El SEPULTURERO

Night Train © 1998-99, Stephen Kastner / Óleo sobre tela,
48" x 42"
Vivir del usufructo de la tierra
es de campesinos ignorantes,
acumulando lo que queda atrás
cuando mueren.
Los nobles como nosotros
atesoramos valores que
podemos llevar al
Otro Mundo:
vidas.Barón Oxxon de Darkestshire
© DOGON [*]
Todo estaba en calma esa noche, tiesa como muerto en su sepultura.
No estaba asustado para nada; conocía el oficio y no iba a dejarlo de lado, tan lucrativo como era, por ningún temor irracional.
Ser sepulturero de un cementerio tan paquete como éste me traía inagotables beneficios: pequeñas joyas, anillos, aretes, collares y colgantes de oro; dentaduras enfundadas en el mismo metal dorado; trabas de corbatas incrustadas con pequeños diamantes; cuando no, elementos del vestir de finas y onerosas telas, a cual más valiosa que la otra; y calzado... ¡ah, qué zapatería! Cabritillas suaves, pieles de cocodrilo lustrosas, carteritas en cueros flexibles, con cierres de fantasiosas formas y costosas incrustaciones de perlas auténticas, de esmeraldas y rubíes... ¡ah, qué riqueza! ¡Y al alcance de mi mano!
Cada vez que había un entierro - y los había relativamente seguido en este pueblucho, del cual se marcharon muchos de los jóvenes en busca de mejores horizontes, y sólo quedaron los viejos para rememorar el pasado y esperar el futuro, siempre rápido en alcanzarles -; decía, cada vez que alguna de esas personas, condenadas sin remedio por la vejez y la enfermedad, llega al cementerio rodeada de la pompa y circunstancia que la situación demanda, me pongo en acción: cojo la pala, enfilo al camposanto y me quedo en pie junto a la fosa que excavé la misma mañana del día del entierro, el cual, por lo general, se realiza luego del mediodía; al menos, aquí suele ser la costumbre.
Por supuesto que previamente he asistido a la presentación de los respetos debidos al difunto o la difunta. Al pasar delante de su ataúd, como cualquier otro deudo más - todo el mundo me conoce y sabe cuál es mi profesión, así que nadie se extraña por mi presencia en tales oportunidades -, siempre escruto con atención cosas como el ropaje y la joyería que lleva consigo el finado o finada al otro mundo. Luego, antes de que termine ese patético rito de verle la cara al muerto por última vez, y sin presenciar la aburrida y pesada ceremonia religiosa en la capilla - el sermón ridículo que suelta ese cura hipócrita y borracho en cada ocasión, me resulta insufrible -, hago lo que dije: pararme junto al agujero que cavé y esperar a que traigan el cajón, para que lo bajen al fondo de la fosa con esas últimas mariconadas que suelen hacer los dolientes; ya sea por sentimientos de amor u odio, siempre es lo mismo. He oído tantas veces las mismas desgastadas frases triviales, he visto repetir los mismos gestos automatizados de dolor, y poner los mismos rostros enmascarados, algunos por las lágrimas y otros por la falsedad, que ya no me importa un rábano de todo eso. Yo le echo tierra a la fosa y a su tieso contenido, mientras memorizo el tesoro que se lleva el fiambre a ninguna parte, y punto. Después, planeo el saqueo.
Es obvio hasta para un lelo que semejante delito sólo puede llevarse a cabo con tranquilidad durante las horas de la noche. Y, como para mí los que enterré horas antes están bien muertos, desvalijarles no despierta ningún temor en mí; por el contrario, pensar en sus oros me alienta aun más a robarles. ¿Para qué los quieren, si están muertos? Otras deben ser ahora sus preocupaciones. Y esa, mi única ocupación.
Hoy he enterrado a Don G*** de D*** G*** L*** ¡Y que rico es!... Era, digo. Muy rico y muy apegado a sus riquezas. Tanto ha sido lo que se ha llevado al otro mundo, este viejo avaro y miserable. ¡Cómo se va a revolver en su tumba cuando lo deje pelado! ¡Pelado como La Pelada, ja, ja, ja!
Ya llega la hora de trabajar. El cielo está cobrando un color púrpura, violáceo, damasquino y rojizo, que anuncia la puesta del sol y el comienzo de la noche, poblando el mundo de los vivos con largas sombras y forzando el encendido de las lámparas en las calles y las casas. Una luz opaca que no alcanza a iluminar más allá del entorno próximo a los tardíos paseantes, que se apresuran a retornar a sus hogares. En pocos instantes, las veredas se vacían y restan solitarias de todo movimiento y sonido. Es la ocasión propicia para que regrese a mi lugar de trabajo. Luego del entierro de Don G*** de D*** G*** L***, volví a mi casa, en donde estuve haciendo tiempo tomando un refrigerio, bebiendo té y brandy, y fumando como un escuerzo. Ahora, ahíto de comida y bebida, estaba listo para acometer la pesada tarea que me aguardaba.
Dicho y hecho, en la calle sólo me aguarda el frío polar, el viento ululante y la casi oscuridad completa; y la más absoluta soledad. Como preví, no hay una perra alma suelta en la calle.
Voy enfilando para el cementerio. No es muy lejos, no busqué un trabajo lejos de casa; es muy oneroso, en especial si eres un muerto de hambre y un vago como yo. Van tres cuadras y no me crucé con nadie, buena señal, va a ser una noche afortunada.
Cuando llego a la alta y herrumbrada verja del portal del camposanto, no me he cruzado con nadie. Pareciera como si la noche me estuviera ayudando en mi faena, como si fuera uno de sus oscuros hijos. Miro alternativamente a ambos lados, y, extrayendo mi llave del bolsillo, la inserto en la cerradura y la abro lentamente, casi cuidando de que no emita ningún chirrido impropio, aun cuando no hay quien pueda oírlo excepto yo. Me deslizo como un reptil al interior de mi "cueva del tesoro", de la que extraeré esta vez más que suficiente como para marcharme a otro sitio en forma definitiva. Con esto, y lo ya rejuntado anteriormente, tendré un buen respaldo económico en los años por venir. Podría poner parte en negocios de comercio..., el banco también son ganancias aseguradas, aunque menores, claro... En fin, ya veré lo que le saco a este viejo avaro, y después... sí, después haré las cuentas, je, je, je.
Los senderos del cementerio están cubiertos por una oscuridad cerrada, neblinosa e irreal. Pero conozco el camino que lleva a la tumba de Don G***, como que lo he recorrido esta misma mañana cuando fui a cavar su sepultura, y al mediodía, para ponerlo en ella. El ulular de una lechuza me sobresalta por un instante. Me maldigo por asustadizo, maldigo a la condenada ave y sigo mi marcha inexorable. De entre la bruma sobrenatural, veo los contornos del panteón y la parcela de las tumbas familiares que busco.
¿Me parece a mí o la lápida está ladeada hacia un costado? Soy muy meticuloso en esas cosas cuando hago mi trabajo, nada queda à la sans façon, faltaba más. Cuando nos marchamos todos del cementerio no estaba así, estoy seguro. A medida que me voy acercando compruebo mis temores: la tumba ha sido abierta Veo claramente la tierra removida, arrojada al tuntún alrededor de la fosa, ante mis incrédulos ojos Me apresuro a llegar al borde de la misma ¡No puedo creer que alguien se me haya adelantado en la faena! Me asomo y miro el fondo de la fosa con mirada desorbitada y mascullando maldiciones, cuando veo que ¡el ataúd ha sido abierto! ¡Su tapa está hecha pedazos, como si la hubieran molido a hachazos! Pero, ¿quién, quién es el maldito hijo de puta que hizo esto? Es la primera vez que ocurre. ¡No puede ser, demonios! Miro atentamente de nuevo, por las dudas, y me percato esta vez que el cuerpo no está. ¡No está Don G***! ¡¿Dónde diablos está?! Se lo han llevado Eso es, los profanadores deben haber considerado más práctico llevarse el cadáver, para después despojarlo de sus riquezas a sus anchas. Y yo perdiendo el tiempo en mi casa ¡pero qué idiota soy!
Pero, un momento... ¿qué es lo que veo?... Si allá va el saqueador... Sí, allá va alguien que no puede ser otro que ese maldito bastardo... Lo atraparé y le partiré el cráneo de un palazo, ¡maldito hijo de puta, hacerme esto a mí!
"¡No sabes con quien te has metido, desgraciado! ¡A mí no me roba nadie!" - exclamo irritado.
Efectivamente, compruebo que el bulto que he visto moverse entre la espesa niebla es el de un hombre. Eso me desconcierta un poco, pues para mover el cuerpo de Don G*** se necesitaría por lo menos a dos individuos fornidos. Además, parece que no lleva ninguna bolsa en donde pudiera acarrear el fruto de la profanación. ¿Será realmente el ladrón? ¿O sólo un viandante loco que gusta de pasear por el camposanto a estas horas intempestivas? ¡Pero en qué pienso! ¡No puede ser otro que el que me está desvalijando! ¡Mi tesoro!
Voy raudo en pos de él. Cada vez más a la mano. Ya lo alcanzo. Alzo la pala, revoleándola sobre mi cabeza para descargar el fatal golpe cuando... pero, no, ¡no puede ser! ¡¿Qué es esto?! ¡No, no puede ser posible! ¡Es imposible, no puede ser él! ¡Lo enterré al mediodía!...
Pero es, es Don G*** en persona, que ahora se ha dado la vuelta y me contempla... con una mirada vacua, en blanco, una mirada que no ve porque está... muerta. ¡Está muerto y camina! ¡Esto es una locura, por Dios! Extiende sus manos hacia mí, buscando... buscando mi cuello, ¡Santo cielo!
Salgo corriendo a la mayor velocidad posible, desandando el camino recorrido, no se me ocurre ni mirar hacia atrás, porque siento sus pasos... ¡y no son lentos, como en las películas de terror! ¡Es mentira que los zombies son lentos! ¡Este corre como yo lo hago y me va a echar el guante en cualquier instante!
Me tropiezo, ruedo sobre la grava del sendero; no tengo tiempo para demorarme en chequear si me he lastimado, me levanto, y retomo el paso veloz... Don G*** me ha sacado ventaja, maldita sea, ¡ya lo siento a un par de pasos detrás de mí, la puta madre!
Sacando fuerzas de no sé donde, pego cuatro trancos que disminuyen la ventaja, y ya veo la verja y el portal. Me esfuerzo, sintiendo el dolor del esfuerzo en mis piernas, agotadas, cansadas,... ya me parecen de plomo. ¡Dios, dame fuerzas para llegar a la puerta! No pienso en otra cosa. Siento el aliento nauseabundo del muerto en mi nuca.
"¡Aaah!" - chillo histéricamente, mientras pego un empellón brutal a la metálica puerta, dejándola rebotando hacia delante y atrás, y sigo, sin detenerme, la carrera que me guiará hasta mi casa, el único sitio seguro, mi único refugio. En un momento, aminoro la marcha y me vuelvo para ver a qué distancia estoy del horror inexplicable que me persigue, como si fuera un depredador tras su presa. Agudizo mi vista porque la neblina ahora está más densa que nunca, no distingo nada, absolutamente nada, aunque oigo los sonidos de la noche y de entre ellos sobresale el ruido de... ¿ratas corriendo? Sí, parece eso... es eso. Cientos de roedores, peludos e inmundos, portadores de la peste bubónica, de la pestilencia negra... Pero, ¿de dónde salieron? ¿Del cementerio?
Con un esfuerzo sobrehumano, superando todos mis dolores, maldiciendo entre dientes a Dios y María Santísima, doy vuelta a la esquina y diviso la familiar imagen de mi casa, su puerta de roble macizo... impenetrable... ¡mi barrera contra esta demencia infernal!
La llave tintinea en mi mano, que tiembla como si estuviera congelándome, con temblores que sacuden mi cuerpo de pies a cabeza, la inserto en la cerradura y la revuelvo frenéticamente, azuzado por un terror pánico indescriptible. ¡Siento esas patitas de ratas corriendo sin fatiga tras de mí! ¡Y el húmedo frío que provoca la niebla no hace sino aumentar mis irrefrenables y afiebrados temblores!
Con el hombro contra la hoja de la puerta, la abro con todo el peso de mi cuerpo y me zambullo en el interior de mi casa, cerrando tras de mí el salvador impedimento que detendrá a las condenadas alimañas... y a Don G***. ¡Debo recoger todas mis cosas y huir de aquí también! ¡¿Cómo?! ¡Por la ventana del cuarto! Da a la calle posterior... ¡Eso es!
Primero lo primero, juntar mis valores, mi botín bien acumulado en estos años de lucrativa labor. ¡No pondré los pies en polvorosa para volver a caer en la pobreza, no! Junto a los manotazos todo lo que puedo. Lleno mis bolsillos con toda clase de objetos. Ni los elijo, siquiera. Al tuntún, todo tiene su precio. Y mi vida, más que nada. El pensamiento me devuelve a la realidad de mi situación. ¿Aluciné o era el ruido de patas de ratas, de muchas ratas, lo que escuché? ¿No me estaré poniendo paranoico?... No, en todo caso, Don G*** no era ninguna alucinación, para nada, era él, no me cabe la menor duda. Y si los muertos caminan...
"¡Vamos, salgamos de aquí!" - grito con toda la fuerza de mis pulmones, como si quisiera despabilarme de un sueño, un sueño que, en realidad, es una pesadilla. Me abalanzo sobre la ventana, la abro violentamente y saco medio cuerpo fuera, estoy por pisar el suelo cuando veo algo que me paraliza absolutamente a medio salir... Hasta donde llega mi vista, la superficie está... ¡llena de inmundas ratas! ¡Ratas que se amontonan unas contra otras, empujándose, mordiéndose entre sí... hambrientas, sedientas de sangre y carne fresca... ¡Oh, Dios mìo! ¡¿qué voy a hacer ahora?! ¡¿Por dónde voy a escapar?!... O es que... no hay escapatoria... ¡No, no, alguna tiene que haber!...
Un tremendo golpe en la puerta de entrada hace que me de vuelta... Y otro, y otro, y otro más... ¡Las malditas están arrojándose contra la puerta!... Siento cómo la madera va astillándose, el ruido imparable y demencial de miles de garras y dientes royendo la puerta... Tarde o temprano harán un agujero, y entonces... Me dejo caer, resbalando con la espalda contra la pared, hasta quedar sentado, despatarrado, con la bolsa conteniendo mi futuro a mi lado,... con el cuerpo dispuesto a recibir lo que me toca en el presente... No hay nada más que pueda hacer, sino rendirme a los hechos... que seré pasto de esas alimañas asquerosas...
Escucho los chillidos delirantes y felices de las primeras ratas que han conseguido entrar... Cierro los ojos. No quiero ver. Es el fin...
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[*] © 2004, Jorge R. Ogdon (a) Dogon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Es propiedad. Derechos reservados. Especial para la Nueva Logia del Tentáculo.
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