Rodhern Foldant


Guarida de Cthulhu © Rodhern Foldant

 

 

 

Hay quien dice que la música es un reflejo del alma, y yo creo que es un reflejo del universo, de su exquisitez. Una simples notas, colocadas de la manera precisa, son más que suficientes para hacer aflorar en lo más profundo de nuestro ser, emociones, situaciones, incluso paisajes o lugares. Desde que yo era bastante joven tuve un gran don para la música. Solía llevar por las tardes mi flauta, y me las pasaba echado sobre la fresca hierba de las colinas componiendo melodías que intentaba emular lo que veía y sentía de aquellos tan especiales altozanos de mi Nueva Inglaterra. Durante esos días, fui desarrollando, muy poco a poco, una extraña teoría: un universo perfecto, tal y como lo han discutido tantos autores a lo largo del tiempo, ha de ser estrictamente matemático y... al fin y al cabo, la música es la más sublime y estricta de las formas de las matemáticas. Así que mi mente empezó a fantasear con esta idea. Estaba seguro de que había melodías capaces de abrir puertas a otros mundos a través de dimensiones desconocidas e inimaginables para la ínfima mente humana.


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