EL ARMARIO VICTORIANO

© Dogon

 


The Happy Dead © 1895, Stewart Dunn

 

- 1 –


Era algo temprano para regresar a mi casa, así que, cuando salí de la oficina, dirigí mis pasos hacia el pub Greenbeer, en donde esperaba encontrar a algunos conocidos y amigos, y beberme una buena cerveza, antes de volver a encerrarme con mis libros y escritos. Iba con la cabeza pensando en las rutinarias tareas que me habían ocupado durante el día, considerándolas un verdadero desperdicio de tiempo, que ya era hora de que acometiera mis labores de escritor no remunerado de un modo más positivo, y que, de ahora en más, debía dedicarme con ahínco a ser un literato bien pagado por lo que tenía que decir. Iba rumiando, para mis adentros, qué historia sería lo suficientemente interesante como para que el Sr. Pettigrew, el dueño de la editorial en la que estaba empleado, se decidiera a imprimir alguna de mi autoría, pero no se me ocurría nada realmente interesante o atrapante.

Así iba, cuando, empujando la puerta del pub, al primero que divisé fue a Jim Onioneye, el rubicundo y macizo muchacho de los mandados, un joven originario de Liverpool que había venido a Londres en busca de un futuro, que, por cierto, no había encontrado todavía; era otra víctima de esta gran ciudad, sus veleidades, sus miserias y sus pobrezas. En fin, estaba como yo, por así decirlo; yo provengo de los alrededores de Suffolk, de una pequeña villa rural cien por ciento, en donde dejé una granja paterna, sus cultivos y su ganado, en aras de un destino mejor en Londres, el inmaculado centro del Imperio británico; un iluso, como Jim. Por suerte conseguí un conchabo en el periódico del Sr. Pettigrew, el London Economic Informer, un diarucho de tercera categoría pero con relativa suerte en las ventas, como que estaba dedicado exclusivamente a las noticias económicas y financieras, lo que le aseguraba una salida bastante sustancial en la City.

Fue a través de Jim que conocí a la señorita Lily Manson. Fue esa precisa noche. Llovía, y los cristales del pub chorreaban como sangre de una vena abierta. Llegué bastante empapado, porque no había llevado paraguas; en realidad, los detesto. Nunca vi cosa más molesta e inútil en toda mi vida. Nunca llegaré a ser uno de esos señores de sombrero bombín y paraguas que se desplazan presurosos por la City. Jim me vio entrar cual Neptuno surgiendo del océano y no se tardó en llamarme para beber algo con él y calentar mis entrañas con un vasito de whisky, que ya estaba escanciándome cuando me senté a su lado en un alto taburete. Me recibió con efusivas muestras de amistad; Jim se encontraba encaramado en el suyo, y, junto a él, en otro taburete, se encontraba Lily. Llevaba puesto un ajustado vestido de escote recatado, en color ceniza, y lucía un amplio sombrero gris de alta copa y una pluma negra de cuervo. Al principio, no le presté más atención que a cualquier otra prostituta desconocida de las que solían frecuentar el pub, hasta que Jim, dándose vuelta hacia ella, dijo dirigiéndose a mí en voz alta y gangosa:

- “Y aquí, estimado amigo, te presento a mi querida amiga Lily Mason, venida hace poco de Southampton” – en tanto esbozaba una amplia sonrisa y, luego, se largó a reír a mandíbula batiente, mirándola a ella y a mí, con un brillo alcohólico en los ojos.
- “Encantado, señorita Mason, mi nombre es Derek Cormick” – me presenté por mí mismo, mientras alzaba mi vasito de whisky, ya vacío a estas alturas.
- “El gusto es mío, señor Cormick” – me respondió con una gran sonrisa seductora, o, al menos, eso me pareció a mí. Luego, desvió sus hermosos ojos azules y se quedó mirando la copa que tenía ante sí, con fijeza y seriedad.

En ese momento, Jim se excusó ante nosotros que debía visitar el retrete por una urgencia debida a la bebida, mientras descendía de su asiento y enfilaba hacia los fondos del local, circunstancia que me dejó a sólo un taburete de distancia de Lily, pero no fue por mucho tiempo; al minuto, ella ya estaba instalada en él y me preguntaba:

- “¿Y a qué se dedica usted, señor Cormick?”, inquiriéndome de palabra y con sus ojos, profundos como las aguas del Mar del Norte.
- “Bueno,… soy cronista en el diario en que trabaja Jim… De allí le conozco desde hace un tiempo y nos hemos hecho amigos”, le contesté, terminando con una amplia y franca sonrisa.
- “Oh,… que interesante profesión, señor Cormick”, agregó con un mohín seductor.
- “Bah… no tanto. Mi tarea es bastante aburrida. En realidad, soy escritor aficionado de cuentos de horror en mis ratos libres… Pero espero escribir algo lo bastante bueno como para convertirme en un autor reconocido”, me apresuré a comentarle, no sé bien por qué.
- “Ah… eso es más interesante aún, señor Cormick”, dijo, para luego beberse un largo trago que terminó su copa.
- “Deje de decirme ‘señor Cormick’… Mi nombre es Derek”, le dije sin remilgos. Había algo en ella que hacía que uno intimase inmediatamente con su persona.
- “Bueno, pero sólo si prometes llamarme Lily, como realmente es mi nombre”, continuó sin ruborizarse por hacer mayor todavía la confianza.
- “Pues claro… Lily”, dije, repitiendo mi amplia sonrisa – “¿Quieres otra copa?”
- “Está bien… dale”.
- “¡Mozo!... Una vuelta de cerveza fría, por favor”.

Para entonces, Jim volvía junto a nosotros y, sentándose donde antes estaba Lily, se pidió una cerveza para él. Nos quedamos charlando de banalidades varias, hasta que Lily se disculpó diciendo que tenía que levantarse algo temprano, diciendo:

- “Bien, señores, ha sido un verdadero placer beber con ustedes, pero tengo que hacer algo muy temprano por la mañana, así que, si me disculpan ustedes, será hasta mañana por la noche… Porque nos veremos nuevamente, ¿no, Derek? Dime que sí”, poniendo una sonrisa espléndida sobre su algo pálido y bello rostro. Al concluir su frase, noté que sus ojos brillaban misteriosamente, pero lo atribuí al alcohol y a las luces mortecinas del pub.
- “Pues claro que sí… mañana aquí a la misma hora, ¿sí?”, contesté algo apabullado pero alentado por el flujo del alcohol.
- “Sí, claro que sí… Bien, será hasta mañana, entonces”, dijo dándose la vuelta y marchando hacia la puerta. Yo me quedé viéndola irse, como quien ve a un barco perdiéndose entre la bruma en lontananza, en una noche de niebla.

Luego, me tocó a mí hacer la ceremonia del retiro. Jim se levantó de su taburete y me dio un fuerte abrazo, cosa inusual que me dejó algo apabullado, pues no éramos tan amigos; me estrechó la mano y me saludó efusivamente con grandes gestos y palabras amables, y me dio las “buenas noches, hasta mañana”, y, luego, dejó que me fuera como una canoa al garete, trastabillando por las cervezas que habíamos tomado. Salí del pub con paso beodo y, prontamente, me fui a mi casa, para terminar en mi cama, totalmente abrumado por los hechos y el recuerdo de Lily, la hermosa mujer que el Destino había cruzado en mi camino.


- 2 –

Al día siguiente estuve todo el tiempo distraído, pensando en Lily. De mi trabajo no tengo ningún recuerdo, tan abstraído me encontraba rememorando sus profundos ojos azules, su bien torneado cuerpo, que se destacaba debajo del ceñido vestido ceniza, sus arreglados bucles dorados… En fin, estaba en el mejor de los otros mundos, cuando el Sr. Pettigrew abrió la puerta de mi despacho, para recriminarme por mi desidia en redactar el informe diario de las acciones de la Bolsa, lo que me sacó de mi ensueño y me puso los pies sobre la Tierra. A la hora, había concluido mi reportaje, bastante bien considerando el apuro, que le llevé inmediatamente a su oficina y que puse sobre su escritorio, con una gran pantomima de ceremonia que le hizo sonreir de satisfacción,. Luego, me miró duramente, como siempre, volvió a esbozar un asomo de sonrisa, que es lo mismo que decir que hizo una mueca horripilante, y me despachó con un seco “hasta mañana”, que era lo mismo que si a uno le dieran la extrema unción antes de partir al cementerio.

Sea como fuere, salí apresuradamente, dirigiendo mis pasos ligeros hacia el Greenbeer, llevado por unas ansias incontenibles de ver a Lily. “¿Me estaré enamorando de esta chica?”, me preguntaba con impaciencia. Eso sería algo totalmente nuevo en mí, un solterón empedernido de cuarenta años. No, no puede ser… ¡si ni la conozco!”, me dije. Con esas ideas in mente entré al pub, buscando, con los ojos desorbitados a mi sirena, cuando la vi sentada a una mesa apartada, en un rincón del salón. Tenía enfrente de sí una copa con un líquido que, por el color, supuse que sería cognac. Era un día bastante frío, y se estaría calentando las entrañas con tal bebida. No movía un solo músculo y miraba fijamente su copa. Me acerqué presurosamente a su lado, parándome junto a ella y diciéndole:

- “Buenas tardes tenga usted, Lily” – en una voz natural, suave y cadenciosa. Ella dio un respingo y me miró inmediatamente, con cara de sorpresa, para luego sonreir y decirme:
- “¡Oh… pero! ¡Hola, querido amigo! ¿Cómo estás?”
- “Bien,… permiso” – le dije, corriendo una silla y tomando asiento en ella.
- “Me alegro mucho. ¡Qué bueno que has venido!”
- “Igualmente digo” – le respondí, llamando al mozo con un gesto de la cabeza – “Dime, ¿estás hace mucho aquí?”
- “Para nada, recién llego y me pedí esta copa de cognac que, si he de serte franca, no sé bien si beber o no”.
- ¿Por qué no? Hace frio, así que te vendrá muy bien”.
- “Esta bien” – dijo, y, levantando la copa, la vació de un solo trago.
- “¡Epa! No es para tanto” – le dije.
- “Oh,… es que soy así,… algo abrupta” ¡Ja, ja, ja!” – me dijo, riendo estrepitosamente. Todas las ideas que tenía de ella se esfumaron instantáneamente, como una columna de humo que se sopla en el aire. Ahora ya no me parecía una refinada dama, como había estado soñando despierto, sino que su imagen se asemejaba a la de una prostituta cualquiera. Pero seguía siendo hermosa. Sacudí esas impropias ideas de mi cabeza y, teniendo ahora al mozo de pie, en espera de algún pedido, le dije que me trajera un whisky sin hielo.
- “¿Tienes tiempo?” – me dijo.
- “Sí, claro,… vine especialmente a verte”.
- “Ah,… eso me agrada, Cormick. Eres muy amable,… y apuesto” – agregó con un mohín.
- “Gracias” – le dije, y continué diciendo, “Tú también eres muy bonita”.
- “Oh,… gracias, muy gentil…. Mira, tengo que hacer algo importante en mi casa, ¿querrías acompañarme y ayudarme con eso? Es una tontería y espero que no te incomode” – dijo, mientras enseñaba unos dientes de perla.
- “Claro que no, espera que termine mi bebida” – le dije.
- “Está bien,… tenemos toda la noche” – agregó, con una misteriosa sonrisa, muy sugerente. Por mi mente cruzaron toda clase de pensamientos sobre cómo pasaríamos toda la noche juntos, revolcándonos en su cama, y eso afloró una sonrisa en mis labios. Que fue correspondida, o eso al menos me pareció entonces.


- 3 –

Al salir del Greenbeer, tomamos un carruaje de alquiler, que arrancó con un ligero traqueteo de ruedas de madera y cascos de caballos. Íbamos muy confortablemente acomodados en el asiento trasero, y yo miraba por la ventanilla hacia el exterior, en tanto Lily hacía lo propio de su lado, hasta que le oí decirme:

- ¡Que bella está la luna llena esta noche! ¿No es verdad, Cormick?”
- “Oh… sí, realmente muy hermosa. ¿Te gusta?”
- “Para nada,… odio las noches de luna llena. Sólo lo dije para saber lo que tú pensabas, Cormick” – me respondió sorpresivamente.
- … - la miré completamente anodado, hasta que esbozó una simpática sonrisa y me hizo emitir una carcajada.
- “No… realmente, me atemoriza una luna tan llena como esa, Cormcik.
- - “¿Por qué, Lily?”
- He vivido en lugares donde algo así es… bueno, ominoso” – me contestó con seriedad en el rostro; tanta, que me dejo mudo y mirándola en silencio por un buen rato, pero no agregó nada más y yo no dije más nada.

El carruaje serpenteaba por un camino totalmente sórdido, cercano al puerto que daba al Támesis. La luna iluminaba débilmente estos parajes solitarios y morbosos. Por lo que podía distinguir afuera, ya que no había casi luz en el entorno, las casas eran muy viejas y estaban bastante destartaladas y abandonadas, o, al menos, eso me resultaba a primera vista. No conocía este barrio en lo más mínimo, pero, entonces, no le di mayor importancia al asunto. Me dejaba llevar por los acontecimientos, recordando la prometedora noche que pasaría con mi dulce y bella compañera.

Al rato, llegamos ante el portal de una antigua casa colonial; sería del siglo XVII, creo, de un estilo escalofriante: oscura, sórdida, nada agradable a la vista, de pintura descascarada sobre sus lisos muros de vetustos ladrillos enyesados como una pierna rota; las ventanas parecían cuencas vaciadas de sus ojos, la mayoría de sus cristales estaban rotos o quebrados, y telarañas de milenios colgaban de sus póstigos, que indicaban que nunca se abrían o lo habrían hecho en la época de Guillermo, el Conquistador.

- “Hemos llegado, Cormick” – me dijo Lily con voz quejumbrosa y una mirada distante.
- “¿Es aquí?” – le contesté con el desaliento en la voz.
- “Sí, apéate, vamos” – respondió, abriendo la puertecilla del vehículo y bajándose de él, sin darme tiempo a nada.

Hice lo propio, y vi que le daba su pago por el viaje al conductor, que gruñó un “buenas noches” inaudible, y arrancó raudamente, como si su alma se la llevara el Diablo en persona. Me quedé, por un instante, parado mirando cómo el carruaje se perdía en la oscuridad, doblando una esquina, y, luego, giré sobre mí mismo mirando alrededor. La calle estaba desierta y no se oía un solo sonido en absoluto. Había un destartalado carro sin ruedas y con un montón de inmundicia encima, a unos metros de nosotros, plagado de horribles ratas, que iban y venían por los sacos de basura, que estaban cubiertos de moscas y heces de vagabundos. Enmarqué las cejas, diciéndome que resultaban muy inapropiados para ser los vecinos de una linda señorita, cuando la tintineante voz de Lily me sacó de mis pensamientos:

- “¿Vas a entrar o a quedarte allí como un bobo, papando moscas?” – dijo, en un tono entre burlón y recriminatorio.
- “Oh… claro, claro, Lily” – contesté algo sorprendido por la pregunta, y dirigí mis pasos hacia la puerta de su tenebrosa morada con un sentimiento de aprehensión, que hizo que me dijera mentalmente:
- “¿Para qué habré venido?”.

- 4 –

Lily abrió la vieja, pesada y mal pintada puerta de entrada, y ambos entraron a un vestíbulo en tinieblas; ella corrió una cortina de color indefinido, pero oscura como la tinta, y recorrieron un largo pasadizo en sombras que inspiraba temor, como bien lo denotaba la cara de Cormick. Al final del pasillo tintineaba una semiesfera de cristal, pendiente del techo, de donde se desprendía una tenue y triste luz gris sobre ambos. El rostro de Lily, a la extraña luz de esa lámpara, parecía ahora ajado y maligno. Ella empujó otra horripilantemente pintada puerta, y se dirigió a un rincón de la habitación a la que habían llegado, para encender una lámpara de pesada y rara pantalla ornada, y, luego, la colocó sobre una mesa de madera negra como el petróleo y extraño diseño. Cormick giró mirando el entorno, y descubrió que no quedaba casi una pulgada libre de pared, estando cubierta totalmente de estantes colmados de objetos, de todas formas y colores, a cual más exótico que el otro. En una esquina del cuarto, había una pequeña librería estilo Chippendale, que contenía rollos de pergaminos antiguos, algunos milenarios. Sin embargo, al contrario de las recargadas paredes, no había muchos muebles. Apenas una mesa de mediano tamaño ocupando el centro de la habitación, y alguna que otra silla del siglo XV, dispuesta por ahí. Eso sorprendió a Cormick: el cuarto no daba la sensación de un uso cotidiano, pero se dijo a sí mismo: “Quizá esta parte de la casa no la utiliza asiduamente”, pero fue más para tranquilizar sus nervios que una auténtica creencia.

- “¿Vives sola, Lily?” – preguntó en voz baja.
- “Claro que sí. Seré sola pero no manca, Cormick, me defiendo bastante bien así; aunque estuve casada antes” – le respondió ella, con una amplia sonrisa.
- “¿Estuviste casada?” – le dijo.
- “Sí, varias veces…, hace tiempo ya” – le contestó misteriosamente.
- “¿Varias veces?”
- “Sí, pero, ¿qué importancia tiene eso? Es cosa de mi pasado y es privado…, me parece, ¿no?”
- “Oh, por supuesto. Es que nunca me lo hubiera imaginado, Lily”.
- “No tuve suerte con esos hombres. No eran para mí…, como me parece que puedes serlo tú”.
- “Epa…, no creía que te gustara hasta tal punto”.
- “Bueno…, es mejor no perder el tiempo en majaderías, ¿no te parece? Encontrarás que no soy como las demás damas de esta época. Soy…, digamos, más avanzada. Una adelantada a sus tiempos, ya verás”.
- “Me dejas sin palabras”.
- “Ni falta que hacen. Por lo general, sólo tienden a enredar y confundir las cosas”.
- …
- “Pero te dije que necesitaba tu ayuda, Cormick. Ven por aquí”.

Al tiempo que le hacía un gesto con la mano para que la siguiera, Lily se dirigió hacia uno de los lados de la sala, en donde había otra puerta, más pequeña que la que usaron para entrar allí, y la abrió suavemente, dándoles paso a un cuarto de reducidas dimensiones y desprovisto de decoración o moblaje, excepto por un armario de extrañas características. Tenía dos puertas muy curiosas y sus patas parecían talladas en la forma de garras de león o algún animal salvaje de la especie felina. Las puertas eran, ciertamente, muy llamativas: estaban talladas como si fueran sábanas o alguna tela por el estilo, con amplias ondas dobladas que las cruzaban de arriba abajo. Cormick se quedó tieso, contemplando la magnífica obra de arte que representaba el tallado de semejante diseño estrambótico. Si bien el armario era, por cierto, una obra claramente victoriana, había algo extraño en sus formas.

- “Es un trabajo artesanal extraordinario, Lily” – dijo convencido de lo que decía y de la verdad de ello.
- “Claro que sí. Es obra de mi primer esposo, Cormick” – agregó ella con orgullo en su voz.
- “La verdad que es fantástico, no me explico cómo se pudo tallar la madera para que tuviera esta apariencia” – continuó él.
- “Parece tela, ¿no es así? Pobre mi marido, era un verdadero artista, pero murió de mala manera” – expresó ella, con un dejo dolorido en sus palabras.
- “¿De qué murió?”
- “Oh, ya no importa. Una enfermedad desconocida, según los médicos que lo atendieron. Fue fulminante” – explicó Lily vagamente.
- “¿Hace mucho tiempo?” – interrogó Cormick cautamente.
- “Bastante. Años ha” – concluyó ella, agregando: “Pero no hablemos de cosas pasadas y desagradables” – a lo que le sumó una forzada sonrisa de compromiso – “Mira, tenemos que llevarnos el armario de aquí y ponerlo en la sala de al lado. Yo sola no puedo, y por eso necesito tu ayuda. Tenemos algo de tiempo, todavía no son las once” – terminó diciendo Lily.
- “Está bien” – dijo él, mirando al armario atentamente, como estudiando cuál sería la mejor manera de moverlo.
- “¿Y? ¿Te parece que podremos hacerlo ahora?” – dijo ella.
- “Sí, por supuesto. Espera que me quite la chaqueta y ayúdame a empujarlo de este lado. Así creo que podremos hacerlo” – le contestó Cormick con entusiasmo, y, uniendo el acto a la palabra, se sacó su chaqueta, poniéndola sobre el armario.

Cuando así lo hacía, le pareció oir un lánguido quejido apagado, que provenía de alguna parte. Se quedó duro por un instante, pero como no podía estar seguro de lo ocurrido, no le prestó más atención. Arremangándose la camisa, Cormick apoyó el hombro contra un lado del armario e, inclinando la cabeza enérgicamente, juntó fuerzas y arremetió con un gran empujón contra el objeto. El armario se corrió apenas un centímetro, a pesar del esfuerzo. Giró su rostro hacia Lily, que le miraba impertérrita desde un costado y, esbozando una ligera sonrisa, le dijo:

-“¡A la pipeta! Es más pesado de lo que creía”
- “Y que lo digas. Por eso necesitaba tu ayuda. Pesa como el infierno sobre las espaldas de un pecador”.

Cormick inspiró aire profundamente y procedió a un segundo intento, pero éste también tuvo el mismo resultado, el armario se movió un centímetro.

- “Con este ritmo, tardaré por lo menos horas. A ver, Lily, ven y ayúdame” concluyó diciendole a ella, quien le miró como si estuviera loco, a la vez que le contestaba:
- “Pero ni loca que estuviera. No puedo hacerlo, Cormick. ¿Cómo pretendes que una frágil mujer como yo haga eso?”
- “Está bien, disculpa, Lily. Pero habrá que tener el concurso de varios hombres para moverlo de su sitio”.
- “Oh…, eso no es posible, Cormick. No tengo el dinero suficiente para pagarles a los peones”.
- “Bueno…, yo te lo daré, Lily. Pero es imposible que yo solo haga esto, lo siento mucho”.
- “Ay…, Cormick, hazlo por mí, por favor, te lo ruego. Yo ni tan siquiera puedo tocarlo…, por los recuerdos que me trae, ¿sabes?”
- “¿Tanto así, Lily?”
- “Ay, sí, Cormick”.
- “Está bien. Haré lo que pueda, Lily”.

Y diciendo esto, se echó de nuevo sobre el armario para volver a empujarlo, y, esta vez, le pareció oir una serie de murmullos quedos, y, luego, una seguidilla de lamentaciones y suspiros apagados, que le parecieron salir desde el interior del mueble. “¿Qué es eso y de dónde viene?”, se dijo en su cabeza, quedando algo atónito ante semejante hecho. Se irguió y miró hacia todos lados, pero todo era como debía ser: el cuarto estaba vacío excepto por Lily y él; en la calle no había nadie, que supiera y recordara, por la hora, no debería haber ni gente ni animales sueltos por ahí, y, a pesar de todo, estaba seguro de lo que acababa de oir.

No quiso decir nada al respecto, no fuera que Lily pensara que estaba borracho o que era un desquiciado, y se le arruinara la prometedora noche por un tonto comentario. Volvió a apoyarse en el armario y, de nuevo, intentó, con todas sus fuerzas, moverlo, pero el mueble sólo se corrió otro centímetro, y, esta vez, escuchó claramente un quejumbroso sonido saliendo de su interior, que le sobresaltó por lo completamente inesperado. Se apartó violentamente del objeto y se lo quedó mirando sorprendido.

- “¿Qué ocurre, Cormick” – oyó que le preguntaba Lily.
- “No…, nada, nada, Lily… Es que este armario es mucho más pesado de lo que parece a simple vista y…, no, nada, nada” – le respondió, dudando de confesarle lo sucedido, pero pensando que algo había de raro en todo el asunto.

Atenazado por una suerte de desconfianza de ignota procedencia, el entorno indeseable e inesperado que le rodeaba, Cormick se encontraba como frizado en una actitud de expectación, pero pudo volver a moverse con un gran esfuerzo. Se inclinó, nuevamente, sobre el armario, y, de nuevo, empujó el mueble con todas sus fuerzas. Y, otra vez, escuchó asombrado un lento ulular, como un viento quejoso, que surgía del objeto, ante lo cual le dijo a Lily:

- “Lily, ¿qué está ocurriendo?”
- “Oh…, no te preocupes, Cormick, debe ser un viento que se ha levantado fuera”.
- “No, no…, ha venido del armario, lo oí perfectamente claro, Lily”.
- “Pero…, no sabes lo que dices, Cormick. ¿Cómo va a hablar un mueble?”
- “… No sé, dímelo tú, Lily”.
- “Pues…, creo que son imaginaciones tuyas, Cormick. ¿Has bebido algo raro?”
- “Nada…, nada excepto esa copa contigo”.
- “Bah…, debe haberte parecido nomás. Inténtalo de nuevo, por favor, Cormick”.
- “Ni loco que estuviera, Lily. ¿Qué guardas aquí que pesa tanto?”
- “Oh…, pavadas, cosas viejas, nada más”.
- “¿Qué cosas?”
- “Nada que te importe…, trajes viejos”.
- “¿Trajes? ¿Pero cuántos tienes?”
- “Unos cuantos…, varios trajes viejos, muy viejos, a decir verdad”.
- “¿Eran de tus esposos?”
- “¡Sí!... Eso, eran de ellos”.

De repente, el antiguo reloj de péndulo que estaba en un rincón de la habitación se hizo notar, sonando su campana doce veces. Los dos se miraron sorprendidos por ese sonido ajeno a su conversación, y Lily, con los ojos desorbitados, gritó:

- “¡Oh, Cormick! ¡Ya es tardísimo! ¡Ya es la medianoche!”
- “¿Qué hay con eso, Lily?”
- “¡Estamos condenados!”
- “¿Por qué?”
- “¡Oh, Dios! ¡Estamos condenados!... ¡Y el armario sigue aquí!”
- “¿Me puedes explicar qué pasa?”
- “¡No, no! ¡Ellos están aquí, oh, no!”

Ni bien terminó de decir eso, las puertas del armario se abrieron de par en par, dejando ver su siniestro interior, en el cual Cormick alcanzó a discernir hileras de pieles humanas y sus respectivas cabezas colgando cual trajes de sus perchas, que giraban sus macabros rostros en dirección a ellos y sonreían, mostrando las marchitas dentaduras en un gesto imposible. Pero más aterrado se puso Cormick al ver que esas rígidas y bien planchadas caricaturas temibles de lo que antes habían sido hombres como él, comenzaron a descender de los sitios en donde estaban colgadas, y a dirigirse hacia Lily, con un escalofriante ulular de goce y satisfacción:

- “¡Nooo… nooo, fuera, fuera, monstruos, fuera! ¡Ahhh… alejaos de mí, malditos seáis!”
- “¡Ah… Lily!”

Los gritos de la mujer se fueron perdiendo debajo de un cúmulo de pieles humanas que la rodeaban, la asfixiaban, la mordían, la insultaban en todos los tonos posibles…, era una pesadilla, la sangre de Lily volaba a chorros por la habitación, y Cormick, nada podía hacer. Estaba paralizado viendo cómo esas alocadas pieles humanas despedazaban a Lily a mordiscones, a golpes de pies y puños, en una frenética orgía de sangre.

Al minuto, todo terminó. Las pieles se desinflaron como globos sin aire y cayeron, flácidas, sobre el suelo, para convertirse en pilas de líquidos pestilentes y pegajosos, allí en donde estaban tumbadas. En el centro, en medio de todas ellas, se encontraba una semi devorada Lily, hecha un guiñapo de sangre y huesos. Cormick gritó, gritó enloquecido por semejante visión, totalmente inesperada.

Así le encontraron un rato más tarde, cuando el sol había salido por encima de los destartalados edificios y el muelle bullía de actividad marítima. Había gente agolpada ante la puerta de calle y agentes de Scotland Yard en todas partes.

Uno de ellos hablaba con los médicos forenses y tomaba notas de lo que habían hallado en la sala: una mujer semi canibalizada y su loco atacante, un tal Derek Cormick, que trabajaba para el London Economic Informer…, y que, según había declarado, ahora tenía una auténtica historia de horror para comenzar su carrera de escritor de cuentos.

El policía sonrió al recordar los dichos del loco: “… Y las pieles se la comieron… las pieles muertas de sus anteriores maridos… ella los mató, hace años… y ellos se vengaron. ¡Oh, Dios! ¡Qué horrores guarda este lugar! ¡Dignos de un cuento!”

 


© 2006, Jorge R. Ogdon (a) Dogon. Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Derechos reservados. Es propiedad. Especial para Nieva Logia del Tentáculo, Valencia (España).


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