Me matriculé en el año 1843 cuando contaba con la edad de 18 años en la universidad de Miskatonic que se encuentra entre los barrios más céntricos de la ciudad, y me trasladé a un más que repugnante cuartucho en lo alto de un edificio que bien podrían haber derribado hacía tiempo. Lo mejor del cuartucho era su ventana, o más concretamente sus vistas, pues de una sola y panorámica mirada se contemplaba el ancho y húmedo cenagal y la colina donde se encuentra el antiguo campo santo. Más allá, al norte, se insinúa Aylesbury Pike, camino a Dunwich, de donde procedían curiosas e increíbles leyendas llenas de horror y que tantas veces fueron musas de mis obras. Aunque sin dudarlo hubiese cambiado las vistas por una cama menos dura e igualmente menos mohosa.

Según lo que creí fue gracias a una actividad metódica y -porqué no- algo neurótica, mi carrera como músico de talento fue adquiriendo forma. En la facultad asistían a diario alumnos y visitantes para oír mis ensayos de flauta travesera y algunas de mis obras primerizas. Con los años estrené bastantes obras en el auditorio de Arkham, lo que me hizo viajar a otros estados brevemente para dar algunos conciertos sencillos y selectos. Pero fue en una de esas estancias en Innsmouth -Massachussets-, y tras un largo paseo nocturno, cuando vi un cartel que despertó irremediable y ociosamente mi curiosidad. Un cartel ajado y descolorido tras una caseta del puerto que rezaba tal publicidad:

"VEAN EL ARRECIFE DEL DIABLO. Una hermosa hora de paseo pintoresco en barco. Contactar con Mr. Arbad Mersch en Harbor Tours, Innsmouth. Ofertas especiales para grupos".

Resolví informarme a la mañana siguiente (24 de abril de 1845), sobre ese paseo que había atraído mi curiosidad. Ahora, cuando lo recuerdo, no puedo más que arrepentirme y dudar, aunque una vez más no sé si fue fortuito o como efecto de un destino ineludible, ya que la aterradora y misteriosa melodía que oí a la mañana siguiente en el negro Arrecife del Diablo, cada amanecer sigue arrancándome bruscamente del mundo onírico empapado de un sudor helado.

La ciudad de Innsmouth se extendía entre marismas húmedas y fangosas y, aunque hacía unos años se había notado en ella una progresiva decadencia económica, ahora parecía salir del paso rápidamente. El oro que salía de la creciente industria minera del señor Obed Marsh y una pesca casi sobrenatural (pues tanta cantidad de pescado no era posible que fuese capturado en una ciudad tan pequeña), reavivaban el pueblo y lo sacaba de su creciente inseguridad, aunque seguían desapareciendo misteriosamente algunas personas de vez en cuando.

Aquella mañana se presentó fría y gris, con un ambiente cargado de salitre y la población en el temprano recogimiento de sus casas. Me dirigí hacia Harbor Tours, donde compré el pasaje del paseo en barco a Mr. Mersch, un hombre de mediana edad, acaso un antiguo pescador con una mirada fija y escalofriante. Me dirigí rápidamente al embarcadero del puerto.

Una embarcación no muy grande, de unos 10 metros de eslora, esperaba en tranquilo balanceo junto al muelle. A pesar de su cubierta rigurosamente pintada, no lograba encubrir cierta antigüedad en el náutico medio transporte. A medida que me acercaba a ella el olor a pescado aumentaba insoportablemente. Sin duda alguna, también era utilizada para pescar por las noches; sólo eso podría haberlo explicarlo.

Me encaminé hacia la parte delantera de la embarcación, donde se habían acomodado ya alguna pareja extranjera con sus hijos y un equipaje excesivo para el corto trayecto de apenas una hora. De súbito se dirigió hacia mí el viejo lobo de mar que, al parecer, dirigiría el barco durante el cada vez más extraño crucero. Muchas cosas me llamaron la atención del viejo marinero, desde su pálida y cianótica piel, hasta su oscura y podrida dentadura o su ralo pelo canoso. Pero no fueron estas cosas tan destacables como sus ojos; las cataratas que poseían, dejaban adivinar un pasado azulado, pero en su presente, sólo eran los ojos de un longevo ciego. Él debió percibir mi turbación y, sin duda acostumbrado a la causa me soltó jocosamente un "No te preocupes, Joven, mis manos conocen la travesía de memoria", y yo, asombrado por tal respuesta sin pregunta, enmudecí. Pero en mi mente surgieron aún más interrogantes, que (por las dotes adivinatorias que me había demostrado el viejo), seguramente él ya sospecharía. Su acento era marcado y fuerte, y su voz tan rota y áspera como se puede esperar del resultado de una vida seguramente dura e intensa. No quise yo aclarar lo de si era "Joven" o no, ya que seguramente habría oído mi voz al presentar el pasaje a la entrada, mas mi mente estaba dándole vueltas intranquilamente al asunto de su ceguera. "Hay quien dice que son cosas de la edad, pero según mi criterio, he visto -y sentido- más de lo que un humano debe saber. Ya no me preocupo demasiado por esas cosas... si... me queda poco ya... ¡Eh-ahhb-ab!¡E'yahhh!... además, para esas cosas voy protegido con esto..." No había salido de mi pasmo por una nueva respuesta tan huérfana y esa exclamación tan gutural, casi inhumana, cuando habiéndose metido su enorme mano en el cuello de la reluciente camisa, sacó un esférico colgante tallado en algún tipo de roca negra, quizá ónice. En la cima del mismo, un alacrán de algo similar al oro presidía unas figuras talladas en la bruna roca, de las que logré entrever algo parecido a la cabeza de un pez y de un calamar y una maraña de tentáculos y entidades informes que no llegué a comprender. Seguramente sería alguna seña de identidad marinera como las que había visto desde pequeño a los pescadores entre las espesas nieblas de los muelles de mi Kingsport natal, pero esta joya... definitivamente no, esta joya era diferente a todo eso, era diferente a todo lo que yo hubiese visto nunca. Sus formas pertenecían a un arte perdido, fuera de tiempo o lugar. Sus contornos hipnotizaban la mente y sumergían el cuerpo en un eterno escalofrío. Me sentía desfallecer irremediablemente, y con un profundo temblor, logré asirme casi sin ninguna fuerza al borde de la embarcación. El viejo marinero guardó rápidamente el amuleto tras su impoluta camisa y descubrí en la comisura de sus labios lo que inconfundiblemente era una risita ¿Se burlaba de mí ese maldito viejo? Y... ¿Por qué miraba así? Esa mirada me hacía recordar algo... fija en el vacío... ¡maldita sea esa mirada! sin pestañear nunca... igual que Mr. Arbad Mersch... Fue entonces cuando lo vi. Volteé mi cabeza hacia el horizonte, pero no estaba tan lejos; Allí, a escasas 15 yardas de distancia, sobresalía entre la bruma, el característico contorno oscuro, fuliginoso, del infame Arrecife del Diablo.

¿Cómo contar lo que desde ese momento sucedió, sin dejar la veracidad de mis palabras en entredicho? No encuentro la manera, pues yo mismo dudo de los últimos días de mi existencia. Sólo podré dejar escrito en estos arrugados papeles una ínfima parte, insuficiente en cualquier caso, de lo que me acaeció desde entonces hasta hoy, día incierto para el resto de mi existencia, 30 de abril de 1845.

Los pasajeros nos habíamos acercado a la proa de la barcaza con la estúpida intención de ver de cerca el arrecife. Se extendía largamente, descollando a intervalos bajo una marea estática de aguas ensombrecidas por su oscuro fondo, y acaso también oscuro contenido. La suave brisa fría golpeaba contra mi rostro, trasportándome informes temores con regusto a salitre. Nos habíamos detenido sobre el lóbrego coral, que se presentaba llego de galerías de múltiples tamaños e incalculable profundidad, tan sólo atravesadas por los superficiales rayos de luz que emitía el sol crepuscular. "¡He visto un pez enorme!" Anunció la vocecilla de una niña, pero yo también lo había visto. Enorme en verdad; demasiado grande para ser un simple pez. El ser marino había pasado la galería débilmente iluminada que se hallaba bajo nosotros. Su movimiento no había sido el de un pez, sino más bien el de un sapo gigante que de una ancada había atravesado la profundidad. Terriblemente asustado me eché hacia atrás, caminé tembloroso hacia el viejo, pero al mirarlo me quedé paralizado. Sentí cómo un sudor helado aparecía en mi espalda; El viejo había convertido su mueca mal disimulada en una risa nerviosa y se acercaba hacia mí desde el fondo con paso firme. Una violenta sacudida en el barco me tiró al suelo, miré detrás de mí, la proa ahora estaba únicamente ocupada por un intenso olor a pescado y un gran charco de agua. Volví mi rostro hacia delante, tenía al viejo poco más o menos sobre mí. "Es una pena, chico, parece que tienes algo especial... pero... son Ellos... los Profundos... tenemos que pagarles, se lo debemos... Ellos nos lo prometieron... Tranquilo, esas personas no han sufrido. El dolor puede ser eterno, pero estoy completamente seguro de que sus muertes fueron rápidas. Lo siento, chico, ahora, sólo les faltas tú... ¡Eh-ahhb-ab!¡E'yahhh!...". Me encontraba acorralado entre los escupitajos de la podrida boca del marinero y lo desconocido, y no sabía qué debía temer más, así que lentamente me fui arrastrando hacia mi espalda mientras el viejo soltaba una serie de sonidos destemplados como si de guturales vocablos y chapoteos se trataran. Logré con cierta dificultad levantarme y apoyarme en el borde de la barcaza, y fue entonces, viendo los pequeños brincos del viejo, cuando lo relacioné todo: Sus ojos fijos... su extraña manera de andar... su quebrada voz... la cosa que había pasado bajo el arrecife... Sin duda él era uno de ellos o, al menos, estaba en camino de serlo.

Nada, repito, Nada camina sin ser cogido por las manos del impávido destino, que teje ilusorias elecciones en nuestra existencia intentando engañarnos y, como personajes de una siniestra ópera, nuestros cánticos son escritos para representación de la falsa realidad en la que actuamos. Las cartas de Von Junzt referidas a su maldito y ominoso libro, había sembrado en mi ser más de lo que hoy hubiese querido, pero ya era demasiado tarde y la semilla había germinado al son de la estúpida melodía de Azathoth, que reina en la ceguera del Caos allende el centro del universo donde fue exiliado.
Tan sólo hace seis días desde el suceso del nocivo arrecife, pero han sobrado lunas y soles para reconocer mi degradación física o mental. Cuando me miro en el espejo de éste horrible hotel apenas me reconozco, ya que mi macilento aspecto es el de un pusilánime enfermo en su lecho de muerte. Seis días con esa maldita música en la cabeza, taladrando mi alma o lo que quiera quedar de ella; desgarrando cualquier sentido de lo que me rodea.

Cuando el viejo se acercaba y yo, resbalando en el apestoso suelo, retrocedía hacia proa, el miedo, habiéndose apoderado hasta la más ínfima fibra de mi ser, cobró una nueva forma: la supervivencia de lo físico. Ya de pie y enfrentándome al viejo, descubrí la fuerza que él guardaba y que sin duda alguna no era del todo... humana. De un seco golpe me lanzó hasta el final del barco, y entre risas e invocaciones aciagas, se agachó hacia mi dolorido ser y levantó su rejuvenecido brazo para asestar lo que sería el último golpe hacia mi truncada existencia.

A través de mis ojos entrecerrados una ligera luz centelleó, y creyendo ingenuamente que era la popular luz del camino final, alargué la mano en una última tentativa por sobrevivir a tan violento fin. Para mi sorpresa, la luz tenía consistencia; una luz de piedra y metal. Sin quererlo habíale arrebatado al viejo su preciado amuleto en el momento del fatal golpe y, lanzado hacia el aire, pude ver entre mis manos ensangrentadas el alacrán metálico que poco antes había hechizado mi mente. Tras ese eterno instante, caí al agua... o eso creo. Desperté ya entrada la noche, aplastado por el propio peso de mi cuerpo contra la playa del pueblo, en el delta del Manuxet. Mis ropas hedían intensamente a pescado y el intenso olor lograba nublar mi cabeza. Al levantarme y ponerme de rodillas, encontré colgando de mi cuello el misterioso amuleto entre eslabones del más intrincado estilo, pero ahora el talismán no estaba sólo, pues aparecía encajado -como si nunca hubiera sido de otra forma- en lo que palmariamente era una flauta de hueso del mismo estilo innominable de arte perdido que el colgante. Mi ropa estaba seca, por lo que deduje que debía llevar muchas horas tirado en la playa. Guardé cuidadosamente la flauta entre mis ropas y me dirigí bordeando el río por Waite Street hacia Town Square donde estaba el hotel donde me hospedaba. Cuando logré llegar con mi magullado cuerpo al Gilman House las luces de la recepción ya habían sido apagadas. Llamé a la acristalada puerta varias veces hasta que llegó el recepcionista, que me abrió de mala gana. Tras entregarme la llave de mi habitación me acompañó -lámpara en mano- hasta ella. ¡Mil veces maldita la gente de éste pueblo! y maldito sea igualmente el recepcionista, que a la luz de su lámpara, mientras se alejaba doblando el recodo del pasillo, me brindó una de esas fijas y vidriosas miradas de pez a las que de ninguna forma podría acostumbrarme. En ese momento entré lleno de espanto a la habitación 160 y desde entonces no he vuelto a salir de ella, ni el pánico de mí.

Cuando mi pulso se había desacelerado un poco, purgué apresuradamente la fetidez que me rodeaba y encerré mis ropas en una maleta. Al mirar el reloj vi lo tarde que era, casi media noche. A pesar de estar agotado, estaba seguro de no poder dormir y menos ahora que ni en el mismo hotel podía sentirme seguro. En cuanto al viejo... no sé qué habrá sido de él, aunque sospecho que me da por muerto, y de hecho, yo mismo he dudado la razón de no estarlo. Ahora, en el inquietante silencio de la habitación, un atisbo de melodía aparecía en mi mente. Supongo que la persona que lea esta declaración pensará que no es nada raro que un músico oiga composiciones conocidas o no, propias o ajenas, pero esta melodía era diferente a cualquier otro tipo de música que yo hubiese conocido o imaginado. Una complicada tela de araña de sonidos tan extensa que hubiera parecido sonar sin orden ni ritmo a los oídos menos educados, ajena a toda interpretación racional. Pero había algo en ella que me extasiaba y hacía brotar en mi mente imágenes vagas y sin contorno definido. Finalmente me quedé dormido intentado descifrar mentalmente esa fascinante armonía, y mis ensueños fueron especialmente vívidos. Me vi a mí tocando con la flauta la melodía, y a la orden de las notas una ventana violeta se abría hacia un espacio incierto. Nada más despertarme me puse a intentar transcribir la música en partitura, pero me fue fácil descubrir lo complicado que se me haría la tarea. Una vez más, por la noche, volví a tener el mismo sueño, pero en él se había incorporado un nuevo elemento, un sonido profundo y repetitivo, algo parecido a una voz que recitaba repetitivamente un nombre: 'Azathoth'.

Tenía ante mí la melodía que tantos años me había pasado soñando. Una melodía capaz de abrir puertas a otros mundos y por ventura a otros universos. Pero me encontraba con el problema de que yo sólo, con la flauta, no podría de ninguna manera representar tan enmarañada partitura. Esa noche soñé con el gran teatro de Arkham repleto de gente vestida de extrañas formas en un día aún por llegar. Toda una orquesta tocaba una música que me era... conocida y luego la horrible melodía que desde hacía unos días había ocupado todo lugar de mi enajenada mente. Pero luego me despertaba empapado de un sudor helado y con el cuerpo aún dolorido y convulsionado en mi cama: habitación 160 del Gilman House en la ciudad de Innsmouth.

Algo ajeno a mí me empujaba a seguir transcribiendo éste aterrador concierto tartárico, aún presintiendo el increíble poder devastador que podría desatar un concierto como el que aparecía en mis sueños si se presentaban las condiciones idóneas para ello.
Pero hoy me he decidido a tocar la melodía con la extraña flauta que el hado, por fortuna o por desdicha, depositó en mi cuello hace una semana. No sé lo que pasará después, pero sé que de ninguna manera esta maldita música deberá ser representada, así que después de tocarla la esconderé en el interior de la flauta y -si la suerte no me es adversa- me la llevaré a través de la infausta puerta violeta.
Ya ha oscurecido, en la ventana, a lo lejos, se ve brillar de forma extraña el protervo Arrecife del Diablo. No he de escribir más...


D. V`C., XXX-V-1845


Asimismo se recuerda a los lectores de que están invitados al concierto conmemorativo que se ofrecerá en el Auditorio de Arkham el día 30 de abril de 2005 por los 160 años desde la trágica desaparición de nuestro admirado compositor Daniel Von'Castells. Esperando su asistencia,

Charles Elwood, Director del Arkham Auditórium.


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